FELIZ DÍA DE NAVIDAD | Antiguos alumnos dominicos VIRGEN DEL CAMINO - LEON
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FELIZ DÍA DE NAVIDAD

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Os deseo un día feliz, feliz, feliz. No os escribo más, estoy todavía dormido. Mi mejor abrazo para todos vosotros en este día tan entrañable.

Me llegan rumores de que hoy nos dejarán hablar durante la comida, y casi seguro que por la tarde tenemos cine. ¡Guao!

Jueves, 25 de Diciembre de 2008 13:59. antiguosalumnosdominicos #. NAVIDAD 2008

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gravatar.comSeque

Desde las suaves llanuras de Holanda donde Sta.Claus va en bicicleta, os deseo a todos unas tranquilas fiestas y vacaciones, de balances y capitulaciones, de recuerdos y proyectos. Después de un Roschild de estas tierras y un Pesquera reserva del 2004 de la ribera del Duero, puedo imaginarme porqué los tercios de flandes armaron la que armaron.José Mari, amable y generosamente, me ha mandado las grabaciones de las celebraciones del 50 aniversario, que afortunados pudisteis vivir in situ y me voy a disponer a verlas desde la sana envidia e inevitable frustración de no haberlas podido vivir con todos vosotros.
Desde que entré en contacto con este blog allá a finales de octubre sintonicé perfectamente con las comunes vivencias y recuerdos de aquello años que creí haber olvidado y afortunadamente he comprobado que estaban latentes y vivos. Un fuerte abrazo a todos.

Fecha: 25/12/2008 18:22.


gravatar.comPablo Huarte

Cuando ya atardece este día inigualable de Navidad, mi cordial y sincera felicitación.

Como ya no voy a tener acceso en INTERNET hasta el día 3 de Enero, os deseo, para todo el año de 2009, lo mejor de lo mejor. Como dicen en Latinoamérica, "que todo os vaya bonito".

Fecha: 25/12/2008 19:53.


gravatar.comAndrés Martínez Trapiello

Muchas gracias, Pablo.
Veo que escribes después de "hora sexta" y antes de "completas"; ¡sí Señor!, así se hace.
Mis mejores deseos, los de la Asturianina, los que están aún "de pensión" y los que han vuelto a casa por navidad.

Fecha: 25/12/2008 19:58.


gravatar.comIsidro Cicero

Llego de pasar la navidad en el pueblo, llego de la casa de madre, con esta idea dándome vueltas por la cabeza: Los pueblos nuestros, que han tenido esos nombres tan sugestivos y tan llenos de vida, ahora podrían llamarse Dolores, como uno que vi una vez en México. Nos han pasado ya demasiadas cosas en esos pueblos y a los pueblos también.

Pero bueno, llego y me pongo a leer el blog con deleite como siempre. Compruebo que el periodista de cierre sigue cumpliendo su oficio con escrúpulo: “Cicero”, me pregunta Lalo con socarronería gallega, “en aquellas filas de 31 por 2, ¿quiénes eran los diez que iban descalzos?” Me partí primero, hice venia menor después, y finalmente números, que es lo que tenía que haber hecho antes y, aunque me joda, siempre jode que te descubran las debilidades, reconozco que Lalo tiene toda la razón. Y no hace falta acudir a ningún experto, Lalo, lo que hace falta es fijarse un poco más: Porque si, semoviéndose, había 62 y este es un dato irrefutable, porque que lo da Daniel Orden y un dato de Daniel Orden es como un dato de José María Cortés, entonces cada fila tenía que tener 31 elementos, que para eso 62 es número par. Evidentemente, la suma total de pies era de 62 por cada fila, porque los novicios, por muy novicios que fueran, eran bípedos e implumes, no los había cojos ni con alas, me acordaría yo. Allí, anatómicamente, estábamos todos completos, al menos en lo visible.

Y si había 62 por fila, el número de pies era 124 en total, Cícero, que pa eso no hace falta calculadora. No 114 como escribiste tú, que no te fijas. Aunque hubiera podido estarlo, no estando formado aquel nutrido grupo por frailes descalzos, (había grupos de esa clase alibi), ni por congragaciones mixtas tipo ecuménico en las que pudiera darse el caso de que 114 fueran calzados y una minoría de 10 no, cabe deducir que el número de zapatos tenía que coincidir con el número de pies. Esa es la lógica impepinable que tras leer a Lalo se impone. Nadie iba descalzo en Charleroi, sólo faltaba eso, con las suelas agujereadas, sí, creo que había varios, yo entre ellos. Y si alguno caminaba levitando, yo no me di cuenta, porque andaba muy a lo mío, centrado, practicando la concentración, evitando la curiositas.

