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Antiguos alumnos dominicos VIRGEN DEL CAMINO - LEON

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (V)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (V)

Leyendo esta quinta parte, mi querido Marcelino, me has dejado "pallá" con tu recuerdo de dejar relucientes los zapatos a la luz de los pilotos de los pasillos de las camarillas. Recuerdo que un año, creo que al principio de cuarto curso, me tocó la primera camarilla del pasillo de entrada a la derecha; tenía un piloto encima justo de mi cama. Como era y sigo siendo de muy mal dormir, recuerdo tener durante todo el año una revista que me traje de casa con la que me tapaba la cabeza por las noches, con cuidado de que no me la viese el P.Cura, pues dicha revista, puedo aseguraros que era Garbo, tenía peligrosas señoritas de muy buen ver.

 


 

 

 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (V) 

  • Los fuera de cacharro 
  • Redada: en busca de cigarrillos clandestinos
  • Profesor Tanausú
  • Mi clase desde el pasillo

 

 Los fuera de cacharro

 ¿Qué ocurre? ¿Por qué tal efervescencia de gritos y voces, de risas y bromas, idas y venidas precipitadas? ¿Zafarrancho? ¿Será hoy uno de esos días señalados en los que a toque de corneta —en fin: de silbato— nos entregábamos con ánimo y entusiasmo —no dejaba de ser una forma de romper con el pegajoso tedio de la rutina— a una limpieza general? Y allá nos veo, con los útiles de limpieza dispuestos a dejar camarillas y pasillos como patenas.  ¿Os acordáis?

 

No, no parece ser hoy el día señalado: la rutina impone su apelmazada liga. Se disipan escaleras abajo las carreras al galope de los rezagados camino de la capilla, casi siempre los mismos, los propensos a estar siempre fuera de cacharro: por lo general gente tranquila y simpática, con ese don especial para la síncopa, para sortear espontáneamente el cumplimiento adocenado y mecánico del deber, de la prontitud y del orden, del ritmo establecido a toque de silbato y de voz en mando… Qué bien me siguen cayendo en el recuerdo: hasta vislumbro algunas de esas caras de entonces aunque no consiga ponerles nombre a casi ninguno… Pero sí a uno.  Ah, el bueno de Alberto del Río Guinea era uno de ellos: qué estupendo chaval, qué noble compañero. ¿Qué fue de ti, amigo, por dónde andas?

 

 

Redada: en busca de cigarrillos clandestinos

A partir de 3º, ya en la Escuela Mayor —no recuerdo que nadie se atreviera en la Menor—, algunos de nosotros comenzamos a fumar, por supuesto que clandestinamente. Para ser preciso: me sumé al club de fumadores que tenía años ya de solera. ¿Os acordáis de cuál era el día propicio, la noche que no había moros en la costa? Recordaréis como yo que los sábados los frailes veían la película que, caso de pasar la censura, veríamos nosotros al día siguiente. Esas noches, mientras dejábamos relucientes los zapatos a la luz de los pilotos, a la puerta de los servicios, algunos aprovechábamos para fumarnos un cigarrillo en los servicios con las ventanas abiertas, para recrearnos en hacer aros y volutas con el humo, auténticas virguerías en labios de algún virtuoso. En fin, para bromear y pasar el rato con la sensación agradable de  esa minúscula transgresión, de rebeldía y libertad. 

Yo ya había probado el tabaco de muy niño, tal vez a los siete años. Y seguí fumando esporádicamente algún que otro cigarrillo a escondidas durante los años siguientes.  Ya en el colegio, no volví a probarlo los dos primeros cursos: es que ni por asomo se me ocurría tal transgresión; ni siquiera durante las vacaciones de verano de 1º. Creo recordar que fue en las vacaciones de verano de 2º cuando volví a fumar algunos cigarrillos, a escondidas, claro está. Y ya entonces, en 3º y en la Escuela Mayor (recordaréis que fuimos separados: la mitad del curso se quedó en la Escuela Menor), me atreví a camuflar en mi equipaje de regreso la primera cajetilla: de Bisonte,  me parece. Y así seguí, fumando algún pitillo clandestino durante los cursos siguientes. Y ahora un pecio —un mal trago en su día, hoy lo rescato con una sonrisa tierna— al respecto.

Al regreso de unas vacaciones, como la policía no es tonta y los fumadores ya éramos bastantes, el P. Cura organizó una busca y captura de tabaco —y también algo de alcohol— mientras estábamos en el estudio, el último de la jornada. Recuerdo que algo se filtró, que estaba habiendo registro general en las camarillas. Inquietud, nerviosismo, comentarios durante la cena. Ya en la capilla aguardábamos expectantes, inquietos.

Y allí entró con paso ágil, ademán estudiado y gesto ceñudo, el P. Cura. Venía con la capa a modo de saco y, en su interior, el valioso cargamento clandestino que, con efectismo dramático, brindó a la vista general de cuantos conteníamos la respiración y estirábamos el cuello por tratar de identificar la cajetilla de nuestra propiedad. Unos treinta paquetes de color y pelaje vario abultaban en aquel improvisado recipiente. Y tronó entonces su voz que sepultó los murmullos crecientes, las miradas cómplices, el encogimiento de hombros, la duda: ¿sería alguno de ellos el propio? Unos gesticulaban afirmativamente al reconocer la suya, otros no acabábamos de identificarla (yo no veía por parte alguna mi mediada cajetilla de Reno, aquel tabaco mentolado tan malo). Acabada la reprimenda jupiterina y tomada nota de que habría castigo para los infractores, cabizbajos y gesticulantes fuimos abandonando la capilla camino del dormitorio.  ¿Sería el mío uno de aquellos paquetes que habían quedado ocultos entre el montón? Era consciente de que mi escondite era muy bueno, difícil de dar con él a no ser en un rastreo propio de policía experimentada. Ya en la camarilla, en vilo, dejé que transcurriera un tiempo prudencial. De un vistazo aprecié que sí habían removido en mis cajones, en la maleta. Con mano temblorosa dejé para el final el camuflaje de mi cajetilla. Abrí el neceser en que guardaba los útiles de limpieza del calzado y una pastilla de jabón de repuesto, es decir, un envoltorio nuevecito en que había dado el cambiazo de la pastilla por los cigarrillos. En efecto: allí estaba, en el interior del envoltorio, mi mediada cajetilla. Un respiro de alivio, la confidencia con los próximos y, tras el derroche de adrenalina, creo recordar que aquella noche dormí a pierna suelta, como un bendito.

Y ahora que hace ya 15 años que dejé el tabaco, sigo evocando con delectación aquellos cigarrillos clandestinos, aquellos cigarrillos inolvidables. Y me sigue oliendo a betún en el recuerdo mientras se apagan los murmullos y las risas acalladas y, a la carrera, nos metemos en las camarillas porque escaleras arriba suena el tintinear de las cuentas de un rosario, el haldear del hábito y las chirriantes pisadas de la goma de los zapatos sobre las losas impolutas y abrillantadas por el petróleo generosamente derramado sobre el trozo de manta del tranvía.

 

 

Profesor Tanausú

Pateo esos espacios evocados, ya casi olvidados algunos, otros aproximadamente situados o a punto de ser engullidos definitivamente por el olvido. Creo recordar que el laboratorio estaba en dirección a La Capilla de la Escuela Mayor.

Aspiré hondo y me olió a tabaco; he de precisar: me olió a Tanausú, el tabaco canario que fumaba el profesor que nos dio prácticas de laboratorio en la asignatura de Física y Química de 4º o tal vez la Química de 5ª, el primer profesor seglar que tuvimos en el colegio. Fulgurante, como un flash, volví a verlo con su bata blanca y su inseparable cigarrillo humeando. No recordé su nombre, pero sí qué fumaba y aquel gesto suyo pausado al encender y saborear con delectación la primera calada a su cigarrillo. Me gustaba cómo olía, pero sobre todo se ha instalado en la memoria por el sugerente y exótico nombre del tabaco: Tanausú. En mi fantasía comencé a llamarle el profesor Tanausú; otras veces, Tanausú era un territorio ignoto de selva intrincada, un espacio mítico en el que mi fantasía se adentraba. Lo cierto fue que, en cuanto pude, abandoné mis habituales bisontes y los sustituí por aquel buen tabaco canario: fue uno de mis paquetes de cigarrillos clandestinos, aquellos cigarrillos furtivos que fumábamos en las reuniones de los sábados mientras limpiábamos los zapatos a la luz de los focos de los pilotos. Después, ya lejos de allí, cada vez que esporádicamente compraba ese tabaco me acordaba de aquel profesor que fumaba Tanausú, el primer profesor seglar que tuvimos.

 

 

 

Mi clase desde el pasillo

De regreso, me detengo ante una de las puertas del dilatado pasillo. En la parte superior, al igual que todas las demás, un cristal que permite ver el interior. Pupitres, unas escaleras que dan acceso a la tarima y en ella una mesa y un encerado.

De pronto, el aula en penumbra se ilumina, adquiere vida. Veo a unos treinta adolescentes, aplicados a su tarea: por la intensidad con que escriben y el absoluto silencio, más tal que cual intento por preguntar algo sin ser observado, concluyo que están realizando un examen.  Experimento ahora un chispazo, un calambre: ¿no es aquél de allí Javier Urbano y a su lado Luis Heredia? Y voy recorriendo pupitre a pupitre y reconociendo a quienes lo ocupan. Sí, son ellos, mis compañeros de curso, del grupo A, tal vez en cuarto, ya en la Escuela Mayor: Carlos Puente y Pedro Molleda, Roberto Sastre y Baeza, Leonardo del Olmo y Bañugues, Calvo y Huerta, Alonso Herrero y Robles, Jesús Díaz Velasco y Martín, Urbano Viñuela y Guinea, Lorenzo y Soria, Eugenio Cascón Martín y Espinosa, Juan Manuel Castañón y Gago, José F. Rodrigo y…; ah, y también los venidos de Villava: Cacho y Feliú, Noguera y Marcelino García Sal (ay, añorado y querido tocayo). ¿Y aquél de allí, con ricitos y pelo claro? ¿Seré yo? Tal vez. Tal vez sea aquel yo que fui entonces.

Sí, me veo ahí, en mi mesa, entre mis compañeros. Ese muchacho ingenuo ignora entonces todo cuanto será después, qué será de su vida. Ignora, por ejemplo, que nunca llegará a ser misionero en El Madre de Dios, ni ardoroso predicador ni profesor de Teología en Salamanca. Ignora incluso que ese Dios en que parece querer creer, será dos o tres años después una entelequia, o a lo sumo un vano empeño por dar sentido a tanto sinsentido. Seres para la nada. Apenas una fosforescencia en el devenir ciego de la filogénesis. Nada más: un breve destello entre dos sombras. Pero mientras dura nuestro destello vivirlo con plenitud y armonía solidaria: una limpia aspiración altruista. Una consciente aceptación de nuestros límites, de nuestra modesta condición de seres humanos…

 Marcelino Iglesias

EL BOTILLO PERCEBERO

EL BOTILLO PERCEBERO

Tras una noticia triste como la muerte de Bernardo no queda otro remedio que poner el contrapunto en este bendito blog nuestro de cada día.

El sábado nos reunimos al reclamo del blog quienes quisimos y pudimos en Magaz de Cepeda, el pueblín de Lalo F. Mayo (y de Manolito y de Tomás) para dar cuenta de los percebes que llegaron de Coruña y del super-botillo de Casa Centeno.

Antes de sentarnos a la mesa recibimos, todos y cada uno, el documento sellado y firmado por la gracia señaladísima de la curia arzobispal mediante la que se nos excusaba de la vigilia cuaresmal con el indulto de la ley de ayuno y abstinencia para ese año, indulto de cuarta clase y en la que se nos fija una limosna de diecinueve euros.

Bula que dice textualmente: "esta bula cubre la ingesta escandalosa de botillos de La Cepeda".

