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Antiguos alumnos dominicos VIRGEN DEL CAMINO - LEON

COLECCIÓN EL TOMILLAR

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (4º lingotazo - 2ª PARTE))

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (4º lingotazo - 2ª PARTE))

Vamos a ir cerrando este verano entonándonos con el último lingotazo que nos brinda el genio de Javier Cirauqui con sus recuerdos de Villava, esperando ya el primero de La Virgen del Camino (que no tarde).

 


 

LINGOTAZOS DE GASEOSA ARMISEN EN POLVOS, MEZCLADOS CON AGUA DE REGALIZ EN BOTELLICA O GUÍQA O LISTIN DE LAS PÁGINAS BLANCAS Y NEGRAS APOSTÓLICAS EN VARIAS TOMAS.
 
2ª PARTE DEL CUARTO LINGOTAZO Y ÚLTIMO DE VILLAVA.
 
 
Me preparo los ingredientes para mis lingotazos
, Gaseosa Armisen y Agua de Regaliz en botellica, lingotazo Cuarto, Segunda Parte, último de Villava de la que me despido, con todos estos recuerdos que he ido desgranando, durante estos días, mi Villava cercana a Burlada, Atarrabia y Burlata, aunque a veces enemigos, en lo fundamental siempre juntos, siempre vecinos, al igual que Huarte (Uharte). IRU-HERRI, (los tres pueblos). Campaneros, Traperos, Cebolleros.

Puedo decirte, Oloriz, que el nombre de campaneros, procede de una antiquísima fundición de campanas, que hubo en Burlada, y no del tamaño de las campanas de la pequeña iglesia románica , como dije anteriormente, que eran enormes y desproporcionadas, para tan pequeña torre.

Hay quien dice, sin fundamento que este nombre se lo puso Luis de Góngora y Argote, que se hospedó en este Palacio del Arcediano, anteriormente finca de recreo de los Reyes de Navarra, allí nació Leonor, hija de Carlos III, y que no pudo dormir por el repique continuado de las campanas, ya que el palacio y la iglesia eran anexas y la torre estaba en la zona de la habitación de invitados. Creo que lo de la fundición puede ser lo más fiable.
 

Sorbo a sorbo me endiño por el coleto los lingotazos de gaseosa y las txorrotadas de regaliz, y comienzo mi perorata, mi pitxorradica 4ª -bis. Abro la Guía o Listin apostólico y dominicano y marco MANICOMIO. Os dije, en el anterior lingotazo, que existía una enorme relación con el Manicomio, Frenopático o Psiquiátrico San Francisco Javier, pues todos aquellos conventos y el Psiquiátrico se relacionaban entre ellos y los frailes celebraban algunos actos en la Capilla del Psiquiátrico y su director Federico Soto mantenía una enorme amistad con los frailes dominicos. Como bien decía Tirapu, el alumno, hijo del Director del Manicomio se llamaba José Ramón Soto, y no Federico, como yo dije, por proximidad. Cuando yo me salí del Colegio, lo conocí recorriendo Pamplona a lomos de una Vespa.


Los días importantes del Manicomio, con sus celebraciones eran Corpus Cristi, Primer día de Pascua, no sé sí de Pascuas Florida o Pascuas de Pentecostes, o los dos, y San Francisco Javier que era su patrono y mentor, durante estos festejos, por la noche, lanzaban fuegos artificiales, que se veían de la ventana de la cocina de mi casa. En este día de celebración del Psiquiátrico, me inclino por el día de San Francisco Javier, había fiesta en el Colegio y Don Federico y ayudantes comían en el comedor de los frailes y se celebraba un partido de futbol, entre Padres y Alumnos, contra médicos y enfermeros, reforzados por alumnos aventajados futbolísticamente como mi hermano Augusto, Barbería, Sarasa, Elustondo, Rodriguez, Zubillaga, Unzué, Gainza,  Izquieta,Soriano, Imaz, Salvador, algunos de cursos mayores al mío, Pascual, Moyúa, Suescun, Navarro, Tabuenca, Merlo, Mendive y otros del mío como Arrúe Egea, Elustondo, Mendivil, Biurrun, Tobes, Olano, etc., etc. Para la ocasión traían un árbitro internacional y de mucho prestigio, el inigualable "CASITAS", paciente del psiquiátrico, que llevaba al cuello un cronómetro de alta precisión, un despertador de campana programado para que sonara al inicio del partido, final de la primera parte o descanso, inicio de la 2ª parte y final del partido, con el consiguiente susto y sobresalto del réfere, jugadores y espectadores provocando la hilaridad de todos los presentes. Tenía una manera muy peculiar de arbitrar, igualitaria y salomónica, cuando pitaba  la falta a alguno de los equipos, señalaba con el brazo extendido hacia el infractor y si el otro equipo protestaba extendía los dos brazos en plan de espantapájaros. Cuando la cosa se ponía complicada, agarraba el balón con autoridad y lo colocaba en el suelo y con extentoreos toques de pito, decidía con entereza quien ejecutaba la falta; al que protestaba mucho le amonestaba con una posible expulsión y le daba un enérgico aviso.


En aquellos años y en años posteriores se le podía ver a CASITAS por Villava, Burlada y Pamplona y en las villavesas, villavesas que llamábamos cutas, por su enorme tamaño de culo, radiando partidos de futbol, fudamentalmente radiando partidos de Osasuna y era como una goleada andante en audio. Los goles cantados por CASITAS no tenían nada que envidiar a los del speaker angentino, creo, de los interminables goles cantados de estos tiempos.


Algunas veces coincidían en la calle Estafeta, CASITAS Y HOJALATA. El uno radiando partidos y el otro toreando con maestría y tronío, mandando y templando la faena que hacía a su miura imaginario. HOJALATA  era un carbonero que repartía leña y carbón, con un carro de mano grande y en sus últimos años  hacía de paquetero y portamaletas en la Estación de Autobuses. Su nombre le venía por haber trabajado en una trapería, hojalatería. Tenía un rostro duro, aceitunado o acarbonado, cuerpo enjuto, magro y flaco, puro retrato del gran diestro MANOLETE.


Ya que hablamos de partidos de fútbol, abro la Guía o Listín  apostólica y dominicana y marco: DEPORTES EN VILLAVA. Como siempre el deporte rey era el fútbol, recuerdo a padres y alumnos en lucha encarnizada, celebrar partidos diariamente. En alguna foto que mandé anteriormente se ve el campo de fútbol y en sus bancos laterales todas las viejas glorias futbolísticas, que antes cité y las que me olvidé, de aquellos años y aquellos cursos, posando sobre unos bancos de forma ascendente y descendente. Algunos años anteriores, aquel campo de gravilla y arena granulada había visto jugar a las viejas glorias del Congo Belga, Zaire, Katanga, Lumumba, Mobutu, Kasabubu, independizado el 30 de Junio de 1960, que jugaban un juego raso, preciso y medido, con equipaciones, verdes, blancas y rojas y con botas de taco, que eran la envidia de la chavalería de todos los alrededores de Villava. Estos congoleños estudiaban en la Universidad de Navarra y en la Escuela de Peritos de Villava y vivían en Burlada, de ahí que en aquellos años a mi pueblo se le llamara Katanga y poco después, una pintada , en la cuesta Veloso señalaba la siguiete leyenda: "A Jaén 200 metros."


Los domingos se celebraban en  el Colegio partidos del Trofeo Boscos y del "Cali", que atraían a numeroso público de Pamplona, Villava,  Burlada , Huarte y demás pueblos limítrofes. Durante todo el año celebrábamos campeonatos y ligas entre equipos de todos los cursos, y en los que teníamos que participar todos los alumnos, también a balonmano, ya que había dos campos de balonmano que atravesaban el campo grande de futbol. Al fondo siempre mi querido bosque con la gruta de la Virgen dominándolo todo. Cuando no había campeonatos ni liguillas jugabamos todos a mogollón. Algunas veces yo no sabía ni de qué equipo era.


En los laterales del campo de futbol, había unos pasillos, entre plataneros y pinos que dividíamos en parcelas para jugar cinco contra cinco u otros números, partidicos de futbito o futbol tierra-sala a lo bestia. Siempre se nombraban dos capitanes, previo lanzamiento de una moneda al aire, cara o cruz o colocándose uno frente al otro e ir avanzando con el pie, punta tacón, en el último tramo se permitía  el medio pie, colocándolo en horizontal, el que  primero pisaba al otro capitán, elegía, con preferencia, a su compañero de equipo y así sucesivamente. Algunas veces por afinidad y simpatía me querían  elegir a mí de los primeros, pero yo les decía que me dejaran para el último, pues entre mis aficiones preferidas no se encontraba el futbol, así evitaba la bronca y los malos rollos . Al llegar al Colegio de Villava todo el mundo pretendía que yo como hermano de Augusto y Roberto (el hoy fraile agustino recoleto en Changuinola, Bocas de Toro, Panamá) era como ellos un gran jugador de futbol, Augusto portero y Roberto, extremo izquierda. Yo por velocidad y movilidad podía haber jugado bien al futbol, pero no tenía ningún interés, estaba harto de que todo el mundo me mandara pasar en profundidad, me escorara hacia la izquierda o a la derecha, diblara a los contrincantes o me gritaran: "mía, mía, mía..." y si no lo hacía así, se enfadaban conmigo gritándome agresivamente.

Cuando estaba en segundo curso de Villava me sucedió un acontecimiento muy celebrado por todos los presentes y ausentes. Hete aquí, que un día estaba jugando al fútbol algún partido de campeonato con mi equipo correspondiente, lo más probable es que estuviera por el extremo derecho o por el extremo izquierdo y posiblemente en babia o en la estratosfera o en otra galaxia, embebido en mis pensamientos y de pronto sentí que el balón golpeó mi cabeza y en una trayectoria oval se coló por toda la escuadra, por el ángulo izquierdo de la portería contraria , marcando un gol de antología, yo me quedé perplejo y absorto mirando la trayectoria del balón entrando por la esquina. No me enteré de la hazaña que había realizado hasta que mis compañeros me abrazaron efusivamente y me lanzaban vítores de aprobación. Esta noticia de mi hazaña deportiva llegó  hasta la Virgen del Camino y mi hermano y sus amigos, mandaron una carta a Villava en la que me apodaban, FERENC PUSKAS, como aquel inolvidable extremo izquierda, hungaro del Madrid, que tanta gloria dió al futbol español. Durante varios años me siguieron llamando FERENC PUSKAS.


Había también u frontón con una sola pared, en Navarra se llaman rebote y allí se jugaba a mano, mano parejas, paleta y hasta frontenis con pelota de goma, posiblemente verde de calzados El Gorila, que creo vendían en Ayestarán. Casi siempre se jugaba al punto, en el que participaban un montón de gente y era eliminatorio, hasta que quedaban dos y el vencedor sumaba puntos que le permitían permanecer en el fronton aunque perdiera, así hasta que se quedara sin los puntos adquiridos. En ocasiones se jugaban campeonatos de mano individual y parejas, paleta, etc. En el Colegio,  había unos grandes jugadores de cada modalidad. Sobre la pared había un mapa de las MISIONES DOMINICANAS DEL AMAZONAS (PERÚ), La pelota descargaba sus zambombazos sobre URUBAMBA, QUILLABAMBA, CUZCO, MADRE DE DIOS Y PUERTO MALDONADO.


Junto a los columpios, (ZÁMBALAS), había un foso de atletismo, donde entrenábamos con ahinco el triple salto, longitud, altura y hasta pértiga, me imagino que no sería de fibra de carbono, sino de palma. a su lado dos sevás y un campo de balón volea, que bajando su red servía para campo de tenis, donde algún verano jugué con Ros, en él, las raquetas eran suyas. También había , debajo de un pino un juego, que  creo se llamaba cricket o crocket y consistia en pasar una pelota de madera, impulsada por un mazo,  entre unos pequeños arcos o porterias metálicas, completando un recorrido determinado. El foso al que antes aludía, solía estar durísimo y seco y en cada entrenamiento o campeonato-exhibición había que excavarlo con una "ajadica" y peinarlo con el rastrillo, puesto que sino, caer sobre él, era caer sobre el cemento puro y duro.

A mi me encantaba hacer atletismo, tripe salto, longitud y altura y una vez hasta pértiga, pero comprobé que no era lo mío, pues no había manera de soltar la pértiga, en el vuelo, y terminaba cargándome los dos pivotes que sostenían la barra, la barra misma y hasta la pértiga, con el cosecuente peligro para espectadores y participantes. Recuerdo que por aquella época competimos en dos meetines de atletismo, uno en el ESTADIO RUIZ DE ALDA, creo que eran LOS JUEGOS ESCOLARES DE NAVARRA. Obtuve unos buenos resultados, en estos juegos, creo que hasta un primer puesto en triple Salto, o longitud. También participó el Colegio en un velada atlética en el ESTADIO GENERAL MOLA, sito entre los muros de la Ciudadela y concretamente en sus fosos, donde había un frontón, unas piscinas y hasta una hípica en uno de los baluartes recientemente restaurados. El fronton y una pista de tenis estuvo hasta tiempos muy cercanos, en uso, en los glacis que daban a la Vuelta del Castillo.

En el patio de armas de la Ciudadela, me dieron el macuto y otros bartulos, como cantimplora y plato para ir a la mili a Almeria y más tarde a Melilla. He de confesar que con el tiempo perdí la afición al atletismo, pues yo creo que a muchos les crecían las piernas y a mi me menguaban las patas. Cuando llegue a la Virgen del Camino os contaré las consecuencias de esta merma.

Para refrescarnos de tantos sudores, de tanto deporte, abrevemos unos tragos de GASEOSA ARMISEN EN POLVOS Y UNAS TXORROTADAS DE REGALIZ EN BOTELLICA, y para abrir boca paso las páginas blancas y negras dominicanas y apostólicas y marco: DEPORTES DE ALTO RIESGO.


En aquellos tiempos de Villava practicábamos varios deportes de alto riesgo, PATINING IN THE RECREATION O PATINAR EN LA RECREACIÓN, con toda la gente en el centro o subidas en las cajoneras para los zapatos, había dos curvas  peligrosas, la de la capilla y la de la puerta que daba al patio, junto a la baloneria, de la que mi hermano fue balonero, si no dabas la curva con precisión acababas casi incrustado en una de las cajoneras, no sé qué números, o colgado del perchero con  numeración que había encima de ellas. y en el otro lado podías descender arrastrando la rabadilla el culo por las escaleras que daban al patio y comprobar personalmente lo doloroso que era, aquello de pegarte repetidamente en el "güesico" de la risa. Pero tan alto riesgo era patinar, como jugar al ping-pong, a las cartas, parchís, oca, damas o ajedrez en aquellos momentos. A estos dos deporte de alto riesgo se les podía llamar PING-PONG IN EXTREME o DESCENSING OR ASCENDING OF FICHAS CHAISE AND TABLES IN THE AIR. Estos dos deportes eran menos peligrosos que la prima de riesgo, pero daban una sensación de emoción y peligro inconmensurables, casi se llegaba al orgasmo.


Otros de estos deportes podía ser las escaladas a las peñas de Antxoritz, sin piolé, cuerdas, grampones, ni  clavijas, dificultosas y peligrosas pero enormemente gratificantes, o hacer PUENTING en el río Arga, allá en Iroz, junto a la cantera y el puente que soporta el camino o carretera que lleva a Sagaseta. Allí había que atinar y caer en el pozo del rio y no entre las piedras y los cantos rodados. Así mismo en el monte de Villava o estribaciones del Monte Ezcaba, hay un cresterío de rocas dentadas, tipo sierra, que era nuestro rocódromo particular y practicábamos la escalada pura y dura y a pelo. Uno de los años un compañero nuestro, creo se apellidaba Mancebo, se cayó en estas rocas y se golpeó la cabeza. Por mucho que rezamos todos los alumnos de Villava, en la Capilla, nuestro compañero murió al siguiente o a los dos días. con honda pena y dolor para legos, padres y apostólicos.


Retomo el Listin o Guia de las páginas blancas y negras dominicanas y apostólicas y marco CICLISMO, VUELTA A ESPAÑA, CIRCUITO DE PASCUAS. Desde mi tierna infancia he conocido pasar a la VUELTA CICLISTA DE ESPAÑA por Burlada, Villava  o sus alrededores. Recuerdo que nos daban fiesta en la escuela y los colegios y nos ibamos con la merienda hacia la carretera del Manicomio cuando pasaba por allí y no nos faltaba una pequeña botella de gaseosa de las de bolo, al que rodeaba una goma y se incrustaba en el tapón y con un artilugio de metal apoyado en su boca se habría y cerraba a presión , probablemente estas gaseosa serían Oderiz, Lafaja, o Cruz Azul, puesto que La Casera tardó mucho tiempo en implantarse en Navarra, Oderiz fabricaba el sabroso Kyns de Limon y de Naranja.

Con sus chapas jugábamos a ciclistas, empujandolas con los dedo y las uñas sobre una carretera pintada en el suelo, que se estrechaba y se ensanchaba a gusto del consumidor y otras veces securvaba laberínticamente para representar un puerto de alta montaña. Las chapas llevaban nombres: Louison Bobet, Koblet, Kubler, Poblet, Rik Van Looy, Coppi, Bartali, Geminiani, Barrutia, Galdeano, Trueba, San Emeterio, San Miguel, Herrero, Berrendero, Loroño, Bahamontes, (en casa conservo la crónica en latín del Tour, ganado por Federico Martín Bahamontes, en el año, cuando la encuentre os la enviaré...) Anquetil, Charly Gaul, Ocaña, Poulidor, Merck, Echeverría, Orbaiceta, Angelino Soler, Gabica, Perurena, Bernardo Ruiz, Dalmacio Langarica, Delgado.... y al final, por encima de todos Indurain, con los últimos ya no jugábamos a las chapas, y el de mi pueblo Koldo Gil. Un año la vuelta pasó por detrás del Colegio, por la puerta de ORA ET LABORA allí estuvimos todo el colegio de Villava en pleno, unas horas antes, vimos pasar la Caravana publicitaria y recogimos viseras de carton, pay- pais, abanicos, anuncios de Kas, de Cola-Cao, "yo soy aquel negrito del África Tropical que cultivando cantaba la canción del Cola-Cao, lo toma aquel ciclista que es el amo de la pista y si es el boxeador, boxea que es un primor, estos anuncios de cartón, representaban a un ciclista, un boxeador con su contrincante en frente y al negrito sonriente y con los dientes blancos, extirando unas lengüetas colocadas en la parte de abajo, el ciclista movía las piernas y pedaleaba, el boxeador le endiñaba unos golpes a su contricante que lo dejaba K.O., el negrito asía en su mano una taza humeante de Cola Cao y se lo acercaba a sus labios para sorberlo, y también echaban unos comics que cantaban las excelencias de un ambientador y producto para la limpieza llamado OZONOPINO RUYRAM, TANYSOL PARA LOS DIENTES, invento del químico AUXILIO GOÑI, que vivió o nació en Burlada, y luego fue diputado por el tercio familiar y carlista, además de anuncios de JABÓN LAGARTO, CHIMBO y AY, AY... QUE ME SABE A CALISAY.


Al siguiente año subimos a ver la vuelta a Pamplona, la meta estaba en la Avenida Navas de Tolosa, aún no existía el HOTEL DE LOS TRES REYES y sí un estanque con cisnes al comienzo del Bosquecillo de entrada a LA TACONERA. La etapa la ganó François Mahé y se pasaron un largo rato llamando a François Mahé para que se pasase "par l´arrivée", se conoce que hasta el propio corredor francés se había sorprendido al ganar la etapa de Pamplona.


También subíamos todos los años al Circuito de Pascuas que se celebraba el lunes de estas fechas y se corría entre la plaza del Castillo, Carlos III, Plaza del General Mola, confluencia con la Avenida del Generalísimo Franco, y rodeando la fuente luminosa de Oriol Buigas, volvía a Carlos III, Plaza del Castillo. así varias vueltas de eliminación, puntos, persecución y velocidad, aparte de todas las figuras y estrellas del momento, acudió varios años a este certamen MIGUEL POBLET,  (18 de Marzo de 1929)y en los periódicos navarros, El Pensamiento Navarro, Diario de Navarra y Arriba España, comentaba que su dieta para ser campeón de pista y de clásicas como 2 veces vencedor de la Milán- San Remo, etapas en las tres grandes vueltas innumerables carreras más, era comer con asidudidad chorizo de Pamplona. Un año estuvo también Timoner. A veces fuimos a ver circuitos de patinaje, en los tiempos de Primitivo Asenjo y Mendía.


Trago largo de Gaseosa Armisen y txorrotada de agua de regaliz en botellica para refrescar tanto pedaleo y tanto deporte de riesgo y emoción y abro mi Guía Dominicana y apostólica y marco: RADIO POPULAR, P. MARINO ZUGASTI, MATEMÁTICAS DE DIOS. En otros momentos hablaba, que en Villava, la radio formaba parte de nuestras vidas, en principio, como dije los estudios estaban en un cuarto anexo al dormitorio, incluso en Ora et Labora y después pasaron a estar en una caseta estudio entre Ora et Labora y el campo de futbol con una larga antena pintada en blanco y rojo. según el Diario de Navarra en el recorte que nos envió JAVIER MEDARDE, DE EFEMÉRIDES DE HACE 50 AÑOS, subieron los estudios a Pamplona al Convento de  Santo Domingo, y recuerdo una campaña que se hizo por aquellas fechas y en la que colaboramos todos los alumnos, realizando encuestas y suscripciones para Radio Popular. En estas encuestas se preguntaba por los programas favoritos: novelas, música y qué genero, que si rock, clásica, folk, folklore español, jazz, teatro, política. noticias locales, etc. Al mismo tiempo vendíamos por las casas un libro escrito por Rafael Sanchez Guerra (Madrid, 28 de Octubre de 1897 - Villava (Navarra) 2 de abril de 1964). El libro se titulaba "Mi convento". Escribió otro posteriormente llamado: "Cartas a mis nietos". Político republicano, concejal de Madrid, Subsecretario de la República, periodista, preso en varias cárceles después de la guerra, exiliado a la Argentina  y París,  ministro del Gobierno en el Exilio, presidido por José Giral, presidente del Real Madrid, alguien me dijo que los frailes compraban un Diario Marca, exclusivamente para él. De París vino al Convento de los PadresDominicos de Villava, muriendo en esta villa el 2 de abril de 1964 y siendo enterrado en el cementerio de este pueblo como bien nos indicaban las fotografías enviadas por Oloriz a este blog.
 
Cuando nosotros llegamos a Villava el P. Marino Zugasti, realizaba un programa de gran audiencia y éxito en toda Navarra, MATEMÁTICAS DE DIOS, programa y emisión para recolectar fondos para los más necesitados y que comenzaba con la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antón Dvorak. El P. Marino presentaba y describía los casos a solucionar, tanto en lo económico, humanitario, afectivo o solidario e iban llamando los radioyentes para dar sus donativos: colegios, reunión de amigos en los bares, peñas de San Fermín, colegios, parroquias, médicos, enfermeras y trabajadores de los hospitales, taxistas, bomberos, trabajadores de las fábricas, empresarios, familias, niños y sobre todo muchos anónimos. Todos querían colaborar con MATEMÁTICAS DE DIOS. entre tanto se sucedían las actuaciones, joteros, contadores de chistes, grupos musicales, poetas, rondallas, cantautores e imitadores, etc., etc. Todo esto llevado por las riendas magistrales del P. Marino, que era un gran comunicador, dinamizador y showman.

Al principio este programa se emitía desde el Salón de Actos de las Dominicas de Jarauta y más tarde con el fin de ampliar su aforo, desde el Salón de Actos de los Salesianos y hasta desde el Teatro Garraye, con un festival, en la que actuaban grandes estrellas del firmamento artístico navarro. Ante tanto trabajo el P. MARINO,dejó la dirección del Colegio de Villava, que pasó a manos del P. Noceda y se dedicó a la RADIO Y MATEMÁTICAS DE DIOS. En el Colegio nos permitían escuchar el programa, antes de meternos a la cama, en los dormitorios, por aquellos colgantes altavoces que nos despertaban y nos acunaban y arrullaban, a veces con ruidos a la hora de dormir, esos días nos acostábamos muy tarde y el dormitorio era un guirigay de aplausos, gritos y celebraciones. MATEMÁTICAS DE DIOS fue nun hito en la radiofonía navarra. La sociedad navarra de aquellos años se pasaba toda la semana comentando los programas e interesandose cómo iban las cuentas y qué casos se habían solucionado. El año que yo me salí, el P. MARINO impartió unos Ejercicios Espirituales en la Iglesia de Santo Domingo, donde no cabía un alfiler, jóvenes por las escaleras del coro, que siempre olía a húmedo, por el pasillo escalonado que conduce a la Iglesia y hasta por la Plaza de Santiago o del Mercado, trasera del Ayuntamiento. No cabe duda que el P.MARINO ZUGASTI era un agitador de masas, como otros grandes  dominicos en la historia de la Orden.


Pero no quiero olvidarme del P. Torrellas, creando el coro de de Villava, dando Historia y cantando aquello de  "venerabilis barba capuchinorum", "Don Meliton tenía tres gatos y a los tres los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón que viva los gatos de Don Melitón," " Boga Boga marinela...¡¡¡Boga!!! Abcde...abcd...hijklm... Buen menú, señor..,sesos huecos, higados, liebre chateaubriand... Buen provecho tenga usted... etc. Recuerdo se olía en Villava a Vergara y a ochotes de Pepita, Pepita, que me recuerdan al P. Iturbe  de Anzuola y sus tijeretazos en el futbol y a su humanidad y a que la mitad de mi familia vivía en Vergara. Al P. Huarte que nos daba Lengua y Literatura y ya nos inicio en la radio, en algún rosario radiado, algún pequeño guión, grabado en aquellos magnetofones enormes y con cinta marrón y que me enseñó verde verderol endulza la puesta del sol de Juan Ramón Jimenez...
 
Y para final, calmada mi sed con gaseosa y regaliz al uso, busco en la Guía Dominicana: EXCURSIONES, DIAS DE CAMPO Y PASEOS. Si comienzo por excursión recuerdo varias, que hicimos en Villava: LEYRE Y YESA, de la que ya hice una crónica exhaustiva en otra ocasion. Monasterio de San Salvador, San Virila, txori, Santa Nunilo y Alodia, Arangoiti, Yesa y Sangüesa. RONCESVALLES, de la que recuerdo que a la altura de Mezquiriz o Espinal, paramos en un bosque de gorostis (acebos) y con gran sorpresa descubrí que los frailes también mean, de allí y bien meados, nos llevaron hasta Burguete, donde a traves de una verde campa nos encontramos con un pinar y en él unas barracas de madera que dijeron fue el plató donde se rodó la película: "Embajadores en el Infierno", (1956) libro homónimo del Capitán Palacios, con prólogo de Torcuato Luca de Tena y guión y dirección de José María Forqué película sobre la División Azul. Una vez en Roncesvalles visitamos la Colegiata, el ajedrez de Carlomagno, la Capilla de Santiago, El cementerio u osario, Capilla de Sancti Spiritus, el mausoleo de Sancho el Fuerte en la Capilla de San Agustin y de allí a Altobiskar, donde se divisa todo el desfiladero de Luzaide, lugar de la batalla de Roncesvalles, dode los bascones dieron caña a las numerosas huestes de Carlomagno, mandadas por el Obispo Turpin y el Caballero Roldán, que desesperado lanzaba enormes piedras con su honda y según cuentan las leyendas, estas piedras resbalaron en sendas cagarrutas o boñigas de vaca y cayeron una en la plaza de Larrasoaña y otra en la plaza de Urroz Villa.

De allí fuimos a un bosque de hayas, donde había palomeras y pottokas y el P. Torrellas levantó una placa de musgo de un tocón de arbol cortado y apareció un alacrán y nos dijo que en su pinza delantera tenía un veneno que si te picaba te morías al instante. La siguiente excursión pudo ser a Valdizarbe y Valde Goñi, pues de Ilzarbe era el P. Marino Zugasti, en las paredes rocosas  que bordeaban el valle y junto a la carretera que subía a una meseta karstica había cientos de buitres, águilas y quebrantahuesos, una vez arriba nos soltaron por aquel pedregal y como me apretaron las tripas me metí en uno de aquellos agujeros y desde arriba me tiraban piedras y gritaban unos compañeros: "Ando, ando, ando, un hombre cagando". A mí no me enfadó que me tiraran piedras, ni que me pillaran en esa tesitura, sino que me llamaran hombre, pues yo les gritaba: "que no soy un hombre que soy un niño". Desde ese lugar fuimos a Goñi, donde había una placa conmenmorando la primera subida de un coche al pueblo, allí nació Ibarrola, que a su vez era primo de los Elustondos y los Zugastis, todos ellos parientes entre sí. Visitamos la Iglesia nueva y más tarde nos enseñó unas pinturas que habían aparecido en la iglesia vieja, el cura del pueblo. Por estas tierras se localiza el Reino de Pamplona, de cuyo reino era un gran hombre Don Teodosio de Goñi, que llevado por los celos mató a sus padres, pensando que eran su mujer con otro caballero y arrepentido se fue a una cueva de la SIERRA DE ARALAR, a fin de pagar por sus pecados con unas enormes cadenas atadas a sus pies. Al tiempo se le apareció San Miguel y condonado su crimen, se le cayeron las cadenas. Sobre la Sierra  emerge el Santuario románico de San Miguel in Excelsis con un hermosísimo retablo y un pozo de donde, introduciendo la cabeza oyes ulular al demonio, Lucifer, al que San Miguel venció en la Batalla: "¿quién como Dios? - nadie como Dios" Según nos decían se veía  toda Navarra, Pamplona, Tudela y hasta Zaragoza y por el otro lado el Mar Cantábrico. Estas tierras me recuerdan a IÑIGO ARISTA, las DOS HERMANAS, Amagoya y Amaya, Irurzun, Amaya o los vascos del Siglo VII, Navarro Villoslada, etc.


También recuerdo haber visitado en una de estas excursiones, PUENTE LA REINA, iglesia del Cristo, de Santiago, el hermosísimo puente, EUNATE, su iglesia templaria, según dicen, (cien puertas) y de allí pasando por Cirauqui hasta Montejurra e Irache, con su  inigualable monasterio, antigua universidad y hospital de carlistas. De allí a Estella, San Miguel, San Pedro de la Rúa, Santo Sepulcro y como hito las RUINAS DEL CONVENTO DE SANTO DOMINGO DE ESTELLA, que según dicen fundó el propio SANTO DOMINGO, impresionantes ruinas. Visitamos la iglesia semi-derruida, sin tejado, tras algunas nervaturas en pie, se veían las estrellas. Era al atardecer y allí de un olivo que había a los pies del Convento, cogí una rama del olivo, que según me dijeron plantó Santo Domingo, aunque tenía mis dudas esa ramita la guardé durante mucho tiempo. En estas ruinas se construyó un Seminario para legos o hermanos, del que era Maestro el P. Antonino Iturbe. Hoy es la Residencia de Ancianos Santo Domingo.
Sigo con la Guía o Listin apostolico dominicano y marco: DIAS DE CAMPO, estos días eran cuando nos daban suelta desde la mañana hasta el atardecer. Había varias rutas la primera era yendo por Huarte al Valle de Egües, del que Burlada fue Concejo, desperdigándonos por Ibiricu, Elcano y Egües, de los que un dicho rezaba: Ibiricu, Elcano y Egüés, ¿cuál está en medio de los tres? Todo el mundo decía Elcano y según nos dijo JAVIER MEDARDE, en el Encuentro de Villava, había que contestar que ninguno, pues están en triángulo, pero los chicos de Burlada, que éramos "más piores "decíamos: Elcano, tocame el culo con la mano. Solíamos terminar en el Señorío de Elio, que tenía un pequeño palacio, situado en un paraje hermosísimo  por donde, entre árboles discurría un riachelo cantarín. Un poco más arriba de Elío estaba Amocaín, donde cuenta estuvo retirada sirviendo Santa Felicia. De aquí viene la historia de dos hermanos Guillermo y Felicia, de la familia reinante en Aquitania, que emprendieron el Camino de Santiago juntos y que en el trayecto Felicia decide retirarse a servir a Dios y una familia en Amocain en pobreza y humildad. Guillermo se entera y llevado por la ira y el enojo porque Felicia no quiere volver a su lugar de origen la mata y luego arrepentido se retira a la ermita de Arnotegui donde se dedica a la oración y el ayuno muriendo en olor de Santidad. El cuerpo de Santa Felicia es transportado en un burro a Pamplona, pero el animal en lugar de ir a Iruña coge el camino de Aranguren y lo deposita en un lugar llamado Labiano, donde se construyó una basilica para reposo de sus restos. La gente de su alrededor lanza pañuelos hasta su relicario, puesto que es abogada para la remisión del dolor de cabeza.


Además de al Valle de Egües, y atravesando por el Puente de Carlomagno, junto a la Trinidad de Arre, bordeando el Monte Miravalles y por el Camino antiguo de Santiago íbamos a Zabaldica, Virgen de las Nieves, Peñas de Antxoriz, rio Arga, puente y campa de Iroz, camino de Sagaseta donde disfrutábamos junto a un riachuelo y sus árboles. Por aquellos parajes había varias canteras y cuando iban a emplear dinamita tocaban una sirena o trompetilla para aviso de todos los viandantes del entorno.


Otras veces íbamos a Sorauren y Olagüe por Arre y Oricain y nos bañabamos en su playa o dábamos vuelta a San Cristobal por el valle de Juslapeña.


