Me encontré por Internet esta fotografía de los años 40, la explanada del vía crucis invade la toma y el viejo Santuario de la Virgen del Camino indefinido al fondo.
Me ha parecido una fotografía triste, estropedada, oscura, casi rota...pero luminosa, y no sé por qué.
Santos suárez Santamarta nos la ha querido comentar.
Ahora Josemari, exhibiendo galones, nos ha querido poner firmes y se ocupa de “repartir leña” para atizar el fuego del blog con el fin de que éste no se extinga o detenga su marcha por falta de combustible. Le aplaudo la idea aunque la invitación que me hace para que comente esta fotografía me resulta algo difícil de realizar por mi limitada capacidad para tejer un relato ordenado y mi visión casi monocular de las cosas. Sobre todo después de leer los enjundiosos, exuberantes y tan multidisciplinares comentarios de quienes que me han precedido.
Permanecí un buen rato contemplando esta fotografía he sentido una inquieta curiosidad por saber algo más de ella y sus circunstancias. Si hubiese tenido ante mí a su autor me hubiese gustado preguntarle acerca de ella: ¿qué quiso fotografiar ¿por qué hizo la toma desde este punto y a esta hora del día?, ¿cuál fue su motivo o propósito?. Pero nada de esto voy a poder saber. Por eso ya desde ahora me resigno a seguir desconociendo todos estos detalles y habré de limitarme a expresar algunas de mis espontáneas y dispersas apreciaciones.
Podría tratarse de una toma hecha sin propósito especial alguno por alguien que –hallándose a esas horas en ese lugar - de pronto se sintiese atraído estéticamente por el contraste entre esas dos partes del campo visual: la penumbra de la parte inferior y la claridad esplendente que envuelve esos cúmulos que parecen flotar en un cielo de libertad y dicha. Como si súbitamente le hubiera surgido la idea de comparar, al igual que en el mito de la caverna platónico, la oscuridad y los males de este inframundo en que se desarrolla nuestra existencia con la claridad y la vida bienaventurada de ese otro que él nos acostumbró a situar en la región de las alturas. Pero no parece que esta explicación sea mínimamente probable.
Hoy mucha gente puede obtener una instantánea de aceptable calidad llevando consigo bien de una diminuta cámara extraplana en el bolsillo, o bien con un teléfono móvil. Y basta con un simple toque con la yema del dedo en la pantalla para obtener una imagen como ésta sin necesitar de otros conocimiento acerca de enfoques, encuadres, medición de luz, velocidad de disparo etc. Pero en aquella época -Josemari señala que la foto es de los años cuarenta- los fotógrafos solían ser profesionales del retrato mayormente. Trabajaban habitualmente en su estudio y salían de él en ocasiones para dejar testimonio gráfico de actos sociales o fiestas populares. En su estudio recibían y atendían a los clientes que deseaban ser inmortalizados haciéndoles entrega de su retrato -en blanco y negro- en una tarjeta de escaso brillo. Eso sí, si el cliente era más cursi, más pagado de sí, o más dado a la exhibición, se le podía colorear artificialmente su estampa incrementándole el coste en algunos céntimos (una o varias “perronas” o “reales”). Estoy seguro de que algunos de quienes ahora leéis estas líneas conserváis en casa algún ejemplar de estas tarjetas postales coloreadas, con la imagen de alguno de vuestros antepasados cercanos. Y todo ello se conseguía tras un laborioso proceso. Primero preparando su aparatoso y pesado equipo de captación de la imagen (cámara, trípode, placas o carrete…), luego realizando la toma tras su dispositivo -no sin antes haber ocultado su cabeza bajo un faldón oscuro- y, por último, aplicándose a la laboriosa y lenta tarea de revelado realizado en un imprescindible cuarto oscuro durante un tiempo que podía ser de horas. De manera que difícilmente habremos de situar allí un fotógrafo desprovisto de una concreta intencionalidad. Pero ¿cuál?.
Tiene algo de especial contraste este paisaje que se nos pone delante; casi tétrico y temible por una parte y, por otra, atractivo, luminoso y alegre. El hecho de no aparecer ningún ser animado, a excepción de algunos arbolillos que escoltan el camino hasta las inmediaciones del pueblo, hace que se vea este lugar como algo inhóspito y frío en contraste con un cielo que atrae irresistiblemente nuestra mirada y parece invitarnos a volar entre sus nubes blancas. Me recuerda esta imagen a alguno de esos tantos poblados-fantasma abandonados, en los que todos sus habitantes hubieran tenido que huir o ya hubiesen muerto hace tiempo, tal y como se nos muestra a veces en algunos reportajes televisivos. No hay personas, ni animales, ni objetos que hagan presumir la existencia de algo de vida social o laboral. ¡Qué menos que se pudiesen percibir alguna figura humana, algún animal doméstico, algún carruaje o apero de labranza, algo que presentase algún indicio de vida o actividad!.
Pero nada de esto aparece. Por el contrario una densa mancha de oscuridad se cierne, como un espeso velo, cubriendo y compactando todo el conjunto de viviendas del pueblo hasta conseguir la ausencia de detalles y la indefinición de perfiles, de manera que a cualquier extraño viandante que se acercara al lugar podría producirle la impresión de sentirse en una zona desconocida y hostil o incluso inductora al miedo. Ni siquiera la silueta recortada de una torre mejora la impresión de estar en un lugar en apariencia abandonado, solitario, silencioso y triste. A esto se añade otro elemento que acentúa incluso ese carácter un tanto funesto. Me refiero a ese tramo de camino que, dejadme que os lo diga, es como una cimitarra o como una afilada guadaña cuyo brillante y corvo filo se va estrechando hasta tocar con la punta los aledaños del templo como queriendo segar aquella torre que, como una premonición, sería demolida no mucho tiempo después.
