Nuestro querido compañero Marcelino Iglesias nos relata sus recuerdos y sentimientos en un viaje imprevisto al pasado de aquel colegio apostólico del que, dice Marce, ignoraba su significado, su alcance...
Espero que Marcelino no se me enface si os descubro que me ha manifestado dudas sobre la oportunidad de publicar sus relatos en el blog, pues teme que algunas de sus consideraciones, opiniones o toma de postura ideológica pudieran molestar a algunos (o muchos) compañeros.
Él conoce mi opinión sobre estos temas y como, tras leer varias veces su relato, puedo dar fé de su respeto con las personas sin renunciar al ejercicio de su libertad, ni a sus recuerdos, sensaciones y sentimientos...pues aquí os dejo la primera parte de este entrañable relato titulado EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON Y OTROS PECIOS DE LA MEMORIA.
Además...¡qué narices! nadie tiene que dar explicación alguna para publicar lo que le parezca en este blog.
En días sucesivos iré publicando las nuevas entregas de EL FRAILE QUE SE PARECÍA A..., y al final, lo reuniré en un documento al que os daré acceso para descargarlo.
Ha acabado el NODO, se apagan las luces, silencio, ved y disfrutad de la primera parte de esta película, todo empieza con el recuerdo de aquel fraile delgado, cariñoso, santo, un fraile bueno, el Padre Uría...
Todavía sobreviven los recuerdos.
Gracias amigo Marcelino.
El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (I)
- Un viaje imprevisto
- Del sentimiento de culpa y otros pesares, con migajas de alivio
- Yo siempre supe qué era el amor
- Tres navidades tan tristes

Un viaje imprevisto
Una tarde gris de otoño, apagada como la melancolía, en un impulso —sin saber muy bien por qué ni qué quería encontrar—, decido viajar, regresar a ese espacio cerrado, a ese ámbito en que transcurrieron cinco años de mi vida. Como todo es posible en el territorio de ficción —la imaginación, la fantasía son así—, al punto levanto el vuelo. Me detengo breve instante en Soto de Rey —cruce de caminos, de líneas férreas, de sentimientos—, cuya estación marcaba bien el punto triste de la ida allá en septiembre, bien el punto alegre del regreso a primeros de julio. Una vez sobrevolada la cordillera (no sin antes echarle una mirada a ese enclave privilegiado de nombre Casorvida— único en el orbe, tal como aparece en algún texto antiguo, dicen los expertos que apócrifo—, donde, admirado sin duda por tanta grandeza, el tren siempre chifla; dicen algunos que por justa pleitesía a sus nobles moradores; otros, de colmillo retorcido, que es una simple manifestación —un alarde, vamos— de la potencia de su pitu), planeo confiado sobre el comienzo de la meseta.
Diviso ahora a los lejos la cruz de un santuario. Edificios simétricos, campos de deportes, una granja. Allá al fondo, según se comienza a descender la finca, camino del Tomillar, aprecio una mella en el terreno: una excavación en el talud. Ahí me veo, 45 años atrás, ultimando con otros compañeros la primera fosa, la que inauguraba lo que iba a ser cementerio. Y me acordé de un poema de Paul Celan —el poeta que decidió abreviar, poner punto final a su vida arrojándose a las aguas del Sena—, cuyos versos parafraseo: él cavó su tumba no en el agua sino en los arrebatados acordes del órgano… Y recuerdo apenado aquellos meses últimos y la fatiga con que se movía. ¿Por qué queríamos tanto a aquel fraile con algo de cara de palo, de fingida seriedad que apenas lograba disimular su alegría de vivir, la bondad que transmitía? Sigo viendo emocionado la figura de aquel organista que, con sus gestos y ademanes —conscientemente histriónicos—, provocaba nuestra sonrisa cómplice, cariñosa. Sí, lo recuerdo muy bien: en aquel octubre lejano tan lluvioso, yo también cavé en el talud de la finca.

Vuelvo grupas, tomo tierra y entro en el Santuario. Recorro el pasillo central de la nave observando distraídamente cual si de un visitante despistado se tratara, tal vez con la actitud curiosa propia de un turista. Me siento en un rincón discreto, en un lateral, próximo a uno de los confesionarios.
Suenan los acordes del órgano: solemnes, rasgando el silencio, acallando los bisbiseos de los rezos. Como si saliesen de un alma intensa y apasionada, se me ocurre… Y en estado de somnolencia, acunado por la intensidad sonora de aquel órgano arrebatado, comenzaron a fluir los recuerdos. Miré hacia atrás, a la cristalera que da acceso al coro y al pasadizo que cruza por debajo de la carretera, cordón umbilical entre colegio y santuario. Fue fácil provocar la evocación, permitir que los recuerdos (caóticos, entreverándose, pugnando por ocupar un lugar en el decurso del tiempo) afloraran remansándose, estableciendo entre ellos una jerarquía ordenada. Es tan fácil moverse por el territorio de la memoria: basta proponérselo, ensoñar, recordar…

