DE PASEO POR LEÓN
Dando esta mañana una vueltina por León encendí el móvil y tomé estas secuencias.
Dedicado a mis paisanos cazurrines que viven fuera del Reino.

Dando esta mañana una vueltina por León encendí el móvil y tomé estas secuencias.
Dedicado a mis paisanos cazurrines que viven fuera del Reino.

Todos estamos metidos hasta el tuétano en la llamada por algunos sociedad de consumo. Hace unos años, Adela Cortina, catedrática de ética de la universidad de Valencia y famosa, escribió un libro que tuvo mucha resonancia sobre ética de la sociedad de consumo. Es un libro medio de sociología, medio de autoayuda; pero se queda en la cáscara. Eladio, como siempre, se mueve en las profundidades, donde nace y se va desarrollando el ser humano: en los valores. Sólo que ahora, trata cómo esos valores están fuertemente influidos unos por otros. No conozco a nadie que haya hecho un diagnóstico tan certero del modelo humano que estamos viviendo.
Baldo
2. La sociedad de consumo, nuestro modelo humano y nuestra forma de vida
El ser humano, a diferencia de los demás vivientes, no se nutre siempre igual y de manera indiscriminada, sino que organiza su alimentación biótica (valores biopsíquicos): en las horas del día (desayuno, comida, merienda y cena), en menús (café para el desayuno, fabada para la comida, bocadillo para la merienda, tortilla para la cena), en estaciones (cocidos para el invierno, ensaladas para el verano), etc. Pues bien, la organización no sólo afecta a la comida biótica, sino a toda la alimentación humana, es decir, a todas las vertientes vitales y a sus dimensiones valorativas. En cuyo caso, cada organización de los valores constituye un estilo de vida, un modelo de ser y de hacerse humano.
Recordemos lo que dijimos en el tema de los valores y contravalores: cuando hablemos de valores y de contravalores incluimos necesariamente y a la vez a sus tres componentes: vertientes vitales, seres y relaciones entre unas y otras. Nunca nos referiremos a uno solo, aunque, para no fatigar al lector, no siempre explicitaremos los tres. También usaremos indistintamente valores/contravalores y dimensiones o relaciones valorativas
Al estilo de vivir la vida humana, al peculiar modo de ser y hacerse hombre, lo denominaremos indistintamente “modelo humano”, “arquetipo humano”, “paradigma humano”; todas serán para nosotros expresiones sinónimas.
No todas las culturas dan la misma importancia a las ocho clases de vertientes vitales y de sus dimensiones valorativas que hemos enumerado. Entre la infinita gama de valores, cada sociedad escoge unos y desecha otros; y, entre los que selecciona, a unos les da más importancia que a otros. Los autores suelen hablar de “jerarquía de valores” para calificar esta ordenación social o cultural de los valores. Los valores que han sido situados en la cúspide de esa pirámide o jerarquía hacen de guía y de meta del resto, de tal modo que los demás valores están gobernados por ellos.
Nosotros preferimos utilizar otro símil para expresar cómo están ordenados los valores: el de la célula. En ella, alrededor de su núcleo se agrupan otros elementos para completarlo. El núcleo es la parte o punto central sirve de sostén a la célula, actúa como órgano rector de las funciones de los demás elementos y, sobre todo, empapa de su propia sustancia a esos elementos de la célula. Pues bien, ésas son las funciones que desempeña el núcleo valorativo de un modelo humano respecto de los demás valores: los gobierna y los empapa de su sustancia. Diríamos que los “MODALIZA” porque la influencia del núcleo es tal, que produce en los demás valores un nuevo “modo de ser”, un ser distinto al que tenían antes (de ahí lo de "modalizar", que no tiene que ver con "moralizar"; "modalizar) no es un error tipográfico). El símil de la jerarquía no expresa más que la función de gobierno, pero no la de empapar e influir profundamente en los demás valores.
Las vertientes vitales y sus dimensiones valorativas escogidas para constituir el núcleo por una determinado modelo humano constituyen la esencia de dicha modelo, porque, como dijimos, dirigen y, sobre todo, empapan de su propia sustancia al resto de las vitalidades y dimensiones valorativas. Es decir, modalizan a las demás dimensiones valorativas. Cuando el núcleo valorativo está constituido, por ejemplo, por relaciones valorativas sociopolíticas, todos las demás relaciones valorativas quedan profundamente transformadas y teñidas de sociopolítica. Así pues, los muchos y variados estilos de hacerse hombre que han existido a lo largo de la historia se distinguen unos de otros por su respectivo núcleo valorativo. El núcleo valorativo canaliza el tipo de humanidad que desean los miembros de una determinada cultura o forma de vida.
Es muy corriente que los modelos humanos se encarnen en héroes, líderes religiosos, santos o magnates. Los llamaremos modelos humanos vivientes. Jesucristo, por ejemplo, es el paradigma viviente del estilo cristiano de ser hombre. Otras veces estos modelos humanos son un simple diseño de la razón. Los denominaremos modelos humanos diseñados. La filosofía griega, la Ilustración, la filosofía moderna o el marxismo diseñaron sus propios modelos de ser hombre.
Pues bien, son los valores del núcleo los que determinan en quién ha de encarnarse un modelo de ser hombre o cómo han de ser los estilos de vida diseñados. Un rico, joven y apuesto magnate no sería nunca un modelo viviente de un estilo de vida budista, por ejemplo; pero sí lo es del modelo de ser y hacerse hombre de la sociedad de consumo. Cada estilo de ser hombre tiene sus héroes propios y específicos, que no son transferibles a otros modelos humanos.
Hablamos de la cultura de occidente, de la cultura hispana o de la cultura medieval; también, de la cultura juvenil o de la cultura urbana. En todos estos casos, nos referimos con el término “cultura” no a lo que sabe un individuo, sino al conjunto de “maneras de pensar, de sentir y de actuar específicas, aprendidas y compartidas por una pluralidad de personas, y a sus productos”.
En primer lugar, la cultura no sólo incluye los conocimientos, sino también los afectos y las actuaciones; es decir, toda la vida de las una persona forma parte de la cultura. En segundo lugar, esos modos de pensar, sentir y actuar son peculiares y específicos en cada cultura. En tercer lugar, todo lo que es cultural se aprende, no se hereda por vía genética. En tercer lugar, para que podamos hablar de cultura, los modos de pensar, de querer y de actuar deben ser comunes a muchas personas. En último lugar, la cultura comprende los productos de esas formas de pensar, querer y actuar.
Para Eladio Chávarri, la "forma de vida" es aquélla en la que se encarna y se concreta un modelo humano. Por tanto, las formas de vida existentes están configuradas, penetradas, por los modelos humanos que están inmersos en ellas. Hablar de modelo humano y de forma de vida vienen a ser lo mismo, porque entre ambos hay una mutua implicación. Pues bien, resulta claro y lógico que, para Chávarri, la forma de vida es una consideración genuinamente valorativa. Muchas denominaciones de nuestra forma de vida actual (“sociedades modernas”, “sociedades posmodernas”, “sociedades desarrolladas”, “sociedades opulentas, ricas”, “sociedades terciarias”, “sociedades individualistas”, “sociedades “industriales” y “postindustriales”, “sociedades capitalistas”, “sociedades democráticas”, “sociedades informatizadas”, “sociedades fluidas”, “sociedades administradas”, “sociedades tecnocientíficas”) no tienen en cuenta explícitamente esta consideración valorativa como tal. Y frecuentemente se fijan tan sólo en alguna dimensión valorativa de nuestro modelo humano, dimensión que es claramente insuficiente para abarcar y caracterizar todos los pares valorativos y todas las numerosísimas relaciones que se establecen dentro de él.
Todas las experiencias de la vida están amplia y profundamente marcadas por el tipo de modelo humano que cada uno vive. De ahí que no sea lo mismo ser niño, madre, profesor, sacerdote, labrador, estudiante o pillo en un modelo humano que en otro, en una forma de vida que en otra; no han querido del mismo modo a los hijos los egipcios, indos, olmecas, persas, griegos, romanos o los celtas. Resumimos esta enorme influencia de las culturas o formas de vida sobre sus miembros en ocho grandes funciones de los modelos humanos: biográfica, judicativa, terapéutica, dar cohesión a las acciones, ser horizonte de sentido de la vida, dar validez e invalidez a las acciones, determinar la verdad/falsedad de los estilos de ser hombre y ser referente de responsabilidad.
Julia Iglesias, Andrés Alfaro, Inés López, Eladio Chávarri o Cándido Ániz son «biografías», es decir, modos peculiares, únicos, intransferibles de ser hombre. Cada uno nació de unos padres concretos, en un lugar determinado, comió papillas de una marca específica y va desarrollando modos peculiares de comportarse, divertirse, relacionarse con los amigos, expresar las emociones o de organizar el tiempo de trabajo. Pues bien, la mayoría de esos modos biográficos de ser y de actuar no se heredan por vía genética ni los construye uno a su antojo, sino que se aprenden. El punto de referencia en ese aprendizaje es el modelo humano que hay en la forma de vida en la que uno vive. De acuerdo con él vamos elaborando nuestra identidad biográfica, nuestros proyectos vitales. Ello explica que pocas personas de nuestra ciudad tengan como proyecto vital hoy ser samuráis, cazadores de cabelleras o anacoretas en el desierto; pero sí ser ricos, juveniles y triunfadores.
Estamos acostumbrados a valorar a las personas y a sus acciones desde algún criterio particular como, por ejemplo, la división del trabajo. Y así decimos que fulanito de tal es abogado, físico, estudiante, panadero, barrendero, comerciante, obrero o empresario. Hablamos también de acciones concretas: comer, pensar, hablar, estudiar, hacer pasteles, etc. Pero también, en algunas ocasiones, aplicamos a esas mismas personas y acciones el calificativo de humano o de inhumano. ¿Qué les añade a las personas y a las acciones eso de ser humanas o inhumanas? Pues una referencia al proceso de ser hombre en su globalidad. Preguntarse por lo humano/inhumano de una acción es ver si ella contribuye al desarrollo o al deterioro del ser humano en su totalidad, ya que cada acción desarrolla su específica porción de humanidad e inhumanidad. La humanidad y la inhumanidad se aplican, por tanto, a las comidas y bebidas, al libre comercio y a la actividad laboral, al conocimiento técnico y al filosófico, a lo bello y a lo feo, a la justicia y a la injusticia, a los dioses y a los Dioses, a la libertad y al compañerismo, siempre que se los considere desde la perspectiva del ser y hacerse hombre en su globalidad. Por ejemplo, robar y hacerse con el dinero ajeno es una acción que acrecienta nuestros valores económicos, pero desde el punto de vista del conjunto del hacerse hombre es deshumanizadora, pues directa o indirectamente acarrea grandes contravalores para el sujeto que roba y, por tanto, deteriora su proceso de hacerse hombre.
Después de lo dicho en el párrafo anterior tenemos que afirmar que es imposible calificar como humano e inhumano a cualquier ser si no se tiene a la vista un criterio o punto de referencia para hacer ese juicio. ¿Cuál es, entonces, ese criterio o punto de referencia? Pues no es otro que un determinado y concreto modelo humano. Según eso, una acción es considerada como humana si desarrolla algún aspecto del tipo de humanidad que marca un determinado modelo humano; es valorada como inhumana, en el caso contrario. Humano es, pues, una relación de las acciones o de los seres a un determinado modelo humano. No es de extrañar, por tanto, que lo que es considerado como humano desde un modelo pueda ser valorado como inhumano desde otro. El historiador griego HERODOTO narra cómo el rey persa Darío reunió en una ocasión a griegos y a indios para conocer sus respectivas costumbres funerarias. Los indios, que se comían a sus muertos, quedaron tan horrorizados ante los ritos griegos de cremación como espeluznados se sintieron los griegos por la antropofagia de los indios.
Así, por ejemplo, las Declaraciones de Derechos Humanos de la Modernidad europea se presentan como puntos de referencia últimos en la valoración de lo que es humano, porque se piensa que expresan los derechos naturales de todos los hombres de todos los tiempos. En realidad han sido elaborados desde un modelo humano concreto: el burgués. Desde otro modelo humano –el marxista, por ejemplo– los derechos de dichas Declaraciones son inhumanos.
Todo estilo de vida o modelo humano aspira siempre a curar (terapia) las inhumanidades creadas por otros modelos. Los ilustrados europeos, por ejemplo, pretendían sanar con el estilo de hacerse hombre ilustrado todas las inhumanidades y todos los sufrimientos que habían causado los estilos de hacerse hombre anteriores.
Frecuentemente consideramos a los valores y las experiencias como disgregados unos de otros, como autónomos. Pero no es así; cada modelo humano da una gran cohesión a todas las experiencias que se viven dentro de él, de tal modo que todas están perfectamente engarzadas en las demás.
Es muy probable que las primeras actividades humanas que recibieron la calificación de “horizontes de sentido” fueran los movimientos en el espacio vital humano. La vida del nómada (las relaciones con el medio, el sustento diario, la protección, la comunicación con otros grupos más próximos y lejanos, etc.) dependía de estar bien orientados en el espacio (orientar = oriente = oriens o lugar por donde sale el sol). Por ello, la orientación y el sentido espacial de sus movimientos eran al mismo tiempo orientación y sentido de la vida. Hallarse perdido en el espacio vital casi equivalía a hallarse perdido en la vida.
Es cierto que hacemos tal o cual cosa con un fin particular y concreto: obtener una satisfacción, un dinero, una amistad, etc. Pero el sentido último de todas las acciones en conjunto y de cada una en particular no es otro que el de alcanzar nuestra propia humanización. Ésta es la meta de nuestra vida, el horizonte de sentido de todo nuestro obrar. Ahora bien, el modo de humanizarse, a cada uno le viene dado en gran medida por el modelo humano en el que está insertado. Así pues, preguntarse por el sentido de una acción es preguntarse por su contribución a la humanización que marca un determinado estilo de vida o modelo humano. Según eso, el sentido que tiene el trabajo, la amistad, la ciencia, el arte, el ocio, la religión, la moral o el estudio dependerá del modelo humano desde el que se contemplen estos seres. Lógicamente no será el mismo para el modelo humano de la sociedad de consumo que para la del ahorro, para los antiguos griegos que para los celtas, para los ateos que para los creyentes. Cada uno tiene un modelo humano diferente, que dará sentido también diferente a todas las experiencias de la vida.
Algunos, sin embargo, sólo la adoptan en parte; otros recorren la vida en lucha con ella; y los hay también que la rechazan y se quedan marginados. Ello les causará, sin duda, no pocas tensiones y conflictos en su interior y también en sus relaciones con los demás.
Sabemos que “válido” indica el grado y la forma que ha de tener un valor para ser aceptado como tal valor. Pues bien, el punto de referencia último para establecer la validez e invalidez humanas de las acciones es un determinado modelo humano. No hay una sola validez humana de la ciencia, por ejemplo, sino que han existido tantas como modelos humanos. Y lo mismo podemos decir de la validez o invalidez de la libertad.
Calificar a algo como verdadera o falsamente humano supone siempre la referencia a un determinado modelo humano. De ahí que las acciones del verdadero ser humano para el modelo humano marxista no serán las mismas que las que establece como humanamente verdaderas el modelo HPC, por ejemplo, o el modelo cristiano.
Está claro que la extensión y profundidad de la verdad y falsedad humanas dependerán de la extensión y profundidad de humanidad e inhumanidad que haya en cada modelo humano. Un modelo que cultive sólo alguna clase de valores o parte de la envergadura vital o únicamente algún medio de su hábitat tendrá una verdad/falsedad humana más reducida que el que los desarrolle todos.
Un salario, por ejemplo, es inseguro cuando puede variar entre mantenerse o desaparecer; entre menguar, crecer o ser estable. Pues bien, la inseguridad afecta al ser de todos los entes, ya que todo está en continua amenaza de cambio.
¿Qué pasa con la inseguridad del ser humano? Pues que sigue los vaivenes y zozobras de los seres de los que se alimenta como valores/contravalores, puesto que el desarrollo humano tiene lugar a la vez que se nutre de los entes.
Como el desarrollo de la vida crea continuas inseguridades, incertidumbres e inseguridades, no es nada extraño que aparezca en el propio ser humano una fuerte tendencia a instalarse en seguridades creando refugios de seguridad.
Ellos dan seguridad/inseguridad, no a una, sino a todas las experiencias que en ellos se viven. Por ejemplo, un modelo religioso, la seguridad/inseguridad que da a todas las experiencias es religiosa; sin embargo, en un modelo económico, la seguridad/que se vive es económica.
La ratonera es una trampa que atrae y que lleva a la muerte. Un modelo humano resulta una ratonera si no proporciona a los humanos que lo viven unos desarrollos vitales importantes; y ello sucede cuando los valores que se cultivan en esos modelos humanos se convierten en cebos que atraen de modo desproporcionado a los seres humanos. De momento, ello les da mayor seguridad, pero a la postre resulta una trampa, pues, al cortar multitud valores, provoca el debilitamiento o incluso la muerte del ser humano, ya que ningún valor puede ser sustituido por otros en su función humanizadora.
Una persona se siente responsable de que no falte la luz en una determinada población; otra, de que las deducciones científicas no sean chapuzas; una tercera, de que la comida de una familia esté preparada a su hora. ¿Ante quién es uno responsable? Es muy frecuente reducir el campo de la responsabilidad a la moral. Pero la responsabilidad supera con creces este ámbito, pues las propias prescripciones de la moral también han de ser sometidas al tribunal de la responsabilidad. Hay que afirmar que la responsabilidad sólo puede ejercerse respecto de lo humano e inhumano del hombre, es decir, en el interior de un horizonte de sentido, que, como hemos dicho en al apartado anterior, viene determinado por cada modelo humano. La libertad responsable, por tanto, será diferente en cada estilo de ser hombre. Se producen frecuentes choques con relación a esto de la responsabilidad porque no se tiene en cuenta que cada postura está tomando como referencia modelos humanos distintos.
Nuestra forma de vida o cultura puede ser denominada sociedad de consumo. Su modelo humano es el ser Humano Productor Consumidor (HPC). Y, ya desde ahora, hemos de dejar bien claro que el consumismo no es principalmente el acto de comprar en las grandes superficies comerciales, sino todo un estilo de vida, un modelo de ser y de hacerse hombre, y que como tal comprende el acto de comprar y otros muchísimos más. Según eso, ¿qué modelo humano, qué estilo de hacerse hombre vivimos nosotros, los que pertenecemos a la sociedad de consumo? Responder a esta pregunta va a ocuparnos todo el curso. Ahora indicaremos tan sólo dos cosas acerca del modelo humano de la sociedad de consumo: su núcleo valorativo y sus funciones.
Los investigadores de ciencias humanas –sobre todo los muy eminentes– han situado en el núcleo valorativo de los diferentes estilos de ser hombre sólo a los valores religiosos, morales o sociopolíticos. Tenemos que afirmar, sin embargo, que, aunque así haya sucedido en épocas anteriores de la historia, nuestra forma de vida ha escogido para el núcleo de su modelo humano los valores económicos del capitalismo del consumo y a los biopsíquicos. Esto es lo que identifica y distingue al HPC de los demás modelos humanos que han existido en la Historia. En nuestra forma de vida, todos los demás valores quedan modalizados por los económicos y por los biopsíquicos. Pensemos, por ejemplo, en los cognitivos. El único saber que hoy se tiene por tal es el de la ciencia. ¿Por qué? Porque es el adecuado para aumentar los valores económicos, núcleo valorativo de nuestra forma de ser hombres.
El hombre de la sociedad de consumo no cree en otra vida, sino sólo en la presente; y tiene pasión por esta última. Sentir el vigor de la propia energía vital es una de las grandes preocupaciones de nuestra época. Por eso se estiman como valiosos los cuerpos jóvenes y frescos y se desestiman los viejos y decrépitos. Nuestro sistema sanitario crece a pasos de gigante día a día. Su eficacia es inmensa cuando la curación de la enfermedad depende en gran medida de tecnologías sofisticadas.
Se trabaja para que el cuerpo siempre aparezca brillante, bien equilibrado, atrayente, aseado y bello. Ahora bien, esto exige reformarlo muchas veces a la medida del canon de belleza de nuestra forma de vida. La mayoría de las personas no aceptamos de buena gana el tipo que nos ha transmitido el código genético; por eso nos esforzamos en transformar los pesos, alturas, anchuras, volúmenes y gorduras, tonos musculares, caras, ojos, labios, pechos, caderas, vientres, muslos, etc. del cuerpo recibido. La reforma del cuerpo constituye para bastantes personas un verdadero suplicio, pues el código genético marca límites imposibles de traspasar.
Los humanos comemos para alimentarnos, es cierto, pero también para disfrutar de la compañía, celebrar una fiesta, satisfacernos con la presencia, el olor, y el sabor de las viandas, para engordar o adelgazar nuestro cuerpo, etc. Los animales comen, pero no tienen “arte culinario”, que es la “humanización” de la comida. Ahora bien, esa humanización de la comida y de las actividades de todos los sentidos se da “inculturada”, es decir, todas nuestras sensaciones están moldeadas y modeladas por cada una de las formas de vida, por el núcleo valorativo que impera en cada una de ellas.
En la forma de vida llamada sociedad de consumo, parte del núcleo valorativo lo constituyen los valores biopsíquicos. Por eso hoy se da a las actividades de los sentidos (ver, oír, gustar, tocar y oler) una importancia que no tuvieron en épocas pasadas; es valioso principalmente lo que satisface a nuestros sentidos, y disvalioso lo contrario.