Por último estaban los PASEOS DE LA TARDE, paseos que eran más cercanos y que solían ser los Jueves por la tarde, ibamos por la Trinidad hasta la Playa de Arre y su puente románico, donde Fray Berceruelo pintaba cuadros, también íbamos a la Playa de Oricain, por el camino de Ezcaba, bajar a Azoz y de ahi a Oricain. Pero los más frecuentes paseos eran al monte de Villava o estribacioners del Ezcaba  y sobre todo al Fuerte de San Cristobal ( en la cumbre del Ezcaba), a la que subíamos por el Polvorín, corriendo, saltando y jugando, entrábamos al Fuerte por una sala que estaba derruida y había que pasar por una viga, aún veo al P. Huarte, P. Torrelas, P. Iturbe hacerlo, hasta unas escaleras que daban a unas salas abovedadas, con ventanucos en las que se veían pintadas y escritos de los soldados y hay quien decía que eran de los prisioneros que protagonizaron la famosa Fuga del Fuerte de San Cristobal y que fueron la mayoría masacrados por las cercanía del fuerte y pueblos próximos.

En aquellas salas había unos dispositivos que nuestra imaginación decían que eran suplicios como el gota a gota, el garrote vil y otras lindezas desgarradoras. Al pasar por la puerta del cuartel los soldados gritaban palabras groseras, soeces y yo creo que hasta obscenas, decian algo de penetrar, introducir, o que se yo. A la bajada, nos colocábamos aquellas batas o guardapolvos gris marengo y bajámos la cuesta como si voláramos, al estilo Superman hasta llegar al Colegio, algunas veces, como decía TIRAPU, hacíamos arcos y flechas, espadicas, tirabeques, una buena fecha era cuando podaban los plataneros. Jugábamos al tu-la-llevas, esconderite lerite, tarantantán, txiki-limoki, tarantantán, el que  no se haya escondido tiempo y lugar ha tenido, una dos y tres, que miro ya, o contábamos para otros juegos como tres navios en la mar, el marro, la cadena aquello de pito pito, gorgorito, donde vas tan rebonito a la era pajarera pim- pan fuera. Y así transcurrían nuestros días en Villava.
 
Y para darle ilusión a esta narración quiero recordaros que un día llegó, un mago al Colegio y nos hizo juegos de cartas, magia con la varita y el sombrero, creo que hasta saco pañuelos atados, rompió papeles que se unían y hasta una paloma o un conejo, en el largo estudio de Villava. Siempre me han gustado los magos. Este Gran Mago se llamaba JAMALANDRUKI CHAPICHUSKI, JAMALANDRUKI JAMALAJA y hacía MAGIA POTAGIA TARANTANTAGIA a la voz de ABRA CADABRA, CARA DE CABRA y era hermano de CEBOLLA, trapero y hojalatero de Burlada, puesto que era de Huarte le llemababan Cebolla. Cebolla nos dejaba recoger entre los papeles tebeos viejos de Roberto Alcazar y Pedrín, el TBO TBO, AZAÑAS BÉLICAS, EL JABATO, EL CAPITÁN TRUENO, PUMBY,, FLASH GORDON, SUPERMAN y otros. En estos tiempos tiempos tan feos que nos ha tocado vivir, imploro a la  magia, la ilusión y la  poesía. Unos meses antes de terminar el 2º Curso nos dijeron que nos íbamos a la Virgen del Camino de León.

Lo de las Gaseosa Armisén y el agua en botellica  es un homenaje a mi infancia y a mi madre que siempre nos mandaba al colegio unos paquetes ,a los tres hermanos, con chorizo de Pamplona, leche condensada, chocolate Orbea, cosa buena de la Rotxapea, y una cajica de Gaseosa de Armisén. En mis próximos lingotazos de León os dejaré barra libre a los lectores pero yo seguiré con mi regaliz en botellica y mi Gaseosa Armisén.
 
Y como coda y estranbote os digo: Donde están las llaves matarile-rile,rile rile, dónde estan la llaves matarile rile, rile, dónde están  las llaves  matarile-rileron, que nos vamos de Vilava, que llegamos a León, matarile-rile, rile, matarile-rileron, chispón.
 
Perdona tanta pitxorradica junta, espero no haberme pasado mucho. Con todo mi cariño y amor.

Javier Cirauqui
 



CUADERNO DE LA MEMORIA en formato digital

CUADERNO DE LA MEMORIA en formato digital

destaco, para general conocimiento, el ofrecimiento de Lalo F. Mayo el grande.

 


 

Pues dentro del arca del cristiano cautivo, no lo dice ni la historia ni la leyenda, venía un archivo con el reconocido libro "Cuaderno de la memoria" en formato digital. 

Nada de pesado y anticuado papel, sino un flamante epub que permite leer el libro en cualquiera de los e-reader que por ahí circulan.

 

No estaré en la reunión de Palencia, pero aporto mi granito al evento ofreciendo a quien me lo pida una versión ignífuga del cacho de memoria adolescente que todos fuimos escribiendo en este blog.

El libro, como mantiene las fotos y dibujos del original impreso, pesa más de lo habitual (3,7 megas), así que si tienes un tubo de adsl ancho llegará sin problemas por correo e-mail. Y si no es así, te envío un enlace al Dropbox para que lo bajes de la nube al ritmo de tu router. (Jo, para el párrafo).

 

Pues eso, que quien lo quiera que me lo pida y a vuelta de correo electrónico se lo hago llegar.

Salud. Lalo F.Mayo

 

P/D Ah, mi dirección es lalofmayo@gmail.com

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (4º lingotazo - 1ª PARTE)

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (4º lingotazo - 1ª PARTE)

Amigo Pitu, de moribundo el blog nada monada, solo descansando en vacaciones. Veréis que el querido Javier Cirauqui cumple sus promesas, gracias maestro.

He aquí que nos echa su cuarto "polvo" y último de Villava, parte primera.

Nos había amenazado con ocho tomas de las gaseosa Armisen, y como este ligotazo se le ha subido a la cocorota, para los de Ciencias erxcepto F.Box alargardo, pues va y lo divide en dos partes, para de esta guisa cumplir su promesa y dedicar cuatro a cada Colegio amén de sorprendernos con un sabroso epílogo con el detalle de la excursión por tierras castellanas que hicieron como viaje de estudios de Historia del arte nuestros compis de la no menos gloriosa del 59.

Que disfrutéis este cuarto polvo agosteño.

Continuará.

 


 

LINGOTAZOS DE GASEOSA ARMISÉN EN POLVOS, MEZCLADOS CON AGUA DE REGALIZ EN BOTELLICA O GUÍA Y LISTÍN DE LAS PÁGINAS NEGRAS APOSTÓLICAS EN VARIAS TOMAS.-
 
      CUARTO LINGOTAZO Y ÚLTIMO DE VILLAVA EN DOS PATES.- 1ª PARTE.-

 
De este LINGOTAZO, pensaba escribir solamente una parte, pero no sé si los tragos de gaseosa Armisén y de regaliz en botellica me desatan la lengua y la escritura y en vez de un escribidor para la Televisión de Plasma, me conviente en un escritor para la Televisión Plasta.

Perdonad mi petardada en dos partes que allá va: Entre los tocamientos impuros, punibles o no punibles, colectivos o en solitario, no consentidos por ambas partes, en aquellos tiempos de Villava, tenía la picha hecha un lío, pues si la pureza y la castidad eran como una azucena blanca e inmaculada, no me imaginaba a esta flor de gran tamaño y de penetrante olor brotándome de la entrepierna, ya que me parecía cursi, tierno, hortera y además molesto.


Ahora, en estos tiempos con eso de la prima de riesgo, ibex tocando fondo, bonos del tesoro malvendidos, fondos, rescate, bancos malos, malísimos, calificaciones A+A, calificaciones B+B, calificaciones basura, calificaciones mierda, eres que eres, crisis y recortes de hostias, IBEX-35 rebotando, en definitiva, primas, crisis, recesión y otras chicas del montón, (ALMODOVAR), tengo la picha hecha un lío, dos líos, tres líos y hasta 400.000 líos (CHAVELA VARGAS). Había escrito casualmente estas frases sin ninguna intención y a los días me entero de la muerte de CHAVELA VARGAS y de su enorme amistad con ALMODOVAR y recuerdo aquella frase suya: Las personas aman o no aman. Los que aman lo harán siempre.


Yo, según tengo entendido, he trabajado siempre con personas de bajo umbral o usuarios de alta exclusión y a través  del tiempo,  y en este momento, cualquiera de nosotros puede engrosar las filas de estas miserables calificaciones.
 
Después de este prólogo, después de estas consideraciones, quizás un poco pichorras y sin fundamento, pero que tanto me preocupan, allá va mi siguiente y 4º LINGOTAZO. y vuelvo a abrir mi GUÍA O LISTÍN de las páginas negras y blancas dominicanas y a brindar con GASEOSA ARMISÉN Y AGUA DE REGALIZ, trago largo y con regüeldo incluido, comienzo este lingotazo, último de Villava en dos partes. Lingotazo que espero no os disguste y que podais disfrutar con él. Una vez abierta la GUÍA O LISTÍN, y después de recorrer varias direcciones, tomo  BETANIA, MADRES DOMINICAS y llamo.


En aquel Septiembre de 1959, a los que ingresamos en el Colegio de Villava a realizar el Primer Curso de Bachiller nos llevaron a Betania, sito en el Chalet de Huici y a espaldas de él, en un edificio anexo, allí estaban las  MADRES DOMINICAS, que atendían a frailes, legos y apostólicos, unida al Colegio estaba la COCINA, con sus tornos que se comunicaban con los dos comedores, frailes y legos y apostólicos, estas madres atendían la cocina, la lavandería,  la limpieza etc. y también eran las encargadas de darnos clases en Primero de Bachiller, nuestras profesoras y madres de los alumnos del 1959, fueron Madre Sagrario y Madre Águeda, la primera, que me dió clases a mí , era hermana del Obispo Misionero, Dn. Javier Ariz, de Pamplona, la segunda de León, de Cistierna o sus alrededores.

Pero no puedo olvidar a las monjas que atendían la cocina, la lavandería, la limpieza y su recuerdo lo personifico, en la Madre Encarnación, de la que decíamos: "es más grande que un camión". En cursos posteriores la Madre Sagrario fue sustituida por la Madre Visitación, según creo. Nos daban clases de todas las materias, aún recuerdo que leíamos un libro grande de color crema o sepia, buen papel, mucho peso, posiblemente impreso en los Talleres de Imprenta de Ora et Labora, libro que contaba las Aventuras del APAKTONE Y SUS COMPAÑEROS FRAILES DOMINICOS en las Selvas del Amazonas del Perú, hablaba de URUBAMBA, QUILLABAMBA, PUERTO MALDONADO, CUZCO, MADRE DE DIOS, indios machiguengas, nativos, jagüares, indómita selva, pirañas, flechas, arcos, taparrabos, etc., etc., y nos encendían y preparaban para ir a las misiones más adelante, Las clases de latín, creo, nos las daba algún padre y a veces íbamos al estudio de los mayores y compartíamos, charlas, veladas y televisión. Recuerdo aquellas tardes de domingo, tediosas y lluviosas en que nos juntaban a las dos clases en una, generalmente en la de la Madre Águeda que era la más grande y hacíamos veladas, en las que escenificábamos cosas de esta guisa: "Están dos gitanos en la puerta de la iglesia, y uno de ellos le dice al otro: -mira, primo, mi nombre sale en los Evangelios-, y el otro le contesta: -¡Anda ya, primo, no digas tonterías-. Sí, primo, sí, el Evangelio dice: y nació de Santa María Virgen, y yo me llamo Inacio, ves, primo, como tengo razón-. -Pos es verdad, primo, ojú...ojú...ojú..." En aquellos tiempos , yo escribía poesías onomatopéyicas, din, din, din, dón, don, don; tic tic tic, toc, toc, toc, con muchos diminutivos y rima consonante.


Nuestras Madres de Betania, como dije anteriormente, atendían nuestro comedor y el de los frailes y legos, a los que servían a base de tornos y mandando, por las puertas abiertas, unos carros cargados de platos y cazuelas. Para mí nuestro comedor escondía un enorme secreto, un enorme enigma, algo así como el del Código da Vinci. Me habían informado que sobre la Sagrada Cena de Leonardo, que éste había pintado para el refectorio  del Convento de los P.P. Dominicos de
l Covento de Santa Matria delle Grazie de Milán, pintura encargada por Ludovico el Moro, abrieron una puerta para poder comunicarse con no se que otras dependencias, deteriorando la maravillosa pintura del gran genio del renacimiento, y me dije, pues aquí igual hacen lo mismo y abren una puerta sobre la pintura de la Sagrada Cena, pintada por Fray Berceruelo, que para mí también era sublime, y yo pensaba: "¿encontrarán algún pasadizo?...¿alguna cripta? ...¿qué secretos escondía aquella pared?... Después de una pequeña investigación me di cuenta, ¡oh decepción!, que la puerta hubiera dado a las pequeñas salitas de visita y pasando estas a contemplar en el hall de la portería el CUADRO DE HONOR donde el primer año, yo estaba casi cerrándolo o cerrándolo y como al año siguiente se habían ido los de cuarto curso, ascendí una o dos filas en el ranking de los méritos académicos.


Y hablando del comedor, una vez presencié, alli, una matanza de cutos, cerdos, gochos, marranos, puercos, lechones, sobre su suelo, donde el matarife dé Villava un tal Oloriz, (el carnicero), dio cuenta de unos cuantos ejemplares de esta raza (matatxerri) y los extendieron sobre el suelo y los trocearon y llevaron a la cocina, donde imagino habrían hecho jamones, morcillas, lomos chorizos, etc. etc. Esta ceremonia se realizó en presencia de varias monjas con delantales blancos y el P. Huarte supervisando y tomando nota, pues, segun creo, era el Procurador y llevaba la Procuración o Procuraduría del Colegio de Villava.

Previamente, a los cutos, los afeitaron y acicalaron, al fuego,aplicado sobre sus pieles y cortezas, como si fuera una depilación a la cera, es decir los kiskorriaron, pero a pesar de todo, los callos y el tocino blanco que comíamos seguían teniendo bigotes. Algunas veces estos tocinos y callos los lanzábamos, con pericia, hincados en el tenedor al jardín delantero, pero hete aquí, que un día, pusieron una red o mosquitera o que se yo que, en las ventanas, y los tocinos y callos quedaron colgando como trofeos sobre la red, puesto que los lanzábamos a espaldas y al vacío. Al poco rato vino el padre cuidador y nos castigó a toda la mesa.


Un año, las monjas y los frailes, creo que el Primer Día de Pascuas de Pentecostés, nos llevaron al Colegio de las Madres Dominicas de Jarauta, junto al Museo de Navarra, Cuesta de Santo Domingo, nos dieron la merienda y una palomita de papel cebolla con un dón del Espíritu Santo, no recuerdo que don me correspondió, pero sí recuerdo, como en el patio de las Madres Dominicas, mientras meréndábamos, las alumnas nos provocaban, nos comprometían y lanzaban miradas y risitas cómplices, nosotros los alumnos, la mayoria estábamos anonadados, sonrojados y tímidos. Entonces comprobé que las chicas eran mucho más atrevidas que los chicos. En el salón de actos, despues de un intercambio de canciones, nos echaron una película titulada:"Corazón de Piedra "de fantasía. Las chicas en las filas delanteras y los chicos en las traseras, a algunas de ellas les entró torttículis de tanto mirar hacia atrás.
 
Después de la chapa, que os he metido, refresco mi boca con sorbos de gaseosa Armisén y Regáliz en Botellica, para ponerme a tono y continuar con estos recuerdos de Atarrabia y me echo al coleto una txorrotada de regaliz y un lingotazo de gaseosa Armisén y continúo. Entre las direcciones que me recuerdan estas épocas, encuentro una que dice: IDEARIO, (algo así como los idearios actuales de los colegios), y llamo y me contestan ciertas canciones y gritos que aprendimos en los campamentos, un ideario político para seguir en nuestras vidas, que nada tenía que ver co el ideario que teníamos que seguir en nuestra vida religiosa y dominicana. Un mínimo ejemplo de este ideario, podía ser el que a continuación detallo. ¡ Hay que ver como se quedan grabadas las canciones, poemas,  escritos que aprendimos en nuestra infancia, adolescencia y juventud!


Comienzo con unas frases enigmáticas, crípticas, que lanzabamos en el Campamento de Montejurra, cuando íbamos de marcha, indescifrables como la piedra Rosseta, como ciertos jeroglíficos egipcios o sumerios, decían así:


"Afaisa zaragüelo unta". "Arbitra fonía, amuley tresina".

Me suenan a Guerra de Marruecos, o batallas en el Gurugú o el desastre de Annual. Sigo con mi IDEARIO:
 
La mirada clara, lejos,
y la frente levantada,
voy por rutas imperiales,
caminando hacia Dios...
Quiero levantar mi Patria,
un inmenso afán me empuja,
poesía que promete
exigencia de mi honor...
Montañas nevadas,
banderas al viento,
el alma tranquila,
Yo sabré vencer.
Al cielo se alza
la firme promesa,
hacia las estrellas,
que encienden mi fe.
 
O aquella histórico imperialista y de vuelta a nuestro glorioso pasado:
 
Isabel y Fernando
el espíritu impera,
moriremos besando
la sagrada bandera.
Nuestra España Gloriosa,
nuevamente ha de ser
la nación poderosa,
que jamás dejo de vencer, etc., etc...
 
Nuestro Imperio Español había sido hollado por el asta de un estraño pabellón, y no se podía permitir que los Hijos de la Gran Bretaña o de la pérfida Albión ocuparan nuestro CALPE, que tan gloriosamente defendió Guzmán el Bueno, aquel de que si no te gusta León, allí tienes la estación, la avanzada de nuestra nación, punta amada de todo español, GIBRALTAR.
 
Gibraltar, Gibraltar,
avanzada de nuestra nación.
Gibraltar, Gibraltar,
punta amada del pueblo español...
A mi patria le robaron
tierra hispana del Peñón
y su suelo fue hollado,
con el asta de un estraño pabellón....
... y por todos los confines
se oye el grito de que seas español.
¡Adelante por España!
que si en Rusia  ya triunfó mi división,
no es bastante nuestra hazaña,
si es inglesa la bandera del Peñón.
 
En aquellos años de aislamiento internacional, de autismo, se reivindicaba Gibraltar, para levantar los ánimos patrios y espantar la soledad en que se encontraba el régimen franquista, Franco y Castiella pedían su devolución a España y hubo montones de canciones como esta y hasta José Luis y su guitarra nos encendían y animaban patrióticamente a la reconquista de Gibraltar, con aquella su canción que decía: Esta es la verdad, toda la verdad, la pura verdad sobre Gibraltar... y seguía enumerando las razones de nuestra propiedad...

Al final cerraron la verja, en el año 1969 y nos inundaron de sellos para paliar los grandes problemas económicos que originó esta decisión en el Campo de Gibraltar, hasta hicieron un hermoso parque, en la Linea de la Concepción, para que vieran los llanitos y su Graciosa Majestad Inglesa, qué bien vivíamos en España. Al poco tiempo se llevaron los barrotes, que rodeaban este parque. (yo ya estaba fuera de Villava y León, me salí en el 1965).


Este ideario nos aconsejaba como llevar nuestra vida normal, nuestra alimentación y hasta nuestra diversión:
 
Con el pacto americano
ya no  hay nada que temer,
tomaremos coca-cola,
en vez de tomar café.
Con el pacto americano,
yo me electrificaré
y si la ayuda persiste
una Remington traeré. (Los más osados decían: a Rita Haywort traeré, La Gilda de la película que dió nombre a los famosos pintxos de San Sebastián, las gildas, inventados por el Bar Vallés, oriundos de Olite (Navarra), y otras cosas que me callaré...)
 
Menos leche, menos queso,
menos chicle y menos té,
que la juventud española,
seguirá con el café
 
Debo confesar que una de mis chucherías, dulces,golosinas favoritas eras los chicles BAZOOKA, CHEWING DOUGLAS, y hacer globos y hacer bragas; es decir agarrar con los dientes el chicle masticado y con dos dedos extenderlo y fabricar un triángulo, que si salía con agujeros eran las bragas del diablo y si salían sin rotos eran las bragas de la Virgen.


Eso del Pacto Americano ocurrió cuando España era autárquica y nadie la reconocía. En los años 1953 y 1955 se firmaron estos pactos con Estados Unidos y en 1959 nos visitó Ike Eisenhower, presidente de U.S.A.  que vino a refrendarlos y a colocarnos las bases de Rota, Morón, Torrejón y Zaragoza.


Del Plan Marshall , solo, nos tocó la leche en polvo, el queso, queso amarillo en lata de latón amarillo dorado y una carne como de mortadela, chopped, creo se llamaba, que nos daban en las escuelas y los colegios y que repartían en la Parroquia de Burlada, para las familias más necesitadas, y que a mi hermano Roberto,(el fraile) y a mí nos mandaban ir a recoger a las Escuelas Vazquez de Mella de Pamplona, sitas en la Calle Olite, con un carrico, cuesta Beloso arriba cuesta Beloso abajo.


Pero el mayor recuerdo de los pactos americanos y del Plan Marshall fue por la película de BERLANGA, BIENVENIDO MR. MARSHALL, guionistas JOSE ANTONIO BARDEM, MIGUEL MIHURA con PEPE ISBERT, con PACO MORÁN, con LOLITA SEVILLA, con todo el pueblo disfrazado de flamencos, cantando aquello de :"AMERICANOS OS RECIBIMOS CON ALEGRÍA", cuya letra completa decía así:
 
Los yanquis han venido,
olé salero, con mil regalos
y a las niñas bonitas
van a obsequiarlas con aeroplanos,
con aeroplanos de chorro
que corta el aire,
y tambien rascacielos
bien conservados en frigidaire.
 
ESTRIBILLO.-
 
Americanos,
vienen a España
guapos y sanos.
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia
y Michigan,
y viva Texas que no está mal,
olé, mi madre,
olé mi suegra
y olé mi tía
 
El plan Marshall nos llega,
del extranjero pa nuestro avío
y con tantos parneses,
va a echar buen pelo,
Villar del Río.
Traerán divisas, pa quien toree
mejor corría,
y medías y camisas,
pa las mocitas más presumías.
 
Son dignas de recordar las palabras del alcalde: "Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo os la voy a pagar". Así como genial es, aquella larga fila de peticionarios expresando sus deseos al secretario, en la la que alguien susurra al oido de éste, que se cumplan sus sueños eróticos y por sus sonrisa se traduce en que vengan putas al pueblo. Fracaso de este Plan Marshall español y castizo, que ni siquiera se detuvo en el pueblo Villar del Río, ficción de Guadalix de la Sierra. Que hasta generó una protesta del embajador por la imagen de una banderita americana pisada y maltrecha bajando por una acequia del pueblo.


Película que vimos varias veces en el Cine Parroquial de Villava, lugar que era nuestro Cinema Paradiso, donde los lunes o algún otro día, entre semana nos echaban películas, que sábados y domingos habían pasado a los vecinos de Villava. Allí vimos muchas películas como: "Mi tío Jacinto, 1956, Ladislao Vajda, con Pablito Calvo, Balarrasa, Nieves Conde, 1951, con Fernando Fernan Gomez, el Cochecito de Marco Ferreri, 1960, con Pepe Isbert, Marcelino Pan y vino, de Ladislao Vajda, 1955, novela de José María Sanchez Silva, también con Pablito Calvo, alguna de Marisol, alguna de Joselito, Siete Novias para Siete Hermanos, Stanley Donen, 1954, una especie de rapto de las Sabinas en el Oeste, que si luego mal no recuerdo traducimos del latín de Ab urbe condita de Tito Livio, Yuma, Samuel Fuller, 1957, con Sara Montiel y hasta una de Jorge Negrete, subido en su caballo cantando Mexico lindo y querido. Estas películas las comentábamos sin parar, quitándonos la palabra unos a otros, durante toda la semana, pero una de las películas mas comentada y jaleada fue Bienvenido Mr. Marshall. Preferíamos las extranjeras y las americanas a las españoladas, era tónica general, las del Oeste a las de amor y sobre todo las de aventuras y espadicas o de gansters. otras veces cortos de Charlot, Buster Keaton y el Gordo y el Flaco. A veces nos echaban sólo nodos y eran una pesadez, pero la cosa era ir al cine. Cine en Thecnicolor y Cinemascope.
 
Pero a mí, lo que más me intrigaba de todo este IDEARIO, era qué pintaban los almogáraves en toda aquella historia, unos señores guerreros y marinos que al llegar a Alicante y no tener nada más que reconquistar, al mando de Roger de Flor, desde Aragón y Cataluña se fueron a tierras turcas, Sicilia, Constantinopla y hasta Asia Menor. Vamos la releche en verso:


¡Desperta ferro, la espada junto al labio!
¡Desperta ferro, la espada cara al sol!
Soy  almogaravar y soy doncel de España
es mi camino la senda del honor.
 
Y como colofón ahi va mi apostilla a tal IDEARIO:
 
Toma, toma, toma y toma,
ideario recojón.
Ningún desperdicio tiene,
no pretendo yo asustaros,
esta no era mi intención,
mientras tanto dictadura,
sobresalto, represión,
Yo también en el momento,
improviso mi canción.
 
Creo que los que  habeis llegado a este punto, podeis declararos héroes de película y para disculpar tamaña tabarra y tal cúmulo de pichorradicas brindemos con gaseosa Armisén en polvos y desgustemos un fino regaliz mezclado con agua en botellica, que dicen es digestivo.


Una vez que termine la segunda parte del Cuarto Lingotazo y me adentre en la Virgen del Camino, espero asentar mi culo y como ya tendré de 13 años hasta 17 años, habré amueblado la cabeza y serán más sensatos mis LINGOTAZOS.
 
Un abrazo, con mucho cariño.

Javier Cirauqui.
 



LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (3º lingotazo)

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (3º lingotazo)

¡AQUÍ ESTOOOOOOY!

 

LINGOTAZOS DE GASEOSA ARMISEN EN POLVOS, MEZCLADOS CON AGUA DE REGALIZ EN BOTELLICA O GUÍA Y LISTÍN DE LAS PÁGINAS BLANCAS Y NEGRAS APOSTÓLICAS EN VARIAS TOMAS.-

 
 
 
    3º LINGOTAZO.-
 
 
Después de pasar un largo tiempo, vuelvo con mis lingotazos, mi tercer lingotazo. Aunque alguno de vosotros llamara al silencio, a la "melodía del silencio., medio siglo más tarde tocada por una niña que sopla como los ángeles. Entre tanto ruido mediático, entre tanta farándula política, entre tanto quirigay en este  blog de los recuerdos recuperados..."


Al fin y al cabo este silencio me recuerda, quiera o no quiera, a los silencios militares que tantas veces escuché en la "mili", Almería y Melilla y durante mi estancia en los dominicos, en el Campamento de la Ulzama, y en Villamanín y la Vecilla, allí en León. Prefiero otros silencios más silenciosos.


Por lo tanto, Javivi, he hecho caso a tu llamada al silencio y he permanecido callado durante algún tiempo para no aumentar tanto ruido mediático, aunque por mucho que me empeñe algunos obispos solo quiero verles en "Con faldas y a lo loco" o  en "Obispos a la carrera". ( Espero no molestar a nadie con esta cita), y en cuanto a la farándula política, quiera o no quiera, como a todos, sólo me queda sufrir y vivir sus consecuencias dolorosamente, cada vez más dolorosamente, en mi trabajo y en mi vida... No obstante seguiremos quejándonos, seguiremos molestando, reivindicando y manifestándonos.


Hoy he subido a Pamplona, era el día del niño y he visto bailar a los Gigantes de Pamplona, a los kilikis, zaldikos, Patata y Napoleón, de los cuales se vivía su centenario y en especial al "Cara Vinagre", protagonista del cartel de los Sanfermines y he gritado con todos los niños, niñas, padres, madres, abuelos y abuelas: Aki-kilikiki con el palo no, con la verga si...."

Pero  lo que más me ha colmado y para acallar mis remordimientos de divertirme tanto en el día de la llegada de la Marcha de los Mineros a Madrid, cuando tomaba unos potes por la Calle de la Estafeta y alrededores, la gente recordaba a los mineros y cantaba: "Santa Bárbara Bendita patrona de los mineros"... y lanzaba gritos de apoyo. Hoy espero que en la corrida de toros se les recuerde... Me gusta la solidaridad con ellos.

Como casi siempre uno es el momento en el que escribo y otro cuando lo termino, pues a veces me cuestan lustros y lustros de días, (hay que ver que lustre da escribir lustro, ilustra mucho). Los mineros fueron recibidos magnificamente por el pueblo y a palos por el Gobierno y al día siguiente, para no ser menos, se decretan recortes brutales, que nos dan por culo en tres tiempos y con reclamo,, y en cada tiempo, nuevo ajuste, causan mucho más dolor y miseria. ¡Qué manera de joderme los Sanfermines, (osease la vida).


Siento, Javivi, volver a contribuir al guirigay en este blog de los recuerdos recuperados con este 3ª LINGOTAZOs y otros muchos más que he prometido. Perdón por romper el silencio.


Hace tiempo y ahora en estos días, me recaban recuerdos sobre mi infancia, adolescencia y juventud en Burlada, para confeccionar un libro y organizar un archivo y una exposición, y quiera o no quiera, me doy cuenta que la mayor parte de ellas las pasé en Villava y la Virgen del Camino, por lo que ahí van estos lingotazos, que espero ir desgranando en estos días venideros. Por lo tanto, no son nostalgia reprobables, sino realidades no reprochables que viví.
Que conste, Javivi,, que el motivo principal por el que me haya parado, no es la petición de silencio, sino exámenes, el trabajo y sobre todo, el que tenía el ordenador jodidísimo y estaba muy ocupado en el "curro" y no tenía tiempo para hacerlo desde allí.

Ahora que me han arreglado el ordenador y que en estos días de San Fermín tenemos cerrado el albergue, os amenazo con arrojar a vuestros ojos y oidos, un montón de recuerdos infantiles y adolescentes, unos entre neblinas, otros entre nubes y sol y otros, aún lúcidos y vivos que  conservo. Muchos de ellos son infantiles, y como digo yo, son pichorradicas, igual algunas debería callármelas, pero no lo haré, porque adoro la autenticidad y me salen los recuerdos como me salen.


Para llevar a cabo esta tarea, preparo mi caja de Gaseosas Armisén, sobre blanco, sobre amarillo, echo el regaliz en el agua de la botellica y lo agito y procedo de la misma manera con los sobres, vertiéndolos sobre el vaso de agua y tomo un lingotazo de gaseosa Armisén y una txorrotada de regaliz con agua en botellica, para avivar mis recuerdos.


Retomo el fin del 2º LINGOTAZO, ya tengo el escenario preparado, pongo el guión y los personajes y lleno el continente de contenido y actividad. Abro el Listín o Guía en el Colegio de los PADRES DOMINICOS DE VILLALAVA. SEPTIEMBRE 1959.Voy a por ello.


Allí fuimos llegando de todas las partes, de Navarra, País Vasco, los de Castilla y León, Salamanca, Extremadura, La Rioja, Asturias, Cantabria, de todas las partes y de todos los lugares, de los que me olvido y de los que recuerdo. En el comedor tenía en frente dos burgaleses, que segun ellos tenían apellidos de origen árabe: Mahabe y Mahamud, ¡qué interesante!. Abro el Listín o Guía Dominicana y busco DORMITORIOS, que era el primer lugar donde nos llevaban para dejar nuestras maletas, ropas y enseres personales. Eran dormitorios corridos con camas metálicas, dos hileras de camas y armarios, el nuestro estaba en el tercer piso, junto a los alumnos de 2º Curso. Los de Primer Curso teníamos las camas mirando hacia  las ventanas que daban a Burlada y los de Segundo Curso, mirando hacia Villava y el llamado monte de Villava, estribaciones del Monte Ezkaba (San Cristobal) y el Miravalles de Huarte.

A los dos cursos nos separaban los armarios de media altura, en los que depositábamos, al  momento, nuestras pertenencias. Al fondo, y con pasos entre los intermedios y los laterales, estaban los wateres, minguitorios, evacuatorios o letrinas y meaderas, eran a la turca, las cagaderas y allí estaban también las duchas. No se podían realizar pinturas rupestres, bajo la amenaza de multa de una semana de limpieza, con zotal de olor fuerte, penetrante y mareante.


En las esquinas del dormitorio dos escaleras, una que daba al estudioy recreación, de terrazo y otra de madera que daba a las clases, capilla, pasillo y comedor, junto a esta escalera un cuarto donde guardábamos las sotanas blancas, con esclavinas, que vestíamos en las grandes ocasiones. En el dormitorio de abajo, este cuarto fue el estudio de la emisora Radio Popular, hasta que la subieron a Pamplona y colocaron la antena en la huerta, por allí solía andar Jorge Ramón Sarasa, locutor, torero a caballo, poeta y según él descendiente de judios sefarditas de Tudela.


Nos distribuyeron por el dormitorio, camas y armarios, según los números que figuraban en nuestras ropas, bata y zacuto, marcados con su números respectivos. Yo creo que era el número C-18, aunque otras veces me inclino por el C-12, sea cual fuere este número, a un lado tenía a Tobes que era de Aranda de Duero, ciudad que tenía Colegiata y de la cual, Tobes, fardaba un montón, y al otro lado Iraeta, de Bilbao, del Botxo, de las Siete Calles y en concreto de la calle Artekale.

