“El texto que escribí en la madrugada se ha adueñado de mí toda la noche. Y se ha ramificado como la verde selva de Las Caldas.
Todo el día ha nevado en Madrid. Mágicamente. Con ese maravilloso silencio que trae la nieve. Os doy lo que me dísteis. Entre las verdes brumas de aquel tiempo.”
AROMAS DE LAS CALDAS
Para Cícero, ¡oh cauterio suave!; Teódulo, ¡oh regalada llaga!; Santos, por la secreta escala ¡oh mano blanda, oh toque delicado! Fernando Soria, el rostro recliné sobre el amado (sólo estuviste un día a visitarnos, pero nunca te has ido tú de allí, junto a nosotros, con quien tanto quisiste); Sarmiento, entre las azucenas olvidado; Carlos Tejo, el ventalle de cedros desde la más profunda Francia hasta nosotros mismos; Joseignacio Serrano, el mosto de granadas; Javier F. Martín, en silencio, que nadie me veía, sin otra luz ni guía si no la que en el corazón ardía… et alibi aliorum, qui legunt… et verumtamen tacent.
Para todos los que vivimos entre aquellos montes algunos de los meses más intensos y puros de nuestra juventud.
Es imposible pronunciar "L a s C a l d a s" -si vivimos allí- y no sentir rubor, fulgor velado en brumas y celajes letárgicos, tal vez rencor amargo, dicha, apnea, una oleada de aromas en el rostro que anula las distancias y los años. Un cortejo feraz, irrespirable, de hierbas y ramajes mecidos en intensas marejadas por los vientos insomnes de las cumbres cantábricas.
Quisiera conocer todo el herbario que meció aquellos días tormentosos de caricias balsámicas, mientras se abría en silencio nuestra vida como una rosa oculta en la floresta. Tal vez aquel tropel indescifrable de hojas con sus preciosas formas: enteras, sinuadas, lobuladas, dentadas, divididas, compuestas, lanceoladas, sagitadas, acorazonadas, trifoliadas…guarda el secreto de nuestra juventud. ¡Y las flores: los sépalos, los pétalos (esta aliteración tan musical), filamentos y anteras del estambre; el ovario, el estilo y el estigma del pistilo! ( si lo he entendido bien en este precioso librito sobre flores de Asturias en cuyas fotos reconozco casi todas las flores de aquel fragante edén amurallado). Y en las corolas como mariposas, con su cáliz, su quilla, sus alas, su estandarte; las bilabiadas, con su labio inferior y superior. Las flores de gramíneas, con sus glumas, glumillas y aristas. La adamada corola del narciso, su bráctea y su corona; y la orquídea silvestre, con su labelo y su espolón cerúleo, las hipnóticas piezas de la envuelta floral. Y esas arquitecturas vegetales, con esos nombres de las inflorescencias que graban en el alma geometrías, simetrías concéntricas, felices: racimo, espiga, umbela, corimbo, espádice, capítulo, racimo de racimos, racimo de espigas, espiga de espigas, umbela de umbelas, cima bípara…
Formas y aromas de aquellos silogismos vegetales que nos ungieron con su encantamiento, muchos de ellos narcóticos, letales, como el Helleborus viridis o la Digitalis purpurea de aquellos bosques frescos y aquellas rocas ígneas en torno a las recónditas cascadas.
Reconozco en las fotos algunas de las gramíneas de aquel campo de fútbol que te acogía como en uno de esos prados mille fleurs de los viejos tapices medievales, al pie de las montañas coronadas de brumas, o, muy excepcionalmente, bajo un sol numinoso que encendía hasta un límite de gloria los colores de las más diminutas florecillas. Avena, Briza máxima (Tembladeras), Dactylis glomerata, Lagurus ovatus (Cola de liebre), Deschampsia flexuosa, Melica ciliata, Holcus lanatus…Los nombres casi alquímicos que brizaron, sin que los conociéramos, nuestros alados pies de mensajeros en aquellas carreras sonrientes, nuestros húmedos labios juveniles, nuestros dientes felices en el fútbol reñido, contemplado, ensoñado en las noches sin luna de aquel húmedo invierno sin final.