Y tienes razón, Lalo, en otra cosa: No hace falta meter a Dios en las matemáticas, ya lo han metido en demasiadas asignaturas. Lo que hace falta es fijarse más, y no sólo en los números. Porque he releído el 32 y el 33 y, la verdad, antes de salir al aire, les hubiera hecho falta un buen repaso gramatical en la lijadora. O, mejor aún, en la ingletadora de Julio Correas, que se la enseño aquí a la gente y se descojonan.

Dice mi querido Chema Sarmiento con esa suprema generosidad que tienen todos los de León, y él de manera especial, que el resultado de lo que escribo parece ballet y el esfuerzo que hay por dentro no se nota, es cosa que le ahorro al lector. Sarmiento, que vive en París, sabe que el primer verso te lo regalan los dioses, lo dijo un francés, luego el que escribe tiene que arreglárselas como puede para llegar hasta el final. Y unas veces encuentra el tono y otras, aunque se machaque los dedos en el empeño no lo consigue y debe olvidarlo en el toshiba, que es más práctico esto que tirarlo a la papelera como antes, porque ya hemos tirado a la papelera demasiadas cosas de las que notamos la falta cuando pasan los años. Esto lo he hablado muchas veces con Manolo. De todas maneras, si eso que tiene de baile un texto terminado es gracilidad, también se lo han dado los dioses al poeta, Chema. Pero no sin esfuerzo ni oficio. A mi patrón san Isidro, ya sabes, bajaban los ángeles a ararle la haza, el muy gandul.

Por cierto, Sarmiento ¿cómo llamé Eduardo a Gerardo? No hay derecho. Sé muy bien quién era Gerardo Suárez, de hecho pensé en él cuando escribí que los cinco merecían una biografía para besar con respeto su eternidad, como dice Habibi con belleza extraordinaria. Pero pensé en Gerardo como excepción porque “de Gerardo ya nos ha hecho una semblanza incomparable Chema Sarmiento”, pensé yo. Lo cual no fue óbice para que escribiera Eduardo donde debía haber puesto Gerardo. Qué cosas. Sé bien lo que Gerardo significó, y para ti de manera especial, nos lo has contado magníficamente en el blog. Por eso decía antes lo de la ingletadora de Correas. Y ya digo que hay que poner un poco más de cuidado.


Pero hablando de generosidad, ahí están las palabras de Antonio Argüeso. Por la Grand Place, donde vive y reina, ya hablamos de esto, del pasado latente que todos llevamos dentro, que hemos callado, que hemos escondido, que ahora estamos sacando a relucir gracias al artilugio de José María Cortés; gracias, como Argüeso dice, a la desinhibición de la edad y, yo personalmente, gracias a la insistencia insistente de Mariano Estrada, Javier del Vigo y Andrés Martínez Trapiello. Si no llega a ser por ellos, no me hubiera atrevido yo a explorar los registros de la primera persona del singular (ya advertí en una ocasión que a lo mejor hasta me enviciaba y me creaba dependencia). Si no hubiera sido por estos jóvenes y otros, no habría globos ni globas.

Argüeso es único con la primera persona del singular del pretérito indefinido. Lo lees en singular, pero sabes desde el primer momento que se refiere al plural. Por ejemplo lo de los aplausos de clase de inglés. Por ejemplo, lo de las avellanas, ahora tiene que contarnos lo del arroz de Liborio. Pero tratas de leerlo en plural – haced la prueba- y rápidamente ves que el plural sólo es una extensión de la singularidad personalísima de alguien con mucha autonomía desde niño.

Me regala Luis Teódulo Barbería como suele hacer excelentes puntuaciones, buenos calificativos. Se lo agradezco tanto... Me habla de la necesidad de la memoria en los escritores. “Y tú”, me dices, “la tienes privilegiada y los recuerdos te fluyen como un río”. Debo recordarte que al empezar a escribir para vosotros me acordaba de poco, todo era una niebla espesa, pero sobre todo el diccionario de la memoria de Enrique Muñiz, las fotos que ha ido colocando José María Cortés, los recuerdos que poco a poco habéis ido desgranando todos, me han resucitado las vivencias con una nitidez asombrosa.

Por ejemplo, ahora que te he escrito esto de la niebla, me ha vuelto a la memoria mi amigo José Luis Fernández Martínez (Zamanillo ahora, tan querido entonces) y un dolor de cuando entonces que estuvo enquistado en el olvido hasta que resurgió hace poco, con motivo de una visita de los de León y una comida en la Capilla Sixtina del genial Miguel Ángel. Quizá un día le llegue el turno a este dolor y se convierta en relato como le ocurrió a aquella pena (para mi) del jersey amarillo, de pico.