El número de nuestro armario y cama se correspondían con el número que figuraba adherido a nuestras ropas y al zacuto de ellas. Muy cerca de mi cama o más lejos estaban Arrúe, Ros, Ibarrola, Imaz, Arcarazo, Elustondo, Mendivil, Sarasa, Mutilva, Ariztimuño, Palomo, Egea, Usar, algunos de Ampudia de Campos, Tascon y Zarzuelo, García Valdés, Julián Ruano, Arandigoyen, Biurrum, un tal Santos de Salamanca, hijo de un ganadero de Sancti Spiritus y el hijo de Federico Soto, también Féderico, el cual afirmaba con rotiundidad en clase de Geografía que el Duero desembocaba en Salamanca y todos estos que cito y aquellos que me olvido. Al otro lado de los armarios, Navarro, Suescun, Iturgaiz, los Preciado, Merlo, Mendive, Diez de Ulzurrum,Tabuenca, etc., etc..


Hago un descanso y sorbo a sorbo y saboreando agoto un vaso de gaseosa Armisén y un a botellica de regaliz. Abro la Guía o Listín dominicano y llamo a los  Padres Dominicos , que allí nos estaban esperando: el P. Hipólito Criado, pequeño gran prior de Villava, que dirigía con gran tino el Convento y que un 15 de Agosto, dia de La Asuncion predicó en la Iglesia de Burlada, P. Marino Zugasti, entonces director del Colegio, gran comunicador, Matemáticas de Dios, Sinfonía del Nuevo Mundo de Anton Dvorak...(de él hablaré en mi próximo lingotazo) P. Huarte, P. Torrellas, P. Iturbe ( mi triunvirato , mi troika, ni terna, mi trío, mi trinidad en el recuerdo infantil para siempre) P. Arsenio, al que luego recuperé en León y de el hablaré, P.Ovidio, gran conocedor de griegos y romanos. P. Noceda, burgales, sustituto del Padre Marino en la Dirección de Villava y allí mi profesos de Francés , introductor del ASSIMIl de Francés en Villava, para que luego digan los de León que tenían método ASSIMIL en inglés, yo lo tuve en los dos colegios y me enseño la canción de la "mere Michael qui a perdu son chat qui crie par la fenetre... est le pere Lustucru qui lui a respondu.....," P. Velasco, aquel que nos decía: "encanto de la fregadera, flor de pitiminí, borbotón de agua clara, nabito, remolachita, lechuguita"... (era muy buena persona y sabía mucho latín)... el P. Federico, mi profesor de Matemáticas, Ciencias.

Yo con él mantuve una relación amor odio muy interesante, lo mismo me daba un montón de cocas y tortazos, me ponía de rodillas en el pasillo, por rezar más lentamente que los demás el Padre Nuestro al empezar la clase, ya que el primero lo rezábamos muy deprisa y el segundo más despacio, pero yo tuve la osadía de tardar mucho mas y  tuve que atenerme a las consecuencias de la que me cayó encima; que otras veces me sacaba del estudio y me llevaba de acompañante, para visitar, en el cercano Manicomio, sito entre Pamplona, Villava y Burlada, parte de sus huertas eran término de mi pueblo, a D. Federico Soto, Director del Hospital Psiquiátrico San Francisco Javier, pues ambos tenía una profunda amistad, no se si por ser homónimos (tocayos), pues ambos se llamaban Federico o por razones intelectuales. Entrabamos al Manicomio por aquellos hermosos jardines, hoy integrados en el Parque del Mundo, entre Orvina 2 y la Avda de Villava en la Txantrea, cabe Ezkaba, (San Cristobal). Llegábamos a la puerta principal y entrábamos a un hall circular, al que accedían, desde el piso de arriba unas amplias escaleras marmóreas o de imitación, acaracoladas y para mi imponentes.

Esperábamos en recepción. Una enfermera o recepcionista avisaba a Dn. Federico Soto. En el interim yo esperaba a que el eminente psiquiatra director, bajara las escaleras encaramado y deslizándose por el "barandao", ya que había ciertos rumores de que así lo hacia, pues generalmentem los psiquiatras se contagiaban de tanta locura ambiente.

Creo que todas las veces que fui al Manicomio con el P. Federico, me quede defraudado y desilusionado, pues nunca bajó arrastrándose por la barandilla, a lo sumo deslizaba y apoyaba la mano sobre ella. Los dos Federicos departían  de sus cosas por los pasillos y en el despacho y yo miraba con aprensión hacia las puertas y oía ruidos extraños  que agudizaban mi percepción a misteriosos acontecimientos. A la ida y a la venida de Manicomio, el P. Federico me hablaba de psiquiatría, del Hospitlal Psiquiátrico San Francisco Javier,, que alguna vez llamaba Frenopático y a mi me sonaba a una red para cazar patos, una red que  frenaba su vuelo, como la caza de palomas de Etxalar. Luego descubrí que Frenopatía venía del griego frenos y pathos enfermedad mental. Según él la denominación popular era la de Manicomio, que derivaba históricamente de los asilos para locos o manicomio, osease un almacén para personas no cuerdas, por lo que la palabra correcta para denominarlo era Hospital Psiquiátrico. Conversaciones edificantes e interesantes para un niño en su tierna infancia. En el próximo Lingotazo hablaré de las relaciones entre el Colegio de Villava y el Manicomio, relaciones tanto deportivas, religiosas, como aferctivas.


También estaba el P. Benito, alto, pelo blanco, con pintas honorables y de santo, mayor, anciano sabio. El primer año de mi estancia en Villava fue mi "compa" y me regalo un misal de piel y canto dorado, misal dominicano que en cada fecha del calendario celebraba un santo, beato o venerable de la Orden dominicana, una pequeña biografía de ellos. Santo Domingo, también San Francisco de Asís, como hermano, hablaba de un abrazo entre los dos, Santo Tomás, San Luis Beltrán, San Alberto Magno, Beato Valentín de Berriochoa, martirizado en Tonkin, Santa Rosa de Lima, Santa Catalina de Siena, Beato Martín de Porres. Beata Imelda Lambertini, Beato Macías, Venerable Vicente de Berrnedo, de Puente la Reina, con sus aventuras por las tierras del Potosí, Beato Enrique Suso, alemán y místico de gran dulzura, San Raimundo de Peñafort, Venerable Fray Luis de Granada, prerdicador y gran escritor de la Guía de Pecadores, etc., etc. Yo creo que me abré leido montones de veces aquellas pequeñas biografías que figuraban en cada día del santoral dominicano. En el prólogo hablaba de no se que rito mozárabe que en sus comienzos fue adoptado por la Orden.


Abro la Guia o Listín Dominicano y encuentro CAPILLA, llamo. En nuestro continuo ir y venir a la capilla, unas veces desde el comedor y otras de la clase y el estudio, por San José cantábamos aquello de: "Esposo de la Virgen, castísimo José, !oh Padre Putativo del mismo Dios... (aquello de pu-ta-ti-vo, recalcado con énfasis pletórico en las sílabas pu y ta, por los apostólicos concurrentes al acto), pero nada tenía que ver con lo que pensábamos, sino con el verbo puto, putas, putare, putavi, putatum, era algo como de juzgar... ¡vaya lío!. A mi me gustaba cantar aquello de : "A tu altar, hoy tus hijos acuden a ofrecerte Domingo, su amor, te bendicen y humildes te piden los ampares delante de Dios...(o algo así).

¡Cómo se me hinchaban los pectorales con esos cantos!. Y tanto, en la capilla, como en los campos y hasta en los campamentos, a la noche cantábamos aquello que ponía los pelos de punta y encogía el corazón hasta grado sumo: "Mañana en un fragil barco, me he de engolfar en la mar, daré un adios a mis padres el último adios quizás.....Por si Dios quisiera que no vuelva más el corazón te dejo, !oh Virgen Celestial¡.... Entonces empecé a pensar que aquello iba en serio, y con once años ya me iba a no se donde y luego a otro lugar y luego a misiones y luego no iba a ver más a mis padres y unas veces estaba de acuerdo y otras no. Me sentía indeciso y perplejo.


Abro el Listín o Guía Dominicana y encuentro una dirección que dice: TORTAZO Y RESPUESTA, llamo. Esos ardores misioneros, esa vocación dominicana, a pocas se ven frusstrados nada más comenzar, por un hecho insólito. Un día después de comer, corría con varios de mis amigos, por el pasillo largo que llevaba al estudio y alguien me lanzo un fostión o tortazo, que me marcó todos los dedos, y vi estrellas y satélites en órbita sobrevolando mi cabeza, (entonces descubrí la razón y la realidad que tenían aquellos dibujos de los tebeos, en los que cuando algún personaje se caía o le pegaban, le aparecían órbitas con satélites, estrellas y hasta pajaritos con su pío, pío.)


Pero como producto de la acción reacción y sin saber a quien iba dirigido, le propine un patadón en la espinilla, con toda la puntera del zapato. Pero, hete aquí, que al que propine el punterazo era un fraile, un padre, un ministro, un representante de Dios en la tierra. ¡Qué tamañas locuras se me ocurrían a mi a los 11 o 12 años. Creo que al principio me pusieron de rodillas en el pasillo, pero era tal mi llantina que me anegaba en un mar o piélago de lágrimas. Supongo que me habrían puesto un montón de cruces en aquella "libretica", que llevábamos en el bolsillo, con varios apartados: Piedad, Urbanidad, Comportamiento, etc.. Esta falta mía se contemplaba en el apartado de Piedad y era muy grave, pues bajaba muchos puntos en la nota final de conducta.

Creo que ese fin de semana hablaron con mi padre y se le fue quitando gravedad, al final, los frailes y mi padre me hicieron la recomendación de que debía contenerme y controlar mis impulsos y mi genio, ya que no se podía ir por la vida repartiendo punterazos a diestro y siniestro y menos a las personas consagradas. A mi me quitaron un gran peso de encima. Lo que no estoy seguro si le hicieron la misma recomendación al fraile para que no fuera repartiendo mandobles y fostiones al viento y moderara y frenara el susodicho impulso. Al poco tiempo todo fue olvidado y volvieron las aguas a su cauce.


Después del sofoco me voy a tomar un lingotazo, txorrotada, cancarro, pote, caldero o txiquito de gaseosa y regaliz, para paliar mi sed y rebajar mi calor ambiente.


Hoy este Listín o Guía de las Páginas Blancas y negras dominicanas apostólicas, está un poco caprichoso y abro una página y me señala una dirección extraña: TOCAMIENTOS IMPUROS. Llamo y me contestan los siguientes recuerdos y relatos.


Era avanzado el primer año de estancia, el 1º curso, digo esto porque se  que aún estaba el curso de mi hermano Augusto allí. Después de una salida al campo, se empezaron a oir rumores. cuchicheos, grupúsculos, conciliábulos, que hablaban misteriosamente de alguna celebración, que yo imaginaba campestre, idílica, bucólica e inofensiva, una celebracion entre faunos, pastores y pastoras, es decir bacanal pastoril o simplemente una pastoral, a lo sumo una competición como las que hacíamos en el pueblo, a ver quien meaba más alto o más largo, a ver quién la tenía menos crecida o más crecida. Debía ser una cosa muy seria, porque a los menores no nos dejaban ni escuchar, ni participar en los corros, nos echaban con cajas destempladas. Por lo que oí se trataba de tocamientos, tan impuros, tan impuros que a todos los participantes de mi pretendida bacanal pastoril los echaron a la calle, es decir los mandaron a casa, me hubiera gustado leer los motivos que les dieron a sus padres. Vamos que los tocamientos impuros eran cosa mala para el cuerpo y el alma..


Poco más tarde, posiblemente en una vacaciones comprobé, que habia varios tocamientos, unos punibles y otros no punibles, unos más impuros que otros, un lego, cooperante o trabajador subía material con una polea o polipastos hacia la ventana del estudio, que era un lugar que en las vacaciones siempre estaba en obras. Me llamó el lego, cooperante o trabajador y me dijo que tenía un caramelo o una ciruelica en su bolsillo, metí la mano y encontré no una ciruelica, sino un ciruelo erecto y glande, (en que estaré pensando, quise decir grande) o un mango tropical más duro, (otra vez me equivoco quiero decir maduro).

Mi reacción fue de perplejidad y turbación y más turbado que la pera, pero no masturbado puse el turbo rumbo a mi casa por la puerta de atrás del  Colegio, entre la Escuela de Peritos y la Casa de Ejercicios de Burlada que fundó me tío Don Pedro Legaría Armendáriz, llegué sofocado a casa  y allí no había pasado nada.. Otra vez viví, junto a otros dos, un intento de tocamientos impuros, mientras jugábamos, ingenuamente, con la cizalla  y la guillotina de la imprenta de ORA ET LABORA.


Yo considero que estos tocamientos, si que eran impuros , muy impuros y además con premeditación, alevosía, vespertinidad o matutinidad, pero sobre todo por la espalda y a traición.


Para combatir estos tocamientos impuros, tanto en solitario como en colectivo nos recomendaban baños de agua fría, supongo que para moderar nuestro ardor libidinoso o si no, nos aconsejaban leer algún libro de Monseñor Tihamer Thot, que nos lanzaban como arma arrojadiza, sobre nuestras cabezas y pensamiento para preservar nuestra pureza. La ducha de agua fría era la más apetecible, puesto que muchas veces, por obligación, nos teníamos que duchar con ella.


Para apagar este fuego de la carne me tomo varios lingotazos de gaseosa y txorrotadas de regaliz y concluyo este 3º LINGOTAZO.


Ahora que están de modas las novelas río, yo os mando unas memorias infantiles río o mejor unas memorias arroyo o unas pitxorradicas rio o unas pitxorradicas arroyo, o unas pitxorradicas torrente. Estas pitxorradicas me sirven para salir de las depresiones diarias que me producen las noticias cada mañana, noticias tristes, feas, desagrables, que me tienen herido en lo más íntimo.

Perdonad mi alarargamiento y si me permitís volveré a atacaros con otros próximos LINGOTAZOS, último de Villava y los siguientes de la Virgen del Camino.

Con todo mi cariño un saludo y un fortísimo abrazo.

Javier Cirauqui
  
 
  

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (2º lingotazo)

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS (2º lingotazo)

El amigo Javier Cirauqui nos deja hoy el segundo lingotazo de su gaseosa Armisen. En la caja de Armisen vienen los suficientes sobre como para preparar hasta ocho vasos de gaseosa. Por lo tanto, querido Javier, espero que todavía te queden seis nuevos lingotazos.

¡Cuídate de los gases y no abuses de los polvos!

Gracias de nuevo, genio.

 


 

LINGOTAZOS DE GASEOSA ARMISEN EN POLVOS, MEZCLADOS CON  AGUA DE REGALIZ EN BOTELLICA O GUÍA Y LISTIN DE LAS PÁGINAS BLANCAS Y NEGRAS APOSTÓLICAS EN VARIAS TOMAS.-
 
2º  LINGOTAZO.-


 
Preparados los sobres, blanco y amarillo, de la Gaseosa Armisén y vertidos sobre el agua comienzan su danza las burbujas, en ronda giratoria por el vaso. y al mismo tiempo agito la botellica del agua de regaliz y me tomo un abundante lingotazo de los dos afrodisiacos brevajes o néctares de la vida.


No se si estos recuerdos, estos sentimientos y estas sensaciones que voy a desgranar, son políticamente correctas o políticamente incorrectas, si son oportunas o inoportunas, (me la suda), pero si se que están muy dentro de mi y que ayudado por los traguicos de gaseosa Armisén y las txorrotadas de agua de regaliz, en botellica, os voy a tratar de verter en estos "lingotazos" mis recuerdos, sensaciones, ilusiones y sentimientos de aquella época, teniendo en cuenta que era un niño, un adolescente..., y para mi fueron muy importantes, vivos y sentidos y así os las quiero tranmitir con cierto miedo, cierto rubor y cierta duda de no abusar de vuestra escucha.

Espero no os suenen a tonterías, sinsorgadas, que igual lo son, sino a recuerdos, emociones, sensaciones y vivencias de aquellos años infantiles, sinceras y auténticas. Ahora son otras edades otras realidades.

Estamos donde estamos, somos lo que somos,  pensamos lo que pensamos cada uno ¡¡¡A fuera!!! y allá va mi recorrido por esta páginas blancas negras apostólicas. Traguico y txorrotada y a por ello. Tomo la guía o listín y marco: año 1959, septiembre, domingo.

Recuerdo que al atardecer de ese día, era la víspera de mi entrada en Villava, me llevaron mis padres al colegio y acompañados por mi hermano Augusto, llegamos hasta una clase del primer piso, en el largo pasillo que daba al estudio, donde se encontraban varios Padres y alumnos. Padre Huarte, Padre Torrellas, Padre Iturbe, Padre Noceda y algunos alumnos compañeros de mi hermano, que bien podrían ser: Brizuela, Salvador, Barbería, Larrañeta, Sarasa, Soriano., Zubillaga, Santiago Rodriguez, Izquieta, Gainza, Menendez, Ibisate, Pascual, etc. jugando unas partidas de cartas, al rommy. No se si había tanta gente junta, pero algunos de ellos, allí se encontraban. Los de cuarto curso y siguientes . ya estaban en el colegio para recibir y preparar la llegada de los nuevos alumnos del año 1959.


Mi madre y el P. Torrellas hablaron de músíca, mi madre había hecho la carrera de piano en Pamplona con D. Pío Iraizoz y otros profesores. Creo que los dos últimos años se examinó en Madrid. Su piano, muy estropeado aún lo conservo en casa. Así que el P. Torrellas, en presencia de mis padres, me hizo la prueba para decidir si entraba o no en la escolanía de Villava. La prueba consistió en cantar, acompañado al piano por él: "doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera...", algunas escalas ascendentes y descendentes, que canté sin desafinar por aquello de que con acompañamiento no desafino.

Por supuesto, que entré a formar parte de la éscolanía, además de recibir clases de piano y tocar en la rondalla. Todo esto, creo, fue un poco tráfico de influencias. Más tarde me asignaron como instrumento la mandolina, la mía no era ebúrnea sino de madera de dos colores, de forma ovoide y con varias cuerdas y clavijas. Quizás me asignaron este instrumento debido a mi tamaño y que quedaba muy bien con capa y vestido de trovador en no se que velada o mínima obra teatral. Cuando eramos niños mi madre nos llevaba a la cama al son de: "doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera..., ¿dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti?, voy en busca de Mercedes que ayer noche no la vi?... ¿será una rosa, será un clavel?, el mes de mayo te lo diré..., ¿dónde estas las llaves matarile-rile-rile, dónde estan las llaves matarile-rile-ron?, en el fondo del mar matarile-rile-rile, en el fondo del mar matarile-rile-rón...etc. Aún no se había inventado el : "Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madruga..." de la familia Telerín.

Cuando llegue a la "Virgen del Camino" os comentaré algo de este asunto. A veces, en las Fiestas, tocaba canciones como estas: "Vino tinto con sifón, vaya usted al cabaret, verá usted lo que vé..." (fox trop), o un "fumando espero , al hombre que más quiero, tras los cristales de alegres ventanales y mientras fumo mi vida yo consumo, porque brotando el humo me suelo adormecer. Fumar es un placer genial sensual", cantado sensualmente por toda la concurrencia, además de: "mirando al mar soñé que estabas junto a mi, (creación de Jorge Sepulveda)" o también: "Mi jaca galopa y corta el viento cuando paso por el puerto caminito de Jerez..." En los veranos daba clases de solfeo y música para los hijos e hijas de sus amigos y conocidos de Burlada. Que conste que también tocaba a los grandes clásicos.
A mi, el Colegio de Villava, no me pillaba de sorpresa, conocía bastante bien sus entresijos y todo me era bastante familiar, desde muy niño (mi hermano me llevaba cuatro años), iba a Villava los domingos, con mi padre, a ver los partidos  y otros acontecimientos y no se que día de la semana con mi madre a llevarle la ropa limpia a mi hermano Augusto. De hecho unos meses antes de entrar definitivamente, estuve en el Campamento de Montejurra, junio o julio de 1959, y a continuación en unos cursillos de ingreso al Seminario Misionero Valentín de Berriochoa, que duraron unos siete o diez días.

Allí estuvimos muchos compañeros del 59, muchos de los que ingresamos en aquel septiembre de 1959, los de los pueblos más cercanos, podían ser: Sarasa, Laquidain, Arrúe, Olano, Ros, Elustondo, Ibarrola, Ariztimuño, Urriza, Egea, Arandigoyen, Biurrum, Mendivil, Usar, Erro, Barbarin, Pejenaute, etc. Aquello fue como un ingreso, como una preparación para comenzar la vida apostólica.


Además Villava llevaba una política de puertas abiertas, de todos los pueblos de los alrededores y Pamplona acudían a las actividades religiosas y deportivas del Colegio. Antes de entrar en el seminario recuerdo haber ido a ver unos campeonatos de fútbol que se celebraban en el campo de gravilla y que a través de los tiempos se convirtieron en el Trofeo Boscos, que aún hoy se celebra, además de otros campeonatos interpueblos.


En este momento siento un impulso de color, exótico y de colorido internacional y ayudado por la Guía marco: Congo Belga, Lumumba, Kasavuvu, Mobutu. Por aquellos años llegaron a Navarra una gran cantidad de ciudadanos africanos del Congo Belga a la Universidad de Navarra y venían a estudiar para prepararse y ocupar cargos en su país en el momento que fuera proclamada su Independencia lo cual ocurrió en el año 1959, posiblemente estos vinieron antes y la mayoría se hospedó en el Chalet de Vivanco de Burlada e iban a jugar al fútbol al campo del colegio, durante un día o dos a la semana y eran la atracción de todos los alrededores por sus camisetas y botas de colores verde y rojo y según decían por su juego raso, profundo y vistoso. Pratice Lumunba fue proclamado Presidente de la República en 1960, fue seminarista, Kasavuvu le sucedió y despues Mobutu fue su contricante. Eran católicos. En aquellos tiempos a Burlada le llamaban KATANGA.


Además el año anterior de 1958, yo iba a entrar en el Colegio de Villava, pero a última hora, decidieron entre el tío cura y los frailes, no se por que razones que entraría al año siguiente. De forma que como ya no podía continuar en el Colegio del Amor de Dios y, por un mal entendido, era ya muy tarde para matricularme en los escolaspios, pues ya no había plazas, entré en las Escuelas Públicas, D. Hilarión Eslava de Burlada, a mí me gusto la idea porque allí estaban la mayoría de mis amigos del pueblo. Mi madre estaba enfadaba porque tardaron en decidir si entraba o no en aquel año del 1958.


Por aquella época en la que no entré en el Colegio y en el mes de Octubre murió el Papa Pío XII (Cardenal Pacelli), según mis tías abuelas era muy aristocrático y elegante, a mí me parecía muy serio y con gafas. En mi casa y en otras casas del pueblo colgaron sábanas con crespones negros y tocaron a difunto las campanas de la iglesia y las de todos los conventos de alrededor, al fin y al cabo mi madre era la hermana del cura. Era un anochecer oscuro, lluvioso y ventoso. Mi casa que tenía nueve huecos entre balcones y ventanas, parecía un fantasmagórico barco con las velas flotando entre la tormenta, el agua,,la noche, las ventiscas y toda la parafernalia atmosférica aquella, aunque de luto. A los días se reunió el cónclave y todo estábamos pendienes de si la fumata era blanca o negra. No se si a la primera vez, a la segunda vez o a la tercera vez las campanas sonaron a gloria: "Habemus papam", Cardenal Roncalli, a los navarros nos sonó a gloria y nos recordó al Valle del Roncal. Vimos la ceremonia por la tele y en la iglesia de mi pueblo se cantó un Te Deum. Allí comenzó el Papado de Juan XXIII, que tanto nos influyó: Concilio Vaticano II, nueva liturgia, nuevos tiempos para la Iglesia, etc.


Aquel año de de 1959 se decretó la Ley de Estabilización y según dicen salimos de la autarquía, pero no de la Dictadura y la represión, que duró, duró y duró... hasta que se le acabaron las pilas al dictador.


Si seguimos abriendo la Guía o Listín vemos 1960: Kennedy gana las elecciones. En Villava vimos su nombramiento y las travesuras de Jhon y en León su asesinato en Dallas. Era católico.

Los rusos y los americanos andaban con los Lunik, Sputnik, y los Apolos, con la carrera espacial y era el comentario del año. Youri Gagarin pisó la luna en Abril y Sephar en Mayo, por loque los americanos estaba muy enfadados. En el bosque del Colegio y sobre el suelo sentados, hacíamos sputniks con tres cerillas, rodeábamos sus cabezas con papel de plata de los paquetes de tabaco, chocolate y chocolatinas y los convertíamos en cabeza de missil, que al prenderle fuego, despegaban hacia el espacio, alunizando algunas veces en el brazo, la pierna o la cara de los promotores del vuelo.


Me pego otro lingotazo de gaseosa y otra txorrotada de regaliz, pues después de tanto acontecimiento histórico la sed me acucia.


Una vez situado en la época abro mi Listín o Guía de las páginas blancas y negras apostólicas y marco: Colegio Apostólico de Padres Dominicos de Villava. Ya estoy en él, junto a todos mis compañeros de los cuatro cursos, los Padres del Colegio, hermanos legos y cooperantes.


Entrando por la Avenida de Serapio Huici, al frente el edificio de los frailes, con un escudo blanco y negro domiminicano, tipo lau-buru.. Dos frailes pintados sobe la pared custodiaban el convento. Eran largos y estilizados, como si hubieran salido de la mano del Greco, pero no, eran de Fray Berceruelo, Santo Domingo con su estrella y su can y el entonces (hoy santo) Beato Valentín de Berriochoa con su palma del martirio, creo, (no me hagais mucho caso).


A la derecha de la puerta de entrada la Capilla de los Frailes o de El Rosario y a la izquierda el comedor o refectorio, sobre el que estaban el propio Covento con las estancias que ocupaban P.P. Dominicos, legos y cooperantes y adosado a él el Chalet de Huici, convertido en Betania, donde las Madres Dominicas nos recibían con cariño en el primer curso de Bachiller.

Si entrábamos por portería nos encontrábamos con el cuadro de honor y las salas de visita, pasado el largo pasillo con suelo y paredes de marmolina y ventanales en arco de medio punto, que daba al comedor y Betania por un lado y por otro a la Capilla, el estudio, clases y dormitorio. Se abría la puerta y contemplábamos todos los edificios en su plenitud, derecha recreación y capilla en el entresuelo, primer piso clases y estudio y en los dos siguientes pisos los dormitorios, a la izquierda Betania Nueva, el chalet lo ocupaban las monjas y el edifcio nuevo estaban las cocina, clases, lavandería, almacenes y una terraza con techo y siempre con ropa secando.

Los patios del Colegio, el frontón tipo rebote, con un mapa de las Misiones del Perú, sobre la pared de las cuteras, pajar y garaje del increible y fantástico coche de Fray Silvio, el italiano, que a todos y a todas partes nos llevaba. Foso de atletismo y las zámbalas (columpios), para mi la instalación más hermosa de aquellos tiempos, dos círculos de seva, una fuente tipo abrevadero, cuyos grifos taponados por alguna mano apostólica, traviesa, nos ponía chitos. El gran campo de fútbol pedregoso y de gravilla, con sus porterías de madera y dos campos transversales de balonmano y rodeándolo dos avenidas de pinos al comienzo y plataneros a continuación y las interminables filas o hileras de urticantes procesionarias que intentábamos romper con nuestros pies. Detrás de la portería del fondo, el bosque de castaños de India, selva del Amazonas que nos daba sombra, misterio, complicidad e independencia para nuestras correrías.

En el bosque se encontraba la gruta d ela Virgen de Lourdes, a la que rezábamos, llevábamos flores y nos protegía, estaba fabricada con una piedra parecida a la piedra pomez.

Y rodeándolo todo la huerta con sus árboles frutales, sus verduras, remolachas, ciruelos, cerezos, ciruelos, perales y manzanos, cuyo fruto mangábamos cuando estaba verde. Y plantado entre ellos el pirulí de la antena de Radio Popular, con su casetica, estudio debajo. En Villava no podían faltar las ondas radiofónicas.


A su lado ORA ET LABORA, donde legos y cooperantes tenían talleres de varias especialidades, carpintería, imprenta, radio etc y allí mismo tenía un taller de cerámica el Hermano Berceruelo con un pequeño horno en el que cocía finas piezas de porcelana china.

Y para cerrar, al final del todo, estaba la Granja, con su gallinero, vaquería y dos o tres moreras que las gallinas devoraban con cacareos y placer.
 
Una vez montado el escenario, sólo queda introducir el guión y los personajes y llenar este continente de contenido y actividad. En el próximo lingotazo trataré de hacerlo.


Para concluir este lingotazo y como celebración de nuestra entrada en el Colegio de Villava nos iremos al refectorio-comedor y os recrearé una comida de domingo en el Colegio. En largas filas entramos, colocándonos en aquellas largas mesas extendidas a lo largo de comedor, en las que cada uno tenia su sitio en los bancos corridos y pegados a la mesa, unos en frente de otros, había tres hileras, izquierda, derecha y en el centro.

En la pared del medio una Sagrada Cena, también de Fray Berceruelo y debajo la mesa de los frailes presidiendo la comida. Comenzamos con la bendición de la mesa y como es domingo, no hay lectura de las normas de Urbanidad, ni de las interminables Crónicas de la Guerra Civil, ni de las aventuras de Don Camilo y Pepone. Hoy no comemos en silencio, nos dan suelta a la lengua. Con un poco de suerte hoy no hay ni filete ruso, ni garbanzos con chorizo y tocino blanco con bigotes ni café con pecas. Hoy es comida especial, aunque no esté regada con regaliz, ni Gaseosa Armisén, puede ser que nos deleiten el paladar con vino aguado de crianza. Finales del 59 o principios del 60, en el tocadisco suenan las siguientes canciones:" Cheri te quiero, Cheri yo te adoro como la salsa del pomodoro..." y a continuación "Tintarella di luna", cantada por Mina. Qué modernos eran nuestros frailes que en la primera canción nos incitaban a comer con los dedos y formar un harén y conquistar a la mama antes que a la chica.

En aquellos tiempos yo pensaba que el pomodoro, (por comodoro) era un señor gordo vestido de  blanco al que le echaban salsa por encima. La segunda estaba cantada por una mujer italiana, maravillosa cantante que no estaba casada y tenía un hijo con su pareja lo que, en aquella época, suscitó un gran escánadalo que fue perseguido y condenado por la Iglesia.

Igual es una tontería, pero no me resisto, aunque sea un pesado a transcribiros la canción MUSTAPHA al completo.que yo aprendí a tocar con un dedo al piano.:
 
                                                              B. AZZAN Y E. BARCLAY. ADAPTACIÓN DE M. SALINA.
 
1 (CORO)                                                     2 (SOLO)
 
Cheri, te quiero                                          Cuando yo fui rondando tu balcón
Cheri, yo te adoro                                      salió tu padre con un bastón (Bis)
como la salsa del pomodoro.                       
                                                                            (CORO)  
Cheri, te adoro,                                          Cheri te quiero, (etc.)
Cheri, te quiero,                                          Ves Mustafá, ves Mustafá (etc.)
me gustas más
que comer con los dedos.                                      (SOLO)
Ves Mustafá, ves Mustafá,                           Si es que me quieres  como dices tü
las chicas guapas                                          has de aprender a preparar el "Kus-Kus"(bis)
que hay por acá.
Y si con alguna                                                        (CORO)
te quieres casar                                            Cheri te quiero (ec)
                                                                   Ves Mustafá, ves Mustafá,                                                                           
      (SOLO)                                                 las chicas guapas                                               
                                                                    que hai por acá                                   
Pero yo pretendo                                          i cada vez que                                          
más de una mujer                                          se oiga ese can-ar
por que lo que quiero                                    recordarán siempre a Mus-afá
es montar un harém .                                     SALAAM MUS-AFA
 
       (CORO)
No te subas a la parra
que la vida erstá muy cara,
no te subas a la parra,
baja, baja, baja, baja.
 
Con esta celebración de nuestra llegada al Colegio, curso glorioso del 1959 termino. Creo que los lingotazos de gaseosa y las txorrotadas de regaliz me ha afectado mucho, pues he acabado dando tumbos y haciendo eses como si fueran meandros del río Arga y del río Ulzama.

Perdonad mis lingotazos, que no sé a donde me llevarán y gracias por leer mis pitxorradicas y aguantarme. Un fuerte abrazo para todos. Con mucho cariño.

Javier Cirauqui.

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS

LA GASEOSA ARMISEN EN POLVOS

Javier Cirauqui, el querido Javier, me envía el primer lingotazo de lo que llevaba pensando desde el Encuentro de Oviedo del Mayo pasado y que allí comenzó a escribir. Seguro que me los envía en dosis para que no nos atragantemos. He aquí el primer lingotazo de los que ha titulado Lingotazos de Gaseosa Armisén, en polvos...

Gracias amigo.