Flores cuyas labiales formas y transparentes títulos latinos casi cifraban nuestros cuerpos de emblemas y ocultismo: Ranunculus bulbosus, Trollius europaeus, con su forma globosa, glandular, Umbilicus rupestris, como preciosos ombliguitos verdes nuestros torsos de Fidias, Potentilla erecta…en fin, dejo a la imaginación del curioso lector las delicadas asociaciones fonéticas, sutilmente nefandas, según otros, tan inocentes en la Naturaleza, en realidad.
Y aquellas zarzas amarillas que exornaban los montes de oro vivo, tal vez Cytisus scoparius (Xiniesta, Genista), Ulex europaeus y Ulex gallii (el fiero toxo del cantar galego que coreábamos en las excursiones, sabiendo ya muy bien en carne propia lo que gemía aquel texto: "a raíz de toxo verde e moi mala d’arrincar, os amouriños primeiros son moi malos d’olvidar").
Y la Primula veris, con quien siempre asocié el Primo Vere del Carmina Burana de Karl Orff, un goliárdico himno a la belleza del mundo.
Y otra pequeña planta de flores amarillo dorado, finas hojas lampiñas y nombre muy sensual: Helianthemum mummularium, cuyas flores sólo duran un día, aurea fugacitas.
O el Verbascum pulverulentum, el Gordolobo de las hechicerías -había elfos y hadas en nuestro aliento céltico mientras jadeábamos pecando a infierno abierto bajo los enervantes eucaliptus.
Y aquellas Bocas de Dragón, anisadas, ruborosas, a las que chupábamos el untuoso néctar , libando como insectos inocentes y niños.
Y el Taraxacum dens-leonis, cuya descripción botánica os transcribo para que degustéis el erotismo y la poesía que subyacen en el lenguaje científico cuando acaricia con tanto mimo la Naturaleza (con mayúscula, como en alemán: die Natur). Veréis:
"El Diente de león es una planta vivaz, de raíz gruesa que segrega un zumo lechoso de color blanquecino cuando se corta. De ella nacen las hojas formando una roseta en la base; son alargadas y están divididas profundamente, casi hasta el nervio medio, y terminan en un lóbulo triangular. Sus bordes aparecen más o menos dentados.
Las flores, que tienen un tono amarillo vivo, son solitarias y se sitúan al final de un pedúnculo grueso y hueco, desprovisto de hojas y generalmente lampiño o casi, como toda la planta. Si se observa con detenimiento lo que en principio parece ser una sola flor, se verá que está formada por la reunión de un buen número de flores pequeñitas cuya corola tiene forma de lengüeta. Un conjunto de brácteas y hojuelas bastante cortas abrazan al conjunto de aquellas florecillas en su unión con el pedúnculo que las sostiene. Por debajo de esta formación, denominada invólucro, aún existe otra serie de brácteas vueltas hacia abajo. El fruto es un fruto seco, llamado aquenio, que está dotado en este caso de un sistema de flotación en vuelo integrado por una corona de delicados pelos; el conjunto de estos frutos compone una cabezuela globosa que se deshace con sólo soplarla, lográndose así una mejor diseminación de las semillas"
Detallismo y precisión sintáctica de orfebre, mis Corteses amigos. Y tantas resonancias de carácter poético, sinestésico…¿verdad?
Y en las praderas húmedas, las delicadísimas Anemone nemorosa (como cantó con voz de ruiseñor en la alta noche el tierno Garcilaso -amado con delirio hasta la muerte y mucho más allá por el hondo Boscán- en su EGLOGA AL VIRREY DE NAPOLES:
’El dulce lamentar de dos pastores
Salicio juntamente y Nemoroso
é de cantar, sus quexas imitando;’
Y la Fragaria vesca: las fresitas silvestres que comíamos por aquellas veredas, misteriosas como leyendas cultas, falsamente orientales, por ello aún más sublimes. Diminutas fresitas como frescos botones en el pecho de estatua que tuvimos. Sublimados mordiscos amorosos entre las celosías de las frondas olientes, rumorosas de celos invencibles. Fresas de la fragante familia de las Rosáceas, fresas salvajes, como aquella película de Bergman que escapamos a ver a Santander, cine de arte y ensayo, espléndidas mujeres imposibles y los relojes blandos en una pesadilla de Dalí. Fresas silvestres, viruébano, viruégano, miruéndano, abruégano, las sonoras esdrújulas del habla popular.
