Javivi del Vivigo se ha visto citado en el tercer pecio de Marcelino Iglesias y, en esta mañana de frío y nieve, nos escribe "unos parrafitos" de respuesta.
Nos invita a leer sus reflexiones o a irnos a dar una vuelta. Yo me he quedado con lo primero y después me iré a dar una vueltina.
JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO
Me has citado, Marcelino, a propósito de “La vida sale al encuentro”; yo, incontinente verbal cual toro de lidia, salgo a los centros; ya escribió Nebrija hace tiempo que “entre todas las cosas que por experiencia los ombres hallaron: o por reuelacion divina nos fueron demostradas para polir e adornar la vida umana: ninguna otra fue tan necessaria: ni que maiores provechos nos acarreasse: que la invención de las letras” (Antonio de Nebrija: Gramática de la Lengua Castellana, 1492)
Así que voy a hacer uso de las letras, como toro en ruedo o como “umano enredado(r)”. ¡Lo has conseguido! Lo siento, chavales; sentaos a aguantarme o iros a dar una vuelta, que ganareis en salud.
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D`un temps, d`un pais
Aquí, Marcelino, en portillo de al lado, tenemos par de fotos históricas que Ignacio Manso ha rescatado del olvido y nos ofreció en primicia con el cariño de quienes nos sabemos cómplices de un tiempo y unas experiencias compartidas. Por encima de los protagonistas, el palio. Bajo él, el dictador y señora, el provincial de los dominicos (si Santiago, nuestro particular historiador, lo confirma, ¡claro!), el prior de la Fundación y la parafernalia que acompañaba al dictador en 1963 (¿).
Para mí, todo un símbolo de un tiempo y un país, que cantara Raimon. Aunque amplíes las fotos, no nos verás pero estuvimos también; los vitrales de la fachada dejan ver sólo masas oscuras; entreveo vagamente un bulto blanco; quizá Uría, quizá Torrellas; pero tú, yo y los demás niños estábamos allí, en el coro, llenos de ojos, entonando tal vez el Aleluya de Haendel en homenaje al “huésped”. Todos menos José Ignacio, Perico, Lobo… que andaban junto al altar con el cirio, el incensario y demás adminículos de su oficio.

Los lectores del refectorio.
Por lo demás, nítidos recuerdos los que narras en este tercer capítulo. Pudo haber un tiempo en que nos turnamos tú y yo como lectores –a tanta precisión no me llega la memoria- mientras los demás comían en silencio, dejándose llevar por Alec Leamas en aquel mundo de espías del Berlín Oriental (¡qué fue del muro, oh señor!) que John Le Carré acababa de publicar en 1963; o por Thor Heyerdhal y la expedición de la Kontiki, en la que navegamos con Viracocha, el dios solar inca, hacia los mares del sur…

Hubo lecturas sobre “urbanidad y buenas maneras” que no estaban de más, supongo, en un colegio privado con ideario -y fantásticas infraestructuras para aquel tiempo- al que confluimos mayoritariamente niños de “familia humilde” (queda bonito el eufemismo ¿no amigos?), llegados de diferentes pueblos de aquel país que era, además de piramidal y teocrático, rural.
¡Que otros “lectores” y otras mentes privilegiadas nos recuerden otras aventuras en las que los “lectores” nos “embarcaban”, a miles de kilómetros lejos de las rutinas colegiales, mientras tragábamos alubias con sabor a tomillo o arroz con caballa!