El arte culinario representa una de las manifestaciones más espléndidas de nuestro gran despegue de los ecosistemas. Pues bien, el hombre de la sociedad de consumo ha ampliado la gama de alimentos, bebidas, refinamientos y goces culinarios hasta límites nunca imaginados antes. Los programas televisivos en torno a las delicias de la mesa tienen de antemano el éxito asegurado.
La “inculturación” también afecta al olfato. La sensibilidad para evitar los malos olores, y para suprimirlos cuando fuere posible, debió aparecer muy tarde en el linaje Homo. De fecha mucho más reciente es, sin duda, la búsqueda explícita y el deleite de los finos olores. Hoy contamos con amplísimas gamas de ellos gracias a la poderosa industria del perfume.
Gran parte del placer y desplacer que recibimos de los seres a través del sentido nos llega por el tacto. Es verdad que la Naturaleza nos regala a veces ambientes tibios, superficies sedantes, aguas deliciosas y refrescantes. Pero, en general, nosotros queremos más. Por eso ahora el frío y el calor, lo áspero y tosco, el simple polvo o las superficies rugosas, cualquier incomodidad física desagradan a nuestro tacto. El hombre de la sociedad de consumo mima esta sensibilidad como ninguna forma de vida anterior. No ha inventado ciertamente la casa, las prendas de vestir, los lechos y las sábanas, el aseo personal y los masajes, pero ha perfeccionado y refinado nuestra textura táctil en los instrumentos y enseres, en las comodidades, en el trabajo, en los desplazamientos, etc. hasta límites insospechados.
Una de las fuentes más intensas de placer y displacer sensible es el SEXO. La inculturación que el hombre de la sociedad de consumo ha aplicado a la relación sexual no es inferior a la que han experimentado los otros placeres sensibles.
Por la importancia que tiene lo psíquico para el hombre de la sociedad de consumo, algunos han calificado a nuestra forma de vida como cultura «psi».
Se trata, ante todo, del goce que proviene de sentir y experimentar las energías que hay en nuestro espacio interior: reposo y quietud exquisitos, sereno viaje por venas y arterias, sentimiento puro, suspensión del turbador fluido de representaciones y emociones, vacío mental absoluto, pasión violenta, delirio desenfrenado, etc. Todos los medios (alcoholes, drogas, medios audiovisuales, técnicas psíquicas o gimnasias específicas) son buenos con tal de que se consigan los placeres psíquicos deseados.
El gozo psíquico alcanza también a muchas relaciones con los demás. Se va entonces al encuentro del “otro” no para ayudarlo, sino con la única intención de convertirlo en pura y simple satisfacción propia (me agrada, me distrae, me es simpático, me produce placer, me enseña, me regala cosas, etc.). La referencia al buen estado psíquico que los seres pueden producirnos parece ser el único motivo para relacionarnos con ellos (“me es diver”, “me aburre”). Hoy muchas personas viven una modalización biopsíquica de la religión, en cuanto que lo que principalmente esperan de ella es sentirse a gusto psíquicamente. Y para esto, nada mejor que las religiones orientales, los espacios tranquilos de los monasterios, la música relajante del gregoriano o de la polifonía renacentista. Hoy se acude a las religiones como si fueran un supermercado en el que uno se aprovisiona a la carta de aquello que mejor va con sus gustos.
¿Cuánto dinero del presupuesto individual, familiar, municipal o nacional se dedica al cultivo de estos dos ámbitos? ¿Cuánto espacio ocupan los anuncios de limpieza e higiene en los medios de comunicación? ¿Cuántas personas trabajan en las industrias de estos dos valores?
Los entes son considerados hoy fundamentalmente como valores de consumo. Muchos de ellos sirven directamente a necesidades de orden biológico, como son la comida, bebida, descanso, sueño, defensa, etc. Otros satisfacen la inmensa pléyade de necesidades creadas por la cultura, ya se refieran al hábitat o a los métodos de adelgazar, a los servicios, cosméticos, gustos musicales o vacaciones. Pues bien, poco a poco todos los entes son contemplados y tratados por el hombre de la sociedad de consumo únicamente como valores de consumo. El ámbito entero de cuanto existe, sean aguas, minerales, plantas, organización, personas, ciencia, cultos o dioses caen sin remedio en las anchas garras del voraz consumidor. A los grandes almacenes, mercados y supermercados –los auténticos templos de la actualidad– llegan constantemente fieles dispuestos a ofrecer sacrificios al “dios consumo”. “CONSUMO” significa que todas nuestras experiencias están modalizadas únicamente por valores económicos y biopsíquicos.
La modalización económica y biopsíquica de la dimensión valorativa cognitiva se manifiesta en la función hegemónica y casi absoluta que se le da al conocimiento científico y tecnocientífico. ¿Por qué? Porque la mitad de ser y de vida económica, la mitad de la riqueza actual de las sociedades desarrolladas, depende del cultivo de muchas teorías científicas. Y no sería exagerado añadir, que bastante más de la mitad del cultivo de los valores biopsíquicos, desde las células a la limpieza, depende de otro número igualmente grande de otras teorías científicas. Esto significa que los demás saberes (común, filosófico y teológico) queden oscurecidos, y que, por lo mismo, la educación de la juventud sea absorbida casi por completo por el saber científico.
En una viñeta de El Roto, dos hombres contemplan cuadros es una exposición de pintura. Uno le pregunta al otro por el cuadro que está mirando: "¿es bueno?" El otro le contesta: "no sé; "no trae el precio". El arte ha sido convertido en una mercancía más, que llama la atención por sus elevadísimos costes añadidos. Es más, el arte se ha puesto al servicio del mercado: los productos son tanto más demandados cuanto más bellos son. Los coches, helicópteros, ordenadores, mesas, casas, por ejemplo, atraen principalmente por su estética. Dentro de la esta modalización, habría que destacar la ingente actividad económica que se desarrolla en torno al cuerpo humano para que sea bello y joven.
Si consideramos que la principal expresión del ser buena persona es que sea justa, hoy la justicia se ha concentrado y limitado al reparto de valores o bienes económicos. No se tiene conciencia ni se da importancia a que hay multitud de otros valores que están injustamente repartidos. Hoy, lo mío y lo tuyo –es decir, las pertenencias debidas, según el reparto y la reciprocidad que exige la justicia– se refieren fundamentalmente a valores económicos, no a otros valores. Nadie dice el que una ciudad o el medio ambiente estén limpios sean un asunto "mío".
Existen incalculables transacciones de dinero en toda clase de juegos. Las actividades lúdicas son enfocadas como simples medios para ganar o perder dinero. Los clubes deportivos han perdido su identidad lúdica y han sido transformados en sociedades comerciales. Las grandes ciudades luchan a muerte por conseguir la organización de las olimpíadas. Se produce una guerra entre naciones por hacerse cargo de los mundiales de fútbol. Todos los aspectos deportivos de unos y otros eventos son conformados por los ingentes intereses económicos de los que los manejan.
Las grandes religiones que subsisten en nuestras sociedades poseen, por lo regular, un rico y variado patrimonio cultural. Parte de este patrimonio ha revivido en la actualidad como una fuente abundante de actividad económica. Muchas de estas actividades se refieren sin duda a fuertes gastos de mantenimiento. Pero tales gastos poseen asimismo el carácter de inversiones. Pues las catedrales, los museos, los claustros, las navidades, los años santos, las procesiones famosas, las peregrinaciones o las hermosas portadas, pueden equipararse económicamente a las fábricas o a los centros comerciales. Las autoridades políticas y las administrativas las atienden con gusto.
Como aspecto positivo de esta modalización económica y biopsíquica de la dimensión valorativa religiosa quiero señalar lo siguiente. Los que creen y siguen el ejemplo de Jesús de Nazaret están empezando a preocuparse por tener como supremo objetivo de su vida religiosa el de sanar o a aliviar las existencias deterioradas de las personas. El deterioro se manifiesta lógicamente en los contravalores, y de manera particular en los contravalores biopsíquicos y económicos. La lucha contra la brutal diferencia entre países ricos y pobres, contra las muertes masivas causadas por el hambre, las guerras, las enfermedades prematuras, etc. configuran hoy el amor de muchos cristianos.
Los valores de tipo biopsíquico y económico se han convertido en el único objetivo de políticos y de gobiernos. No les interesa en absoluto el reparto (justicia, valor ético) cuanto el crecimiento económico. La modalización económica es la que configura y mueve al grupo de los trabajadores.
Por otro lado, la variación valorativa jurídica se halla muy modalizada por los valores biopsíquicos y económicos. Para darse cuenta de ello, basta observar que la mayor parte de los derechos que nos otorgan las leyes son de tipo biopsíquico o económico. Impresiona la cabida que tienen en nuestro código civil los derechos de propiedad.
Se puede detectar la modalización, asimismo, en aspectos sociales como los correspondientes al regalo. ¿No es verdad que, en nuestras sociedades, pasan prácticamente todos por el dinero? ¿No recaen en su gran mayoría sobre valores biopsíquicos y económicos?
Toda nuestra identidad es consumista. A lo largo del estudio de nuestra vida iremos viendo cuáles son las características que tienen las biografías consumistas, porque uno es consumista en casa, en el trabajo, en la escuela, paseando por la ciudad o rezando en la iglesia. Y además lo es de “modo biográfico”, es decir, de manera irrepetible, peculiar y distinta a todos los demás.
En todas las formas de vida han existido ricos y pobres; no constituyen una característica peculiar del hombre de la sociedad de consumo, desde luego. Sin embargo, lo que sí es específico de nuestra sociedad es que ahora la riqueza y la pobreza ya no son simples criterios de división de las personas en clases sociales (ricos/pobres), sino el ÚNICO criterio de valoración de lo que es humano–inhumano. De este modo, los pobres representan la máxima inhumanidad aunque posean abundantes y profundos valores cognitivos, estéticos, lúdicos, morales, religiosos o sociopolíticos. Al rico, por el contrario, se le considera como el que disfruta el máximo grado de humanidad aunque carezca del resto de los valores.
El nivel de vida de un país se mide únicamente por la capacidad de consumo que tienen sus ciudadanos. Nadie parece dudar de que el consumo sea ahora el nuevo dios que nos va a liberar de todas nuestras calamidades. No entendemos que Cristina la hija del multimillonario Onasis tuviera depresiones y que dijera: “soy tan pobre que sólo tengo dinero”.
Los que estudian los estilos de vida tradicionales ven que ciertamente todos sus componentes están muy armonizados bajo el núcleo de los valores religiosos; pero cuando analizan la sociedad de consumo, no advierten en ella más que disgregación por todas partes. Pero nada hay más contrario a la realidad, porque el modelo humano de la sociedad de consumo impone a la vez con suavidad y con violencia su propia cohesión a todas las experiencias humanas. Los ministerios del gobierno y las oficinas de la administración, las fábricas y las aulas universitarias, los sindicatos y las iglesias, los partidos políticos y los clubes de fútbol, las familias y las personas, todos están animados por casi un mismo espíritu: el de la sociedad de consumo. Las valoraciones biopsíquicas y económicas fueron muy despreciadas en la cultura europea por filósofos, teólogos, moralistas y místicos. Siempre se ha creído que sólo los valores morales, religiosos y sociopolíticos eran capaces de dar cohesión al resto de los valores. Pues bien, en el pasado siglo veinte ha aparecido un estilo de vida fundamentado en los valores biopsíquicos y económicos. De momento, en occidente, el modelo humano de la sociedad de consumo ha creado una conexión entre las naciones jamás conocida antes.
Este horizonte de sentido de la vida, basado en los valores económicos y biopsíquicos, ha ocupado todos los rincones y experiencias de nuestra vida. Y como es sumamente cautivador, se está imponiendo al resto de los horizontes de sentido. Para la gran mayoría de la gente de nuestro planeta, no ha existido en la Historia un horizonte de sentido más atractivo que éste.
Naturalmente, como nuestro modelo humano arrastra consigo una extensa y densa inhumanidad, este horizonte de sentido dará paso lentamente a otro, como así ha sucedido siempre en el pasado.
Hoy las acciones son juzgadas como “válidas” si contribuyen a desarrollar los valores del núcleo de nuestro modelo humano. Las valideces económicas y biopsíquicas influyen, configuran, modalizan a todas las demás valideces humanas. La ciencia, por ejemplo, ha tenido que adaptarse a la función de producir bienes económicos y biopsíquicos en abundancia para que así pueda recibir el veredicto de “válida”. Y eso mismo se puede decir de los programas de televisión, de la libertad, del ocio, de los Dioses, de los estudios o de las agrupaciones.
Hoy se considera que algo es verdadero si desarrolla en uno mismo o en la colectividad el modelo humano del consumo; es falso, si deteriora dicho modelo humano. Ahora bien, en dicho modelo, la ciencia tiene un papel preponderante, de tal modo que se ha extendido y está presente en todas las experiencias de nuestra vida. Con ello, la ciencia se ha constituido en tribunal supremo y marca a fuego cuáles son los verdaderos seres y cuáles los falsos, cuáles los auténticos y cuáles los engañosos. Para un saber así, que se abroga el monopolio de la verdad, no serían consideradas como verdades ni una oración, ni el cariño de una madre.
Por el papel tan central que tiene la ciencia en el desarrollo del modelo humano actual, la seguridad/inseguridad científica se constituye en referente del resto de las seguridades/inseguridades humanas, con lo que, en nuestra forma de vida, las garantías ofrecidas por la ciencia superan en mucho a al resto. No hay pruebas válidas de Dios, por ejemplo, si no son pruebas científicas. Pues bien, el refugio de seguridad que es la ciencia se convierte en una ratonera, puesto que reduce el número de valores y de sus refugios naturales.
Hoy el criterio último de responsabilidad de cualquiera acción es nuestro modelo humano. Todas las acciones que no contribuyan a mantener o desarrollar el núcleo valorativo de este estilo de ser hombre se considerarán como exentas de responsabilidad.
Mucha gente padece los sufrimientos que genera el modelo de hombre de la sociedad de consumo. ¿Nos quedamos cruzados de brazos o intentamos crear un nuevo estilo de hacerse hombre diferente al de la sociedad de consumo? Nosotros optamos por lo segundo. Por eso propondremos en cada uno de los temas que configuran el temario modos alternativos de hacerse hombre. Ahora –y referido a los valores en general– señalamos algunas pautas que deben respetar esos modelos alternativos.
La Naturaleza ha hecho que la especie humana haya ido conquistando palmo a palmo sus vertientes vitales. Nosotros hemos distinguido ocho. El Homo necesita, para ser y desarrollarse como tal, seres que le alimenten cada una de las ocho dimensiones; es decir, ocho clases de valores. En la historia, sin embargo, se han construido y vivido modelos humanos mutilados y mermados, es decir, con una o dos clases de valores (morales, religiosos y sociopolíticos, fundamentalmente). Aquí defendemos sin paliativos que los estilos de hacerse hombre han de nutrirse de todos los valores.
La razón fundamental es que cada valor tiene su función humanizadora específica, y en esta función no puede ser sustituido por otros valores. Tal es el caso de aquella madre que ama profundamente a su hijo y que, impotente, lo ve morirse de hambre; y es que el amor materno no quita el hambre. Posiblemente los humanos tengamos que seguir organizando nuestra amplia y variada alimentación en torno a núcleos valorativos. No ponemos ninguna objeción a que esto sea así. Sin embargo, sí censuramos que los valores del núcleo modalicen de forma absoluta y absorban de tal manera al resto de los valores que no les permitan seguir su desarrollo natural, pues para el ser humano supone un empobrecimiento no aprovecharse de la variedad de “alimentos” (valores). ¿Hay mayor tortura para el gusto que todas las comidas le sepan igual? Pues, en sentido amplio, eso mismo sucede cuando el núcleo valorativo empapa a los demás valores y les hace perder su peculiar naturaleza (sabor). Hoy todos los seres tienen casi exclusivamente sabor económico y biopsíquico.
Muy poca gente escapa a la tentación de imaginarse amores, ejecutivos, bellezas, novias, justicias, familias, profesores, solidaridades, literaturas, sociedades y gobiernos maravillosos y perfectos. PLATÓN inventó este juego con su mundo perfecto de las Ideas. Pero los que han venido después de él no lo han practicado con menor intensidad; de tal modo que la libertad perfecta, la responsabilidad plena, la liberación total y otras tantas “utopías” han sido la enseña y estandarte de no pocas filosofías.
La actitud “idealizadora”, utópica, tiende fácilmente a despreciar la realidad, el ser que ya ha aparecido. Lo bueno se identifica, para dicha actitud, con los entes de los mundos ideales; lo malo, con todos los seres del universo real. De esta manera, los modelos humanos actuales, el tipo de hombre que la evolución ha conquistado, carece de valor; hay que destruirlo.
Pues bien, los modelos humanos siguientes al nuestro han de construirse respetando los grandes logros del actual. De otro modo, estaríamos siempre empezando de nuevo como hace dos millones y medio de años.
Acaba de salir en la revista Estudios Filosóficos un número dedicado a los que fueron profesores de Valladolid. Quizás muchos lectores del blog fueron sus alumnos y tengan interés en adquirirla para recordarlos y posiblemente para conocerlos mejor.
Las cerámicas rotas y podridas, los esmaltes oscurecidos por la suciedad, las imágenes inexistentes; en una palabra, «deplorable». Es el estado de la obra que la ciudad de León compró al taller del artista Daniel Zuloaga.
Son ocho bancos en los que se reproducen estampas de la ciudad y que se hicieron para la plaza de Regla. Hoy esperan pacientes a que les llegue su ruina total en los jardines del asilo de San Mamés después de casi un siglo de desinterés.
Los bancos azulejados representan en su parte trasera imágenes de la Catedral, San Isidoro, el antiguo Santuario de la Virgen del Camino, la calle Ancha, la plaza de Botines, el Rastro Viejo, la Plaza Mayor… Mejor suerte corrió la fuente hallada durante unas catas en la plaza de la Catedral y que fue restaurada, si bien continúa en los almacenes municipales desmontada y a la espera de destino.
La fuente y bancos para la plaza de la Catedral fueron desmontados en los años cuarenta: «El vaso de la fuente no fue trasladado, sino enterrado bajo un pequeño túmulo sobre el que se situó años más tarde una farola cuya base de hormigón se asentó en el lugar donde antes habían estado la columna y el capitel, de los que nunca más se ha sabido». El vaso de la fuente se halló en el transcurso de la reforma que se hizo en 1997. Para poder ser retirada, los azulejos fueron desmontados de su armazón y recogidos en un almacén municipal.
Los bancos, por su parte, fueron arrancados de su lugar original completos, base incluida, y colocados en su actual emplazamiento. Las sucesivas corporaciones municipales se han comprometido a salvar esta parte del patrimonio leonés pero todas ellas han ido apartando finalmente el cáliz mientras los bancos pierden de manera irreparable la cerámica.
Y, sin embargo, hubo un tiempo en el que la obra de Zuloaga podía contemplarse en el triángulo que forman la plaza de la Catedral, la calle Ancha y Sierra Pambley. En este pequeño perímetro se concentraba el legado que el maestro heredero de una larga tradición de armeros vascos y tío del pintor Ignacio Zuloaga dejó a la ciudad de León.
Entre las obras de Zuloaga que atesora la ciudad se encuentra el interior de San Francisco de la Vega, donde se encuentran una singular colección de azulejos esmaltados obra de Zuloaga.
También destaca el restaurante Zuloaga ubicado en los bajos del palacio construido a principios del siglo XX por el conde de Sagasta, y que conserva los azulejos de corte modernista que pintara Zuloaga para la decoración del portal de esta casa señorial.
En la Calle Ancha se encuentra la fachada de la casa denominada de Lesmes García, por albergar en sus bajos unos conocidos almacenes. Esta residencia está decorada con dragones verdes obra de Zuloaga. No es la única, otras casas próximas del casco antiguo también conservan azulejos salidos del taller del ceramista segoviano, hoy convertido en Museo Zuloaga.
Os recuerdo lo que nos escribía en el blog mi amado Jesusito Herrero (gloria del 61) a raiz de mi publicación del pasado 23 de Octubre que titulaba EL SANTUARIO QUE QUERÍA SER BIC en el que me refería a nuestro Santuario de la virgen del Camino.
Jesús Herrero Marcos





ROMANCE DE SANTA CECILIA, PATRONA DE LA MÚSICA.
Quería escribir un pequeño poema sencillo , pero al final me ha salido esta larga
perorata. Os lo dedico a todos los alumnos de la Virgen del Camino de León
donde vivimos la música con mayúsculas.
En la Apía vía de Roma,
viene a la vida Cecilia,
que en el mismo lugar muere.
El veintidos de noviembre
se celebra su martirio.
El sepulcro de Cecilia se encuentra en las catacumbas,
que se llaman de Calixto.
Le entierra Urbano Segundo
con confesores y obispos.
El cuatrocientos ochenta,
aparecen unas actas,
dichas de Santa Cecilia,
que son de una autor anónimo.
En los prefacios de misas
del "Sacramentum Leonianum",
fueron utilizadas.
Estas actas nos recuerdan,
que Cecilia era una virgen
de una familia romana,
del orden senatorial
de los Metelos llamada.
Sus padres le prometieron
con noble joven pagano,
al cual llamaban "Valerius", en cristiano Valeriano.
Celebrado el matrimonio,
a la cámara nupcial
ambos se retiraron.
Cecilia dijo a "Valerius",
en cristiano Valeriano.
Celebrado el matrimonio,
a la cámara nupcial,
ambos se retiraron.
Cecilia dijo a "Valerius",
que a Dios había entregado
su entera virginidad
y un ángel guarda su cuerpo
y vela celosamente
su santa virginidad.
Quiso verlo Valeriano,
y Cecilia le envió
a una piedra milenaria,
que en la Vía Apia estaba,
a encontrarse con Urbano,
papa de aquellos años.
