Ecos de sociedad. (Por Luisito Heredia)
El día 12 de los corrientes y molientes, tuvo lugar en Bañugues, Asturias, el encuentro de algunos de los muchos de los AADD del Colegio Virgen del Camino organizado por Carlos Jiménez-Cuervas Mons ( en adelante Bañugues).
El motivo no fue otro que, a la llamada de Bañugues, reunirse a la mesa de la casa del señor Juan, propietario del asfamiado Restaurante asturiano Máximo. Fue un día maravilloso, según nos ha informado el cronista del evento, a pesar de notables ausencias.
Los primigenios llegamos a las 12,30 al Restaurante Máximo, cerrado a cal y canto, lo que nos hizo sospechar a Julito Correas, a Pedro- Pajarín, y a mi, que o bien nos habíamos confundido de ciudad o que Máximo estaba aún sin afeitar. Fue lo segundo.

Nada más abrir la puerta del Restaurante, Julito se identificó y a la voz de “hola, veníamos a …., de parte de un amigo que organi…” , ya teníamos sobre el mostrador un aperitivo para empezar.
Un aperitivo de mejillones que estaban de rima y aceitunas que nunca probaréis si no vais a Bañugues, todo ello regado por PP (Prieto Picudo) y sidra de la de “te lo juro por mi madre”.
Fueron llegando con cuentagotas los comensales que venían de allende Pajares, del Occidente gallego, del centro asturiano de Oviedo, de Gijón, de al lado de Bañugues, como Mallada e incluso del mismísimo Bañugues como Bañugues. Los primeros abrazo de bienvenida, como siempre, muy emotivos y cariñosos después de tanto tiempo sin vernos unos a otros. Algunos, incluso después de dos días sin verse no parecía que estuvieran haciendo el paripé por el realismo de los abrazos. A mi me pareció ver abrazarse incluso a Quique y Trapi que habían venido juntos en coche. Debió ser de la emoción o que se confundieron entre ellos.

Trapi, nada más llegar, recordó con nostalgia sus vacaciones familiares en Bañugues y se dedicó a volver sobre sus pasos pasados recorriendo calle arriba calle abajo el largo paseo que le separaba del Restaurante a la playa. Una vez confirmado que todo seguía igual menos el campo de Fútbol del Bañugues CF Indalecio que no se había segado desde que él decidió cambiar el lugar de veraneo de Bañugues por la Costa del Sol, volvió rápidamente al Restaurante a degustar con el resto de los equipos el aperitivo, no fuera que no probara bocado. En ese ínterin, entró al Restaurante un señor que se abalanzó sobre Trapi fundiéndose en un emotivo abrazo.
- ¡Coño, Balbino¡ “Cuéntame cómo te ha ido” desde todos estos años, le espetó Andrés.
Balbino lucía pelo blanco como Platero y aparentaba la edad de Trapi. Yo diría que más mayor que Trapi y más joven que Platero, aunque las apariencias engañan a veces ,lo que me llevó a la conclusión de que debía ser otro exapostólico de yeguadas precedentes a la mía que se había unido al encuentro a última hora y viendo que se saludaban tan efusivamente, me presenté: -“ Yo soy Luis Heredia, de la yeguada del 62” . Si no se interpone Trapi entre Platero y yo, le planto dos besos de carrillera como los del Besucón. Rápidamente, Trapi me aclaró el entuerto. Balbino era un lugareño con el que Trapi pasaba parte de las vacaciones en Bañugues jugando al tute, al mus, a la brisca y a la escoba cuando llegaba a casa, hasta que Merce le dijo: “O Balbino, o yo y tus hijos. Elige”. Evidentemente, optó con muy buen criterio por su familia hasta el día 12 de la comida en el que se re-encontró con Balbino después de 45 años. Como Balbino no tenía reserva, y no se le esperaba, se despidió a la chita callando. No me extraña que Trapi haya trabajado en Correos durante tantos años dándosele tan bien las cartas desde pequeño.

