MI ALBERTO CUMPLE 36
Hoy hace 36 años que llegó a este mundo nuestro hijo Alberto y que cambió nuestras vidas para siempre.
¿Qué sería de nosotros sin ti?
FelicidaDes, buen hijo.

Hoy hace 36 años que llegó a este mundo nuestro hijo Alberto y que cambió nuestras vidas para siempre.
¿Qué sería de nosotros sin ti?
FelicidaDes, buen hijo.

Hace unos días me levanté un tanto aturdido y de mal talante, pensando que era un niño. Y en verdad que no andaba muy descaminado. Fui a poner la ropa, y al vestirme los pantalones, a punto estuve de caerme porque los dos pies los metí por la misma pernera. No encontré, a la hora de desayunar, la taza del desayuno, y después de tomarlo en un plato, en vez de llevarlo al lavaplatos, lo dejé directamente en el armario. ¡Qué mañana aquella! Por la tarde, mi esposa me llevó a la farmacia para comprar unos reconstituyentes.
Ya de noche, no acababa de sentarme en el sofá, cuando me quedé dormido como un tronco. Tuvo Jane que zarandearme y llevarme a la cama. Vi que, hasta la mirada de mi perro Alfred fue de sincera compasión y verdadera empatía, porque también él tiene doce años, y me había notado ya algo torpe como él. Al día siguiente, me levanté más despejado, pero incapaz de recordar el nombre de mi nieta. ¡Nos ronda el alzhéimer!, pronosticó mi esposa muy preocupada. ¡Profesor, de eso, nada, no se aflija, son los años!, dijo el doctor, dos semanas después y, tras muchos análisis. Y en verdad que me quedé más tranquilo, porque pensé, aquéllos, solo fueron pequeños descuidos o dislates sin mayor importancia.
Yo supongo que, años arriba, años abajo, los síntomas son muy similares en todos los humanos. Momentáneamente olvidamos hasta los nombres de las personas queridas, lugares que por décadas nos fueron muy familiares, dejamos algo en un lugar y al momento no sabemos dónde lo dejamos, nos dan una noticia y a la mañana siguiente no podemos recordarla; nos sentimos más torpes al andar, al comer, al asearnos e ir al baño, al vestirnos y calzarnos, al conducir — si es que la sociedad, incluidos los hijos —, nos lo permiten.
Total, que, lentamente, a los ojos de la familia y de la sociedad, nos vamos convirtiendo en viejos baúles listos a ser aparcados en el oscuro desván de los recuerdos. ¡Yo no estoy dispuesto a ello, ni quiero que nadie, en mi lugar, lo esté! Que somos como niños, bien que lo sabemos, pero también pedimos que, así como no se aparca a los niños porque no lo sepan todo, ninguna razón hay para aparcarnos a nosotros porque olvidemos.
Y la verdad es que no creo que haya muchos milagros para curar estas deficiencias propias de la edad. Mi nieta ha sido mi referente en estos últimos años. La persona más cercana a mí que he visto nacer, aprender a mamar y a andar, a hablar y a comunicarse, a comer, a asearse, ir al baño y vestirse sola, a leer y a escribir, a manejar el móvil, a cantar y a nadar, y sobre todo a aceptar que ignora muchas cosas que, poco a poco, tendrá que ir aprendiendo. Ella, de momento, es mi mejor mentora y maestra, mi mejor receta para seguir viviendo sin sobresaltos ni angustias, haciéndolo todo más despacio, porque ahora nada corre prisa, y hacer las cosas con paciencia y serenidad, es mi mejor secreto, antídoto y bálsamo contra el inexorable y achacoso paso de los años.
En el país donde vivo, queda prohibido, a la hora de buscar un empleo, preguntarle al solicitante su edad. En este país, en el que —a todos los niveles—, se necesita tanta mano de ‘obra’, yo sigo impartiendo clases, de acuerdo a mis posibilidades; y si antes enseñaba dieciséis horas o más a la semana, ahora solo enseño seis. Este trabajo me permite ser productivo, estar en contacto con la universidad y el entusiasmo de mis estudiantes, seguir viajando, leyendo y escribiendo, en una palabra, manteniéndome en forma, de acuerdo a mis posibilidades de hoy.
Reivindico para mí y para mis coetáneos el mismo derecho que se les concede a las personas menos capacitadas para una cierta actividad, porque a la hora de la verdad todos somos —si ustedes me perdonan, y mirándolo bien—, un poco discapacitados por carecer de ciertas habilidades que otros tienen. Por ejemplo, yo soy discapacitado para la música, y no por ello, aunque lo lamento, me he pasado llorando la vida entera.
No dejes que te apuren —ni con gestos ni con palabras—, vete a tu ritmo, disfruta tu tiempo, tus pequeños quehaceres, tus éxitos del pasado, pero a la vez proponte nuevas, aunque sean pequeñas, metas para el futuro. Camina, si te gusta caminar; lee o escribe si te gustan los libros; cultiva tu jardín o tu huerta si la tienes; amígate con lo que ahora llaman una mascota, un perrito, y cuando estés solo, háblale, que los perros entienden muy bien, mejor que muchos académicos, el lenguaje de la soledad humana. Siempre, cuando detrás de muchas puertas solo estén las malas caras, tu perro amigo, saltarín y sonriente, estará esperándote cuando abras. Nunca te metas las manos en los bolsillos, antesala de la derrota, y te quedes como lelo viendo que el mundo corre y corre, sin llevarte consigo; tú, vete a tu ritmo y no pares a escuchar lamentos de tiempos mejores ni desdichas de enfermedades sin fin. Hasta el último día, hasta el último aliento, no dejes que la flojera del cuerpo sea superior al brío de tu espíritu, ni te rindas a aceptarlo.