Siguiendo la tradición,
podría ser este el diálogo.
Cecilia dice a Valero;
"Te comunico un secreto,
un ángel vela por mí.
Si me tocas como esposa,
el ángel se enfadará,
sufrirás las consecuencias.
En cambio si me respetas,
el ángel, pues, te amará,
lo mismo que a mí me ama".
Valeriano, le contesta:
"muéstramelo, que lo vea,
haré aquello que me pidas".
Dice Cecilia a "Valerius":
Si crees en el Dios vivo
y recibes el bautismo,
verás al ángel presente".
Valeriano obedeció
y fue al encuentro de Urbano.
El papá lo bautizó,
Valeriano es ya cristiano.
Un ángel se apareció.
Los coronó como esposos
con azucenas y rosas.
Tiburcio se acercó a ellos,
hermano de Valeriano,
convertido al cristianismo, vivió con ellos en casa
en la completa pureza.
El prefecto Turcio Almaquio,
condenó a los dos hermanos
y Máximo el funcionario,
encargado de matarlos,
por arte de birlibirloque,
se hace al momento cristiano
y también sufrió martirio,
junto con los dos hermanos.
Cecilia enterró sus restos
en una tumba cristiana,
y Cecilia fue buscada,
por los hombres del prefecto.
Fue condenada a morir,
ahogada en su propio baño.
Como ella sobrevivió,
le pusieron agua hirviendo
e ilesa permaneció,
en aquel ardiente cuarto.
El prefecto decidió
decapitarla allí mismo.
Tres veces cayó la espada,
sobre el cuello de Cecilia,
pero no se separó,
la cabeza de su cuerpo.
El prefecto huyo dejando,
bañada en su propia sangre,
a la virgen, santa y mártir.
Tres días vive Cecilia, dando limosna a los pobres
y dispuso que su casa
se convirtiera en un templo.
El papa Urbano Primero
la enterró en la catacumba,
Calixto Primero, papa,
con confesores y obispos.
Este es romance pío,
histórico valor no tiene,
como tantos recogidos
en los siglos quinto y sexto,
pero es cierto que existieron,
los tres santos mencionados,
Tiburcio, Valerio y Máximo.
La reputación artística,
de nuestra Santa Cecilia,
pudo ser el resultado
de una mala traducción
de estas mencionadas actas.
"Et canentibus organis"
se convierte en esta frase:
"cantantibus organis".
Cecilia en su corazón
a Dios, su Señor, cantaba:
Haz Señor, mi corazón
y mi cuerpo inmaculados.
Palabra órganos latina,
se nos convierte en un organum,
instrumento musical
y la frase aparecida,
Santa Cecilia cantaba,
con órgano se acompaña,
así Cecilia pasó
a patrona de la música.
A partir del siglo quince,
en el gótico cortés
de un órgano acompañada,
de un laúd o clavicémbalo,
los pintores la retratan.
Los códices más antiguos,
no dicen "canentibus organi",
sino "cadentibus Organis".
Instrumentos de tortura,
por arte de magia pasan
a instrumentos musicales.
La antífona describía,
entre herramientas candentes,
cuando canta a su Señor,
con todo su corazón
y no es el nupcial banquete,
sino el día del martirio.
Sea por lo que sea,
Cecilia fue proclamada,
la patrona de la música.
En el año mil quinientos
y noventa y cuatro más,
el Papa Gregorio Trece,
le canoniza y le nombra,
la patrona de la música
por una enorme atracción
hacia acordes melodiosos
de instrumentos musicales.
Desde el siglo diecisiete,
en Italia y Alemania,
Francia y otros países,
se celebran en su honor
festivales musicales,
y el día Santa Cecilia,
de la música es el día.
¡Viva Santa Cecilia
y vivan los que practican,
con instrumentos y voces,
el gran arte de la músicas.
Y vivan los componentes,
de estas fotografías
do se ve la Escolanía
de la Virgen del Camino,
del Camino de León
Es hermoso recordar,
este bello villancico
del año sesenta y tres.
Letra de Lope de Vega,
música de Joaquín Hernández,
el solista es Zamanillo,
Ángel Torrellas dirige,
magnífica Escolanía
de la Virgen del Camino,
del Camino de León.
Un saludo para todos
con cariño y con amor.
Javier.
Pedro López Llorente (Perico, Pedrín, Pajarín) cuelga sus dibujos en Oviedo, Bar LIMBO (Calle Matemático Pedrayes).
La exposición, bajo el título de EL QUIJOTE permancerá al público durante todo el mes en horarios de mañana, tarde y noche.
Meditación de otoño
Cuando ahora me veo ante el espejo
y me compruebo viejo
añoro la lejana lozanía
de la que presumía, adolescente,
y que luego inclemente
se apartó y me dejó en melancolía.
Se va haciendo verdad incuestionable
que el tiempo es insaciable
y nos roe voraz mientras vivimos
dejándonos en sus acometidas
numerosas heridas
con que mina el vigor que ayer tuvimos.
La grieta, el alifafe, la gotera
campan ya a su manera
por todo mi paisaje sensitivo
desde la coronilla hasta el calcaño,
primero en leve daño
y luego en desgarrón definitivo.
Pudiera hacer mención, no sin tristeza,
a mi propia cabeza
que en nada se asemeja a como ha sido;
hoy parece más bien planicie helada,
baldía y despoblada
de aquel pelo de ayer, negro y tupido.
Sólo el viento sabrá qué fue de aquellos
vigorosos cabellos
que fueron parapeto o talanquera
frente a las inclemencias del invierno
cuando yo, alumno interno
trotaba en una fría paramera.
Mas no resulta menos enojoso
observarme canoso,
y tener que afrontar cada mañana
con dócil sumisión y con templanza
la no grata mudanza
de mi barba, ayer negra y hoy ya cana.
Advierto cómo aumentan al presente
arrugas en mi frente
y compruebo además que nada queda
de la lustrosa piel y su tersura
que por añadidura
también perdió la suavidad de seda.
Me adornan por doquier pecas o manchas
y van siendo más anchas
las bolsas de mi piel. Algún gaitero
irónico y bromista me diría
que con ellas se haría
para su gaita un fuelle, o un pandero.
Y es pena ver que la gentil figura
de delgada cintura
-a la que ayer hacía comparable
con la del más flexible equilibrista-
hoy su gracia no exista
y al abrazo se vuelva inabarcable.
Hoy, pasados los años, me doy cuenta
que también la osamenta
a mil daños tiene abierta la veda
porque fácil se quiebra o se fractura
y, si a veces se cura,
el dolor y el crujido siempre queda.
Así que andando el tiempo ya se espera
que un brazo, la cadera
un hombro, la columna, una rodilla,
se agarroten, se quiebren… o que en suma
los invada el reúma
como invade a un madero la polilla.
Y ya son, por desgracia, habituales
más torpezas y males
que impiden hasta hacer el simple lazo
del zapato, o alzarse de puntillas,
o doblar las rodillas,
o agacharse curvando el espinazo.
Llegados a esta edad tan poco estable
se nos hace impensable
saltar, bailar, correr, subir airosos
unos pocos peldaños de escalera
pues el tiempo no espera
para volvernos torpes y patosos.
Relájanse las partes musculosas
y otras que, vigorosas
ayer, hoy languidecen y declinan
llevadas por la inercia a un precipicio
que ni con ejercicio
vuelven a su vigor ni se reaniman.
Con los años se va perdiendo vista
y sólo un oculista
pudiera reparar ese quebranto
a veces colocándonos anteojos,
aunque el mal de los ojos
del viejo en soledad se llama llanto.
Y también nos acecha la sordera
que como la ceguera
es mal que quien la sufre más se encierra
en el silencio: ese ciego abismo
en que cae uno mismo
al faltarle la música en la Tierra.
Ni siquiera lo más duro perdura,
como la dentadura,
pues termina cayéndose horadada
sin poder por tal causa hincarle un diente
a cuanto está crujiente,
ni gustar una sápida tajada.
Te quitan, además, dulces y grasas,
la sal si te propasas,
el vino y el café que paladeas…
Y todo cuanto está sabroso y rico
lo alejan de tu hocico
y te hastían con caldos y grageas.
Y al verte con atisbos de glucemia,
de colesterolemia,
de tensión arterial, de osteoporosis …
te prescriben el veto a cuanto gusta
mientras lo que disgusta
te lo recetan más y en mayor dosis.
Hete, en fin, encorvado hacia adelante,
con andar vacilante,
midiendo a pasos cortos las aceras
sin poder dar mayor zancada o tranco
y demandando un banco
donde, urgente, apoyar las posaderas.
De manera que ni por animosos
o muy voluntariosos
que intentáramos ser ya no tenemos
ni ganas, ni pasión, ni autonomía
ni vigor o energía
para vivir la vida que queremos
Y no sólo son fallos corporales
nuestros únicos males,
por los que nos sentimos ser ya viejos;
otros más hay que progresivamente
mellan el alma o mente
y van, con los del cuerpo, muy parejos.
Ver que el destino ya se va cebando
cruel con nosotros cuando
sin piedad nos hace ser testigos
de penosas ausencias no queridas
al llevarse las vidas
de muchos que quisimos como amigos.
Pues no pocos de aquellos que nos vimos
siendo niños y fuimos
florecido temblor de adolescentes
-acompasando sueños y latidos-
hoy los sentimos idos
y ya sólo en la pena están presentes.
Vejez que, maquinal como una noria,
nos traes a la memoria
-verdecido- el ayer que disfrutamos
y el sabor de los goces que bebimos
por qué nos afligimos
cuando ya, viejos hoy, los recordamos.
Desazón da pensar que todo aquello
pasó como el destello
de una estrella fugaz que cruza errante
la grandiosa extensión del éter puro
y en el espacio oscuro
brilla sólo una vez… sólo un instante…
Sentirse a veces ser con honda pena
como reloj de arena
que raudo va dejando caer suelta
la ya última parte de su carga,
¡ y que nadie se encarga
de frenar ni tampoco darle vuelta…!
Ver cómo con la edad nuestra existencia
se abrevia; y la conciencia
da en sentir ya la merma de la tarde
sin saber del destino que le importa;
y ver la mecha corta
que se consume más cuanto más arde.
¿Es tributo a pagar por cumplir años
esta suerte de daños...?
No debiera la cruel naturaleza
dejarnos en descuido, a nuestra suerte,
aguardando la muerte
atados al dolor y a la tristeza.
No encuentro estoico fiel que con decoro
viva tal deterioro
sin tener como ancla la esperanza
de otra vida mejor y más dichosa
que no le falte cosa
y supla lo que en esta no se alcanza.
Cierto debiera ser que exista un cielo
en el que tanto anhelo
humano por vivir fuese cumplido
y encontrase por fin, feliz, la puerta
a la visión, ya cierta,
en torrente de luz nunca extinguido
¡Ah, si al menos al fin, tras este viaje
por terrenal paisaje
-cuando ya del vivir se agote el plazo
que prolongarlo un punto más no puedo-
lograra, ya sin miedo,
sentir la piel de Dios en un abrazo…!
Y la vida sigue ...
Querido Josemary. El tema de los valores y de los contravalores es el tema estrella del pensamiento de Eladio Chávarri y el eje donde se resuelve toda la vida del ser humano, desde el nacimiento hasta la muerte. Aunque he adelantado algo de los valores en los otros temas que has publicado en este blog, aquí vienen explicados con más precisión y amplitud. No conozco nada de la hondura de su pensamiento al respecto. Aunque casi todo el mundo habla de los valores, sobre todo el clero y las monjas católicos, creo que no saben ni de lejos lo que se traen entre manos.
Baldo
1. Los valores y los contravalores
son el alimento del ser humano
¿De qué se alimenta el viviente Homo? De seres. Tales seres, en cuanto que son su alimento, le resultan valiosos (valores) o disvaliosos (contravalores). Por tanto, el ser humano se alimenta de valores y de de contravalores. Ahora bien, si, como decía FEUERBACH, cada uno es lo que come, los valores/contravalores tendrán que ser uno de los ejes sobre los que gire nuestra reflexión sobre el ser humano. Antes de abordar algunas reflexiones sobre los valores, necesitamos decir algo sobre el ser, pues los valores son los seres.
“De cualquier modo” quiere decir que el ser puede existir fuera del pensamiento o dentro de él. Un perro, Juan Carlos I o las rosas del jardín existen fuera de nuestro pensamiento; pero el amor que Calixto profesó a Melibea, el teorema de Tales, un complemento directo, el feminismo, etc., son seres que existen sólo cuando los pensamos. “De cualquier modo” significa también que los seres pueden existir de forma independiente o bien existir en otros. A los primeros los llamó Aristóteles “sustancias”; a los segundos, “accidentes”. Un ejemplo de sustancia es la manzana. El color, el sabor, la forma de la manzana son, sin embargo, accidentes.
Así pues, “ser”, o “ente”, tiene un campo de aplicación muchísimo más amplio que el de “cosa”, que el de ser que existe fuera de nuestro pensamiento y que el de “ser autónomo” (sustancia), puesto que hay “seres” que ni son “cosas” (el amor, la paternidad, un saludo, por ejemplo), ni existen por sí mismos (porque son accidentes), ni están fuera de nuestro pensamiento (porque son ideas).
El vestido y el papel, los automóviles, el habla y los números, las teorías científicas, las fiestas y las ciudades, las obras de arte, los juegos y los vinos, los ordenadores y las carreteras, los libros y las cloacas son seres hechos por nosotros. Probablemente este subdominio es el que está más implicado en nuestra vida.
Gran parte de los seres de los reinos mineral, vegetal y animal han sido modificados por nosotros para que intervengan en nuestra existencia. A este subdominio lo denominamos también “antroposfera”. Así pues, pertenece a ella cuanto recibe la impronta del ser humano, sean mares, ríos, espacios atmosféricos y estratosféricos, bosques, campos, compuestos químicos, animales y plantas. En el último siglo la expansión de la antroposfera no cesa de crecer –y también de preocupar, por sus efectos negativos–. Hemos de señalar que el ser más transformado entre los transformados por nosotros, a la vez que el más implicado en nuestro desarrollo vital, es el propio hombre.
A este subdominio pertenecen, por ejemplo, la gigantesca cantidad de energía que vierte el sol sobre los planetas, las galaxias o la densa esfera de hierro que llena el espacio interior. Veremos, sin embargo, que estos seres no son del todo “no–hechos” por nosotros, puesto que desde el momento en que se relacionan con el ser humano, éste los transforma, al menos con su conocimiento.
Las podemos llamarlas vertientes porque a través de ellas fluye la variada vida humana y, como veremos, también a través de ellas penetran los seres que alimentan al ser humano. Pues bien, cada una de estas vertientes se diversifica a su vez en sus propias variaciones vitales. Y éstas, como último eslabón de la cadena de la vida, se concretan y encarnan en sus también propias vitalidades concretas. La vertiente vital cognitiva, por ejemplo, se ha manifestado a lo largo de la evolución humana en muchas variaciones vitales cognitivas: saberes ordinario –el más amplio e importante–, científico, filosófico y teológico. Cada una de estas variaciones se ha concretado a su vez en multitud de conocimientos concretos, de vitalidades cognitivas concretas. Así pues, la vida se manifiesta como una inmensa red unida y, al mismo tiempo, diferenciada en vertientes vitales, sus variaciones vitales y sus vitalidades concretas. No podemos hablar de la vida del hombre como si fuera un magma indiferenciado, pues estaríamos pasando por alto las infinitas vitalidades de las que se compone, es decir, la vida específica que se produce en cada una de las vertientes vitales, en sus variaciones y en sus vitalidades concretas. Así pues, la vida se manifiesta como una inmensa red unida y, al mismo tiempo, diferenciada en vertientes vitales, sus variaciones vitales y sus vitalidades concretas. Pues bien, cada vertiente vital es realmente vida y con todo derecho, pero ninguna de ellas por sí sola no es toda la vida humana. ¡Cuántos errores se siguen produciendo en las reflexiones sobre la vida humana cuando ésta se la reduce previamente a unas pocas vertientes vitales y se ignoran por completo las demás, que son tan vida humana como las escogidas!
En los humanos no existe la muerte en general, sino muchas muertes diferenciadas: en cada vertiente vital, en sus respectivas variaciones vitales o en las vitalidades concretas se da un tipo de muerte específico y apropiado. No solemos darnos cuenta de que a lo largo de nuestra historia morimos o estamos muertos a muchas y variadas vitalidades, no a una sola.
Estos seres son estimados por la persona como beneficiosos si fomentan el desarrollo de su vida en sus vertientes vitales, o como perjudiciales si la deterioran o destruyen. En el primer caso, esos seres son denominados valores; en el segundo, disvalores o contravalores.
Los seres valiosos y disvaliosos se hallan implicados, como su alimento, en la constitución y desarrollo de las vertientes vitales, en sus variaciones y en las vitalidades concretas. El oído, por ejemplo, no existiría si no hubiera seres sonoros. Y también sucede al revés: no habría seres sonoros si no existieran vertientes vitales auditivas. Es decir, que las vertientes vitales, sus variaciones y vitalidades entran en la constitución y desarrollo de los seres como valiosos y disvaliosos. Y, recíprocamente, los entes o seres valiosos y disvaliososo intervienen en las formación de las vertientes vitales.
Muchos autores sitúan a los valores y los contravalores en los seres: tal ser es valioso o disvalioso. Otros muchos autores ubican los valores y los contravalores en la persona, en los estados vitales que producen los seres. Eladio Chávarri considera a los valores como constituidos de ser y de vida a la vez. Y en mutua relación. La manzana que comemos es valiosa porque desarrolla algunas vertientes vitales del ser humano. Al mismo tiempo dichas vertientes vitales no se desarrollarían si no existiese es ser que llamamos manzana. Tomemos, por ejemplo, la experiencia artística de la pintura. En ella se crean nuevos entes, como estudios, cuadros, bocetos, lienzos, pinturas, pinceles y demás utensilios pictóricos; la luz, el espacio y los colores adquieren matices entitativos peculiares; se manifiestan a la vez en el hombre hasta entonces desconocidos aspectos vitales. Aparecen, en efecto, nuevas visiones del ojo, nuevas actualizaciones de la inteligencia relacional, nuevas habilidades manuales, nueva imaginación, nuevas afecciones, emociones y pasiones, nuevas preocupaciones, nuevas decisiones, nuevas libertades, nuevas relaciones con los demás. La obra pintada, por tanto, es un valor que está constituido al mismo tiempo por ser, por vitalidades humanas y por la relación valorativa entre ambos.. Pero esto no es privativo del arte, como muchos teóricos quieren hacernos ver, sino que es constitutivo de todos los valores y contravalores. ¡Que uno coma una buen plato de chorizo de la Alberca (Salamanca) –un valor excelente, sin duda– y verá cuántas vitalidades valiosas de desarrollan en él por la relación con el chorizo. Así, pues, los tres constitutivos del valor –ser, vida y relación valorativa entre ambos– son esenciales y se dan siempre a la vez. Por eso Chávarri entiende los valores como relaciones, cuyos componentes son la vida humana, los seres y el enlace entre los seres con aspectos vitales del ser humano.
A esta relación de mutua implicación la llama relación valorativa. Es preciso tomar conciencia desde ahora de que sin seres, sin vitalidades humanas y sin enlaces entre unos y otras no pueden darse las relaciones valorativas, y, por consiguiente, tampoco lo valioso y disvalioso.
Así pues, cuando hablemos de valores y de contravalores incluimos necesariamente y a la vez a sus tres componentes: vertientes vitales, seres y relaciones entre unas y otras. Nunca nos referiremos a uno solo, aunque, para no fatigar al lector, no siempre explicitaremos los tres. También usaremos indistintamente valores/contravalores y dimensiones valorativas
El agua, por ejemplo, es un valor cuando desarrolla una vertiente vital del ser humano, cuando satisface nuestras necesidades, cuando es la solución correcta a un problema vital; pero resulta un contravalor cuando nos ahoga, inunda nuestras casas, nos moja un traje, huele mal o está contaminada. El contravalor deteriora alguna vertiente vital humana; es, por tanto, la solución errónea a un problema vital, por lo que no desarrolla nuestro ser humano, sino que nos deshumaniza (zapato incómodo, feo y caro, por ejemplo). Los seres contienen centenares de aspectos capaces de enriquecernos, pero también de deteriorarnos o de destruirnos; por consiguiente, entran en relación con nosotros como valores unas veces, y como contravalores, otras.
Parece que nos atraen los contravalores, pues vemos que hay muchas personas que se drogan, que son injustas, que matan, que se suicidan, que no quieren estudiar, comer o dormir, etc. Hemos de afirmar, sin embargo, que sólo buscamos los valores. Lo que sucede es que en todo ser se dan juntos los valores y los contravalores, y no es fácil separarlos. Por eso quien desee los valores, tendrá que cargar con los contravalores que están asociados a ellos. En el consumo de drogas, por ejemplo, se desean estados placenteros, euforia, huida de dificultades, superación de la timidez, no sentir cansancio, etc., todos ellos maravillosos valores. La degradación del organismo, las conductas antisociales y otros contravalores no son queridos directamente, sino que –en el caso de las drogas– vienen inseparablemente unidos a los valores que ellas proporcionan.
Las utopías y la mayoría de los diseños que se hacen del ser humano se construyen a base de valores y están ausentes los contravalores. Pero en el ser humano tal como ha existido, existe y existirá, los contravalores y los respectivos valores forman parte de la entraña del mismo. Junto a los variados tipos de esperanza existen otros tantos de desesperanza; la ignorancia acompaña a todo saber. Por eso, para entender los valores y los contravalores es preciso tomarlos correlativamente, en relación mutua. No cabe comprender esperanzas, enfermedades, mansedumbres e infelicidades separadas y al margen de sus correspondientes desesperanzas, saludes (permítase), violencias y felicidades.