Por lo que absueltos del posible pecado que nos disponíamos a cometer a sabiendas, y ya puestos, fuimos cumpliendo el programa previsto, apertivos de jamonín y cecina con sendas empanadas, los percebes para abrir boca, los reales botillos de casa Centeno, bendita mano la de Fely su santa, las nunca bien ensalzadas patatas de la Cepeda y rematando la faena las natillas con los huevos de Centeno, bueno, de las gallinas de Centeno.

Julito eSe, no hubo Casera, mecagüen...

Y fuimos testigos de la pedida de mano de Ana, la heredera de la Oil Centeno company.

Y chupitos y copas, y cantamos y el acordeón de Justino...y os recordamos y hablamos de muchos de vosotros.

Y así transcurrió un día en la Cepeda, esa tierra donde el silencio es posible. 

En la foto de la portada falta mi hijo Alberto que es quien la hizo. Nos reconoceréis a Manolo Centeno, Martín, Julito Correas, Justino, Josemari, Quique, Lalo, Javivi y Froi Cortés, junto a nuestras santas (Isa, Fely, Rosa, Maica, Lurdes, Laura, Merce y Angelines) y Serel, la hija de Quique.

nuestras "santas"


FALLECE BERNARDO CUESTA

FALLECE BERNARDO CUESTA

La verdad es que no me había enterado. Acabo de recibir este scorreo del pPedro.

Hola, Josemari:

Me doy cuenta de que nos hemos olvidado de Bernardo Cuesta, que ha muerto tempranamente a la edad de 56 años. Fue alumno en la Virgen del Camino desde el año 1968 al 1974 (aproximadamente).


Un tumor cerebral se lo llevó en poco tiempo. Era el Presidente de Acción Verapaz, fundador de la comunidad de dominicos en Babilafuente (Salamanca), profesor de teología en San Esteban. Un gran dominico por su trabajo y por su compromiso con la gente. En dominicos.org y en accionverapaz.ong tienes mucha información sobre él. No sé si te parecerá interesante... Un abrazo. Pedro

 


 

 

Descanse en paz nuestro compañero Bernardo y nuestro pésame sincero para su familia y para su comunidad de Babilafuente y todos nuestros hermanos dominicos.

Os dejo el enlace a la revista de Acción Verapaz.

 http://www.accionverapaz.org/IMG/pdf/AGORA.pdf

Testamento de Bernardo

Doctor esto se acaba. Estecuerpo no aguanta más. Dejemos que lo que tiene quesuceder acontezca. Estoy enpaz. No tengo miedo amorir. Estoy en las manos deDios y acepto la muerte. Laespero.”* “El tiempo de la enfermedadha sido una escuela dondehemos ido aprendiendo lasúltimas lecciones de la vida”.* “Quiero morir con la mismadignidad con la que he procurado vivir.”.* “No tengo pena por lo que nohe hecho. Otros lo harán.”* “He sido feliz. Me he dedicado a lo que me ha gustadoy he procurado vivir y lucharsiempre por los valores en losque creo y que han dadosentido a mi vida.”* “Me siento rodeado del cariño de todos. Y me emociona.”

 

Datos biográficos de Bernardo

Bernardo Cuesta Álvarez nacióen Riofrío de Órbigo el día 20 deagosto de 1954 en una familia larga dehermanos –uno ya fallecido- y hermanas. Una de ellas, Esperanza, es dominica de la Enseña nza de la InmaculadaConcep-ción y ha cuidado noche y díade él durante su enfermedad. Aún vivesu madre, ya mayor y delicada, con laque ha compartido gran parte de estosmeses últimos.

Bernardo estudió el bachilleratoen la Escuela Apostólica de La Virgendel Camino de los Padres Dominicos.

Su noviciado de ingreso en la Orden lorealizó en el convento de S. Pablo dePalencia.

Estudió Filosofía en el InstitutoSuperior de Filosofía de Valladolid.

La Licenciatura en Teología lacursó en la Facultad de S. Esteban deSalamanca, a la que siguió ligado después como profesor de Teología Moral.Y en los años últimos como Secretario.Fue profesor también en la Escuela deTeología. Tiene diversas publicacionesrelacionadas con su materia de Teología Moral. Y ha impartido en Cáritas ydistintas instituciones cursos de formación, charlas y conferencias, dedicadasespecialmente a iluminar desde la Teología el campo de la justicia social y lastareas de solidaridad con los países desfavorecidos.

En diciembre de 1981, con otroscompañeros dominicos, y siendo aúnestudiante de teología, fundó la comunidad Virgen de la Vega de Babilafuente, donde se ordenó sacerdote elaño 1982. En la actualidad era párrocode Villoruela (Salamanca) y capellán delas Madres Trinitarias. En esos pueblosde Las Villas –Babilafuente, Moríñigo,Villoria, Villoruela- ha realizado unagran tarea de animación sociocultural,religiosa y sacerdotal. Y desde ahí hafecundado su estudio de la teología.

Desde su fundación era el Presidente de la ONG Acción VerapazQuintín García Gonzá

LA QUINTA DE LOS SABAÑONES

LA QUINTA DE LOS SABAÑONES

Llegaban a las escuelas de los pueblos, allá por el final de curso, el inspector o la inspectora de enseñanza —visita temida— y un cura o un fraile —visita esperada—.

El señor inspector siempre era un pejiguero. Ponía nervioso al maestro, se empeñaba en que le explicáramos el misterio de la Santísima Trinidad, a sabiendas de que era un misterio, y le gustaban los altares con flores a María del mes de mayo. El cura o el fraile era como los mandos de la legión que captan soldados, hablaba del divino Seminario sin reparar en cosas humanas como el frío o la cantidad de garbanzos que ibas a comer. El maestro le indicaba qué chavales apuntaban maneras, los más espabilados y él, curiosamente, no les preguntaba por Dios, ya tendrían tiempo de conocerlo, y de las tablas prefería las de multiplicar a las de la Ley. Y marchaban con los más listos.

Quedaban felices los padres, que podían mandar al chaval a estudiar. Se llenaron seminarios por toda la provincia: Astorga, Valderas, León... Y se hablaban entonces en León mejor latín que castellano utilizan hoy en los textos de móvil o internet.

Llenaron las iglesias de curas, los institutos de profesores, los parlamentos de socialistas y comunistas, los pueblos de ganaderos que sabían latín...
Era la quinta de los sabañones.

Fulgencio Fernández (La Crónica de León)

CURSO DEL 60

CURSO DEL 60

Daniel Orden nos envía hoy esta fotografía en la que podemos reconocer a Baudilio, a Alberto Acitores y a José Fernando.

Tantos recuerdos...dice Daniel.

EL PRECIO DE LOS PECIOS

EL PRECIO DE LOS PECIOS

A raiz de la publicación en este blog del relato de los pecios de la memoria de Marcelino Iglesias, mi corresponsal Justino ha detectado la circulación por León, capital del reino, de este billete con su efigie, la de Marce, no la de Justino.

Por supuesto que es de fecha anterior a la entrada del Euro y casi coetáneo de los pecios descritos.

Amigos ¿creéis que con este billete de colección podremos pagar a Marcelino el habernos descubierto y confiado sus recuerdos? 

Os anuncio una próxima entrega.

BOTILLO-PERCEBE

BOTILLO-PERCEBE

Como os había anunciado en el blog el pasado día 9 y siguiendo las instrucciones de los organizadores Lalo. F. Mayo el gande y Manolo Centeno, en este momento y hora me veo obligado a cerrar la convocatoria (24 apuntados con margen dos arriba o dos abajo) para la reunión y degustación del BOTILLO-PERCEBE del próximo sábado en Magaz de Cepeda (León).

Para quienes no os habéis apuntado, os detallo la receta-"envidia" que degustaremos acordándonos de todos vosotros. 


Así quedaría el menú:
- Pincho de empanada, mientras nos besamos, nos abrazamos, tomamos asiento, se hacen los percebes y tomamos un vinín.
Nos dice el cocinero que no nos hace tortillas, que ya es mucha comida. 
- LOS PERCEBES de la costa gallega regados con un buen vino blanco, puede que Albariño "Lusco" o incluso una buena cervecita fresquita.
 - BOTILLO de casa Centeno con cachelos, repollo y chorizo, acompañado con un buen tinto PP (Prieto picudo), posiblemente "Peregrino".
- De Postre: Natillas hechas con los huevos de Manolo Centeno, bueno, de sus gallinas.
- Café, chupitos, pan y vino.
- Alka seltzer y a cantar...

 

DE CAMPO EN VILLAMANIN

DE CAMPO EN VILLAMANIN

Al ver esta vieja fotografía de un día de campo en Villamanín que nos envía nuestro compañero Hipólito Fraguas, recordé esa otra que me envió hace tiempo José Manuel "Pitu".


Si os fijáis bien, puede parecernos que ambas fotografías están tomadas desde el mismo punto: delante de las vías del tren en la campa de Villamanín antes de llegar a la orilla del Bernesga.

¿Qué os parece?

¡Cuántos recuerdos de los días de campo!

MIS 61 TACOS

MIS 61 TACOS

Pues sí, he llegado a los 61. Y como quiero que se escriba mucho en este blog, pues os dejo-permito-animo a que me felicitéis por mi LXI cumpleaños. Mi madre me contó que nací en la madrugada del 18 de Febrero de 1951, era un domingo oscuro, una gran nevada cubría los campos que separaban nuestra casa de la avenida de Peregrinos donde nací del centro de León a donde tuvo que acudir raudo mi padre en busca de la matrona. Ambos llegaron cubiertos de nieve y ateridos de frío que, inmediatamente se les quitó al ver a aquella "preciosísima" criatura que venía al mundo bajo el signo de Acuario, y que en años sucesivos no haría otra cosa que trastadas.

Doy gracias Dios por todo lo que tengo y por todos los que me rodeáis, aunque sigo sin ascender.

Y a quien no escriba hoy en el blog le daré un soberano paraguazo.

Y el furriel no engaña. Acabo de cargarme al grandullón de mi izquierda.

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (IV)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (IV)

Espero que Marcelino no se me enfade si dedico esta parte al recuerdo del enfermero bondadoso que yo llamo sanfrayfrancisco.

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (IV) 

 

  • Un enfermero bondadoso y comprensivo
  • Una decisión imprevista: los hilos del destino
  • Confesión y aberración
  • El incienso derramado, la risa contenida del P. Pedro y el rayo fulmíneo del amor

 

Un enfermero bondadoso y comprensivo

Silencio. Extraño silencio roto ahora por una tos persistente, agobiante. Tras la desbandada, quedan solo los enfermos. Una tos, una queja apagada surgida de la fiebre, otra tos un poco más allá. El frío ha irritado las anginas, ha provocado la formación de placas de pus: la fiebre se ha disparado. Y entonces, entresueños, febriles, aprecian el inconfundible frufrú que provoca el haldear de hábitos, el entrechocar de las cuentas del rosario pasillo acá, un ligero carraspeo para hacerse notar (qué delicadeza de espíritu, qué exquisitez de trato, tan distinta a la de algún otro que, sigiloso y emboscado, nos espiaba cada día para pillarnos in fraganti: qué contraste, qué oximoron) y entonces ya sí identifican la voz inconfundible, cariñosa y comprensiva, con su marcado acento gallego:

 

—Cómo estás, ovejo.

 

Y Fray, el bondadoso y paciente enfermero, llevaba su mano a la frente, te ponía el termómetro y acudía a otra camarilla, a ver cómo había pasado la noche otro enfermo, otro postrado en cama. Aquel humanitario fraile no podía sustituir de ningún modo los mimos y cuidados de la madre o de la abuela en situaciones tales, pero seguro que lo recordáis al menos como un paliativo a tan desolado desvalimiento a causa de la fiebre que acentuaba la nostalgia, la carencia de afecto y comprensión…

 

 Una decisión imprevista: los hilos del destino

Hasta que el P. Arruga entró en la escuela de mi pueblo acompañado del maestro, mi contacto con la religión se había limitado al catecismo, a hacer la primera comunión con ocho años, a ir a misa los domingos (no todos) y a confesar, como era preceptivo, por Pascua. No había en mi familia en generaciones ni curas ni monjas. Ni siquiera fui monaguillo. Retrospectivamente, hasta yo mismo, con tales antecedentes —o mejor: con tal falta de antecedentes religiosos— me sorprendo por mi determinación sin fisuras: llegué a casa entusiasmado, se lo conté a mi padre, le mostré el cuadernillo de propaganda con fotos del colegio y, esa misma noche, asumió mi decisión.