Llegando a este país a las cincuenta y cinco —ya con pretensiones de jubilación en España—, volví a sentarme como pipiolo para aprender inglés, del que no tenía ni pajolera idea. De poco me valió lo mucho que yo creía traer conmigo ‘bajo el brazo’ - aunque aquello por decenios hubiera sido mi ideal -, porque tuve que empezar de nuevo, aceptando con humildad que otros me enseñaran, me corrigieran y me dijeran cómo tenía que hablar y enseñar, qué tenía que comer y cómo debía vivir.
Jubilarse no es dejar de hacer cosas; simplemente es, dejar de hacerlas como las hicimos siempre, es decir, de diferentes maneras a como las hicimos antes. Jubilarse es completar una etapa de aprendizaje productivo, para pasar a otra no menos productiva en valores cívicos, de menos altanería y mayor sencillez; morales, que preconicen sentimientos de verdad, justicia, respeto y libertad; afectivos, amándolo todo quizás con menos pasión, pero con más ternura, cercanía y cordialidad. A mi edad no se vive para impresionar, ni para molestar a nadie, sino para promocionar la felicidad a todos.
Por todo ello, me niego a envejecer, si eso significa no hacer nada, si alguien pretende aparcarme como a trasto viejo o me recibe con las mal llamadas miradas compasivas. El ciclo de la vida, si tenemos la dicha de llegar a la ancianidad, es todo un círculo vital que nos lleva a la niñez; es como una pescadilla que se muerde la cola, nunca como un estado calamitoso que los demás tienen el deber de evitar o disculpar, «¡pobre abuelo, no le tomes en serio, porque…!», porque eso es edadismo, y de eso hablaré otro día.
DIARIO DE LEÓN 14 DE AGOSTO DE 2020
Fisgando por Internet aparecen, de vez en cuando, nuevos recuerdos.

Me llega la siguiente información:
Ayer, solemnidad de la Virgen del Camino se retransmitió por un canal de Youtube prestado la Eucaristía.
Este sábado día 19 comienza la novena que se transmitirá también en directo.
Y el día 5 de Octubre, la celebración del la fiesta de San Froilán.
Para ello y asuegurar un canal propio de la Basílica, es necesario llegar a los 1000 suscriptores en Youtube.
El Padre Prior, p.Hilario Provecho, me envía el enlace por si quieres hacerlo y compartirlo.
https://www.youtube.com/channel/UCNpNm_EDr_zqKR02Sx7V4Mw/
Esta es la comunicación del p.Prior.

Os dejo el vídeo de la misa de ayer.
Nuestro compañero José Antonio Fernández-FER- , gloria del 61, ha fallecido a lis 71 años de edad.
Descanse en paz.
A los 71 años de edad ha fallecido José Antonio Fernández Fernández. Quizá el nombre haya muchas personas a las que no le diga nada. Pero su firma 'Fer' y lo característico de sus dibujos y sus personajes, como los de Historias Fermosas o Puticlub, son suficiente carta de presentación para identificar a este leonés nacido en Mansilla de las Mulas en 1949.
La revista satírica a la que más estuvo vinculado y la más conocida, El Jueves, que además dirigió hace pocos años, confirmaba este lunes la triste noticia del gran Fer en su cuenta de Twitter, como "maestro y gran contador de historias".
Me comunican que Fernando Ordas, del curso de 1963, ha fallecido.
Descanse en paz y nuestro sentimiento sincero para toda su familia y todos sus compañeros.
En la larga y penosa historia de la humanidad, millones de mujeres solo han sido lo que los poderosos de turno les han permitido ser: dóciles esclavas, parias sumisas; seres maltratados, cereras, barrenderas y santeras, siempre marginadas y sojuzgadas, como muchas siguen en el siglo en que vivimos. La verdad es que todo ese peregrinaje sufriente y postergado solo ha seguido caminos que otros, en nombre de - vaya usted a saber -, qué dios pudo ser, quien los ordenó para ellas.
No tiene mal sentido la palabra beato o beata, porque en realidad la palabra latina significa dichoso, afortunado, bendito. Para ello, solo nos basta recordar el poema de Fr. Luis de León, el “beatus ille”, expresión latina que se traduce como «dichoso, bendito aquél (que...)», y con dicha expresión, se hacía referencia a la alabanza de la vida sencilla y desprendida, del campo frente a la compleja vida de la ciudad.
Esta expresión del fraile agustino, proviene de unos versos del poeta romano Horacio: Beatus ille qui procul negotiis, “dichoso aquél que lejos de los negocios…dedica su tiempo a trabajar los campos paternos…y no despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de la guerra… manteniéndose lejos del foro y de los umbrales soberbios de los ciudadanos poderosos” (Horacio, Epodos, 2, 1).
En la Eneida, Virgilio alude al piadoso Eneas que, tras la guerra de Troya, imploró a los griegos por la vida de su anciano padre Anquises, y a hombros se lo llevó, junto a los troyanos fugitivos, camino de Roma.
¿Cómo entender, contemplar y aceptar todo lo dicho, aplicado exclusivamente al hombre, sin la presencia y compañía constante de la mujer, alma de la vida, del hogar y de los campos?
