Leeréis que Isidro me llama exagerado porque, después de la propia Virgen, aseguro que es quien más sabe del Santuario de la Virgen del Camino. Una vez leída su Crónica de León 3, seguro que me vais a dar la razón. Isidro, no exageres; en todo caso, mi hipérbole se queda en simple sobriedad moderada quizás un poco exagerada.
Ilustro esta crónica con alguna de las fotografías que tomé en la visita de esa mañana con Marga e Isidro.
Gracias por tus crónicas, amigo, son luz y enseñanza.
Crónica de León. 3
- Se llama Camino, pero la verdad es que podría llamarse Rosario, dije.
Bordeamos los tres el antiguo colegio por el lado del poniente, según se sale desde la zona de aquel esqueleto del teatro abandonado y salimos a la carretera general Madrid- La Coruña, por la que, cuando entonces, veíamos pasar runfando los grandes camiones del pleistoceno. Nosotros, mientras iban y venían los camiones, paseábamos señoritamente hacia Fresno, hacia Valverde, hacia aquella parte ocre de Valdoncina.
Los tres nos detuvimos cuando apareció el santuario. Al santuario el tiempo lo ha achicado. En estos cincuenta años, los dominicos han sido muy liberales con el crecimiento de los árboles que lo rodean, se ve que los afanes de intervención, poda y recorte se les agotaron con nosotros -si nos descuidamos nos forman- así que los árboles han crecido todo lo que les ha dado la gana y se han dado arte para desarrollar un tamaño capaz de mermar radicalmente la esbeltez de la torre de la estrella colorá, que ahora empieza a media altura.

Eso, en lo tocante a los dominicos. En lo tocante a los alcaldes en estos cincuenta últimos años también han sido liberales. Han permitido borrar del mapa el teja de los adobes, el verdoso horizonte de viñas, tapines y cardos a ras del suelo, el ocre del polvo a orilla de la carretera: Han dejado que se borren del paisaje muchas de las entradas de aquellos zulos misteriosos que tanto nos intrigaban a los del norte y que una vez conocimos, fresquísimos, cuando por fin tuvimos la suerte de que la familia de un amigo nos invitara a saborear en sus profundidades el mosto amoratado. Aquel mosto era un mosto de clausura, no veía la luz desde octubre.
Los árboles de los dominicos y las urbanizaciones de los alcaldes han cambiado aquello, han elevado el suelo varios metros. Y, en consecuencia, y algo que habremos crecido también nosotros, la estrella colorá está más al alcance de la mano que cuando entonces. Vez una foto de cuando entonces, comparadla con una de ahora y comprenderéis lo que estoy diciendo.
El mensaje del santuario, el concebido para ser leído desde lejos, ya no es el que era; evoluciona con la evolución del entorno, merma a medida que el habitat crece. Lo que es invariable es la generosidad de José Mari Cortés -Marga estaba entre los dos exalumnos – que me urgió a traducirle yo a mi esposa aquel signo arquitectónico: “Empieza, anda, Isidro”. “No hombre, tú eres hoy el guía”. “Ni hablar. Tú”. Me quedé un instante en silencio y acabé poniéndole a la explicación que iba a desarrollar, este titular que dije más arriba:
- Se llama Camino. Pero la verdad es que podría llamarse Rosario.
Juan Manuel Díaz Álvarez no suele exagerar más allá de lo razonable, esto lo escribió servidor y Manolo lo usa ahora como salvoconducto. Carrizo Medina no exagera casi nunca, y las poquísimas veces que lo hace, es cuando ya deja de tener más razón que un santo, el resto del tiempo la tiene entera. Huarte exagera casi siempre. Fíjate si exagerará Huarte que hasta el padre Lanz Yoldi le llamaba “el andaluz del Pirineo”. El otro día comiendo en su casa de León-provincia, le dijo Conchita su mujer a Juan Manuel Díaz Álvarez: “Exageras”. Y él: “Sólu lo razonable, Chitina, sólu lo razonable. Díjolo Cicero, así que...” Por eso decía yo lo del salvoconducto.
Lo de Huarte es otra cosa. Mira si exagerará Huarte que una tarde que bajé yo a León al médico, me entregó el premio de las letras de aquel año sin estar yo de cuerpo presente, por un cuento o algo así. Lo cual que cuando llegué por la tarde, me vi de repente convertido en persona, fuera del duro y gris anonimato, allí en León, entre aquella preciosa multitud de seleccionados. Esto ya quedó explicado a su debido tiempo y agradecido como se merece.
Yo no exagero nunca, a lo mejor un poco sí, pero para adentro, para mi mismo, lo detectó bien Sarmiento, en el genial epílogo a la vendedora, que, según Manolo, es el comentario de texto mejor que ha visto nunca. Y eso que Manolo ha hecho, leído, corregido, evaluado algunas decenas de miles de comentarios de texto, sin exagerar.
