Mis queridos perdedores; nuestro querido Chema Sarmiento nos comunica el resultado "tan" esperado de su concurso. Se desveló el misterio; podremos dormir tranquilos esta noche y mañana levantarnos con una sonrisa de satisfacción y abriremos las ventanas a las golondrinas que van y vienen delante de nuestras narices y....el olor de las flores otoñales y el color de las poinsetias (está en el diccionario) y ¡Ay, los crisantemos dorados!, los pájaros cantan, las nubes se levantan (¿estoy al nivel de Mariano Estrada?), los churros calentines y....todo ellooooo, por el resultado alcanzado.
¡¡Joderos!! que no habéis acertado y en la letra grande mediana pequeña del concurso reza "muy, pero que muy claramente" que en caso de no haber acertantes, el premio recairía en el Furriel. Querido Chema, espérame, ya conoces las señas de casa. ¡¡Ta meson e gran!!
Querido Josemari:
Pasados los siete días de convocatoria del concurso, ha llegado el momento de dar el resultado.
Pese a su aparente dificultad , no era nada difícil adivinar de quién se trataba, la prueba es que el primero que dió una respuesta, Froilán, acertó de lleno. Se trata del P. Huarte.
Más complicado era responder a la segunda pregunta, la fecha en que el evento tuvo lugar. Para eso no ha habido contestación alguna. Me ha resultado sorprendente que nadie haya jugado de farol, pese a que escribí en uno de los comentarios que yo mismo no la conocía.
En estas condiciones, al no haber ninguna respuesta completa, me veo tristemente forzado a declarar el premio DESIERTO.
Como estaré ausente todo el día te ruego que pongas también el comentario que va en fichero adjunto, que aporta algunas luces sobre la foto del concurso.
Un abrazo.Chema
CONFESIONES TARDÍAS.
He llevado toda la vida, como una cruz, el peso de dos secretos que quiero desvelar hoy, esperando, gracias a vuestra absolución, librarme de ellos.
El primero explica cómo llegó a mi poder la foto que he puesto en el concurso “París bien vale una misa”, pero me apremia más contaros el otro.
Os acordáis, verdad, de que dos veces por semana teníamos agua caliente en las duchas después de los deportes. También recordáis, sin duda, la voluptuosa sensación del agua cálida discurriendo por los miembros, del pantalón de deportes mojado pegándose a la piel. Y, mientras al otro lado de la puerta los alaridos de los compañeros urgían a acabar lo más pronto posible y a no agotar el precioso líquido, la lucha interna por no dejarse llevar de la tentación de echarse una meada por la pata abajo, una meada calentita , bien merecida tras el esfuerzo del partido o el frío pelado de los campos de deporte. Durante años y años salí victorioso de la terrible tentación a base de asestarme una lluvia de reproches por el simple hecho de dejar que tal idea pasase por mi cabeza y de hacerme comedidas reflexiones del estilo: “¿Te gustaría a ti que el que acaba de salir de aquí hubiera meado donde estás poniendo ahora tú los pies? ¿Te parece correcto hacer a tus compañeros una guarrada semejante? ¿Crees que a los demás no les cuesta el mismo esfuerzo aguantarse las ganas? Durante años, como os digo conseguí vencer la tentación de aquel placer solitario. Ya estaba en sexto cuando, una noche, en la capilla, el sermón del Padre Cura, que había pasado aquel año de la dirección de la escuela menor a la de la escuela mayor, caló en mi cerebro cuando afirmó rotundamente, para apoyar sus pedagógicos reproches, que probablemente cerca del 90 ò 95 % de nosotros se meaba en las duchas sin el menor respeto para el prójimo. Y cuando al sábado siguiente, mientras el agüita caliente me recorría el cuerpo, me asaltaron de nuevo unas terribles ganas de mear y empecé a echarme el habitual sermón preventivo, de pronto una voz interna, definitiva, se impuso a mí: “Así que tú eres uno de ese cinco por ciento de …tontos, que no mean en la ducha como los demás”. Se desmoronaron de un golpe años de lucha y de virtud.
Circunstancias bien diferentes acompañan la comisión de mi segundo pecado. Era una agradable tarde de primavera. Estábamos jugando un partido en los campos de deporte. Digo “estábamos jugando” pero es una simple manera de hablar porque yo, en el campo, estar estaba y correr corría, pero no se puede decir que jugara. En los dos últimos años de memoria de escolar, nadie había osado enviarme la pelota ni una sola vez, sabiendo que el resultado hubiera sido el mismo que lanzársela directamente al adversario. Así que correteaba de un lado para otro manteniéndome siempre a prudente distancia del balón, no fuera a llegarme a las piernas por inadvertencia. Apareció el Padre Huarte en chándal y se puso a jugar con los de mi equipo. Los adversarios protestaron por el desequilibrio numérico de fuerzas que se originaba con ello y se resolvió el problema echándome del campo. Me quedé por allí vigilando los linderos. Cuando un poco más tarde un balón incontrolado le arrancó las gafas al Padre Huarte dejándoselas tuertas, por no abandonar el encuentro, me dio sus llaves con el encargo de traerle, a la mayor brevedad posible, unas de repuesto que tenía en el cajón de la mesa de su celda. Fui a los dormitorios, la celda del Padre Huarte estaba en medio de las camarillas del segundo piso, como subdirector de la Escuela Menor que era. Siguiendo las instrucciones, abrí la puerta, subí unas escaleras y me encontré en medio de aquella exigua estancia, en la que yo no había entrado nunca. La mesa estaba bien visible, abrí el cajón y busqué donde se me había dicho. Fue entonces cuando topé con un grupo de fotos en que aparecía Pablo Huarte en su toma de hábito, foto con capa y foto de blanco, luego en su ceremonia de diaconado, y también como misacantano. Sabía que cada segundo contaba o sea que tomé la decisión rápidamente. Me apoderé de dos de ellas, cogí las gafas y salí corriendo rumbo al campo no sin hacer un brevísimo desvío por mi camarilla y esconder mi botín bajo el colchón. Los primeros días ni me atreví a mirarlas, entre la contrición por mi osadía y la atrición de que mi gesto fuera descubierto y de sus posibles consecuencias. Luego me tranquilicé, sabiendo que cada jornada que pasaba hacía más difícil establecer una relación entre la desaparición de las fotos y yo. Entonces fui capaz de mirarlas ávidamente a la luz de una linterna, bajo las mantas, imaginando que aquel que se veía allí postrado, entre un obispo barbilampiño y otro misionero, era yo. Por mi cabeza egoísta e infantil no pasó que, al robarle al Padre Huarte sus fotos, le robaba también su recuerdo. Hasta el punto que ahora afirma no haberlas visto en su vida. Mea culpa.