DOS MIL FOTOS Y DOCUMENTOS | Antiguos alumnos dominicos VIRGEN DEL CAMINO - LEON
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DOS MIL FOTOS Y DOCUMENTOS

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Queridos míos: acabamos de superar la cifra de 2000 Fotos y Documentos. Gracias a todos vosotros de todos vosotros. También, como dice el maestro Javier Serrano en su dibujo, parecía imposible. Pues, tampoco.

Un abrazo, sois unos fenómenos.

Martes, 02 de Octubre de 2007 08:33. antiguosalumnosdominicos #. FOTOS Y DOCUMENTOS

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gravatar.comLuis Heredia

Josemari,

Y 2.000 más que aparecerán entre lso pocos días que quedan y las que vendrán after 13-0

Cuando hablé el fin de semana con Manuel Alonso, me dió la impresión que, o se conchabó con Chema Sarmiento, o en el Colegio había cámara o "vigilancia" oculta.

Quedé impresionado con las que tiene.

Me dijo que el Lunes empezaba a escanearlas. Hoy es Martes y no las veo aún colgadas. Préparate para abrir Blog independiente.

Un abrazísimo

Fecha: 02/10/2007 16:02.


gravatar.comIsidro Cicero

LA VENDEDORA DE GLOBOS 12/ LEBRATO
DEDICADO AL PAJAIME

Una vez cené yo con Francisco Umbral, su mujer España y otras veinticinco o treinta personas en el Barrio Pesquero de Santander. Lo traigo a colación porque quiero dedicarle el amarre de este globo al periodista padre Jaime Rodríguez Lebrato, antes de ofrecerle uno de los abrazos más apretados que pienso repartir a mediados de octubre en León. Le quiero dedicar el amarre, la cuerda, el bramante a este vir in vestibus albis que se quedó. Y también me refiero aquí a Umbral porque cuando regrese del viaje a París que emprendo mañana por la mañana –vacaciones al fin- os mandaré la última entrega de este serial que llevará por título “La noche que llegué al reino de León” y que suena bastante umbraliano ¿O no, amigo Enrique, especialista en escuchar la música que creen tener por dentro algunas palabras?

La cena – precisamente- fue en el restaurante La Gaviota y habíamos quedado allí para una de aquellas reuniones de la transición platajuntera, si habrá llovido. Cada una de aquellas reuniones por sí misma y todas ellas en su conjunto se dieron en llamar luego “El espíritu de La Gaviota” y – lo juro- nunca tuvieron nada que ver, pero es que nada, con el prieto picudo, esa uva que tanto prestigio tiene ahí en León y parte de Zamora. Ni con esa buena uva, ni con la iniciales de la uva, ni con el emblema que de cuando en cuando acompaña a dichas iniciales.

La cena –precisamente- fue el mismo día que salió la noticia de la muerte de Mao Tse Tung. Lo digo por si alguien de por aquí tuviera la curiosidad, cosa que no considero ni probable ni necesaria, de ponerle fecha. La noticia era esa y el tema de conversación dominante, también. Ahora, más allá de la noticia, se hablaba de su repercusión en el mundo global, y, desde luego, la España que se vislumbraba a raíz de alguna que otra muerte tanto o más esperada, tanto o más anunciada. Para eso estábamos allí.

A Umbral yo quería conocerlo por admiración.. La admiración era tanta que en Valladolid tenía encargado a un ex alumno y también amigo, (entonces había que ir a Valladolid para estudiar cualquier cosa), que me trajera cada mes los recortes de la columna de Umbral publicados en el Norte de Castilla. Las umbraladas me llegaban pues en tacos los treinta o treintaytantos. Yo las rumiaba con fruición y con retraso.

A Umbral a mi me lo presentó aquella noche el empresario cántabro-leonés Alberto Valiente, hablando de León, de los periódicos de León y de las radios de León. De joven, Alberto había sido cronista de deportes en aquellos periódicos y en aquellas emisoras. Umbral hacía entrevistas –y ya columnas – en los mismos medios. Igual igual que mi hombre de blanco de la Virgen del Camino, el padre Jaime Rodríguez Lebrato. Hablando con Umbral y con Alberto saqué a relucir al Pajaime. Porque estaba yo seguro de que alguna vez se habían tenido que cruzar en las redacciones, uno con los comentarios sobre las bicicletas, otro sobre las primulae veris de aquel tiempo, y el otro sobre lo que ocultan las noticias, o sobre lo que él creía que ocultaban.