Del sentimiento de culpa y otros pesares, con migajas de alivio
Un escalofrío. No, no tengo miedo, pero siento frío, mucho frío. Siempre que sueño que “todavía” estoy allí, siento frío. El frío y los sabañones. El frío y el desvalimiento; el desvalimiento propio de los huérfanos, allí recluidos en aquella estepa. El frío y lo peor: el sentimiento de culpa que cala, que taladra, que socava toda resistencia. La culpa sin encantos. Frío, mucho frío y hambre. La culpa como parte inseparable del frío: dos caras de la moneda, haz y envés. Frío exterior y frío interior. Ese frío perverso cala hasta el tuétano, se apodera de tu interior, te anula.
Culpa, pecado, tinieblas: ¿será una pesadilla recurrente, una pesadilla que se disipará al despertar? Culpables de qué, pobres muchachos. ¿Por estudiar allí aunque muchos (¿cuántos?) ni siquiera hubiéramos entrado con el propósito de ser frailes? ¿Por ser pobres, pertenecer la mayoría a la clase obrera, al campesinado? Y recuerdo ahora el día de primavera en que se presentó en la escuela de mi pueblo, en el corazón de la cuenca minera del Nalón, aquel fraile menudo, nariz de aguijón de avispa y gafas gruesas. El P. Arruga —buen orador, con probado dominio retórico— hizo una impecable exposición propagandística de las bondades del colegio, de sus instalaciones; nos mostró fotos ilustrativas: quedé fascinado por los campos de deportes, por la piscina. Pero en absoluto nos habló (o no lo recuerda ya esta memoria enflaquecida, siempre selectiva) de la necesidad de querer ser frailes. Supongo que eso se daba por supuesto. Supongo. Ya sé, ya sé: se trataba de un colegio apostólico, pero yo entonces, antes de aquel día de principios de octubre de 1962 en que crucé sus puertas, ignoraba su significado, su alcance.
Desolación, sospecha: acusaciones en la capilla. Es de noche. Resuenan lúgubres, como si anillaran grilletes en los pies, cada una de las voces de quien, más que amonestarnos, nos acusa indiscriminadamente. Y veo un dedo acusador vestido de blanco que dispara. Pienso lo que no pensaba aquel cohibido niño de entonces, aquel indeciso adolescente: ¿Se puede dirigir un internado como si fuera un campo de concentración? ¿Un educador puede tener como paradigma para su delicada misión biografías de grandes militares? Esparta: sobran los débiles. La mili, años después, como unas plácidas vacaciones. ¡Parecéis niñas! Resuenan aún sus gritos en el recuerdo. Largos pasillos que se alargan y alargan: pesadilla, sudor frío. Los terrores de la noche, desvalimiento, orfandad… Los pasillos se dilatan, se curvan, se alejan perdida la perspectiva. Abismo.

Dicen que las verdades auténticas tienen su residencia en el corazón. Y también que es fácil y gratuito viajar con la imaginación al territorio de fantasía, donde siempre que se desee, llueve. Es posible. No sé con certeza que sea gratuito bucear en la memoria. Claroscuros: alegrías, sí, pero también tantos sinsabores… A escala, he pensado hace ya tiempo que aquel microcosmos era reflejo del exterior: de una sociedad sometida por aquella nefasta dictadura, de aquel estado perpetuo de miedo y violencia, cuya cabeza visible —criminal de paz, en acertada denominación de Manolo Vázquez Montalbán— se murió en la cama y no inmolado en africana guerra por su dios y su patria (qué lástima, ¿verdad?)… Un hombre de treinta y tantos años puede ser tan hábil en el interrogatorio…: busca las llamadas —qué crueldad— manzanas podridas. Qué fácil sonsacarles a niños de diez, once o doce años: qué cobardía, qué perversión de miras, qué torpeza absurda. Inocencia, debilidad; tal vez miedo. Dudo que hubiera algún vocacional, algún perverso. Qué nos quedaría, sin esa confianza, esa fe antropológica, a cuantos hemos depositado nuestra creencia en los seres humanos y no en otras entelequias, llámese como se llame el dios de cada creencia religiosa… Y pienso entonces que también él, que también ellos, los hombres de hábito blanco, eran producto de la debilidad, del miedo. Pero no lo tengo tan claro: ellos eran ya adultos, sabían discernir. Eslabones del poder establecido en todo caso.
No todo es triste. Me gusta la nieve. Recuerdo ahora un verso del Dante: después llovió en la alta fantasía. Recurro a la paráfrasis: nieva ahora en mi fantasía. Me pasaré, como siempre que nieva, la noche en vela: mirando por la ventana a ver cómo sigue nevando sobre los campos de deportes, sobre la granja; contemplando embelesado cómo aumenta de grosor la capa que ya cubre totalmente el paisaje. Blancura en la noche, luminosidad reverberada, danza blanca de copos arremolinados. Cuanta más blancura, más nieve ha caído. Y deseo vivamente que las nevadas se prolonguen días y días.

