Hace pocos días me llama Fernando Box y me dice que quiere acercarse a Palencia a darme un abrazo y, de paso, a recoger su ejemplar de mi Métrica. Me puse muy contento por tener la ocasión de verle una vez más y disfrutar de su siempre culta, jugosa, ponderada y gratísima conversación. Y de nuestro mutuo afecto. Como yo estaba en plena vorágine de los tortuosos laberintos de Correos y mis fallidos envíos, para desconectar un poco se me ocurrió llamar a Clemente y a Molpeceres por si querían también venir desde Valladolid, al igual que a Carlos Abad y Daniel Orden desde Santander. Menos a Molpeceres, que no podía venir entre semana por su trabajo, a todos les pareció un idea estupenda reunirnos y quedamos un día en Palencia; además también se nos unió Daciano que, como Daniel, tiene nieto en esta ciudad. En la entreplanta de la pastelería Polo, con café y picatostes, junto a un agradable ventanal con alegres y acogedoras cortinas de flores, pasamos una mañana feliz, como siempre que nos reunimos los viejos compañeros con la disculpa que sea.
Además de hablar y reír de mil cosas, de antes, de ahora mismo y de después, tuvo lugar a continuación una espontanea mini-presentación de mi libro, cosa tan nueva para mí y de tanta ilusión y satisfacción. Además de las preguntas sobre Borja, y sobre esto y lo otro, y los sabios consejos de Daniel sobre los trámites a realizar para obtener el reconocimiento de su título de Virología en toda la Unión Europea, les recité muchos poemas del libro, como suele hacerse en las presentaciones de libros de poesía, entre acotaciones, bromas y preguntas muy gustosas de responder y compartir. El propio Box y también Clemente, y ahora no recuerdo si alguno más, quisieron recitar alguno de los poemas. Una matinée inolvidable.

Daniel se tuvo que ir poco antes de las dos, pues quería ir a buscar por sorpresa a su nieta a la salida del colegio. Y Carlos Abad también pues debía visitar a su hermano enfermo. Los demás aún apuramos un buen ratico la tertulia y el cariño.
Acompañé a Box, Clemente y Daciano hasta un agradable restaurante en uno de los rincones más bonitos de la ciudad y me uní a ellos después de los postres, pues yo tenía comida de cumpleaños familiar y despedida de Palencia. Hay días en que todo lo bueno coincide.

Una de las posibles erratas del libro me la indicó precisamente Fernando Box. Y digo posibles por que él mismo me dijo que no estaba seguro y que lo consultara con alguien que supiera más latín que él. Se trata de una frase latina que hay en la viñeta de la página 105. La frase, sin importancia especial y sólo para llenar el cartel de la viñeta y así trufarla con algún significado, es mía: SICUT CIGNUS LABENTIBUS SUPER AQUAS. Y la duda está en ese "labentibus". Box cree que tal vez debería ser "labens". Yo les pregunto a Pitu y a Manolón, que son los que más latines prodigan por aquí -o a cualquier experto que quiera terciar-, que cómo traducirían la frase tal como está en el libro, si es que pudiera quedar así. Porque, según me sugirió el propio Box, también podría hacer sentido así, y un sentido interesante acaso. La duda es la corrección gramatical. Aunque a veces en poesía la sintaxis se fuerza y dicha corrección se sacrifica en aras de otros propósitos expresivos.
Y hablando de erratas, curiosamente ha sido el otro Box, Ramón Pajares, quien a visto en la página 28, detrás del penúltimo verso (Ático), una coma que claramente sobra. Podéis rasparla delicadamente con una cuchilla de afeitar y no quedará huella. El mismo Ramón tiene una duda muy razonable respecto a otra palabra escrita en griego, pero eso os lo comentaré con sus propias palabras más abajo, en los comentarios.
Otra errata he encontrado yo de menor importancia, pero que afecta a la perfecta corrección de la columna de cifras y letras de los parámetros métricos. En la p. 100, a la izquierda del primer verso no debe estar esa "a", sino el círculo atravesado por diagonal que indica la presencia de un verso libre de rima. Y, por tanto, los demás llevarían la secuencia: aabba, en lugar de la actual: bbccb. Por suerte -es bien sabido que las erratas se agazapan insidiosamente hasta aparecer triunfantes en el libro ya impreso y encuadernado- creo que no hay ningún error de palabras en mis versos. Si alguien encontrara algo, por favor que lo diga, por si se llegase a una segunda edición, cosa que dudo ahora mismo. El tiempo lo dirá.
En cuanto a la mayor o menor fortuna crítica de esta Métrica mía, remito al lector curioso que no lo leyera en su día, al espléndido y generosísimo ensayo que Isidro Cícero escribió como presentación de lujo en los portillos de los días 29 de Noviembre, en el que están las dos primeras entregas, y 17 de Diciembre, donde aparece la tercera.
Así mismo, y apareciendo incluso antes que dicho ensayo en la espontánea intervención de Mercedes Modroño -una entusiasta periodista de Galicia que no me conocía-, destaco y agradezco enormemente la estimulante y no menos generosa recensión "Bailando libre dentro de un corsé". Podéis leerla en el portillo del 19 de Noviembre, entre los 88 comentarios tan llenos de empatía y calor de amistad queintercambiamos allí.
Arrancar un pequeño elogio -o una simple lectura de mi obra- a las ilustres figuras del mundillo de la literatura oficial no mediando amistad verdadera o interés inconfesable por su parte, es tarea imposible para quien no conoce de cerca prácticamente a nadie, salvo a Pedro Trapiello, de quien estoy seguro que no me lo escatimaría -no uno sino varios en cascada- si se lo pidiera, tal es su generosidad y bonhomía.
Por eso, un poco abrumado tras la peregrinación un tanto mendicante por las librerías de Palencia y alguna de Madrid ofreciendo mi tierna mercancía con la esperanza de darla a conocer y de que prenda en algún corazón, haré una pausa en esta procelosa e impredecible promoción y esperaré vuestras palabras prometidas -mis primeros y mejores lectores-, que a buen seguro serán mucho más cálidas, perceptivas y gozosas que este gran mercado del mundo, tan canalla y endogámico.
Y, erratas leves aparte, perdonad mis muchas faltas, como en el teatro antiguo se decía.
Santos Vibot