Yo creo que fui un discípulo amado del padre Lebrato. Tengo esa sensación, aunque quizá peque de petulancia, ese sentimiento. Al padre Lebrato no siempre le acompañaba yo a aquellas redacciones en León cuando iba a dejar su artículo, pero muchas tardes sí. El padre Lebrato no siempre se abajaba a comentar conmigo el contenido y la trabazón estilística de sus columnas, pero muchas veces sí. El padre Lebrato no siempre me proporcionaba los libros que yo le pedía, pero muchos sí. Ciencia del Lenguaje y Arte del Estilo, por ejemplo, me lo trajo el padre Lebrato no sé de dónde, en una edición muy madrugadora, yo creo que la primera que se publicó. Y un manual americano, muy voluminoso, de géneros periodísticos, lo mismo. El padre Lebrato no siempre aceptó sugerencias de organizar ciclos de conferencias no estrictamente curriculares, de hecho la charla sobre el Vaticano por dentro no fue aceptada, pero muchas otras sí. Con auténticos especialistas en cada materia.

El padre Lebrato me transmitió el conocimiento temprano - exageradamente temprano lo reconozco - de lo que era el Ya y qué había detrás de esas dos letras; el Arriba, y qué había detrás de ese inocente adverbio de lugar. Y también la parte de atrás de las tres primeras letras mayúsculas del abecedario, el Alcázar o Pueblo. Hacíamos juntos Telecosas, Pantalla, Minimundo, Dukinaltum. Y otros. Para que luego digamos, dicho sea de paso, que no había libertad de expresión en los años sesenta. Podías escribir en Pantalla o en Dukinaltum. O que no había libertad religiosa, qué exageración, cuando de todos es sabido que uno podía ir a la capilla a la hora que le diera la gana, leer el Seminarista y la pureza, o lo que hubiera sido más recomendable, no leer jamás a Tihamer Tooht si creía con sus tiernas entendederas que aquello era demasiado fuerte; confesar sus innumerables pecados al padre Ricardo, al padre Sama o al padre Fernando, adorar al Santísimo y rezar el rosario a la hora que uno quisiera.

En periodismo, igual. No hacíamos nosotros tantos dazibaos como hacían los chinos, es vedad. Pero poco nos faltaría. Aparte de que no se puede comparar la población interna, lista y culta de la Fundación de Don Pablo Díaz -agradecimiento eterno- que no pasaría de unos seis centenares a todo tirar, con la población de un internado tan grande como la China, listo y culto también, recién salido del hambre y de la escasez también, con estrella colorá también, pero con muchos más lectores que nosotros.

Lo que quiero decir con tantos rodeos es que en periodismo, Lebrato fue para mi el gran timonel. Él impulsó mi salto adelante en estas destrezas, ya que empezamos este relato por donde quizá no debimos de haberlo empezado. Fue quien me inoculó la tercera vocación, la de comunicador. (De las otras ya he dado cumplidas referencias, incluso sobrepasándome en los límites que marca la discreción, en anteriores Vendedoras).

Con deciros que me hizo partícipe y cómplice de su relación polémica y a la vez amistosa con César González Ruano, ya os digo bastante. Que me enseñó a valorar a Lamparilla, que me puso en la órbita de Victoriano Crémer, que me dedicó a recortar y pegar, seleccionar y valorar las “noticias” de la prensa, está dicho todo. Fui su discípulo próximo, su pupilo; fui más que un alumno, un amigo. Así me consideré. Y quiero que se sepa.

Íbamos de paseo los días de paseo y en el grupo que acompañaba al pajaime siempre se hablaba de prensa, de noticias y de periodistas. Es decir, del mundo. De la gente. De la vida. De ahí afuera.

Cuando seleccionaron un texto que escribí yo sobre la lengua española en América para un concurso de redacción y ganamos, creo recordar a muchos o a casi todos los demás colegios de León y de Asturias, el padre Jaime fue tan feliz como yo mismo. Más feliz que yo mismo si cabe, porque yo, a pesar de sentirme allí tan acogido y querido, siempre vivía secretamente la angustia del desarraigo. No habiendo en mi pueblo teléfono ni tam tam para transmitirles a mis pobres padres y a mis hermanos la noticia y lo que había más allá de aquella noticia, digo yo que me entenderéis lo que os estoy contando. Seguro que me entendéis. De todos modos, de ese desarraigo nadie tuvo la culpa. Les pasa, nos pasa, a quienes salimos de un tipo de valles tan hondos como cunas y nos vemos de pronto rebotados al mundo abierto y dando vueltas por paisajes de horizontes cero grados. Nos pasamos luego la vida buscando las paredes que nos acunaron. Y eso produce mucha tristeza, mucho ajetreo interior, no vayáis a pensar.