 


LINGOTAZOS DE GASEOSA ARMISEN EN POLVOS, MEZCLADOS CON AGUA DE REGALIZ EN BOTELLICA O GUÍA Y LISTÍN DE LAS PÁGINAS BLANCAS Y NEGRAS APOSTÓLICAS, EN VARIAS TOMAS.-
 
                                                       1º LINGOTAZO.-


 
DEDICATORIA: A todos los antiguos alumnos dominicos de Villava y León, de todos los tiempos, edades y lugares, y sobre todo para todos los escribidores y lectores de este blog, para los últimos una recomendación: escribid, escribid...., aunque sea solo para confirmar que lo leeis. Una dedicatoria especial para los alumnos de la GLORIOSA DEL 1959.
 
Escribía en Oviedo y en la habitación 103, creo, algo parecido a lo que ahora transcribo:


"Aquí, en Oviedo, al recibir el libro "CUADERNOS DE LA MEMORIA", quiero hacer unas recomendaciones, al respecto, para la lectura de este magnífico libro: Agítese antes de usarse, para que tenga sabor añejo de Gaseosa Armisén, en polvos y con un ligero gusto a pierna dormida, con cosquilleo incluido, y si me apuras, también, con un sabor a agua de regaliz, en botellica, agitadas por unas manos infantiles, como las mías en aquella época.


Como digo, esto lo había escrito en la habitación Nº 103 (creo) del Hotel La Gruta de Oviedo, en el Encuentro de Mayo del año pasado, pero no lo terminé y ha ido creciendo en mi mente y ahora necesito sacarlo.

Mi intención era leerlo en la comida o en el desayuno, pero me dí cuenta, que no se me había dado ninguna vela para portar en aquel bautizo y los neófitos "CUADERNOS DE LA MEMORIA" o la neonata criatura, ya tenía los suficientes y buenos padrinos, que le habían rociado el agua y la sal en la ceremonia: Josemari Cortés, Loseiros, Julio Correas, Jesús Herrero, y etc., (por si me olvido de alguno), puesto que de mí lo que se esperaba es que escribiera las Crónicas Rimadas y Asonantadas de aquel Encuentro.

Unos brindan sus recuerdos con prieto picudo, prieto azabace, prietas las filas. Otros muchos con sidrina, otros con Ribeiro y Albariño, algunos escancian sus concavidades cristaláceas con el puro nectar de la madre vaca, otros con txakoli, uno de ellos adoptado y los más con leche merengada, agua de limón y barquillos, y alguno que otro con Cigales, Rioja, Rueda, Rosado navarro, patxarán, Cariñena, Monistrol, Sangre de Toro y yo por aquello de que estos recuerdos, iniciados en la habitación 103 (creo) del Hotel La Gruta de Oviedo, que pretendía continuar, son recuerdos infantiles, adolescentes y de primera juventud, que mejor que brindar con aquella gaseosa Armisén de sobres, uno blanco y otro amarillo que se mezclaban y producían una gozosa eclosión de burbujas y gorgoritos, acariciándome la boca como chispas de la vida.

Recuerdo que estos sobres iban metidos en una caja de color oro viejo, repleta de medallas recibidas en alguna exposición alimentaria como: Bruxelas, Paris, Barcelona, Sevilla, etc., al igual que las achicorias y los pimentones, mezclándo estos sobres de gaseosa con agua de regaliz, en botellica, puro nectar de la pasión.


Y si a esto le acompañamos de un aperitivo de botillos, percebes, cigalas, langostas, langostinos, bogavantes, jamón ibérico y demás viandas, mejor que mejor, aunque yo me conformaría con unas aceitunas u olivas de la prestigiosa marca HERNÁNDEZ&HERNANDEZ de CASAR DE PALOMERO (si nos las traen).

Con este brindis fluirán los recuerdos y los nombraré uno a uno, como fluyen los Ríos Arga y Ulzama en Villava y el Torío y el Órbigo en León. Podría brindar con aquel vino aguado, que nos daban en Villava y León, pero creo que sería echar a perder el brindis, el paladar y los recuerdos, o con aquellos sorbitos de champán, con que nos regalaban en las grandes celebraciones en mi casa, y que a mí me hacían estornudar y me caían las lágrimas por las mejillas.
 
Siempre me he acordado, sobre todo, de las sensaciones que me produjeros los hechos que viví: alegría, tristeza, dolor, turbación, cariño, humillación, ternura, rabia estupor, sonrisa, risa, color, cabreo, frustración, olor sabor, tacto, placer, caricias, cosquillas, frío, calor e indiferencia.
 
Y como decía en Oviedo: "Quiero apelar a la memoria y llevarla hasta los recuerdos, como si fueran guías telefónicas de las páginas blancas y negras apostólicas-dominicas vividas, en que cada llamada, cada dirección nos sugiere un recuerdo, una saudade, una morriña, una nostalgia... recuerdos encontrados y a veces rechazados a través de los tiempos y ahora con pudor y sin nostalgia recuperados.
 
Abro el listín y me encuentro con la primera llamada, la primera dirección.  Marco BURLADA, porque allí vine al mundo un 12 de Marzo del año 1948 (con la primavera), y como dice la canción diré: "yo nací en esta ribera del río Arga vibrador". En aquellos tiempos Burlada pertenecía al Valle de Egüés, era solo concejo y fue un lugar de recreo de los Reyes de Navarra, (Casa Sholdau) o palacio del Arcediano, (dicen que allí estuvo GÓNGORA), en el pueblo viejo había una placa (en casa Uli) que decía: "Lugar de Burlada". es Camino de Santiago, tuvo Casa de Cofradías, Ermita de San Salvador con hospital de peregrinos, todo ello ya desaparecido. HILARION ESLAVA nació en el pueblo viejo de Burlada, que estaba abajo en la orilla del río, arriba las Ventas, por donde pasaba el trén IRATI, en aquellos años Burlada comenzó a crecer, debido al boom de la construcción de los años 60, como ciudad dormitorio de Pamplona.
 
Marco VILLAVA y digo: Infancia, donde  en Septiembre del año 1959 entré en el Colegio Seminario de los P.P. Dominicos de Villava, Beato Valentín de Berriochoa, como apóstólico. Se nota que soy del 59 ¿o no?. VILLAVA, villa del Camino de Santiago, de probada nobleza, entroncada con el Burgo de San Zernin de Pamplona, villa caminera, calle larga, Trinidad de Arre, villa fabril papelera, batán. molino de San Andrés, Capilla del Rosario. Aquí nació INDURAIN.

Los de Villava traperos los de Burlada campaneros.

VILLAVA Y BURLADA están situados cabe el Monte Ezcaba, entre las terrazas fluviales escalonadas, que desde esta sierra bajan hasta los ríos Arga y Ulzama, que se juntan en término limítrofe de los dos pueblos. Hasta cuatro terrazas en Burlada y dos en Villava. En la cumbre del Ezcaba, el Fuerte de San Cristobal, de tétrico recuerdo para muchos, asoma su cabeza mocha, debajo se ve El Polvorín.
 
Entre Pamplona, Burlada y Villava, una larga carretera une los dos pueblos, hoy Calle Mayor de Burlada y Avda. Serapio Huici de Villava, entre mi casa y el Colegio habría unos mil y pico metros. En esta carretera y en sus dos orillas se construyó una zona residencial de los burgueses de Pamplona: Chalets de Mayo, de Inda, de Esparza, de Agudo, de Luna, de Huici, de Vivanco, de Barbarin, de Castellanos, de Uranga, Dorronsoro, Aldasoro, de Eugui, et. Muchos de ellos de una construcción modernista de la "Belle Epoque".


Nuestro Colegio de los P.P. Dominicos de Villava estaba en esta zona, en el lugar que antiguamente oupaba el CASINO BESTA JIRA. Este bello edificio fue construido en 1911, por iniciativa de las familias burguesas de Pamplona, que deseaban tener un moderno casino-restaurante, como lugar de esparcimiento. Este CASINO BESTA JIRA (en euzkara "alrededor de la fiesta), que escandalizó por su vida licenciosa a la tradiccional población de Villava, tuvo una corta existencia y en 1915 fue adquirido por los P.P. Dominicos, que lo ampliaron, como COLEGIO BERRIO-OCHOA y SEMINARIO MISIONERO.
 
Volviendo al CASINO BESTA JIRA DE VILLAVA, deciros que su implantación fue un gran escándalo para Villava, Pamplona, Burlada y toda la Cuenca, según oí contar a mi familia, se hicieron manifestaciones religiosas, desagravios, oraciones públicas para pedir su cierre. Según el obispo de la Diócesis se daban fiestas escandalosas y el juego y el vicio eran la perdición de las familias y un mal ejemplo para niños y mayores. Según las malas lenguas, algún tío abuelo de mi familia se jugó hasta las pestañas y huyó escaldado hacia otros lares.
 
En años posteriores muchos de estos chalets se convirtieron en convento y crearon como una coraza alrededor del BESTA JIRA, para que no se volviera a repetir el desmadre de aquella burguesía, a un lado y en uno de estos chalets se aposentaron las M.M. Reparadoras, no sé si para reparar el daño de aquellos desmanes o como lugar de arrepentimiento de la burguesía. Al otro lado, el chalet de Huici se convirtió en nuestra BETANIA, donde nos educaron a muchos apostólicos. Parte de los jardines delanteros, las verjas modernistas, los árboles del bosque y laterales del campo de futbol fueron del BESTA JIRA.
 
Esta zona de Villava y Burlada era la concentración de monjas  más poblaza de todo el planeta. Así que ese centro de corrupción y vicio reparado y desagraviado devino en nuestro COLEGIO de los P.P. DOMINICOS DE VILLAVA.

Recuerdo, que en casa de mi tía Evarista, había varias copas con un logotipo grabado, B.J., o sea BESTA JIRA, puesto que cuando se cerró se subastaron los enseres del Casino, vajillas y mobiliario y las casas de los alrededores compraron estas vajillas y estos muebles.
La Capilla de los frailes era el salón de juego o comedor y las escaleras de madera que unían las clases, los dormitorios con el largo pasillo hacia el comedor formaron parte del antiguo casino, así como una torrecilla, a la que se subía por unas escaleras de caracol y contenía una estancia, habilitada como sala de la rondalla del Colegio (aún existe). Aquí empezó mi periplo por estas páginas blancas y negras dominicanas.


Debajo de la capilla, antiguo salón de juego había un sótano oscuro, con olor a rancio y humedad, en el cual estaban almacenados un montón de trastos viejos. Algunas veces entrábamos allí y para mí era un lugar misterioso y mágico, los trastos viejos me parecían ruletas, mesas de juego, tragaperras, tapetes, y hasta el fantasma del casino rondaba por aquellos lugares como un alma en pena vagando en remisión de su culpa, arruinada por el juego y el vicio.


A un lado de nuestro colegio, tapia con tapia, estaba la Escuela de Peritos Agrícolas, casi en término de Burlada, edificio construido en 1912. En principio fue destinado a Palacio del Congreso Nacional de Viticultura, que para conmemorar el VII Aniversario de las Navas de Tolosa se desarrolló en el Mes de Julio. Fue visitado por Alfonso XIII. En 1914 se convirtió en Escuela de Peritos. Por aquello de que fue  Centro del Congreso de Viticultura, detrás del edificio y sus alredores hubo plantadas varias viñas, junto a Esparza (Anís Las Cadenas), Burlada, Camino de la Ermita, etc. Hay que tener en cuenta que en las ripas de Burlada y las estribaciones del Ezkaba siempre hubo viñas, aún existe alguna de ellas, pues la zona mas al norte de Navarra donde se cultiva la vid. Me acuerdo que cuando eramos niños comíamos las uvas sivestres, verdes y en agraz que crecían por todas las partes y nos hacían guiñar el ojo y torcer el morro dos o tres veces por lo menos.
 
Es casualidad que este año de 2012, celebremos también el VIII Centenario de las Navas de Tolosa y el V de la Conquista e invasión del Reino de Navarra, aunque yo creo que no hay nada que celebrar y sí mucho que reevindicar. Los dos edificios fueron construidos, al mismo tiempo, por José Yarnoz y son de gran belleza, éste junto con su hermano Javier diseñaron otros muchos edificios en Madrid, San Sebastián, Pamplona y otros lugares, como el Gran Kursal de San Sebastián, hoy reemplazado por un edificio de Moneo también navarro, y la ampliación del Palacio de la Diputación de Pamplona.
 
José Yarnoz en Villava, Fray Coello de Portugal (Curro) en la Virgen del Camino, dos grandes arquitectos para dos grandes Colegios.
 
Esta visto que estos lingotazos de Gaseosa Armisén y agua de regaliz me ponen un montón  y en vez de alucinaciones me traen recuerdos e ilusiones, me desinhiben, me ponen eufórico y me avivan el recuerdo. Deseo no tengan efectos secundarios irreversibles. Hasta el próximo lingotazo o dirección de la guía. Un saludo. Espero no haber dicho muchas inconveniencias y tonterias.

Con cariño.

Javier Cirauqui.
 
 



UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (y IV)

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (y IV)

Leed hoy la cuarta y última parte del relato con el que Javivi nos ha reforzado el placer inexplicable de la lectura.  ¡Recrista bendita! 

Gracias, amigo.

 




UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (y IV)
4.- Las metamorfosis de un páramo.

Había acuerdo entre Pablo Díez, Luis Almarcha y Aniceto Fernández para crear un colegio y dar solución a  los problemas técnicos del santuario (1952). Llegó la primera comunidad de dominicos a La Virgen del Camino (1955). Se estaba produciendo, a toque de talonario, una reestructuración importante en las propiedades de aquel pueblo (1953 – 1956), crecido a la sombra de una iglesia, con casas de adobe y bodegas de vino familiares en los alrededores, de cuyas trazas quedan cada vez menos vestigios, porque la ciudad moderna avanza sobre la antigua geografía -guijarro y tomillo-  del páramo, como muestra la imagen…

 

Faltaba vender la moto, vistiendo de seda la mona: quitarle el cabreo al clero secular por las prebendas perdidas frente a una orden regular, amigar a las instituciones leonesas con los nuevos administradores del Santuario, conciliar dominicos y fieles marianos… Tarea ardua, con contrapuestos intereses.

Mientras todo aquello se cocía en León, en Madrid había acabado su carrera de arquitectura un joven jienense que decidió hacerse fraile y dominico: Curro Coello de Portugal (1953).

En 1954 Coello de Portugal está en Palencia, Convento de San Pablo, rebasando  su Noviciado, en cuyo año se hizo la foto adjunta.  “…Me llamaron para hacer la primera obra, la Fundación Virgen del Camino y a continuación, el Santuario Virgen del Camino. Me lo propusieron siendo yo un mequetrefe recién salido de la Escuela metido en el noviciado… Era como para darse con un canto en los dientes.” (Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Navarra: “Fray Coello de Portugal,  la arquitectura un espacio para el hombre”. Pamplona, 2005)

El arquitecto fraile hace una matización pertinente, Fundación frente a Santuario.  Efectivamente, en el reparto de papeles entre empresario, obispo y provincial de 1952, se  decidió diferenciar la dirección técnica del santuario y del colegio. El Obispado nombró a Juan Torbado Franco como arquitecto de la iglesia y los dominicos pensaron en aquel “mequetrefe” que tenían en el noviciado de San Pablo para levantar el colegio.

Torbado Franco presentó a principios de 1955 primero una propuesta y luego los planos al Obispado. Pero ni planos ni lo que se estaba construyendo le gustaba al de la “tela”, Pablo Díez. Así que Almarcha retiró el encargo a Torbado y aceptó que las obras del Santuario las llevase a cabo Coello de Portugal, el elegido quizá por el provincial y el empresario; Coello se hizo cargo de las mismas en el verano de 1956.

En la citada conferencia de Pamplona en 2005, Fray Curro daba la razón a Tuñón, quien recuerda en nuestro blog las romerías que hizo con su madre a la Virgen del Camino antes de convertirse en alumno (¿de la primera promoción?)del Colegio, reconociendo que me encontré con una antigua ermita. Hoy no la habrían dejado tirar, y no se debería haber tirado, pero yo la encontré ya casi demolida, y seguí pecando tirándola definitivamente. La verdad es que ya no tenía solución. A los dos lados se hicieron, por indicación de don Pablo, el fundador, un altar de San Pablo y otro de San Froilán.

También había dos puertas a los lados del edificio, que se conservaron poniéndolas a los dos lados de la ermita al aire libre, en la explanada. Es un poco ridículo, pero se mantuvieron”

 

Terminó de redactar el  proyecto el 27 de diciembre de 1957. En abril de 1958 el Obispo Almarcha autorizaba las obras y se comenzó a desmontar el antiguo templo. Aún tuvieron que sortear algunos “problemillas” con Patrimonio  ya que el viejo santuario estaba en zona monumental de león y el Cabildo buscaba argumentos reales o ficticios para desquitarse de la herida infringida por el obispo, el industrial y el provincial. 

 

Según relatan las crónicas,  en junio de 1958 el viejo santuario estaba prácticamente demolido, excepto la zona del ábside –como muestra la foto- que protegió el retablo mientras avanzaba la nueva edificación, para dejar a la Virgen en el lugar exacto en que cayó la piedra  que ella misma tiró en 1505 con la honda de Alvar Simón.

 

Coello de Portugal dirigió ya con mano experta las obras de Colegio y Santuario  durante los  años 58, 59, 60 y 61. El primer año que funcionó el colegio fue, si mi memoria no me engaña, el curso 58-59. Hay por el blog escribientes –y seguro que lectores- pertenecientes a aquella primera promoción. Ellos podrían dar mucho mayor colorido y vivencias propias a aquellos primeros años.

 

La inauguración oficial del nuevo Santuario tuvo lugar en 1961, de cuya efeméride hay abundantísimo material gráfico y recuerdos personales de quienes por aquí andamos que podrían añadir nuevas luces a aquel recuerdo que es mortecino, pero aún tiene brasa, si se escarba.

Aquel año 1961fue el que llegamos al Colegio un nutrido grupo de nostálgicos escribidores del blog, la “yeguada del 61”, que tanta tabarra está dando en el blog. He leído por ahí que fue también el año en que Curro Coello fue misacantano en la Virgen del Camino. Pero -¡lo juro!- el dato no lo tengo grabado en mi disco duro; no sabría decir si fue anterior a nuestra llegada, si yo no estuve en aquel acto o si mi mente de niño no fue capaz de ver la trascendencia de aquel acto, de un arquitecto que quiso ser cura pero que lleva más de medio siglo siendo cura y arquitecto. Arquitecto que se hizo de la mano de Le Corbussier, a lomos de una vespa y desarrollando una arquitectura racionalista y moderna que ha cambiado por completo la imagen de los edificios religiosos en España.

 

No quiero acabar este relato de los años cincuenta sin colocar esta foto como broche. Foto en la que un joven Pedro Sánchez ofrecía el manto de la Virgen a la feligresía leonesa el día de la inauguración del Santuario, mientras era observado por Curro Coello de Portugal desde la otra esquina del Camerino.

Para acabar y parafraseando a la Señora del Camino, “Vosotros, los que pasasteis por el Camino, mirad si hay otros relatos que mejoren y amplíen al mío”. Los cielos y quienes transitamos por el blog os lo agradeceremos.

 

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Javivi

EL ARGIMIRO, EL POCOSDIENTES Y LA SEÑORA VENERANDA (7 de Octubre de 1962)

EL ARGIMIRO, EL POCOSDIENTES Y LA SEÑORA VENERANDA (7 de Octubre de 1962)

Después de leer todo lo que nos escribe nuestro querido compañero Luis Carrizo, natural de La Virgen del Camino (del 60 aunque merecía ser de la gloriosa del 61), coincidiréis conmigo en que es una de nuestras plumas mejor dotadas.

No me negaréis que las expresiones que escribía como comentarios en el artículo del 12 de Marzo pasado titulado UN ANCHO ESPACIO, UN LARGO TIEMPO (Marzo de 1956) en el que Isidro Cícero escribía al pie de una fotografía del colegio en construcción "...  vivir como liebre y lagartos, el tocino del cocido que llevaba hirviendo toda la mañana, los lamparones de la culera, ...", etc. son dignos de la mejor literatura.

Y bueno, ya lo de "... me sentaba después sobre el pan para aplastarlo y poder acometerlo mejor...", sin palabras.

Y como a Luis le extrañaba la despoblación que Isidro denunciaba en la susodicha fotografía, pues le he enviado esta otra, ya más poblada, para que me escribiese lo que se le ocurriese. Está tomada el 7 de Octubre de 1962, también desde el Junker.

Este es el mejor postre para hoy.

Gracias, amigo.


La próxima fotografía de La Virgen del Camino que propongas para comentar, amigo Cortés, pídesela al Servicio de Atención al Cliente de la NASA o, al menos, bájatela de Google Maps, ¡por el amor de un solo Dios! Yo le perdono a Isidro Cicero Gómez, el afamado escritor montañés, que haya acuñado como moneda, ya de curso legal, la expresión “la paramera” para referirse a los adiles y rastrojeras que circundaban mi pueblo. Se lo perdono porque a quien ha nacido en un lugar llamado Valdeprado es normal que le suceda un poco como a las estrellas, para las cuales –según dejó escrito Gómez de la Serna— todos estamos en un abismo. Yo puedo llegar a entender que aquel niño que abrió los ojos a la vida en medio de un verde y florido prado (como es de ley que sean los prados) acabase concibiendo en su exiliada imaginación que aquellas tierras hirsutas donde le habían condenado a vivir fuesen poco menos que la antesala del desierto. Pero tú, querido José María, no debes ni puedes seguir alimentando esa especie con la publicación de fotografías que muestren un Santuario y un pueblo tan yermos, al final, como los campos de los alrededores.

 

¡Súrsum cámara! ¡levantemos el objetivo!, por favor. Una fotografía tomada desde el espacio, volviendo imperceptibles los detalles, impediría extraer ese tipo de conclusiones tan desmerecedoras; y, al tiempo, proporcionaría al comentarista de turno un inagotable venero de posibilidades, pues la imaginación, libre de las ataduras de lo concreto, podría vagar sin cortapisas y contemplar las cosas desde un punto en que ya no fuese posible apreciar diferencias entre Valdeprado y La Virgen del Camino; o entre la torre de la estrella colorá y las de la catedral, o la espadaña de la iglesia de Valverde con sus cinco nidos de cigüeña (todos habitados), amontonados como piojos en costura. Pero estas  lucubraciones –te decía— no son aptas para la ocasión, porque lo que se ve nos conmina (mal hecho)  a olvidarnos de lo que no se ve. En el aeropuerto de Alicante hay un mural --creo, además, que el autor es Subirachs, para más emoción-- en que puede leerse una frase de Ramón Llull: “lo que se ve es una visión de lo invisible”. Yo es que flipé la primera vez que leí tal pensamiento en tales andurriales, pero no veo que haya calado entre el gran público, porque jamás he llegado a cruzarme camiseta ni tatuaje alguno que reproduzcan el profundo apotegma.

 

No lo recuerdo bien, pero estoy por asegurar que aquel 7 de octubre de 1962, fecha en que fue tomada la instantánea, no había convocada ninguna huelga general, por lo que me sorprende no distinguir en la escena a algún obrero dirigiéndose a trabajar a “la obra” en bicicleta, bien sujetas las perneras de los pantalones con dos pinzas de la ropa, y el serillo con el sacramental cocido mejor agarrado “entodavía” por la goma de ganchos. Resulta también extraño no descubrir ningún perro vagabundo yendo o viniendo de marcar como territorio propio el muro sur del Santuario, ése en el que no por casualidad (hay que releer los Misterios Dolorosos) Coello de Portugal decidió abrir precisamente 7 + 6 + 7 ventanales. Yo no sé si los perros que orinan contra ese muro siguen también algún esotérico designio, ni tampoco, si al número de meadas que lo tienen señalado puede encontrársele un significado cabalístico; lo que sí puedo afirmar categóricamente es que esa Basílica Menor es la Basílica Menor más meada de la cristiandad. Y, si hubiera un médico en la sala, rogaría encarecidamente que se levantase para corroborarlo

 

Por lo demás, la fotografía, no tiene mucha más historia: imagino que alguno de los paisanos al que dieron papel en el reparto puede ser Argimiro  --aquél de quien Don Joaquín, el practicante, afirmaba que debía tener un hígado de oro-- yendo o viniendo de trasegar la enésima copa de orujo; o el Pocosdientes, ocupado en solventar algún asunto de su incumbencia; o la señora Veneranda, atareada en buscar con qué alimentar a las dos docenas de gatos con los que convivía; o los padres de un apostólico saliendo de hacerle una visita...

 

Los que sí aparecen nítidos, silenciosos y discretos, cabe los muros del convento, son los abetos y los cedros del Líbano, aún jóvenes en aquellas fechas, y llenos de vigor, como toda la chavalería del otro lado de los muros. Hoy se les ve crecidos, con alguna rama desmochada, también como nosotros; de alguno, incluso, puede apreciarse, solamente, el hueco que dejó. Exactamente igual como nosotros.

 

Luis Carrizo

 

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (III)

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (III)

 

 


 

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (III)

3.- “Usted compre, pague si es necesario el doble de su valor”

 

Es conocido de muchos de vosotros, pero yo no lo supe ni cuando estudié en La Paramera ni después. Así que estos días,  como consecuencia del ruego de Josemari,  he buscado información sobre el cómo y el porqué se levantó un colegio junto a un santuario en los años 50 del siglo pasado. He aquí hasta donde llegué:

No entro en la motivación última por la que Pablo Díez Fernández –Don Pablo en las crónicas, que todo el que va con la chequera por delante puede llegar  al señorío y al cielo -, de Vegaquemada, el pueblo de Fernando Alonso, levantó en su pueblo una iglesia románico ex nihilo; ni por qué ofreció a los dominicos todo su inmensa fortuna para levantar una Fundación. Sus biógrafos hablan de un niño huérfano de 6 años al que su tía ofrece a la Virgen: "Este niño no tiene más madre que a ti  y te ruego, Madre Divina, que le tomes bajo tu protección y le ampares para siempre".  Estudió en Corias, llegando a vestir el blanco y negro dominicano a los 16 años. El caso es que quedó “amparado”  en México, donde ocurrió que levantó un emporio industrial, que fue esparciendo entre familia, convecinos y antiguos compañeros de hábitos, como agua de mayo en primavera sedienta.

Otro protagonista del cómo,  Luis Almarcha, de Orihuela, Obispo en León ( 1944-1970) amigo, valedor, mecenas del poeta Miguel Hernández, a quien al final no pudo o no supo arrancar de las garras de la muerte en las cárceles franquistas de posguerra. Texto para la reflexión: “Conocí a Miguel Hernández desde niño. Su necesidad y sus apellidos nos acercaban… No le faltó mi amistad. Hice cuanto pude por él y en sus procesos y en sus indultos afirmé que se podía haber desorientado en sus ideas políticas, pero que no había pasado de la región de la poesía a la de los hechos delictivos teñidos de sangre y ello era causa de conservar mi amistad” (Luis Almarcha, Procurador en Cortes y Consejero del Reino, mayo 1951)

Hay en este blog de nuestra infancia recuperada una entrada donde Luis Carrizo y Josemari Cortés ofrecían más datos sobre aquel obispo todopoderoso en el franquismo, calificado como “renacentista” en el desierto cultural de posguerra: “Leyendo Retablos (El obispo Almarcha)”,  22 octubre 2010. Andrés M. Trapiello remataba la faena, calificando de “paso y reinado, de no buen recuerdo”  los 26 años de gestión de Almarcha en León, tras un picantón debate sobre posible ayuntamiento carnal  entre la perra de Jesús Herrero y el perro de Antonio Argüeso.

¿Tiempo de la foto? a comienzos de la década de los años cincuenta  del siglo XX. La patrona de León se cobijaba todavía –aunque por poco tiempo- en el retablo cubierto por el ábside que vemos en la imagen  inferior, lugar donde –según la tradición- la Virgen le pidió al pastor se levantase un santuario en su honor.

Faltaban los dominicos en este escenario, desaparecidos desde las desamortizaciones del siglo XIX. Entrarán en escena de la mano de otro leonés con mando en plaza: Aniceto Fernández (1895 – 1981), de Pardesivil, el pueblo del que es oriundo también Jaime Rodríguez Lebrato, uno de nuestros profesores supérstite de muchas batallas, porque siempre intentó mirar “Más allá de la noticia”, libro con el que se bautizó en la larga lista que acumula.

Aquellos tres personajes, -Pablo Díez, Luis Almarcha y Aniceto Fernández- habían llegado a un acuerdo sobre el futuro del Santuario de la Virgen del Camino, por motivos distintos, en una reunión mantenida entre ellos en Vegaquemada, hacia 1952, según relata Fernando García  en el libro “Retablos, la Virgen del Camino de León” (Edit. Comunidad de Dominicos, Virgen del Camino, 2009, pg 22). En aquella reunión se concedió a los dominicos la administración del Santuario y la Casa de Ejercicios, así como la construcción de un colegio-seminario y el mecenazgo de Pablo Díez, en pago y agradecimiento.

En 1955 ó 1956, año en que se hizo la foto que encabeza este post, aparecieron por León tres dominicos, como avanzadilla: Ignacio BlázquezJosé Antonio Fernández Suarez (P. Sama) y José Antonio Abúlez. En argot dominicano, “erigieron convento” y comenzaron a atender las labores del santuario. Algunos biógrafos  de estos tres frailes que llegaron a La Virgen para hacerse cargo del Santuario refieren el frío y las inclemencias que soportaron en los primeros tiempos, con el ánimo propio de quien se embarca en aventuras nuevas.

En el libro citado,  “Retablos”, Gonzalo Blanco  escribe (pg 199): “Ignacio Blázquez, un promotor inmobiliario con voto de pobreza… Su verdadera épica se despliega en el páramo de Valverde. Constituye allí una célula básica y, ayudado por los padres Sama y Abúlez, erigen convento y atienden el compromiso social del Santuario. La realidad les sometió, de forma brusca, a un cambio de códigos con sus destinos y roles anteriores y les embarcó en una estresante actividad. Había que levantar, desde la cota cero, un mundo nuevo cuyos estratos y complejidades desconocían por completo…., recomendación de Pablo Díez.”

Conocí en persona a uno, José Antonio Fernández Suarez, el P. Sama,  mi “director espiritual” ya en la pubertad, en la Escuela Mayor. Y maestro de ejercicios espirituales para nuestro curso. 

Me propuso  el uso del cilicio en los ejercicios espirituales de quinto curso, aunque mi cuerpo lo rehusó apenas probado; no debía tener gana de tanta austeridad. Con la venia de nuestro cronista particular, Santiago Rodríguez, o de José María Sierra,  una memoria con muchos terabytes, aquellos tres frailes se fueron ya al descanso eterno.  El último, el P. Sama, quien moría el 24 de octubre de 2009. José Antonio Rodríguez, el querido prior de Oviedo, lo relataba así para el blog: “Anoche falleció en mi comunidad de Oviedo el P. Sama, de repente, sentado en el confesonario. Muchos le conocíais…. Hay días en que todo coincide, pero en nuestras vidas siguen muchas cosas de los que se nos van. Quizá eso es lo único importante a recordar”. (Fallece el P. Sama. 24 octubre 2009)

Aquellos tres frailes tuvieron a su disposición durante un quinquenio las cuentas corrientes de una empresa multinacional importante para ofrecer talones a los propietarios de los entornos del santuario. ¿Finalidad? Levantar en los entornos del viejo santuario un complejo religioso importante en aquellos años, inscrito oficialmente como “Fundación Virgen del Camino”.

El mandato que recibió Ignacio Blázquez de Pablo Díez –Don Pablo- era taxativo: “Usted compre, pague si es necesario el doble de su valor”.  Así, Blázquez se convirtió –a su pesar- en “promotor inmobiliario con voto de pobreza”.

Esto, “promotor inmobiliario, voto de pobreza”, es lo que hemos venido en considerar  oxímoron, en cuya búsqueda José Manuel García Valdés es dueño y señor, amén de en otros muchos ardides. Cuando este astuto y querido jubilado me exhiba talonario con enjundia, prometo ascenderle a la categoría de “don”: Don Pitu, como otros ilustres.

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Javivi

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (II)

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (II)

Aquí os dejo la segunda parte del relato que nos regala Javivi.

No sabía que yo era uno de los más sabios en cultura,  arte y folklore “cazurrín”, de haberlo sabido...¡aquí iba a estar yo!



 

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (II)

2.- Una caja donde guardar el antiguo retablo,  Premio Arqano +10 de Coello de Portugal.

-¡Recrista puta! 

El taco con trapío de la abuela me salió de los adentros, inesperadamente,  la otra mañana;  Josemari  Cortés me había mandado una foto  curiosa  -que abre portillo- sobre la que la historia ha tramado y destramado amnesias y recuerdos, nostalgias y piedades. “Mira qué imagen tan fantástica; algo se te ocurrirá!”, -decía lacónico este paciente e incansable conductor del blog, el muy “guindilla, uno de los más sabios en cultura,  arte y folklore “cazurrín”. Esto es,  este Josemari, leonés en estado puro.

A modo de ejemplo: el último fin de semana de febrero, -lo dicen las crónicas-, por La Cepeda hubo fantásticos botillos de Manolo Centeno y percebes de  Lalo Mayo  (decía Lalo que eran “indígenas”, del embalse de La Raldona, en Benamarías de La Cepeda, el muy engreído, aunque los percebes dieron juego como si fueran de la mismísima Coruña). De los botillos de Centeno,  ni comentar, no sea los cate el Jefe de la Casa Real y ya nunca más podamos catarlos los demás mortales, igual que sucede con el chorizo de Casa Suarez.