“Piadosas mujeres, no lloréis por mí…”. Muchos sabemos que, si hay un corazón piadoso por excelencia, ése es el corazón de la mujer. La mujer está, por su propia condición, más cercana a las miserias humanas, al sufrimiento ajeno, a la solidaridad, al trabajo en equipo, a la sencillez, a la comprensión y al perdón. Cristo, nunca desdeñó a la mujer, ni siquiera renunció a su amistad, a su compañía, a su inclusión en el grupo, a encarnarse en una de ellas, y a someterse a la educación, tan limitada que, en aquel momento, podía darle una mujer hebrea.
Meses pasados, a las calles salieron en pequeñas manifestaciones algunos grupos de mujeres que siguen luchando por ser ellas mismas en el organigrama real, que no ideal, de la Iglesia Católica. Ya no son - ¡qué va! -, las clásicas mujeres de posguerra: “hijas de Frascuelo y de María”, vestidas de negro de la cabeza a los pies, rosario y devocionario en mano, atildadas mojigatas rezadoras en continuos bisbiseos y solapadas miradas al hombre que, tal vez un día, las burló.
La Iglesia Católica necesita escuchar aquella palabra de Jesús al sordo del Evangelio, ‘éfeta’, para que se le abran los oídos, para que ella también, sorda por siglos a la voz de los pobres, las mujeres, la corrupción, la avaricia, despierte de una vez y escuche lo que medio mundo tiene que decirle, y parece que no quiere escucharlo, es más, como si se deleitara en su sordera: “Déjalas que hablen, que ya callarán”, o dándoles el más que infantil argumento de Pablo: “mulier taceat in ecclesia”, porque “así se ha hecho por siglos, y así se seguirá haciendo”. ¡Parece mentira!, pero es una verdad mayor que los templos vacíos: la iglesia católica no quiere escuchar; es más, está dispuesta a volver sordas a aquellas personas que se preocupan por escuchar la voz de quienes se atreven a hablar. Y ésas son, ahora, las mujeres.
Por siglos, una jerarquía y un clero insensibles, sentados en el viejo burro de la comodidad, solo necesitaron criados que repicaran campanas y llevaran cruces y santos en las procesiones; criadas que pasaran cestillas y barrieran las iglesias, vistieran a los santos y pusieran velas en los lampadarios. Decirles a todos estos solitarios mandamases que Jesús fue un abierto feminista, es como hablar quechua en el Bierzo, incluso algunos hasta pudieran rasgarse las vestiduras. El diálogo de sordos entre la iglesia y la mujer tiene un cierto aire de mesa de diálogo entre constitucionalistas y separatistas.
¿Qué hacemos, don Pascual? Hagan lo que quieran, pero, ¡no me toquen la parroquia, eso es algo sagrado!, y el párroco las despachaba con paños calientes y ¡a otra cosa, mariposa! La Iglesia Católica ha despreciado, desperdiciado y ninguneado el espíritu, la ilusión, la energía y el trabajo de millones de mujeres. Ninguna empresa en el mundo ha dispuesto de tanta mano de obra: mentes y corazones, manos y pies generosos y gratuitos para una buena causa. Y todo ello se ha quedado como un ejército atrincherado en las sacristías, derrotado antes de salir al campo de batalla. ¡Qué pena que algún día tenga que lamentar lo que en tantas ocasiones menospreció! Millones de talentos tirados a la basura por no abrirles la puerta de los presbiterios, camino del altar, del servicio de la palabra para llevar la buena nueva que ha dejado, exclusivamente, en manos de hombres, cada vez menos, mayores y solitarios.
“Dichosa, bienaventurada, bendita tú, porque…”. Y estas talismánicas palabras fueron dichas y anotadas en la Biblia, a una mujer, esposa, madre, amamantadora, cuidadora y educadora, acompañante de Jesús en sus correrías a lo Pasolini, para caer desolada, pero entera, al pie de la Cruz. Cuando los hombres huyeron, ella es la creyente que, contra toda esperanza, espera la vigorosa fuerza del Espíritu para transformar el corazón de unos discípulos atormentados por el miedo, la duda y la frustración. ¡Ésa fue una mujer, llamada María!
Ante una humanidad que avanza, tenemos una Iglesia Católica que se paraliza, se encoge y se protege como caracol asustado, y nos guste o no, paralizarse es retroceder y esconderse. Muchos de los que, por años, hemos subido al altar, solo pedimos al cielo y a la tierra, que la igualdad entre hombre y mujer, se haga, en la Iglesia Católica, costumbre y no palabrería.
Desde el día mismo de su toma de posesión, el nuevo obispo de Astorga apela a la evangelización, al anuncio gozoso de la buena nueva para todos. “Necesitamos hombres y mujeres del pueblo que toquen la miseria humana y no miren despectivamente para otro lado”, dijo textualmente. Yo me pregunto, ¿qué buena noticia puede haber en el meollo de cualquier institución - por muy divina que sea -, si no busca y propicia que la mujer de hoy tenga un puesto de igualdad al lado del hombre?
Eugenio González Núñez
DIARIO DE LEÓN 21 de agosto
Es mi primer "autógrafo" que aparece en el anverso de esta postal del colegio y que envié a una de mis primas.

Qué curioso es reconocer tu propia escritura de los once años.
Queridos amigos, para organizarme con vuestros pedidos he creado un formulario a través del cual me podéis hacer el encargo.
Los que ya lo habéis pedido no hace falta que lo hagáis:
Muchas gracias por vuestra empatía y generosidad.