 Marcelino, un día de campo en Manzaneda (León)

¿Sabéis qué me impulsó —además de ese hilo misterioso llamado destino— a tomar la decisión? Los campos de fútbol. Y es que entonces yo soñaba —y seguí soñando unos años— con ser futbolista: aunque mi equipo era el Real Gijón —así lo nombrábamos entonces y no Sporting—, qué orgulloso me sentía con mi camiseta del Barça con el número ocho, el de Kubala; una camiseta que me habían traído como regalo los Reyes.

 

El orgullo de Marcelino: su carnet de jugador juvenil de futbol

Así que para mí —supongo que para otros muchos también— llegar aquella tarde de principio de octubre de 1962 cargando con un maletón de aquellos a la portería del colegio fue como aterrizar en planeta extraño. Experimenté por primera vez —de forma intuitiva, sin el apoyo discursivo que ahora, tantos años después, elaboro para contarlo— la necesidad de supervivencia, de adaptación al medio. Y vaya que si me adapté… A la semana —y no creo exagerar— se habían refinado mis modales, había aprendido a comer correctamente con los cubiertos, mi bable de la cuenca se castellanizaba de día en día, los rudimentos de la liturgia comenzaban a serme familiares,  la convivencia con los otros —no sin recelo los primeros días— a ser relativamente normal (mi timidez me impidió siempre ser más abierto, más comunicativo: pero esa es otra historia). Y luego ya las clases, los deportes y, en fin, el periodo de adaptación dio paso a la rutina y su liga viscosa. Y así fueron transcurriendo los meses, los cursos.

 

 

Confesión y aberración

 Como un autómata, me muevo en la penumbra camino de la capilla de la Escuela Menor. Silencio profundo, inquietante.

 

el mosaico del padre ITURGÁIZ recogía todas las miradas

A la entrada, en la parte trasera, en un rincón no lejos del armonio, vislumbro el confesonario. Su sola presencia me provoca un escalofrío; es ese desagrado repulsivo que se suele experimentar ante la visión de ciertos reptiles el que me recorre la piel, me eriza el vello. Y me acordé de mi primera (y traumática) confesión general al poco de instalado en lugar tan imprevisto, tan distinto y tan lejos del ambiente rudo de esforzados y, en general, descreídos mineros (escaldados por la connivencia o, cuando menos, el silencio cómplice del clero —salvo esas honrosas excepciones de siempre— con la persecución y represión cruenta de los derrotados en la guerra) cuyo contacto con la religión se limitaba a acudir solidarios a los funerales de vecinos y familiares, y a blasfemar con Dios y la Virgen como destinatarios preferidos y recurrentes de sus dardos.

en la penumbra del confesonario

Solo en esta penumbra silenciosa, recuerdo con desagrado —grima: esa es la palabra— aquella confesión general, tal vez con motivo de los primeros ejercicios espirituales. Una confesión general con la cara apoyada contra la barba cerda de aquel fraile de papada, coloradote y sudoroso, que resollaba al sonsacarle a un niño de 11 años al detalle los matices de los juegos de iniciación erótica con las niñas, esos inocentes juegos universales —jugar a médicos, por ejemplo— que se hacían escabrosos en sus preguntas intencionadas, en su insistencia en los matices (¿por debajo de la braguita, por encima?).  Aquel confesor de cuyo nombre mejor no acordarse: ¡Cómo se regodeaba con el candor infantil, cómo se le agitaba la voz!, ¡con qué intención trataba de sonsacar hasta el más mínimo detalle de aquellos juegos infantiles entre niños y niñas, esos juegos de siempre; esos juegos eróticos de iniciación en el conocimiento mutuo de los cuerpos, eso tan normal e inocente, convertido en fuente de pecado, en tremenda perversión, en impureza abominable merecedora de castigo! Y, en fin, como no ha sido confesado hasta esta primera confesión general, el asalto de la culpa que te aniquila, que te abate, oh pecador sin saberlo hasta entonces: haber vivido en pecado mortal y cometido sacrilegio cada vez que has comulgado...

Tremendo: qué horror, qué perversión. A veces pienso que en verdad cuantos por allí pasamos hemos sido forjados en la resistencia, que esa forja ha impedido que sucumbiéramos: duros, curtidos en el frío y en el temor; que no haber quedado tocados (o al menos no del todo, no hasta la aniquilación interior) para siempre por el estigma de la culpa nos ha hecho fuertes, curtidos para la vida y sus contratiempos, sus adversidades. Resiliencia le llaman los psicólogos a esa superación de traumas y dificultades.

Escamado por el resuello y el aliento pegajoso de aquel inquisidor de tu intimidad, cambié de confesor. Y puesto a elegir,  quién mejor que el bondadoso viejecito, delicado y comprensivo, aquel fraile de pelo blanco cuyas dos pasiones eran la jardinería y la filatelia (¿Cuántos de nosotros coleccionamos sellos con el venerable P. Fernando? Muchos, ¿verdad?).

 

Y llegado aquí, se me cuelan de rondón, como parte inseparable no sé si de la pesadilla o más propio de comedia bufa, aquellos libros de Monseñor Thiamer Tóth (¿Energía y pureza?) sobre la pureza mancillada y tanta zarandaja antinatural, anticientífica: pureza, abstención, enfermedad y pecado... Cuánta basura intelectual: con lo beneficiosa y saludable que es la masturbación como bien sostiene la literatura médica. Qué bien nos hubiera venido, pienso, un buen “mentífrico” al tiempo que un buen dentífrico: pero para la mente no había en la Procuración una pasta que limpiase tanta estupidez, tanta perversión mental e ideológica.

 

el cesto de recoger los pecados

 

 

 

El incienso derramado, la risa contenida del P. Pedro y el rayo fulmíneo del amor

 

Este pecio fue rescatado (un prolongado flash-back, rememorado con  ternura al recordar al inseguro —y humillado a resultas— adolescente enfrentado a la tarea que se le acababa de encomendar) la noche del reencuentro. Mientras se ultimaban preparativos para la conmemoración en homenaje al P. Torrellas, se filtró como un añico de ese cristal roto que es la memoria. Fue instantáneo, como una revelación: un flamante monaguillo bambolea el incensario con inseguridad manifiesta. Todo parece ir bien: va cogiendo ritmo, cierta soltura incluso. Es un chico nervioso, tímido, muy inseguro. Apenas le ha dado tiempo de improvisar en la sacristía el manejo de aquel artilugio visto tantas veces volteado con pericia por otros monaguillos (Perico como le nombrábamos entonces o Pajarín como le llaman ahora algunos, Ochoa…). Que esté allí de forma imprevista tiene su origen esa misma mañana de otoño, un domingo más que se presentaba insustancial, un domingo que no olvidará nunca. Corría el curso 1964-65. 

A eso de las diez, el P. Pedro entra en el estudio y pide al sorprendido muchacho, que lleva apenas dos meses en la Escuela Mayor, que le siga.

Que se disponga a ir al Santuario, que tiene que hacerse cargo del incensario. Ojos como platos, temblor de piernas, alguna pregunta tímida con voz entrecortada. En fin, no recuerdo la causa por la que el titular del incensario no podía cumplir con su menester.  Y allá va, con el corazón a galope y tembleque en las piernas. Recibe una breve lección —tal vez del P. Llobat— sobre el manejo, función y cometido del incensario. Le instruyen sobre cómo quemar la pastilla de carbón, colocar convenientemente la naveta, accionar la tapa y dejar al descubierto la cucharilla… En la sacristía, claro. Aturdido, sabe que el templo está a rebosar, oye murmullos acallados, deslizarse de pies de quienes siguen entrando y buscan su acomodo. Irrumpen arrolladores ahora los acordes del órgano que impregnan de solemnidad sacra esta representación repetida. Le dan ánimos, que se tranquilice. Recibe la indicación para salir a escena.

Recuerdo borrosamente mi entrada hasta acercarme al lugar que ocupaba el incensario: me temblaban las piernas, la vista se nublaba, la boca era una pastosa tabla… Ya situado, tras arrodillarme, comencé a voltear. Cuando llegó el momento de echar el incienso sobre la galleta de carbón, detuve el incensario e intenté subir la tapa de la naveta, pero, zas, que la muy condenada se me escurre de las manos y cae con estrépito derramando buena parte del incienso. Allí vierais el sofoco del novato, el desear que la tierra se abriese y lo engullera, el tembleque renovado… Sabe que todas las miradas están pendientes de él, que su torpeza está causando hilaridad generalizada… Desde el suelo, mientras recoge los restos del naufragio, cruza su mirada con la del P. Pedro, que oficiaba la misa: este le insta elevando las cejas a que se levante y deje de recoger el incienso y acuda a cederle el incensario, que ya es el momento que marca la liturgia. Se sobrepone, acude al reclamo y con su ayuda vierte el incienso sobre la pastilla y dan cumplimiento al acto de incensar el entorno del altar. Cuando me devuelve el chisme aquel de mi humillación, veo la risa contenida del P. Pedro, una risa que, mirándome fijamente, se resuelve en una sonrisa tierna de comprensión y apoyo. Un  alivio que me dio seguridad y que no he olvidado: de bien nacidos es ser agradecidos, como me enseñó mi güelina.

Fui durante algo más de un año —hasta que di el estirón y el largo del uniforme blanco apenas llegaba a mitad de las espinillas— no digo yo que un virtuoso —aunque mis piruetas hacía cuando no era observado— pero sí un buen monaguillo de incensario: desempeñé con solvencia y sin percances la tarea y gocé de las prebendas que tal oficio conllevaba, una suerte de canonjía: librarme de las tareas mecánicas de limpieza, saltarme el estudio de las mañanas de los domingos previo a la misa, beber los restos de las vinajeras y, sobre todo, escabullirme con precaución clandestina hasta la “Confitería Laiz” a saciar mi adicción a los coquitos y, de paso, en algún rincón apagado a salvo de miradas reprobatorias, apurar algún cigarrillo con delectación y vaga sensación de rebeldía, un difuso malestar de pecado menor, tan sensual y gratificante.

Ser incensario conllevaba además la tarea —conjuntamente con el monaguillo que llevaba la cruz— de pasar banco por banco el cestillo de las limosnas. Los asistentes a la misa solemne de las once —recordaréis— eran en su mayoría familias de León, que acudían asiduamente domingos y fiestas de guardar. Y, claro, venían con sus hijos y, ay, también con sus hijas.

Aquel primer día de humillación pública tuvo, empero, un contrapunto gozoso. Me temblaba el cesto en la mano, el manojo de nervios era una evidencia: la gente me miraba con simpatía compasiva, me sonreían comprensivas las mamás, acallaban risitas burlonas los chicos… En fin, me parecía estar y no estar, como si flotara, y mis pies, que sentía de plomo, fueran llevados por la inercia de la responsabilidad contraída. Y ocurrió el prodigio: puse una vez más mecánicamente el cestillo y entonces sus ojos, verdemar intenso como los de Maruzella, hirieron luminosos mi mirada y me paralizaron —ahora sí: literalmente— un instante atemporal. Desde ese instante, qué turbación sensual, placentera cada domingo: volver a ver a aquella niña de sonrisa dulce y mirada chispeante, aquella muchacha de la que me enamoré y con cuya evocación las noches en la paramera se colorearon de languidez ensoñadora y de suspiros adolescentes apenas contenidos. Desde aquella mañana inolvidable, los días se poblaron de emociones desconocidas hasta entonces y el cine de los domingos tuvo un serio competidor: el volver a ver a aquella niña, el de cruzar nuestras miradas con tímido pudor, llegar a sonreírnos pasado un tiempo, el de decir con los ojos lo que no podíamos expresar con palabras… Y qué terrible desvalimiento algún domingo que no acudió, qué congoja. Y qué desolación cuando entregué el relevo del incensario… No obstante, qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré, y la canción alegre del ayer…

 

CARLOS ROCES CONCHESO - In memoriam

CARLOS ROCES CONCHESO - In memoriam

Tras el fallecimiento de  Carlos Roces Concheso, inolvidable compañero de clase-curso-fila, envié a su hija Sara algunas fotografías de los años de su padre en el Colegio de la Virgen del Camino lamentando no haberle podido "reencontrar" a la vez que me interesaba por conocer algo de su vida.