Los nuevos curas
Entre las lecturas que nos impactaron no citas, sin embargo, a Michel de Saint Pierre, “Los nuevos curas”. Y es posible que no lo cites porque no llegó a tus manos. O estuvo prohibido o estaba muy mal visto. Si tuviera que poner dueño a aquel libro “clandestino”, yo se lo atribuiría a Julito Correas. En todo caso, si yerro me corregís. Sé que llegó a mis manos “bajo cuerda” y que me lo leí a borbotones. Aquel debate intelectual entre cura carca y cura progre con laicos entrambos me abrió el horizonte intelectual a nuevas posibilidades.
Y el banal o erótico. Recuerdo perfectamente hasta el lugar: una camarilla “sin vistas”, según se entraba a la izquierda, primer piso de la Escuela Mayor. Allí leí “Los nuevos curas”; y allí se me “engorilaron” las hormonas de la pubertad ante un capítulo que describía el encuentro sexual entre Sofía, la protagonista laica, y el coadjutor progre, Barré, o el laico algo pendón, Gallart. No tengo precisión. Pero retuve para siempre en la memoria el relato de aquellos cuerpos, golosos de lujuria, con torso de abundante bello, que erizaron mi espíritu y mi cuerpo, ¡válgame el cielo! sin que me fuera posible resistir –como Aquino con su tizón- mi demonio particular, que me llevó al infierno y a la pena por pecar.
Fíjate, sin embargo, lo que opinaba sobre la novela en cuestión Enrique Miret Magdalena (Triunfo, mayo 1965), un “teólogo laico comprometido” con quien tuve algún contacto a principios de los ochenta: “Una obra que quizá quiso evitar ciertos peligros, reales o figurados, que su autor creía ver en la práctica pastoral de las nuevas generaciones clericales, ha servido para sembrar la discordia entre fieles católicos.
Michel de Saint Pierre ha conseguido airear definitivamente, a los ojos de todo el mundo, el tema del integrismo y el progresismo. Sin embargo, hay demasiadas personas que utilizan con este motivo ambos nombres sin saber lo que significan”.
Leyendo estos párrafos, pareciera que Miret se decantaba por el tradicionalismo católico, si no recordásemos que hubo una época en la que quienes escribían se autocensuraban antes de vérselas con “la censura” (con mayúsculas); había que leer entrelíneas cuando algún progre escribía; máxime si lo hacía en la revista Triunfo y era un “seglar comprometido” como fue Enrique Miret. ¿Recuerdas –recordais- el tópico? Si un periódico titulaba “sin novedad en las cuencas mineras” interpretábamos que los mineros habían montado un jaleo y de los gordos.
¡Qué tiempos los sesentas, aún de férreo control franquista sobre la cultura!

Martín Vigil y Karin, una de mis novias platónicas
Sacada de contexto, Marcelino, la frase de Nacho que citas (en “La vida sale al encuentro”) suena a mojigatería, a alcanfor, a hojas muertas. Desde luego, visto con estos ojos de hoy, con la cultura social de hoy, la frase es mojigata y no la libra del vertedero ni el alcanfor.
Pero, por un momento, antes de que nuestras naves vitales naufraguen y no queden de ellas ni pecios, cierra los ojos y navega hasta aquel tiempo y nuestras circunstancias. Dicho en frase de folclórica actual, que hizo fortuna, “yo, por aquella Karin, ma – to!”. (Aquí, engalla la voz, alarga la “a” y enfatiza ambas sílabas, con un silencio en mitad)
Intuyo que tú también.
Adolescente en los sesenta sin “mujer” a quien mirar, si no era a través de los tornos del comedor o en el cine algunos domingos, aquella Karin de ojos rubios (¿”ojos rubios” es un oxímoron, Pitu?), de familia bien y de decentes costumbres católicas era una y trina, como una diosa: virgen, madre y novia. En un secarral de “hembras”, aquellas jovencitas de los libros eran único oasis de unos adolescentes solitarios y llenos de enigmas. Al menos, yo la sentí como oasis intelectual, utópico y reconfortante.
Karin fue la “novia” pura que salió de la pluma de José Luis Martín Vigil, un jesuita “revolucionario” en aquel tiempo, que sabía del “alma juvenil” por su oficio de profesor en colegio bien. Como muchos de vosotros, leí en nuestro colegio, el que tragó la trampa, otro montón de novelas suyas: “Los curas comunistas”, “Una chabola en Bilbao” o “Cierto olor a podrido”, que recuerde.