Pincha directamente en el siguiente enlace:
Besar el manto del cielo desde una escalera de lágrimas
Me he tomado mi tiempo en leer y releer el libro que en estos momentos tiene en la mano el lector y he de advertirle de que el amoroso vendaval que en estas páginas se aquieta le agitará, le sosegará y le confundirá avivando brasas dormidas de viejas fogatas donde a cada cual le ardieron los sueños y los deseos.
Vaya por delante también que me siento muy honrado de verme en la puerta de esta canción dando la entradilla, aunque he de advertir que no tengo más juicio literario que el rabel de mis tripas ni más noción poética que la que me dicta este corazón, ya de bronce con badajo de lana. Quizá por eso estos versos tocaron ahí sonando a campanazo de catedral, a campanil de convento o a esquilas en prado montés cuando se van las rimas de excursión al gozo.
Sorprendido y admirado por el diseño y concepto de la pre-edición, concluí por fuera que este es un libro de moderno clasicismo y audaz hechura y, en su adentro, un ardor de preciosismo poético y de oleajes vigorosos que se mueren en caricias en la arena, un relato luminoso de una recapitulación vital, una declaración de amor sin capitulaciones y una conjura contra la fealdad, la muerte y el horror del corazón sin palabras, vaciado.
El resultado, esta joya.
Diré sólo que de la intensidad poética hablan por sí solas estas páginas que delatan una pluma afinada en el diapasón de los maestros (el lector no necesita más guía de fuentes que la que el autor describe con elocuente precisión en el preliminar de esta obra)… y solas hablan estas páginas de la magnitud de esa pasión sostenida, del tiempo que, aún volando, no pasa y revive sacramentado con sólo un toque de melancólica campanilla… y de la mística de la pasión, del estilo destilado, del esmerado detallismo tipográfico o de la sonoridad de los blancos silenciosos que el lector va colmando con los ecos de cada página volteada. El resultado, este gozo.
Cuando llegue el lector al libro quinto, Para Fernando más allá de la muerte, confirmará que si todo este libro de libros late y emociona, aquí desboca el corazón con el sentimiento cierto de lo que fue y con el propósito de robarle a la muerte el fuego que nunca podrá morir en la memoria para entonar a cada instante toda la canción que quedó pendiente; ah, y sin que esté invitada al coro la tragedia de la desesperanza ni el hondón de la tristeza.
Y cuando ronde las últimas páginas el lector ya habrá llegado a la conclusión de que el redondo título de este libro, El candor y la culpa, no es un acorde que funde sus notas en una sola espalda, sino un arpegio, notas sueltas, distintas. Es candor y culpa, no un canculpador acordado. Aquí cada cual tiene su vereda y si el candor es culpa de uno, la culpa es siempre de otro, que por eso sale el autor absuelto de de cualquier culpa en aquel su primer amor que aquí relata, ideal compañero de pupitre, ultimando la voz blanca, escolanos en un coro que bordaba a crucetilla haendeals o palestrinas mientras el órgano del padre Uría intermediaba el ritual con pedazos de Bach, esa música que para Cioran era «una escalera de lágrimas que sube hasta Dios» (vaya, por ella subían también las nuestras, borrachas de incienso, de culpas y de bendita sea tu pureza).
Aquí es donde quería llegar yo (o volver), a ese tiempo germinal, a la patria de aquella temprana edad donde empezó la obstinada persecución del pálpito y de la belleza, qué afán. Estudiando para frailes. Eran frailes blancos y radiantes que la capa cuaresmal tornaba en negros. Lugar de vientos que arrician desde el Teleno otoñal y de heladas negras que enlutan febrero y escalan las camas. Era La Virgen del Camino y era ese tiempo que para Santos Vibot fue sin duda el rapto feliz de un cándido muchacho de provincias perplejo y admirado al ser transportado al descubrimiento del saber y de la armonía que agranda bóvedas y lanza el oído a las estrellas. Aquel colegio. Apostólico y poco romano. Ahí me recuerdo yo, en su curso, ocho años con él remando salmos y soñando ensalmos. Y aquel santuario, ah… rabioso vanguardismo con el que Curro Coello de Portugal le hizo un guiño a Le Corbusier, geometría sepulcral de muro limpio, retablazo barroco para jugar a dos tiempos antagónicos, preñado su silencio de polifonías jubilosas o penitenciales que se perfumaban con el olor de madera de Guinea que enlosaba ese templo al que da entrada la tortura metálica de unos colosales apóstoles salidos de algún volcán. ¡Y cuánta chavalería alocada!... o en filas indias al igual que nazarenos… nazarenos, nazarenos, unos cuatrocientos, indio más, indio menos. Todo un bachillerato para crecer. Fragor de clases y penando ensayos. Suena en cada aula un piano. Machado nunca duerme si le secuestras en un libro de la colección Austral que escondes en la camarilla. Una mandolina napolitana campanea en la rondalla con el vals del Emperador. En el teatro, el escuadrón de Alfonso Sastre pide vez a Calderón o al Hospital de los Locos. El invierno de Trento se tumba sobre la primavera conciliar. El amor balbucea en rincón oscuro y el beso se limita a la custodia o a un manto en el camarín de la Virgen. La huída a los sueños se hace volando en un libro secreto o en un poema de Amado Nervo que desmiga suspiros. Y aún así, aquellos cerezos se desabotonaban en flores cada año para que Vibot los viera y los ensoñara, aunque solamente tras los ventanales de una cárcel de cristal donde estaban presas las miradas y el tedioso estudio, aunque los reojos se nos fueron aquel año a los paseos de algún fraile que acompañaba instruyendo a Juan García «Mondeño» en su «llamada», aquel torero en su cenit que decidió meterse fraile con conmoción nacional y que por san Juan acarreó hasta el colegio al elenco de matadores de fama que jamás se vio junto en España como aquel día… ¿y aquel gallardo y enjuto mejicano trajeado de alpaca y galante que cada poco iba a verle, cada muy poco?... años después supe que había sido su gran amor y allí seguía en la orilla de Juan… entendí entonces por qué tenía siempre un gesto severo como de peana de Dolorosa donde se talla un «O vos omnes».