Y los Tréboles de flor blanca, Trifolium repens; o flor roja y rosada, Trifolium pratense, que aromaban aquel prado florido en las tardes murientes del verano.
Y tantos nombres mágicos, catárticos, como pudieron acunarnos, musitarnos tonadas de consuelo en nuestra desvelada soledad. Sí, pura harmonía de sílabas lustrales:
Tanacetum parthenium, el crisantemo de las doncellas, para los deslumbrantes donceles idealistas que fuimos.
Asphodelus albus, la bellísima flor prerrafaelita que debimos llevar entre los dedos.
Fumaria capreolata, cuyo jugo, si alcanzaba los ojos, provocaba de súbito un abundante llanto y sensación de humo cegador.
Rosa canina, escaramujo, la inocencia hecha flor en sólo cinco pétalos, con la misma textura de todos nuestros labios. Sonrisas de estudiantes para siempre.
Convolvulus arvensis (Correhuela), aquellas deliciosas campanitas blancas que se enrollaban (convolvo) en sí mismas al atardecer, y sus frágiles tallos, a su vez, en los de otras plantas. Su olor de golosina.
Achillea millefolium (Milenrama con nombre de romance aliterado).
Bellis perennis, la humilde diminuta margarita de los prados, con su corazoncito yema intenso y el impecable blanco de sus pétalos como si hubiera introducido sus puntas en vino de Corinto para estar más hermosa y fascinarnos.
Rubus ulmifolius, de frutos rojos antes de convertirse en moras, defendidas por zarzas con espinas. Las mismas del colegio, en aquel valle de nuestra memoria, ingrávido de besos no gustados.
Malva sylvestris, Malva moschata, sus delicados tonos de mejillas aún casi adolescentes, en aquellas caritas que aún tiemblan en el aire recordado de tantos despertares.
Erica vagans, Erica cinerea, el Brezo, aquel "trono de brezos y de amapolas" que cantaba en el himno a la Virgen de Montesclaros, ¿alguno lo recuerda, de los que allí gozabais el verano?
Lychnis flos-cuculi, la Flor del cuco, "que por mayo era, por mayo", deliciosas estrellas sonrosadas de quince picos libres, asimétricos.
Solanum dulcamara, una preciosa estrella de cinco lenguas moradas con dos manchas opalescentes en la base de cada una, formando una corona como de antiguas perlas ensartadas. Solamen, solacium: alivio, consuelo. ¿Por qué no había clase de estas cosas, en vez de enloquecernos con la teoría hilemórfica y la doctrina tomista sobre el pecado?
Linaria triornithophora, Paxarinos, pitinos. Deberíais buscar esta maravilla: en lo alto de un tallo desnudo, grupos irregulares de simpatiquísimas florecillas en tonos magenta, parecidísimas a los periquitos, con su afilada cola y su cabeza exótica, mirando cada uno para un lado, ¡qué alegría tan vivaz!
Centaurea nigra, que recibe tal nombre pues, según cuenta la leyenda, curó de una herida al centauro Kirón, que educó a Aquiles. Hay un cuadro bellísimo de Regnault, en un museo de París, en el que se ve al centauro, con manto verde al viento, tensando el torso con los brazos alzados, mostrando al desnudo muchacho rubio de carne casi translúcida, a disparar el arco. Ambos se contemplan el rostro con arrobado amor: "La educación de Aquiles" se titula.
Viola odorata es el nombre violeta del perfume, el esplendor que oculta su belleza.