En la mañana del domingo siguiente, sol radiante en León, Josemari  apareció frente al Convento de San Marcos, al que estaba yo fotografiando con aquella luz frontal tan leonesa –igual que el cielo, tan azul- que muestra la “peineta” que remata la portada barroca y ahí os dejo;  casi sin los saludos de cortesía rituales, nos dio a Isabel, Quique, Lourdes y a mí una magistral lección sobre el edificio. En sus recuerdos de infancia, aquel San Marcos, cuartel militar de caballería, el Cuartel de la Remonta, para sementales;  en 1964, Fraga –Ministro de Información y Turismo desde 1962- lo instituyó en Parador, mientras una buena parte de nosotros “formábamos” en filas cuasi militares en “el colegio que se tragó la trampa”,  que escribiera hace tiempo Isidro Cicero, frase que a mi tanto me gusta, porque ya no sé si la trampa se tragó al colegio o se tragó a aquellos críos que fuimos.

(¡Vale! Perdón por la digresión. Vuelvo a  la foto que abre “portillo”, pero ya me conocéis: suelo zigzaguear de vez en cuando. Y en estos recodos de la vida, casi que prefiero el zigzagueo como norma de vida)

¡Recrista puta! ¿Y qué puedo decir sobre una foto y un tiempo en el que  era yo un niño de 6 años, lleno de ojos y perdido en un pueblo de junto al nacimiento del Ebro?, -pensé 

Pero el tema me interesó de inmediato. De una intensidad histórica máxima. En “diálogo de carmelitas”, el viejo santuario que no conocí -ileso aún- frente al esqueleto del colegio  que me era extraño aún-en construcción- al que acudiría 6 años después y en el que pasé otros 6 años de mi vida, con intensidad creciente. Dos en uno; ambos mundos  unidos en el clic de una cámara fotográfica cuya autoría desconozco. Y en primer plano, por la izquierda, la silueta de ambas capillas de aquel colegio modernista en tiempos intensamente franquistas en las que pasamos tantas horas, en actos de culto colectivos o en meditación intimista.

Azares de la vida, el email de Josemari me llegó el 22 de febrero, mismo día en que María José Diez de Tuesta, una conocida casi amiga,  narraba en “El País” la muerte inesperada, con 52 años, de Luis Moreno Mansilla (1959),  arquitecto junto con Emilio Tuñón del Auditorio de León (1994 – 2002) y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León - MUSAC (2001 – 2004).

Quizá Fernando Box  encuentre alguna explicación más profunda que yo husmeando en los números y las esferas del firmamento, pero anoto aquí el hecho: Francisco Coello de Portugal estaba acabando su primer trabajo, rupturista respecto de la tradición arquitectónica religiosa anterior,  la Fundación Virgen del Camino y el Santuario a la Patrona de León, anexo,   cuando nacía Moreno Mansilla, hijo intelectual de Moneo y ganador del  Premio de Arquitectura Contemporánea Mies van der Rohe en 2007 por la plasticidad y el cromatismo del MUSAC leonés.

Sin embargo, ¡qué nos van a contar sobre las bondades de su arquitectura a quienes disfrutamos por años de los edificios diseñados en 1955 por Curro Coello en La Virgen del Camino! Absolutamente nada. Así que era de justicia el Premio ARQANO +10 que le concedió el Colegio de Arquitectos  en abril de 2008, acto en el que estuvo Josemari Cortés, -en la imagen- de alguna manera, en representación de todos aquellos niños que vivimos y usamos en carnes propias el nuevo concepto de arquitectura para colegios y edificios religiosos, representado por un fraile-arquitecto o arquitecto-fraile, que ya, ni el mismo Curro sabe si él es aquel o este otro.

¡Cuánta historia vamos acumulando a las espaldas aquellos niños que transitamos por La Paramera va ya para medio siglo, señor!

 

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Javivi

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (I)

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (I)

Con esta primera parte doy comienzo a la publicación en el blog de lo que se le ha ocurrido escribir a Javivi del Vivigo, rey y señor de los signos de puntuación, observando esta otra fotografía aérea tomada el 26 de Marzo de 1956, solo un momentín antes de que el Junker girase a su derecha para disparar la fotografía que nos comentó Isidro Cícero (UN ANCHO ESPACIO, UN LARGO TIEMPO blog del día 12-3-12).

Estaba seguro de que le picaría la curiosidad al observar con detalle esta fotografía y efectivamente ha decidido bucear un poco para saber sobre aquel espacio donde pasó unos años, o donde los años pasaron por él.

 Ved esta nueva e impactante fotografía en el álbum EL COLEGIO.

 


 

UNA IGLESIA PARA UN RETABLO, UN PAISAJE PARA EL RECUERDO (I)

1.- Tacos de una abuela con iglesia románica.

 

Virginia, una de mis abuelas (que en gloria estará, sin duda), devota cumplidora con la misa en domingos y fiestas de guardar, tuvo reclinatorio propio en la iglesia románica de San Vicente de Villamezán, el  pueblo donde me nacieron, que recoge Jesusito Herrero en alguna de sus iconografías de la lujuria (“El tren de la Robla y el románico”), aunque abuela y pueblo eran, en aquellos tiempos, expresión neta de antilujuria, de privaciones, de miserias.

 

 

Para mantener su reputación de mujer trabajadora, llegaba a la iglesia siempre con el rito comenzado y marchaba a galope, apenas el cura, en el único momento en el que no daba el culo (con perdón) a su feligresía en aquellos tiempos preconciliares, soltaba aquel mágico, “ite, misa est”, al que ella respondía -ya desde la puerta- con el preceptivo “Deo gratias” porque, tras la misa, los hombres  del lugar acudían golosos a la taberna-ultramarinos que regentaba, para apurar aquel vino de espita y año,  servido en jarras solidarias que iban de boca en mano –o en porrón- como la falsa moneda, mientras repasaban la actualidad del pueblo y se les calentaba el espíritu a medida que aquel tinto fresco de barrica llenaba sus estómagos vacíos.

Por hacer tiempo, mientras sus “santas” preparaban en las casas el arroz con  pollo de los días festivos. Eso sí: pollos de corral. Duros como el país, pero con sabor.

Aquella austera mujer de posguerra rural  empleaba dos tacos, dependiendo de la intensidad de su contrariedad: “¡Recrista bendita!”  -era un cabreo leve, similar al ¡”Ahívalaosa!” de La Paramera; un venial, vaya-  y “Recrista puta!” Este era ya un taco con trapío, -¡un tacón!- para ocasiones de gran solemnidad. Se santiguaba mientras lo pronunciaba, como queriendo espantar al Maligno, por el pecado que estaba cometiendo, mucho antes de que el Papado  nombrase exorcista para la Archidiócesis de Santiago de Compostela a otro compañero nuestro, José María Trapiello.

¿Será aquel “recrista” otra palabra olvidada del “palabrario”  popular que anda este Trapiello “recatado” rescatando del ostracismo cultural?

Ya digo, en gloria estará mi abuela Virginia, que  tacos pocos echó, pero acumuló un montón de créditos tóxicos  de imposible cobro a bebedores insolventes; sin que nadie la reconociera nunca como “precursora”  de microcréditos a pobres bebedores de aquel  Tercer Mundo de un pueblo perdido por donde nace el Ebro; ella apuntaba con un lapicero sobre un trozo de papel de estraza, “debe Ramiro…”, “debe Fidel…” “debe Margarita…” Y así, un largo etcétera, sin las artimañas de la banca actual, antes de Merkel, del Banco Central Europeo, del Fondo Europeo de Inversiones, de... Ella lo apuntaba; cobrarlo era otro cantar.

Yo vivía a caballo entre la casa de mis padres y la de los abuelos. Sin otras preocupaciones que controlar la “propiedad” de los nidos de pájaro contra las incursiones de otras cuadrillas de niños lugareños y prestar atención a los maestros, porque aquello de leer y saber me pareció una Cueva de Alí Babá repleta de joyas preciosas, que me gustaba descubrir ya desde aquellas edades tan tiernas.

León y nuestra experiencia equinoccial de aquel colegio modernísimo con piscina y muchos campos para deportes me quedaban  a años luz en los años cincuenta del siglo pasado. Me conformaba, por entonces,  con abrirme a la vida, aprender lo esencial de sus arcanos, con jugar, robarle a mi abuela en la taberna paquetes de Celtas –sin  boquilla, of course-  y bolas de anís;  bolas de anís que chupábamos entre aquellos mocosos que éramos, después de fumar escondidos bajo cualquier alcantarilla para sentirnos “hombrones”, enmascarando el olor a nicotina.

Poco más.  La opción de un colegio apostólico en León llegó casi de improviso, cuando las carencias del pueblo, la emigración familiar, un tío dominico y las sugerencias de un maestro preocupado por que el amo no me echase a las tinieblas exteriores por no haber  sabido aprovechar los “talentos” recibidos –recordad aquella parábola tan extraña-  me abriera el llanto y me hiciera crujir los dientes.

¡Éramos tan críos! ¡Los tiempos eran tan otros!

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Javivi

LOS DEL 64, AL PREU POR LO CIVIL EN PALENCIA

LOS DEL 64, AL PREU POR LO CIVIL EN PALENCIA

Nos escribe Lalo F. Mayo, el grande, este delicioso relato de aquel invierno de 1971.

Me envía esta fotografía de su colección. Es el propio Lalo en el patio de San Pablo.

 


 

Pues yo creo que ni tuve que pagar un duro por la convalidación del bachiller, ni tuve que repetir curso. Bueno, ni yo ni ninguno de los que de la cosecha del 64 nos fuimos antes de entrar en el noviciado. Creo que nos convalidaron directamente quinto y sexto, hicimos la Reválida de sexto en el INEM y a continuación nos matriculamos de Preu. Con lo que al pasar del sexto "por lo religioso" al Preu "por lo civil" se nos perdonaron todas nuestras deudas académicas.

 

Fue en aquel prodigioso curso del 70/71 en el que a los que habíamos empezado de apostólicos en el 64 nos cambiaron las conocidas aulas con vistas a los cerezos por las más o menos mixtas del INEM de Palencia; y nos sustituyeron la estricta disciplina de la Escuela Mayor, que ya se relajaba suavemente con la presencia del pHuarte tras la marcha del pCura, por la apertura total que el pJesús Gallego hizo de las puertas, ventanas y mentes en la residencia prenovicial de San Pablo. (Y eso que aquel invierno fue tan frío en toda España, sobre todo en la mesetaria, que a la señá Avelina, mi anciana vecina de Astorga, en una madrugada de aquellas Navidades se le heló el contenido del orinal ¡¡debajo de su cama!!).

 

Aquel año 1971 el segundo trimestre comenzó tarde, por lo menos el día 12 o 13 de enero, porque las heladas reventaron las cañerías del INEM Jorge Manrique, las calles palentinas se quedaron de cristal y en las habitaciones de San Pablo había un par de grados más que en la huerta, por lo que los prenovicios dormíamos todos en cama redonda en el trascoro de la iglesia, único espacio caliente del veterano conjunto histórico-artístico palentino de la OP.

 

Aquel prodigioso curso, digo, te permitía hacer escala técnica en alguna de las muchas pastelerías de la larga calle Mayor (ríete tú del claustro de las aulas de La Virgen que tantas veces recorrimos… y limpiamos) en busca de unas inmensas y aceitosas bambas de crema, o cambiar el duro banco del aula vespertina y las enseñanzas de latín y griego que recibíamos cada día de lunes a sábado, por la más mullida butaca de algún desangelado cine de sesión doble. Y nos permitíamos el extremo lujo de gastar la media hora del recreo en el bar de enfrente escuchando "Spring, summer, winter and fall" de Aphrodites Child,  "Venus" de Shocking Blues, o incluso la versión reducida en single del "In-a-gada-da-vida" de Iron Butterfly (que tanto habíamos disfrutado aquel mismo verano en Lastres de la mano del pTorrellas) mientras, siempre que tuvieras un duro en el bolsillo, comías sobre la barra una sabrosa ración de tortilla de patatas recién hecha.

 

Aquel año se celebró en el aula de Filosofía un curso sobre la alienación desde el punto de vista marxista, ¡oh Dios mío!; y fumábamos, claro. Celtas, ¡qué pasa!; y tomábamos café después de comer, y en los cumpleaños, que fueron casi todos los días a pesar de que no éramos más de 50 postapostólicos o prenovicios, como queráis, había copita de coñac/anís; y en el mundo, en nuestro nuevo mundo, Dios creó a las chicas y fuimos aprendiendo a hablar con ellas sin ponernos colorados (yo ya casi lo he conseguido), y nos invitaban a guateques en los que la única luz de la sala de baile era el piloto del tocadiscos, aunque a la mayoría de los asistentes, prenovicios o seglares, no nos hubiera importado que la luz brillara como el otro día en Old Tradford, cuando a esos diablillos rojos les pasó por encima un tren llamado Atletic.

 

Los del 64, en Palencia, salvo alguna honrosa excepción que pudiera haber y que desconozco, veíamos pero no catábamos, con lo que aquel año ya mejoramos algo; porque en la paramera tampoco catábamos, Dios nos libre, pero es que ni siquiera veíamos (y las hermanas no cuentan).

 

Venía a cuenta esta disquisición de madrugada por culpa de las repeticiones de cursos a las que nos obligaba la enseñanza oficial a quienes salíamos del colegio. Pues eso, que los del 64 nos exclaustramos sin pagar peaje por el Bachillerato.

 

Y si no fue así que venga Marcos y lo desmienta.

 

Salud

 

Lalo F. Mayo

UN ANCHO ESPACIO, UN LARGO TIEMPO (Marzo de 1956)

UN ANCHO ESPACIO, UN LARGO TIEMPO (Marzo de 1956)

Pese a que nos separó un largo tiempo y el espacio entre nosotros parecía infinito, aunque próximo en distancia, siempre recordé a Isidro como Cícero, el amigo bueno de mi hermano Andrés.

Hace unos días le envié esta fotografía fechada el 26 de Marzo de 1956, sospechaba que le conmovería ver desde el aire el esqueleto de nuestro colegio todavía sin vida.

Os dejo la fotografía original en el álbum EL COLEGIO.

Disfrutad de la visión y la lectura.

 


 

 

 

MARZO DE 1956

ISIDRO CICERO

 

Me dice Josemari que esta foto se obtuvo  el 26 de marzo de 1956.

Para esa fecha, la mi Marga acababa de cumplir dos añines, o sea que si la comparamos hoy con la nuestra nietuca Helena, Marga era más pequeña todavía. Si las comparamos por las fotos que se conservan de la una y las que frecuentemente le hacemos a la otra, parecen la misma niña. Son igual de lindas, tienen iguales ojos.

Valga esta introducción familiar para situarnos en el decurso del tiempo, o su transcurso o su permanencia, o su fugacidad, o su repetición. En medio del tiempo aparece una fotografía fechada como ésta y enseguida te ves impelido a  los cálculos como si la foto fuera un mojón entre dos huertos.

Para aquel 26 de marzo -si la foto se hizo el día 26, yo tengo las reservas que luego diré- Justino Blanco Villacé, José María Cortés Aranaz y Jesús Herrero Marcos eran ya granducos, eran mocitos de cinco o seis años. No seis años exactos, ni los tres por un igual: Josemari, cinco años, un mes y ocho días; Justino superaba los seis por un mes y tres semanas; Herrero, por tres meses y 26 días. Lo de Jesús Herrero tiene más fácil calculación. Porque si lleva el dulcísimo nombre que lleva, seguramente es debido a dos cosas: A ser de Palencia y a haber nacido en Año Nuevo. En Palencia el nomenclátor del calendario está por encima de cualquier otra consideración y el año nuevo conlleva llamarse Manuel por Enmanuel o Jesús por nuestro santísimo redentor que también ese día celebraba su santo.

Otro que también tenía seis añitos cuando entonces era Luis Carrizo Medina, mi amigo querido. Cuando Luis vea esta foto, señalará con el dedo el viejo santuario que aparece en el centro de la imagen antes de que lo tiraran y dirá: Anda, mira, 1956, por aquel entonces ayudaba yo aquí a misa. Porque ya sabéis que Luis vivía en la Virgen del Camino, como Quique ahora, mientras todos los que no éramos él, cumplíamos parecidos años y distintos meses y nos preparábamos cada cual en su pueblo, para cuando todo esto que se ve en la foto estuviera culminado y para la fecha de nuestro advenimiento al lugar, fecha definitoria, fundamental e indeleble en la biografía de cada uno.

 Y también dirá Luis Carrizo: Anda mira, esto fue en marzo, ¿no? Pues en mayo de aquel año hice yo la primera comunión aquí en este mismo santuario que ya no existe. Conserva Luis en Alicante el recordatorio – con la fecha- donde se dice bien claro que el niño Luisín Carrizo (sic) había recibido aquel año el pan de los ángeles en el santuario de Nuestra Señora del Camino. Por la Asunción o por el Corpus, que eso para los efectos da lo mismo.

Para aquel 26 de marzo, El Pitu ya iba a la escuela en Casorvida con los de ocho y Argüeso, en Llano, tres cuartos de lo mismo. Para entonces, hacía un año ya que Tuñón había perdido a su madre, no quiero ni pensar cómo pasaría el compañero el tramo desde 1955.

Y ese tramo era justo el tiempo que un reducido grupo de frailes dominicos llevaba viviendo en el espacio que se ha revelado en esta foto. No aparecen en la foto los dominicos, como tampoco aparece el rubio flequillo de Carrizo. ¿Veis cómo las fotos callan tanto como lo que dicen? Aquel grupín iba a devenir con el tiempo en la fuerza transformadora de este paisaje y sin embargo  no aparece en el paisaje. Nos consta, eso sí, que aquel grupín que no se ve, vivía ahí, tenía planes fundadores y transformadores de esto que se ve.

El 26 de marzo de 1956, a Bernardo Cuesta recientemente fallecido en Salamanca, aún le faltaban cinco meses para nacer, ya ves. Fue por San Bartolo de ese tan citado año cuando Bernardo aparecía en escena por la puerta de la derecha según se mira desde la platea de espectadores, empezando entonces mismo a representar en el Gran Teatro de este Mundo el papel de  Religión. Digo yo que sería ese papel el que traía asignado, porque fue el que representó. El Gran Teatro del Mundo años después iba a ser repetidamente programado allí para las grandes y tradicionales fiestas priorales, todo el mundo lo sabe; antes había que construir el teatro,  no el teatro del mundo, que eso ya lo había hecho don Pedro en el XVII, sino el teatro del colegio, que si bien os fijáis, no aparece todavía ni un ladrillo de él, ni siquiera las trazas aparecen el 26 de marzo de 1956.

Legalmente, en 1956 el grupo invisible de frailes tiene una consideración elemental y básica porque  es todavía una simple “casa” dominica y tendrá que esperar siete años, hasta 1963, para ascender a la categoría de convento con todas las de la ley. Todo esto ya nos lo ha explicado con pelos y señales Santiago Rodríguez y hacedme caso: Lo que diga Santiago Rodríguez en esta materia, en asuntos de arbitraje, como en muchas otras, va directamente a misa. Pues ya lo dice Santiago: cuando la foto y durante siete años más, el grupo de frailes no tienen la autonomía que tendrían más tarde; no pueden hacer elecciones de prior y, por el momento, hay uno de ellos a quien el provincial Segismundo Cascón ha encargado la supervisión y la responsabilidad.

Cuando en 1963 adquirieron esa madurez canónica que dice Santiago, ya andábamos nosotros por allí traduciendo a César, formando equipos de pirus y mascos para la liga del fútbol, cantando a Palestrina (algunos motetes) y encargándole a Perico, al que en León llaman Pajarín; a Manso, a Rescalvo y a Lobo, si yo no recuerdo mal, la misma tarea de monaguillo que en los tiempos de la foto venía desempeñando con rigor y solvencia Luis Carrizo. Con rigor, con solvencia, sabiéndose el confiteor de carrerilla y sin darle ni un trago a la vinajera, que Luis iba para deportista de fondo.

En cuanto pudo elegir prior, el grupo de frailes aprovechó la ocasión para votar la candidatura de fray Eulalio Calzón Ruiz, quien hasta entonces había sido el superior. Este religioso siempre ponía un punto después de la C y así recortaba lo de Calzón, Jaime Rodríguez Lebrato recortaba el Rodríguez poniendo el punto después de la R, ya se ve que los recortes no son sólo cosa de ahora. A aquel fraile, como también era de la Tierra de Campos, le pasó un poco lo que a Jesús Herrero. Miraron el almanaque, leyeron lo que ponía y no lo pensaron más. Si ponía Santa Eulalia, el niño se llamaba Eulalio. Era el 12 de febrero de 1913, así que cuando la foto ésta que me manda comentar Josemari, el Paulalio tenía 43 años, un mes y doce días.

Nosotros le conocimos en las dos fases, la de superior y la de prior. Aparte del auto sacramental de las tradicionales fiestas de su onomástica, un año se le cantaron con flautas unas letrillas en italiano macarrónico haciendo como que se le vacilaba. (A ver quién tenía huevos).

Il patre superiore,

Mi re do

Il patre superiore

Mi re do

Il patre superiore,

Non se fa l’eco.

Queremos ir de campo

Mi re do

Queremos ir de campo

Mi re do

Queremos ir de campo

E il se fa il sueco.

 

O muy parecido, que así lo entendí yo. Lo cual que yo me preguntaba quién sería el loco que quería irse al campo a mediados de febrero con aquella friura. Y por qué se pedía con tanta insistencia una tortura semejante. Desde luego, pensaba yo, para tales valentías, conmigo es mejor que no cuenten.

Alguien bien informado me explicó que aquella partitura de flautas la había traído de Roma el padre Cura entre muchos otros papeles y conocimientos que importó desde la ciudad eterna. Y eso ya se comprende mejor. Il superiore de Roma, donde el padre Cura se estuvo formando tan rigurosa como concienzudamente, seguramente no se llamaba Eulalio, su onomástica no sería en lo más crudo de febrero. Probablemente fuera en mayo, o en junio cuando la campiña del Lazio es más sensual y voluptuosa, nada que ver con la paramera leonesa en febrero.

Y especialmente aquel febrero, santo Dios, anterior a la foto. Teóricamente el 26 de marzo ya ha empezado la primavera, pero es un decir. Mirad la foto. Mirad, blancas, relucientes de hielo todavía, las orillas de la carretera de La Coruña, mirad helados los alcores, mirad las laderas escarchadas, nácar los tejados, los hierbatos congelados, los charcos sólidos como cristales. ¡Qué horror y qué casualidad¡ Porque precisamente aquel febrero de 1956 ha pasado a la historia por batir todos los records, por ser el más frío de todo el siglo XX. El hielo duró sobre la superficie de la tierra a lo largo de marzo, abril y hasta mayo; tanto que los pobres no sabían cuándo podrían soltar las ovejas a pacer ni para qué las iban a soltar. No sabían cuándo estaría el terreno para sembrar, ni para qué lo iban a sembrar, que es peor. No sabían si seguir muriéndose de asco en los campos, o aventurarse a la ciudad de una vez, con la plena seguridad de que tampoco en la ciudad iban a ser bien recibidos.

De aquel invierno hay fotos del Loira congelado. Y del Esla. En este aeropuerto de León, lo normal eran menos 10,4 grados; en los pueblos más altos de los Picos de Europa, menos 25, menos 32. En Villaba a donde no faltaba mucho para que se incorporaran Cirauqui, Barbería, Liaño, Barrado, Izquieta, Olano y  muchos otros, 15 bajo cero, San Petersburgo menos 35, Innsbruck menos 32. Siberia se había apoderado de la Europa del Carbón y del Acero, de los países con acuerdos preferenciales y de los países autárquicos. No lo puedo afirmar, porque no tengo el dato, pero estoy por apostar que la empresa constructora que nos hacía el colegio, no pudo trabajar durante aquel temporal. Y si trabajó la empresa, porque así lo exigieran los tiempos o las contratas, pobrecitos los encofradores, pobrecitos los albañiles, pobrecitos los peones de las hormigoneras y las carretillas.

Concentrad, os ruego, la mirada en el primer plano de esta foto de marzo, observad los dos pabellones que estaban construyéndose para nosotros y decidme si no os recuerdan dos vagones de un tren abandonado en medio de la nada. Como si el Transiberiano hubiera sido atacado por una banda de jinetes mongoles muertos de hambre en mitad de la estepa.  Como si la Companhia Internacional das Carruagens-Camas e dos Grandes Expressos Europeus hubiera abandonado estos vagones vacíos a la altura de Arévalo, para hacer más veraz el lenguaje cinematográfico cuando, andando el tiempo, hubiera que rodar las escenas más congelantes del Doctor Zivago.

Menos mal que aquel febrero del 56 no estábamos en León todavía, menos mal que el padre Eulalio todavía no era nuestro superior, menos mal que Santa Eulalia no era la fiesta, menos mal que nadie pudo tener la ocurrencia de reclamar un día completo de asueto en aquellos heleros.

Aquel día 26 de marzo del 56, en La Cepeda, Manuel Centeno tuvo que esperar todavía a que cayeran diecinueve hojas del almanaque para que llegara  –clandestino como siempre- el 14 de abril para cumplir él también sus propios cinco añitos. O quizá me equivoco y eran seis como los de Cortés y otros que han salido en esta crónica, espero que lo aclare. Me interesa mucho Centeno, la verdad. Y no sólo, como algunos maliciosos están pensando, por darme un homenaje de botillo que también, sino porque en una ocasión reconoció Josemari que otra foto gemela de ésta nos la había conseguido Manuel Centeno. Y yo he pensado: Pues si aquella la consiguió Centeno, esta gemela es posible que también.

La gemela, o melliza porque no son del todo iguales, una mira desde el norte y otra desde el sur, cualquiera de vosotros podéis recuperarla en la sección El Colegio de VER FOTOS/DOCUMENTOS como he hecho yo. Jesús Herrero primero y Luis Heredia a continuación pusieron en duda en su momento que la fecha aportada por el Furriel fuera la correcta. La fecha de aquella era la del 27 de marzo de 1956, ojo, un día posterior a ésta en cuya contemplación hoy estamos enfrascados. Las dudas de H y H venían motivadas por el año: “¿Cómo va a poder ser que las obras del colegio estuvieran tan atrasadas en el 56 como muestra la foto y que el santuario viejo aún esté en pie, si el curso primero que se inició allí fue el 57? ¿Realmente dio tiempo a terminarlo?”

Josemari  zanjó la cuestión con toda autoridad: Aquí pone 27 de marzo de 1956 y por tanto es el 27 de marzo de 1956.  La fecha está bien.

Sin atreverme a discutir la autoridad, lo que me extraña a mí – y espero que nos lo aclaren entre Centeno y Cortés- es ese ajetreo de safaris fotográficos por el aire. Quienquiera que hubiera tomado estas excelentes imágenes, ¿no pudo aprovechar el carrete del 26 para tirar también la del 27? ¿No pudo aprovechar el vuelo del 26 para fotografiar aquello desde el norte y desde el sur? ¿Qué fotógrafo había con tanta disponibilidad de celuloide, de queroseno y de tiempo como para volar un día y volver otra vez al siguiente? Tengo esas dudas.

He sabido que aquel 26 de marzo era lunes y por tanto el 27, martes. Pero es que además eran el lunes y el martes santos, de Semana Santa quiero decir, los que van seguidos del Domingo de Ramos. ¿No es más probable que el safari fotográfico se realizara en un único vuelo, aprovechando el Domingo de Ramos, que era día de fiesta? ¿No es posible que las fechas del 26 y el 27 escritas en las copias que estamos manejando se correspondan con otra cosa, por ejemplo fecha del revelado, de la copia entregada a los clientes, don Pablo en México, por ejemplo, Santa Sabina en Roma, vete tú a saber?

Y ¿por qué sospecho yo del Domingo? Porque he observado las dos fotografías detenidamente y he comprobado la absoluta inactividad que se ve en ellas. Es que no se mueve nada, no pasa ni un coche, ni un mal camión en la general de La Coruña. No hay ni un burro en los senderos. ¿Es que no había nada, pero nada que hacer? A no ser que unos minibultines que aparecen al pie de obra al microscopio sean en realidad oficiales de la construcción, que pudiera ocurrir; a no ser que hubiera huelga general, que eso ya te digo yo que no, aventuro que tenía que ser fiesta y aventuro para el vuelo fotográfico el Domingo de Ramos. Estaré no obstante a lo que digan Cortés y eventualmente Centeno.

Bueno, pero que el árbol, (¿dónde está el árbol?) no nos impida ver el bosque (el bosque, ja, ja, ja). Acabamos de decir que estamos en la Semana Santa de 1956. En los pueblos hemos tenido santas misiones de preparación. Apuesto a que los frailes que no aparecen en la foto se han partido el pecho por aquellos pueblos de Valdoncina y Maragatería predicando misiones y confesando a destajo, que antes de Pascua, la confesión general es obligatoria hasta para los hombres.

A Gusendos de los Oteros, podía haber llegado desde Corias el niño Maximiano Trapero para pasar las vacaciones con la familia, pero a lo mejor se quedó allá, al otro lado de los montes. El año que viene, cuando se abra la Virgen -los de León hablan así, con absoluta naturalidad- Trapero sí vendrá. Dejará el paisaje asturiano que tan profundamente le ha impresionado durante todo este curso y se incorporará al primero que se imparta en la paramera, que para él ya será el segundo.

Desde su más tierna infancia, Maximiano está fascinado por la Semana Santa de Gusendos, tanto como yo lo estuve con la de mi pueblo y vosotros con la del vuestro. La analizó, la estudió y a mí cuando estuvo por aquí me regaló un disco con las canciones de la semanilla. Maxi me ha recordado las sesiones de tinieblas, los miseseres en la iglesia, la prohibición de las campanas, las tocadas de matracas y carracas de los chiquillos por las calles, el rosario de la buena muerte del jueves y la procesión también de la buena muerte del viernes. Más adelante hablaré de una oscura y mala muerte que tuvo lugar aquel jueves santo de 1956, que caía en 29.

En el rosario de la buena muerte, se cantaba:

 

La juventud más lozana

¿qué se hizo?, ¿en qué paró?

Todo, el tiempo lo deshizo

 

Danos, Señor, buena muerte.

Por tu santísima muerte.

 

El día de pascua, como en Gusendos, no tenían Resucitado como en León para la procesión "del encuentro", sacaban al Niño Jesús que se encontraba con su Madre toda vestida de luto. Me lo ha contado Maximiano hace unos días.

Supongamos que tengo yo razón y las fotos se hicieron el Domingo de Ramos. Entonces coincidió con esto que cantaban en Gusendos, en mi pueblo y en otros muchos al menos de la diócesis de León:

Jesús que triunfante entró

Domingo en Jerusalén.

 

Supongamos que el vuelo fue el lunes 26. La semanilla para aquel día tenía previsto lo siguiente:

Hicieron allí la cena,

Lázaro y Marta asistieron

y María Magdalena,

Supongamos que fue el martes 27. Para el martes santo, lo establecido era

Martes Santo se juntaba

en la casa de Caifás

la gente vil y malvada.

Cabe suponer que el miércoles no fue lo de la foto, pero la semanilla relataba:

Miércoles Santo salió

Judas con falsos intentos.

 

Aquella Semana Santa de 1956, El globo rojo, que nosotros vimos en el colegio años después ganó el óscar. En las ciudades se estrenó Los Diez Mandamientos, cuyo cartel anunciador reprodujo aquí Justino con Daniel Orden en el papel de faraón y Javivi en el de Moisés, esgrimiendo las dos tablas con los mandamientos en arameo. Francisco Coello, leía sin parar revistas de Arquitectura, comprobando que el Aquinas de Madrid, toda una modernez, se llevaba el premio nacional. Don Pablo Díaz en México alternaba sus visitas a la Torre Latinoamericana que se acababa de inaugurar y a la nueva Guadalupe del Tepeyac, sin dejar de pensar en su propio proyecto para beneficio de todos nosotros.

Para el jueves santo la semanilla tenía esta canción:

 Antes de haber comulgado 

a todos sus pies lavó 

también a Judas malvado 

un sermón le predicó  

mas poco le ha aprovechado. 

Aquel jueves santo era el día 29 de marzo, habían pasado tres o cuatro días desde esta foto. El príncipe Juan Carlos, que hoy es el rey de España y entonces era un cadete de 18 años de la Academia Militar de Zaragoza, estaba de vacaciones. Salió de los oficios del jueves santo con la familia y una vez en Villa Giralda, donde su padre don Juan estaba exiliado, le metió una bala en la frente a su hermano Alfonso de Borbón y Borbón dos Sicilias, de 14 años. En Portugal donde este suceso ocurrió, no lo sé, pero aquí en España aquel día se llamaba Del Amor Fraterno. Fue el acontecimiento más relevante de aquella semana santa de cuando la foto, aunque, como no salió foto ninguna, nadie se enteró.

Y bueno, nada más. La que yo decía: Valgan estas consideraciones para situar la fotografía aérea en eso que llaman el decurso del tiempo, o su transcurso o su permanencia, o su fugacidad, o su repetición.

La foto ésta, como su gemela, produce el morbo de contemplar lo que nunca vimos, como un día escribió Vibot; de contemplar  “la gestación de la inquietante maquinaria arquitectónica en la que nos “formaron” y que nos unió para siempre. El nido amado y maldecido”.

 Antes de cerrar la sesión y enviar a Josemari esto que he escrito, me he levantado de la silla porque he notado cierta pesadez en las piernas. Luego he buscado en la estantería otra cosa de cuando la foto de 1956, que sabía que sabía que estaba allí. Era el Áspero mundo. Vuelvo a sentarme, vuelvo a mirar la foto del 26 de marzo, y copio estos versos que tienen los mismos años que ella.