Aquel tiempo escrituró las sendas que vendrían. Las claves de este libro ahí palpitaban ya.
En fin, celebrará el lector conmigo que, además, el autor haya roto la pana en esta antología y haya colgado el hábito de la ambigüedad con el que la literatura ha tenido que ir velando los culposos amores masculinos… pues aquí va rota la pana ruda… y rotos también los calzones, ese ropón ampuloso que como bragas maragatas o moras enclaustró lo viril durante siglos y que aún sigue embraguetando tanta mollera hoy en día… porque este libro es, en toda regla, un romper el calzón como quien rompe la camisa clamando desgarro o promesa jurada a pecho descubierto… aquí va la valentía saludable de la desnudez… romped el calzón, os digo, que «a calzón roto, cojón sano», pudo recordarle Don Sancho a su Quijote escudero.
Pedro García Trapiello
nota.- fotografía de la contraportada del libro con textos de Luis M.de Merlo y Pedro Trapiello
Quiero finalmente agradecer de todo corazón -y hasta faltándome las palabras para ello- la de nuevo decisiva y determinante aportación de nuestro querido e insustituíble Lalo F. Mayo por su generosísima realización del diseño, maquetación y selección de la tipografía, así como por los sutiles detalles de edición en los que pacientemente ha considerado todas y cada una de mis sugerencias aún a costa de su famosa salud -y no exagero un ápice- con esa profesionalidad, empatía y simpatía suyas ya proverbiales.
Y con un resultado espléndido en todos los sentidos como podréis comprobar.
Gracias, amigo del alma.
Santos Vibot
nota.- fotografía de la contraportada
Detalle de la fotografía que ilustra la solapa del libro de Santos Vibot EL CANDOR Y LA CULPA.
Precioso montaje fotográfico del perfil actual de Santos reflejado en el perfil de su lejana juventud.
Queridos amigos, después de más de media vida ocultando por timidez -y acaso por cobardía- todos estos poemas, tengo la alegría de comunicaros que acabo de publicar, reunidos en un solo volumen, ocho de los libros de poesía que escribí en mi juventud y primera madurez.
Bajo el título de "El candor y la culpa" he agrupado lo siguientes escritos:
LIBRO PRIMERO
* Mis primeros poemas, compuestos a los veintidós años en San Esteban de Salamanca evocando -aún tan vívidamente- aquel candor vulnerado, conculcado tan injustamente de culpa, de vergüenza y de miedo, de mi adolescencia en el colegio ("Nostalgia del rubor").
* Platónicos, atormentados y extáticos amores juveniles intramuros ("Por transparencia", “Qué sabes tú de amar”, "Díptico de primavera").
* La revelación de los placeres prohibidos -trastornadores porque eran intangibles- en un viaje a Italia donde en "Las penas afluentes” trato de aprisionar entre mis versos esa volátil gracia fugaz que arrebata e incendia la vida (“Suite a Carlo, heraldo italiano”). Y la incurable melancolía, “la corrosiva nostalgia, Lisaveta Ivanovna, de los goces de la vulgaridad” -que acuñó Thomas Mann- en el amor secreto y el deseo más intenso por un compañero de autocar y de cama de aquellas noches insomnes e imposibles en hostales de Francia… (“Tu cuerpo de oro y vino”).
LIBRO SEGUNDO
* Cincuenta poemas arrebatados en un turbulento y experimental "Autorretrato juvenil" del alucinante verano del 75 donde todo parecía a la vez posible e invivible.
LIBRO TERCERO
* La idealización, en vívidas estampas de carácter, de una Palencia paradisíaca de mi infancia en medio del más hondo desconcierto vital.
* Y -completando los libros de la primera parte- los cuatro embelesados e inventivos poemarios escritos íntegramente en La Virgen del Camino aquel radiante curso del 75-76 en que empecé a conocer la pura y dura y maravillosa vida mientras dirigí La Escolanía:
- "Sólo tus verdes brazos", o el espejismo del amor.
- "La memoria radiante", o el fulgor de los cuerpos gloriosos.
- "A la mujer clásica", o el abismo insondable.
- "Sólo un silencio tuyo necesito", o el sublime amor-ágape, el eterno masculino que nos arrastra, como en un torbellino, hacia lo alto.

LIBRO CUARTO
* "Diarios de amante": la anegación casi psicotrópica de mis dos primeros amores no platónicos, o cuando el amor se hace besos, carne, risas y suspiros:
- “Corola de infinitas perspectivas”, en la penumbra de este insomnio de rosas que has dejado en el aire…
- “Zéfiro-Arturo”, enarbolado en rizos y graciosos labios, tremolando las banderas de la lluvia, haciendo resurgir flores gigantes en los negros damascos de la noche…
LIBRO QUINTO
* "Para Fernando más allá de la muerte": dieciséis apasionados poemas inspirados por mi compañero de curso Fernando Soria Tosantos, que se suicidó a los veintipocos años y permanece vivo y deslumbrante entre mis versos.