Los curas comunistas y el chabolismo periurbano durante el franquismo.
“Los curas comunistas” pudo ser la réplica de Martín Vigil a Saint Pierre. En la del jesuita –o ya exjesuita, como matizas- no había sexo ni la historia acababa en secularización o represión eclesiástica. Dibuja un cura obrero equidistante entre el capital y el trabajo, entre la burguesía y el proletariado. Eran muy distintas la sociedad y la cultura española que la francesa en aquel momento: “África empieza en Los Pirineos”, recordad.
Vigil, hábil narrador, buscó su espacio. Y le quedó “apañado”.
Yo “volví al mundo” en Bilbao; me olvidé de sus novelas, aunque supe, por otros motivos, de sus andanzas por un barrio donde “ejercieron pastoral” un grupo de jesuitas jóvenes con los que Vigil compartió algunas experiencias; de allí surgió “Una chabola en Bilbao”. La mayor parte de aquellos jóvenes “apóstoles” sociales, andando el tiempo, abandonaron la Compañía, acabando sus días por la América revolucionaria, de “curas obreros” o en opciones políticas vascas de izquierda.
Pero “Una chabola en Bilbao” fue un toque serio y público a la opulenta burguesía bilbaína que engordaba sus cuentas corrientes con el hierro y las navieras mientras la periferia se llenaba de chabolas habitadas por inmigrantes venidos del hambre y la ruralidad. Una de las veces que Franco vino a Bilbao (1961), aquel que vimos bajo palio en La Virgen del Camino, contempló las faldas de los montes sembradas de chabolismo y lo mandó quitar, vergüenza torera, levantando todo un barrio que acogió parte de aquellas gentes.

foto de niños en "Aretamendi", aquel barrio en el que se inspiró para hacer "Una chabola en Bilbao"
Habían pasado un montón de años, cuando el ayuntamiento bilbaíno nos encargó a mi amigo Joseba y a mí un trabajo histórico sobre barrios periféricos de Bilbao. Uno de ellos, Uretamendi, al que José Luis camufla como Aratamendi en la novela, evidenciando con claridad dónde puso el foco de su relato.
Era el año 2009. Quedé maravillado por la cordialidad con la que aceptó –de buenas a primeras- darnos datos y recuerdos sobre su novela y las fuentes. Me maravilló tanto o más su espíritu de hierro, su clarividencia intelectual y su gana de vivir y de integrarse en las nuevas tecnologías (ordenador, internet…) cuando ya sus manos no le respondían, temblonas de enfermedad.
“Conocí Uretamendi y me puse perdido con su barro y me gané buenos catarros al sentarme unos minutos en el “living-room” de aquellas chabolas para compartir algo con sus moradores”, transcribimos en nuestro libro algunos de sus recuerdos. “Aquello me hizo llevar a los medios la denuncia de que el Gran Bilbao, con su empaque y señorío, lucía, para vergüenza de todos, una corona de espinas…” continuaba.
Finalmente, aunque la noticia pasó inadvertida para el gran público, José Luis Martín Vigil moría en Madrid el 20 de febrero del pasado 2011, por lo que en breve será el primer aniversario de su paso a ese Norte imaginario que nos espera en cuanto nos descuidemos.

Epitafios para un escritor de “novela social” en tiempos difíciles.
Para ayudarme, Marcelino, a la redacción de este “articulín” he buscado por la red. Hay alguna literatura de interés. Remarco, en todo caso, dos artículos; uno de Pedro Miguel Lamet, jesuita. El otro, de Luis Antonio de Villena, poeta, ensayista y crítico literario.
Me interesa la opinión de un jesuita, Lamet, sobre una persona, el exjesuita Martín Vigil; ovetense que luchó en el bando vencedor en la fratricida Guerra del 36, se hizo fraile, se exclaustró y fue rompedor en muchos campos durante aquel franquismo monocolor. Dice esto: “Cura más homosexual era una suma explosiva en aquellos años. ¿Fue pederasta? Lo ignoro. Las últimas veces que lo vi iba con jóvenes bien crecidos. En todo caso, en estos días de salidas del armario, nadie condena a Lord Byron, Lorca, Gide o Proust por su orientación homosexual. Más bien todo lo contrario ¿Por qué se quiere enterrar la memoria de Martín Vigil o alinearlo de forma simplista con la literatura de buenos sentimientos de los años cincuenta? Hay lectores que lloraron con ’La vida sale al encuentro’ cuando el hermanito pequeño del personaje principal, en una clara relación de homosexualidad reprimida, muere apretando con la mano una medalla de la Virgen mientras el protagonista explicitaba sus deseos de ser sacerdote. Era más revolucionario de lo que parecía.”