 Sara, de nuevo os enviamos todo el cariño sincero que conservamos en el recuerdo de vuestro padre. Besos para tu madre y tu hermana Aroa, dos para ti.

Esto es lo que me ha contado.

 


 

Que le puedo contar de mi padre... pues después de acabar el instituto estuvo trabajando en Alemania una temporada en una fábrica de tornillos y cuando volvió, se instaló en Gijón y comenzó a estudiar en la Laboral peritos por la rama de mecánica, especialización en construcción de maquinaria u cuando acabó aprobó unas oposiciones para trabajar en la Junta General, donde transcurrió toda su vida laboral hasta su fallecimiento. Y , bueno, mientras estudiaba, conoció a mi madre y se acabaron casando en el verano de 1987, y al año siguiente nació mi hermana, Aroa y al otro nací yo. Le envío unas fotos actuales de mi padre, para que pueda ponerle cara.

En cuanto a la causa de su muerte, en septiembre de 2010 le diagnosticaron un meningioma, que operaron en marzo del año pasado satisfactoriamente, ya que lo habían limpiado todo y en principio no había quedado ningún resto del tumor, pero resultó ser un meningioma muy agresivo y a finales de agosto del año pasado volvió a aparecer, pero aún mas grave, ya que supuso una afectación cerebral, lo volvieron a operar y quedó bien, pero en su recuperación se sucedieron una serie de complicaciones (cogió hongos en la garganta que le impedían comer, por lo que le pusieron una sonda nasogástrica para poder alimentarlo, con la mala suerte que le perforó un pulmón y le provocó una infección generalizada que le llevó a estar en la UVI con respiración asistida durante tres meses, pero para cuando le dieron de alta de la UVI el tumor había vuelto a reproducirse y debido al estado de debilidad en el que se encontraba no había tratamiento posible que pudiera aguantar, así que le bajaron a planta en el hospital y como nos dijeron los médicos, que sólo lo iban a mantener calmado y sin dolor, que no podían hacerle nada más, así fue.

Fue una larga y dura batalla que no conseguimos ganar, pero siempre tendremos el recuerdo de que fue un gran ejemplo para mi hermana y para mí, de fortaleza y disciplina, así como grandes momentos de diversión en nuestros numerosos viajes, y por supuesto, hasta el final también ha sido un maravilloso marido para mi madre.


Esta foto es de la boda con mi madre



Esta fotografía es de mi graduación (2010)


Un saludo,

Sara

JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

Javivi del Vivigo se ha visto citado en el tercer pecio de Marcelino Iglesias y, en esta mañana de frío y nieve, nos escribe "unos parrafitos" de respuesta.

Nos invita a leer sus reflexiones o a irnos a dar una vuelta. Yo me he quedado con lo primero y después me iré a dar una vueltina.

 

 


 

  JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

 

Me has citado, Marcelino, a propósito de “La vida sale al encuentro”; yo, incontinente verbal cual toro de lidia, salgo a los centros; ya escribió Nebrija hace tiempo que “entre todas las cosas que por experiencia los ombres hallaron: o por reuelacion divina nos fueron demostradas para polir e adornar la vida umana: ninguna otra fue tan necessaria: ni que maiores provechos nos acarreasse: que la invención de las letras” (Antonio de Nebrija: Gramática de la Lengua Castellana, 1492)

Así que voy a hacer uso de las letras, como toro en ruedo o como “umano enredado(r)”. ¡Lo has conseguido! Lo siento, chavales; sentaos a aguantarme o iros a dar una vuelta, que ganareis en salud.

 

 *   *   *   *   *   *   *   *

 D`un temps, d`un pais

Aquí, Marcelino, en portillo de al lado, tenemos par de fotos históricas que Ignacio Manso ha rescatado del olvido y nos ofreció en primicia con el cariño de quienes nos sabemos cómplices de un tiempo y unas experiencias compartidas. Por encima de los protagonistas, el palio. Bajo él, el dictador y señora, el provincial de los dominicos (si Santiago, nuestro particular historiador, lo confirma, ¡claro!), el prior de la Fundación y la parafernalia que acompañaba al dictador en 1963 (¿).

Para mí, todo un símbolo de un tiempo y un país, que cantara Raimon. Aunque amplíes las fotos, no nos verás pero estuvimos también; los vitrales de la fachada dejan ver sólo masas oscuras; entreveo vagamente un bulto blanco; quizá Uría, quizá Torrellas; pero tú, yo y los demás niños estábamos allí, en el coro, llenos de ojos, entonando tal vez el Aleluya de Haendel en homenaje al “huésped”. Todos menos José Ignacio, Perico, Lobo… que andaban junto al altar con el cirio, el incensario y demás adminículos de su oficio.

Los lectores del refectorio.

Por lo demás, nítidos recuerdos los que narras en este tercer capítulo. Pudo haber un  tiempo en que nos turnamos tú y yo como lectores –a tanta precisión no me llega la memoria- mientras los demás comían en silencio, dejándose llevar por Alec Leamas en aquel mundo de espías del Berlín Oriental (¡qué fue del muro, oh señor!) que John Le Carré acababa de publicar en 1963; o por Thor Heyerdhal y la expedición de la Kontiki, en la que navegamos con Viracocha, el dios solar inca, hacia los mares del sur…

Hubo lecturas sobre “urbanidad y buenas maneras” que no estaban de más, supongo, en un colegio privado con ideario -y fantásticas infraestructuras para aquel tiempo- al que confluimos mayoritariamente niños  de “familia humilde” (queda bonito el eufemismo ¿no amigos?), llegados de diferentes pueblos de aquel país que era, además de piramidal y teocrático, rural.

¡Que otros “lectores” y otras mentes privilegiadas nos recuerden otras aventuras en las que los “lectores” nos “embarcaban”, a miles de kilómetros lejos de las rutinas colegiales, mientras tragábamos alubias con sabor a tomillo o arroz con caballa!

Los nuevos curas

Entre las lecturas que nos impactaron no citas, sin embargo, a Michel de Saint Pierre, “Los nuevos curas”. Y es posible que no lo cites porque no llegó a tus manos. O estuvo prohibido o estaba muy mal visto. Si tuviera que poner dueño a aquel libro “clandestino”, yo se lo atribuiría a Julito Correas. En todo caso, si yerro me corregís. Sé que llegó a mis manos “bajo cuerda” y que me lo leí a borbotones.  Aquel debate intelectual entre cura carca y cura progre con laicos entrambos me abrió el horizonte intelectual a nuevas posibilidades.

Y el banal o erótico.  Recuerdo perfectamente hasta el lugar: una camarilla “sin vistas”, según se entraba a la izquierda, primer piso de la Escuela Mayor. Allí leí “Los nuevos curas”; y allí se me “engorilaron” las hormonas de la pubertad ante un capítulo que describía el encuentro sexual entre Sofía, la protagonista laica, y el coadjutor progre, Barré, o el laico algo pendón, Gallart.  No tengo precisión. Pero retuve para siempre en la memoria el relato de aquellos cuerpos, golosos de lujuria, con torso de abundante bello, que erizaron mi espíritu y mi cuerpo, ¡válgame el cielo! sin que me fuera posible resistir –como Aquino con su tizón- mi demonio particular, que me llevó al infierno y a la pena por pecar.

Fíjate, sin embargo, lo que opinaba sobre la novela en cuestión Enrique Miret Magdalena (Triunfo, mayo 1965), un “teólogo laico comprometido” con quien tuve algún contacto a principios de los ochenta: “Una obra que  quizá quiso evitar ciertos peligros, reales o figurados, que su autor creía ver en la práctica pastoral de las nuevas generaciones clericales, ha servido para sembrar la discordia entre fieles católicos.

Michel de Saint Pierre ha conseguido airear definitivamente, a los ojos de todo el mundo, el tema del integrismo y el progresismo. Sin embargo, hay demasiadas personas que utilizan con este motivo ambos nombres sin saber lo que significan”.

Leyendo estos párrafos, pareciera que Miret se decantaba por el tradicionalismo católico, si no recordásemos que hubo una época en la que quienes escribían se autocensuraban antes de vérselas con “la censura”  (con mayúsculas);  había que leer entrelíneas cuando algún progre escribía; máxime si lo hacía en la revista Triunfo y era un “seglar comprometido” como fue Enrique Miret.  ¿Recuerdas –recordais- el tópico?  Si un periódico titulaba “sin novedad en las cuencas mineras” interpretábamos que los mineros habían montado un jaleo y de los gordos.

¡Qué tiempos los sesentas, aún de férreo control franquista sobre la cultura!

Martín Vigil y Karin, una de mis novias platónicas

Sacada de contexto, Marcelino, la frase de Nacho que citas (en “La vida sale al encuentro”) suena a mojigatería, a alcanfor, a hojas muertas. Desde luego, visto con estos ojos de hoy, con la cultura social de hoy, la frase es mojigata y no la libra del vertedero ni el alcanfor.

Pero, por un momento, antes de que nuestras naves vitales naufraguen y no queden de ellas ni pecios, cierra los ojos y navega hasta aquel tiempo y nuestras circunstancias.  Dicho en frase de folclórica actual, que hizo fortuna, “yo, por aquella Karin, ma – to!”.  (Aquí, engalla la voz, alarga la “a”  y enfatiza ambas sílabas, con un silencio en mitad)

Intuyo que tú también.

Adolescente en los sesenta sin “mujer” a quien mirar, si no era a través de los tornos del comedor o en el cine algunos domingos, aquella Karin de ojos rubios (¿”ojos rubios” es un oxímoron, Pitu?), de familia bien y de decentes costumbres católicas era una y trina, como una diosa: virgen, madre y novia. En un secarral de “hembras”, aquellas jovencitas de los libros eran único oasis de unos adolescentes solitarios y llenos de enigmas. Al menos, yo la sentí como oasis intelectual, utópico y reconfortante.

Karin fue la “novia” pura que salió de la pluma de José Luis Martín Vigil, un jesuita “revolucionario” en aquel tiempo, que sabía del “alma juvenil” por su oficio de profesor en colegio bien. Como muchos de vosotros, leí en nuestro colegio, el que tragó la trampa, otro montón de novelas suyas: “Los curas comunistas”, “Una chabola en Bilbao” o “Cierto olor a podrido”, que recuerde.

Los curas comunistas y el chabolismo periurbano durante el franquismo.

“Los curas comunistas” pudo ser la réplica de Martín Vigil a Saint Pierre. En la del jesuita –o ya exjesuita, como matizas- no había sexo ni la historia acababa en secularización o represión eclesiástica. Dibuja un cura obrero equidistante entre el capital y el trabajo, entre la burguesía y el proletariado. Eran muy distintas la sociedad y la cultura española que la francesa en aquel momento: “África empieza en Los Pirineos”, recordad.

Vigil, hábil narrador, buscó su espacio. Y le quedó “apañado”.

Yo  “volví al mundo” en Bilbao; me olvidé de sus novelas, aunque supe, por otros motivos, de sus andanzas por un barrio donde “ejercieron pastoral” un grupo de jesuitas jóvenes con los que Vigil compartió algunas experiencias; de allí surgió “Una chabola en Bilbao”. La mayor parte de aquellos jóvenes “apóstoles” sociales, andando el tiempo, abandonaron la Compañía, acabando sus días por la América revolucionaria, de “curas obreros” o en opciones políticas vascas de izquierda.