Y aquel profundo azul de la Gentiana verna, con un copo de nieve entre sus pétalos.
Y el más mágico azul de los Myosotis, con su corazoncito tricolor, negro, amarillo y blanco y un mensaje de amor hasta en su nombre popular que dice: Nomeolvides, amor, tú no me olvides.
Todos estos prodigios simbolistas brizaron nuestro cuerpo y nuestra alma en el aquel nido de águilas caudales, aquel viejo convento maloliente convertido en enclave de rebeldes, pero también en enclave de sueños abolidos. Todo allí era insurgente, vivíamos como al borde de una revolución que nunca llega. Pero estalló en nuestros corazones. Corrupciones. Y rezos. Y quebrantos.
¡Oh, aquella noche constelada de luciérnagas, por los prados, los árboles, los montes, en el verano atroz de Montesclaros, en donde nunca estuve pero que Carlos Julio evocaba en palabras que ardían y un ahogo sin salida en la herida memoria…!
Y leo en San Agustín aquellas vulneradas Confesiones:
"Innumerables son los campos, las cavernas, los antros de la Memoria: imposible enumerarlos a todos así como la multiplicidad de los objetos que los llenan a rebosar. Ente ellos busco mi camino, hasta más allá de donde alcanzan mis fuerzas, y nunca encuentro el fin."
Cícero, ¡cuánto siento que tan sólo estuvieras una semana en Las Caldas, quizá la vista clara y honda de tu corazón de ahora desenredara el nudo de aquel enajenado laberinto!
Aquel aroma como de gredas constantemente roturadas, el mentolado olor de las agrestes, escarpadas laderas, el olor a mazmorras medievales y a cavas vaticanas del santuario y el claustro…y aquel magnolio…Dios, aquel magnolio, aquel árbol gigante en las escalinatas de la iglesia, sus flores en las que se podía introducir completamente el rostro y aspirar el aroma más dulce y refrescante de la tierra…y aquel tacto de párpados amados…
El magnolio y los montes compensaban de toda la grisura.
Ya en el Estudiantado, el mefítico olor de la escalera ancha de madera que continuaba la que subía en piedra desde el lóbrego claustro De Profundis y cuyo oscuro fondo de ratas y sarcófagos nunca nos atrevimos a explorar, me infundía pavor en la alta madrugada tan cerca de mi celda del primer piso, la tercera si no recuerdo mal, imaginaba monstruos de espelunca en su boca de sombras…
El pestilente olor del E.F.A.M.A.C., aquel cuartito del pasillo largo del primer piso que servía de camerino único para el escenario del teatro, con el que se comunicaba mediante una abertura que había en el suelo y una escala de hierros clavados en la pared como en un transformador eléctrico o pozo, o subterráneo. Aquella mezcla de tabaco rancio, cerveza seca y cortinajes sucios de café cantante.
El olor del establo de la Cuevona, cuchu y orín de vacas, pero tan acogedor y amniótico, donde presencié el primer parto de una vaca, a la que dieron a beber vino por una botella, todo tan tierno, telarañas de cuento dibujadas y perladas de gotitas de la niebla, la tímida sonrisa de su pequeño Felix, de 15 años, con ojos de ternero soñador y olor de Varón Dandy en el flequillo.
El cuartelario olor de los retretes -helados como cámaras frigoríficas- a fermentado orín y salfumant, aguafuerte y lejía. Aquellas placas turcas en el suelo, las mismas del colegio, pero ya no de loza, en porcelana sobre hierro y con la esmaltación saltada, asomando sus óxidos de ruina Había que envolverse ingeniosamente hasta con la capa para no congelarse así en cuclillas, igual que en las letrinas de la buhardilla del estudiantado de Salamanca, con claraboyas sobre el tejado y el mismo frío polar en los inviernos.