Hay millones de vertientes vitales, pero aquí escogemos una muestra de ocho.
Las manifestaciones específicas y diferenciadas de ser –los entes– nutren, conservan y desarrollan vertientes de la vida humana también específicas y diferenciadas. ¿Cuántas son esas vertientes vitales específicas y sus correspondientes dimensiones valorativas? Aquí escogemos una muestra de ocho. Estas ocho grandes relaciones simétricas entre vertientes vitales y dimensiones valorativas son las siguientes, a las que podemos dar los nombres de dimensiones valorativas biopsíquica, cognitiva, económica, estética, ética, lúdica, religiosa y sociopolítica. Como –volvemos a repetir– las presencias de lo valioso y disvalioso se dan a la vez en las vertientes de la vida humana y en los entes, esas ocho grandes dimensiones valorativas son a la vez profundas y específicas manifestaciones de ser valioso y de vida humana valiosa.
Cada dimensión valorativa contiene un tipo de diversidad y afinidad de presencias de lo valioso y disvalioso. Por eso, las dimensiones valorativas y sus variaciones son irreductibles entre sí; son, asimismo, insustituibles unos por otros; y el cultivo de los pares valorativos es intransferible de un marco específico a otro.
La vertiente vital biopsíquica del ser humano se refiere al funcionamiento del cuerpo y de su psiquismo. Tal vertiente biopsíquica comprende a su vez cinco ámbitos:
a) La conservación y deterioro del individuo o de la especie. Los seres son considerados valiosos o disvaliosos porque contribuyen a nuestras «vida–muerte», «salud–enfermedad», «vigor–decrepitud», etc. Tal sucede con medicamentos, ordenadores, alimentos, viviendas, ropas, climas, ejercicio físico, edad, Dioses o políticos. Todos pueden recibir de los humanos esta valoración biopsíquica.
b) El placer–displacer de los sentidos. Los seres pueden ser valiosos o disvaliosos para nuestros sentidos. De ahí resultan los pares valorativos relativos al «gusto» (sabroso–insípido, exquisito–vulgar), al «olfato» (perfumado–fétido), al «tacto» (suave–áspero), al «aseo personal» (limpio–sucio).
c) La «relación sexual». Los seres son valiosos o disvaliosos porque contribuyen o no a la existencia, placentera o displacentera, de las relaciones sexuales. De este modo, personas, árboles, plantas, objetos, habitáculos, ropas, etc. pueden ser considerados valiosos–disvaliosos bajo esta modalización biopsíquica.
d) Los estados psíquicos anímicos. Los seres pueden ser valorados por su contribución a que nuestro estado anímico sea «optimista–pesimista», «valiente–tímido», «alegre–triste», «eufórico–deprimido», «tranquilo–nervioso», etc. En este caso, son valiosos–disvaliosos desde el punto de vista biopsíquico.
e) La limpieza y la suciedad. Este par valorativo es muy notable y ha constituido sin duda un gigantesco salto evolutivo en el constante progreso de la vida humana. Mucha gente goza de los modos más diversos con las distintas experiencias de la limpieza, al mismo tiempo que padece otros tantos tormentos con las respectivas suciedades. Por ejemplo, las presencias relativas al aseo personal, a las prendas de vestir, a enseres de todo tipo y a espacios de cualquier índole. Fijémonos la infinita variedad de medios y técnicas inventados para el cultivo de estos valores.
La vertiente vital económica se refiere a “saber administrar la casa”. (La palabra “economía” proviene de dos términos griegos: oikos = casa, y nomos = gobierno, administración) Realmente, los entes son valiosos para el Homo bajo la modalización económica cuando contribuyen a la producción, comercio y consumo de los seres. La relación crucial económica se concentra en la demanda y oferta de mercancías. Mercancía es algo que se obtiene o se traspasa a cambio de una cantidad convenida de dinero. Ya sean los entes generados en las fábricas o cultivados en el campo, como los zapatos y los automóviles, los melones y los cereales han adquirido su identidad de mercancía al ser marcados con un precio.
Puesto que muchas de las vertientes vitales del ser humano están implicados en las mercancías, las relaciones valorativas económicas, en su doble sentido positivo y negativo, se manifiestan abundantemente en ellas. Podemos considerar a las mercancías como el centro de esta dimensión valorativa, y en ella distinguiremos tres variaciones valorativas: creación, asignación y distribución de mercancías.
Los entes reciben según esta modalización las valoraciones de «caros–baratos», «necesarios–superfluos», «útiles–inútiles»; las personas se dicen «ricas–pobres», «en activo–en paro», «consumistas–austeras», «trabajadoras–vagas»; las clases sociales, «proletarias–burguesas», «altas–bajas»; los países, «desarrollados–subdesarrollados».
Los seres pueden ser tomados como objeto de conocimiento, de saber, de investigación por parte del Homo. Y en este aspecto resultan valiosos o disvaliosos para su desarrollo en su vertiente de conocedor. Los seres en cuanto que satisfacen nuestra curiosidad son valores cognitivos. Así, por ejemplo, el científico puede sentir curiosidad por saber la estructura, funcionamiento y propiedades de la célula. En este caso, está valorando la célula desde una perspectiva cognitiva. La curiosidad puede dirigirse a saber cuántos años tiene Messi o a cómo se llama el último acompañante de una artista famosa.
Uno de los motivos por los que el hombre tiende a desarrollar sus vertientes vitales cognitivas es el de desvelar la escondida y enigmática estructura entitativa de los seres. Y esto acontece porque los entes conocidos se muestran menos extraños, más cercanos a nosotros, y hasta familiares a nuestra propia sustancia.
Por otra parte, el conocer proyecta a la vez que arranca rayos de luz de cada ente que enfoca, de modo que nos permite orientarnos en el medio vital que habitamos. La ignorancia, en cambio, ha sido siempre identificada con las tinieblas.
Todos los saberes de cualquier tipo (común, científico, filosófico, teológico) son, pues, valoraciones de los seres bajo la perspectiva cognitiva.
Cuando los seres son valorados por su belleza–fealdad es que están desarrollando nuestra vertiente estética. La mayor parte de los seres, ya se trate de un cielo estrellado, una flor, una escultura, un poema, el alcalde de Oviedo, una muchacha o un olmo seco pueden ser valorados bajo el par bello–feo.
Lo bello y lo feo se muestran en una inmensa diversidad y afinidad de formas: en los seres naturales (humanos y no humanos), en las diversas artes y sus variaciones (la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, el cine, etc.); en la técnica (las demandas del mercado exigen que los aviones, los coches, las pinturas, los muebles, las servilletas, las ventanas y los salones sean bellos, si bien no pocas veces caen en los dominios de lo feo. El hecho de que los entes adopten el ser propio de la mercancía favorece mucho la difusión de lo bello por el mundo: las mercancías tienen que ser bellas para ser vendidas)
Lúdico viene de “ludus” = juego. El ser humano jugó siempre, como también juegan los chimpancés, los perros o los gatos. Pues bien, todos los seres en cuanto que desarrollen/deterioren la vertiente jugadora del ser humano son valores lúdicos.
Cada día está más extendida la idea de calificar de lúdicas todas las actividades que no estén sujetas a un salario o a un horario laboral y son placenteras. Es un error. Tocar el piano para divertirse no es una actividad lúdica, sino artística o estética. La diversión pueden producirla todos los valores, no sólo los lúdicos. Por el contrario, hay gente que se aburre soberanamente cuando no le queda más remedio que jugar al fútbol con sus hijos.
Podemos distinguir tres variaciones de la dimensión valorativa lúdica: de acción (saltar, correr, nadar, gimnasia, esconderse, lucha de cuerpo a cuerpo, etc.); con tablero y con pelota.
Los humanos pueden considerar como valiosa o disvaliosa para sus vidas la relación con la divinidad. Pues bien, todos los seres que contribuyan al desarrollo o mengua de esta vertiente de relación con la divinidad recibirán el calificativo de valores o contravalores religiosos. El diablo, el cielo, los sacerdotes, las iglesias, mezquitas, la oración, la semana santa, etc. son valoraciones religiosas de seres suprahumanos, de estados, de personas, de lugares, de acciones, de tiempos, etc. La valoración religiosa da lugar a que se estimen los seres bajo el par «sagrado–profano». Los hombres se dividen, bajo la valoración religiosa, en «creyentes–incrédulos».
Hay socialidad cuando el otro es indispensable para conservar, aumentar o disminuir en algo vitalidades mías; cuando, asimismo, yo soy imprescindible para conservar, aumentar o disminuir en algo vitalidades del otro; y, por supuesto, cuando nos necesitamos mutuamente para conservar, aumentar o disminuir en algo esas respectivas vitalidades. Cuando se mira a los seres como valiosos o disvaliosos por la función que desempeñan en las relaciones sociales del hombre con los demás seres humanos, estamos haciendo de dichos seres una valoración sociopolítica. La valoración del ámbito de las relaciones sociales puede subdividirse a su vez en tres áreas: el de las relaciones sociales propiamente dichas, el de las relaciones legales y el del tono general de la convivencia social.
El área de las relaciones sociales propiamente dichas se refiere a las personas en cuanto son miembros de un grupo valioso, sea éste la familia, el pueblo, la fábrica, el club, la nación, etc. Desde esta modalización, los seres humanos son valorados como «cariñosos–hoscos», «accesibles–inaccesibles», «educados–ineducados», «simpáticos–antipáticos», «acogedores–inhospitalarios», «pacíficos–leñeros», «dialogantes–avasalladores», «amigos–enemigos» «patriotas–antipatriotas».
El área de las relaciones legales valiosas se refiere a las relaciones sociales que están reguladas por leyes y normas de convivencia. Desde este tipo de valoración, los seres, las conductas, los objetos pueden recibir las valoraciones de «legal–ilegal», «obligatorio–libre», «permitido–prohibido». Las propias leyes se ven como grandes valores o contravalores según que fomenten o no una convivencia aceptable.
El tono general de la convivencia social puede dar lugar a muchos pares valorativos, tales como «seguridad–inseguridad», «pacífico–guerrero», «organizado–desorganizado», «liberal–opresor», «tradicional–revolucionario», «feminista–machista», etc.
Los seres humanos reciben una valoración ética o moral cuando se los considera como buenas o malas personas. A los humanos no nos da igual que los otros sean justos o no, sino que consideramos valioso para nosotros que sí lo sean. Esa necesidad que tenemos de que haya justicia, honestidad, veracidad en nuestras relaciones con los demás es lo que constituye nuestra vertiente vital moral o ética. Y todo lo que contribuye al desarrollo de dicha vertiente vital moral o ética es estimado por nosotros como valioso: son los valores morales. Por el contrario, los seres que deterioran dicha vertiente moral –las malas personas– se constituyen en contravalores morales. Los valores/contravalores morales se refieren, en definitiva, a la consideración de las personas como buenas–malas, justas–injustas, generosas–egoístas, veraces–mentirosas, etc. en sus relaciones con los demás. ¿Son, entonces, los valores morales igual que los valores sociopolíticos? No; lo moral va más allá de lo puramente sociopolítico. Y así, por ejemplo, algo puede ser perfectamente legal, cívico y aprobado socialmente y, sin embargo, resultar moralmente injusto y malo (el nazismo, por ejemplo).
Una flor no es el mismo ser para la enamorada que la recibe como regalo, para el pintor que la pone en sus cuadros, para la florista que la vende, para el agricultor que la cultiva, para la botánica que la estudia, para el que la ofrece como adorno de una iglesia, para la ecologista que lucha por espacios verdes en la ciudad, para el que juega con ella, etc. La flor satisface vertientes vitales humanas diferentes en las personas que hemos enumerado; es, por tanto, un valor distinto para cada una de ellas. Pues bien, se puede decir que hay tantos seres o modos de ser en la flor cuantas son las valoraciones desde nuestras vertientes vitales que los humanos hacemos de la misma. Los aspectos valiosos diferentes que las personas descubrimos en la flor hacen, pues, que esa flor adquiera para nosotros también un modo de ser diferente al que tiene para otros seres humanos.
Vamos descubriendo el ser de los entes en la medida en que ese ser va desarrollando o deteriorando alguna vertiente humana. Pensemos, por ejemplo, en el vestido. Los primeros seres humanos fueron descubriendo en las pieles de los animales un valor biopsíquico: que protegía a su cuerpo de las inclemencias del tiempo. Con el tiempo fueron viendo que, además de lo anterior, el vestido podía resultar para ellos cómodo o incómodo, hermoso o feo, nuevo o viejo, caro o barato, signo de alto o de bajo estatus social, auténtico o falso, sano o insalubre, propio o ajeno. Los humanos fueron descubriendo estos valores del vestido a medida que aparecían en ellos las vertientes vitales humanas respectivas a las que el vestido podía contribuir a desarrollar o a deteriorar (biopsíquica, estética, económica, etc.); no antes ni después. Posiblemente, la vertiente estética (bello/feo) fuera la última en aparecer en el ser humano; por eso antes de esa aparición, ningún ser era bello o feo para esos humanos. Por consiguiente, las dimensiones humanas van desarrollándose o deteriorándose a medida que adquirimos valores apropiados de mayor calidad. Y, recíprocamente, el desarrollo de las dimensiones humanas es el que hace que descubramos en los seres valores de mayor calidad. Por ejemplo, el adolescente desarrolla su vertiente estética en el contacto con las obras maestras del arte; recíprocamente, va descubriendo valores estéticos en estas obras de arte a medida que se desarrolla en él su propia vertiente estética. En resumen: hay una influencia mutua entre el desarrollo del ser humano y el desarrollo de los valores de los seres.
Todo valor tiene, como ya dijimos, dos zonas: la positiva (valor propiamente dicho) y la negativa (contravalor). Los valores siempre se presentan, pues, en pares: valor–contravalor. Así pues, cada contravalor lo es de un respectivo valor y no de todos en general.
La razón de que haya contravalores está en la condición humana: ningún Homo ha conseguido la plenitud de un valor; y por eso cualquier valor humano tiene como compañero inseparable el respectivo contravalor: el amor apasionado de un joven está lleno de contravalores de egoísmo; los conocimientos del sabio encierran multitud de verdades y también de falsedades.
La relación del valor con su respectivo contravalor cumple una función importante en nuestro conocimiento, pues no se puede entender qué es el frío si no existiera el calor, la enfermedad sin la salud, la riqueza sin la pobreza, la sabiduría sin la ignorancia, la justicia sin la injusticia, etc.
Los contravalores son, además, un estímulo para crear y desarrollar nuevos valores. Una enfermedad nueva desata miles de acciones de todo tipo para encontrar la salud para ella.
Cada valor contribuye al desarrollo de una porción específica del ser humano, y en esta función es insustituible por otro u otros valores. Los comportamientos justos no dan salud, ni el dinero amor, ni la belleza comodidad, ni el cariño materno conocimientos matemáticos.
Esto mismo sucede también con los contravalores: cada uno tiene un efecto deshumanizador específico. Tal efecto deshumanizador sólo puede ser contrarrestado por el valor respectivo, y no por otro. El hambre, por ejemplo, no se combate con belleza, con conocimientos o con oraciones, sino con comida.
La evolución valorativa que ha ido conquistando el Homo a lo largo de la Historia le ha ido dotando de ocho grandes vertientes vitales (biopsíquica, económica, cognitiva, estética, lúdica, moral, religiosa y sociopolítica). Ello significa que el ser humano, para mantenerse y enriquecerse como “humano”, necesita desarrollarlas todas, por lo que tendrá que alimentarse no sólo de pan, hamburguesas, lentejas o chorizo, sino también de ciencia, belleza, justicia, libertad, tolerancia, autenticidad, oraciones a los dioses y agradables compañías. Si deja alguna sin el alimento apropiado, estará menguado como ser humano. (Los vocablos “nutrición” y “alimentos” tienen, como todo lector ha visto, un sentido amplio, no restringido al ámbito biótico).
Cada valor contribuye a desarrollar una faceta o parcela específica del ser humano; nada más. Sin embargo, a lo largo de la historia ha sido frecuente hacer consistir lo humano–inhumano en la posesión o carencia de valores-contravalores de una determinada clase. Unas veces estos valores fueron los religiosos, y se consideró que la conversión de infieles era el principal acto “humanitario” que se podía hacer por ellos; otras, los socio–políticos; otras, los morales; otras, los cognitivos. En el último siglo se han utilizado los valores económicos como indicadores de la humanidad–inhumanidad que hay en las personas y en los pueblos.
Pues bien, la reducción del número de las clases de valores es un error porque va contra la naturaleza del ser humano tal como ha sido alumbrada por la Naturaleza, cuya identidad tiene muchas vertientes vitales y muchas dimensiones valorativas. La identidad moral, por ejemplo, no expresa toda la identidad de la persona, sino sólo una parte. Es cierto que el ser humano es esencialmente moral, es decir, que ha de valorar siempre cómo le afectan a su vertiente moral los seres que le rodean, sean guerras, amores, distribución de la riqueza, ciencias o dioses. Pero no es menos cierto que también ha de valorar en esos seres cómo desarrollan o deterioran sus dimensiones estética, económica, cognitiva, sociopolítica, lúdica, biopsíquica y religiosa. Porque no sólo es inhumano padecer injusticias, sino también no tener para comer, adorar a dioses falsos o crueles, tener profesores incompetentes, carecer de amor familiar, estar rodeados de fealdad, ser gobernados por políticos mediocres, no acertar a encajar la muerte, sufrir la incomprensión, padecer ignorancia, dolor de barriga o desesperanza, no poder ejercer la libertad, y muchas cosas más. La valiosa salud de nuestras células no es un valor moral; tampoco el arte de la cocina, el placer estético, el saber científico, los tecnofactos, la organización económica, la gracia de Dios, o gran parte de la regulación de las comunidades humanas.
Tan valioso–o más– para el ser humano es defecar o divertirse que el ser tratado con justicia. La “vida buena” no se consigue sólo con valores morales –como suele afirmar una gran mayoría de filósofos–, sino con todos los valores.
Toda la inmensa gama de seres valiosos han ido conquistándose paulatinamente y uno a uno en la Historia. Pensemos, por ejemplo, en el valor salud: desde los primeros modos de curar las enfermedades hasta los actuales hay un abismo; y es inimaginable lo que nos queda aún por evolucionar en este valor. Por eso, podemos distinguir en los valores dos niveles o planos: "lo que actualmente son" (nivel actual o factual. Aristóteles lo llama “acto”) y "lo que pueden o deben llegar a ser" (nivel horizonte, dignificador o axiológico. Aristóteles lo denomina “potencia”). Marta, por ejemplo, es querida, sabe Filosofía, tiene salud, es justa, alegre y guapa. La adornan ya, actualmente (en acto), esos valores. Pero en cada uno de ellos tiene “potencia” para ir a más: ser más justa, más guapa, más querida, etc. A este nivel –que todavía no ha alcanzado, pero que puede y desea conseguir– lo llamaremos indistintamente “horizonte”, “dignificador” o “axiológico”. “Horizonte”, porque es una meta que nunca se conquista definitivamente; cuando se ha llegado a ella, siempre aparece más allá un nuevo horizonte por conquistar. “Axiológico” proviene del término griego “axios”, que significa “digno de aprecio”, “de gran valor”, “estimable”. Y nada hay más digno de estima y más dignificador que este nivel de los valores. Cuando pedimos a nuestros padres que nos valoren no por los suspensos que hemos sacado en una evaluación, sino por los aprobados que vamos a conseguir a final de curso, estamos fijándonos en el nivel dignificador de nuestros conocimientos, no en el nivel fáctico o actual.
El nivel–horizonte de los valores suele ser denominado por los autores nivel ideal. Nosotros preferimos usar los nombres de “horizonte”, “axiológico” o “dignificador”, porque los “ideales” están hoy muy devaluados. NIETZSCHE, por ejemplo, decía de ellos que son “el aguardiente del espíritu”, porque emborrachan de repente, pero después no tienen ninguna fuerza.
El nivel dignificador forma parte constitutiva esencial de los valores, porque si no existiera esa tendencia de desarrollo hacia una relación valorativa más valiosa que la anterior –eso es la dignificación–, no se hubiera producido ni la más mínima evolución en el ser humano Cromagnon desde hace cuarenta mil años. Pero como en ese mismo ser humano no todo ha sido progreso, sino que es frecuente el estancamiento y el retroceso, hemos de hablar también de su contravalor, la indignificación, cuando el proceso va hacia una relación valorativa menos valiosa o más disvaliosa que la anterior. Así pues, las dimensiones o relaciones valorativas humanas son impulsadas indefectiblemente a procesos de dignificación o de indignificación a lo largo, ancho y profundo de toda la vida humana.
Desde que el ser humano es humano, las calificaciones de “el mejor y el peor”, “el más y el menos”, “lo bueno y lo malo”, y otras por el estilo, las aplicó continuamente a todos los valores adquiridos. Así, por ejemplo, es posible que los primeros humanos hicieran valoraciones tales como: “el otro grupo organiza la caza mucho mejor”, “este dios nuestro ya no nos escucha”, “fulano tendría que haberse comportado de otra manera”, “se ha castigado excesivamente a zutano”, “es un maestro entrenando a los niños a manejar el hacha”. Poco a poco iría apareciendo el prototipo, el héroe, la búsqueda del placer más intenso o del arte más depurado, el gusto por lo mejor en tal o cual sector de la vida. Pues bien: juzgar que algo es bueno, malo, menos malo o menos bueno requiere compararlo previamente con un modelo de bondad. Dicho modelo no pertenece al orden de lo fáctico, de lo que ya ha aparecido, sino al nivel dignificador o axiológico, es decir, del ser que está por venir, por aparecer.