“Lo difícil es que se crea el jurado que esto lo ha escrito un chaval de sólo trece años”, amarcord que me dijo el Padre Jaime Rodríguez Lebrato cuando seleccionó (o seleccionaron, no sé cómo sería), mi ejercicio de redacción, vamos a llamarlo así. “Es como demasiado maduro. En general, tú para tu edad eres un chico demasiado maduro”, añadió. Después, en el Teatro Campoamor de Oviedo, cuando me entregaron el premio y la mismísima Marisol me estampó un beso en la mejilla, sé que el padre Jaime estaba tan contento por mí que es muy difícil, acordándome de ello desde el lado de acá de esta estiba de años, no pensar en el padre Jaime como el padre Jaime. Como un padre, quiero decir. O todo lo menos, como un hermano mayor, como un amigo que espero siga estando ahí, donde siempre estuvo.

Serrano en la belleza de su último dibujo, Luis Heredia lo ha visto como yo, coinciden en que aquellos padres de ayer tienen hoy la edad de nuestros hijos. Nosotros hoy somos mucho mayores que ellos, mucho más maduros que ellos, ahora sí padre Lebrato. Desde esta madurez, veo al padre Jaime ir detrás de la noticia como Aristóteles detrás de la física. Me doy cuenta ahora. Y me doy cuenta de que en aquellos años, era más fácil hacer metafísica que física, para entendernos. No es que yo quiera restarle méritos cuarenta tacos después a la labor periodística-pastoral que hacía Jaime R. Lebrato, admirado y querido siempre. Pero me doy cuenta de que lo realmente difícil entonces, lo verdaderamente imposible del periodismo de la época en la que yo le traté era hacer noticias. No hacer metanangelión, para entendernos, sino simplemente angelión.

Ahora bien, la noticia de la llegada a Barcelona de Copito de Nieve, por ejemplo, fue una noticia que di yo con pelos y señales en Telecosas. Y también la llegada a Madrid de los restos mortales de Ramón Gómez de la Serna. Lo cual que yo estaba más impresionado por lo que los periódicos que recortábamos contaban de las greguerías, que por lo que dejaban entrever sobre el exilio. Por entonces yo ni las olía. De estas cosas hablaba yo mucho con fray Francisco el Enfermero, otro querido amigo que hablaba conmigo gallego en la intimidad y me recitaba versos de Rosalía.

Fecha: 02/10/2007 18:41.


gravatar.comFroilán Cortés

Querido y admirado Isidro:

Leo, con pena, tus amenazas del próximo "fin" de la Vendedora de globos. De verdad crees que te lo vamos a permitir?
Si por mí fuera, abriría un Cortinglés, exclusivamente de globos. Y......ojo!!! Los globos, no van a quedar aquí, te lo advierto.
Me ha encantado el "guelato" de tu "guelación" con el P. Jaime egue punto Lebrato.
En estos días, de idas y venidas constantes al colegio, siempre tenemos el placer de verle y abrazarle. Está como loco con todo esto, te lo aseguro.
Isidro, un fortísimo abrazo y... guetoma tus escritos, vale?

Fecha: 03/10/2007 12:21.


gravatar.comMariano Estrada

UN REGALO PARA ISIDRO CICERO

Querido Isidro:

Tal como expuse en un reciente artículo, escrito con motivo de su muerte, publicado en varios medios y colgado en un portillo de este Blog, yo también fui un tiempo umbraliano, como otro fui Celiano o Prustiano. La verdad es que hubo una época en la que yo era, sobre todo, lector. Y lo mismo leía a Whitman que a Miguel Ángel Asturias o a Herman Hesse o a Bertrand Russell o a Manuel Puig. Fíjate que leí incluso a Balmes… ¿Sería para adquirir algo de su Criterio? Lo que pasa es que la lectura de Umbral, tal vez por su continua implicación en la actualidad más rabiosa, me duró mucho más tiempo que la de la mayoría de los escritores, aunque hay algunos a los que aún sigo leyendo y admirando. No sé si fue él quien me llevó a Delibes o a la inversa, pero sí fue quien me llevó a Mariano José de Larra, a Gómez de la Serna o a César González Ruano, autores a los que él siempre admiró.