Pero “Una chabola en Bilbao” fue un toque serio y público a la opulenta burguesía bilbaína que engordaba sus cuentas corrientes con el hierro y las navieras mientras la periferia se llenaba de chabolas habitadas por inmigrantes venidos del hambre y la ruralidad. Una de las veces que Franco vino a Bilbao (1961), aquel que vimos bajo palio en La Virgen del Camino, contempló las faldas de los montes sembradas de chabolismo y lo mandó quitar, vergüenza torera, levantando todo un barrio que acogió parte de aquellas gentes.

 foto de niños en "Aretamendi", aquel barrio en el que se inspiró para hacer "Una chabola en Bilbao" 

Habían pasado un montón de años, cuando el ayuntamiento bilbaíno nos encargó a mi amigo Joseba y a mí un trabajo histórico sobre barrios periféricos de Bilbao. Uno de ellos, Uretamendi, al que José Luis camufla como Aratamendi en la novela, evidenciando con claridad dónde puso el foco de su relato.

Era el año 2009. Quedé maravillado por la cordialidad con la que aceptó –de buenas a primeras- darnos datos y recuerdos sobre su novela y las fuentes. Me maravilló tanto o más su espíritu de hierro, su clarividencia intelectual y su gana de vivir y de integrarse en las nuevas tecnologías (ordenador, internet…) cuando ya sus manos no le respondían, temblonas de enfermedad.

“Conocí Uretamendi y me puse perdido con su barro y me gané buenos catarros al sentarme unos minutos en el “living-room” de aquellas chabolas para compartir algo con sus moradores”, transcribimos en nuestro libro algunos de sus recuerdos. “Aquello me hizo llevar a los medios la denuncia de que el Gran Bilbao, con su empaque y señorío, lucía, para vergüenza de todos, una corona de espinas…” continuaba.

Finalmente, aunque la noticia pasó inadvertida para el gran público, José Luis Martín Vigil moría en Madrid el 20 de febrero del pasado 2011, por lo que en breve será el primer aniversario de su paso a ese Norte imaginario que nos espera en cuanto nos descuidemos.

 Epitafios para un escritor de “novela social” en tiempos difíciles.

Para ayudarme, Marcelino, a la redacción de este “articulín” he buscado por la red.  Hay alguna literatura de interés. Remarco, en todo caso, dos artículos; uno de Pedro Miguel Lamet, jesuita. El otro, de Luis Antonio de Villena, poeta, ensayista y crítico literario.

Me interesa la opinión de un jesuita, Lamet, sobre una persona, el exjesuita Martín Vigil;  ovetense que luchó en el bando vencedor en la fratricida Guerra del 36, se hizo fraile, se exclaustró y fue rompedor en muchos campos durante aquel franquismo monocolor. Dice esto: Cura más homosexual era una suma explosiva en aquellos años. ¿Fue pederasta? Lo ignoro. Las últimas veces que lo vi iba con jóvenes bien crecidos. En todo caso, en estos días de salidas del armario, nadie condena a Lord Byron, Lorca, Gide o Proust por su orientación homosexual. Más bien todo lo contrario ¿Por qué se quiere enterrar la memoria de Martín Vigil o alinearlo de forma simplista con la literatura de buenos sentimientos de los años cincuenta? Hay lectores que lloraron con ’La vida sale al encuentro’ cuando el hermanito pequeño del personaje principal, en una clara relación de homosexualidad reprimida, muere apretando con la mano una medalla de la Virgen mientras el protagonista explicitaba sus deseos de ser sacerdote. Era más revolucionario de lo que parecía.”


Del texto de Lamet recojo este otro párrafo: En una conversación televisiva con Jesús Torbado afirmó: "Cuando me encasillaron, o me encasillé, en escribir para jóvenes, muchos críticos, sin leerme, piensan que hago un subgénero; eso les ahorra el trabajo de leerme. Yo soy sustancialmente un narrador de historias. Lo que yo quiero llevar a la gente es una historia, el estudio de un problema. El estilo y la técnica que emplee serán para mí, siempre, subsidiarios. Serán aquellos que mejor ayuden al lector a comprender esa historia, a sentir ese problema, a sufrir y a gozar con mis personajes".

Como supongo es sabido, el leonés Jesús Torbado, ganador en 1965 del Premio Alfaguara con “Las corrupciones”, había estudiado en los dominicos y muchos supimos de aquel premio a una novela que describía las mutaciones de un seminarista con vocación hasta el nihilismo existencialista más atroz a través de la opinión algo trentina de algunos de aquellos dominicos, profesores nuestros. ¡Azares de la vida!

Del amplio y jugoso artículo de Luis Antonio de Villena transcribo solamente (¿solamente?) un par de párrafos, que arrojan luz sobre otro aspecto humano del novelista: “…me olvidé del tema “Martín Vigil” (aunque era cada vez más famoso) hasta que un día, al filo de la muerte de Franco –en 1975- entré en un bar gay de Madrid (eran pequeños y discretos, pero los había) y lo vi allí –primera hora de la noche- hablando e invitando a chicos jóvenes que yo conocía. Aquella vez nada dije, pero como su presencia se repetía, les pregunté a los chicos si sabían quién era aquel señor. “Claro –me contestaron- es cura y le llaman “La Perejiles” (Supongo que por la fácil rima Vigil/perejil, sino no lo entiendo.) Y añadieron más: iban a su casa, les hacía algún regalo, pero sólo les pedía que se desnudaran y acariciarlos. Él (les parecía curioso) no se desnudaba. Yo sólo pensé en qué dirían los curas de mi casi olvidado colegio si supieran quién era el autor de su “lectura espiritual”. Algo después me decidí y me acerqué a saludar (en el bar gay) a Martín Vigil. Estuvo cordialísimo y gentil conmigo, dando por hecho –era una evidencia- lo que yo también daba por hecho. Yo había publicado ya algún libro, y creo que tuvo la cortesía de decirme que sabía que yo escribía y que me había leído…

No volví a ver a Martín Vigil (o sólo escasas veces más) en esos sitios. Pero noté que sus novelas habían parcialmente cambiado de rumbo. Ahora –muy al día- le interesaba la juventud lumpen o cheli y sus problemas, entre la homosexualidad y las drogas. El camino se había abierto al parecer con “Sentencia para un menor” y seguía con libros como “La droga es joven” (1978), “Una comuna en Madrid”, “El sexo de los ángeles” (coincidió en el título con Terenci) hasta “Ganimedes en Manhattan” (1988), subtitulada “La condición sexual del joven Townes”. Antes (hacia 1976) Martín Vigil salió en los pudorosos periódicos de la época, denunciado por un menor. Pero el asunto quedó en nada, salvo que la policía halló en su importante casa de la calle Velázquez, “pelucas de mujer”.

En fin. Que José Luis, el jesuita, descanse en paz. Acabo aquí. Dejo las entradas  a Lamet  y Villena, por si no estáis saturados ya de texto. ¡Salud!

http://www.elmundo.es/accesible/elmundo/2012/01/09/cultura/1326124036.html

http://www.luisantoniodevillena.es/noticias/?p=641

 

imagen de un texto publicado por Miret Magdalena en la revista "Triunfo" allá por 1965 sobre "Los nuevos curas".

CARNAVALEROS EN LAS CALDAS

CARNAVALEROS EN LAS CALDAS

Pese a que Ximo López-Ros me dice que son fotografías tomadas en Las Caldas un primero de Mayo, yo las tomo como un auncio-recuerdo de la fiestas carnavaleras que ya se acercan en medio de este frio Febrero.

 


 

 

Qquerido furri:

Mirando en el baul de los recuerdos me he tropezado con estas fotos que son documentos historicos pues se trata de una "manifestacion" de un primero de mayo  que hicimos en las caldas en la que no falta ni el gris de turno.

En la que estamos cuatro reconozco a olano vestido de vasco y a mi con el traje tipico de valenciano. 


En la foto de grupo estamos yo creo que todo el curso  y reconozco a olano, solorzano, yo...Espero que los memoriones de turno identifiquen al resto. 

Como veréis están representados todos lo estamentos de la sociedad incluyendo a nuestros amigos los jesuitas.

Besos y abrazos para todos

ximo lópez-ros

CEREZAS AHORA

CEREZAS AHORA

Nuestro compañero Pedro Trapiello comenta el libro de su hermano Fray José María "IGUAL QUE CEREZAS". Comentario que aparece publicado en la prensa leonesa. PEDRO TRAPIELLO 09/02/2012

Declaro desde aquí que hoy barreré descaradamente para casa, la casa de la sangre, por un lado, y la del viejo solar leonés, por derecho, pues no me privaré de comentar al lector una maravilla recién editada de la que es autor uno de mis hermanos y en la que se hace brotar en cada párrafo una amena catarata de voces y palabrarios antiguos preñados de leonesismos de hermosa resonancia. Es un trabajo instructivo y entretenido se mire por donde se mire.

En este caso el libro no es de Andrés, como es norma, sino de Jose María y presenta por ello algún aspecto inédito, como el hecho de que esta vez no escribe de lo suyo (se limita a obra religiosa), que es fraile de prieta biografía y ocupaciones, que enhebró este genial mosaico de palabras a ratos perdidos y con el primor de un copista miniador... y que jamás hubiera dado este trabajo a imprenta por razones de modestia que nadie entiende (da igual que le riña), así que se lo editamos a traición con la complicidad editorial del «Lobo Sapiens»; no se lo dijimos al autor hasta perpetrado el delito.

Su titula «Igual que cerezas», aunque originalmente se llamó El desván de las palabras (ahora es subtítulo) por coincidir con uno que a su vez estaba escribiendo Andrés por entonces, 2004, El arca de las palabras. Lo curioso es que ninguno de los dos tuvo noticia del trabajo del otro. Curioso. Son de índole distinta, pero los dos se hacen dueños de la mesita de noche. Créeme, dos páginas de estos libros antes de dormir pueblan los sueños de voces de esplendor antiguo y ahuyentan las pesadillas que alimentan los telediarios.

Fray Jose María ha exorcizado un carrao de palabras de su olvido o cuneta y vuelve a hacerlas bailar en la memoria. Quienes la tengan. quienes quieran sentir latidos del viejo hablar de esta tierra o quienes busquen revivir ecos muertos de estantería, verán que hay en este libro hallazgos, maravillas ignoradas o sendas tupidas de evocaciones que hacen cosquillas en el recuerdo.

Pero he de advertir que este libro exigirá una segunda lectura que pedirá a su vez una tercera, porque acabará pensando el lector que no está bien dejar muda tanta riqueza, tanta voz.

Ahora, cerezas. Son de leer.

 

Sinopsis de la Obra:

 

Tiene el lector en sus manos una pequeña y rara joya, todo un cesto de escogidísimas cerezas que eran frutas olvidadas de palabrarios muchas veces perdidos o diccionarios muertos, palabras que se engarzan entre sí y salen prendidas, pastoreando cada cual su pequeño rebaño con los términos que evoca o convoca su significado. Un trabajo ímprobo de orfebrería lingüística y la reanimación de voces mudas hacen que esta obra de José María García Trapiello despierte una viva curiosidad en el profano y, a la vez, un no disimulado interés de los especialistas que, sin duda, encontrarán en estas páginas rastros o claves de una riqueza que exige una mirada emocionada y hasta una rehabilitación en su injusto olvido. Este, en fin, es uno de esos libros que pide una segunda lectura que se hace prólogo de una tercera.

