Comentario de Santines Vibot que hoy merece la portada del blog. Felicidades en el día de Santa Cecilia, día tan especial para todos, porque todos amamos la música.
He Escuchado estos días, con no poco embeleso y asombro, “Hail! Bright Cecilia”, de Purcell, compuesta en 1692. Además de lo vigorizante y a la vez tan misterioso, que siempre me resulta este compositor, me ha interesado esta vez especialmente el texto, de un autor irlandés, Nicholas Brady. Parece ser que está inspirado en otro anterior (1687) del inglés Dryden (sobre el que en 1739 compondría Haendel su cantata para el día de Santa Cecilia, con el tema central de la teoría pitagórica de que la música fue una fuerza central en la creación de la tierra, divulgada en latín como “Harmonia Mundi”).
El poema de Brady comienza con las clásicas referencias mitológicas tan frecuentes en la época. Continúa invocando a los bosques británicos que se convierten en violines y flautas (“cada árbol rompe su silencio, el Boj y el Abeto comienzan a hablar”)
Y llegando así a la Música dice:
4. “Es la voz de la Naturaleza; a través del emocionante bosque de las criaturas, comprendió: ¡Es la lengua universal no ignorada por ninguna de sus numerosas razas! De ella aprendió el poderoso Arte a cortejar el oído o a conmover el corazón: a expresar y a enardecer las pasiones a la vez; la escuchamos e inmediatamente nos afligimos u odiamos, nos regocijamos o amamos: con invisibles fantásticas cadenas nos aprisiona; a la vez hechiza el sentido y cautiva la mente.”
Después la llama “Espíritu del mundo” y habla de la Música de las Esferas.
Como a Cecilia se le atribuye legendariamente la invención del órgano y la tradición iconográfica suele representarla tocándolo, en la estrofa 7 dice el poema:
“¿Con ese sublime rumor celestial (la Música de la Esferas) podría compararse alguno de los sonidos terrenales? Si alguna música terrestre se atreve, quizá pueda ser el noble órgano. Sus maravillosas notas fueron otorgadas por el Cielo (con el Cielo frecuentemente Cecilia conversó), algún ángel del Sagrado Coro inspiró los tubos con su aliento (…)”
Y en la estrofa 8 dice del órgano:
“¡Máquina maravillosa, a vos el laud trinador, se ve forzado a rendirse, incapaz de disputar con vos.”
Y, después de decir del aéreo violín y la sublime viola que nunca pueden superarlo en sus cometidos, dice en la estrofa 10:
“En vano la amorosa flauta y la suave guitarra se afanan juntas para inspirar un ardor licencioso y un descontrolado deseo; mientras que tus castas arias encienden gentilmente seráficas llamas y amor celestial”
Y no acaban aquí los elogios…
El final es un canto a Cecilia:
“¡Gloria, luminosa Cecilia, gloria a vos, gran Patrona nuestra y de la Harmonía…”!
Para mí, lo mejor del colegio, con mucha diferencia, fue la música, y creo que los muchos melómanos que aquí sois todavía estaréis de acuerdo conmigo. Y esta fiesta no fue sólo para los de la Escolanía. ¿no sentías todos en el coro del santuario, con los colores de la inmensa vidriera irisándolo todo –y especial y mágicamente nuestras tiernas cabezas de asombrados muchachos, la música de otros planetas, la música de las esferas?
Pero me ha interesado el texto también por ese encendido ditirambo del órgano, que ahora ocupa mi tiempo intensamente. Es un instrumento que está gozando de una evolución inesperada, gracias a una tecnología que parece extraterrestre:
Hay un programa informático con nombre alemán (Hauptwerk) ideado por un inglés, pero comercializado desde Estados Unidos, mediante el cual puedes tocar desde tu casa muchos de los mejores órganos del mundo. Están grabando los mejores ejemplares de cada país, tubo por tubo, registro por registro, en las mejores condiciones de afinación y armonización imaginables, con la resonancia de las bóvedas y al lado mismo del tubo (puedes elegir después cómo lo quieres escuchar, el propio organista nunca pudo escucharse desde abajo, en la nave. Y también mezclar la proporción de cerca y lejos a tu gusto y disfrute). Sólo necesitas tener unos teclados y pedalier con conexiones MIDI, Puede ser una consola de órgano digital o un “háztelo tú mismo” con modernos teclados baratos (interesados cliquear Hauptwerk, sección DIY, do it yourself) ampliar la memoria de tu ordenador, comprar la licencia y elegir los instrumentos más increíbles que puedas imaginar. La riqueza es inmensa, es difícil encontrar dos órganos iguales. ¿Y cómo suena?: Como os suena una buena grabación en CD si tenéis un buen amplificador y altavoces en casa: como si estuviérais allí. Pero tocando vosotros. ¿Olóriz, Seque…no os dan ganas de poneros a estudiar?
Otro avance es que, digitalizando algunas partes de las consolas existentes, un concertista puede dar un concierto en dichas consolas desde cualquiera de ellas, por ejemplo tocar en la Catedral de León y que suene en el órgano de Notre Dame de París.
La mítica consola Cavaillé-Coll de Notre Dame, en la que murió sobre el teclado mientras daba un concierto el inefable Louis Vierne, ha sido sustituída por una nueva con todas estas tecnologías para optimizar el rendimiento del órgano más grande de Francia.
Yo les he propuesto a Josemari y a Andrés dar un concierto en la Catedral de León con la “Misa para los conventos” de François Couperin, que me entusiasma. Necesitaría un pequeño corito de Canto Gregoriano para interpretarla como se hacía en la época, en la forma “Alternatim”, según el Ceremonial de los Obispos. Esto es: el primer Kyirie lo hace el órgano, el segundo lo canta el coro, el tercero órgano, de nuevo el coro…y así sucesivamente el Gloria, Sanctus y Agnus. Imaginad el portagonismo simbólico otorgado en ese Ceremonial al instrumento como para sustituir -casi una suplantación- la mitad del texto litúrgico y hablar con Dios en propia voz y primera persona, incluso con más vehemencia que la asamblea de los fieles.
(Y también imaginad la duración de aquellas misas. No en vano el propio Couperin, al final del manuscrito, dejo esta simpática frase: “La Messe est fini, allons manger.”)
Los registros requeridos para este repertorio es muy infrecuente encontrarlos fuera de Francia, a no ser en grandísimos órganos, y aún así el color inconfundible de las lengüeterías barrocas francesas no es fácil de imitar.
Abrigo la esperanza de que esa “Maravillosa Máquina” de cinco teclados recién inaugurada en León, y proyectada por el fastuoso Jean Guillou, no haya olvidado en Francia esa paleta de tonos inconfundibles, ni esas trompeterías más brillantes que el sol de Luis XIV.
Esta rutilante, versallesca y dorada -pero también profunda, y hasta penetrantemente sentimental a veces- música de Couperin, elabora en la escucha, constantemente sorprendida, refrescada, un contraste insuperable con el místico vuelo del gregoriano. Sería bonito, muy bonito y emotivo de hecho, que este coro lo hiciera el Grupo de León, por ejemplo.
Yo me imagino , bajo la lluvia arcoíris de las vidrieras leoninas una mañana de sol, un paraíso para compartir, queridos amigos.
“FELIZ SANTA CECILIA”
Santos Vibot