Me ha gustado mucho el relato que nos haces de tus precoces relaciones no ya con la pluma, de las que todos teníamos conocimiento, sino con el periodismo y los concursos de redacción. Y me ha gustado también -y ello te honra-, que hayas hecho un agradecimiento público a Jaime Rodríguez Lebrato, ejemplo de periodista vocacional, que fue quien puso en ti sus complacencias, atiborrándote de atenciones y de libros a una edad tan temprana. Trece años, madre mía, cuando otros andábamos aún en la inopia…

En fin, Isidro, tu Vendedora de globos está siendo prolífica y generosa con los que fuimos un día tus compañeros. Y como globos nos concebiste, globos somos y con el viento volamos. Por eso hoy, con mi brújula en la frente, quiero volar hacia el Cantábrico y posarme en la Playa del Sardinero. Y ya sobre la arena, puedes convocar a las gaviotas para que pinchen el envoltorio y pueda salir de su interior un regalo ¿Qué regalo? Verás, había pensado regalarte “Mi corazón”, que es un poema viejo, pero sencillo y sentido. Lo que pasa es que ese poema me llevó inmediatamente a mi pueblo, al que mi corazón ha estado atado como un caballo a su estaca. Y entonces me acordé de que tú también te refieres al tuyo con amor, aunque a veces te has quejado de aquel aislamiento que os separaba “inmisericordemente” del mundo, tanto que no pudiste comunicar a tus padres la alegría de un premio que, con sólo trece años, habías conseguido ganar con la autoridad y la sabiduría de una persona mayor.

Así, pues, en lugar de “Mi corazón”, te regalo una descripción liberal que hice de Muelas de los Caballeros. Liberal y nocturna, ya que fue concebida en el regreso de una excursión a Aguablanca, cuando, por apurarla en exceso, se nos echó encima la noche. Hay dos curiosidades que acaso sean dignas de destacar: una (aunque ésta no se aprecia aquí), que uno de los protagonistas del libro tenga el mismo nombre que tú: Isidro; y, otra, que uno de tus libros aparezca, aunque sea de pasada, en el relato.

Un abrazo que llegue hasta la tarde del viernes día 12. Tal vez ese día sea el principio de otra historia, de otras historias.

Un abrazo a todos

MUELAS, DESCRIPCIÓN LIBERAL

Muelas. Muelas pueblo. Muelas calle. Muelas noche. Muelas planta ¿Muelas planta? Sí, almortas, alegorías de muelas. Dolor. Muelas de los molinos. Muelas del Pan. Muelas de los Caballeros. Federico Muelas... Oiga, este último es un poeta conquense ¿por qué lo nombra usted, si mea fuera del tiesto, por más que mee fuerte y muy lírico? Porque en Muelas no hay mucho donde elegir, según mis cálculos. Sus cálculos están en el riñón ¿No cree? A ver, poetas de Muelas, de la pe a la pa. Pepe y Paco ¿Vale? Podía ser Pedro y Pablo, pero suena mucho a apóstol y a evangelización.

Muelas poesía. La poesía de Muelas es el roble y la miel, las flores y las plantas. Las casas tienen piedras y plantas. Muchas piedras y una o dos plantas. Sin ascensor, claro. Con balcones. Para que haya balcones tiene que haber plantas. Los motivos no los voy a decir, porque son obvios y todo el mundo los sabe, aunque hay más de uno. Dos, al menos. Dos almenas. Pepa y Paca. En las plantas altas suele haber balcones. Y al revés, en los balcones suele haber plantas, pero no son altas. Son geranios y hortensias. En las plantas bajas se imponen las plantas de los pies, o sea, los quesos y los tomates. Las plantas bajas están a ras del huerto, que es donde se plantan las cebollas y a veces se llevan las conquistas, hoy llamadas ligues. Menos Lorca, que solía llevárselas al río creyendo que eran mozuelas ¿En Lorca hay río? Sí, y en Espronceda hay mar. En Lorca he visto un barranco. En Espronceda un bajel.