Pedro G. Trapiello

 

MEMORIA DE UN TESTIGO

MEMORIA DE UN TESTIGO

leed hoy el comentario que Ana María Ferrín publica el pasado 27 de enero en su blog GAUDÍ Y MÁS... en contestación a Quique, ex-alumno de nuestro Colegio de la Virgen del Camino.

http://amf2010blog.blogspot.com/2012/01/sobre-subirachs-respuesta-un-ex-alumno.html

 


 

SOBRE SUBIRACHS. RESPUESTA A UN EX-ALUMNO DEL SANTUARIO DE LA VIRGEN DEL CAMINO         

COMENTARIO DE QUIQUE
a la entrada del 24 de Junio de 2011, títulada:
SUBIRACHS: “LOS DE LEÓN FUERON BUENOS TIEMPOS”
                  
                      Refiriéndose al escultor Josep Mª  Subirachs y al fraile Francisco Coello, arquitecto, cuando ambos trabajaban en el Santuario de La Virgen del Camino en los años 1959-1961, Quique escribía lo siguiente el pasado 11 de Enero:
                ...Los recuerdo, jóvenes aún, en aquellos años en que yo estudiaba en La Virgen del Camino. Aquellos ojos saltones o quizás vivarachos de Subirachs y aquella cara esculpida de Coello. Hace dos años estuve en Barcelona viendo La Sagrada Familia, cuando vi la portada de atrás, contraria a la fachada principal, intuí en el Cristo el de la puerta de la Basílica del Camino. Toda la portada me parecía haberla visto en los ojos vivarachos de aquel chico que había visto con el hermano Coello en la Virgen del Camino. Quique


Vitral en La Virgen del Camino con la firma del vitralista G. Loire. 2011 (A.Mª.F.)

MEMORIA DE UN TESTIGO

Publicado en Gaudí y Más. 27 de enero de 2012


RESPUESTA
                    Saludos, Quique. 


                    No lo dudes, las puertas de la Sagrada Familia son deudoras de las de La Virgen del Camino. No es sólo la apreciación personal de cualquier interesado que conozca las dos obras de Josep Mª Subirachs, es que ésa fue también la respuesta del autor cuando se lo pregunté.
                  Siempre me alegra saber de alguno de los antiguos alumnos, a los que llegué buscando testimonios a través del P. Eliseo Rodríguez y de los responsables de vuestra página. Gracias a ellos contacté con Mariano Estrada que tan bien supo condensar en su poema La Huella de los bronces las sensaciones de aquellos chicos viviendo la particular atmósfera que propiciaba su situación. 


                   Esto sucedía entre 2007 y 2008, cuando ya me encontraba al final de mi libro sobre Subirachs después de veinte años de tratarlo, de mis encuentros  en Madrid con el P. Francisco Coello y de entrevistar por teléfono entre otros a nombres como J. F. Arenas y los Padres Jaime R. Lebrato, P. Morán y D. Iturgáiz. Por la intensidad de vuestros recuerdos intuyo lo mucho que aquellos años debieron significar para vosotros. 





Subterráneo de acceso entre el colegio y el Santuario. 2011 (A.Mª.F.)





                         Y es que resulta curioso el poder de evocación, de aclaración de interrogantes, que puede conseguir la visión de un lugar que no conocías y del que te habían hablado. Cuando estuve hace poco en el convento con los frailes del Santuario visité las vitrinas donde aún se guardan los elementos de Ciencias Naturales, los animales y la artesanía enviada desde las Misiones. 


                          Después, al caminar por el larguísimo subterráneo que discurre bajo la carretera por donde los estudiantes accedíais al templo desde el Colegio, y subir los cuatro escalones que te sitúan de un salto frente al mayestático retablo (*) me vinisteis de golpe a la memoria. Porque al salir del túnel y entrar directamente en lo alto del coro frente a una visión tan espectacular, entendí muchas de las cosas que me habíais contado. Testimonios muy sentidos, de los que unos guardaban soledad y tristeza y otros el recuerdo de tiempos muy felices, mucho, como no han vuelto a vivirlos. 


                    Ante aquella imagen gloriosa reforzada por el olor de las velas, la  ceremonia, el rumor de los rezos, pude veros porque vuestras pisadas aún podían oírse. Vi al gran grupo de niños y adolescentes internos rodeados de libros, viviendo las veinticuatro horas entre los compañeros y los profesores lejos de la familia, envueltos por la música del órgano, con la cruz de cristal transparente calentando sus espaldas a través de la gran vidriera. Allí donde en dos pequeños fragmentos, verde y azul, descubrí las firmas del vitralista Gabriel Loire y del pintor Albert Ráfols Casamada. 
  



A su espalda, el gran vitral de Gabriel Loire y Ráfols Casamada.2011 (A.Mª.F.) 

En una esquina de la vidriera las firmas de los dos artistas. 2011 (A.Mª.F.)
                    Quique, seguramente no sabes que a la vez que vosotros, un vecino de La Virgen del Camino de vuestra edad que no estudiaba en el centro y solía acudir con sus padres a la misa del Santuario, me contaba que cuando el órgano empezaba sus acordes y los alumnos unían sus voces en el coro a él le entraba una congoja que lo hacía llorar. La singularidad con que vive cada uno su realidad es una de las riquezas del ser humano. Él vecino sentía envidia de aquellos chicos que él veía como un batallón de privilegiados por observar la iglesia desde las alturas, entre la música y la luz. Mientras, aquellos privilegiados vivían su propia situación de manera diversa, algunos deseando estar en la piel de los asistentes que habían venido por libre en compañía de sus padres. 
                                        
                   En cuanto a lo que cuentas sobre cómo recuerdas los ojos de Subirachs resulta curioso, porque de saltones nada, aunque seguro que sí miraban muy fijos. Por entonces andaba por los 32 o 33 años y vivarachos seguro que lo eran, cuando yo lo conocí él ya tenía 60 años y así lo recuerdo. Y en 2008 aún luchando contra su dolencia y pasando de los 80, cuando se encontraron él y el padre Coello después de casi cincuenta años sin verse, los mirabas a los dos y los ojos azules de ambos seguían chispeando aunque ya cada uno de ellos llevaba a cuestas lo suyo. 




                    Gracias por visitar el blog y por tu comentario. Opino que a veces es bueno dejarse llevar por los recuerdos, así que no dudes en comunicarte cuando gustes.

Ana Mª Ferrin  


(*) El P. Francisco Coello recuerda que cuando vio por primera vez la espectacularidad del retablo, pensó con humildad: -No es que me hayan encargado construir un Santuario en el que dentro irá un retablo, es que me han encargado un Santuario para que guarde en su interior este retablo.
El retablo fue realizado en 1730 por los leoneses Pedro y Alonso de Valladolid y restaurado por primera vez después de tres siglos, en 2009. Antes, las únicas intervenciones que se conocen fueron dos veces en que se le quitó el polvo, en 1995 y en 2003. Según la leyenda, la imagen de la Virgen del Camino que preside el retablo del Santuario y que le da nombre, se le apareció el 2 de julio de 1505 a Alvar Simón Fernández, pastor de Velilla de la Reina, cuando recogía su ganado. Posteriormente y siguiendo las indicaciones del pastor, un escultor anónimo esculpió la pieza entre 1505 y 1512

OJO AL BOTILLO (esto es un llamado) y PERCEBES

OJO AL BOTILLO (esto es un llamado) y PERCEBES

Los botillos colgados de Manolo Centeno ya están en sazón.

 

Aquí arriba, en la foto, bastante oscura en su fondo, pero no en vano la cocina de curar se llama vieja o de humo, se adivinan entre el humo de la cocina cepedana de Manolo Centeno, colgados de los varales y a la espera de que una mano amiga los descienda a una tartera para ser sacrificados en aras de la amistad en torno a una surtida mesa.

Después de la propaganda nacional que le ha hecho Luis del Olmo, seguro que nadie desconoce qué es eso del botillo. Lo refresco por si hubiera algún despistado: Cuando ya has salado los jamones, la cachola y las paletas, has embuchado los lomos, has enchorizado la carne, has dado cuenta de los chichos para hacerle los honores al gorrino, lo que te queda no lo vas a tirar. Del cerdo, ya sabes, hasta los andares. Pues eso, se adoban  los restos de espinazo, rabo y cualquier otra pieza sobrante que tenga algo de carne adherida y se embuten en una tripa gruesa. En la Cepeda lo cuelgan al humo durante varias semanas y cuando llegan los fríos, estos fríos, pues ¡zas! y desaparecen.

Añadiré que en La Cepeda, ese territorio olvidado que ves a la derecha nada más salir de Astorga hacia Galicia, existe un sabio refrán al respecto: "La carne en calceta, que la coma el que la meta".

Compañeros, en este caso ha sido Manolo Centeno el que ha metido la carne en la calceta, y él nos hará los honores y estará allí, claro, así que, por ese lado, la confianza es total. Irán acompañados de la solvente calidad de las patatas cepedanas, de las que en este blog ya se glosaron sobradamente sus excelencias y por eso no considero necesario extenderse en demasía.

 


 

APERITIVOS

Y por aquello de hacer una simbiosis culinaria entre la fría y seca tierra mesetaria, y las húmedas y no menos frías aguas atlánticas, mientras esperamos a que los botillos se asienten un poco en las fuentes, algún entrante (tortilla, chorizo, empanada) no caerá mal.

 


 

COMIDA

Tras los aperitivos trataremos  de acabar con un puñado de percebes gallegos que nos traerá Lalo desde los mares gallegos (de esos "como carallos de home", que son los buenos), si la mar brava hubiera permitido salir a por ellos, y si, en consecuencia, su precio fuera lo suficientemente razonable para los bolsillos cada vez más recortados de los prejubilados.

Y ahora daremos cumplida cuenta de los BOTILLOS de Centeno acompañándolos de berzas y patatas(cachelos) con Chorizo, Repollo, Vino, pan, etc.

 




 

SOBREMESA

postre casero servido a cazo, café y chupito. Cánticos espirituales y control rígido de Bula a todos los asistentes, ya que estamos en Cuaresma (Había que hacerlo un viernes).


 

FECHA Y HORA DE LA CITA

Manolo Centeno, el dueño de los botillos, los descenderá del varal para ser concienzudamente cocinados.

La cita será a las 14 horas del sábado 25 de febrero, con permiso de la autoridad competente. Sólo hay que pedir que no nieve y nos quedemos aislados o haya nevado y no se pueda entrar (consultad al oráculo)


 

LUGAR DE LA CITA

El lugar, la capital administrativa de la comarca, Magaz de Cepeda, el pueblín de Lalo. La mesa estará puesta en lo que fue la antigua escuela del municipio, desde hace años ya inservible para el noble fin para el que fue creada.

No sabemos a cuántos de vosotros animará esta cita carnavalera, pero el número de comensales en torno a la mesa escolar no es infinita, sino más bien limitada, así como limitado es, lo veis en la foto, el número de botillos. Eso sí, por las patatas no hay preocupación.

Si las peticiones son ajustadas al local, perfecto, aunque uno o dos se queden sin botillo. Si las peticiones fueran numerosas y superaran el aforo ampliamente, se busca otro más grande por la zona. Y si solo somos media docena o así, cogemos los botillos, nos veamos a casa de Lalo a La Coruña, nos vamos a recoger percebes y luego nos comemos todo.


 

PARA APUNTARSE

Dos posibilidades:

1ª dejar vuestra reserva en este mismo artículo del blog.

2ª enviarme un correo a la furrielería josemaricortes@telefonica.net indicándome el número de asistentes.

Fecha tope para apuntarse: el lunes día 20.

En Enlaces OTROS os dejo la relación de los apuntados.

 


 

CÓMO LLEGAR A MAGAZ DE CEPEDA (León)

En cuanto a la actividad turística que suele acompañar a estos eventos, no os preocupéis. Una vez comidos podremos regresar a nuestras bases, porque por allí ya no queda nada que ver. Algunas cosas están enterradas (el tesoro del rey Magarzo, entre ellas) y otras se las debieron llevar (¿para Casorvida?), porque en la plana orografía de la comarca apenas destaca algún roble o alguna humilde espadaña. No obstante, para una información amplia y solvente es recomendable seguir la página web <http://guiarte.com> , de nuestro compañero Tomás Álvarez.