El Homo ha ido arrancando poco a poco a los seres su riqueza humanizadora/deshumanizadora, sus valores/contravalores. Por eso decimos que esos seres–valores o contravalores tienen grados de calidad, que van desde lo más mediocre hasta lo más sublime. La gama de intensidades que pueden alcanzar los valores/contravalores no tiene límites, y nunca llegaremos a descubrir toda la riqueza humanizadora/deshumanizadora que encierran los seres. Una vez que los valores aparecen en la historia, su riqueza valorativa aumenta a medida que van siendo sometidos a procesos dignificadores más intensos. Evidentemente, también son posibles movimientos regresivos en los valores.
Los humanos no percibimos los valores/contravalores en su estado “básico”, sino siempre con la “graduación” que tienen. Los pasteles, por ejemplo, no son simples pasteles, sino ricos, muy ricos, sosos o repugnantes. El ser humano, en consecuencia, se humaniza/deshumaniza en los mismos grados de los valores y contravalores que adquiere. Y así, una persona es “fina” si la ropa que viste o los modales que practica son también finos; basta u ordinaria, en caso contrario.
Hemos hablado, por ejemplo, de valores cognitivos cuando los seres alimentan o desarrollan el conocimiento del ser humano. Pero los conocimientos son al menos de cuatro tipos: conocimiento común, ciencia, filosofía y teología. Y cada uno de estos cuatro tipos tiene mil variantes. Pensemos, por ejemplo, en las especialidades científicas (biología, geología, botánica, historia, geografía, sociología, psicología, etc.); y en los apartados de cada una de estas especialidades. Ciertamente todos pertenecen a la clase de los valores cognitivos, pero cada uno tiene matices muy peculiares y diferentes a los del resto de los valores cognitivos. Y, lo que es más importante, cada uno tiene funciones humanizadoras/deshumanizadoras insustituibles por otros valores/contravalores cognitivos. La belleza, por poner otro ejemplo, se ha concretado en mil maneras a lo largo de la historia; y así, bellos son los bisontes de la cueva de Altamira, las pinturas de san Isidoro en León, las Meninas de Velázquez y el Guernica de Picasso; bella es la noche y bello es el caminar de unos jóvenes; bellas son las Cantigas, la Divina Comedia o el Quijote. Ninguna de esas obras o seres representa en plenitud el valor belleza, sino que cada una lo hace de manera parcial e incompleta; pero también de modo peculiar e insustituible: la belleza de un soneto no puede ser suplida por la belleza de la mujer que lo recita.
Cada valor puede tener muchos grados y formas. La comida, por ejemplo, tiene multitud de variaciones en cantidad, contenido, estado, presentación, temperatura, tiempo para comerla, etc. Pues bien, la validez viene a fijar qué grado y qué formas ha de tener lo valioso (un valor concreto) para el desarrollo de la vida humana en un momento concreto. En el valor limpieza, por ejemplo, la validez precisa, en una determinada circunstancia, cuál ha de ser el grado de limpieza del cuerpo, de las calles de una ciudad, del aire que respiramos, de las habitaciones, de los zapatos, de los vasos y platos o del instrumental quirúrgico. En la libertad, por poner otro ejemplo, la validez establece, después del proceso que acaba en el "vale" o en el “no vale”, el grado y las formas que han de tener las libertades individual, laboral, de expresión y asociación, de viajar y de pensar, política y artística en cada caso concreto. El ser humano, por consiguiente, no se alimenta de valores sin más, sino que estos valores han de tener unos determinados grados y formas.
No pocos pensadores reducen el “deber ser” al ámbito de los valores morales. Y es cierto que cada persona “debe ser” justa en la medida establecida. Pero no es menos cierto que también se le marca el grado y la forma que “deben tener” el resto de sus dimensiones valorativas: sus diversiones, amores, conocimientos, comidas, compras o ventas, elegancia o relaciones con los Dioses.
Esto no es más que la consecuencia de la necesaria conexión que hay entre los valores y el proceso de humanización: uno se humaniza en la medida en que asimila valores. Un ejemplo: cuando el profesor de filosofía aplica al examen de un alumno el calificativo de “vale”, no sólo está dando precisión al valor del examen, sino que, al mismo tiempo, le está fijando al alumno que su grado de humanización en una parcela como es su saber filosófico es el adecuado.
Un ordenador, un traje, un saber, una forma de amar, una cantidad de dinero, una organización, etc. son válidos en un determinado momento; al cabo de algún tiempo, dejan de ser válidos. La razón de ello está en que el ser humano nunca se da por satisfecho con lo que va consiguiendo, pues su ser está a medio hacer y en continuo proceso de evolución.
Querido Josemary. Mi gran amigo y hermano de curso Fernando Serrano me invitó el pasado curso a dar una charla a los catequistas del arciprestazgo de Torrelavega. Lo que te mando es parte de lo que dije allí. Unos la rechazaron por herética y otros la ponderaron porque les daba un armazón nuevo para encajar sus críticas y sus rechazos a la institución eclesiástica. Entre los lectores del blog sucederá posiblemente lo mismo. El armazón sobre la institución es de Eladio Chávarri. La "facilitación" del mismo y la aplicación a la institución eclesiástica son pequeñas aportaciones mías. Por eso, las herejías que podáis encontrar apuntadlas al "debe" mío. Un abrazo y perdón por interrumpir demasiadas veces tu merecido veraneo en la montaña de León.
Baldo
Eladio Chávarri
Baldomero López
Una comunidad es la unión de personas diferentes. La unión y la diferencia son constitutivos necesarios para que exista comunidad. Pues bien, muchas comunidades están institucionalizadas; tal es el caso de la familia, la escuela, el mercado, los hospitales, el parlamento, las iglesias, los clubes, el ejército, las empresas, los partidos políticos, el Estado, etc.
1. LAS INSTITUCIONES
Una institución es una comunidad ORGANIZADA para conseguir unos VALORES de calidad.
Según esta definición, en todas las instituciones podemos distinguir dos constitutivos: la ESTRUCTURA que tienen y los VALORES a los que sirven. La estructura, a su vez, la forman dos componentes: la ORGANIZACIÓN según unos roles y las NORMAS o leyes que regulan esos roles. Veamos cada uno de estos dos constitutivos de toda institución: su estructura y sus valores. Empezamos por la estructura.
1.1. La estructura de una institución la constituyen la organización y las normas
1.1.1. La ORGANIZACIÓN implica diferencia, coordinación y subordinación de funciones o de roles
En nuestra iglesia católica, por ejemplo, existen las funciones de ser papa, cardenal, obispo, cura, fraile, monja, laico, y otras muchísimas más. En Sociología se utiliza el término “ROL” para designar cada una de las funciones que hay dentro de las instituciones: rol de Papa, rol de obispo, rol de laico, etc.
Pues bien, entre las funciones o roles dentro de una institución hay diferencia, coordinación y subordinación. Si faltara alguna de estas características, no habría ORGANIZACIÓN y la institución no existiría. En efecto, necesariamente tienen que ser diferentes las funciones de ser madre e hijo, jefe y subordinado, médica y enfermera. Pero, a pesar de la diferencia, todos los roles o funciones han de estar coordinados. Y también subordinados, incluso en las instituciones más igualitarias. En la institución eclesiástica católica el centro de gravedad de los roles es el poder jerárquico articulado en torno a la autoridad del obispo de Roma.
1.1.2. Las NORMAS marcan lo que debe hacer cada uno de los roles de la institución
Un “ligue” pasajero no es una institución, porque, aunque haya diferencia de roles, la experiencia comunitaria que en él se vive funciona al azar o según el capricho e improvisación de sus miembros. El matrimonio, por el contrario, sí es una institución, pues, además de estar organizada en roles diferentes, existen unas normas que establecen cómo han de funcionar dichos los roles. Las normas pueden estar escritas o transmitirse por tradición, es decir, de boca en boca.
1.2. Los valores de una institución
1.2.1. Lo más importante: las instituciones sirven para alcanzar o desarrollar VALORES DE CALIDAD; esto no sería posible sin ellas
¿Por qué someterse a la tortura de la organización, de la autoridad, de las normas y de la disciplina? Simplemente porque se desea alcanzar o desarrollar determinados valores. En efecto, no es posible acceder a un nivel de CALIDAD de los valores sin las instituciones. Por eso necesitamos iglesias para relacionarnos con Dios, lo mismo que necesitamos mercados para adquirir alimentos o utensilios, hospitales para recuperar la salud.
1.2.2. ¿Por qué son necesarias? Las instituciones son las que nos evitan limitaciones, errores, esfuerzos y pérdida de tiempo en el acceso a los valores de calidad
Veámoslo con el ejemplo del valor salud. Ciertamente la disfrutaron los hombres antes de que existieran las instituciones hospitalarias. Pero todos sabemos lo frágil que es la salud: un fuerte cambio de temperatura o de presión, el paso de los años, los virus y bacterias, las tensiones o depresiones la echan a pique. Sólo las instituciones sanitarias, que recogen el saber y el buen hacer de generaciones anteriores y los transmiten a las posteriores, pueden vencer esta fragilidad. Sin el respaldo de tales instituciones, sin la posibilidad de ser miembros de ellas, muchísima gente perdería la salud y moriría sin remedio antes de alcanzar la juventud.
2. ¿QUÉ SUCEDE CUANDO EN UNA INSTITUCIÓN PREDOMINA LA ESTRUCTURA SOBRE LOS VALORES?
2.1. Que las instituciones pierden su razón de ser
La estructura (organización y normas) no tiene razón de ser en sí misma, sino que es un medio para alcanzar unos determinados valores de calidad. La estructura de la familia, por ejemplo, está diseñada para cultivar el amor familiar; la de una comunidad parroquial, para cultivar valores religiosos. La organización y las normas (la estructura), por tanto, están al servicio de unos determinados valores, no al revés. Por eso, cuando la estructura se independiza de los valores, a los que debería servir, y se cultiva por sí misma, pierde su razón de ser.
¿Pasa algo de esto en la institución eclesial de la iglesia católica? Sin duda. Hay que considerar indecentes ciertos comportamientos eclesiales antiguos o medievales que contradicen los valores evangélicos. Pocos aceptan hoy como tolerable el desajuste que hay entre la práctica institucional de la Iglesia católica y los valores del mensaje de Jesús, cuyo testigo la institución eclesiástica pretende ser. Esa disfunción pone en cuestión los discursos de los dirigentes religiosos y los valores por ellos evocados, con lo que queda en descrédito la autoridad institucional. La rígida disciplina que la jerarquía eclesiástica aplica a algunas situaciones parece estar lejos de la compasión evangélica, un valor importante de Reino de Dios.
2.2. Cuando domina la estructura, la “conciencia del deber” se traduce en un minucioso seguimiento de la regla, y no en servicio a los valores de la institución
Un efecto –que apenas se subraya– es la transformación que sufre la “conciencia del deber”. Cuando predomina la estructura, el “deber” se hace consistir casi exclusivamente en un meticuloso cumplimiento de las normas, de los ritos. No se “obedece” (ob–audire = prestar atención al que está delante), ni se es fiel a los miembros de la comunidad ni a los valores por los que están unidos, sino sólo a las reglas, que, como sabemos, no son más que medios para alcanzar los valores. Hay muchos cristianos que cumplen meticulosamente el precepto dominical de asistir a misa; pero ahí termina toda su obligación: en el respeto a la norma. No se preocupan de si han alcanzado un mayor amor a los demás, que realmente es un valor y un fin clave de la celebración de la misa.
3. LAS INSTITUCIONES ESTÁN INCULTURADAS
Aunque en principio cada institución tiene y sirve a sus propios valores, todas están fuertemente influidas, permeadas, teñidas, MODALIZADAS por los valores del núcleo valorativo de una cultura. De ahí que no es lo mismo desempeñar los roles de padre, gobernador, sacerdote, maestro o albañil en la antigua Roma que en nuestra sociedad de consumo. Cada cultura penetra con los valores de su núcleo en los demás valores, en las instituciones y en sus roles. En nuestra cultura –la sociedad de consumo– esos valores centrales y modalizadores de todos los demás son los económicos y los biopíquicos.
Una gran crisis de las instituciones religiosas hoy no es sólo que no sirvan a los valores del Reino de Dios, sino que además han perdido toda su entidad porque han sido colonizadas por los valores económicos y biopsíquicos (en el momento que no son rentables o psíquicamente agradables, se abandonan). La gran decadencia de la experiencia religiosa cristiana y de sus instituciones se debe a un nuevo núcleo modalizador de los valores, como se dijo en artículo anterior sobre el desmoronamiento de la práctica religiosa hoy.
4. LAS INSTITUCIONES PADECEN UNA PERENNE TENSIÓN ENTRE RENOVARSE O NO CAMBIAR
4.1. Todas las instituciones –no sólo las eclesiásticas– están en crisis. Deben estar en continua renovación, como deben estarlo los valores a los que sirven. La exigencia de transformación, de evolución y, tal vez, de revolución no es una desgracia, sino una gran ventaja.
El ser humano está a medio hacer porque no ha alcanzado los valores en su plenitud. Desde cada peldaño que sube en su proceso de humanización se abren siempre nuevos horizontes y su “espíritu” le azuza a conquistarlos. Ese caminar evolutivo sin tregua ni descanso genera grandes tensiones, pues el ser humano no acepta fácilmente abandonar la segura humanidad conquistada para sustituirla por una nueva.
Esas mismas tensiones entre permanecer como se está o renovarse afectan lógicamente a las instituciones. Éstas nacen en un momento de la historia para ayudar a conseguir un determinado grado en los valores. A medida que estos valores van alcanzando un mayor desarrollo, la estructura de las instituciones necesariamente tiene que cambiar para seguir siendo útil. La organización y las normas de los hospitales del siglo XIX ya no sirven para cultivar el valor de la salud que hoy hemos conquistado; tampoco los ayuntamientos, los Estados, las escuelas, los centros de diversión, las iglesias o las familias de esa época.
4.2. La resistencia a renovarse en la institución eclesiástica
4.2.1. El Papa y los obispos de nuestra Iglesia frecuentemente se convierten en guardianes de un tesoro pasado, a imagen del criado que enterró su talento para conservarlo intacto
La voluntad, constantemente expresada por los jerarcas religiosos, de retomar lo dicho por los predecesores, como si la fuera una reedición de lo anterior, favorece más la fidelidad a un corpus de decisiones que la incitación a interpretar la Palabra en un contexto nuevo y a gobernar en función de éste. Se prefiere la gestión fría de un depósito que la incitación a creer de una nueva manera.
4.2.2. Ante la fundamentación de una determinada norma de la institución eclesiástica, lo que hay que preguntarse no es su origen –en Jesús o en épocas posteriores a él–, sino en su utilidad actual para la vivencia y predicación del Reino de Dios.
Una decisión adquiere su verdad por su conveniencia pastoral actual, no por su mero acuerdo con principios intemporales del pasado. Las decisiones del pasado en el orden pastoral no tienen el carácter de una verdad eterna, por el simple hecho de que tal vez en otro tiempo se correspondiera con las necesidades religiosas y favoreciera el testimonio colectivo.
Por ejemplo, la legislación inflexible sobre el matrimonio y la prohibición de comulgar a los divorciados que se han vueltos a casar, ¿está en consonancia hoy con el Reino de Dios? ¿Lo está la prohibición de acceso al sacerdocio a las mujeres? ¿Y la disciplina del celibato para los sacerdotes? Es muy endeble la argumentación de los últimos Papas para seguir manteniendo el statu quo: apelan a un mandato de Jesús o a una larguísima tradición que ellos no están autorizados para cambiar. No es cierto. Las instituciones eclesiásticas están al servicio de los valores del Reino de Dios, y los concilios pueden cambiar todo en la institución –y de hecho así lo han hecho– si así conviene a la vivencia del Reino de Dios hoy. La monarquía absoluta que ejerce el Papa y el enorme poder que tiene la curia romana ¿sirven a los valores del Reino de Dios? ¿Provienen de Jesús? Con toda seguridad, no. El matrimonio representa, según los jerarcas religiosos, una decisión divina, promulgada por Jesús en el nombre mismo de Dios (“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”). La jerarquía eclesiástica aduce como justificación su impotencia para cambiar la disciplina: ésta expresa el imperativo que enunció el Señor, y este imperativo sólo puede ser venerado. Pero inmediatamente tenemos que preguntarnos: el texto ¿es original de Jesucristo o es una elaboración de las comunidades preevangélicas? Si lo elaboraron estas comunidades –como es lo más probable y probado, es porque adaptaron el espíritu del mensaje de Jesús –que seguramente no habló del tema– a las necesidades y situación de su comunidad. ¿Dónde está en el alto clero la pobreza que prescribió Jesús y que según ellos la Iglesia no tiene autoridad para dejar de cumplir? Un lujoso piso cardenalicio de 500 metros cuadrados ¿lo dispuso Jesús y nadie tiene autoridad para cambiar este mandato?
4.2.4. La institución debe trabajar para favorecer la vitalidad cristiana del pueblo creyente y no para perpetuar su organización
Si el clero desposee al pueblo de sus derechos eclesiales, si el sacerdote se sitúa frente al pueblo cristiano, y administra la institución eclesiástica no ya para el pueblo, sino para la institución, esta iglesia no tiene sentido. Las cuestiones del celibato sacerdotal, del acceso de las mujeres a la presidencia de la comunidad o de la comunión de los divorciados vueltos a casar, no deben plantearse ante todo a partir de la tradición ni a partir del silencio de Jesús, sino en función de las necesidades o las exigencias de la comunidad para vivir y predicar el Reino de Dios hoy, no hace dos mil años. El problema no es, pues, la fidelidad a una tradición, sino el tipo de Iglesia que se desea promover hoy al servicio del Reino de Dios, supremo valor de la institución eclesial.
5. LAS INSTITUCIONES EN LA SOCIEDAD DE CONSUMO
La sociedad de consumo tiene como núcleo valorativo a los valores económicos y a los biopsíquicos.
5.1. Hay que empezar alabando algo muy positivo de esta sociedad de consumo: las instituciones que sirven para desarrollar valores biopsíquicos y económicos contribuyen a una gran humanización
Los hospitales, los clubes deportivos, los centros de diversión, las empresas, los bancos, etc. y todas las instituciones que contribuyen al desarrollo de valores económicos y biopsíquicos están haciendo que el hombre de la sociedad evolucione a pasos agigantados en su proceso de humanización. Son muy humanizadores estos valores.
5.2. Pero nuestras instituciones también deshumanizan, porque los valores económicos y biopsíquicos predominan y han deteriorado a los valores propios de las otras instituciones
En la sociedad de consumo sucede que los valores biopsíquicos y económicos han sustituido o transformado a los valores propios de todas las instituciones. ¿Cuántos médicos, profesores, sacerdotes, funcionarios, obreros, estudiantes actúan y se relacionan principalmente por el dinero o por los placeres biopsíquicos? ¿Habría en las instituciones sanitarias, iglesias, colegios y fábricas tanta experiencia comunitaria deteriorada si sus miembros estuvieran más atentos a cultivar los valores propios de cada una de dichas instituciones? Pero el dinero penetra en las entrañas mismas de todas las instituciones; y lo hace de forma imperceptible, sutil, suave y agradable. Ejemplos de ellos son el lucro en las instituciones docentes (sólo se enseña y se quiere aprender lo que da dinero); el lucro en las instituciones políticas (si los políticos no acierten a hacer que la economía sea boyante, se irán a la calle a la primera de cambio, aunque hayan hecho verdaderas maravillas en el campo de los valores cognitivos, éticos, estéticos, lúdicos, religiosos y sociopolíticos); el lucro en las instituciones de juego (el ludópata de hoy no está atrapado por la diversión que produce el juego, sino por la obsesiva aspiración a enriquecerse de forma rápida; el lucro en las instituciones deportivas.
6. ¿QUÉ HACE Y QUÉ PODEMOS HACER LOS CRISTIANOS ANTE LO INADECUADO DE LAS INSTITUCIONES ECLESIÁSTICAS HOY?
6.1. Presionar para que los valores del Reino de Dios de hoy sean el objetivo fundamental de todas las instituciones eclesiásticas
Esto es lo primero y lo acertado: que las instituciones eclesiásticas dejen de ser las protagonistas y, mucho menos, que tenga un fin en sí mismas. Se pueden y se deben modificar si los valores del Reino de Dios hoy exigen otras organizaciones, otros roles y otras relaciones entre los roles.
6.2. Luchar por un mundo en el que los valores ni sus apropiadas instituciones no se relacionen por modalización
Tanto los valores religiosos en el pasado, como los biopsíquicos y económicos en el presente, han practicado una modalización que ha erosionado sustancialmente a los demás ámbitos vitales y a sus valores y contravalores. La modalización así resulta indeseable y empobrecedora para el ser humano. Las variedad de ámbitos vitales del ser humano exige que se los alimente a todos con sus específicos valores, no con modalizaciones de los mismos, que alteran su pureza. Para evitar la modalización, se podrían admitir entre los ocho ámbitos de vida –con sus respectivos valores y contravalores– otros tipos de relaciones, que impulsaran el desarrollo de la pureza de los valores propios de cada dimensión. Ello aseguraría una pluralidad mucho más adecuada de la vida del ser humano, donde estarían representadas todos los ámbitos de vida, sus específicos valores y contravalores y las instituciones apropiadas.
Sí, pido disculpas por meterme donde nadie me llama.
Pero esa horterada barroca y doradina que tapa totalmente el ambón de Subiratchs de la parte del Evangelio y el crucifijo que sustituye al de Subirachs...