Una planta es buena o mala dependiendo de quien la tenga o la lleve. Ese hombre tiene buena planta, Hortensia, ¿acaso es jardinero? No, Jacinto, es horticultor, es guardabosques. Le viene de familia. Nació de pie, su padre era gallardo, de apellido. Y una de sus vacas también, de nombre. La otra se llamaba garbosa. Y su madre era apuesta, pero, claro, al vivir en un pueblo pequeño, como Victor Manuel, como Muelas, no tuvo ocasión de arruinarse. En los pueblos pequeños no hay casino ni bingo, no hay póker ni bacarrá. Hay partidas de mus en las que sólo se juega la consumición. Los viejos la consumen poco a poco, como metáfora de sí mismos. Ponme un ponche, Mirinda, que paga el Caballero. Y órdago a la chica. Deja ya a la chica, coño, que aún está saliendo del cascarón y tú ya pides tierra. Recoge ese amarraco y envida, si quieres. Bien, una de juego, dos de pares, tres de mis cojones ¿Treintaitrés? No, treintaiuna. Cambio judía por garbanzo. Sin trampas ¿eh? La grande está en paso. A veces hay brisca o dominó, a veces hay julepe o escoba. Menudos tutes, madre, con la escoba ¿Tú no barres? No ¿Y tú, no cantas? Tienes las cuarenta. Los de fuera se callan, chaval, y dan tabaco. El monte es mío ¿Todo?

Las casas de Muelas tienen una buena fachada y también una aceptable conservación. La piedra que las forma es un granito gris, extraído de la cantera de Puente Nuevo, también de la cantera de La Virgen, que en invierno es una charca de agua, a veces congelada, que de niños nos permitía resbalar porque llevábamos herraduras en los zapatos, unos zapatos de madera, muy calientes, llamados cholos. El cholo Juan Simón se coló debajo del hielo porque tenía hueca la chola, que es la azotea, que es el tejado. Los tejados de Muelas son pizarras azules de la cantera de Llojadal, que está allí arriba, en la sierra, donde quedan recuerdos de “Los que se echaron al monte”. ¿Qué dices, Isidro? ¿Hubo maquis aquí, tan Cercas? No, aquí hubo masones, a veces. A veces menos sones. Ahora las canteras están abandonadas, no sé si esperando a los barreneros de Manganeses de la Polvorosa, donde tiran la cabra por el campanario, pero la piedra está ahí, en las fachadas de los edificios, hablando por sí misma, en sillares espléndidos, en dinteles monumentales, pulcra y aplomada, masónica, poco menos que eterna.

De noche, los tejados son aleros oscuros, donde anidan las oscuras golondrinas. Las golondrinas son oscuras porque nacieron de un pubis atormentado. Los vencejos son negros porque sintieron el presagio de la esclavitud. Martin Luther King fue el abogado de los negros, pero la esclavitud de los vencejos son sus propias alas, largas como cuaresmas sin pan, casi como el Largo de Haendel, que es de una parsimonia alcalina, materia admirable de la que Ravel hizo un bolero a cuyo ritmo es imposible la fornicación, señora Derek ¿Y los aviones? Los aviones sacaron el pecho por la ventanilla del amanecer y el sol se lo tiñó de un fogonazo. Blanco nuclear, blanco España, blanco de escopetas de perdigón que, como el culo, funcionan con aire comprimido. Pedo, pedo. Definición. Escándalos, olores y deflagraciones ¿Usted sabe algo de lavativas? Sí, una mierda sacada de contexto. Las golondrinas siempre vuelven a España y a Zamora y a la Carballeda porque las casas de los españoles y los zamoranos y los carballeses les ofrecen todavía la hospitalidad de los aleros, el envigado de roble de los balcones y de los soportales y a veces los cabildos de las Iglesias, porque los curas entienden, supongo, el carácter sagrado de estos pobres animalitos de Dios ¿Tú sabes que las golondrinas no se pueden comer? Claro, es pecado mortal ¿Y en esto no hay bula, oiga? Parece ser que no, son tan escuálidas, las pobres... La cigüeña, que goza del mismo privilegio que las golondrinas, suele estar en las torres, bajo el gallo de las veletas, presidiendo el mausoleo de la carne con su nido de cuatro toneladas y su larga lista de embriones congelados que, “En busca del tiempo perdido”, se han puesto mansamente “A la sombra de las muchachas en flor”. Pero los niños no vienen y los pueblos se van quedando vacíos...

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com
Del libro “Aguablanca, caminos de ida y vuelta”

Fecha: 03/10/2007 16:19.


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