Si Josemari no me hubiese advertido de ello no habría sido capaz de saber que se trata del poblado de la Virgen del Camino y la silueta oscura que se eleva por encima del resto se corresponde con una de las torres del antiguo Santuario. Aún así a mí se me hace difícil identificarla ni saber a qué punto cardinal se orienta. Creo haber visitado este lugar –como ya conté en una ocasión anterior- una sola vez probablemente el año 1961 cuando el antiguo santuario estaba demolido y sólo quedaban algunas piedras labradas, como pecios de un naufragio, esparcidas por los alrededores.
A propósito, ¿alguien sabría decirnos a dónde han ido a parar todos aquellos sillares, arcos, pilares… tan concienzuda y meticulosamente labrados?. Es sabido que el tándem Juan Crisóstomo Torbado (arquitecto) y Luis Almarcha (obispo de León) hicieron que se desmontase pieza a pieza la fachada de la Iglesia del complejo monacal de Santa Olaja de Eslonza para recolocarla de nuevo en la Iglesia de San Juan y San Pedro de Renueva, unos años antes del comienzo de las obras del nuevo Santuario de la Virgen del Camino. Poco tiempo después, creo que simultáneamente a la demolición del antiguo santuario se estaba construyendo la iglesia parroquial del pueblo de Vegaquemada, previa demolición –también- del templo preexistente, bajo las órdenes y la dirección del mismo tándem de actores y con el mecenazgo del hijo más ilustre y más rico de este pueblo, Don Pablo Díez, nombre tan conocido y familiar para nosotros. ¿Fueron a parar a esta nueva edificación las piezas del demolido antiguo santuario de La Virgen del Camino?
A mí me gustaría saber que, aunque desplazadas de su primigenio asentamiento, no hubiesen terminado siendo objeto de especulación para el propio beneficio de los avispados de siempre o yendo a parar a esa otra clase personas que sólo ve en una biblioteca toneladas de papel o en una catedral un gran montón de piedras. Se verían respetados, al menos en parte, los sentimientos de generaciones de personas humildes que en el interior de su parroquia de la Virgen del Camino vivieron momentos señeros de su peripecia vital como la celebración de nacimientos, las uniones matrimoniales, las despedidas de seres queridos. Aunque enajenado parte de su paisaje biográfico, al menos les habría quedado el consuelo de saber que esas mismas piedras seguirían en algún otro lugar cumpliendo el mismo cometido, como el donante de sangre u órganos se sabe de algún modo presente en el organismo receptor.
Pero volviendo a la fotografía que era el objeto de este comentario. Esos dos planos tan diferenciados bien pudieran tomarse como metáfora de una doble y sucesiva concepción religiosa, teológica y espiritual. La primera vigente en aquella época, y la segunda aparecida años más tarde alentada por el espíritu de apertura y el “aggiornamento” del concilio Vaticano II que impulsaría la renovación de la Iglesia y la iría liberando y limpiando de adherencias y deformaciones desfiguradoras.
Quienes tenemos edad para poder extender nuestros recuerdos a los años anteriores al Vaticano II recordaremos las propias vivencias y la imagen con que se presentaba ante nosotros la Iglesia de entonces. Una Iglesia casi tenebrosa, excesivamente rigorista, centrada en el ritualismo, que acentuaba como centro de preocupación y actividad pastoral los exámenes de conciencia torturadores, la predicación en sermones y programas de misiones populares (extendidas a todas las zonas urbanas y rurales de España) los sentimiento de culpa y de pecado, el temor al infierno y a la condenación eterna y con unos ministros que competían y se autocomplacían en llevar a las multitudes a ponerse en fila ante los confesionarios para liberarse de inducidos y exacerbados sentimientos de culpa. Una iglesia, por otra parte plegada al poder del Estado y en connivencia con muchas de sus decisiones políticas aunque no estuviesen en línea con criterios evangélicos.
Qué lejos de ese otro espíritu o mentalidad que -aunque lentamente- se va abriendo paso y considera al cristiano como un ser adulto, dotado de libertad y autonomía, que se relaciona no con un Dios Justiciero y exterminador, sino con el Dios de bondad y misericordia, que no quiere esclavos temerosos sino hijos confiados, como ahora el papa Francisco, parece, insiste en presentar.
Era necesario sobre todo reorientar el punto de mira y cambiar mentalidades adoptando otros criterios más evangélicos. Y a ello -sin necesidad de demoler los viejos templos-, podía contribuir también una nueva arquitectura. En este lugar de las afueras de León, se decidió que se demoliera el antiguo santuario para erigir otro de líneas modernas, sin pilares, ni columnas, ni arcos, ni bóvedas, con un espacio interior amplio y diáfano, que facilitara la unión y comunicación en igualdad entre los asistentes al culto. Con los santos al aire libre, inmunes a olores de madera humedecida y apolillada y con unas amplias vidrieras que metieran chorros de luz cromática al interior.
Difícil el intento de dilucidar el sentido o el propósito de esta curiosa y algo extraña fotografía. ¿Y si en lugar de “trascendentalizar” su posible significado no le atribuimos un sentido algo más simple o prosaico?. Tal vez, si no fuera las espontánea toma de un bello paisaje de atardecer, podría haberse hecho con la intención de servir de información o estudio previo para convertir la extensa campa que aparece en primer término en un solar en el que poder construir desde un conjunto residencial, un espacio de servicios auxiliares al cercano aeródromo, un complejo deportivo o -“vaya usté a saber”- un nuevo templo que sustituyera al antiguo santuario dado que por aquellas fechas un multimillonario leonés se le había metido entre ceja y ceja gastarse los cuartos en hacer un gran monumento a La Virgen del Camino, su patrona.
Santos S. Santamarta