|||| Cuentan que antiguamente los romeros que venían a La Virgen del Camino por san Froilán compraban avellanas, de ahí el llamarles perdones, para regalárselos a sus novias y que estas les perdonaran el haberlas abandonado durante una jornada festiva.
Una jornada que para los que vivían más alejados eran dos o tres, porque el transporte en carro no funcionaba como el AVE, ni mucho menos.
Hoy nadie sabe porqué se compran las avellanas, que ya no son de las riberas de nuestros ríos, sino de lejanas tierras, incluso de la mítica California.
Como nadie sabe por qué se acaricia la nariz del san Froilán que preside una de las puertas de bronce del Santuario. Dicen que es una tradición, pero una tradición contemporánea, pues el nuevo Santuario no ha llegado aún a cumplir los ciien años de existencia y lo de sacarle brillo al apéndice nasal del santo es muy posterior.
Pero así se fabrican las tradiciones y así se mantienen. Los fieles que asisten a la gran feria de la Virgen del Camino comprarán su paquetito de perdones, sobaran la nariz del santo que cada vez brillará con más intensidad, se rendirán a los pies de la milagrosa patrona y disfrutarán del fuerte aroma de las morcillas y chorizos en una de las fiestas más populares del norte de España.
Encontré esta noticia, que ya tiene cuatro años (4/6/2012), en la página web de ABC.
Al principio los niños solo aprenden a leer, escribir, cálculo y hablar en público. El centro depende de la legislación americana y es católico
Todas las asignaturas se imparten en inglés
Las actividades deportivas son asignaturas, no extraescolares
El colegio Aquinas American School (en homenaje a Santo Tomás de Aquino) es el primer colegio americano católico de Madrid verdaderamente extranjero, ya que está sujeto a la legislación estadounidense. Esto permite que el alumno pueda convalidar sus estudios para hacer la selectividad y estudiar en España, o directamente matricularse en universidades americanas.
La peculiaridad de este centro es su modelo educativo que se basa en la corriente más vanguardista que hay actualmente en Estados Unidos: la vuelta a la «classical education» o «liberal arts education»: la educación en la Edad Media basada fundamentalmente en gramática, retórica y lógica.
Es decir, al principio, los niños sólo aprenden a leer, escribir, hablar en público y cálculo. «La primacía de la atención a la palabra y al texto escrito, ayudan a un aprendizaje de ritmo natural, a la vez que a configuran el entendimiento en las estructuras lógicas del pensamiento y del lenguaje», aseguran en este centro.
Más tarde se ampliarán las asignaturas, pero siempre pocas, e incluyendo las artes (teatro, pintura... todo lo que sea creatividad) en las hora lectivas, no como actividades extraescolares. Mantener ese interés por aprender es una tarea prioritaria en el colegio Aquinas. Este método también concede gran importancia al deporte. Uno de sus eslogans en USA es «Más deporte y más latín». En este centro consideran que en una actividad deportiva «realizada en serio y de modo constante encontramos el reto de mejorar constantemente, el compromiso con una disciplina y una técnica que hay que desarrollar y perfeccionar, o el valor del trabajo en equipo y del esfuerzo personal».
En Aquinas la formación católica es prioritaria, como una práctica real del misterio de la fe con una actitud generosa, responsable y de comunión con la Iglesia Universal. Los padres, los maestros y los compañeros, en medio de un ambiente alegre y confiado, fomentarán el esfuerzo por ser mejores y a procurar que los demás también lo sean.
Os dejo la esquela que aparece publicada en el Diario de León de ayer.
Querido Josemary. En la última reunión de "in–ex" (dominicos de dentro y de fuera), que se celebró en La Virgen en octubre de 2014, me habían encargado una breve intervención junto con Almarza OP y con el entonces flamante Secretario de la Conferencia Episcopal José María Gil Tamayo. Este hombre llegó muy tarde a la cita porque venía de Madrid de la toma de posesión de Osoro como Arzobispo. Habló tanto, que a Almarza y a mí sólo nos quedaron cuatro minutos para cada uno. Yo preferí no leer lo que había preparado y me limité a hacerle al Secretario cinco preguntas, que por cierto le incomodaron bastante. El texto de lo que tenía pensado decir es el que te mando, querido Josemary. No le hubiera venido mal al señor Gil Tamayo conocer el contenido del mismo, porque da una explicación del derrumbamiento de las prácticas religiosas bastante más profundo del que circula por los ámbitos episcopales y clericales. Eladio Chávarri está delante, detrás y en la base de lo que digo en el escrito. Un abrazo agradecido.
Baldomero.
¿POR QUÉ LA PRÁCTICA RELIGIOSA SE ESTÁ DESMORONANDO?
Eladio Chávarri
Baldomero López Carrera
0. El enfoque del problema
Es muy corriente que, para valorar la religiosidad de la gente, muchas personas –incluidas obispos, teólogos y clérigos– recurran a datos e informes sociológicos tales como número de parroquias de una ciudad; cantidad de sacerdotes, religiosos y religiosas; cifras de ordenaciones sacerdotales, bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, asistencia a misa y matrimonios canónicos; número de colegios, institutos superiores, facultades o universidades católicas; grado de confianza de los laicos y los no creyentes ante los clérigos y jerarquías eclesiásticas; coherencia e idoneidad de las instituciones religiosas; etc. Yo no voy a seguir ese camino; sencillamente porque la sociología no llega a ámbitos como el de la formación del ser humano, su funcionamiento, ni a las realidades que intervienen en ese proceso, que son precisamente en los que se va a mover nuestra reflexión. La sociología habla con profusión de valores, pero no sabe cuál es la entidad y la función de éstos en la vida humana. Puede controlar cuántos cristianos son practicantes y cuántos no, cuál es la percepción y la actitud de la gente ante la jerarquía eclesiástica; y otras cosas por el estilo. Pero esto nos dice bien poco de la raíz profunda de por qué mucha gente está dejando de de creer. Aquí nos vamos a fijar en lo primero y más primordial, en la raíz profunda del ser humano: su proceso de formación a base de valores y contravalores; y también cómo unos valores marcan el paso al resto. Ahí es donde, a nuestro modo de ver, se cuece verdaderamente la crisis. Después, sacaremos alguna de las consecuencias que se derivan de todo ello.
Todo lo que viene a continuación se fundamenta en el sistema de pensamiento del maestro Eladio Chávarri, profesor de filosofía de muchos de nosotros, cuyo magisterio se extendió durante cerca de cincuenta años en Las Caldas y en Valladolid.
1. La unidad y pluralidad diferenciada de la vida
Una de las bases de todo el planteamiento que voy a proponer radica en la afirmación de que la vida humana –y su anverso, la muerte– no es monolítica y uniforme, sino que se ramifica y se muestra en grandes y diferenciados ámbitos de vida (vamos a llamarlos así; Chávarri las denomina vertientes vitales). Cada ámbito es vida, pero él solo no es toda la vida humana. Así pues, la vida humana se manifiesta como una inmensa red unida, pero al mismo tiempo, diferenciada de muchos ámbitos de vida. Si habláramos de la vida del ser humano como si fuera un magma uniforme, indiferenciado, estaríamos pasando por alto las infinitas variantes vitales de las que se compone, es decir, la vida específica que se produce en cada una de sus ámbitos vitales. Y lo mismo hay que decir de la muerte: es el anverso, la negación de la vida, y por tanto, sigue el mismo proceso que ésta. En los humanos no existe la muerte en general, sino muchas muertes: en cada ámbito de vida se da un tipo de muerte específico y apropiado.
2. Ocho ámbitos de la vida humana
De la multitud de esos ámbitos de vida, Chávarri escoge una muestra de ocho, a los que denomina respectivamente vida biopsíquica, vida cognitiva, vida económica, vida estética, vida ética, vida lúdica, vida religiosa y vida sociopolítica. Explicitando muy brevemente el contenido de esta muestra, diremos que nuestro ámbito de vida biopsíquica comprende nuestro organismo y todos sus estados vitales orgánicos, temperamentales y placenteros. El ámbito de vida cognitiva abarca los saberes ordinarios, científicos, filosóficos y teológicos. El ámbito de vida económica engloba la creación, asignación, comercialización y consumo de mercancías. El ámbito de vida estética se refiere a las presencias de lo bello y de lo feo, tanto natural, como social, artístico y técnico. El ámbito de vida ética incluye todo lo relativo a ser buena o mala persona; sobre todo, a ser justa o injusta. El ámbito de vida lúdica contiene todo lo referente a los juegos, fuentes inagotables de diversión, entretenimiento, competición, relajación, espectáculo, apuesta, victoria, derrota y empate. El ámbito de vida religiosa se desarrolla en relación con las divinidades de todo tipo. El ámbito de vida social, jurídica y política comprende aquella parte de nuestra vida que se desarrolla en relación con los demás, desde la familia y los amigos hasta los grandes bloques políticos del mundo. Toda esta variedad y complejidad de ámbitos de vida constituye nuestra vida humana. Así pues, tan vida y muerte humanas son el funcionamiento del hígado como el tono de convivencia de los grupos; las teorías científicas como la relación con las divinidades; el juego en sus múltiples variantes como la creación y distribución de mercancías; las manifestaciones estéticas como las conductas morales. Una malísima persona tiene muerta gran parte de su vida moral; un analfabeto, una porción no pequeña de su vida cognitiva; un pobre de solemnidad, gran parte de su vida económica. Pero sólo esos ámbitos de vida, no otros; ni todos.
3. Los valores y contravalores como alimento de los ámbitos de vida
La vida humana, a través de sus ámbitos de vida, se alimenta de seres. Estos seres son estimados por la persona como beneficiosos si fomentan el desarrollo de los ámbitos de vida, o como perjudiciales si los deterioran o destruyen. En el primer caso, esos seres son denominados valores; en el segundo, disvalores o contravalores.
Habrá, por consiguiente, tantas clases de valores y contravalores como ámbitos de vida, puesto que ámbitos vitales y valores/contravalores se constituyen, se desarrollan y se implican mutuamente. No existen los unos sin los otros. Así, por ejemplo, no habría sonido si no existiera el oído, ni el oído funcionaría si no hubiera los sonidos. Por tanto, tenemos que hablar de valores y contravalores biopsíquicos, cognitivos, económicos, estéticos, éticos, lúdicos, religiosos y sociopolíticos. Cada uno de ellos no genera vida humana –o muerte– sin más; sino tipos específicos de vida y de muerte. Frecuentísimamente se habla de valores, pero no de contravalores. La desafortunada expresión “educación en valores” es un ejemplo de ello. Pero hay que decir con contundencia que siempre van unidos, mutuamente relacionados y ambos componen nuestra vida. Cuando hablamos de los seres como valores y contravalores, entendemos “ser” como una realidad infinitamente más extensa que la de “cosa”. La manzana, por ejemplo, –que es una “cosa”– alimenta nuestras células (vida biopsíquica), es cognoscible (vida cognitiva), interviene en transacciones comerciales (vida económica), se manifiesta como bella o fea (vida estética), puede repartirse, regalarse o robarse (vida ética), es posible jugar con ella (vida lúdica), es símbolo de tentaciones y caídas en los paraísos religiosos (vida religiosa), y su recolección y elaboración posterior genera desarrollos específicos de socialidad (vida sociopolítica). La manzana (una cosa), por tanto, es muchos seres valiosos o disvaliosos, según a cuántos ámbitos de vida afecte.
4. Principio protector de la diversidad vital y valorativa
Cada uno de los ámbitos de vida y cada uno de los valores y contravalores que los alimentan son específicos y diferentes unos de otros. De tal manera que son irreductibles entre sí, y no pueden ser sustituidos unos por otros. Cuando no se tiene en cuenta éste que podemos llamar “principio protector de la diversidad”, se cae en el enorme –y por otra parte frecuente– peligro de uniformar todas esas infinitas variaciones de vida y de ser en un genérico, vago e indeterminado par valorativo “ vida” y “muerte”. Lo correcto es hablar siempre de vidas y de muertes específicas. En cada ámbito de vida –y en cada valor–, las presencias de vida son peculiares e intransferibles; y también son peculiares sus correspondientes presencias de muerte en sus respectivos contravalores.
5. La modalización que unos valores ejercen sobre otros
Los ámbitos de vida humana y sus respectivos valores y contravalores mantienen entre sí muchos tipos de relaciones. Una de ellas es la “relación modalizadora” (no “moralizadora”, sino “modalizadora” o modalizante). Consiste ésta en que unos ámbitos de vida y sus respectivos valores y contravalores se relacionan con los otros influyéndolos de tal manera que transforman a estos últimos y les dan un nuevo “modo de ser" (de ahí lo de "modalización").Como consecuencia lógica, los valores y contravalores de los distintos ámbitos de vida adquieren una entidad distinta según que estén modalizados por unos o por otros valores. Por ejemplo, la institución familiar tendrá una entidad diferente si los valores modalizadores son los religiosos que si son los económicos o los biopsíquicos.
6. En el pasado fueron los valores religiosos los modalizadores de todos los demás. Hoy han sido desplazados por los valores económicos y biopsíquicos
El proceso de desarrollo del ser humano ha girado a lo largo de la historia en casi todos los grupos y culturas en torno a los ámbitos vitales religiosos y sus valores y contravalores. Ellos han sido el centro modalizador de la vida humana. Pero durante el siglo XIX europeo, bastantes pensadores ilustrados pretendieron sustituir la hegemonía y la omnímoda presencia pública de los valores religiosos por el predominio de los valores sociales y éticos ("libertad, fraternidad e igualdad"), y también por el confinamiento de lo religioso al ámbito de lo privado. No lo consiguieron. Pero sí otros que vinieron después. Entrados ya en el siglo veinte, y a lo largo del mismo, se produce una grande y sorprendente sustitución, aceptada gustosamente por la inmensa mayoría de la gente: los valores biopsíquicos y económicos desplazan a los religiosos –no los anulan–, y se constituyen en el centro vital y valorativo. Las masas, en contra de lo que aconsejaban y proponían los profundos pensadores ilustrados, prefirieron seguir la modalización biopsíquica y económica de la vida que la social y moral. De esta manera, poco a poco, las propias masas cambiaron la “modernización” que proponían los ilustrados por la “americanización”, es decir, por la invitación a seguir y desarrollar el nuevo estilo americano de vivir la vida.
Es tal la fuerza y la implantación que tienen los que son ahora valores modalizadores, que cuando nos imaginamos un mundo mejor para el futuro, sin querer lo construimos exclusivamente con valores biopsíquicos y económicos.
7. ¿Qué hace y que puede hacer la jerarquía eclesiástica ante este ser humano que tenemos hoy, fuerte y agradablemente modalizado por valores y contravalores económicos y biopsíquicos?
7.1. Lo primero, tienen que ser conscientes de que la gran decadencia de la experiencia religiosa cristiana se debe a un nuevo núcleo valorativo modalizador del resto de los valores
La raíz de esta gran y profunda crisis religiosa está en la sustitución de la hegemonía que ha tenido hasta ahora el ámbito de la vida religiosa y sus valores y contravalores por los ámbitos de vida biopsíquicos y económicos como núcleo rector de los demás. Echar la culpa a grupos o movimientos anticlericales es andarse por las ramas y no saber encarar el problema, que está situado en el plano profundo de la formación del ser humano, como vengo repitiendo. Tampoco se debe atribuir la crisis religiosa a lo que lo profetas de la catástrofe llaman “materialismo”, porque todos los valores –también los religiosos– tienen mucho de “materiales” (encarnados) y, también todos, de “espirituales”. La realidad es más simple y de mucha mayor envergadura: el ser humano actual ha sustituido los valores religiosos como modalizadores de los demás por los económicos y los biopsíquicos. Y quien desee meterse en un proceso de evangelización propia y ajena no debe pasar por alto esta constatación, para no andar dando tumbos.
7.2. Sería un error caer en la tentación de querer volver a las andadas, a la situación anterior, con los valores religiosos como modalizadores absolutos
Muchos jerarcas religiosos se lamentan de que Europa ha dejado de ser religiosa, y pintan con tonos tétricos y con vocablos llenos de “ismos” peyorativos la situación actual, sin duda porque añoran los tiempos gloriosos de la modalización religiosa de la vida. Pues bien, cuando el ámbito vital religioso y sus valores y contravalores fueron los modalizadores del resto de los ámbitos de vida, no fueron todo rosas y bondades –como alguno pretende hacernos creer–, sino que se produjeron consecuencias muy negativas. La más grave fue que los valores y los contravalores de los restantes ámbitos de vida padecieron oscurecimiento y erosión, hasta perder su entidad, su peculiaridad. Todo el riquísimo y variadísimo ámbito de la vida se tiñó uniformemente de religiosismo. Un quebranto no pequeño.
Los ateos, agnósticos y muchos creyentes se alegran de que se esté desbancando la hasta ahora poderosa modalización religiosa de la vida. La gente prefirió y sigue prefiriendo –porque es mucho más atractiva– la nueva modalización económica y biopsíquica. Pero no se han dado cuenta de que en realidad no hemos dado ni un solo paso adelante, pues esta modalización sigue saltándose a la torera la diversidad de los ámbitos de vida y sus valores y contravalores específicos. Sufrimos básicamente el mismo rodillo unificador, el sometimiento y hasta la supresión de muchos valores, de muchos ámbitos de vida. Sólo que ahora se hace en nombre del desarrollismo económico y biopsíquico en vez del religiosismo. El producto interior bruto de los Estados se limita únicamente al desarrollo y cuantificación de los valores económicos. Todos los demás no cuentan. La vida humana sufre una gran erosión. Las dimensiones económica y biopsíquica están claramente sobrestimadas; las cognitivas, estéticas, éticas, lúdicas, religiosas y sociopolíticas se hallan infraestimadas.
7.3. La iglesia católica está llamada a criticar, luchar y paliar los contravalores que genera la modalización biopsíquica y económica de la vida
a) Hay que decir, en primer lugar, que el sufrimiento siempre es causado por los contravalores
El sufrimiento es expresión de algún deterioro vital, que es precisamente lo que causan los contravalores. Así, pues, la extensión del deterioro vital y del sufrimiento es tan variada como variados son los contravalores. Al ser humano le duelen las vísceras y las malas relaciones familiares; le causan fastidio las comidas insípidas y los dioses crueles, el frío o el calor y la infidelidad de los amigos, el hambre o la sed y la ignorancia o la falta de información. Le incomoda la mediocridad; se aflige por las penas de los demás; en él se abren constantemente las heridas de la soledad, la incomprensión y el vacío existencial. No existe un sufrimiento humano general y homogéneo. Cada ámbito vital deteriorado tiene el sufrimiento específico suyo, que es insustituible e irreductible a los demás sufrimientos. Se nos pide a los cristianos que tengamos una aguda sensibilidad sobre el dolor, para captar la especificidad de cada sufrimiento, la cual va unida a la especificidad de cada contravalor.
b) El grandísimo poder de los contravalores biopsíquicos y económicos genera directamente grandes sufrimientos biopsíquicos y económicos
Hay que hacer notar en primer lugar que los contravalores biopsíquicos y económicos no sólo son carencia de sus respectivos valores, sino expresión de la mayor inhumanidad. ¿Por qué? Porque los constituyentes del tipo de humanidad que vivimos hoy son precisamente los valores económicos y biopsíquicos. Si uno carece de valores cognitivos, religiosos o morales, él no se siente igual de deshumanizados, si los que le faltan los económicos y los biopsíquicos.
En segundo lugar, los sufrimientos biopsíquicos y económicos. Los millones de muertos de hambre, especialmente niños, víctimas de la pésima distribución de la riqueza, son un ejemplo. La abundancia de parados en el primer mundo e infinitamente más en el tercero les lleva a perder el acceso al dinero y a todo lo que se adquiere con él. Lo que les lleva a caer de bruces en el ámbito de la inactividad, de la actividad delincuente o mendicante; en los círculos del ostracismo, de la delincuencia o la mendicidad. Las muertes masivas debidas a conflictos bélicos, que a su vez son causados en muchos casos por la insaciable necesidad de ganancias en la producción, comercialización y uso de terribles ingenios bélicos, son un ejemplo doloroso. Y a cada uno de nosotros seguramente se nos ocurrirán cientos de casos más de sufrimiento biopsíquico y económico. Esto debe ser la preocupación de nuestra iglesia y de sus jerarcas, y no si ésta o aquella asignatura deben figurar en el currículo escolar. No he oído ni una palabra a la conferencia episcopal del protagonismo que tienen la banca y las grandes corporaciones en esta crisis que padecemos. El dolor que están causando y el enriquecimiento del que se están beneficiando algunos no son pequeños. Milton Friedman y su experimentada escuela de Chicago les están enseñando el camino del expolio, del saqueo.
c) La modalización económica hace que todos los ámbitos vitales y sus valores y contravalores sean considerados únicamente como mercancías, y, como tales, sometidas a la explotación para obtener el máximo rendimiento y lucro.
La validez establece el grado y la forma que ha de tener el valor en cada una de sus manifestaciones para ser aceptado. Cada valor puede tener muchos grados y formas. La comida, por ejemplo, tiene multitud de variaciones en cantidad, contenido, estado, presentación, temperatura, tiempo para comerla, etc. Pues bien, la validez viene a fijar qué grado y qué formas ha de tener lo valioso (un valor concreto) para el desarrollo de la vida humana en un momento concreto. El ser humano, por consiguiente, no se alimenta de valores sin más, sino que estos valores han de tener unos determinados grados y formas, para que lo valioso sea válido.