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo.

 

Que es lo mismo que me pasa a mí. Un ancho espacio, un largo tiempo ha sido necesario para que a mí me llamen Cícero y para haber podido en esta vida pesar un poco sobre el suelo.

Vista de esta manera, me ha conmovido hasta la blandura poner los ojos sobre el áspero paisaje de la fotografía del 26 de marzo de 1956.

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (y VI)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (y VI)

Esta sexta y última parte del relato de los pecios de la memoria de Marcelino ha sido con seguridad la que más me ha conmovido (el tímido de Marcelino me dice que teme que los amables lectores de este blog nos hayamos cansado de tanto pecio).

¡Cuántos reproches me hago ahora que ya soy sesentón por no haber sabido leer en los rostros infantiles de mis compañeros, os quiero tanto, sus sufrimientos, decepciones y desencantos de quienes os íbais sin explicación, expulsados sin compasión de aquel Colegio Apostólico del que, dice Marcelino, desconocía su significado, y que volvíais escondidos a examinaros, casi a mendigar un certificado escolar porque no érais aptos para la vida dominicana! ¡no teníais vocación!

¡Coño, ni yo!

Sentimiento de una memoria, aunque ya quebradiza, aún emocionada. Pero era un niño...

Para finalizar los pecios de Marcelino, yo también recuerdo al fraile delgado, cariñoso, santo, un fraile bueno, el Padre Uría... inolvidable Padre Uría, aquel organista bondadoso que se parecía a Búster Keaton, y las tres lecciones que Santos S.Santamarta aprendió eficazmente de él (Fernando, prometo esforzarme en la tercera):

  1. Se ha de ser honrado
  2. Los pillos se exponen a la vergüenza de ser pillados
  3. Es muy conveniente saber matemáticas

Amigo Marcelino, gracias por "volver" a compartir con nosotros la parte de tu vida que compartiste con nosotros.

el furriel.


 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (y VI) 

  • Crisis y abandono
  • Decepción
  • Piscina: desolación y ruinas
  • Regreso al Santuario

 

Crisis y abandono

De nuevo me dispongo a recorrer el pasillo: parece quebrarse, dilatarse y, por uno de esos caprichos de la fantasía, alargarse y alargarse, perderse en punto oscuro. Y ahora siento de nuevo frío. Frío y miedo. Miedo difuso que eriza la piel, que parece adentrarse y adentrarse, hasta el punto de apoderarse de tu interior: parálisis. El miedo puede paralizar, anonadar. Ese miedo que nos inculcan, que braman en sus sermones, en sus continuas reprimendas en la capilla, durante los ejercicios espirituales, en las confesiones. Esas confesiones que estás a punto de saltarte, de ya no confesar durante los últimos meses de tu estancia aquí, de algunos días ni siquiera comulgar, de quedarte en tu puesto en el banco; haciendo manifiesta ostentación de tu deseo de huir, de dejar aquel agobio… Y así durante tres o cuatro meses de 5º. Sensación de asfixia: eso recuerdas. El ahogo, el ya no poder ni respirar: ¿Qué hago aquí? Resuena aún la voz temblorosa del adolescente que se hace con insistencia la pregunta.  ¿Dios? Ya no le sirve el infantil, el de estampita ingenua. Ya duda. Ya entonces aquel cómodo dios dejó de interesarle, dejó su hueco a la consciencia asumida: la nada. Y la vida apenas un fragmento de luz entre oscuridad y oscuridad. Esa duda que poco después, alguna lectura mediante, se diluirá como azucarillo en el café.

De nuevo se instala en el recuerdo el miedo. Miedo y frío. Y su compañera la culpa adueñándose de tu ser, calando hasta los huesos. La pegajosa culpa extendiendo sus tentáculos y posando su liga viscosa en todo tu cuerpo. Miedo. Huele a miedo en los dilatados pasillos, en los flácidos pasillos que se alargan y alargan distorsionados, sinuosos, tal que un cuadro surrealista pintado por De Chirico, por Dalí…

Iba a regresar a mi pueblo que no estaba en una ladera sino en el valle, entre la pena y el abandono como triste compañía: qué será de mi vida, qué será, si sé mucho o no sé nada, se verá y será, será lo que será. Esa canción —o mejor: su contenido— resuena (o lo hace al menos ahora al rememorar aquellos sentimientos tan intensos) punzante en mi vértigo existencial, se acopla como guante a la incertidumbre de aquel adolescente perdido en sus dudas, ese muchacho que había de sufrir una dura adaptación. Una adaptación que pronto se traduciría en el lenguaje: en primer lugar, sustituir jobar —cómo se reían de mí cuando se me escapaba— por joder y masturbación por hacerse una paja; y echar un polvo y su significado; y las chicas, más que guapas o feas como hasta entonces, estaban buenas o no, y entonces eran un ferrote o un callu; y oía que tal muchacha o tal otra estaban sordas. Y es que no me enteraba de nada: a mí me parecía que oían perfectamente; el pazguato de mí ignoraba que la expresión significaba que se dejaban meter mano... No obstante, al recordarlo hoy, cuando el trayecto del camino me indica que el recorrido que queda atrás es mayor que el aún por andar, con nostalgia se cuela de rondón una vez más esa letra de nostalgia elegíaca: Qué tiempo tan feliz,  que nunca olvidaré y la canción alegre del ayer…

 

La foto del libro de escolaridad, de septiembre de 1967, cinco meses después de haber abandonado el colegio refleja  la imagen del Marcelino de entonces. 

 

 

Decepción

Dejo que la memoria fluya, que rescate esos momentos últimos: hacer precipitadamente la maleta, desprenderse de cuanto no cabía en ella, cedérselo gustoso a algún compañero. La noche, con alguna conversación acallada, puro murmullo de despedida, dio paso al alba. De nuevo agitación, despedidas discretas: una mezcla imprecisa de alegría y pena, de nostalgia difusa. Mientras la mañana comenzaba su fluir mecánico, Jesús Díaz Velasco y yo (unidos por lazos familiares y confidentes durante meses), descendíamos nerviosos, acarreando con nuestro modesto equipaje, en dirección a la parada de autobuses Fernández, próxima a la “Confitería Laiz”. Atrás quedaban casi cinco años, tantas vivencias, tantos sinsabores pero también tantas alegrías, y un bagaje inestimable del que sigo agradecido: cuanto allí habíamos convivido, cuanto allí habíamos aprendido.

El abandono había estado a punto de materializarse en las vacaciones de Navidad. Cierta resistencia familiar, la necesidad de acabar el curso motivaron que la decisión fuera aplazada. Pero el regreso se hizo penoso, los días inacabables: ¿qué hacía allí? Comencé entonces un pulso con el P. Cura quien estaba convencido —o al menos esa era su posición dialéctica— de que se trataba de una crisis pasajera, que había que resistir, que me entregara confiado a la protección de la Virgen, que la vocación era un don por el que había que luchar… Como quien oye llover.

Por fin, el 19 de marzo (día de visita por ser esa señalada festividad) acudió a mi llamada mi padre. Le conté el caso durante la comida, me escuchó y me dijo escuetamente:

—Viniste libremente, tú tomaste la iniciativa. Y del mismo modo puedes dejarlo.

No tengo constancia de que ese día mi padre hablara con el P. Cura ni con ningún otro fraile. O tal vez sí: nunca se lo pregunté ni nunca me contó nada. Lo cierto fue que, semanas después, ya mediado abril, coincidiendo con el final del segundo trimestre, el P. Cura nos llamó una tarde y nos dijo que podíamos hacer las maletas. Quiero recordar que hablamos de convalidaciones, de que por correo y pago de las tasas (1000 pesetas) se nos enviaría el certificado de estudios. Tengo la certeza de haber interpretado (pero la memoria puede no ser ecuánime, puede haberse ofuscado) en las conversaciones de los dos o tres últimos días que se nos enviaría con notas también de 6º: de ese modo se paliaría el perjuicio, no perderíamos curso.

Una vez en el mundo, lo cierto fue que, entretanto, mientras esperaba la llegada del certificado para convalidar estudios, nos permitieron asistir como oyentes a clases de 5º en el Instituto de El Entrego. Y así pasó mayo, expectantes. Un día de junio —de improviso, sin que antes se nos hubiera dicho nada al respecto— nos llegó por carta certificada la convocatoria para examinarnos de 5º, exámenes finales, sin más explicaciones. Un jarro de agua fría. Explicaciones o aclaraciones que nunca se nos dieron y que yo, atrapado por las circunstancias y en clara desventaja, nunca pude reclamar. Hasta hoy.

Fue una estancia breve, unas dos horas, aséptica y distante en el trato: Extraña sensación de estorbar, de apestado… Y recordé la insistencia con que durante meses el P. Cura había tratado de convencerme para que no abandonara, para que confiara en que fuese una crisis pasajera, que me encomendara a la Virgen, que me acogiera esperanzado a su ayuda… Y ahora, aquel adolescente que había aterrizado en espacio ajeno, era tratado con frialdad, con recelo incluso… Aquel adolescente sensible hubiera necesitado una palabra de ánimo, una pregunta interesándose por cómo le iba en la vida… Y se encontró con un profesor severo aunque justo, el P. Box, quien me examinó de Matemáticas y de Química: allí me veo —tras una noche en vela, un madrugón y la inquietud por el viaje, por la prueba, por el reencuentro— cohibido en aquella aula conocida, con la tiza en la mano temblorosa procurando responder con acierto a las fórmulas y problemas planteados. Quiero recordar que el examen fue un fracaso en Matemáticas y aceptable en Química (supongo también que la nota que luego figuró en mi expediente —5 y 7´5 respectivamente— tuvo en cuenta la media mantenida durante los dos primeros trimestres del curso —9 en Matemáticas y 8 en Ciencias Físicas, tal como figura en los boletines de notas que conservo), que apenas completé con acierto algunas fórmulas, alguno de los problemas. No guardo ningún otro recuerdo sobre aquel examen final al que hubimos de acudir si queríamos obtener el certificado de estudios. Supongo que fue rutinario, que salí airoso de las pruebas en las otras asignaturas. O al menos así lo registraron las notas recibidas un mes después.

Hasta el orden de los apellidos le cambiaron en el certificado

Y no digo yo que hubiera sido justo un paripé de examen: no, de ningún modo. Pero lo que sí hubiera esperado una vez concluida la prueba era una palabra afectuosa, un qué tal te va, dónde estudias, ¿estás bien ahora?* Al entonces director de la Escuela Mayor, al P. Cura —que lo había sido también de la Escuela Menor y que siempre se había mostrado paternal y afectuoso conmigo— ni recuerdo haberlo visto después del distante saludo de recibimiento. Nadie —excepto algún compañero con el que casualmente nos topamos— se interesó por nosotros, por cómo nos iba… Tampoco nadie, excepto de nuevo unos pocos compañeros que encontramos en el camino, se despidió de nosotros, tal vez Pepe al vernos cruzar el dintel nos hiciera un gesto de despedida a la entrada de la portería. Tal vez. Y solamente hacía dos meses que habíamos dejado el colegio, un día claro pero frío de abril…

Por delicadeza y respeto, por los cinco años de convivencia, hubiera esperado una charla privada, una explicación de por qué no había sido posible evitarnos el trámite del examen final (ya no digo la trampa de adelantar notas del curso siguiente** para subsanar la pérdida de un curso en la convalidación) convocarnos a examen final en plazo (en mayo, por ejemplo) y, de ese modo, hubiéramos podido convalidar cuarto y hacer el examen de reválida en junio, y no tener que esperar a septiembre: recibí el certificado de estudios el 26 de agosto, casi dos meses después de haberme examinado. He de contaros que sí que aprobé la reválida en septiembre, que repetí con éxito 5º (en la modalidad de Ciencias: 7, tanto en Matemáticas como en Química) como alumno libre; que en 6º (aunque mis notas del primer trimestre — 9 en Física y 7,5 en Matemáticas— eran muy buenas, en el mes de febrero me cambié a Letras: había decidido —presuntuoso pero convencido— ser profesor de Literatura)  y en PREU ya fui alumno oficial en el instituto de El Entrego.

Recuerdo que tanto Jesús como yo abandonamos el colegio con un suspiro de alivio, sí, pero también con un nudo en la garganta: me apetecía echarlo a gritos, pero me contuve, tragué mis lágrimas y se comenzó a fraguar —he de reconocerlo— un rencor sordo. Un punto de rencor —ya hace mucho superado— que hoy he rescatado como pecio de esta memoria sosegada. Un pecio de frustración que quizá hayan experimentado también otros compañeros en circunstancias similares. Tamizado hoy por el paso de tantos años ya, me queda la vaga sensación de que (mientras el tren descendía Pajares como una oruga sinuosa que se adaptaba al terreno, que entraba y salía de la luz a la sombra —pura metáfora sin duda—) acababa de salir de un túnel tenebroso de prohibiciones, premios y castigos, que ahora debía suplir esas referencias por otras, no sabía todavía cuáles ni cómo."

Porque, en efecto, en el mundo al que volvíamos, fuera de aquel recinto vallado, nos aguardaban otras pruebas de adaptación, un mundo al que habíamos sido ajenos durante cinco años nos iba a recibir con otros colores, otra música, otras normas territoriales y de comportamiento: en fin, un duro aprendizaje para la vida del exterior en que los de tu edad te sacaban cinco años de experiencia. No, nadie nos preguntó por cómo nos iba en la vida, en los estudios. Y bien que lo sentí en su día y bien que lo sigo lamentando hoy, casi 44 años después, cuando aún pervive algún rescoldo en interior de aquel tiempo de incertidumbre y búsqueda que nunca olvidaré.

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* Sí, ya sé, ya sé, claro que sí, cómo no reconocerlo: La llegada del P. Box al colegio trajo un aire nuevo no sólo al enfoque riguroso de las asignaturas de Ciencias, sino también a sus modos y maneras de enseñar. Pero yo recuerdo con especial agradecimiento las presentaciones tan ilustrativas de películas memorables. Y, en fin, lo que tiene de caprichosa la memoria es que me parece estar viéndolo en este momento: dando pasos a zancadas —acaso por timidez—  de lado a lado del escenario mientras hablaba sobre actores, sobre la trama o sobre algún aspecto técnico; me acuerdo muy en especial de la inolvidable tarde en que vimos  El hombre que mató a Liberty Valance, refiriéndose incluso a ese secundario gordinflón y panzudo con voz de pito que hacía de sheriff: ¿os acordáis, compañeros?, ¿ te acuerdas tú, Fernando Box?).

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**Existen versiones encontradas sobre concesión de certificados de estudio con un año adelantado antes de nuestro caso, antes de 1967. Por eso me gustaría cotejar lo que nos ocurrió a Jesús Díaz Velasco y a mí con otros compañeros que abandonaron el colegio antes de acabar el curso o una vez concluido este, tanto ese año como en años anteriores. ¿Es cierto que se daba un curso más para equilibrar y no repetir el ya cursado o forma parte de la leyenda colegial, un apócrifo dominicano?

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Piscina: desolación y ruinas

De regreso al santuario, en el centro de las dos partes simétricas, gemelas, que constituyen el colegio, está la piscina. Cierro los ojos y veo: cuánta alegría desbordada, qué escape para tanta energía acumulada, reprimida. Así recuerdo el balsámico efecto de nadar en la piscina, de los juegos y aguadillas entre risas y gritos, de las improvisadas carreras, de los desafíos. Decido detenerme un momento, echarle un vistazo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué tanta expectación? ¿Es día de competición? ¿Estamos celebrando las olimpiadas? Ahora veo a quienes salen del agua, a quienes palmean en la espalda; a uno de ellos lo aplauden con entusiasmo: es, sin duda, el ganador de la prueba: ¿Arrúe, Andrés Cortés, Carlinos Bañugues? No creo engañarme con esos nombres, todos ellos muy buenos nadadores, a no ser que alguien me corrija.

Carlinos Bañugues sentado, Marcelino mira a la cámara a la puerta de la Recreación.

Interrumpo la ensoñación, abro los ojos; la delicada luz lunar me permite entrever un paisaje desolador: ruinas, abandono… Ahí estaba la piscina, el hueco de la piscina ahora cubierto de escombros; esa piscina nuestra que recientemente ha sabido glosar entrañablemente nuestro compañero Carlinos Bañugues. Ese espacio de agua y juego marcaba, llegado junio, la proximidad del final de curso, de las vacaciones anheladas: alegría desbordada, expectativas de respirar libres lejos de allí, de aquel encierro.

 

Y bajo los escombros —esa losa mortuoria, fruto del abandono y la desidia— tantas ilusiones, tantos días gozosos de sol y juegos, de competición… Y también de sacrificio, de castigo, de crueldad incluso: todos recordamos días en que tuvimos que zambullirnos en el agua a punto ya de congelarse, algunos recuerdan que con partes ya cubiertas por una fina capa de hielo… Se trataba, cómo no, de curtir nuestros cuerpos, de alejar de nosotros todo atisbo de molicie…

 

 

 Regreso al Santuario

 

 

El templo está en penumbra. Silencio acunado por el son monocorde de alguna creyente que, en actitud de pío recogimiento, continúa bisbiseando sus rezos. Sigo dudando sobre por qué o para qué he regresado. De pronto, sonaron de nuevo intensos, profundos, los acordes del órgano. Me giré, miré en el coro y allí no había nadie. No, no había nadie. Cerré los ojos y la memoria comenzó a escuchar, a rescatar del olvido pecios del pasado: allí se alojaban inolvidables, intactos, prestos a ser recuperados los acordes profundos, arrancados a las entrañas del órgano por aquel fraile que se parecía a Búster Keaton. Pero hoy no, en ese momento no había nadie tocando el órgano; no se trataba sin embargo de un nuevo maese Pérez. No obstante, sonaban sus acordes que apreciaba agradecido mi oído zapatilla; esa música sonaba en mi interior —y mi interior no es zapatilla—, esa música apasionada acompañaba mi recuerdo de aquel organista bondadoso que se parecía a Búster Keaton. Rememorando sus gestos, oyendo en interior el arrebato de su interpretación, siento calma, placidez. El frío es amortiguado por la calidez del recuerdo, por la tierna sonrisa triste de aquel fraile bueno.

 

El Padre Uría, aquel organista bondadoso que se parecía a Búster Keaton

 

 

 

Supe, al fin, por qué había vuelto. Cierro los ojos y veo. El espíritu se remansa ante la bondad y la belleza, esos pilares de la vida.

 

 

 

 

Marcelino Iglesias

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (V)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (V)

Leyendo esta quinta parte, mi querido Marcelino, me has dejado "pallá" con tu recuerdo de dejar relucientes los zapatos a la luz de los pilotos de los pasillos de las camarillas. Recuerdo que un año, creo que al principio de cuarto curso, me tocó la primera camarilla del pasillo de entrada a la derecha; tenía un piloto encima justo de mi cama. Como era y sigo siendo de muy mal dormir, recuerdo tener durante todo el año una revista que me traje de casa con la que me tapaba la cabeza por las noches, con cuidado de que no me la viese el P.Cura, pues dicha revista, puedo aseguraros que era Garbo, tenía peligrosas señoritas de muy buen ver.

 


 

 

 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (V) 

  • Los fuera de cacharro 
  • Redada: en busca de cigarrillos clandestinos
  • Profesor Tanausú
  • Mi clase desde el pasillo

 

 Los fuera de cacharro

 ¿Qué ocurre? ¿Por qué tal efervescencia de gritos y voces, de risas y bromas, idas y venidas precipitadas? ¿Zafarrancho? ¿Será hoy uno de esos días señalados en los que a toque de corneta —en fin: de silbato— nos entregábamos con ánimo y entusiasmo —no dejaba de ser una forma de romper con el pegajoso tedio de la rutina— a una limpieza general? Y allá nos veo, con los útiles de limpieza dispuestos a dejar camarillas y pasillos como patenas.  ¿Os acordáis?

 

No, no parece ser hoy el día señalado: la rutina impone su apelmazada liga. Se disipan escaleras abajo las carreras al galope de los rezagados camino de la capilla, casi siempre los mismos, los propensos a estar siempre fuera de cacharro: por lo general gente tranquila y simpática, con ese don especial para la síncopa, para sortear espontáneamente el cumplimiento adocenado y mecánico del deber, de la prontitud y del orden, del ritmo establecido a toque de silbato y de voz en mando… Qué bien me siguen cayendo en el recuerdo: hasta vislumbro algunas de esas caras de entonces aunque no consiga ponerles nombre a casi ninguno… Pero sí a uno.  Ah, el bueno de Alberto del Río Guinea era uno de ellos: qué estupendo chaval, qué noble compañero. ¿Qué fue de ti, amigo, por dónde andas?

 

 

Redada: en busca de cigarrillos clandestinos

A partir de 3º, ya en la Escuela Mayor —no recuerdo que nadie se atreviera en la Menor—, algunos de nosotros comenzamos a fumar, por supuesto que clandestinamente. Para ser preciso: me sumé al club de fumadores que tenía años ya de solera. ¿Os acordáis de cuál era el día propicio, la noche que no había moros en la costa? Recordaréis como yo que los sábados los frailes veían la película que, caso de pasar la censura, veríamos nosotros al día siguiente. Esas noches, mientras dejábamos relucientes los zapatos a la luz de los pilotos, a la puerta de los servicios, algunos aprovechábamos para fumarnos un cigarrillo en los servicios con las ventanas abiertas, para recrearnos en hacer aros y volutas con el humo, auténticas virguerías en labios de algún virtuoso. En fin, para bromear y pasar el rato con la sensación agradable de  esa minúscula transgresión, de rebeldía y libertad. 

Yo ya había probado el tabaco de muy niño, tal vez a los siete años. Y seguí fumando esporádicamente algún que otro cigarrillo a escondidas durante los años siguientes.  Ya en el colegio, no volví a probarlo los dos primeros cursos: es que ni por asomo se me ocurría tal transgresión; ni siquiera durante las vacaciones de verano de 1º. Creo recordar que fue en las vacaciones de verano de 2º cuando volví a fumar algunos cigarrillos, a escondidas, claro está. Y ya entonces, en 3º y en la Escuela Mayor (recordaréis que fuimos separados: la mitad del curso se quedó en la Escuela Menor), me atreví a camuflar en mi equipaje de regreso la primera cajetilla: de Bisonte,  me parece. Y así seguí, fumando algún pitillo clandestino durante los cursos siguientes. Y ahora un pecio —un mal trago en su día, hoy lo rescato con una sonrisa tierna— al respecto.

Al regreso de unas vacaciones, como la policía no es tonta y los fumadores ya éramos bastantes, el P. Cura organizó una busca y captura de tabaco —y también algo de alcohol— mientras estábamos en el estudio, el último de la jornada. Recuerdo que algo se filtró, que estaba habiendo registro general en las camarillas. Inquietud, nerviosismo, comentarios durante la cena. Ya en la capilla aguardábamos expectantes, inquietos.

Y allí entró con paso ágil, ademán estudiado y gesto ceñudo, el P. Cura. Venía con la capa a modo de saco y, en su interior, el valioso cargamento clandestino que, con efectismo dramático, brindó a la vista general de cuantos conteníamos la respiración y estirábamos el cuello por tratar de identificar la cajetilla de nuestra propiedad. Unos treinta paquetes de color y pelaje vario abultaban en aquel improvisado recipiente. Y tronó entonces su voz que sepultó los murmullos crecientes, las miradas cómplices, el encogimiento de hombros, la duda: ¿sería alguno de ellos el propio? Unos gesticulaban afirmativamente al reconocer la suya, otros no acabábamos de identificarla (yo no veía por parte alguna mi mediada cajetilla de Reno, aquel tabaco mentolado tan malo). Acabada la reprimenda jupiterina y tomada nota de que habría castigo para los infractores, cabizbajos y gesticulantes fuimos abandonando la capilla camino del dormitorio.  ¿Sería el mío uno de aquellos paquetes que habían quedado ocultos entre el montón? Era consciente de que mi escondite era muy bueno, difícil de dar con él a no ser en un rastreo propio de policía experimentada. Ya en la camarilla, en vilo, dejé que transcurriera un tiempo prudencial. De un vistazo aprecié que sí habían removido en mis cajones, en la maleta. Con mano temblorosa dejé para el final el camuflaje de mi cajetilla. Abrí el neceser en que guardaba los útiles de limpieza del calzado y una pastilla de jabón de repuesto, es decir, un envoltorio nuevecito en que había dado el cambiazo de la pastilla por los cigarrillos. En efecto: allí estaba, en el interior del envoltorio, mi mediada cajetilla. Un respiro de alivio, la confidencia con los próximos y, tras el derroche de adrenalina, creo recordar que aquella noche dormí a pierna suelta, como un bendito.

Y ahora que hace ya 15 años que dejé el tabaco, sigo evocando con delectación aquellos cigarrillos clandestinos, aquellos cigarrillos inolvidables. Y me sigue oliendo a betún en el recuerdo mientras se apagan los murmullos y las risas acalladas y, a la carrera, nos metemos en las camarillas porque escaleras arriba suena el tintinear de las cuentas de un rosario, el haldear del hábito y las chirriantes pisadas de la goma de los zapatos sobre las losas impolutas y abrillantadas por el petróleo generosamente derramado sobre el trozo de manta del tranvía.

 

 

Profesor Tanausú

Pateo esos espacios evocados, ya casi olvidados algunos, otros aproximadamente situados o a punto de ser engullidos definitivamente por el olvido. Creo recordar que el laboratorio estaba en dirección a La Capilla de la Escuela Mayor.

Aspiré hondo y me olió a tabaco; he de precisar: me olió a Tanausú, el tabaco canario que fumaba el profesor que nos dio prácticas de laboratorio en la asignatura de Física y Química de 4º o tal vez la Química de 5ª, el primer profesor seglar que tuvimos en el colegio. Fulgurante, como un flash, volví a verlo con su bata blanca y su inseparable cigarrillo humeando. No recordé su nombre, pero sí qué fumaba y aquel gesto suyo pausado al encender y saborear con delectación la primera calada a su cigarrillo. Me gustaba cómo olía, pero sobre todo se ha instalado en la memoria por el sugerente y exótico nombre del tabaco: Tanausú. En mi fantasía comencé a llamarle el profesor Tanausú; otras veces, Tanausú era un territorio ignoto de selva intrincada, un espacio mítico en el que mi fantasía se adentraba. Lo cierto fue que, en cuanto pude, abandoné mis habituales bisontes y los sustituí por aquel buen tabaco canario: fue uno de mis paquetes de cigarrillos clandestinos, aquellos cigarrillos furtivos que fumábamos en las reuniones de los sábados mientras limpiábamos los zapatos a la luz de los focos de los pilotos. Después, ya lejos de allí, cada vez que esporádicamente compraba ese tabaco me acordaba de aquel profesor que fumaba Tanausú, el primer profesor seglar que tuvimos.

 

 

 

Mi clase desde el pasillo

De regreso, me detengo ante una de las puertas del dilatado pasillo. En la parte superior, al igual que todas las demás, un cristal que permite ver el interior. Pupitres, unas escaleras que dan acceso a la tarima y en ella una mesa y un encerado.

De pronto, el aula en penumbra se ilumina, adquiere vida. Veo a unos treinta adolescentes, aplicados a su tarea: por la intensidad con que escriben y el absoluto silencio, más tal que cual intento por preguntar algo sin ser observado, concluyo que están realizando un examen.  Experimento ahora un chispazo, un calambre: ¿no es aquél de allí Javier Urbano y a su lado Luis Heredia? Y voy recorriendo pupitre a pupitre y reconociendo a quienes lo ocupan. Sí, son ellos, mis compañeros de curso, del grupo A, tal vez en cuarto, ya en la Escuela Mayor: Carlos Puente y Pedro Molleda, Roberto Sastre y Baeza, Leonardo del Olmo y Bañugues, Calvo y Huerta, Alonso Herrero y Robles, Jesús Díaz Velasco y Martín, Urbano Viñuela y Guinea, Lorenzo y Soria, Eugenio Cascón Martín y Espinosa, Juan Manuel Castañón y Gago, José F. Rodrigo y…; ah, y también los venidos de Villava: Cacho y Feliú, Noguera y Marcelino García Sal (ay, añorado y querido tocayo). ¿Y aquél de allí, con ricitos y pelo claro? ¿Seré yo? Tal vez. Tal vez sea aquel yo que fui entonces.

Sí, me veo ahí, en mi mesa, entre mis compañeros. Ese muchacho ingenuo ignora entonces todo cuanto será después, qué será de su vida. Ignora, por ejemplo, que nunca llegará a ser misionero en El Madre de Dios, ni ardoroso predicador ni profesor de Teología en Salamanca. Ignora incluso que ese Dios en que parece querer creer, será dos o tres años después una entelequia, o a lo sumo un vano empeño por dar sentido a tanto sinsentido. Seres para la nada. Apenas una fosforescencia en el devenir ciego de la filogénesis. Nada más: un breve destello entre dos sombras. Pero mientras dura nuestro destello vivirlo con plenitud y armonía solidaria: una limpia aspiración altruista. Una consciente aceptación de nuestros límites, de nuestra modesta condición de seres humanos…

 Marcelino Iglesias

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (IV)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (IV)

Espero que Marcelino no se me enfade si dedico esta parte al recuerdo del enfermero bondadoso que yo llamo sanfrayfrancisco.

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (IV) 

 

  • Un enfermero bondadoso y comprensivo
  • Una decisión imprevista: los hilos del destino
  • Confesión y aberración
  • El incienso derramado, la risa contenida del P. Pedro y el rayo fulmíneo del amor

 

Un enfermero bondadoso y comprensivo

Silencio. Extraño silencio roto ahora por una tos persistente, agobiante. Tras la desbandada, quedan solo los enfermos. Una tos, una queja apagada surgida de la fiebre, otra tos un poco más allá. El frío ha irritado las anginas, ha provocado la formación de placas de pus: la fiebre se ha disparado. Y entonces, entresueños, febriles, aprecian el inconfundible frufrú que provoca el haldear de hábitos, el entrechocar de las cuentas del rosario pasillo acá, un ligero carraspeo para hacerse notar (qué delicadeza de espíritu, qué exquisitez de trato, tan distinta a la de algún otro que, sigiloso y emboscado, nos espiaba cada día para pillarnos in fraganti: qué contraste, qué oximoron) y entonces ya sí identifican la voz inconfundible, cariñosa y comprensiva, con su marcado acento gallego:

 

—Cómo estás, ovejo.

 

Y Fray, el bondadoso y paciente enfermero, llevaba su mano a la frente, te ponía el termómetro y acudía a otra camarilla, a ver cómo había pasado la noche otro enfermo, otro postrado en cama. Aquel humanitario fraile no podía sustituir de ningún modo los mimos y cuidados de la madre o de la abuela en situaciones tales, pero seguro que lo recordáis al menos como un paliativo a tan desolado desvalimiento a causa de la fiebre que acentuaba la nostalgia, la carencia de afecto y comprensión…

 

 Una decisión imprevista: los hilos del destino

Hasta que el P. Arruga entró en la escuela de mi pueblo acompañado del maestro, mi contacto con la religión se había limitado al catecismo, a hacer la primera comunión con ocho años, a ir a misa los domingos (no todos) y a confesar, como era preceptivo, por Pascua. No había en mi familia en generaciones ni curas ni monjas. Ni siquiera fui monaguillo. Retrospectivamente, hasta yo mismo, con tales antecedentes —o mejor: con tal falta de antecedentes religiosos— me sorprendo por mi determinación sin fisuras: llegué a casa entusiasmado, se lo conté a mi padre, le mostré el cuadernillo de propaganda con fotos del colegio y, esa misma noche, asumió mi decisión.

 Marcelino, un día de campo en Manzaneda (León)

¿Sabéis qué me impulsó —además de ese hilo misterioso llamado destino— a tomar la decisión? Los campos de fútbol. Y es que entonces yo soñaba —y seguí soñando unos años— con ser futbolista: aunque mi equipo era el Real Gijón —así lo nombrábamos entonces y no Sporting—, qué orgulloso me sentía con mi camiseta del Barça con el número ocho, el de Kubala; una camiseta que me habían traído como regalo los Reyes.

 

El orgullo de Marcelino: su carnet de jugador juvenil de futbol

Así que para mí —supongo que para otros muchos también— llegar aquella tarde de principio de octubre de 1962 cargando con un maletón de aquellos a la portería del colegio fue como aterrizar en planeta extraño. Experimenté por primera vez —de forma intuitiva, sin el apoyo discursivo que ahora, tantos años después, elaboro para contarlo— la necesidad de supervivencia, de adaptación al medio. Y vaya que si me adapté… A la semana —y no creo exagerar— se habían refinado mis modales, había aprendido a comer correctamente con los cubiertos, mi bable de la cuenca se castellanizaba de día en día, los rudimentos de la liturgia comenzaban a serme familiares,  la convivencia con los otros —no sin recelo los primeros días— a ser relativamente normal (mi timidez me impidió siempre ser más abierto, más comunicativo: pero esa es otra historia). Y luego ya las clases, los deportes y, en fin, el periodo de adaptación dio paso a la rutina y su liga viscosa. Y así fueron transcurriendo los meses, los cursos.

 

 

Confesión y aberración

 Como un autómata, me muevo en la penumbra camino de la capilla de la Escuela Menor. Silencio profundo, inquietante.

