Palabras de este humilde aunque erecto Furriel en el acto de presentación del libro CUADERNO DE LA MEMORIA, Oviedo 28 de Mayo 2011.
Desde un punto de vista eminentemente práctico, no suele ser fácil comprender un asunto si antes no se remonta uno a las causas que lo han producido. En este tema no estamos ante una excepción, por supuesto, así que no nos queda otra vía que la de retroceder hasta orígenes lo más remotos posibles para tener una visión clarificadora del conjunto del problema.
Queridas “santas” y queridos compañeros por estar de nuevo juntos.
Así quería empezar yo lo que hoy me hubiese gustado deciros, pero claro, no soy tan brillante como Jesusito Herrero, esas frases son el principio de su último libro.
Por lo que me resigné a estas cuatro líneas que escribí y que hoy os voy a leer. Sirvieron de base para el prólogo que Lalo F. Mayo, el gran Lalo, me pidió para llenar las primeras páginas del CUADERNO DE LA MEMORIA.
Y escribí:
Me siento, del verbo reflexivo sentarse, a escribir una líneas para incluir en este Cuaderno de la Memoria, y pongo manos a la obra, al repaso de los textos que Lalo, el gran Lalo constructor y fértil madre de este libro, ha seleccionado para componer el número 2 de la Colección el Tomillar.
Mi cometido, como vulgar Furriel sin horizonte y sin perspectiva alguna de ascenso, es detectar y corregir los posibles errores ortográficos que se hayan deslizado en el texto, por supuesto que exclusivamente por culpa de estos dichosos Ordenadores, que nunca de mis compañeros de paramera ¡algo impensable en ellos!, sujetar las comas, puntos o puntoycomas que se hayan ido volando o las interrogaciones o admiraciones que se hayan podido infiltrar entre las sílabas sin venir a cuento, repetición de signos gramaticales o afianzar los concetos (ved la prueba) conceptos que precisen de pulido.
Y repasando el libro, repasé también el cuaderno de mi propia memoria. Me levanto y destapo y rebusco en un gran cesto, panzudo, de mimbres, donde la tengo encerrada, como a Campanilla, desde hace “casi” cincuenta years (para los de ciencias, excepto Fernando Box, años):
Y al abrir mi cesto de recuerdos, escuchad lo que encontré:
Cada vez que repasaba lo que a continuación escribí me emocionaba, por lo que hoy pediría a Julito Correas que lo leyera él, para no parecer aquí yo ante vosotros como un blandengue, sino como un erecto Furriel.
Y al abrir su cesto de recuerdos, escuchad lo que encontró Josemari:
…y escucho el sonido de una radio galena,
me asomo a la profundidad de una tolva oscura que succiona mi ropa sucia,
el claqueteo de aquellas filas de doble fondo por los pasillos,
siento los complejos de culpa,
el permiso para obrar a mayores,
compruebo que sigue abierta la Confitería Láiz,
ruidoso el autobús gris de Martiniano que arranca a la hora casi nunca en punto,
el silencio a todas horas, silencio cotidiano,
el brillo del agua limpia estrellada en la fuente de los pulpos,
me sonríen los hermanos legos marcados en negro,
descansan agotados los tres gibosos que regresan de Egipto,
me veo disfrazado de Juego en el gran Teatro del mundo,
arranca el dos caballos de Fray Olcoz,
se abre el telón del Auto Sacramental enelsantodelprior, los rollos de la película en el suelo, como abandonados.
En mi cesto, panzudo, de mimbres, ausencia de delatores, ningún acusica.