La validez, por tanto, establece el “deber ser” de cada uno de los valores. No pocos pensadores reducen el “deber ser” al ámbito de los valores morales. Y es cierto que cada persona “debe ser” justa en la medida establecida (valor moral). Pero no es menos cierto que también se le marca el grado y la forma que “deben tener” el resto de sus valores: sus diversiones, amores, conocimientos, comidas, compras o ventas, elegancia o relaciones con los Dioses.
Ante los valores y contravalores siempre pronunciamos un “vale” –si han alcanzado el grado de aceptabilidad– o “no vale” –si no han llegado a él.–. Y del “vale” se deriva al “deber ser”, y del “no vale”, al “no deber ser”, como hemos dicho. ¿Cuál es el criterio para decir “vale” o “no vale”? En principio, cada valor y contravalor tiene el suyo propio, que es específico e intransferible. Pero en este momento, el criterio de validez son las cantidades de ganancias y pérdidas de dinero. Nuestra vida rezuma validez y deber ser económico y biopsíquico a lo largo, ancho y profundo de todos sus ámbitos, valores y contravalores. La validez y el deber ser específicos de médicos, científicos, músicos, poetas, zapateros, compradores, estetas, éticos, gimnastas, creyentes, madres de familia, han sido colonizados por las valideces económicas y biopsíquicas. Y lo mismo sucede con las demás clases de valores. La ciencia vale cuando es rentable.
d) También los valores religiosos son afectados por la modalización biopsíquica económica y por eso hoy los contravalores económicos acaparan la atención de las iglesias cristianas
Las confesiones que centran su experiencia religiosa en torno a la figura de Jesús de Nazaret viven atentos, a ejemplo del Maestro, a sanar o a aliviar las existencias deterioradas de los hombres. Naturalmente que el deterioro se manifiesta de modo palpable en todos los contravalores. Pero en el presente, son los contravalores económicos y biopsíquicos los que acaparan la atención y están configurando destacadamente la espiritualidad activa de muchos cristianos. No pocos, a ejemplo de Teresa de Calcuta, configuran hoy su amor teologal a los hombres luchando desesperadamente contra la miseria vital de la pobreza. También las instituciones eclesiásticas se han subido al carro rentable del turismo y sacan mucho provecho económico de iglesias, museos y edificios religiosos.
7.4. Los jerarcas religiosos y teólogos deben encaminar todas sus energías a luchar por otro mundo, en el que los valores no se relacionen por modalización
Tanto los valores religiosos en el pasado, como los biopsíquicos y económicos en el presente, han practicado una modalización que ha erosionado sustancialmente a los demás ámbitos vitales y a sus valores y contravalores. La modalización así resulta indeseable y empobrecedora para el ser humano. Las variedad de ámbitos vitales del ser humano exige que se los alimente a todos con sus específicos valores, no con modalizaciones de los mismos, que alteran su pureza. Para evitar la modalización, se podrían admitir entre los ocho ámbitos de vida –con sus respectivos valores y contravalores– otros tipos de relaciones, que impulsaran el desarrollo de la pureza de los valores propios de cada dimensión. Ello aseguraría una pluralidad mucho más adecuada de la vida del ser humano, donde estarían representadas todos los ámbitos de vida y sus específicos valores y contravalores.
Pero no parece que los obispos estén por esta línea de abandonar la pretensión de recuperar para los valores religiosos su hegemonía modalizadora de todos los demás valores. Si es así, seguirán empeñados en un trabajo imposible, inútil y perjudicial para los cristianos, que han de desarrollar todos los ámbitos de su vida de manera equilibrada y armónica.
Querido Josemary. Abusando de vuestra benevolencia –y aunque el acceso al blog en agosto es difícil para muchos–, os envío un escrito del pEladio Chávarri sobre la "Autenticidad vs imperio del fraude". Es parte de un capítulo de su obra magna: Perfiles de nueva humanidad. Pero no asustéis; está arreglado, titulado, subtitulado, con ejemplos, con algún cambio de redacción, para que su digestión sea muy liviana. Creo, a pesar de los arreglos, no haber traicionado las ideas del maestro Eladio Chávarri. El tema me parece muy oportuno y actual, por el "postureo", la apariencia, el engaño, la mentira, el fraude, etc. en que han caído nuestros próceres políticos, financieros y también eclesiásticos, lo que va creando en nosotros una desconfianza que va camino de enquistaste en nuestras vidas si no estamos muy vigilantes. Un abrazo.
Baldo
LA AUTENTICIDAD vs EL IMPERIO DEL FRAUDE
Eladio Chávarri
Baldomero López
La autenticidad es un valor y, por tanto, está implicada en el desarrollo del ser humano, de tal modo que los seres auténticos nos humanizan, mientas que los falsos nos deshumanizan. Pero, además, el valor autenticidad tiene un peso especial en el proceso de humanización debido a su universalidad, pues de algún modo afecta a todos los valores; es un “valor de valores”. Y así, vemos que se aplica a la salud, al vigor, a la vida, a los alimentos, a la ciencia, al amor, a la virtud, al culto, a la amistad, a los Dioses y al resto de los valores. El ser humano construye su auténtica humanidad en dependencia de la autenticidad de los seres que entren en su vida.
Aunque la “autenticidad” es un aspecto de la “verdad” (un emblema muy dominicano), aquí serán empleados como términos sinónimos. Tendrá, pues, el mismo sentido decir que un vino es auténtico o que un vino es verdadero.
1. LA AUTENTICIDAD O LA VERDAD DEL SER EN TODA SU VARIEDAD
1.1. Conviene hacer una advertencia "filosófica" importante: la verdad no sólo afecta a los seres que entran a través de nuestros PENSAMIENTOS y LENGUAJES, sino también a los que afectan a las otras dimensiones de nuestra vida
El pensamiento y el lenguaje son dos dimensiones del ser humano, pero no son las únicas. La voluntad, la imaginación, los sentidos externos, la capacidad de relacionarnos socialmente, las células y tejidos, la sensibilidad, la religiosidad, la moralidad, la economía, etc. también son dimensiones a través de las cuales los humanos recibimos el impacto enriquecedor/devastador de los seres. Los seres auténticos o engañosos afectan a todas las dimensiones vitales del ser humano. Por ello, que no sólo es auténtico/engañoso un concepto o un habla, sino también un amor, una decisión, un color, una oración, una obra social, una organización económica, una salud, un reparto justo, etc. Ha sido una calamidad que la filosofía moderna haya reducido la cuestión de la presencia/ausencia de ser auténtico al área del pensamiento (ser–pensado), primero y, últimamente, a la del lenguaje (ser–hablado). Sólo los pensamientos o el habla podían ser alimentados con ser verdadero/falso, según dicha filosofía moderna. Al hombre de la calle también le interesa fundamentalmente la autenticidad de seres como los alimentos, pieles, amistades, leyes, instituciones, voluntades, salud y aire; y, si hay que elegir, no le importa tanto que las reflexiones sobre el vino sean auténticas cuanto que lo sea el propio vino que bebe.
1.2. Tampoco ha de restringirse la autenticidad/fraude al ámbito de los valores morales
Si es frecuente limitar la verdad/falsedad al ámbito del pensamiento y del lenguaje –como vimos en el apartado anterior–, no es menos habitual que la autenticidad/fraude se considere como específica sólo de los seres morales, es decir, del ser que alimenta la dimensión moral del ser humano. La autenticidad no es una virtud específicamente moral, sino que es un valor que afecta a todo tipo de seres. Y así, hay que hablar, sin duda, de la autenticidad e inautenticidad de la justicia o de la solidaridad (ámbito ético), pero también de la que afecta al hígado, al automóvil, a los cuadros de pintura, a las relaciones familiares, a los alimentos, a los parlamentos, a los técnicos, a los Dioses y dioses, etc.
1.3. La autenticidad del ser comprende dos aspectos: uno, pureza del ser; otro, desarrollo apropiado del ser
Entendemos por “pureza” del ser lo contrario de “apariencia” del ser. Una carne que sólo tiene la apariencia de carne no es auténtica carne; es un fraude, un timo, un engaño. Un estudiante que aparenta que estudia, no es un auténtico estudiante. La apariencia de justicia, de amabilidad, de belleza, de alegría o de riqueza no son auténticas justicia, amabilidad, belleza, alegría o riqueza.
En cuanto al desarrollo apropiado del ser, diremos, por ejemplo, que alumno de 1º de Bachillerato que actúa como uno de 3º de la ESO no es un auténtico alumno de 1º de Bachillerato; o que un educador que se comporta con sus alumnos como un adolescente, no es un auténtico o verdadero educador.
1.4. En qué consiste el desarrollo apropiado del ser humano
De entre todos los tipos de seres, nos ceñiremos a uno muy especial: el SER HUMANO. Y nos preguntamos: ¿cuándo un ser humano es verdadero o auténtico ser humano? Cuando es lo que aparenta y cuando alcanza su desarrollo apropiado.
1.4.1. En el Homo, un desarrollo es apropiado cuando lo es de toda su envergadura y se alimenta de ocho clases de valores
Cada viviente se nutre de su apropiado medio vital. Pues bien, en el Homo estos medios que nutren su vida de seres valiosos son tres: la Naturaleza y el Cosmos, el medio social, y la Metahistoria. Si deja alguno de estos medios, su desarrollo como ser humano no será completo, apropiado.
Los referidos medios vitales del ser humano le proporcionan valores a su vida pluriforme. La evolución ha hecho que el Homo pueda y necesite alimentarse de ocho clases de valores (biopsíquicos, cognitivos, económicos, estéticos, éticos, lúdicos, religiosos y socio–políticos). Linajes o especies anteriores al Homo sapiens pudieron y necesitaron menos clases de valores, con toda seguridad. Por consiguiente, tampoco será adecuado el desarrollo del Homo si sólo cultiva alguna clase de valores o lo hace con una calidad inferior a la que hemos alcanzado en los albores del siglo XXI.
1.4.2. Por estar el Homo a medio hacer, su desarrollo apropiado comprende dos estadios: el ser humano que ya aparecido y el que está por llegar
El Homo es un ser a medio hacer, es histórico. Por eso tenemos que distinguir en él dos etapas: el ser humano que ya ha aparecido hasta la fecha y el que está por llegar en el futuro. Ninguna de las dos por separado agota lo que es el auténtico ser humano; necesariamente han de incluirse las dos. Marisa, Carmelo, Lucía y Ángel, por ejemplo, desean que se los valore no sólo por lo que son, sino, y sobre todo, por lo que pueden llegar a ser. Así pues, ningún ser humano ha llegado por el momento al desarrollo pleno, a la autenticidad o verdad plenas. El Homo va haciéndose más auténtico en la medida en que se alimente de seres también cada vez más auténticos.
2. EL FRAUDE
El fraude, la falacia, el engaño, la mentira y el timo son los contravalores de la autenticidad, de la verdad. Mientras la autenticidad se refiere a la pureza de los entes, el fraude se halla en la línea de la APARIENCIA DE SER. Hay fraude, asimismo, cuando el ser NO ALCANZA SU DESARROLLO APROPIADO.
Como entre el valor y su respectivo contravalor se da una relación muy estrecha, de mutua implicación, muchas veces recurrir al contravalor es más esclarecedor para conocer el valor. Es lo que pretendemos hacer al dedicar la parte más amplia del tema al contravalor fraude: conocer mejor lo que es la autenticidad, la verdad.
2.1. El imperio del fraude
El fraude es un “contravalor universal” puesto que afecta a todas las experiencias de una cultura. Estamos tan acostumbrados a incorporarlo a nuestra actividad cotidiana, que parece impensable una existencia humana sin fraude. Por eso hablamos del imperio del fraude: se ha apoderado y está extendido por toda la vida humana. El fraude es por ello un lugar privilegiado para detectar las inhumanidades.
2.2. Clases de fraude
No nos fijaremos aquí en todas las formas y modalidades de fraude humano. Analizaremos cuatro importantes clases de fraude, a las que denominamos respectivamente fraude entitativo (del ser), fraude epistémico (del conocimiento), fraude lingüístico y fraude en la comunicación no verbal.
3. EL FRAUDE ENTITATIVO O DEL SER
En el párrafo 1.3. afirmábamos que un SER HUMANO era auténticamente humano cuando desarrollaba toda su compleja y variada vida, cuando se alimentaba de ocho clases de valores y cuando se tenía en cuenta tanto el ser que ya había aparecido como el que estaba por aparecer. Veamos.
3.1. El fraude que supone cultivar sólo algunos aspectos de la vida del ser humano
3.1.1. Hay fraude en la vida humana cuando únicamente se presta atención a los aspectos biológicos o psíquicos de ésta
Hoy se ha despertado entre las gentes una clamorosa exaltación de la vida. ¡Hay que vivir la vida! ¿Qué significado le damos a “vida”? Pocas personas considerarían que vive la vida aquel que estudia filosofía para resolver algunas preguntas importantes, o el que ayuda y acompaña a sus padres un sábado por la tarde, o el que ingresa en una comunidad de monjes budistas, o el que lucha para que nuestras ciudades estén bien gobernadas. ¿Qué se entiende, entonces, por vivir la vida? Posiblemente la mera existencia biopsíquica y económica del hombre sobre el Planeta: ¡salud, dinero, juerga y botellón! (el “ideal de la pocilga” de los antiguos epicúreos).
Ciertamente el Homo es un viviente de la Naturaleza; y en este sentido hay que criticar a los que han despreciado los valores biopsíquicos. Pero no es menos fraude reducir el alimento humano únicamente a los valores biopsíquicos.
3.1.2. La vida humana tampoco es únicamente el pensamiento o el lenguaje
Como decíamos al principio, la verdad no se localiza únicamente en la razón (en el “logos”); y mucho menos sólo en el lenguaje. El logos, como simple pensamiento y palabra, no es TODA la vida del ser humano, sino una parte de ella. Imaginemos a un biólogo que ha llegado a la perfecta comprensión de los mecanismos que producen y dirigen la vida biológica. Ha conseguido la verdad en un ámbito –sólo en uno– del complejo y variadísimo mundo del pensamiento. Pero sería un fraude de hombre si su salud, sus placeres, sus relaciones familiares o ciudadanas fueran pura apariencia o estuvieran raquíticamente desarrolladas, o si no le diera ninguna importancia a la belleza de un paisaje nevado, a la moralidad de sus acciones, a la bondad o tiranía de los dioses a los que adora, a la solidaridad con los necesitados, al placer de los sentidos, etc.
Han existido personajes en la historia –Buda, Confucio y Jesucristo, por citar sólo algunos– que extendieron la verdad a TODA su vida. Muchos seguidores de estos modelos excepcionales, sin embargo, han estado preocupados casi únicamente por que la verdad de su pensamiento y de su lenguaje concordara con los de sus respectivos modelos, y han olvidado imitarlos en la verdad del resto de la vida.
3.2. Fraude en las dos etapas del desarrollo del ser humano
En el párrafo 1.4. decíamos que por ser el Homo un ser a medio hacer, su adecuado desarrollo comprendía no sólo el ser que ya había aparecido, sino también el ser que estaba aún por manifestarse. Habrá fraude, por tanto, cuando no se cumplan estas dos condiciones. Veámoslo.
3.2.1. Es un fraude al desarrollo apropiado del ser humano actuar como en el pasado
Darnos coces como los caballos, mordernos como los perros, ser sucios como los puercos es un insulto a la evolución. Pero no lo es menos actuar como los primeros hombres de Cromagnon, como los romanos o incluso como nuestros abuelos. Hay bastante gente nostálgica del pasado. El ser humano, por estar a medio hacer, nunca debe contentarse con lo que ya ha conseguido en su vida histórica social o individual.
3.2.2. Pero también hay fraude cuando se olvida o no se tiene en cuenta lo que nuestra especie ya ha conquistado en el pasado
¿Por qué, si la especie humana ha sido solidaria, justa, religiosa, respetuosa con la Naturaleza o ha elaborado exquisitos manjares en el pasado, hoy tenemos que olvidar o prescindir de estas conquistas del Homo sapiens sapiens? La evolución humana no consiste en empezar de cero cada vez, sino en ir sumando y acumulando las experiencias positivas del pasado.
3.2.3. Finalmente hay fraude cuando se piensa que el ser humano auténtico es el actual
Ni los seres se nos manifiestan de modo pleno desde un principio, ni tampoco el ser humano. El linaje Homo apareció –repetimos– como un ser a medio hacer, que hay que completarlo a lo largo de la historia. Muchas personas ven la vida como una aventura en la que nos sorprende la muerte cuando apenas hemos avanzado tres pasos hacia lo que es capaz de llegar el Homo. Por tanto, el ser humano plenamente verdadero, auténtico, está aún por aparecer. Quien se conforme con el tipo de hombre que hay en nuestra sociedad de consumo y no trabaje por construir otro más desarrollado, más “humanizado”, se parece a los ilustrados europeos que pensaban que con ellos ya se había llegado a la plena madurez del Homo sapiens sapiens. Recientemente, Fukuyama, un sociólogo americano, escribió un “libelo” (despectivo de “libro”) titulado El fin de la historia. ¡Será cretino el hombre!
4. EL FRAUDE EPISTÉMICO O DEL PENSAMIENTO
Las ideas, conceptos y conocimientos tienen su influencia en la vida, y se han comparado con frecuencia a la luz que ilumina el sendero. Todos los fraudes epistémicos son por ello tinieblas más o menos densas que oscurecen nuestra vida y la orientan por mal camino.
4.1. Un fraude epistémico corriente es el estancamiento y la protección de la forma de solucionar los problemas vitales por parte de la razón
La razón soluciona problemas vitales. Pero la razón –a diferencia del instinto– puede y debe evolucionar en la solución de esos problemas. Sin embargo, los humanos somos reacios a cambiar las soluciones vitales que hemos aprendido en el pasado, pues las hemos hecho parte de nuestra propia vida; de ahí la tendencia natural a proteger dichas formas de solución. Esto, sin embargo, es un FRAUDE, puesto que el ser del Homo está sin acabar, a medio hacer, y necesariamente tiene que evolucionar. De ahí que la nueva (mejor) forma de solucionar sus problemas vitales sea una exigencia del auténtico Homo.
4.2. Otro fraude epistémico es juzgar la validez y autenticidad del conocimiento por la eficacia
La falsedad es en ocasiones muy eficaz. Colón revolvió Roma con Santiago sobre la base de ideas geográficas falsas. Nuestra acción y sus efectos proceden no pocas veces también de ideas falsas. El hombre de la sociedad de consumo presume de usar esta treta de la eficacia a cualquier precio.
4.3. Fabricar un adversario endeble, débil, es un fraude epistémico
Para que se produzca evolución, desarrollo en nuestro pensamiento, es necesario contrastar nuestros conocimientos con las opiniones de otros. Pero hay veces que nos negamos a ese progreso del pensamiento y utilizamos una artimaña para proteger nuestras ideas, nuestra forma de solucionar los problemas vitales: fabricamos en nuestro pensamiento un adversario facilón, endeble, con el fin de vencerlo fácilmente.
Esta treta defensiva no se utiliza sólo en los ambientes epistémicos especializados (libros, clases, conferencias, etc.), sino también en la crítica de “cotilleo” que hacemos a diario: mostramos de modo simplón las opiniones del vecino, de la compañera o del profesor, y, a continuación, las rebatimos sin apenas dificultad. Los políticos son maestros en el uso de esta treta.
4.4. Otro fraude epistémico es aquella apología que está al servicio de intereses egoístas
“APOLOGÉTICA” es la ciencia que trata de la defensa de ideas, personas o cosas. Es bueno hacer apología de los valores. Sin embargo, dicha apología es un fraude cuando se utilizan argumentos inapropiados, selectivos o falsos para justificar por cualquier medio la conducta, institución o cultura que mejor sirve a los intereses del que hace la apología. Tal es el caso de los apologistas de la sociedad de consumo que sólo cuentan maravillas de ella y pasan por alto la inhumanidad que está produciendo en muchos millones de personas.
5. EL FRAUDE EN EL USO DEL LENGUAJE (COMUNICACIÓN VERBAL)
Uno de los más grandes valores que posee el hombre es el lenguaje. La actividad lingüística, por tanto, influye decisivamente en la calidad del ser humano: ennoblece, empaña o corrompe la calidad humana de una cultura.
5.1. La TRAMPA EXPRESIVA es uno de los fraudes lingüísticos más frecuentes: expresamos con el lenguaje lo contrario de lo que pensamos o sentimos
Engañamos cuando con nuestras interrogaciones no nos importa muchas veces llegar a saber lo que preguntamos, sino poner en un aprieto o dejar en ridículo al que preguntamos.
Los engaños tienen lugar, por otra parte, en el lenguaje valorativo: en ocasiones lanzamos orgullosos desprecios sobre cosas que estimamos sobremanera (cuando una chica nos apasiona y nos da calabazas, decimos que no es mi tipo); o, por el contrario, tasamos muy alto lo que interiormente valoramos en poco. Esto sucede cuando adulamos.
Hay fraude cuando recomendamos acciones perjudiciales para el individuo y se las presentamos como beneficiosas (“fúmate este canutillo, que es maravilloso y no tiene ningún efecto perjudicial”).
Mencionamos, por último, la mentira: una trampa del lenguaje que consiste en decir lo contrario de lo que se piensa o se siente.
5.2. El fraude en el lenguaje público
5.2.1. Crear comunidades solidarias y democráticas es el fin del lenguaje público
Dentro del inmenso campo del lenguaje, ninguno más noble y digno que el público. Nos referimos a la palabra que expresa la situación y expectativas concretas de las grandes comunidades, la que se dirige a las mismas con ánimo de organizar lo diferente y lo común, el talante democrático e institucional de sus miembros. En suma, la palabra destinada a generar comunidades solidarias.