Todo estaba programado y planificado con una precisión tal que me recordó las excursiones a La Vecilla, Boñar, Corias, las salidas de merienda al campo pues cada uno de nosotros teníamos asignada una misión. Llevar los cestos con los bocadillos, el vino, que los frailes nos lo convertían en agua, al revés que en la Misa, los balones de fútbol, bueno, el balón más bien…, las tiendas de campaña y un largo etcétera. La verdad es que yo no recuerdo el etcétera que me tocaba llevar a mi.
Esta vez, también algunos de los comensales se encargaron de traer cosas. Por ejemplo, Julito trajo percebes, a Pedro-Pajarín, a mi y a mi muleta; Bañugues trajo también percebes por si alguien comía menos de la cuenta, los oricios y las centollas. Enrique Muñiz trajo a Andrés Martínez Trapiello. Santiago Alfayate trajo a su mano derecha Manolo Arango.
Un dato curioso del encuentro es que no hubo necesidad de poner las señoras a la derecha y los señores a la izquierda de la mesa porque las únicas hembras que asistieron fueron las centollas y mi muleta que se pusieron en el centro de las mesa sin rechistar las unas y a mi lado la otra. Los demás éramos machos, como los percebes y los oricios, dicen, y como no vino ninguna santa, menos mal, nos emparejamos como nos dio la gana y todos arrejuntaos independientemente de la yeguada a la que perteneciéramos, sexo, edad o religión que actualmente profesemos. Como debe ser.
Los equipos estaban formados por las siguientes alineaciones:
La cabecera Norte de la mesa estaba cubierta por Bañugues.
En la Sur, por mi, asistido por mi muleta.
A la izquierda, según se mire, por Malvárez, Muñiz, César, Correas y Alfayate.
A la derecha, según se mire, por Pedro-Pajarín, Trapi, Lalo, Mallada y Arango.
¡Aviso¡: que nadie se ponga en la cabecera porque le obligan los comensales a dar un discurso sin avisar.
Tocó el xiflu de salida Bañugues, sin bendecir la mesa, y nos abalanzamos sobre los oricios y los percebes como si no los hubiéramos comido nunca. Bueno no sé si alguno de los presentes… Afortunadamente no hubo daños personales. Todos, incluso los de tierra firme, sabíamos que ni los pinchos de los oricios ni las uñas de los percebes se comen. A continuación salieron las centollas de Bañugues, que así dicho suena muy mal aunque peor sonaría si se hubiera encargado de traer huevos.