LIBRO SEXTO
* "El vértigo mentido de los sueños":
- "Cuaderno de campaña" transcribiendo día a día, como en un cuaderno de bitácora por aquellas procelosas casernas, mi elegíaca -y al mismo tiempo dionisíaca- experiencia militar en el cuartel del Ferral del Bernesga...
- "Preludios" con variaciones, sobre un amor desmesurado y desdichado con aroma de magnolias letales.
LIBRO SEPTIMO
* “Veinte poemas desesperados y una canción de amor”, donde encontré, si puedo decirlo así, a un amor de otra vida -durante un viaje y estancia de unos días en torno a la nochevieja de 1988 en una mansión de indiano de Llanes con el inolvidable nombre de Partarrío- un amor de otra vida que ya no supo reconocerme ni quererme en ésta…
LIBRO OCTAVO
* "Bajo tu piel de río" con los poemarios:
- "Abdeluahid", sobre un inolvidable muchacho poeta que conocí en Marruecos, en el azul infierno de Chef Chaouen.
- "Desde un ángel perdido", o Eros envolviendo de luz la negra noche.
- "Versos para Manuel", mesa de roble al borde de los cuentos, deslumbrante jardín entre tantos inviernos…que hasta la oscura noche nos encuentre besándonos de amor…
- "Mazurcas de Chopin": metiéndome en la mente y en los dedos violeta de aquel Chopin secreto, una interpretación muy personal -y acaso no inexacta- de seis de sus mazurcas.
Y -cerrando ya el libro con un canónico y modernista “Soneto aromático” muy art-nouveau-:
- "Los versos del timonel", cinco poemas exultantes y luminosos.
Dada la cálida y entusiasta acogida que otorgásteis a mi "Métrica para Borja", creo que os interesaría y gustaría conocer esta nueva entrega.
Podréis ver, en el link de YouTube, que próximamente os comunicará nuestro Furriel, un breve vídeo promocional en el que indico las librerías para conseguirla, aunque preferiría que me pidiérais a mí personalmente el libro pues tengo ejemplares para dedicaros personalizadamente a quien pueda estar interesado. Hacedlo en este mismo portillo indicándome vuestro correo electrónico actualizado y vuestro móvil y me pondré en contacto con cada uno. Lo ideal sería entregároslo en mano para evitar los gastos de envío certificado. Así lo haré con quienes vivís en Madrid o vengáis por aquí. Estáis invitados a un pequeño concierto en mi casa.
Quiero finalmente agradecer de todo corazón -y hasta faltándome las palabras para ello- la de nuevo decisiva y determinante aportación de nuestro querido e insustituíble Lalo F. Mayo por su generosísima realización del diseño, maquetación y selección de la tipografía, así como por los sutiles detalles de edición en los que pacientemente ha considerado todas y cada una de mis sugerencias aún a costa de su famosa “salud” -y no exagero un ápice- con esa profesionalidad, empatía y simpatía suyas ya proverbiales. Y con un resultado espléndido en todos los sentidos como podréis comprobar. Gracias, amigo del alma.
Y agradecer del mismo modo a Pedro G. Trapiello el extenso e intenso texto que escribió para este libro mío hace algún tiempo ya y que aparece íntegro hoy en este blog nuestro. Sus cariñosas y penetrantes palabras -un fragmento de las cuales también figura en la contraportada- son un precioso e invaluable broche para esta obra que es, por el momento, la obra de mi vida.
Un abrazo muy grande, amigos.
Hola a todos.
Me envía Josemari la foto que acaba de colgar para que comente algo sobre ella. Es el día de la toma de hábito en 1.965 de mi primo Carlos Soria Tosantos en el Convento de San Pablo de Palencia acompañado de su madre Alicia, a su derecha, y de Tere Corral a su izquierda, esposa de otro primo mío.
¿Os dais cuenta que cuando os pide comentarios a los demás son sobre fotos de procesiones, barullos de gente, palios, la puerta de una Iglesia, una romería, la antigua Iglesia, la nueva, el Santuario, los enigmas de Coello de Portugal, las vidrieras, la piscina llena, luego vacía, un piano suelto, el organito de la Capilla Mayor, los mosaicos un avión que sobrevuela las obras del Colegio .y así sucesivamente. O sea, comentarios con enjundia porque los motivos lo merecen.
Pero a mi, no. A mi, la foto de parientes y con cuantos más hábitos blancos, mejor. Ya empiezo a sospechar que es para regodearse y para que vuelva a comerme el coco como hace 60 años pensando si lo mío era vocación sacerdotal, y además dominicana, lo que implica un valor añadido a un hábito o a una sotana, o era un simple pasatiempo.
Y no lo voy a repetir más veces: ¡¡ Qué síiiiii¡¡ que lo mío era vocación y además dominicana y que estaba situado ya en la lista familiar, en la fecha de la foto, detrás del protagonista, Carlos Soria Tosantos, que junto con su hermano Fernandito Soria Tosantos estábamos llamados a ser el relevo generacional de la familia dentro de la OP. Por las razones que fueran, ninguno de los tres llegamos a cumplir los objetivos que nos habíamos planteado. Yo sí conozco las mías. Las de Fernandito se las llevó consigo y algún día lo sabré cuando me lo encuentre y me lo diga. Las de Carlos vale más que no se lo pregunte pero lo intuyo porque a tenor de la respuesta que me dio al pedirle que me dijera algo sobre la foto y que transcribo literalmente me dio la impresión que aquel día Carlos pasaba por allí:
-¿Qué te puedo decir de la foto? Se tomó el día de mi toma de hábito en Palencia y aparezco con mi madre y Tere Corral, la mujer de Juanín Corral. A Palencia se acercaron para la ocasión una delegación gijonesa de la familia. Además de Juanín y Tere, acompañados probablemente por su hija Maite, de tu casa recuerdo que, sin duda, estaba tu hermana Marisa, y no sé si también Pepa, acompañadas de Emilita. En aquellos tiempos los mayores estábamos muy unidos desde que el verano anterior habíamos hecho juntos el Descenso del Sella, les piragües se decía entonces, en el tren fluvial.
