Pues sí señor, debemos reconocer que la cosecha del 64 fué una buena cosecha. Uvas maduras y sanas. Empezando por el gran Lalo Mayo, el zar grande de La Cepeda, quien sigue trabajando en la preparación del numero 2 de la Colección El Tomillar, empeñados como estamos en que no se quede solo en proyecto y pueda ver la luz, por supuesto con la imprescindible colaboración de todoz vozotroz uztedez (respétenme las z).
En próximos dias, posiblemente mañana, os detallaré la situación del proyecto.
Hoy, amigo Lalo, gracias por tu entrañable fotografía con música.
Esta foto, además de muchas otras excelencias, tiene banda sonora.
La pone aquel grupo californiano de cuando algunos teníamos 15 años llamado Iron Butterfly. Eran los años de las flores, la psicodelia, el amor libre… para unos; y la misa de ocho, el rosario cotidiano, los macarrones con tomate y atún, la vuelta a la finca… para otros. Y más había por el mundo que ni lo uno ni lo otro.
Iron Butterfly estaba liderado por el hijo de un organista de iglesia y eso se notaba su música. Es más, la base sonora del grupo debiera haber salido por los tubos de un órgano clásico de no haber sido porque tocaba en uno de aquellos primeros Hammond electrónicos.
Pero sobre estas cuestiones musico-técnicas dejo a los expertos que abundan por aquí, quienes sin duda sabrán precisar mejor lo que pretendo decir. Yo lo único que quiero comentar es que aquel verano del 69 la canción que más sonó en nuestras vidas, y siempre a la máxima potencia, fue el “In-a-gadda-da-vida” en el tocata que instaló Torrellas en el centro del salón que había en la primera planta de la rectoral de Lastres.
Venía todo esto a cuento por la foto y su banda sonora.
La foto (a pesar de los jerseys) es, ya digo, del verano de 1969, y esa pista semiasfaltada y entre arbustos une Lastres y Colunga. Los que por ella subimos, bajo la siempre experta batuta de Ángel Torrellas, somos cinco de la generación del 64 más el que está detrás de la cámara. Somos los que peinamos canas más jóvenes de todos cuantos por aquí entramos y que en aquellos días acabábamos de superar, con excelente aprovechamiento, naturalmente, el quinto curso de Bachiller. Ya éramos, en ese instante, los mayores del colegio. Los que habían acabado sexto ya vestían de blanco sobre la torre de Caleruega.
A través de estos cuarenta años casi redondos se puede reconocer ¿se puede?, primero, y de izquierda a derecha, a José Miguel Biurrum, de Villaba (pero del mismo Villaba), que había llegado ese año con la conexión navarra. Lo recuerdo con un gran cariño. Tenía un hermano en un curso inferior.
Más a la derecha está quien esto suscribe, aunque es innecesario apuntarlo ya que a la vista está que las diferencias con mi imagen actual de todos conocida apenas son apreciables.
Entre mis narices (esas también siguen igual) y las de Torrellas aparece medio cuerpo de Santiago Vidales, bañezano de pro, excelente driblador con el balón sobre aquellos campos de tierra y actualmente abogado con despacho en León. Y si no es así, que se deje ver y me corrija.
En el centro de la imagen (él siempre era el centro), Ángel Torrellas, de quien no diré nada que no se haya dicho aquí. Él fue nuestro cuidador aquel verano, el que nos hizo vivir un saludable y breve respiro cuasi libertario tras disfrutar del férreo estilo educador del pCura y antes de volver a las manos del pHuarte. Como todos los demás, Torrellas mira sorprendido a la cámara por el grito que lanza Luis Arteaga para que nos demos la vuelta antes de dispararnos. No le dio tiempo a realizar todo el giro al burgalés Domingo Villar Mata, ¿benjamín del curso? Si no da señales de vida seguiremos sin saber qué fue de él.
Y sobre la cabeza de Villar asoma Jesús García Marcos, salmantino que fue capaz (él siempre ha sido, y sigue siendo muy capaz) de pasar sin agobios de la refinada lógica filosófica a la estricta lógica matemática. Y gracias a ello, ahora todos podemos disfrutar, entre otras modernidades, de la tarjeta sanitaria informatizada, de la historia clínica universal y de la receta electrónica. Marcos, los crónicos te lo agradecerán toda su vida. Y sus médicos de cabecera también.
No sale en la foto, claro, su autor: Luis Arteaga Cepedal, natural de la misma Virgen del Camino, razón social del comercio La Ocasión y a quien le destrozó un montón de futuro un grandísimo fillodeputa (así, junto y en gallego, para que no sea tan malsonante, pero con toda la carga semántica que conlleva), apelado Billy el Niño, uno de aquellos esbirros de la Brigada Politico-Social que tanto se esforzaron en hacer de este país una siniestra cueva medieval que tardó en hundirse 40 años. Luis, desde aquí un abrazo y a ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos unas copas.
Pero el sujeto principal sigue siendo la foto.
No es mi estilo el lírico, acostumbrado por mi trabajo a comprimir tragedias universales en los 60 caracteres de un frío e inclemente titular, pero si se le quiere buscar, la foto encierra un gran simbolismo: un grupo de jóvenes que empiezan a vivir fuera de la jaula; el camino que, aunque cuesta arriba y mal asfaltado, aparece diáfano y se pierde en el horizonte; el líder del grupo, uno que todos nosotros hubiéramos querido tener cada día (incluso con sus sombras); y la actitud de todos, caminando hacia delante pero con la vista atrás. ¿Por si nos persiguen?, ¿porque no terminamos de creer que avancemos sin que nos ate ninguna cadena? Se ha demostrado, se demuestra cada día, que lo que quedaba por detrás era muy grande. Y eso que en aquellos días no lo valorábamos tanto como ahora. La larguísima perspectiva de tantos años puede tener parte de culpa.
Lalo Mayo.
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