Ahí va un enlace: http://www.guiarte.com/la_cepeda/

Quiere decir el párrafo anterior que quienes tengáis que dormir fuera de casa podéis optar entre la capital leonesa o la también muy recomendable noble, leal , benemérita y bimilenaria ciudad de Astorga, donde la oferta hotelera es suficiente para nuestras necesidades, y abundantes las cosas para ver (y llevar en el maletero, de vuelta a casa. Los de Casorvida no se han llevado nada de aquí, doy fé, bastante tienen con que La Cepeda se encuentre en sus alrededores.).

 

Ved esta ruta desde León por la A6. 

 




 

COSTE

Cada comensal sufrirá el siguiente impacto en su bolsillo:

Del precio de los percebes en la minuta será el que nos ponga Lalo , quien me asegura que será poco relevante, porque si en la plaza de La Coruña le pidieran un disparate, les dirá que los devuelvan a las rocas. Pero tiene un par de contactos que espera le sean favorables y podamos disfrutar de ellos. De los percebes, no de los contactos.

Sólo añadir los aperitivos, el vino, el postre, cafeses y chupitos por aquello de que algo tiene que ganar también el cantinero; lo demás corre de cuenta de Manolo Centeno.

Y tras el botillo, comenzaremos la ascética Cuaresma.

MANOLO CENTENO, LALO F. MAYO, y el furriel.

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (III)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (III)

Las lecturas que evoca Marcelino, me han traído a la memoria aquel libro que yo tenía de "meditación espiritual" (¡toma ya!) en aquellas horas que recuerdo tristes y miedosas en la Capilla de la Escuela Mayor: LAS FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO. Me pasé todo el sexto curso leyéndolo y releyéndolo, para ser más exactos, escondido detrás de él.

Todas las semanas forraba las "pastas" con papel diferente para que el P. Cura no se diera cuenta de que siempre "meditaba" con el mismo libro.

Hasta que un día me pescó leyéndolo al revés.

 


 

 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (III) 

  

  • Lecturas en el refectorio: emoción y suspense, con excurso a modo de estrambote
  • Otras lecturas
  • Un misterio y otras asociaciones caprichosas
  • Del Método Perrier al Assimil
  • Contemplando las estrellas
  • Rutina

 

 

Lecturas en el refectorio: emoción y suspense, con excurso a modo de estrambote

 La magra cena tenía al menos la compensación de la lectura de alguna obra memorable, aunque fueran extractos del Reader´s Digest. Nombrado por el P. Torrellas (tal vez para compensar mi frustración por no poder cantar en la Escolanía) fui lector en el refectorio, al menos durante un curso, ya en la Escuela Mayor. Tuve entonces el privilegio de ponerle voz a una novela cuya historia nos impactó en su momento: Matar un ruiseñor de Harper Lee. Y cómo olvidar la emoción y el suspense que nos ponía el P. Torrellas, que jugaba con nosotros y, sabio, nos interrumpía la lectura en el momento más interesante: cuánto ensoñábamos entonces, cuánto tenía que fantasear nuestra imaginación. Aunque nos fastidiaba y lo exteriorizábamos con resoplidos y gestos de protesta, cada noche repetía el corte: esperaba al momento menos oportuno —o más oportuno: según se mire—, de mayor suspense o emoción, para con un gesto al lector y una palmada dar por finalizada la sesión. El P. Torrellas —estaréis conmigo— era un hombre enérgico, vitalista, duro pero con tanto sentido del humor como de la justicia (qué alegría y admiración, qué sorpresa agradable cuando —a mediados o tal vez ya a finales de los años 80— en una entrevista en “La Voz de Asturias”, supe dónde estaba, cómo había dado un paso —humano y político— y se había alineado con los oprimidos, con la revolución sandinista), de ese modo, con la interrupción, acrecentaba nuestra emoción, el interés por la continuidad de la historia.

 

Hubo otras muchas lecturas, de entre ellas guardo especial recuerdo —por su fuerza narrativa, por su poderosa intriga— de El espía que surgió del frío de John Le Carré; y también, salvadas las distancias, convendréis conmigo en cuánto nos divertían las peripecias chuscas y las escaramuzas disparatadas entre don Camilo —qué cura más bruto pero entrañable— y el camarada Peppone, el no menos entrañable alcalde comunista de la obra de Guareschi.

Con menos agrado —seré sincero: con fastidio retrospectivo— recuerdo que en la Escuela Menor, ya al poco de llegar, nos aleccionaron con pasajes y fragmentos de las hagiografías del fundador y su lucha tremenda contra los albigenses (los cátaros o puros), de Santo Tomás, de San Alberto Magno, del entonces todavía beato Fray Martín de Porres, de Santa Rosa de Lima…

De ellas guardo un difuso recuerdo, excepto de una anécdota ejemplar referida a Santo Tomás de Aquino, una anécdota que  siempre rememoro con una sonrisa por la fuerza con que la entonces inquieta imaginación del niño recién aterrizado en un ambiente tan distinto al suyo habitual —en nada próximo a curas o frailes— visualizaba en su imaginación la escena de la prueba a que se ve sometido el de Aquino. El que sería autor de la Summa… era tentado —que se lo quería beneficiar, vamos— por una mala mujer (pero mala, muy mala, que, por lo que se sugería en el relato o fantaseaba la imaginación infantil —o al menos en esta revisión de ahora— debía de estar muy buena, pero que muy buena), a la que el todavía no santo —pero meritorio ya como se puede apreciar en la firme decisión—, tras un fugaz titubeo —ya se sabe que la carne es flaca— resistió el acoso y, con brío y determinación, cogió el atizador de la chimenea y lo agitó en el aire contra la mujer que huyó despavorida.

Por cierto, es sabido que el fundador se dedicó por mandato del papa a intentar convertir por las buenas a los llamados por la ortodoxia herejes albigenses, que luego, ante el fracaso de la misión por método pacífico, serían perseguidos con crueldad y casi exterminados. Sabemos también que la llamada Santa (qué befa) Inquisición estuvo en manos de destacados dominicos… En fin. Pero también está Bartolomé de las Casas, por ejemplo, o el gran Jordano Bruno —quemado en la hoguera por sus ideas— o misioneros admirables como José Álvarez Fernández —Apaktone: papá viejo, para los indios del Alto Amazonas—, me susurra no sé que justiciera voz interior. Ya sé, ya sé: y tantos otros abnegados hombres buenos que vistieron el hábito blanco. ¿Suficiente compensación para tanto horror, tantos siglos?

 

Y un excurso —un estrambote sin duda arriesgado: implica una inequívoca toma de posición ideológica— a propósito —o a despropósito dirá alguno— de la interrogante anterior, para reafirmar lo que vengo manteniendo desde que me rijo por principios basados en criterios puramente humanos (tal vez desde que con los existencialistas comprendí que somos seres para la nada, impulso vital con los días contados, llamas que se extinguen, pero que mientras vivimos nos salvamos por un acto, una elección: la libertad, y, con ella y las luces de la razón, hacer frente al oscurantismo de las palabras huecas sobre consuelos ficticios) y no en otros principios cuya referencia es un ser divino, sea cual sea el nombre que lleve ese presumible ser etéreo: la supremacía de una moral —tal vez la única que merezca llevar tal nombre— cuya referencia sea el bien y la bondad en sí mismos, principios necesarios y suficientes para dar sentido a la existencia. Porque ¿qué mérito tiene procurar el bien y la bondad a cambio —moneda de cambio— de una presumible salvación eterna en un quimérico lugar tras las postrimerías, llámese como se llame ese paraíso? No me puedo reprimir, compañeros: qué limitada —y espuria— la moral que responde a estímulos de premios y castigos; cuánto más limpia y humana aquella que se limita a las cosas de aquí abajo, a procurar vivir en concordia y solidaridad… ¿En verdad necesitamos los humanos a un dios? ¿No es dios —en cualquiera de sus formas y nombres— una creación humana, un constructo, que viene perpetuando tanta barbarie, mentira y engaño?

Así que, cuando oigo hablar y actuar a tantos creyentes confesos, incluida por supuesto la jerarquía —permitidme la boutade—, sus palabras me provocan la siguiente pregunta (retórica, por supuesto): ¿Hacer el bien para a cambio conseguir trocitos de cielo, una suerte de parcelita a plazos o, si soy muy bueno pero que muy bueno, un chalecito? Una moral de mercachifles. En suma: primacía de la filosofía y de la ciencia sobre la teología.

 

 

 

 

 Otras lecturas

 

Allá por tercero, o tal vez ya en cuarto, circuló entre nosotros un libro que fue leído con expectación compartida: El diario de Daniel de Michel Quoist, porque en él se planteaban —de forma un tanto ñoña, la verdad— las dudas, apetencias y temores propios de la adolescencia con que los lectores nos identificábamos. Fue este un libro que, con permiso del director espiritual o del confesor, pasó de mano en mano (casi) libremente por la Escuela Mayor. Por la misma época, muchos de nosotros leímos también el edulcorado, cursi y plagado de trampas sentimentaloides* La vida sale al encuentro del ínclito, ya entonces ex jesuita, Martín Vigil (según acusaciones recientes —así ha aparecido en un diario asturiano—, no tan edificante en su trato con jóvenes, chicas y chicos; lo lamento, Javivi: ya sé que lo conocías y apreciabas).

 

También circuló clandestinamente — ¿os acordáis, compañeros?—  el otro libro de Michel Quoist, el complementario, el correspondiente a las chicas: El diario de Ana María. Y ya aquí sí: la lectura tenía su morbo, su atractivo sensual, dulcemente pecaminoso. Inquietudes, confidencias y pulsiones de una chica: qué fuerte para aquel recinto alambrado, oscurantista, en el que hasta los inocentes juegos infantiles eran censurados (juego de manos, juego de villanos), donde se prohibía formar grupitos, se censuraba exteriorizar cualquier muestra de afecto o de protesta. Creo recordar (y si no que mis compañeros de la irrepetible promoción 62-68 —o en su defecto, de las promociones aledañas— me corrijan) que aquel ejemplar que  iba pasando de mano en mano había sido traído por Cacho, uno de los compañeros recién llegados de Villava.

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*Una muestra ilustrativa: Le habla Nacho, el protagonista, a la chica: “Karin, después de la Virgen y de mi madre, eres la mujer a la que más amo”.

Decidme, compañeros: ¿No os parece de juzgado de guardia o de frenopático? Qué cosas, ¿vedad? Ya sé, ya sé: entonces no lo veíamos así.

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 Un misterio y otras asociaciones caprichosas


Aunque recuerdo perfectamente haber sido lector voraz de una colección de clásicos juveniles con texto e ilustraciones (Mark Twain, Julio Verne, Charles Dickens, Fenimore Cooper…), sigo sin explicarme por qué de otros libros leídos entonces apenas guardo recuerdo, excepto de uno: La campana de Huesca, del político conservador restauracionista Antonio Cánovas del Castillo. ¿Por qué ese libro en principio tan poco atractivo para un adolescente? Sigue siendo para mí un misterio por qué de esa novela (recreación literaria del episodio tremebundo, entre la leyenda y la historia, en que el rey aragonés Ramiro II el Monje se deshizo de varios nobles díscolos decapitándolos) guardo un recuerdo cuasi fotográfico, pero no de los otros que sin duda leería durante esos años. En fin, por uno de esos caprichos de la memoria, tan voluble, me acuerdo hasta de su formato: un ejemplar de una colección de libritos de bolsillo, de tapa dura en piel y papel biblia (¿Crisol?). He llegado a pensar, por tema y autor, si no sería una recomendación del P. Felipe Lanz Yoldi…

 

Y siguiendo por la senda de las asociaciones disparatadas, se me ocurre imaginar la cara circunspecta primero, el ataque de ira después, que hubiera puesto aquel fraile, aunque de trato afable y carácter bonachón, excombatiente y ultraconservador (asiduo lector en clase de francés o de literatura del “Ya” y del “Alcázar”, que extendía ceremonioso sobre su mesa y en cuya lectura se demoraba) si dos o tres años después de haber abandonado yo el colegio me hubiera visto enfrascado en la lectura no de los Evangelios ni de cualquier otra lectura patriótica o religiosa, edificante o pía, sino  de  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Capaz hubiera sido de desabrochar aquel cinturón suyo tan grueso (¿el de capellán requeté de las tropas sublevadas contra la República?) y alejarme con él de su vista a zurriagazo limpio.