Seguro que sucedieron cosas el día de la foto que no recuerdo.
O sea, como podéis leer, recuerda más el Día de Les Piragües y a mis hermanas que haber sido uno de los días más emotivos e importantes, en teoría, hasta ese año de 1.965.
Yo me las prometía muy felices pensando en que Carlos me iba a contar que esa noche no durmió de emoción o que el hábito le quedaba largo o corto, o que no sabía dónde colgarlo en la celda, o que se puso las botas con la primera cena conventual, o que la austeridad de la celda le recordaba una tienda de campaña o que a la orden, la de mandar, de todos al suelo, el frío de la solería lo mitigó con la doble capucha embozando su cara, o que a partir de esa primera noche y consiguientes maitines ya estaba pensando en hacer la maleta y dejar colgado detrás de la puerta de la celda el tan reciente y estrenado hábito. Es decir, comentarios muy enriquecedores que son los que me gustan a mi y nada de que no te puedes dar idea del ambiente religioso que se respiraba, o que con la meditación ya me sentí fraile de verdad, o que ahora entiendo el sentir del Santo Rosario inventado por nuestro Padre Santo Domingo o que, qué entretenida e interesante la homilía del Padre Maestro de Novicios, así me gustaría a mi homiliar cuando me ordene
Pues todas esas ausencias y fragilidad de memoria me las suplo yo porque ese día fue para mi de los inolvidables en mi vida. Recuerdo el abrazo que le di al salir de la Iglesia ya con el reluciente más que el sol hábito blanco, la reunión de todos mis primos Dominicos, a excepción del P. José Manuel Soria Heredia, recientemente fallecido, por encontrarse en las Misiones del Perú, momentos ambos que quedaron inmortalizados en unas fotos que tenemos archivadas en Fotos y Documentos, de la inmensa alegría de toda nuestra familia viendo que Carlos sería nuestro próximo Dominico. Recuerdo que me ví yo en el mismo lugar en tres años pero con el cambio de Palencia por Caleruega.
Y viendo ahora la foto sí que vuelvo a recordar a Alicia, su madre. La persona más dulce y cariñosa con la que me he encontrado en la vida, a la que sigo echando mucho de menos y con la que era una delicia compartir conversación.
Por lo demás, si queréis saber más de la foto, podéis preguntar a Pitu o a Antoñín Argüeso, por poner dos ejemplos, que se acordarán de ese día más y mejor que mi primo Carlos.
Luis Heredia Alvarez
DIARIO DE SEVILLA
JUAN GARCÍA, ’MONDEÑO’
’Mondeño’, el torero monje
LUIS NIETO01 MAYO, 2009 - 01:00H
"¿Cómo ha dado conmigo?", pregunta sorprendido Juan García Mondeño, nacido hace 75 años en Puerto Real y que tomó la alternativa el 29 de marzo de 1959 en la Maestranza, de manos de Antonio Ordóñez. Formó parte de aquel archiconocido cartel compuesto por Puerta, Camino y Mondeño. Alejado del mundo taurino, señala: "Hace muchísimos años que no he concedido una entrevista".
-Juan , ¿cómo llegó al toreo y por qué?
-Mi familia era muy pobre. Viviamos en una choza, entre Puerto Real, donde nací, y Medina Sidonia. Mi madre, con el trigo sobrante del campo, lo molía y hacía una pasta que comíamos mis padres y mi hermano Pepe, que murió muy joven, a los 50 años. Mi padre trabajaba de guarda en la finca de Terry. Nos hinchamos de aquella pasta y de tagarninas. Un banderillero, Carnicerito de la Isla, me dijo que tenía planta de torero y me alquiló un traje de luces para salir de sobresaliente. El rejoneador no mató al toro. Me quedé tan quieto que pensaron que no tenía sangre en las venas. Entonces, me contrató Curro Rodríguez para torear en San Fernando. Yo tenía 18 años. Luego, en Cádiz, formé un lío, toreando sin picadores, junto a Curro Girón.
-Deslumbró de inmediato.
-Sí. Aunque vino la cogida de Zafra, que me dejó cojo en 1957. Me trató un médico en Lisboa. Tenía lesionado el ciático. Me dijeron que no podía torear más.
-Pero llegó a hacerlo con una prótesis...
-Me gasté el dinero que tenía para la prótesis, que ideamos mi amigo Rafael Vaquerizo, sevillano, y yo. Tenía unos hierros que subían por la pantorrilla y una hebilla. Me hicieron unas zapatillas con una especie de tacones para que un muelle me posibilitaba el movimiento que no podía hacer mi pie derecho. Al año siguiente toreé en El Puerto con la prótesis y el aparato se salió. Una cosa era torear en el campo y otra en la plaza con zapatillas. Toreé más de 30 novilladas picadas y en el 59 era famoso. En Sevilla, que me ayudó mucho, corté una oreja a un toro de Carlos Núñez y nadie se enteró de que llevara el aparato. Las cosas fueron adelante y tomé la alternativa de manos de Ordóñez en la Maestranza.