El olor de las celdas era una mezcla de aire quemado por la estufa eléctrica que aliviaba un poquito los rigores, el jabón de afeitar, el de las manos y la pasta de dientes, y algún masaje para el afeitado, Varón Dandy, Aqua Velva, Floyd…no muchos más recuerdo. Y el olor corporal de cada uno. Algunos cuerpos olían a manzanas, otros a fresas frescas en el alba, otros a cachorrito, a linimento, a establo... Algún vecino mío, se perfumaba con English Lavender de Atkinsons y dejaba su rastro en los pasillos un buen rato después de haber pasado. Era de agradecer este refinamiento entre tanta pared oliendo a moho.
Y me viene un aroma muy querido: el sahumado perfume del viejo Harmonium en cuyos fuelles pedaleé feliz las aterciopeladas disonancias de Don Joaquín Hernández, y sus cautivadoras melodías. Eróticas y místicas. Este fue mi San Juan de la Cruz, querido Teódulo, el multiforme arrullo de su música y de mis arrobadas improvisaciones.
Los aromas maternos de aquel abovedado refectorio en donde devorábamos como chicos felices –que pocas veces éramos realmente- cualquier vianda del torno de las monjas, especialmente aquella fantasía de amarillos y ocres, aquellas fuentes de daditos de patata y huevos rotos que llamábamos "Revoltiño", que siempre repetíamos incansables (otro arroz de Liborio). El pan payés el perfumado vino grana oscuro, las natillas con brisa de canela y aquel arroz con leche refrescante con su hojita de menta alguna vez…aromas terrenales. Verdaderos. Olvido del espíritu entre fuegos, torturado de dudas y pesares.
El facetado pomo de cristal de las gotas de lluvia en todas las ventanas, como abriendo la puerta alucinante a un espacio de luz desconocida mucho más habitable, apenas conteniendo el enervante olor que traía de los montes la llovizna, aquella persistente desazón, aquel sosiego a veces extasiado que inducía en el alma…
Aromas y nostalgias de lo nunca vivido. De lo dolientemente presentido. ¡Ay, el amor sin cuerpo, noche oscura de todos los tormentos!
Y leo en Crowley:
"Los olores (…) le hablaban en un antiguo y constante murmullo de cosas pretéritas. (…) Los olores pesaban en su alma como cadenas, como cargas antiguas nuevamente asumidas."
Y le leo citar una obra de Peacock cuyo título "Nightmare Abbey" (La Abadía de las pesadillas, o la Pesadilla de la Abadía, podría traducirse) me hace imaginar ese otro sueño que soñó Sarmiento en los abismos pétreos de las grutas móviles que casi lo engulleron: "La Fábrica de Sal", cuyo guión aún es casi un secreto, pero en cuyas imágenes nos reconoceremos –estoy seguro- como si el tiempo no hubiera pasado, con su manto de escarcha.
Aromas de Las Caldas…hierbas silvestres y rumor de regatos en laderas que duelen como besos no dados, cercenados, robados para siempre.
Y me viene al recuerdo, querido Cícero, una tarde embrumada en aquel recodito de la recreación, en el jardín del sauce y el estanque con el eterno surtidor de sueños gorgoteando las sílabas deseadas. Allí, al pié de "La Salita" -donde escuchábamos "Eloise" de Barry Ryan y otras psicodelias, o un Adagio de Bruckner tantas veces al borde de las lágrimas-, allí, aquella tarde bajo aquel mirador, en la última curva del camino, cantaban abrazados, como dos borrachitos deliciosos, Luis Carrizo y Alberto Acitores, gesticulando con los brazos con los que no se enlazaban y sonriendo como sólo se sonríe en la más desbordante juventud. Esbozaban el mohín de llorar entrecerrando los ojos y negando teatralmente con la cabeza como cantantes de bolero, y sonreían después de cada frase con los más bellos labios que podáis recordar, parodiando, tal vez, a Nino Bravo:
"…Y TODO PASA, TODO PAAAASA
Y NADA QUEDA, NADA QUEEEEDA…"
Sus voces y sus cuerpos, sus miradas de chicos inmortales, aún esplenden, entre la verde niebla de Las Caldas, entre sus aromadas arboledas…
SANTOS VIBOT