 

Del Método Perrier al Assimil

 

A propósito de las clases de francés: ¿os acordáis del cambio que supuso para nosotros pasar del método Perrier —muy bueno sin duda para aprender gramática y para leer y traducir— al Assimil, cuyas lecciones seguíamos en los discos correspondientes? Mais oui, chers enfants de la Paramerá: Avec de la patience on arrive a tout; Sur le pont D´Avignon on y dance on y dance tous en ronde; Bon voyage, monsieur Dumolet, á Saint Malo debarquez sans naufrage; Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé? Me parece que ese método lo introdujo ya en 3º el P. Cura o, en su defecto, el curso siguiente el recién llegado de Oviedo P. Martín, excelente profesor.

 

 

 

Contemplando las estrellas

Unas pisadas quiebran el silencio opaco y espeso de la noche. Recorro ahora el pasillo de las aulas de la Escuela Mayor.

Llego al vestíbulo, mientras subo las escaleras guiado por el destello apagado de los pilotos, comienzo a percibir distantes ronquidos,  decenas de respiraciones descompasadas. Todos duermen; alguna voz dispareja, surgida del sueño, se pierde en la soledad oscura. Toses que se alternan, se suceden, se contrapuntean. Accedo al dormitorio del segundo piso: aquel olor intenso inconfundible me recibe, familiar y entrañable. Aun a oscuras, me muevo con soltura por el pasillo; tal parecería que fue ayer mismo cuando estuve ahí, ocupando esa camarilla con ventanal abatible que da a la recreación y a los campos de deportes.

Ese ventanal desde el que tantas veces, tantas noches, te has quedado embobado, contemplando las estrellas refulgentes titilando sobre la inmensidad oscura del firmamento, ensoñando, sobrevolando la cordillera, recorriendo en mi fantasía lugares de mi aldea añorada, de la aldea en que pasaba las vacaciones de verano con mi bisabuela, mi inolvidable güelina… Un bálsamo recurrente, una suerte de burbuja en que me refugiaba, que me alivió tanta tristeza, tanta pena acumulada, tanto dolor de huérfano…

 

Rutina

 

Pronto amanecerá. El canto de los gallos de la granja así lo anuncia. Si es día lectivo, sonará aquel potente timbre; si festivo o vacacional, nos despertaremos con música. Si el festivo es muy señalado y el periodo litúrgico lo permite, hasta es posible que nos despierten alegres cantos regionales… ¡Todos en pie¡ Vestirse de deporte a la carrera para dar la vuelta a la finca o realizar una tabla de gimnasia en la recreación. Aún puedo verme junto a vosotros, escaleras abajo al galope, despejando las legañas, desprendiéndome de los restos del sueño pegados a la cara.

 

De regreso, sudorosos y fatigados, nos dispondremos a iniciar una jornada más. Irán cayendo según su implacable cadencia mecánica los actos programados: Ducha de agua fría y hacer la cama— misa—refectorio—estudio—clases—recreo y limpieza de espacios comunes (excepto los baños: tal menester delicado para la común higiene estaba encomendado a aquellas dos señoras, Veneranda y Oliva)—clases—refectorio—recreo—clases—deportes— merienda—estudio—rosario…

 

Y llegará la noche, la tremenda noche que nos sume en tristeza apagada; es el cansancio tan proclive a la melancolía, a la muelle dejadez, a la añoranza…Frufrú de ropas que se rozan, de pies que se deslizan monocordes sobre las losas de aquellos pasillos que nos conducen al refectorio. Silencio, cansancio. Cuchicheos, risitas acalladas, y una pregunta que sobrevuela tanto orden, tanto silencio agujereado por la incertidumbre: ¿Qué habrá esta noche para cenar? ¿No será tal vez el horroroso pescado, con su tufo apelmazado, aquellos descoloridos chicharros cuyo olor se disimulaba con vinagre y que provocaban arcadas? Ha habido suerte, respiramos al unísono quienes vamos llegando y no apreciamos el olor. Nos sirve cualquier otro menguado plato. En silencio, roto por algún que otro murmullo, alguna risa acallada, vamos ocupando nuestro lugar en los bancos. Y ahora, sin esfuerzo, me veo allí, sentado a la mesa dispuesta a tal efecto, ante el micrófono, el libro ya abierto por la señal dejada el día anterior, esperando a recibir la orden del P. Torrellas para reiniciar la lectura, dar continuidad a esa historia que nos tiene en vilo desde hace varios días.

Y así un día tras otro, jornadas intensas, repetidas y anudadas como las cuentas de nuestros rosarios…

Todos duermen. Regreso de puntillas, no quiero molestar a nadie, interrumpir su descanso. Mientras desciendo las escaleras hacia el vestíbulo, se me ocurre que he vuelto a esos espacios grabados en los desvanes de la memoria a recuperar esa parte de mi vida apenas vivida: la sensación que me queda, la que experimento al recorrer ese trayecto, es que aquí más que vivir, sobreviví.

       Marcelino Iglesias .     

visita cultural

visita cultural

Nuestro compañero Hipólito Fraguas me ha enviado estas dos fotografías. A mi pregunta, esta es la localización, fecha y lugar, que recuerda. Y espera que algún compañero aclare sus dudas.

 


 

Hola José María

El año de las fotos posiblemente sea 1962. Empezamos en 1957 y por esas  fechas debíamos de estar en el quinto curso, ¿era cuándo teníamos Historia del Arte? tercer año del Colegio Mayor.

Creo recordar que era la visita a algunas iglesias románicas. ¿Nos impartía las clases de historia el padre Ovidio? La memoria ya me falla.

No se a dónde pertenecen las fotos y también me gustaría saberlo. ¿En Sahagún....?  Si insertas las fotos en el blog seguro que hay compañeros que lo saben.

Saludos y un abrazo

EL MONAGO DE GAFAS

EL MONAGO DE GAFAS

que no era otro que nuestro compañero Ignacio Manso, rebuscando rebuscando, mira tú las fotos y los recuerdos  que ha encontrado.


Buenos días José María:

Te mando dos recuerdos que me han aparecido buscando los documentos que no encuentro.

Creo recordar que en los días anteriores a la visita del Caudillo, mientras ensayábamos la ceremonia y los litúrgicos desplazamientos, unos policías de la secreta rastreaban el escenario,  cacheando hasta a los cojines de las sedes del presbiterio.

El monago de gafas que porta el turífero soy yo. No recuerdo el nombre del colega del cirio.

Aunque éramos cuatro los componentes del equipo, Pedro López Llorente y yo componíamos un tándem habitual. Posiblemente Pedro llevaría ese día el incensario porque era el protocolo de las grandes celebraciones.

O témpora , o mores, que dice I. Cicero.

Un abrazo.

Ignacio Manso 

 


  

Nota.- He dejado las dos fotografías en el álbum LOS FRAILES.

EL PALABRARIO LEONÉS

EL PALABRARIO LEONÉS

En la fotografía, Nicolás Miñambres, José Antonio Martínez Reñones y Pedro García Trapiello, en la presentación del libro de José María Gª Trapiello (abajo a la derecha), dominic o y compañero de la gloriosa del 61.. 


Un ambiente distendido, propio de un café literario que tuvo lugar ayer en el Hotel Conde Luna de la capital leonesa, presidió la presentación de un libro realmente singular, que sin duda marca un pequeño hito en la historia de la editorial leonesa Lobo Sapiens. Su autor, el fraile dominico José María García Trapiello, no pudo asistir a la tertulia debido a sus múltiples ocupaciones religiosas como capellán de las monjas dominicas en Santiago de Compostela, pero estuvo muy bien representado porsu hermano, el periodista y escritor Pedro García Trapiello, al que acompañaron en un acto exclusivo para los medios de comunicación por el editor José Antonio Martínez Reñones y por el crítico literario Nicolás Miñambres. 


El editor calificó ‘Igual que cerezas (El desván de las palabras)’ como una obra “para inmensas minorías” asegurando que hasta ahora no ha encontrado en la literatura en español “nada semejante” y que sólo puede hacer una obra de este calibre “alguien con un calado humanista impropio de la época en que estamos y más impropio todavía del futuro que viene”. Para Martínez Reñones “aquí confluye el genio literario que adorna toda la saga Trapiello con la semblanza de un religioso de una profundidad extraordinaria”.


Pedro García Trapiello quiso antes que nada disculpar la ausencia de su hermano José María, el autor de ‘Igual que cerezas’, por su apretada agenda de “retiros, conferencias y las tareas suyas en la capellanía de Belvis y el obispado de Compostela”, para pasar acto seguido a contar la curiosa historia que hay detrás de esta publicación en la que, a ratos perdidos y como simple divertimento, el autor se puso a redactar, “a hacer estos juegos de convocatoria de palabrario muerto o de atavismos lingüísticos que siguen y renacen con todo un fulgor y con una resonancia fascinantes, especialmente lo que se refiere a todo el capítulo de palabrario leonesista que está latiendo a lo largo de todo el relato”, apuntó Trapiello.


El azar quiso que otro hermano escritor, Andrés, también en el año 2004 estuviera haciendo un libro que no solo se asemejaba en contenido sino en el propio título. Mientras el libro de José María se llamaba inicialmente ‘El desván de las palabras’, Andrés, sin tener contacto alguno en el plano literario con su hermano, dio por llamar al suyo ‘El arca de las palabras’. Pedro García Trapiello justificó el cambio de título por el hecho de haberse editado primero el libro de Andrés, con el que ganó el Premio Miguel Delibes, y porque ‘Igual que cerezas’ se asemeja a la técnica que el autor invoca a la hora de desarrollar la sugerencia que le proporciona una palabra. “Esa palabra va arrastrando a tantas a la vez que sale una verdadera catarata en cada una de las entradas y lo ha hecho no como un trabajo de lingüista sino como el trabajo de un curioso que va comentando y va resucitando palabras muertas”, señaló Trapiello, que recordó que de este trabajo José María, dada su “modestia absolutamente delincuente”, había editado tan solo cuatro ejemplares de manera muy artesanal. “Al principio se negó cuando le hicimos la propuesta de editar su libro porque entendía que no formaba parte de lo que es su trayectoria editorial, como se desprende de anteriores publicaciones que versan sobre el esplendor de la vida contemplativa, San Agustín y un tratado sobre el manual de exorcista, ya que este papel es el que le adorna un poco exóticamente, aunque no sustancialmente, en estos momentos en la diócesis de Compostela”, dijo.


Para su hermano, el trabajo de José María García Trapiello en ‘Igual que cerezas’ es“primoroso, de orfebrería lingüística y, sobre todo, un estilo de propuesta de lectura amena para que no parezca el trabajo de un erudito sino que lo pueda leer cualquier gente. Pienso que son páginas para hacer cosquillas en los recuerdos y para lamentar que un patrimonio lingüístico tan singular, único e inédito en el panorama de las lenguas españolas se haya perdido o esté tan avergonzadamente inutilizado por parte de los propios leoneses”, subrayó Trapiello.


El crítico literario Nicolás Miñambres elogió el trabajo de edición llevado a cabo por Lobo Sapiens y ensalzó la figura de Fray José María, como firma en el libro. “Me quedé deslumbrado cuando conocí su currículo no ya erudito sino espiritual”, apuntó Miñambres, para quien el autor no ha manejado apenas bibliografía léxica sino que “une sus recuerdos, sus sentimientos personales, infantiles, las vivencias familiares, lo que oyó contar al padre, al abuelo, su conocimiento, a lo que posteriormente incorpora un significado que él ha ido deduciendo o presuponiendo del léxico leonés”.