-¿Qué le imponía más, el toro o el público?
-Sin duda, el público. La verdad, no pasaba miedo.
-Entonces, ¿qué lectura hace del miedo?
-Es algo natural, pero que hay que soportarlo para no caer muerto (se ríe)... de miedo.
-¿Y qué es el valor?
-Un don especial, con el que se aguanta el miedo lo máximo posible.
-¿Cuáles fueron sus mejores faenas y en dónde?
-Varias. En Sevilla, de novillero; Valencia, Barcelona, Bilbao, Santander, Tarragona. Casi siempre he dado lo que podía, por eso el público me respetaba.
-¿Y sus plazas predilectas?
-Sevilla y, lógicamente, en mi rincón, El Puerto. De Sevilla me gustaba el silencio y el respeto. Además, la gente está muy cerca, alrededor tuyo. No es como en las plazas monumentales.
-¿Qué es el triunfo?
-Parte de la vanidad humana, que a mí no me ha gustado nada.
-¿Y el fracaso?
-Forma parte de la vida. No sólo del toreo. Es como la guerra, tiene que llegar para que aprendamos del mismo.
-¿Qué precio pagó por ser torero?
-Ninguno. He recibido alegrías, reconocimientos y algunas cornadas, pero éstas forman parte de la Fiesta.
-Fue uno de los toreros más castigados de su época.
-Recibí una veintena de cornadas, dos de ellas muy duras. Sobre todo, una en Zaragoza, en el estómago y otra en la femoral, en Santander. Álvaro Domecq y Pepe Camará me dijeron que me parecía mucho a Manolete.
-¿Qué buscaba cuando toreaba, qué sensaciones tenía?
-Únicamente quería sentirme querido y admirado por la gente. Ver a la gente feliz. Para mí, el público era lo más importante. El torero es un ser importante. Nos jugamos la vida de verdad. Mi toreo, por mi forma de ser, fue místico, de gran verticalidad y me gustaba pasarme muy cerca el toro. Nunca quise torear más de sesenta corridas en una temporada.
-De hecho, para mí usted es el eslabón entre Manolete y José Tomás. ¿Qué opinión tiene de ellos?
-A ninguno de los dos los he visto torear. De Manolete me hablaron muy bien y mucho Domecq y Camará. A José Tomás sólo le conozco personalmente.
-Tras su éxito decide cambiar el traje de luces por los hábitos de dominico. ¿Por qué?
-Desde niño quería haber sido misionero. Mis padres no sabían leer ni escribir, pero nos educaron muy bien. Cuando llegaba una visita nos levantábamos, no hablábamos fuerte. Pisé la escuela por primera vez cuando tenía 13 años. Fui a San Juan Bautista de la Salle. Allí aprendí valores cristianos. Parece ser que tenía sentimientos profundos para ser sacerdote, aunque mi abuela paterna, la Pepa, que era más valiente que El Guerra y anticlerical, se oponía radicalmente. En el 63, con todo a mi favor, ingresé en la Orden de los Dominicos. Quería que me hubieran mandado donde no me conocieran, pero decidieron que iría un año a León y otro al convento de Caleruega (Burgos). La gente iba en peregrinación. Recuerdo a un hombre enfermo que había llegado desde Palma y me dijo que se tenía que confesar conmigo porque yo era un santo, como si yo fuera San Martín de Porres, y le quedaba poco de vida, como así sucedió. Tomé los hábitos. En la calle había miles de personas, con el Nodo. Aquello no fue lo que esperaba y volví a los toros. Era torero y era lo que sabía hacer. Luego, me fui cuando quise, con la vida solucionada económicamente.
-¿Hay similitudes entre un torero y un monje?
-Hay algo especial entre ambos mundos y es la liturgia, como sucede incluso a la hora de vestirse el torero y el religioso.
-¿Ha continuado viendo toros?
-No voy a los toros. Desde que me retiré sólo habré ido a dos o tres corridas y porque me lo han pedido amigos. Una, en México, con Antonio Ordóñez; otra en Sevilla y otra en El Puerto. No quiero ir porque sufro mucho. La Fiesta es muy dura. Para mí el toreo fue un medio de vida, no una vocación como les ha sucedido a muchos otros. Es algo que me puede. Cuando toreaba yo no sentía miedo. Pero desde el tendido, viendo a amigos, lo paso fatal. Ni siquiera las veo por televisión.
-¿Cómo es su vida ahora?
-Vivo en París, cerca del Arco del Triunfo, desde hace 25 años. Antes residí en México D.F., Madrid y Barcelona. Ahora llevo una vida con mucha actividad social. Una de mis aficiones son los coches de época -posee cinco: dos Rolls Royce, un Mercedes, un Ferrari y un BMW-. Hace poco gané un premio de belleza y mecánica en el concurso Entusiastas del Club Rolls Royce en Inglaterra. Es una afición cara, por el mantenimiento de estas joyas. En agosto acudiré a otro en Estados Unidos. También soy un amante de la Harley y en marzo acudo a una convención que se celebra todos los años en Florida. Otra afición es la buena mesa, acudo a restaurantes como El Bulli, que es muy bueno. Cuando tengo oportunidad, para alejarme del ajetreo, me voy a mi casa en Mairena del Aljarafe, donde tengo naranjos, cabezas de toros y me relajo regando las macetas.