 

el mosaico del padre ITURGÁIZ recogía todas las miradas

A la entrada, en la parte trasera, en un rincón no lejos del armonio, vislumbro el confesonario. Su sola presencia me provoca un escalofrío; es ese desagrado repulsivo que se suele experimentar ante la visión de ciertos reptiles el que me recorre la piel, me eriza el vello. Y me acordé de mi primera (y traumática) confesión general al poco de instalado en lugar tan imprevisto, tan distinto y tan lejos del ambiente rudo de esforzados y, en general, descreídos mineros (escaldados por la connivencia o, cuando menos, el silencio cómplice del clero —salvo esas honrosas excepciones de siempre— con la persecución y represión cruenta de los derrotados en la guerra) cuyo contacto con la religión se limitaba a acudir solidarios a los funerales de vecinos y familiares, y a blasfemar con Dios y la Virgen como destinatarios preferidos y recurrentes de sus dardos.

en la penumbra del confesonario

Solo en esta penumbra silenciosa, recuerdo con desagrado —grima: esa es la palabra— aquella confesión general, tal vez con motivo de los primeros ejercicios espirituales. Una confesión general con la cara apoyada contra la barba cerda de aquel fraile de papada, coloradote y sudoroso, que resollaba al sonsacarle a un niño de 11 años al detalle los matices de los juegos de iniciación erótica con las niñas, esos inocentes juegos universales —jugar a médicos, por ejemplo— que se hacían escabrosos en sus preguntas intencionadas, en su insistencia en los matices (¿por debajo de la braguita, por encima?).  Aquel confesor de cuyo nombre mejor no acordarse: ¡Cómo se regodeaba con el candor infantil, cómo se le agitaba la voz!, ¡con qué intención trataba de sonsacar hasta el más mínimo detalle de aquellos juegos infantiles entre niños y niñas, esos juegos de siempre; esos juegos eróticos de iniciación en el conocimiento mutuo de los cuerpos, eso tan normal e inocente, convertido en fuente de pecado, en tremenda perversión, en impureza abominable merecedora de castigo! Y, en fin, como no ha sido confesado hasta esta primera confesión general, el asalto de la culpa que te aniquila, que te abate, oh pecador sin saberlo hasta entonces: haber vivido en pecado mortal y cometido sacrilegio cada vez que has comulgado...

Tremendo: qué horror, qué perversión. A veces pienso que en verdad cuantos por allí pasamos hemos sido forjados en la resistencia, que esa forja ha impedido que sucumbiéramos: duros, curtidos en el frío y en el temor; que no haber quedado tocados (o al menos no del todo, no hasta la aniquilación interior) para siempre por el estigma de la culpa nos ha hecho fuertes, curtidos para la vida y sus contratiempos, sus adversidades. Resiliencia le llaman los psicólogos a esa superación de traumas y dificultades.

Escamado por el resuello y el aliento pegajoso de aquel inquisidor de tu intimidad, cambié de confesor. Y puesto a elegir,  quién mejor que el bondadoso viejecito, delicado y comprensivo, aquel fraile de pelo blanco cuyas dos pasiones eran la jardinería y la filatelia (¿Cuántos de nosotros coleccionamos sellos con el venerable P. Fernando? Muchos, ¿verdad?).

 

Y llegado aquí, se me cuelan de rondón, como parte inseparable no sé si de la pesadilla o más propio de comedia bufa, aquellos libros de Monseñor Thiamer Tóth (¿Energía y pureza?) sobre la pureza mancillada y tanta zarandaja antinatural, anticientífica: pureza, abstención, enfermedad y pecado... Cuánta basura intelectual: con lo beneficiosa y saludable que es la masturbación como bien sostiene la literatura médica. Qué bien nos hubiera venido, pienso, un buen “mentífrico” al tiempo que un buen dentífrico: pero para la mente no había en la Procuración una pasta que limpiase tanta estupidez, tanta perversión mental e ideológica.

 

el cesto de recoger los pecados

 

 

 

El incienso derramado, la risa contenida del P. Pedro y el rayo fulmíneo del amor

 

Este pecio fue rescatado (un prolongado flash-back, rememorado con  ternura al recordar al inseguro —y humillado a resultas— adolescente enfrentado a la tarea que se le acababa de encomendar) la noche del reencuentro. Mientras se ultimaban preparativos para la conmemoración en homenaje al P. Torrellas, se filtró como un añico de ese cristal roto que es la memoria. Fue instantáneo, como una revelación: un flamante monaguillo bambolea el incensario con inseguridad manifiesta. Todo parece ir bien: va cogiendo ritmo, cierta soltura incluso. Es un chico nervioso, tímido, muy inseguro. Apenas le ha dado tiempo de improvisar en la sacristía el manejo de aquel artilugio visto tantas veces volteado con pericia por otros monaguillos (Perico como le nombrábamos entonces o Pajarín como le llaman ahora algunos, Ochoa…). Que esté allí de forma imprevista tiene su origen esa misma mañana de otoño, un domingo más que se presentaba insustancial, un domingo que no olvidará nunca. Corría el curso 1964-65. 

A eso de las diez, el P. Pedro entra en el estudio y pide al sorprendido muchacho, que lleva apenas dos meses en la Escuela Mayor, que le siga.

Que se disponga a ir al Santuario, que tiene que hacerse cargo del incensario. Ojos como platos, temblor de piernas, alguna pregunta tímida con voz entrecortada. En fin, no recuerdo la causa por la que el titular del incensario no podía cumplir con su menester.  Y allá va, con el corazón a galope y tembleque en las piernas. Recibe una breve lección —tal vez del P. Llobat— sobre el manejo, función y cometido del incensario. Le instruyen sobre cómo quemar la pastilla de carbón, colocar convenientemente la naveta, accionar la tapa y dejar al descubierto la cucharilla… En la sacristía, claro. Aturdido, sabe que el templo está a rebosar, oye murmullos acallados, deslizarse de pies de quienes siguen entrando y buscan su acomodo. Irrumpen arrolladores ahora los acordes del órgano que impregnan de solemnidad sacra esta representación repetida. Le dan ánimos, que se tranquilice. Recibe la indicación para salir a escena.

Recuerdo borrosamente mi entrada hasta acercarme al lugar que ocupaba el incensario: me temblaban las piernas, la vista se nublaba, la boca era una pastosa tabla… Ya situado, tras arrodillarme, comencé a voltear. Cuando llegó el momento de echar el incienso sobre la galleta de carbón, detuve el incensario e intenté subir la tapa de la naveta, pero, zas, que la muy condenada se me escurre de las manos y cae con estrépito derramando buena parte del incienso. Allí vierais el sofoco del novato, el desear que la tierra se abriese y lo engullera, el tembleque renovado… Sabe que todas las miradas están pendientes de él, que su torpeza está causando hilaridad generalizada… Desde el suelo, mientras recoge los restos del naufragio, cruza su mirada con la del P. Pedro, que oficiaba la misa: este le insta elevando las cejas a que se levante y deje de recoger el incienso y acuda a cederle el incensario, que ya es el momento que marca la liturgia. Se sobrepone, acude al reclamo y con su ayuda vierte el incienso sobre la pastilla y dan cumplimiento al acto de incensar el entorno del altar. Cuando me devuelve el chisme aquel de mi humillación, veo la risa contenida del P. Pedro, una risa que, mirándome fijamente, se resuelve en una sonrisa tierna de comprensión y apoyo. Un  alivio que me dio seguridad y que no he olvidado: de bien nacidos es ser agradecidos, como me enseñó mi güelina.

Fui durante algo más de un año —hasta que di el estirón y el largo del uniforme blanco apenas llegaba a mitad de las espinillas— no digo yo que un virtuoso —aunque mis piruetas hacía cuando no era observado— pero sí un buen monaguillo de incensario: desempeñé con solvencia y sin percances la tarea y gocé de las prebendas que tal oficio conllevaba, una suerte de canonjía: librarme de las tareas mecánicas de limpieza, saltarme el estudio de las mañanas de los domingos previo a la misa, beber los restos de las vinajeras y, sobre todo, escabullirme con precaución clandestina hasta la “Confitería Laiz” a saciar mi adicción a los coquitos y, de paso, en algún rincón apagado a salvo de miradas reprobatorias, apurar algún cigarrillo con delectación y vaga sensación de rebeldía, un difuso malestar de pecado menor, tan sensual y gratificante.

Ser incensario conllevaba además la tarea —conjuntamente con el monaguillo que llevaba la cruz— de pasar banco por banco el cestillo de las limosnas. Los asistentes a la misa solemne de las once —recordaréis— eran en su mayoría familias de León, que acudían asiduamente domingos y fiestas de guardar. Y, claro, venían con sus hijos y, ay, también con sus hijas.

Aquel primer día de humillación pública tuvo, empero, un contrapunto gozoso. Me temblaba el cesto en la mano, el manojo de nervios era una evidencia: la gente me miraba con simpatía compasiva, me sonreían comprensivas las mamás, acallaban risitas burlonas los chicos… En fin, me parecía estar y no estar, como si flotara, y mis pies, que sentía de plomo, fueran llevados por la inercia de la responsabilidad contraída. Y ocurrió el prodigio: puse una vez más mecánicamente el cestillo y entonces sus ojos, verdemar intenso como los de Maruzella, hirieron luminosos mi mirada y me paralizaron —ahora sí: literalmente— un instante atemporal. Desde ese instante, qué turbación sensual, placentera cada domingo: volver a ver a aquella niña de sonrisa dulce y mirada chispeante, aquella muchacha de la que me enamoré y con cuya evocación las noches en la paramera se colorearon de languidez ensoñadora y de suspiros adolescentes apenas contenidos. Desde aquella mañana inolvidable, los días se poblaron de emociones desconocidas hasta entonces y el cine de los domingos tuvo un serio competidor: el volver a ver a aquella niña, el de cruzar nuestras miradas con tímido pudor, llegar a sonreírnos pasado un tiempo, el de decir con los ojos lo que no podíamos expresar con palabras… Y qué terrible desvalimiento algún domingo que no acudió, qué congoja. Y qué desolación cuando entregué el relevo del incensario… No obstante, qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré, y la canción alegre del ayer…

 

JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

Javivi del Vivigo se ha visto citado en el tercer pecio de Marcelino Iglesias y, en esta mañana de frío y nieve, nos escribe "unos parrafitos" de respuesta.

Nos invita a leer sus reflexiones o a irnos a dar una vuelta. Yo me he quedado con lo primero y después me iré a dar una vueltina.

 

 


 

  JUGUETES ROTOS DE UN PODER BAJO PALIO

 

Me has citado, Marcelino, a propósito de “La vida sale al encuentro”; yo, incontinente verbal cual toro de lidia, salgo a los centros; ya escribió Nebrija hace tiempo que “entre todas las cosas que por experiencia los ombres hallaron: o por reuelacion divina nos fueron demostradas para polir e adornar la vida umana: ninguna otra fue tan necessaria: ni que maiores provechos nos acarreasse: que la invención de las letras” (Antonio de Nebrija: Gramática de la Lengua Castellana, 1492)

Así que voy a hacer uso de las letras, como toro en ruedo o como “umano enredado(r)”. ¡Lo has conseguido! Lo siento, chavales; sentaos a aguantarme o iros a dar una vuelta, que ganareis en salud.

 

 *   *   *   *   *   *   *   *

 D`un temps, d`un pais

Aquí, Marcelino, en portillo de al lado, tenemos par de fotos históricas que Ignacio Manso ha rescatado del olvido y nos ofreció en primicia con el cariño de quienes nos sabemos cómplices de un tiempo y unas experiencias compartidas. Por encima de los protagonistas, el palio. Bajo él, el dictador y señora, el provincial de los dominicos (si Santiago, nuestro particular historiador, lo confirma, ¡claro!), el prior de la Fundación y la parafernalia que acompañaba al dictador en 1963 (¿).

Para mí, todo un símbolo de un tiempo y un país, que cantara Raimon. Aunque amplíes las fotos, no nos verás pero estuvimos también; los vitrales de la fachada dejan ver sólo masas oscuras; entreveo vagamente un bulto blanco; quizá Uría, quizá Torrellas; pero tú, yo y los demás niños estábamos allí, en el coro, llenos de ojos, entonando tal vez el Aleluya de Haendel en homenaje al “huésped”. Todos menos José Ignacio, Perico, Lobo… que andaban junto al altar con el cirio, el incensario y demás adminículos de su oficio.

Los lectores del refectorio.

Por lo demás, nítidos recuerdos los que narras en este tercer capítulo. Pudo haber un  tiempo en que nos turnamos tú y yo como lectores –a tanta precisión no me llega la memoria- mientras los demás comían en silencio, dejándose llevar por Alec Leamas en aquel mundo de espías del Berlín Oriental (¡qué fue del muro, oh señor!) que John Le Carré acababa de publicar en 1963; o por Thor Heyerdhal y la expedición de la Kontiki, en la que navegamos con Viracocha, el dios solar inca, hacia los mares del sur…

Hubo lecturas sobre “urbanidad y buenas maneras” que no estaban de más, supongo, en un colegio privado con ideario -y fantásticas infraestructuras para aquel tiempo- al que confluimos mayoritariamente niños  de “familia humilde” (queda bonito el eufemismo ¿no amigos?), llegados de diferentes pueblos de aquel país que era, además de piramidal y teocrático, rural.

¡Que otros “lectores” y otras mentes privilegiadas nos recuerden otras aventuras en las que los “lectores” nos “embarcaban”, a miles de kilómetros lejos de las rutinas colegiales, mientras tragábamos alubias con sabor a tomillo o arroz con caballa!

Los nuevos curas

Entre las lecturas que nos impactaron no citas, sin embargo, a Michel de Saint Pierre, “Los nuevos curas”. Y es posible que no lo cites porque no llegó a tus manos. O estuvo prohibido o estaba muy mal visto. Si tuviera que poner dueño a aquel libro “clandestino”, yo se lo atribuiría a Julito Correas. En todo caso, si yerro me corregís. Sé que llegó a mis manos “bajo cuerda” y que me lo leí a borbotones.  Aquel debate intelectual entre cura carca y cura progre con laicos entrambos me abrió el horizonte intelectual a nuevas posibilidades.

Y el banal o erótico.  Recuerdo perfectamente hasta el lugar: una camarilla “sin vistas”, según se entraba a la izquierda, primer piso de la Escuela Mayor. Allí leí “Los nuevos curas”; y allí se me “engorilaron” las hormonas de la pubertad ante un capítulo que describía el encuentro sexual entre Sofía, la protagonista laica, y el coadjutor progre, Barré, o el laico algo pendón, Gallart.  No tengo precisión. Pero retuve para siempre en la memoria el relato de aquellos cuerpos, golosos de lujuria, con torso de abundante bello, que erizaron mi espíritu y mi cuerpo, ¡válgame el cielo! sin que me fuera posible resistir –como Aquino con su tizón- mi demonio particular, que me llevó al infierno y a la pena por pecar.

Fíjate, sin embargo, lo que opinaba sobre la novela en cuestión Enrique Miret Magdalena (Triunfo, mayo 1965), un “teólogo laico comprometido” con quien tuve algún contacto a principios de los ochenta: “Una obra que  quizá quiso evitar ciertos peligros, reales o figurados, que su autor creía ver en la práctica pastoral de las nuevas generaciones clericales, ha servido para sembrar la discordia entre fieles católicos.

Michel de Saint Pierre ha conseguido airear definitivamente, a los ojos de todo el mundo, el tema del integrismo y el progresismo. Sin embargo, hay demasiadas personas que utilizan con este motivo ambos nombres sin saber lo que significan”.

Leyendo estos párrafos, pareciera que Miret se decantaba por el tradicionalismo católico, si no recordásemos que hubo una época en la que quienes escribían se autocensuraban antes de vérselas con “la censura”  (con mayúsculas);  había que leer entrelíneas cuando algún progre escribía; máxime si lo hacía en la revista Triunfo y era un “seglar comprometido” como fue Enrique Miret.  ¿Recuerdas –recordais- el tópico?  Si un periódico titulaba “sin novedad en las cuencas mineras” interpretábamos que los mineros habían montado un jaleo y de los gordos.

¡Qué tiempos los sesentas, aún de férreo control franquista sobre la cultura!

Martín Vigil y Karin, una de mis novias platónicas

Sacada de contexto, Marcelino, la frase de Nacho que citas (en “La vida sale al encuentro”) suena a mojigatería, a alcanfor, a hojas muertas. Desde luego, visto con estos ojos de hoy, con la cultura social de hoy, la frase es mojigata y no la libra del vertedero ni el alcanfor.

Pero, por un momento, antes de que nuestras naves vitales naufraguen y no queden de ellas ni pecios, cierra los ojos y navega hasta aquel tiempo y nuestras circunstancias.  Dicho en frase de folclórica actual, que hizo fortuna, “yo, por aquella Karin, ma – to!”.  (Aquí, engalla la voz, alarga la “a”  y enfatiza ambas sílabas, con un silencio en mitad)

Intuyo que tú también.

Adolescente en los sesenta sin “mujer” a quien mirar, si no era a través de los tornos del comedor o en el cine algunos domingos, aquella Karin de ojos rubios (¿”ojos rubios” es un oxímoron, Pitu?), de familia bien y de decentes costumbres católicas era una y trina, como una diosa: virgen, madre y novia. En un secarral de “hembras”, aquellas jovencitas de los libros eran único oasis de unos adolescentes solitarios y llenos de enigmas. Al menos, yo la sentí como oasis intelectual, utópico y reconfortante.

Karin fue la “novia” pura que salió de la pluma de José Luis Martín Vigil, un jesuita “revolucionario” en aquel tiempo, que sabía del “alma juvenil” por su oficio de profesor en colegio bien. Como muchos de vosotros, leí en nuestro colegio, el que tragó la trampa, otro montón de novelas suyas: “Los curas comunistas”, “Una chabola en Bilbao” o “Cierto olor a podrido”, que recuerde.

Los curas comunistas y el chabolismo periurbano durante el franquismo.

“Los curas comunistas” pudo ser la réplica de Martín Vigil a Saint Pierre. En la del jesuita –o ya exjesuita, como matizas- no había sexo ni la historia acababa en secularización o represión eclesiástica. Dibuja un cura obrero equidistante entre el capital y el trabajo, entre la burguesía y el proletariado. Eran muy distintas la sociedad y la cultura española que la francesa en aquel momento: “África empieza en Los Pirineos”, recordad.

Vigil, hábil narrador, buscó su espacio. Y le quedó “apañado”.

Yo  “volví al mundo” en Bilbao; me olvidé de sus novelas, aunque supe, por otros motivos, de sus andanzas por un barrio donde “ejercieron pastoral” un grupo de jesuitas jóvenes con los que Vigil compartió algunas experiencias; de allí surgió “Una chabola en Bilbao”. La mayor parte de aquellos jóvenes “apóstoles” sociales, andando el tiempo, abandonaron la Compañía, acabando sus días por la América revolucionaria, de “curas obreros” o en opciones políticas vascas de izquierda.

Pero “Una chabola en Bilbao” fue un toque serio y público a la opulenta burguesía bilbaína que engordaba sus cuentas corrientes con el hierro y las navieras mientras la periferia se llenaba de chabolas habitadas por inmigrantes venidos del hambre y la ruralidad. Una de las veces que Franco vino a Bilbao (1961), aquel que vimos bajo palio en La Virgen del Camino, contempló las faldas de los montes sembradas de chabolismo y lo mandó quitar, vergüenza torera, levantando todo un barrio que acogió parte de aquellas gentes.

 foto de niños en "Aretamendi", aquel barrio en el que se inspiró para hacer "Una chabola en Bilbao" 

Habían pasado un montón de años, cuando el ayuntamiento bilbaíno nos encargó a mi amigo Joseba y a mí un trabajo histórico sobre barrios periféricos de Bilbao. Uno de ellos, Uretamendi, al que José Luis camufla como Aratamendi en la novela, evidenciando con claridad dónde puso el foco de su relato.

Era el año 2009. Quedé maravillado por la cordialidad con la que aceptó –de buenas a primeras- darnos datos y recuerdos sobre su novela y las fuentes. Me maravilló tanto o más su espíritu de hierro, su clarividencia intelectual y su gana de vivir y de integrarse en las nuevas tecnologías (ordenador, internet…) cuando ya sus manos no le respondían, temblonas de enfermedad.

“Conocí Uretamendi y me puse perdido con su barro y me gané buenos catarros al sentarme unos minutos en el “living-room” de aquellas chabolas para compartir algo con sus moradores”, transcribimos en nuestro libro algunos de sus recuerdos. “Aquello me hizo llevar a los medios la denuncia de que el Gran Bilbao, con su empaque y señorío, lucía, para vergüenza de todos, una corona de espinas…” continuaba.

Finalmente, aunque la noticia pasó inadvertida para el gran público, José Luis Martín Vigil moría en Madrid el 20 de febrero del pasado 2011, por lo que en breve será el primer aniversario de su paso a ese Norte imaginario que nos espera en cuanto nos descuidemos.

 Epitafios para un escritor de “novela social” en tiempos difíciles.

Para ayudarme, Marcelino, a la redacción de este “articulín” he buscado por la red.  Hay alguna literatura de interés. Remarco, en todo caso, dos artículos; uno de Pedro Miguel Lamet, jesuita. El otro, de Luis Antonio de Villena, poeta, ensayista y crítico literario.

Me interesa la opinión de un jesuita, Lamet, sobre una persona, el exjesuita Martín Vigil;  ovetense que luchó en el bando vencedor en la fratricida Guerra del 36, se hizo fraile, se exclaustró y fue rompedor en muchos campos durante aquel franquismo monocolor. Dice esto: Cura más homosexual era una suma explosiva en aquellos años. ¿Fue pederasta? Lo ignoro. Las últimas veces que lo vi iba con jóvenes bien crecidos. En todo caso, en estos días de salidas del armario, nadie condena a Lord Byron, Lorca, Gide o Proust por su orientación homosexual. Más bien todo lo contrario ¿Por qué se quiere enterrar la memoria de Martín Vigil o alinearlo de forma simplista con la literatura de buenos sentimientos de los años cincuenta? Hay lectores que lloraron con ’La vida sale al encuentro’ cuando el hermanito pequeño del personaje principal, en una clara relación de homosexualidad reprimida, muere apretando con la mano una medalla de la Virgen mientras el protagonista explicitaba sus deseos de ser sacerdote. Era más revolucionario de lo que parecía.”


Del texto de Lamet recojo este otro párrafo: En una conversación televisiva con Jesús Torbado afirmó: "Cuando me encasillaron, o me encasillé, en escribir para jóvenes, muchos críticos, sin leerme, piensan que hago un subgénero; eso les ahorra el trabajo de leerme. Yo soy sustancialmente un narrador de historias. Lo que yo quiero llevar a la gente es una historia, el estudio de un problema. El estilo y la técnica que emplee serán para mí, siempre, subsidiarios. Serán aquellos que mejor ayuden al lector a comprender esa historia, a sentir ese problema, a sufrir y a gozar con mis personajes".

Como supongo es sabido, el leonés Jesús Torbado, ganador en 1965 del Premio Alfaguara con “Las corrupciones”, había estudiado en los dominicos y muchos supimos de aquel premio a una novela que describía las mutaciones de un seminarista con vocación hasta el nihilismo existencialista más atroz a través de la opinión algo trentina de algunos de aquellos dominicos, profesores nuestros. ¡Azares de la vida!

Del amplio y jugoso artículo de Luis Antonio de Villena transcribo solamente (¿solamente?) un par de párrafos, que arrojan luz sobre otro aspecto humano del novelista: “…me olvidé del tema “Martín Vigil” (aunque era cada vez más famoso) hasta que un día, al filo de la muerte de Franco –en 1975- entré en un bar gay de Madrid (eran pequeños y discretos, pero los había) y lo vi allí –primera hora de la noche- hablando e invitando a chicos jóvenes que yo conocía. Aquella vez nada dije, pero como su presencia se repetía, les pregunté a los chicos si sabían quién era aquel señor. “Claro –me contestaron- es cura y le llaman “La Perejiles” (Supongo que por la fácil rima Vigil/perejil, sino no lo entiendo.) Y añadieron más: iban a su casa, les hacía algún regalo, pero sólo les pedía que se desnudaran y acariciarlos. Él (les parecía curioso) no se desnudaba. Yo sólo pensé en qué dirían los curas de mi casi olvidado colegio si supieran quién era el autor de su “lectura espiritual”. Algo después me decidí y me acerqué a saludar (en el bar gay) a Martín Vigil. Estuvo cordialísimo y gentil conmigo, dando por hecho –era una evidencia- lo que yo también daba por hecho. Yo había publicado ya algún libro, y creo que tuvo la cortesía de decirme que sabía que yo escribía y que me había leído…

No volví a ver a Martín Vigil (o sólo escasas veces más) en esos sitios. Pero noté que sus novelas habían parcialmente cambiado de rumbo. Ahora –muy al día- le interesaba la juventud lumpen o cheli y sus problemas, entre la homosexualidad y las drogas. El camino se había abierto al parecer con “Sentencia para un menor” y seguía con libros como “La droga es joven” (1978), “Una comuna en Madrid”, “El sexo de los ángeles” (coincidió en el título con Terenci) hasta “Ganimedes en Manhattan” (1988), subtitulada “La condición sexual del joven Townes”. Antes (hacia 1976) Martín Vigil salió en los pudorosos periódicos de la época, denunciado por un menor. Pero el asunto quedó en nada, salvo que la policía halló en su importante casa de la calle Velázquez, “pelucas de mujer”.

En fin. Que José Luis, el jesuita, descanse en paz. Acabo aquí. Dejo las entradas  a Lamet  y Villena, por si no estáis saturados ya de texto. ¡Salud!

http://www.elmundo.es/accesible/elmundo/2012/01/09/cultura/1326124036.html

http://www.luisantoniodevillena.es/noticias/?p=641

 

imagen de un texto publicado por Miret Magdalena en la revista "Triunfo" allá por 1965 sobre "Los nuevos curas".

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (III)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (III)

Las lecturas que evoca Marcelino, me han traído a la memoria aquel libro que yo tenía de "meditación espiritual" (¡toma ya!) en aquellas horas que recuerdo tristes y miedosas en la Capilla de la Escuela Mayor: LAS FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO. Me pasé todo el sexto curso leyéndolo y releyéndolo, para ser más exactos, escondido detrás de él.

Todas las semanas forraba las "pastas" con papel diferente para que el P. Cura no se diera cuenta de que siempre "meditaba" con el mismo libro.

Hasta que un día me pescó leyéndolo al revés.

 


 

 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (III) 

  

  • Lecturas en el refectorio: emoción y suspense, con excurso a modo de estrambote
  • Otras lecturas
  • Un misterio y otras asociaciones caprichosas
  • Del Método Perrier al Assimil
  • Contemplando las estrellas
  • Rutina

 

 

Lecturas en el refectorio: emoción y suspense, con excurso a modo de estrambote

 La magra cena tenía al menos la compensación de la lectura de alguna obra memorable, aunque fueran extractos del Reader´s Digest. Nombrado por el P. Torrellas (tal vez para compensar mi frustración por no poder cantar en la Escolanía) fui lector en el refectorio, al menos durante un curso, ya en la Escuela Mayor. Tuve entonces el privilegio de ponerle voz a una novela cuya historia nos impactó en su momento: Matar un ruiseñor de Harper Lee. Y cómo olvidar la emoción y el suspense que nos ponía el P. Torrellas, que jugaba con nosotros y, sabio, nos interrumpía la lectura en el momento más interesante: cuánto ensoñábamos entonces, cuánto tenía que fantasear nuestra imaginación. Aunque nos fastidiaba y lo exteriorizábamos con resoplidos y gestos de protesta, cada noche repetía el corte: esperaba al momento menos oportuno —o más oportuno: según se mire—, de mayor suspense o emoción, para con un gesto al lector y una palmada dar por finalizada la sesión. El P. Torrellas —estaréis conmigo— era un hombre enérgico, vitalista, duro pero con tanto sentido del humor como de la justicia (qué alegría y admiración, qué sorpresa agradable cuando —a mediados o tal vez ya a finales de los años 80— en una entrevista en “La Voz de Asturias”, supe dónde estaba, cómo había dado un paso —humano y político— y se había alineado con los oprimidos, con la revolución sandinista), de ese modo, con la interrupción, acrecentaba nuestra emoción, el interés por la continuidad de la historia.

 

Hubo otras muchas lecturas, de entre ellas guardo especial recuerdo —por su fuerza narrativa, por su poderosa intriga— de El espía que surgió del frío de John Le Carré; y también, salvadas las distancias, convendréis conmigo en cuánto nos divertían las peripecias chuscas y las escaramuzas disparatadas entre don Camilo —qué cura más bruto pero entrañable— y el camarada Peppone, el no menos entrañable alcalde comunista de la obra de Guareschi.

Con menos agrado —seré sincero: con fastidio retrospectivo— recuerdo que en la Escuela Menor, ya al poco de llegar, nos aleccionaron con pasajes y fragmentos de las hagiografías del fundador y su lucha tremenda contra los albigenses (los cátaros o puros), de Santo Tomás, de San Alberto Magno, del entonces todavía beato Fray Martín de Porres, de Santa Rosa de Lima…

De ellas guardo un difuso recuerdo, excepto de una anécdota ejemplar referida a Santo Tomás de Aquino, una anécdota que  siempre rememoro con una sonrisa por la fuerza con que la entonces inquieta imaginación del niño recién aterrizado en un ambiente tan distinto al suyo habitual —en nada próximo a curas o frailes— visualizaba en su imaginación la escena de la prueba a que se ve sometido el de Aquino. El que sería autor de la Summa… era tentado —que se lo quería beneficiar, vamos— por una mala mujer (pero mala, muy mala, que, por lo que se sugería en el relato o fantaseaba la imaginación infantil —o al menos en esta revisión de ahora— debía de estar muy buena, pero que muy buena), a la que el todavía no santo —pero meritorio ya como se puede apreciar en la firme decisión—, tras un fugaz titubeo —ya se sabe que la carne es flaca— resistió el acoso y, con brío y determinación, cogió el atizador de la chimenea y lo agitó en el aire contra la mujer que huyó despavorida.

Por cierto, es sabido que el fundador se dedicó por mandato del papa a intentar convertir por las buenas a los llamados por la ortodoxia herejes albigenses, que luego, ante el fracaso de la misión por método pacífico, serían perseguidos con crueldad y casi exterminados. Sabemos también que la llamada Santa (qué befa) Inquisición estuvo en manos de destacados dominicos… En fin. Pero también está Bartolomé de las Casas, por ejemplo, o el gran Jordano Bruno —quemado en la hoguera por sus ideas— o misioneros admirables como José Álvarez Fernández —Apaktone: papá viejo, para los indios del Alto Amazonas—, me susurra no sé que justiciera voz interior. Ya sé, ya sé: y tantos otros abnegados hombres buenos que vistieron el hábito blanco. ¿Suficiente compensación para tanto horror, tantos siglos?

 

Y un excurso —un estrambote sin duda arriesgado: implica una inequívoca toma de posición ideológica— a propósito —o a despropósito dirá alguno— de la interrogante anterior, para reafirmar lo que vengo manteniendo desde que me rijo por principios basados en criterios puramente humanos (tal vez desde que con los existencialistas comprendí que somos seres para la nada, impulso vital con los días contados, llamas que se extinguen, pero que mientras vivimos nos salvamos por un acto, una elección: la libertad, y, con ella y las luces de la razón, hacer frente al oscurantismo de las palabras huecas sobre consuelos ficticios) y no en otros principios cuya referencia es un ser divino, sea cual sea el nombre que lleve ese presumible ser etéreo: la supremacía de una moral —tal vez la única que merezca llevar tal nombre— cuya referencia sea el bien y la bondad en sí mismos, principios necesarios y suficientes para dar sentido a la existencia. Porque ¿qué mérito tiene procurar el bien y la bondad a cambio —moneda de cambio— de una presumible salvación eterna en un quimérico lugar tras las postrimerías, llámese como se llame ese paraíso? No me puedo reprimir, compañeros: qué limitada —y espuria— la moral que responde a estímulos de premios y castigos; cuánto más limpia y humana aquella que se limita a las cosas de aquí abajo, a procurar vivir en concordia y solidaridad… ¿En verdad necesitamos los humanos a un dios? ¿No es dios —en cualquiera de sus formas y nombres— una creación humana, un constructo, que viene perpetuando tanta barbarie, mentira y engaño?

Así que, cuando oigo hablar y actuar a tantos creyentes confesos, incluida por supuesto la jerarquía —permitidme la boutade—, sus palabras me provocan la siguiente pregunta (retórica, por supuesto): ¿Hacer el bien para a cambio conseguir trocitos de cielo, una suerte de parcelita a plazos o, si soy muy bueno pero que muy bueno, un chalecito? Una moral de mercachifles. En suma: primacía de la filosofía y de la ciencia sobre la teología.

 

 

 

 

 Otras lecturas

 

Allá por tercero, o tal vez ya en cuarto, circuló entre nosotros un libro que fue leído con expectación compartida: El diario de Daniel de Michel Quoist, porque en él se planteaban —de forma un tanto ñoña, la verdad— las dudas, apetencias y temores propios de la adolescencia con que los lectores nos identificábamos. Fue este un libro que, con permiso del director espiritual o del confesor, pasó de mano en mano (casi) libremente por la Escuela Mayor. Por la misma época, muchos de nosotros leímos también el edulcorado, cursi y plagado de trampas sentimentaloides* La vida sale al encuentro del ínclito, ya entonces ex jesuita, Martín Vigil (según acusaciones recientes —así ha aparecido en un diario asturiano—, no tan edificante en su trato con jóvenes, chicas y chicos; lo lamento, Javivi: ya sé que lo conocías y apreciabas).