No, no todo es tristeza: también me reconforta el cine de los domingos, ese momento mágico de la semana, ese escape a un mundo de fantasía e ilusión. Pero qué terribles domingos cuando la película era censurada o no había llegado por cualquier circunstancia. Inmensa tristeza, decaimiento, melancolía. Esperar a que llegue la noche y entonces, sí: llorar en silencio, para ti solo, porque las lágrimas son de cada uno. Llorar es tan reconfortante… Y dormirse luego profundamente. Y a esperar confiando que la semana siguiente haya más suerte.
Yo siempre supe qué era el amor
Y ahora, como contrapunto benéfico, la memoria abre una rendija de luz, rescata una bocanada cálida: la hora del reparto del correo. Es, sin embargo, un recuerdo agridulce. Por una parte, qué vileza policiaca la censura de las cartas; que impudicia el asalto a la intimidad ajena. Por otra, se me siguen soltando lágrimas de emoción al recordar con ternura cuando leía una de aquellas cartas que mi tío materno Luis, con su impecable letra pulcra, escribía al dictado de mi bisabuela, mujer sabia aun siendo analfabeta. Y entonces ensoñaba y me alegraba de las pequeñas alegrías (el parto feliz de una de nuestras vacas, la buena cosecha de manzanas o de castañas, la siembra de las patatas o la eclosión de los pitinos de la pita franciscana) y me entristecía con las penas de las que mi güelina me hacía partícipe (sus dolencias y achaques, muerte o enfermedad de algún familiar o vecino, un accidente en la mina…). Y aquellos billetes de 25 o de 50 pesetas que adjuntaba… ¿Cómo olvidar tanta ternura, tanto sentimiento aquilatado en cada carta? Yo siempre supe qué era el amor.
Tres navidades tan tristes
Y me asalta ahora a traición el recuerdo de aquellas navidades tristes, desoladoras, apenas mitigadas por el afecto mutuo, la solidaridad entre iguales; en fin, los universales del sentimiento: morriña, añoranza de los nuestros, juegos y risas compartidas, la fuerza del cariño. Un contrapunto luminoso, revelador, un bálsamo blanco para tanta melancolía: durante las navidades del curso 63-64 (¿o fueron las del 64-65?) nevó y nevó, días y días. Qué alegría, cómo palió la tristeza de estar lejos de la familia, allí encerrados, allí recluidos: esa es la sensación, ese es el recuerdo de las navidades allí pasadas, tres tristes navidades consecutivas.

Cada vez que las recuerdo, siento frío, mucho frío. El frío y los sabañones, aquella tortura de picores y llagas que a tantos martirizaba durante los meses de invierno. Tristeza y dolor que algo mitigaban los villancicos por megafonía acompañándonos a todas horas, las estancias prolongadas en la recreación decorada con motivos navideños, las cenas “especiales” de Nochebuena y Nochevieja (pollo y patatas fritas como las de freiduría, y ¡hasta un poco de aquel vino aguado que nos sabía a gloria!, algo de turrón y polvorones y peladillas y uvas pasas: todo un lujo respecto al menú cotidiano). Siempre que lo recuerdo, siempre que se inmiscuye el recuerdo de aquellas navidades tan tristes, tan lejos de los nuestros, con tanta morriña acumulada, siempre se ve compensada, como un bálsamo reparador, por la nieve…Por la nieve y la programación cinematográfica especial: casi todos los días una película o, en su defecto, unos dibujos animados o unos cortos de Chaplin o algún documental. En suma, una pequeña compensación que aminora tanta tristeza, tanta añoranza, tanta pena…

Y ahora que releo lo escrito, me pregunto — ¿sorprendido?—: ¿Por qué tantos de los recuerdos que van fluyendo atropellados y con ganas de ser verbalizados se centran en o sobre motivos navideños? Soledad, tristeza, sentimiento de orfandad. En fin: los inextricables surcos de la memoria.
Marcelino Iglesias.