¿Qué quiero decir? Pues que la memoria para el que la trabaja, pues minuitur nisi eam exerceas. Y gracias por la complicidad de tu sonrisa.

Andrés Martínez Trapiello – de mi curso- tiene que escribirnos con más detalles. Los mismos detalles tan sabrosos que da cuando habla. Vamos, me gustaría que los escribiría, como dicen aquí arriba. Por ejemplo, me ha dejado en ascuas porque no me ha dicho qué resultó de la mezcla globo-sinfonía del nuevo mundo. Si es que resultó algo. .

Andrés Cortés Aranaz me dio la alegre oportunidad de enviarle un abrazo por teléfono la víspera de nochebuena. Uno se pregunta por qué Andrés Cortés Aranaz funciona en los entresijos de la memoria así, todo seguido con el nombre y los dos apellidos. Tengo una hipótesis: Es un verso octosílabo perfecto, con los acentos puestos donde deben ponerse. Y como el octosílabo es el ritmo natural del castellano, por eso tengo el nombre de este amigo tan grabado. Digo Andrés y me sale todo lo demás automáticamente como la autoescritura del ordenador, que se te adelanta y te adivina. Le envié un abrazo muy fuerte a este amigo y ahora se lo reitero.

Fecha: 26/12/2008 13:53.


gravatar.comEl lacónico

Andrés Cortés Aranaz octosílabo?

Fecha: 26/12/2008 15:00.


gravatar.comAndrés Martínez Trapiello

Otra vez pipiolos en el Colegio, en la Escuela Mayor.

Me había sentido experto, conocedor de la vida diaria de clase, comedor, campos, capilla…
Asesorábamos a los de primero sobre las manías del profesor matemáticas, las cautelas con el Director, cómo había que limpiar la camarilla o por dónde se iba al “Tomellar”. Dominábamos el “Sevá” y sabíamos que los tapines para hacer una especie de jardín delante de la Recreación los acarreábamos en el regazo desde las tierras cercanas al Valle, casi al final de la finca.
Excepto alguno, aún no teníamos pelusa bajo la nariz y continuábamos vistiendo pantalón corto, pero nos sentíamos ya abuelos colegiales de la Escuela Menor.

Ahora, ya alumnos de tercero en la Escuela Mayor, mirábamos de soslayo a la rapacería de la Escuela Menor a través del seto que dividía los campos, y aquello nos hacía importantes. Y ya no nos madrugaban para arrancar cenizos en la Granja, dar la vuelta a la finca y, en el mismo campo de deportes, pasar por un artilugio inventado de ducha de agua fría; ni hacer gimnasia en los campos con atuendo deportivo -camiseta de tirantes- cuando aún había relente.
Tampoco vería jugar a los compañeros desde la fuente fabricada en tubo de hierro con algunos agujeros que dejaba caer el agua en charca, donde debía mantener metidos mis pies descalzos y quitar la roña de los talones que el Director ¿había descubierto? en mí y algún otro compañero.

Ya era más mayor, ya respiraba más libertad; ya era alumno de tercero en la Escuela Mayor.

Pero en aquel inmenso estudio volvías a sentirte un rapacín. Incluso no osabas acceder hacia los pupitres del fondo, donde los mayores; aquellos muchachotes te imponían respeto, y hasta los había que tenían que afeitarse. Y les daba clase el Padre Tascón.

Tenía de frente, desde mi pupitre en las primeras filas del enorme estudio, la alta tarima y el gran encerado.
Había sido una tarde de domingo más; bueno, con algo más: Habíamos ido en filas, como siempre, al cine a observar un mar de NO-DO.
Era ya noche cerrada y el tedio, después de haber tenido que elegir entre preparar la traducción de Latín o resolver unos problemas de álgebra, me había inducido a recrearme con “los santos” del libro de literatura. Pero del aquel hastío me alteró e ilusionó lo que adiviné que sonaba desde el altavoz que se encontraba encima de la puerta, casi en el techo: Era el sonido de la aguja del tocadiscos que iniciaba la búsqueda de los primeros compases de la “Sinfonía del Nuevo Mundo”. José Arenas y Jaime Lebrato nos iban a transportar a otros mundos, más allá de los muros y las cercas del Colegio, con las noticias que se habían producido en territorios y por gentes que intuíamos casi en el infinito.

Fecha: 27/12/2008 14:43.


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