Los percebes de Julito y Bañugues parecían de campo de lo grandes que eran. Unos oricios que estaban para comerse hasta los pinchos. Las centollas estaban ya abiertas, las patas partidas y mi carro me lo robaron entre Malvárez y Trapi. Y el plato fuerte de langosta con verdura no lo pudimos acabar. La langosta sí pero la verdura no quedó ni para llenar el tuper que me pedía Pitu. A mi me dijeron que era bugre por el precio pero me dio igual. Yo lo veía como una langosta.
El enchufado de Pedro- Pajarín, comió una fabada que nunca la comió en su casa porque era la primera vez que venía al chigre y de segundo, una merluza igual que la que hubièramos cogido alguno de nosotros de no haber levantado la sesión Lalo por cuestiones de salud. Me confesó que a él el marisco le gustaba mucho pero que le daba miedo. Le pregunté si era por las bocas tan grandes de las langostas o porque se pinchaba con los oricios o porque los centollos parecen arañones gigantes o porque los percebes son muy feos y no tienen pies pero sí unas uñas muy grandes y me respondió que no, que lo que le daba miedo del marisco era el ácido úrico.
Los chupitos corrieron a destajo. Yo acabé una botella de orujo para que Santiago Alfayate la pudiera rellenar de un limonchelo de su propio llagar para darnos a probar en el próximo encuentro; Malvárez no se enteró del tiempo que hacía porque no paró de mezclar el sol con la sombra; Bañugues bebió un chupitón por lo grande que era de una cosa verde que decía que era Pipermint Frappé de una botella que él había empezado hacía 40 años pero que a mi me parecía que era el líquido sobrante de la verdura con langosta, y los clásicos Gintonic on the rock cayeron del lado de los que tenían que conducir para que fueran calientes durante el largo viaje de vuelta que les esperaba. Se me olvida algún chupito pero es que yo ya iba por el cuarto y desde la cabecera de la mesa se ve todo muy lejos y algo borroso.
La guinda la puso Josè Ignacio Serrano Mallada leyèndonos una de sus poesías dedicada a Las Aves del Paraíso, o sea, a nosotros que estábamos presentes y a los de fuera que no pudieron venir porque tampoco hubiera habido sitio para todos. ¡Qué guapo lo dice todo y escribe José Ignacio¡
Nos arrancamos durante los chupitos para calentar la voz con el repertorio de la colección “Canciones Populares de Siempre”. Esta vez no agotamos el repertorio porque todos nos teníamos que retirar pronto debido a los viajes de vuelta, menos Bañugues que como tiene piso donde su propio nombre indica, seguro que acabó repasando alguna de las letras que nos fallaron.
Hubo recuerdos entrañables para el P. Torrellas y P. Arruga de la época del proselitismo dominicano pues en la playa de Bañugues era donde más vacaciones se pasaban y vocaciones se conseguían. La playa de Bañugues era por aquel entonces un hervidero, y no precisamente por el sol, sino por la ingente cantidad de chicos y chicas, y no tan chicas, que se reunían para contemplar la apolínea figura del P. Torrellas, que sin hábito y con meyba estaba como los centollos, para comérselo, y de los vocacionales y vacacionales púberes de entonces. Julito contó una anécdota que sorprendió a todos los comensales; más a mi por la protagonista pues no conocía yo las virtudes de una de mis primas. Parece ser que jugando todos a la pelota o al plato, cuyo deporte puso de moda en Bañugues y parte de España el P. Angel Torrellas, Julito se arrimó, chocó, dice él, en un lance del juego a una de las sobrinas del P. Torrellas y ésta le soltó un sopapo de agárrate y no te menees. A todos nos hizo una gracia tremenda menos a él que fue el que recibió el sopapo. La verdad es que todos nos preguntamos para nuestros adentros por qué Julito se acordaba tan claramente de aquel sopapo y no tanto de los del P. Cura. Si, porque le había hecho tilín o tolón aquel choque. No lo dijimos pero todos pensamos que fue tolón lo que le hizo.
Juan, el dueño, del Restaurante, quedó tan encantado o más que nosotros a tenor de cómo corrieron los billetes de 20 €. Yo perdí la cuenta cuando Lalo iba por el billete número 19.
- “Dejáis hasta propina”, dijo sorprendido Juan.

Y ya en la despedida, nos encontramos a la salida, como siempre, con nuestra Madre de siempre, la de nuestra vida que siempre llega tarde a comer porque viene pasados ya los postres y los chupitos cuando ya nos estamos despidiendo. El anfitrión, Bañugues, en un alarde de generosidad, además de habernos invitado a las centollas, nos ofreció su casa de Bañugues para la próxima comida a la que habrá que apuntarse un año antes porque el día de la comida ya hubo 20 reservas contando al dueño del chigre, su amable hija, creo, y los clientes que quedaron hasta el final por si hubiera sobrado algo, los cuales se llevaron una desilusión tremenda porque no chuparon ni los pinchos de los oricios. Si no cabemos todos en el piso de Bañugues, que está frente al pedreru de su mismo nombre, tenemos que traer cada uno un banco (de sentarse aunque cobre comisió) y unos tableros con caballete para reubicarnos en el campo de fútbol del Bañugues FC Indalecio. Si venís con balón traer también el meyba para ir a recoger los balones que caigan a la playa.

Aviso a navegantes aunque seáis de tierra firme: Ni conmigo ni con Malvárez contéis para recogepelotas. Esta función la tienen que desempeñar expertos en alpinismo y montañismo como Alfayate y Arango que se les da muy bien eso del pioling y el cuerding para bajar y subir acantilados.
Luis Heredia Álvarez