Y la cátedra donde levita el profesor en clase,
y siento de nuevo el frío del miedo, la soledad, el empacho de morriña,
el colmo de del Olmo en aquella balonera, digno oficio el de balonero,
el vaho de los inviernos fríos,
aquella música ¡SIEMPRE LA MÚSICA! (contacto con la excelencia) afortunada constante del Colegio donde nos formábamos todo el tiempo,
y siguen estando mis compañeros ayudantes de todo con quienes compartía mi pan,
descifro en el diccionario aquellas extrañas palabras, recreación, procuración, refectorio, balonera, ambón, turiferario, director espiritual,
a mi lado pasa rozándome el tranvía (el grande con parada en el pasillo y el pequeño en el Estudio) sin cobrador,
y el olor a petróleo,
escucho el eco de las palmas que rompían algunos días de fiesta el silencio del refectorio,
todavía están los políticos en campaña inaugurando la estatua de Pablo Anchoa,
la penumbra del túnel al Santuario,
aquellas praderas de Quintana, los chopos de Fresno, los hierbajos de Oteruelo y el tanque del Ferral,
aún brillan las maravillas de las tramoyas donde reinaba un Ministro con ayudante que fundía los plomos,
el sonido de las tijeras de Oscarín que me corta el pelo,
me duelen las espaldas dobladas de los portadores de las bolsas de ropa los viernes por la tarde,
y mi Dios, que se llamaba Serrano cuando le veía dibujar,
colmenas que nunca nos permitieron probar su miel,
el arco diabólico de cebolletas de duchas que nada “curaban”,
aquel viejo y ruidoso Junker que sobrevolaba la bolera,
y los cuatro higos secos abiertos en canal entre el pan y pan de merendar,
al fondo la granja donde ladraba la Tuli,
siguen cuadradas las notas del gregoriano,
mi mandolina panzuda,
albornoces multicolores que encogían al ritmo de nuestro crecimiento,
el master en champiñones que muchos consiguieron,
y sigue Roces Concheso peinándose con una raspa de chicharro, y despeinándose con un soberano tortazo del P.Cura,
y el Assimil de pastas blandas,
el A.O.P. con que firmaba las cartas a mi prima Merceditas,
y Radio Camino sonando en la EAJ64,
y las noches dormidas en el mínimo espacio con máximo rendimiento de la camarilla,
y veo al padre Box, despeinado, intentándome explicar las ecuaciones de segundo grado (¿se llamaban así?) mientras yo miro por la ventana por donde se ponía el sol de la tarde,
y se me aparece el Ovejo, San Fray Francisco, con la cafetera en una mano y la jeringuilla en la otra,
y parece que de nuevo escucho: ¿Hay papel? ¿Queda alguien? ¡Jesús Herreeero!, ¡los hermanos Cortés, tienen visita!,
y allí sigue estando mi padre tras la verja de la portería con el tubo de leche condensada de los domingos y en el bolsillo la propina para Pepe el portero,
y vuelvo a sentir el roce deseado y consentido de las manos al repartir las partituras en misa de 11,
Y no se han secado las lágrimas que se me cayeron el día en que un fraile me levantó en clase para decir la lección y yo no la sabía, confiaba en que ese día no me tocase….. era mi cumpleaños,
y me duele el dolor de quienes os fuisteis sin explicación; en mi cesto, panzudo, de mimbres, aún se escuchan mis lamentos, lo confieso, por mi falta de solidaridad con quienes os expulsaban sin compasión, sello imborrable con denominación de origen del aquel Colegio
,…. pero yo era un niño...
Y seguí escribiendo:
Quizás la memoria de aquellos años la hayamos cuidado muy poco. Este libro es la excusa para rescatar de las profundidades ¡qué digo! del abismo de un millón y medio de entradas a nuestro blog algunos de nuestros recuerdos.
Por lo que YA VA SIENDO HORA de cerrar mi cesto, panzudo, de mimbres.,
En este momento me dirijo a los de Ciencias, excepto a Fernando Box: AVISO: a continuación voy a utilizar una hipérbole literaria metafórica asonantada en la segunda paráfrasis, que quiere decir que lo que voy a contar no es que se vaya a producir exactamente como lo voy a contar, sino que es una metáfora literaria para desarrollar mi exposición. ¿Me habéis entendido los de Ciencias?.
y en meyba me zambullo de cabeza, sin atravesar el túnel maldito de cebolletas, hacedlo conmigo, en la primera página de nuestro Cuaderno de la Memoria, éste que tienes en tus manos y que tú y yo hemos escrito.
Y después nos daremos otra vuelta a la finca, una vueltita más, pero ya sin correr, siempre hacia delante, hacia el Tomillar, sin perder la referencia, lo que queda atrás es muy grande.
Concluyo con palabras de Lalo F. Mayo, el gran Lalo, constructor y fértil madre del CUADERNO DE LA MEMORIA :
alguno de los recuerdos que aparecen en este libro podrían estar mejor escritos, pero difícilmente podrían contener más emoción.
Con cariño, el furriel. OS QUIERO.
Oviedo, 28 de Mayo de 2011