Ahora bien. Ni a Manolo, ni a Huarte, ni a Carrizo, ni a nadie he visto yo exagerar tanto como a José María Cortés Aranaz, director general de este medio de comunicación, gran muñidor de conversaciones y hermano de Andrés Cortés Aranaz, el cual, como muchos de vosotros sabéis, fue uno de los compañeros más queridos de mi curso. La exageración de José Mari fue cuando escribió una vez y lo volvió a repetir de palabra aquel día:
- Excepto la propia Virgen del Camino, Nuestra Señora, nadie sabe tanto sobre el santuario como Cicero.
Yo lo tomé como una provocación y una insinuación fuerte para que me apretara las meninges al describir e interpretar el sentido de aquella obra de arte en mitad del páramo y a orilla del camino. Un reto. Habrá hecho José Mari alguna hipérbole más, porque el que hace un cesto hace ciento, pero no me digáis que ésta no se sale. Cómo va a saber Cicero, del santuario, más que los frailes del santuario, tío. De la Virgen, más que los capellanes de la virgen, hombre. Qué exageración, qué provocación, qué ganas de buscarme la lengua.
En resumen, me tomé aquella exageración cortés como un desafío y, acordándome de los años de oficio a la búsqueda de titulares indicativos o sintéticos, pero siempre llamativos, (si no, no los pongo) les dije lo que más arriba queda escrito: “No está mal que lo llamen Camino, pero es Rosario, es el rosario”.

Mi tesis es la siguiente: Coello de Portugal, Subirach, Casamatjana abrieron el puño en el que llevaban el rosario de su madre hecho un gurruño y lo posaron en esa mesa forrada de hule con los colores de moda arriba enumerados que es el páramo. Y ahí está. Y ahí sigue. Lo que Jose Mari me invitó a hacer, creo yo, fue a desengurrúñarlo, a estirarlo, a leerlo y a interpretarlo. Entender el Santuario desde esta perspectiva no les será difícil a quienes un día supieron qué cosa es el santo rosario por-la-señal. Nos resulta cotidiano a quienes nos quisieron formar en la familia del santo fundador de esta devoción. Pero - pienso yo, quizá me equivoque- el sentido de este edificio les resultará tan críptico, tan esotérico, tan desperfilado a la generación de nuestros hijos, como a nosotros pongo por caso nos resultan indescifrables algunos canecillos románicos de nuestras colegiatas. No es que Cicero sepa mucho, es que aquel rosario del páramo lo tiene Cícero bien interiorizado, lo rezó bastante, lo pensó un poco, lo entendió algo. Como cualquiera de los muchachos que, en aquellos tiempos, andábamos por allí.
Sostengo que el santuario de la Virgen del Camino es el rosario de toda la vida. Los quince misterios. Los tres conceptos, el dolor, el gozo, la gloria. Los tres conceptos, en la obra financiada a expensas propias de don Pablo, son tres titulares que se leen a la legua. Son como tres enormes vallas publicitarias. La cruz y la sepultura gigante a la que los leoneses de entonces llamaban “caja de zapatos”, son la valla anunciadora del dolor por la muerte. Para anunciar la gloria, está el gran panel de los apóstoles del poniente, grotescos y brutos, a los que un fraile de allí llamaba “los falangistas” a saber qué oscuros recuerdos le suscitaban. Son descomunales porque están en la gloria y hay que verlos desde lejos. Sobre los apóstoles, más cerca de la gloria que ellos, la dulce María, esposa del Espíritu Santo cuya paloma acaricia entre sus manos. En este kilómetro siete aparece asumpta, aparece presidium de la iglesia, aparece coronada como reina y señora de todo lo creado. Esto es la gloria. ¿Y la publicidad del gozo? El gozo está en la puerta de bronce. Aquí hay que acercarse para ver bien el desarrollo.

La gente cree que las primeras vallas publicitarias que se pusieron en aquella carretera que venía de León fueron las que pusieron para anunciar los 25añosdepaz de Fraga, pero no. Fueron estos enormes mensajes del santuario. Por cierto, una vez venía el padre Lanz en el autobús y un abencerraje se atrevió a gastar la broma de La Codorniz. “25 años de paz...”, leyó. “...y ciencia” continuó tras una pausa. “Paz ciencia”, juntó por si alguien no hubiera captado la ironía. Nunca lo hubiera hecho. El padre Lanz saltó sobre él con toda su inmensa corpulencia dialéctica y apologética. Y con toda su ira santa, tan recordada: “¡¡¡Oiga-usted¡¡¡ ¿Cómo se atreve usted...? Si no está contento aquí, ya sabe etc, etc, etc”. Nos lo contó luego en clase de literatura, nos repitió el argumentario, lo escenificó y la verdad, parecía que estábamos viendo al abencerraje leonés, acojonado ante aquel torbellino, la cara roja, pálida, sin saber dónde meterse y que en cuanto tuvo ocasión, calculo yo que a la altura de Trobajo del Camino, puso pies en polvorosa despavorido. Algunas veces me he acordado yo de aquel joven, que de vivir todavía, será ya un abuelete que acaso un domingo cualquiera les cuente a sus nietos el chorreo de aquel día que subía de León en autobús..