 

También circuló clandestinamente — ¿os acordáis, compañeros?—  el otro libro de Michel Quoist, el complementario, el correspondiente a las chicas: El diario de Ana María. Y ya aquí sí: la lectura tenía su morbo, su atractivo sensual, dulcemente pecaminoso. Inquietudes, confidencias y pulsiones de una chica: qué fuerte para aquel recinto alambrado, oscurantista, en el que hasta los inocentes juegos infantiles eran censurados (juego de manos, juego de villanos), donde se prohibía formar grupitos, se censuraba exteriorizar cualquier muestra de afecto o de protesta. Creo recordar (y si no que mis compañeros de la irrepetible promoción 62-68 —o en su defecto, de las promociones aledañas— me corrijan) que aquel ejemplar que  iba pasando de mano en mano había sido traído por Cacho, uno de los compañeros recién llegados de Villava.

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*Una muestra ilustrativa: Le habla Nacho, el protagonista, a la chica: “Karin, después de la Virgen y de mi madre, eres la mujer a la que más amo”.

Decidme, compañeros: ¿No os parece de juzgado de guardia o de frenopático? Qué cosas, ¿vedad? Ya sé, ya sé: entonces no lo veíamos así.

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 Un misterio y otras asociaciones caprichosas


Aunque recuerdo perfectamente haber sido lector voraz de una colección de clásicos juveniles con texto e ilustraciones (Mark Twain, Julio Verne, Charles Dickens, Fenimore Cooper…), sigo sin explicarme por qué de otros libros leídos entonces apenas guardo recuerdo, excepto de uno: La campana de Huesca, del político conservador restauracionista Antonio Cánovas del Castillo. ¿Por qué ese libro en principio tan poco atractivo para un adolescente? Sigue siendo para mí un misterio por qué de esa novela (recreación literaria del episodio tremebundo, entre la leyenda y la historia, en que el rey aragonés Ramiro II el Monje se deshizo de varios nobles díscolos decapitándolos) guardo un recuerdo cuasi fotográfico, pero no de los otros que sin duda leería durante esos años. En fin, por uno de esos caprichos de la memoria, tan voluble, me acuerdo hasta de su formato: un ejemplar de una colección de libritos de bolsillo, de tapa dura en piel y papel biblia (¿Crisol?). He llegado a pensar, por tema y autor, si no sería una recomendación del P. Felipe Lanz Yoldi…

 

Y siguiendo por la senda de las asociaciones disparatadas, se me ocurre imaginar la cara circunspecta primero, el ataque de ira después, que hubiera puesto aquel fraile, aunque de trato afable y carácter bonachón, excombatiente y ultraconservador (asiduo lector en clase de francés o de literatura del “Ya” y del “Alcázar”, que extendía ceremonioso sobre su mesa y en cuya lectura se demoraba) si dos o tres años después de haber abandonado yo el colegio me hubiera visto enfrascado en la lectura no de los Evangelios ni de cualquier otra lectura patriótica o religiosa, edificante o pía, sino  de  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Capaz hubiera sido de desabrochar aquel cinturón suyo tan grueso (¿el de capellán requeté de las tropas sublevadas contra la República?) y alejarme con él de su vista a zurriagazo limpio.

 

Del Método Perrier al Assimil

 

A propósito de las clases de francés: ¿os acordáis del cambio que supuso para nosotros pasar del método Perrier —muy bueno sin duda para aprender gramática y para leer y traducir— al Assimil, cuyas lecciones seguíamos en los discos correspondientes? Mais oui, chers enfants de la Paramerá: Avec de la patience on arrive a tout; Sur le pont D´Avignon on y dance on y dance tous en ronde; Bon voyage, monsieur Dumolet, á Saint Malo debarquez sans naufrage; Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé? Me parece que ese método lo introdujo ya en 3º el P. Cura o, en su defecto, el curso siguiente el recién llegado de Oviedo P. Martín, excelente profesor.

 

 

 

Contemplando las estrellas

Unas pisadas quiebran el silencio opaco y espeso de la noche. Recorro ahora el pasillo de las aulas de la Escuela Mayor.

Llego al vestíbulo, mientras subo las escaleras guiado por el destello apagado de los pilotos, comienzo a percibir distantes ronquidos,  decenas de respiraciones descompasadas. Todos duermen; alguna voz dispareja, surgida del sueño, se pierde en la soledad oscura. Toses que se alternan, se suceden, se contrapuntean. Accedo al dormitorio del segundo piso: aquel olor intenso inconfundible me recibe, familiar y entrañable. Aun a oscuras, me muevo con soltura por el pasillo; tal parecería que fue ayer mismo cuando estuve ahí, ocupando esa camarilla con ventanal abatible que da a la recreación y a los campos de deportes.

Ese ventanal desde el que tantas veces, tantas noches, te has quedado embobado, contemplando las estrellas refulgentes titilando sobre la inmensidad oscura del firmamento, ensoñando, sobrevolando la cordillera, recorriendo en mi fantasía lugares de mi aldea añorada, de la aldea en que pasaba las vacaciones de verano con mi bisabuela, mi inolvidable güelina… Un bálsamo recurrente, una suerte de burbuja en que me refugiaba, que me alivió tanta tristeza, tanta pena acumulada, tanto dolor de huérfano…

 

Rutina

 

Pronto amanecerá. El canto de los gallos de la granja así lo anuncia. Si es día lectivo, sonará aquel potente timbre; si festivo o vacacional, nos despertaremos con música. Si el festivo es muy señalado y el periodo litúrgico lo permite, hasta es posible que nos despierten alegres cantos regionales… ¡Todos en pie¡ Vestirse de deporte a la carrera para dar la vuelta a la finca o realizar una tabla de gimnasia en la recreación. Aún puedo verme junto a vosotros, escaleras abajo al galope, despejando las legañas, desprendiéndome de los restos del sueño pegados a la cara.

 

De regreso, sudorosos y fatigados, nos dispondremos a iniciar una jornada más. Irán cayendo según su implacable cadencia mecánica los actos programados: Ducha de agua fría y hacer la cama— misa—refectorio—estudio—clases—recreo y limpieza de espacios comunes (excepto los baños: tal menester delicado para la común higiene estaba encomendado a aquellas dos señoras, Veneranda y Oliva)—clases—refectorio—recreo—clases—deportes— merienda—estudio—rosario…

 

Y llegará la noche, la tremenda noche que nos sume en tristeza apagada; es el cansancio tan proclive a la melancolía, a la muelle dejadez, a la añoranza…Frufrú de ropas que se rozan, de pies que se deslizan monocordes sobre las losas de aquellos pasillos que nos conducen al refectorio. Silencio, cansancio. Cuchicheos, risitas acalladas, y una pregunta que sobrevuela tanto orden, tanto silencio agujereado por la incertidumbre: ¿Qué habrá esta noche para cenar? ¿No será tal vez el horroroso pescado, con su tufo apelmazado, aquellos descoloridos chicharros cuyo olor se disimulaba con vinagre y que provocaban arcadas? Ha habido suerte, respiramos al unísono quienes vamos llegando y no apreciamos el olor. Nos sirve cualquier otro menguado plato. En silencio, roto por algún que otro murmullo, alguna risa acallada, vamos ocupando nuestro lugar en los bancos. Y ahora, sin esfuerzo, me veo allí, sentado a la mesa dispuesta a tal efecto, ante el micrófono, el libro ya abierto por la señal dejada el día anterior, esperando a recibir la orden del P. Torrellas para reiniciar la lectura, dar continuidad a esa historia que nos tiene en vilo desde hace varios días.

Y así un día tras otro, jornadas intensas, repetidas y anudadas como las cuentas de nuestros rosarios…

Todos duermen. Regreso de puntillas, no quiero molestar a nadie, interrumpir su descanso. Mientras desciendo las escaleras hacia el vestíbulo, se me ocurre que he vuelto a esos espacios grabados en los desvanes de la memoria a recuperar esa parte de mi vida apenas vivida: la sensación que me queda, la que experimento al recorrer ese trayecto, es que aquí más que vivir, sobreviví.

       Marcelino Iglesias .     

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (II)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (II)

La bendita avería inesperada de la calefacción del Colegio que relata Marcelino, compañero te corrijo pues estoy seguro fueron las Navidades 66-67, me ocasionó mi primera pérdida de vocación. En esas Navidades, únicas de apostólico en casa, me enamoré, ¡por primera vez!, como un pardalín, de una chica que había estudiado violín conmigo de niños (nuestro profesor era Odón Alonso padre). Mi primer escarceo amoroso fué el ir con ella al Teatro Emperador a ver la película Busquen a esa chica, del dúo Dinámico, y nada más.

Por eso, querido Marcelino, estoy seguro de que fueron esas Navidades.

Lástima que al finalizar las vacaciones y de nuevo en el Colegio, me enamoré ¡segunda vez! de otra niña que subía al coro con sus padres a la misa de una de los domingos.

Mi tercer amor era una chiquilla que nos seguía en los paseos de Caleruega.

Y el cuarto...

Disfrutad de la segunda parte de los pecios de la memoria de Marce.

 


 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (II) 

  • Don Florentino Soria y el cine
  • Bendita avería inesperada
  • Una ingenua forma de comunismo
  • De los autos sacramentales al Reloj sincopado
  • Un recuerdo preterido 

 

 

 

Don Florentino Soria y el cine 

 

Cómo olvidar algunas películas memorables que nos proporcionaba generoso don Florentino Soria, a la sazón subdirector de la Filmoteca Nacional. ¡Cuánto le debemos a este hombre, qué agradecido le estoy por el buen cine que pudimos ver! Precisamente me acordé de él, hace meses, el día en que se murió el inmenso Luis G. Berlanga, el amigo con quien colaboró y quien le dio papeles anecdóticos —fugaces apariciones sin texto— en su trilogía nacional. Y se filtraron, vertiginosos, títulos y secuencias de tantas buenas películas que vimos gracias a su generosidad; títulos tan inolvidables como Calabuch (de la que fue coguionista), Bienvenido Mr. Marshall, El puente (qué tremenda película: cómo nos marcó…), Sólo ante el peligro, El chico, El hombre que mató a Liberty Valance, Los hermanos Marx en el oeste, Moby Dick, Diálogo de carmelitas

 

A Florentino Soria Heredia, padre de nuestro añorado compañero Fernando Soria Tosantos, lo recuerdo muy bien. Cuando los días de visita acudía a ver a sus hijos y familiares (los Torrellas, Heredia), me llamaba la atención por su aspecto de profesor despistado y atuendo inconfundible: el mentón (el cazu, como decimos en Asturias, como se dice en su Gijón natal) prominente y puntiagudo, flequillo rebelde, sienes plateadas a pesar de ser entonces todavía bastante joven, y también la llamativa pajarita de colores, las gafitas de intelectual… Seguramente Luis Heredia me pueda corregir esta imagen o matizarla, ¿verdad, compañero?

En 2008, uno de los periódicos asturianos* recordaba su trayectoria y entrevistaba al nonagenario hombre de cine que, por sus respuestas, conservaba íntegra su lucidez. Y me acordé con simpatía y agradecimiento de cuánta tristeza había aliviado tantos domingos de tantos meses; aquellos tremendos domingos que nos sumían en la más deprimente desilusión sin el bálsamo del cine…

 

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*La Nueva España (Domingo, 30 de marzo de 2008) en la sección TV y Espectáculos: “Florentino Soria, historia viva del cine español”. Se puede acceder al artículo pinchando en la hemeroteca del diario y marcando ese epígrafe.

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 Bendita avería inesperada

 

Y no olvidaré nunca la navidad del curso 65-66, el correspondiente a mi cuarto de bachillerato: Una avería en la calefacción fue la causante de que a última hora nos enviaran — ¡por primera vez en navidades!— a casa de vacaciones; no sé muy bien si sólo a los de la Escuela Mayor. Y recuerdo la intensidad de los rumores, la inquietud, la zozobra, el deseo de que se cumpliese el pronóstico: la calefacción necesitaba una reparación de urgencia. Y así fue: ¡todos a casa! Bueno: casi todos. Desgraciadamente, algunos compañeros por diversas causas tuvieron que quedarse allí (uno de ellos porque era canario, a quien llamábamos el Guanche, ¿os acordáis de él?) Tal vez sea esa la causa de mi extraña fascinación agradecida desde entonces por los radiadores, mi simpatía por esos benditos radiadores…

 

Una ingenua forma de comunismo

 

En ámbito tan reaccionario y conservador, destella intermitente el pabilo de una velita inolvidable, tierna e iluminadora: la requisa de parte del contenido de los paquetes que recibíamos por correo. Tengo buen recuerdo de esa sisa solidaria (si bien ni maldita la gracia nos hacía entonces cuando era tu paquete el aligerado al extremo, sobre todo de cuanto pudiera alimentar a los mures) pues fui agente de requisa cuando compartí con Emilio Devesa la ayudantía del P. Huarte, subdirector de la Escuela Menor. Y el recuerdo es grato —siempre que lo cuento o rememoro esbozo una espontánea sonrisa tierna, nostálgica—porque con motivo de alguna festividad, se repartían equitativamente en aquella suerte de fuegos de campamento, bien en el exterior si el tiempo lo permitía, bien en la propia recreación.

 

 

Cerrad los ojos, dejaos llevar por el recuerdo: ¿no os veis en la recreación, cada uno sentado en el cajón que tenía asignado, en espera del reparto, entre risas, voces, bromas? Poned atención, el P. Torrellas, maestro de ceremonias imprescindible, reclama un momento de silencio, da el tono y arrancamos a cantar (en tales ocasiones nos estaba permitido desafinar a quienes natura no había dotado del don de oído musical). Si la memoria no me falla, una de esas veladas entrañables, a modo de fuego de campamento, se organizó un día de esa navidad del curso 62-63 o puede que la del año siguiente, tal vez el día de los Inocentes. ¿Os acordáis, compañeros? Durante la velada, entre risas y bromas, se fueron sucediendo canciones regionales, villancicos, chistes, imitaciones.  Aquel acto de solidaridad hermanada pervive luminoso en la memoria.

Mientras, seguía nevando y mi gozo momentáneo, paliativo de tanta tristeza, se continuó durante una parte de la noche, embelesado en el cadencioso aleteo de los copos, en su danza silenciosa, tal vez también escuchando entrecortadamente, a trompicones se puede decir, fragmentos de algún programa nocturno en una de aquellas —rudimentarias pero útiles— radios de galena clandestinas. Viendo caer la nieve en la duermevela, observando absorto desde la ventana cómo los desfalleciente copos bailaban delicadamente acariciados por la brisa, era tan intensa la ensoñación que me desdoblaba y me veía allá abajo, hollando aquel manto blanco sobre los campos de deportes, camino de la finca: mi espectro pisaba la nieve crujiente pero no dejaba huella.

  

 

De los autos sacramentales al Reloj sincopado

 

Además del cine que nos llegaba, el otro espectáculo al que teníamos acceso como espectadores (y cuando correspondía, también participación como actores o tramoyistas) era el teatro. Sigo recordando con nitidez aquel escenario nuestro, la elemental tramoya, los decorados sencillos pero efectivos y suficientes. Me acuerdo, cómo no, de los autos sacramentales: aquel notable empeño en que tantos participasteis: Los encantos de la culpa, El gran teatro del mundo

 

 

Aunque —y no sabría explicar por qué— más que los autos sacramentales, pervive con más intensidad en la memoria alguna representación breve, ligera: una función constituida por varios números. Y de esa tarde, de ese repertorio variado guardo especial recuerdo de una improvisación mímica, pura actuación gestual, cuyo fondo y motivo era la pieza breve El reloj sincopado de Anderson: un banco, un perchero y un modesto fondo con arbolitos verdes pintados sobre cartulina blanca: una magistral actuación no sabría precisar de quién (¿Zarzuelo, aquel gran actor de papeles cómicos?). En ese almacén en que se van acumulando los recuerdos, esos recuerdos que ahora desempolvo con mimo, vislumbro al actor (¿Berrueta tal vez?) disfrazado de Charlot: bigotillo perfilado a carbonilla, pantalones anchos y caídos, bombín de incierto color, bastón endeble y combado… O tal vez fueran dos las actuaciones y la memoria haga un trasvase sincrético. Recordaréis cómo los días siguientes de aquella lograda imitación, hala, nos pusimos todos a hacer lo mismo, a imitar al imitador mientras tarareábamos los compases más sugestivos y pegadizos de la pieza breve de Anderson.  Así que en mis escarceos teatrales de tres años después, con aquel grupo que formamos varios universitarios de la cuenca minera del Nalón —un grupo de teatro de agitación política que trataba de adaptar el método del denominado teatro pobre de Grotowski—, me acordaba más que de la grandilocuencia de los autos sacramentales, de aquel genial número, tan entrañable, con el reloj sincopado como  motivo.

En esa misma velada —si mi memoria no trastoca actos y fechas— se puso en escena una parodia de “La canción del pirata”. Y de nuevo la evocación, tan caprichosa, quiere verte a ti, oh insustituible furriel, Eldelabientempladamandolina, interpretando ese número sobre aquel escenario nuestro (¿o ahora es posible que no fueras tú y sí Berrueta o Zarzuelo? En escena, si cerráis los ojos, cuantos asististeis a la función conseguiréis ver al improvisado actor, llegado al “no corta el mar” (y reforzaba la negación con la cabeza al tiempo que remedaba con sus dedos índice y corazón a modo de tijeras imaginarias el corte que negaba), “sino vuela” (y aspaventaba entonces con los brazos extendidos a modo de alas tal que si fuera a despegar del suelo); “bajel pirata que llaman” (¡baje el pirata, que llaman!, y ahuecaba las manos sobre la boca como refuerzo gestual), “por su bravura el Temido, de uno (carrerita hasta un extremo del escenario) a otro (otra carrerita hasta el otro extremo) confín”. ¿Os acordáis, o es solo una fantasía retrospectiva de esta memoria desfalleciente?

 Ya no en el teatro, sino en el estudio de la Escuela Menor, y con impulso y dirección del P. Sánchez Ramírez (¿qué fue de él?), recuerdo varias lecturas de piezas breves de teatro leído, con los flexos y el micrófono como únicos auxiliares…Y ahí sí que me tocó leer algún papel;  me acuerdo, por ejemplo, de mi participación en La nicotina.

  

 Un recuerdo preterido

 

Sin embargo, la magnífica actuación de aquel rapsoda profesional que en su día nos maravilló había quedado relegada, aparcada en quién sabe qué recoveco sinuoso de esa papelera de reciclaje que viene a ser la memoria. Pero en estas llegó Cícero y despertó de su sueño aquel recuerdo arrinconado: según leía, me parecía estar allí todavía, escuchando embelesado la memorable actuación que nos marcó durante meses, aquella educada voz que ponía emoción y sentimiento al recitado.

Y del repertorio, resonaron estremecedores como entonces los versos de Lorca, las terribles cinco en sombra de la tarde, las cinco en punto de la tarde, que repetimos y repetimos imitando en lo posible las pausas y la fuerza arrolladora de aquella voz privilegiada, plena de intensidad y sentimiento.

Y cuántos días hicimos el ganso — ¿no os acordáis?—, dando palmas y simulando un taconeo de baile sobre las losas relucientes de los pasillos o en la recreación o donde se terciara,  mientras recitábamos el estribillo de este poema menor, pero simpático y cargado de ritmo y duende, que el rapsoda había interpretado magistralmente:

 

Uno, uno, dóh y tréh,

tréh banderilleroh en el reondel.

 

Marcelino Iglesias.

  

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (I)

EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON y otros pecios de la memoria (I)

Nuestro querido compañero Marcelino Iglesias nos relata sus recuerdos y sentimientos en un viaje imprevisto al pasado de aquel colegio apostólico del que, dice Marce, ignoraba su significado, su alcance...

Espero que Marcelino no se me enface si os descubro que me ha manifestado dudas sobre la oportunidad de publicar sus relatos en el blog, pues teme que algunas de sus consideraciones, opiniones o toma de postura ideológica pudieran molestar a algunos (o muchos) compañeros.

Él conoce mi opinión sobre estos temas y como, tras leer varias veces su relato, puedo dar fé de su respeto con las personas sin renunciar al ejercicio de su libertad, ni a sus recuerdos, sensaciones y sentimientos...pues aquí os dejo la primera parte de este entrañable relato titulado EL FRAILE QUE SE PARECÍA A BÚSTER KEATON Y OTROS PECIOS DE LA MEMORIA.

Además...¡qué narices! nadie tiene que dar explicación alguna para publicar lo que le parezca en este blog.

En días sucesivos iré publicando las nuevas entregas de EL FRAILE QUE SE PARECÍA A..., y al final, lo reuniré en un documento al que os daré acceso para descargarlo. 

Ha acabado el NODO, se apagan las luces, silencio, ved y disfrutad de la primera parte de esta película, todo empieza con el recuerdo de aquel fraile delgado, cariñoso, santo, un fraile bueno, el Padre Uría...

Todavía sobreviven los recuerdos.

Gracias amigo Marcelino.

 


 

 

El fraile que se parecía a Búster Keaton y otros pecios de la memoria (I) 

  • Un viaje imprevisto
  • Del sentimiento de culpa y otros pesares, con migajas de alivio
  • Yo siempre supe qué era el amor
  • Tres navidades tan tristes


  

Un viaje imprevisto 

 

Una tarde gris de otoño, apagada como la melancolía, en un impulso —sin saber muy bien por qué ni qué quería encontrar—, decido viajar, regresar a ese espacio cerrado, a ese ámbito en que transcurrieron cinco años de mi vida. Como todo es posible en el territorio de ficción —la imaginación, la fantasía son así—, al punto levanto el vuelo. Me detengo breve instante en Soto de Rey —cruce de caminos, de líneas férreas, de sentimientos—, cuya estación marcaba bien el punto triste de la ida allá en septiembre, bien el punto alegre del regreso a primeros de julio. Una vez sobrevolada la cordillera (no sin antes echarle una mirada a ese enclave privilegiado de nombre Casorvida— único en el orbe, tal como aparece en algún texto antiguo, dicen los expertos que apócrifo—, donde, admirado sin duda por tanta grandeza, el tren siempre chifla; dicen algunos que por justa pleitesía a sus nobles moradores; otros, de colmillo retorcido, que es una simple manifestación —un alarde, vamos— de la potencia de su pitu), planeo confiado sobre el comienzo de la meseta.

 

Diviso ahora a los lejos la cruz de un santuario. Edificios simétricos, campos de deportes, una granja. Allá al fondo, según se comienza a descender la finca, camino del Tomillar, aprecio una mella en el terreno: una excavación en el talud. Ahí me veo, 45 años atrás, ultimando con otros compañeros la primera fosa, la que inauguraba lo que iba a ser cementerio. Y me acordé de un poema de Paul Celan —el poeta que decidió abreviar, poner punto final a su vida arrojándose a las aguas del Sena—, cuyos versos parafraseo: él cavó su tumba no en el agua sino en los arrebatados acordes del órgano… Y recuerdo apenado aquellos meses últimos y la fatiga con que se movía. ¿Por qué queríamos tanto a aquel fraile con algo de cara de palo, de fingida seriedad que apenas lograba disimular su alegría de vivir, la bondad que transmitía? Sigo viendo emocionado la figura de aquel organista que, con sus gestos y ademanes —conscientemente histriónicos—, provocaba nuestra sonrisa cómplice, cariñosa. Sí, lo recuerdo muy bien: en aquel octubre lejano tan lluvioso, yo también cavé en el talud de la finca.

 

 

Vuelvo grupas,  tomo tierra y entro en el Santuario. Recorro el pasillo central de la nave observando distraídamente cual si de un visitante despistado se tratara, tal vez con la actitud curiosa propia de un turista. Me siento en un rincón discreto, en un lateral, próximo a uno de los confesionarios.

 

Suenan los acordes del órgano: solemnes, rasgando el silencio, acallando los bisbiseos de los rezos. Como si saliesen de un alma intensa y apasionada, se me ocurre… Y en estado de somnolencia, acunado por la intensidad sonora de aquel órgano arrebatado, comenzaron a fluir los recuerdos. Miré hacia atrás, a la cristalera que da acceso al coro y al pasadizo que cruza por debajo de la carretera, cordón umbilical entre colegio y santuario. Fue fácil provocar la evocación, permitir que los recuerdos (caóticos, entreverándose, pugnando por ocupar un lugar en el decurso del tiempo) afloraran remansándose, estableciendo entre ellos una jerarquía ordenada. Es tan fácil moverse por el territorio de la memoria: basta proponérselo, ensoñar, recordar…

 

 

 Del sentimiento de culpa y otros pesares, con migajas de alivio

 

Un escalofrío. No, no tengo miedo, pero siento frío, mucho frío. Siempre que sueño que “todavía” estoy allí, siento frío. El frío y los sabañones. El frío y el desvalimiento; el desvalimiento propio de los huérfanos, allí recluidos en aquella estepa. El frío y lo peor: el sentimiento de culpa que cala, que taladra, que socava toda resistencia. La culpa sin encantos. Frío, mucho frío y hambre. La culpa como parte inseparable del frío: dos caras de la moneda, haz y envés. Frío exterior y frío interior. Ese frío perverso cala hasta el tuétano, se apodera de tu interior, te anula.

Culpa, pecado, tinieblas: ¿será una pesadilla recurrente, una pesadilla que se disipará al despertar? Culpables de qué, pobres muchachos. ¿Por estudiar allí aunque  muchos (¿cuántos?) ni siquiera hubiéramos entrado con el propósito de ser frailes? ¿Por ser pobres, pertenecer la mayoría a la clase obrera, al campesinado? Y recuerdo ahora el día de primavera en que se presentó en la escuela de mi pueblo, en el corazón de la cuenca minera del Nalón, aquel fraile menudo, nariz de aguijón de avispa y gafas gruesas. El P. Arruga —buen orador, con probado dominio retórico— hizo una impecable exposición propagandística de las bondades del colegio, de sus instalaciones; nos mostró fotos ilustrativas: quedé fascinado por los campos de deportes, por la piscina. Pero en absoluto nos habló (o no lo recuerda ya esta memoria enflaquecida, siempre selectiva) de la necesidad de querer ser frailes. Supongo que eso se daba por supuesto. Supongo. Ya sé, ya sé: se trataba de un colegio apostólico, pero yo entonces, antes de aquel día de principios de octubre de 1962 en que crucé sus puertas, ignoraba su significado, su alcance.

 

Desolación, sospecha: acusaciones en la capilla. Es de noche. Resuenan lúgubres, como si anillaran grilletes en los pies, cada una de las voces de quien, más que amonestarnos, nos acusa indiscriminadamente. Y veo un dedo acusador vestido de blanco que dispara. Pienso lo que no pensaba aquel cohibido niño de entonces, aquel indeciso adolescente: ¿Se puede dirigir un internado como si fuera un campo de concentración? ¿Un educador puede tener como paradigma para su delicada misión biografías de grandes militares? Esparta: sobran los débiles. La mili, años después, como unas plácidas vacaciones. ¡Parecéis niñas! Resuenan aún sus gritos en el recuerdo. Largos pasillos que se alargan y alargan: pesadilla, sudor frío. Los terrores de la noche, desvalimiento, orfandad… Los pasillos se dilatan, se curvan, se alejan perdida la perspectiva. Abismo.

 

Dicen que las verdades auténticas tienen su residencia en el corazón. Y también que es fácil y gratuito viajar con la imaginación al territorio de fantasía, donde siempre que se desee, llueve. Es posible. No sé con certeza que sea gratuito bucear en la memoria. Claroscuros: alegrías, sí, pero también tantos sinsabores… A escala, he pensado hace ya tiempo que aquel microcosmos era reflejo del exterior: de una sociedad sometida por aquella nefasta dictadura, de aquel estado perpetuo de miedo y violencia, cuya cabeza visible —criminal de paz, en acertada denominación de Manolo Vázquez Montalbán— se murió en la cama y no inmolado en africana guerra por su dios y su patria (qué lástima, ¿verdad?)… Un hombre de treinta y tantos años puede ser tan hábil en el interrogatorio…: busca las llamadas —qué crueldad— manzanas podridas. Qué fácil sonsacarles a niños de diez, once o doce años: qué cobardía, qué perversión de miras, qué torpeza absurda. Inocencia, debilidad; tal vez miedo.  Dudo que hubiera algún vocacional, algún perverso. Qué nos quedaría, sin esa confianza, esa fe antropológica, a cuantos hemos depositado nuestra creencia en los seres humanos y no en otras entelequias, llámese como se llame el dios de cada creencia religiosa… Y pienso entonces que también él, que también ellos, los hombres de hábito blanco, eran producto de la debilidad, del miedo. Pero no lo tengo tan claro: ellos eran ya adultos, sabían discernir. Eslabones del poder establecido en todo caso.

 

No todo es triste. Me gusta la nieve. Recuerdo ahora un verso del Dante: después llovió en la alta fantasía. Recurro a la paráfrasis: nieva ahora en mi fantasía. Me pasaré, como siempre que nieva, la noche en vela: mirando por la ventana a ver cómo sigue nevando sobre los campos de deportes, sobre la granja; contemplando embelesado cómo aumenta de grosor la capa que ya cubre totalmente el paisaje. Blancura en la noche, luminosidad reverberada, danza blanca de copos arremolinados. Cuanta más blancura, más nieve ha caído. Y deseo vivamente que las nevadas se prolonguen días y días.

No, no todo es tristeza: también me reconforta el cine de los domingos, ese momento mágico de la semana, ese escape a un mundo de fantasía e ilusión. Pero qué terribles domingos cuando la película era censurada o no había llegado por cualquier circunstancia. Inmensa tristeza, decaimiento, melancolía. Esperar a que llegue la noche y entonces, sí: llorar en silencio, para ti solo, porque las lágrimas son de cada uno. Llorar es tan reconfortante… Y dormirse luego profundamente. Y a esperar confiando que la semana siguiente haya más suerte.


  

Yo siempre supe qué era el amor

 

Y ahora, como contrapunto benéfico, la memoria abre una rendija de luz, rescata una bocanada cálida: la hora del reparto del correo. Es, sin embargo, un recuerdo agridulce. Por una parte, qué vileza policiaca la censura de las cartas; que impudicia el asalto a la intimidad ajena. Por otra, se me siguen soltando lágrimas de emoción al recordar con ternura cuando leía una de aquellas cartas que mi tío materno Luis, con su impecable letra pulcra, escribía al dictado de mi bisabuela, mujer sabia aun siendo analfabeta. Y entonces ensoñaba y me alegraba de las pequeñas alegrías (el parto feliz de una de nuestras vacas, la buena cosecha de manzanas o de castañas, la siembra de las patatas o la eclosión de los pitinos de la pita franciscana) y me entristecía con las penas de las que mi güelina me hacía partícipe (sus dolencias y achaques, muerte o enfermedad de algún familiar o vecino, un accidente en la mina…). Y aquellos billetes de 25 o de 50 pesetas que adjuntaba…  ¿Cómo olvidar tanta ternura, tanto sentimiento aquilatado en cada carta?  Yo siempre supe qué era el amor.


Tres navidades tan tristes

 

Y me asalta ahora a traición el recuerdo de aquellas navidades tristes, desoladoras, apenas mitigadas por el afecto mutuo, la solidaridad entre iguales; en fin, los universales del sentimiento: morriña, añoranza de los nuestros, juegos y risas compartidas, la fuerza del cariño. Un contrapunto luminoso, revelador, un bálsamo blanco para tanta melancolía: durante las navidades del curso 63-64 (¿o fueron las del 64-65?) nevó y nevó, días y días. Qué alegría, cómo palió la tristeza de estar lejos de la familia, allí encerrados, allí recluidos: esa es la sensación, ese es el recuerdo de las navidades allí pasadas,  tres tristes navidades consecutivas.

 

Cada vez que las recuerdo, siento frío, mucho frío. El frío y los sabañones, aquella tortura de picores y llagas que a tantos martirizaba durante los meses de invierno. Tristeza y dolor que algo mitigaban los villancicos por megafonía acompañándonos a todas horas, las estancias prolongadas en la recreación decorada con motivos navideños, las cenas “especiales” de Nochebuena y Nochevieja (pollo y patatas fritas como las de freiduría, y ¡hasta un poco de aquel vino aguado que nos sabía a gloria!, algo de turrón y polvorones y peladillas y uvas pasas: todo un lujo respecto al menú cotidiano). Siempre que lo recuerdo, siempre que se inmiscuye el recuerdo de aquellas navidades tan tristes, tan lejos de los nuestros, con tanta morriña acumulada, siempre se ve compensada, como un bálsamo reparador, por la nieve…Por la nieve y la programación cinematográfica especial: casi todos los días una película o, en su defecto, unos dibujos animados o unos cortos de Chaplin o algún documental. En suma, una pequeña compensación que aminora tanta tristeza, tanta añoranza, tanta pena…

 

 

Y ahora que releo lo escrito, me pregunto — ¿sorprendido?—: ¿Por qué tantos de los recuerdos que van fluyendo atropellados y con ganas de ser verbalizados se centran en o sobre motivos navideños? Soledad, tristeza, sentimiento de orfandad. En fin: los inextricables surcos de la memoria.

 

Marcelino Iglesias.