Del texto de Lamet recojo este otro párrafo: “En una conversación televisiva con Jesús Torbado afirmó: "Cuando me encasillaron, o me encasillé, en escribir para jóvenes, muchos críticos, sin leerme, piensan que hago un subgénero; eso les ahorra el trabajo de leerme. Yo soy sustancialmente un narrador de historias. Lo que yo quiero llevar a la gente es una historia, el estudio de un problema. El estilo y la técnica que emplee serán para mí, siempre, subsidiarios. Serán aquellos que mejor ayuden al lector a comprender esa historia, a sentir ese problema, a sufrir y a gozar con mis personajes".
Como supongo es sabido, el leonés Jesús Torbado, ganador en 1965 del Premio Alfaguara con “Las corrupciones”, había estudiado en los dominicos y muchos supimos de aquel premio a una novela que describía las mutaciones de un seminarista con vocación hasta el nihilismo existencialista más atroz a través de la opinión algo trentina de algunos de aquellos dominicos, profesores nuestros. ¡Azares de la vida!
Del amplio y jugoso artículo de Luis Antonio de Villena transcribo solamente (¿solamente?) un par de párrafos, que arrojan luz sobre otro aspecto humano del novelista: “…me olvidé del tema “Martín Vigil” (aunque era cada vez más famoso) hasta que un día, al filo de la muerte de Franco –en 1975- entré en un bar gay de Madrid (eran pequeños y discretos, pero los había) y lo vi allí –primera hora de la noche- hablando e invitando a chicos jóvenes que yo conocía. Aquella vez nada dije, pero como su presencia se repetía, les pregunté a los chicos si sabían quién era aquel señor. “Claro –me contestaron- es cura y le llaman “La Perejiles” (Supongo que por la fácil rima Vigil/perejil, sino no lo entiendo.) Y añadieron más: iban a su casa, les hacía algún regalo, pero sólo les pedía que se desnudaran y acariciarlos. Él (les parecía curioso) no se desnudaba. Yo sólo pensé en qué dirían los curas de mi casi olvidado colegio si supieran quién era el autor de su “lectura espiritual”. Algo después me decidí y me acerqué a saludar (en el bar gay) a Martín Vigil. Estuvo cordialísimo y gentil conmigo, dando por hecho –era una evidencia- lo que yo también daba por hecho. Yo había publicado ya algún libro, y creo que tuvo la cortesía de decirme que sabía que yo escribía y que me había leído…
No volví a ver a Martín Vigil (o sólo escasas veces más) en esos sitios. Pero noté que sus novelas habían parcialmente cambiado de rumbo. Ahora –muy al día- le interesaba la juventud lumpen o cheli y sus problemas, entre la homosexualidad y las drogas. El camino se había abierto al parecer con “Sentencia para un menor” y seguía con libros como “La droga es joven” (1978), “Una comuna en Madrid”, “El sexo de los ángeles” (coincidió en el título con Terenci) hasta “Ganimedes en Manhattan” (1988), subtitulada “La condición sexual del joven Townes”. Antes (hacia 1976) Martín Vigil salió en los pudorosos periódicos de la época, denunciado por un menor. Pero el asunto quedó en nada, salvo que la policía halló en su importante casa de la calle Velázquez, “pelucas de mujer”.
En fin. Que José Luis, el jesuita, descanse en paz. Acabo aquí. Dejo las entradas a Lamet y Villena, por si no estáis saturados ya de texto. ¡Salud!
http://www.elmundo.es/accesible/elmundo/2012/01/09/cultura/1326124036.html
http://www.luisantoniodevillena.es/noticias/?p=641
imagen de un texto publicado por Miret Magdalena en la revista "Triunfo" allá por 1965 sobre "Los nuevos curas".