Estos recuerdos me los suscitan los tres temas grandes del santuario, los que se ven desde lejos como si fueran vallas publicitarias, ya digo. Pero visto de muy cerca, el santuario es un pack compacto que contiene una explicación meticulosa de la teología del rosario. Hay una tensión plástica entre el dolor, la gloria y el gozo, una relación que nosotros hemos oído desarrollar miles de veces en las homilías y que Coello, Subirach y el otro conocían tan bien o mejor que nosotros. Su mérito por encima del nuestro es haber logrado la concreción de lo dogmático en el bronce, la piedra, la madera y el cristal del inmueble.
Si alguien preguntara de qué va el santuario de la Virgen del Camino, durante siglos la respuesta habría sido obvia: Es un templo a Dolores, a Piedad, a Jesús en brazos de su santísima Madre.
Pero nadie va a Salamanca que no aprenda teología cuánto me hubiera gustado a mi haber podido llegar a San Esteban a aprender estas ciencias. Los dominicos no han salido de Salamanca. Antes muertos que sencillos, los dominicos ubicaban los conceptos, hacían llaves ideográficas de contenidos, hacían esquemas a, b, c, a subuno, subdos y subtrés. Hacían silogismos. Eran teólogos.
Eran teólogos dogmáticos, pero también enseñaban a los jóvenes estudiantes la teología moral. A los jóvenes estudiantes de después de Caldas, les explican lecciones, les ponían exámenes y les daban notas.
En uno de los exámenes finales, la pregunta número tres era la siguiente, a mi me lo han contado: “Pedro, que es soltero, tiene ósculos, abrazos, tocamientos y después copula con una mujer soltera. ¿Cuántos pecados comete Pedro?”
Esto es teología moral, pero la teología moral no se expone en el santuario, la dogmática sí. El dogma principal del santuario es que la muerte y la vida están imbricados como las escamas del pez. Miras al frente y ahí tienes a tu madre, la dolorosa del altar, la que sirve de regazo al cristo muerto. Pero date la vuelta, gira noventa grados y ahí, en la gloria de la vidriera infinita, tienes la resurrección, simbolizada en la enorme cruz blanca; Pentecostés, figurado en el fuego rojo que por fuera son lenguas monumentales de bronce; los vestidos polícromos de los apóstoles: Mirando a poniente se ve el sentido de la muerte y los dolores que la muerte provoca desde el camarín. No alcanzarías ese sentido, te aviso, sino te das la vuelta. No te darías la vuelta si no existieran esos cristales, que, cuando la luz los atraviesa desde la parte de Astorga, transfiguran el dolor de enfrente, lo empequeñecen y lo preñan de un sentido distinto, un sentido tomista. Ese es el eje central del sermón del padre Coello.
Hay muchos otros ejes entre gozos, dolores y glorias que se entrecruzan, se complementan o se oponen en todo el santuario. Es bien conocida la antítesis de EVA trayendo la perdición, la serpiente en relieve, y el gozoso misterio de AVE borrándola. De la multitud de ángeles en el retablo y de ningún ángel, ni uno solo en las puertas de bronce donde se desarrollan las escenas de la anunciación, del nacimiento y donde las palabras de Dios son palabras en cuanto palabras. Pero estos son ejes menores, complementarios del eje central que va del camarín del o vos omnes al tabique de poniente, construido con milagrosos cristales en forma de vidriera.
José Mari dice que sé mucho del santuario. Sé lo esencial. Sé que es una imponente obra de arte muy compleja, formada por innumerables elementos. Y que cada uno de esos elementos cumple una función significativa, coherente con la gran unidad de significación que es el inmueble completo en su conjunto. El santuario es un sintagma con sentido completo, una oración, una oración compuesta. Cada pieza concreta es un monema o un conjunto de monemas.
- Y cuántos eran los pecados.
- ¿Qué pecados?
- Los de Pedro
- Pues mira, me cuentan que uno. Porque suponiendo que no hubo polución, ni peligro de polución, ni tampoco retractación, ni interrupción moral, Pedro sólo comente un pecado al ser un acto consumado y completo.
En la edad media ponían pecados como éstos en las fachadas y en los canecillos de las colegiatas para impartir las lecciones correspondiente de teología moral. No me imagino yo a Subirach dando estas lecciones en los bronces del Camino, en los misterios del Rosario.