Veamos un relato mítico de la Biblia
"Bajó Yahvé a ver la ciudad y la torre que estaban haciendo los hijos de los hombres, y se dijo: «He aquí un pueblo uno, pues tienen todos una lengua sola. Se han propuesto esto, y nada les impedirá llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se entiendan unos a otros»". (Libro del Génesis, 11, 5–7).
Los hijos de los hombres, según el mito, se habían propuesto hacerse famosos escalando el cielo. ¡No podían aspirar a una meta más ambiciosa! Pues Yahvé estaba seguro de que la conseguirían si permanecían unidos en el habla. Tal es el impacto del lenguaje sobre la comunidad de hombres, ya que los mantiene apiñados en perfecta cohesión. El arma de Yahvé para destruir esta comunidad es decisiva: "confundamos su lengua".
5.2.2. Ámbitos del fraude del lenguaje público
Casi todo lenguaje es de alguna manera público. Pero aquí deseamos llamar la atención, por su enorme importancia actual, sobre los fraudes que se producen en los medios de comunicación de masas (mass media) y en el lenguaje de los políticos.
a). El fraude en los mass media (televisión, radio, prensa, etc.).
El principal fraude de estas empresas de la comunicación es que no cultivan sus valores propios sino que los han abandonado y sustituido por el lucro. Sirven lo que agrada al cliente, sea falsa información, violencia, chismorreo, vulgaridad, sexo, etc. Para que el fraude no resulte tan descarado, de vez en cuando se transmiten un concierto de música clásica, una discusión científica o algunas series de la Naturaleza y del Cosmos.
b). El otro ámbito del fraude del lenguaje público corresponde al gobierno y a los políticos
¿Acaso luchan entre ellos porque el lenguaje público sirva para desarrollar el talante democrático o para explicar al pueblo los programas sociales que han de configurar nuestra vida comunitaria? Hoy es frecuente que quienes llegan al poder practiquen el fraude lingüístico en sus formas más variadas.
5.2.3. Algunos efectos que produce el fraude en el discurso público
El fraude en el lenguaje público –un instrumento que necesitamos para construir la comunidad– produce tan graves consecuencias sobre la calidad de la vida humana como las originadas por el deterioro genético o por la degradación medioambiental.
a). El lenguaje público deja de ser, ante todo, el lenguaje de la comunidad para convertirse en el lenguaje que expresa los intereses de unos pocos
Los políticos se apropian del lenguaje de la comunidad municipal o nacional para su servicio; los sindicatos, del de la trabajadora; los jefes eclesiales, del de la creyente; los empresarios, del de la empresarial; los intelectuales protegidos por poder, del de la universitaria. El gran público se queda mudo, sin habla, sin logos. ¿De qué calidad es, entonces, el lenguaje que ha sido arrebatado al pueblo por esas minorías? En muchas ocasiones representa un insulto a la más elemental razón.
b). La temática del discurso público se reduce a unas pocas clases de valores
Los políticos no cultivan ni hablan de los valores sociopolíticos, como sería lo apropiado en ellos. En nuestra sociedad, el discurso público se reduce fundamentalmente al orden, la defensa, y la gestión de los valores biopsíquicos y económicos. No se habla de otra cosa. El ser auténtico que está destinado a enriquecernos –y que abarca mucho más que a estos valores– queda así fuertemente limitado, constreñido, disminuido.
6. EL FRAUDE EN LA COMUNICACIÓN NO VERBAL
6.1. El fraude del formalismo
Nuestra vida comunitaria discurre frecuentemente a través de SIGNOS, es decir, formas (significante) que expresan contenidos (significado). El saludo, por ejemplo, es uno de esos signos, y en él hay forma (apretón de manos, movimiento de cabeza, besos, etc.) y contenido (afecto, respeto, amistad, etc.). Pues bien, un fraude es el cultivo de la forma vacía del contenido apropiado; eso es el FORMALISMO.
6.2. La ruptura de las formas apropiadas
En el extremo contrario del formalismo está el quebrantamiento de las formas apropiadas (no cumplir las normas de cortesía, de educación, de convivencia, etc.). Representa un fraude en la comunicación no verbal entre los humanos. En muchos casos esto no es más que la justificación de vulgaridades, de actitudes hirientes, de exabruptos despiadados, de desgarramientos de la más elemental sensibilidad estética, amén de los consabidos desmadres. Bajo la muletilla “yo tengo que ser ante todo yo mismo” se ha dado rienda suelta a la jauría de los individualismos insolidarios de la sociedad de consumo.
6.3. El cebo valorativo
Entendemos por cebo valorativo el siguiente mecanismo: se llama la atención sobre valores que atraen fuertemente, y a continuación se los utiliza a modo de cebo para conseguir otros que no aparecen a primera vista. Esto es un fraude, un engaño.
El hombre de la sociedad de consumo es un consumado maestro en el manejo de esta trampa. Ahí están esos "inocentes" anuncios de los medios de comunicación de masas. ¿Quieres conquistar de un golpe el inestimable valor de la belleza, ser verdaderamente guapa y atractiva? Pues te basta con utilizar la crema x. ¿Deseas triunfar en la vida, sentirte pleno y feliz? La solución está ahí: cómprate tal marca de coche. ¿Hay problemas en tu casa y habéis perdido el maravilloso valor de la paz? Todo lo soluciona Don Limpio.
A veces algunos políticos apelan astutamente en sus mítines a la defensa de los valores democráticos que hay en la Constitución, cuando en realidad lo que están defendiendo son sus intereses partidistas, sus prebendas, privilegios, negocios, influencias o prestigios (“Para que Asturias siga siendo democrática y no pierda la libertad, el progreso y la dignidad, vota a Mengano”).
No digamos nada de la conducta de las multinacionales del armamento: pregonan por doquier que si promueven la guerra es porque buscan la paz. Todos somos conscientes del uso del cebo valorativo, pues el verdadero motivo no es otro que el de dar salida a sus arsenales de armamento.
6.4. El fraude más evidente en la comunicación no verbal es el de aparentar lo que no se es
El aparentar como esposo o esposa aunque no se amen, como estudiante a pesar de que no pise las aulas, como sindicalista pese a que no luche lo mínimo por la justicia, como político aunque no tenga ni pizca de interés por el servicio público, etc., son máscaras sociales muy corrientes.
Como ha puesto de relieve E. Fromm, quizás la careta preferida del hombre de la sociedad de consumo sea la máscara del tener: aparentar lo que no se es, o no se es capaz de ser, rodeándose de abundantes y numerosos bienes de consumo: trajes, coches, casas, aparatos de todo tipo, etc.
Son muy frecuentes también las máscaras de la dignidad que tienen que adoptar los altos directivos, líderes políticos, jerarquías eclesiásticas, etc. El “rol” que deben desempeñar resulta demasiado elevado, perfecto y solemne para la natural debilidad de los humanos, por lo que no tienen más remedio que ponerse la máscara social.
7. LA PASIÓN POR LA VERDAD
7.1. Lo que entendemos por pasión por la verdad
Entendemos aquí por “pasión por la verdad” la capacidad para que a uno le afecten, le impacten, tanto la PUREZA y el DESARROLLO APROPIADO DEL SER (autenticidad, verdad) como la APARIENCIA y el DESARROLLO INAPROPIADO DEL SER (fraude, falsedad).
A quien tiene poca pasión por la verdad lo mismo le dará la pureza del ser que la apariencia del mismo, la autenticidad que el fraude, el apropiado que el inapropiado desarrollo del ser. Quizás no seamos sensibles a la autenticidad porque no somos sensibles para detectar el fraude y reaccionar ante él. Quien se deja impactar por la verdad se hallará incómodo ante el imperio del fraude; y el que sea sensible al fraude, a la trampa, al engaño, buscará con ahínco la verdad, la pureza del ser, la autenticidad
7.2. El que tiene pasión por la verdad no piensa que “con el fraude se vive mejor”
Se afirma que la autenticidad turba la paz de amistades, familias, negocios, países o del mundo en general. Pensar así es grave, pues no hay engaño mayor que el que intenta justificar el fraude mismo.
Pero, lo que realmente expresan estas formas de pensar es que uno se contenta con mediocridades. Es cierto que la autenticidad puede llegar a turbar y a desestabilizar, pero sólo las APARIENCIAS de paz, orden y armonía o las de baja calidad.

Querido josemari.
Ahora te envío el texto de la conferencia que me encargaron en el convento de santo Domingo de Oviedo para celebrar el 8º centenario de la fundación de la Orden. Lleva por título "El dominico hoy ante las herejías". Qué duda cabe que la Orden de Predicadores se fundó "contra" las herejías, y ello dejó su impronta en el ser dominico. La "véritas" como lema y el estudio como equipamiento esencial de todo fraile predicador confirman esta identidad dominicana de lucha contra los cátaros, valdenses y albigenses. Mi discurso se centró en el valor de las diferencias como constitutivo de toda comunidad. Sin diferencias no existe comunidad humana. Tampoco comunidad eclesial. Pues bien, la ortodoxia se ha empeñado siempre en borrar las diferencias que aportan las herejías (heterodoxia), con lo que se ha privado de una riqueza inmensa.
Baldomero López Carrera
¿Por qué este tema del dominico ante las herejías?
El lema de la orden, LA VERDAD, y el ESTUDIO como equipamiento esencial de un dominico tienen algo que ver, en origen, alcance e interpretación, con esta lucha contra las herejías en la que nacieron los dominicos
Michel Rochebert, en su libro SANTO DOMINGO, LA LEYENDA NEGRA, ha desmentido y desmontado con sólidos argumentos la leyenda negra que ha pesado sobre nuestro padre. Domingo predicó y discutió contra la herejía, pero también habló con herejes en largas sesiones nocturnas. Y nunca los persiguió apoyando o apoyándose en la fuerza militar.
¡Qué duda cabe que el catarismo proporcionó a Domingo la ocasión y algunos medios para poner en práctica su propio ideal evangélico! Me atrevería a decir que no pocas de las prácticas de los herejes –la pobreza, por ejemplo- fueron incorporadas al estilo de vida de los frailes mendicantes dominicos.
Es cierto que los hijos de Domingo emplearon el estudio y muchas de sus energías para luchar contra las herejías no siempre de modo acertado. Es preciso, al menos, reconocerlo.
Precisamente para ser fieles a Domingo, no podemos actuar de la misma manera que él hizo. Sería una traición a la auténtica tradición dominicana, que ante todo es vida, cambio, evolución.
¿Dónde está, pues, esa diferencia entre la actuación de nuestro Padre y la que debemos llevar a cabo hoy día? Me atrevería a decir que en la diversa concepción de lo que son la ortodoxia y la heterodoxia, una de cuyas modalidades es la herejía. Hoy la ortodoxia (la doctrina correcta) y la herejía se ven de otra manera. La «historia de las herejías» no puede seguir siendo un simple catálogo de errores, sino que también tiene que haber un reconocimiento de aspectos importantes de la verdad que conviene recuperar de los herejes
Establecer la verdad y la validez de las propias creencias religiosas es el constitutivo de la ortodoxia. En estas reflexiones no pondré en duda la necesidad de una ortodoxia cristiana; pero sí creo que debe cambiar sustancialmente el modo de ejercerla y de aplicarla.
Voy a mostrar brevemente algunos –sólo algunos– de los nuevos rasgos de la nueva concepción de la ortodoxia y su anverso la herejía. Para ello tomaré como eje conductor dos aspectos que conforman toda comunidad: la unidad y la diferencia. Porque la ortodoxia y la herejía son algo que se producen dentro de la comunidad. Y no sólo eso: atañen al funcionamiento de la misma.
“Comunidad” (común–unidad) significa UNIÓN de varias personas DIFERENTES. Lo común y lo diferencial son, pues, los constitutivos esenciales de toda comunidad humana. Si falta uno de los dos, no existe la comunidad como tal, o está muy deteriorada.
Así, por ejemplo, una comunidad de un colegio se constituye principalmente en torno a valores del conocimiento, si bien incluye muchos más. Los valores que crean las comunidades de banqueros son los económicos; las comunidades de músicos, los estéticos; las comunidades de fútbol, los lúdicos; las parroquias, conventos de frailes o de monjas, los religiosos; las comunidades familiares, nacionales o supranacionales, los sociopolíticos; las comunidades de personal sanitario, los biopsíquicos; las comunidades de defensores de los derechos humanos, los morales.
Lo mismo que no hay comunidad si no existen unos valores que unen a sus miembros, tampoco se da comunidad si no se tienen en cuenta y se valoran los aspectos diferenciales de dichos miembros. ¿Por qué las diferencias?
Fijémonos en el valor de la maternidad. Pues bien, ninguna madre representa la plenitud de lo que es el amor materno, por más que nos cueste creerlo. Cada madre representa una realización parcial del amor materno. De ahí que sean necesarias las diferencias de ser madre: cada una aporta un aspecto enriquecedor que no lo proporcionan las otras. Toda realización de un valor resulta, pues, siempre limitada y parcial.
Lo mismo se puede decir de la religión: ninguna encarna plenamente los valores religiosos. La verdad de la fe religiosa se enriquece con la aportación de visiones religiosas plurales.
Si no hubiera ninguna diferencia entre nosotros, seríamos todos un mismo y único ser. Es lógico, pues, que todos anhelemos ser diferentes, porque queremos mantener nuestra identidad. No es posible la identidad de cada persona sin la diferencia con respecto a las demás.
Cada uno de los dos componentes de la comunidad –los valores que nos unen y las diferencias de cada miembro– intenta imponerse al otro. Lo ideal y conveniente, sin embargo, es que haya un equilibrio, de modo que lo común no anule a la diferencia y que la diferencia no haga desaparecer a lo común.
La vida comunitaria –sea religiosa, familiar, empresarial, hospitalaria, deportiva, musical, etc.– es muy sensible a la desestabilización. Vamos a considerar dos tipos de desestabilización que pueden derivarse de la tensión entre lo común y lo diferencial: la ruptura comunitaria o individualismo y el igualitarismo.
a) Si desaparece lo común, es decir los valores que unen a las comunidades, surge el INDIVIDUALISMO
Decíamos que los valores comunes son los que congregan a varias personas en una comunidad. Cuando desaparecen dichos valores comunes o no se respetan las normas que sirven para cultivarlos, desaparecen los lazos de unión entre sus miembros. Existen individuos juntos, pero no hay ningún valor que los una: no hay experiencia comunitaria, sino sólo INDIVIDUALISMO.
b) En el lado contrario está el IGUALITARISMO, que tiene lugar en una comunidad cuando se borran las diferencias entre los miembros
Cuando desaparece la inmensa riqueza de lo diferente, el igualitarismo causa estragos en las comunidades. El igualitarismo liquida las diferencias y, por consiguiente, produce un nefasto efecto deshumanizador. El igualitarismo se produce cuando una diferencia se impone a las demás o las anula. Son las DIFERENCIAS INSOLIDARIAS. Pensemos, por ejemplo, en lo que ha sucedido a menudo en nuestra historia con las diferencias de raza, color, sexo, religión, idioma, nacionalidad, estamento o clase social, posición económica, carácter, poder, etc.: que en vez de contribuir al enriquecimiento de los otros miembros de una comunidad, los ha deshumanizado porque una diferencia ha suprimido a las demás o se ha impuesto sobre ellas.
Pues bien, desde esta visión de los constituyentes de toda comunidad –la unidad y la diferencia– y de los conflictos entre ellos, pasemos
Un canon religioso rígido, uniforme e inmutable de la ortodoxia no es precisamente un ejemplo de valoración de las diferencias, de que se tenga una visión pluralista de la realidad religiosa. Muy al contrario, intenta suprimir esas diferencias y demonizarlas como herejías. Por desgracia, una interpretación monolítica y autoritaria de nuestra tradición religiosa es la que se ha impuesto a todos nosotros como ortodoxia.
Un apoyo de esta actitud ortodoxa se encuentra en textos cristianos de finales del siglo I. Hay algunos que destacan que toda diferencia respecto del propio grupo es una herejía. Pablo impone el suyo como «único evangelio» (cf. Gal 1,6-9.11-12). La comunidad destinataria del evangelio de Mateo revela actitudes en el mismo sentido Q 11,23 (= Lucas 11,23): «el que no está conmigo, está contra mí».
Tomás de Aquino es el primer dominico que de alguna manera altera la ortodoxia de la teología, que bebía en Platón y en su seguidor san Agustín. Por eso no fue bien admitido en su tiempo.
También resulta llamativo que la Nouvelle Théologie, en la que destacaron como figuras de primer orden los dominicos P. Chenu y P. Congar, fuera perseguida, castigada y considerada casi herética, y, paradójicamente, después fue la que inspiró y orientó el concilio Vaticano II. Ya anciano y enfermo, el P. Congar fue creado cardenal.
La ortodoxia tiene que ser humilde y recordar que la verdad se enriquece con las diferencias. Y los que se consideran como únicos portadores de la ortodoxia tienen que saber que “los diferentes” no son siempre unos depravados, sino que también les anima y les motiva la preocupación por ayudar a la gente a vivir la fe cristiana en profundidad y con todas sus implicaciones.
Según eso, la búsqueda, la tentativa, la exploración, el diálogo e incluso conflicto son actitudes más acertadas para llegar a la verdad de cualquier valor que la seguridad incuestionable del que cree que lo suyo es lo único verdadero.
Esto es algo evidente, y no siempre se tiene en cuenta. Sin embargo es incuestionable que las luchas entre la ortodoxia y la heterodoxia transforman a ambas, de tal modo que las ortodoxias que resultan de la confrontación son ortodoxias nuevas, y éstas a su vez generan herejías o heterodoxias nuevas. Y al revés. Lo que queda después de los conflictos no es solo una nueva “herejía” vencida, sino también una nueva “ortodoxia” triunfante, diferente de la anterior ortodoxia. Pensemos en la reforma protestante y la contrarreforma de Trento.
Por ejemplo, la lengua vernácula propuesta por los protestantes y rechazada en aquel momento por la ortodoxia católica ha terminado por desbancar de nuestras liturgias católicas a varios siglos de uniformismo del latín. Quiere esto decir que la ortodoxia y la heterodoxia se construyen casi siempre en el campo de batalla y no en la tranquilidad del diálogo sosegado. Por eso hay que interpretar las posturas, doctrinas y prescripciones de ambas como exageraciones del ataque o de la defensa: siempre que hay que atemperar sus respectivas posturas.
Los antiguos conflictos doctrinales entre Oriente y Occidente no se debían simplemente a materias de fe. Había muchos intereses políticos de por medio. La historia de la condena de los herejes «no ortodoxos» y los primeros Concilios como el de Nicea, Constantinopla y Calcedonia, revelan también elementos políticos en la creación y fijación de la ortodoxia. A partir de Constantino, custodiar la ortodoxia coincidió a menudo con preservar la unidad del Imperio, y para ello utilizó a la autoridad eclesiástica. Los primeros grandes concilios fueron convocados y presididos por el emperador, no por las autoridades religiosas.
Muchos santos han sido considerados heterodoxos en un momento de su vida y después han sido rehabilitados y ensalzados. Por eso es un error identificar y hacer coextensivo «lo “ortodoxo” con lo “verdadero”». Voy a poner el ejemplo de la ordenación sacerdotal y episcopal de las mujeres. ¿Qué criterios se siguen utilizando para determinar como no ortodoxa la ordenación de mujeres?
– El hecho de que no se haya ordenado a las mujeres durante un largo período de la historia de la Iglesia, ¿nos proporciona un criterio de tradición que excluiría estas ordenaciones para siempre? Así han hecho todos los Papas hasta la fecha.
– ¿Tiene un fundamento en la Biblia la ordenación de las mujeres, y también la de hombres? No, ni lo uno ni lo otro.
– ¿Es una exigencia de la razón que hoy las mujeres presidan las asambleas litúrgicas, cuando vivimos en una época en la que se ha tomado conciencia de que somos iguales hombres y mujeres?
– Si los ortodoxos rígidos fueran coherentes, no argumentarían que Jesús instituyó como apóstoles únicamente a hombres, porque tan válida como esa afirmación es esta otra: Jesús instituyó como apóstoles únicamente a judíos. Lo cual invalidaría la ordenación de quien no fuera judío.
El inevitable y enriquecedor pluralismo de las interpretaciones sobre la fe no significa que cualquier expresión religiosa o teológica sea válida y transmita fielmente un aspecto de la Escritura. No. Se impone como necesario el discernir. Ahora bien, ¿cuáles son esos criterios de validez de lo que es ortodoxo?
Sin embargo, estas tres fuentes para determinar la ortodoxia (la Escritura, la tradición y el magisterio), no son algo claro y evidente, sino que requieren una interpretación de los mismos (hermenéutica, se dice hoy), lo cual trae consigo inevitablemente que surjan las diferencias de interpretación. Un asunto realmente muy complejo.
La lectura crítica de la Biblia ha permitido superar el “literalismo” como criterio intangible e inmutable y sustituirlos por la interpretación profunda, amplia y minuciosa. La propia Escritura aparece claramente confeccionada por un enorme pluralismo, en muchos aspectos irreductible entre sí, con duras tensiones prácticas y hondas diferencias teológicas. No hay que fijarse en lo que dicen, sino en lo que quieren transmitir.
Las creencias y las prácticas cristianas fueron incluso más diversas durante sus primeros siglos de lo que lo son actualmente. Las personas que seguía o creían en Jesús de Nazaret durante los dos primeros siglos, y posteriormente, tenían ideas muy diferentes sobre quién era, de dónde procedía y qué significado tenía su muerte —si es que su muerte era realmente importante para ellos—. Un significativo número de textos cristianos primitivos se centran en su enseñanza u orientación más bien que en su muerte y resurrección.
La cadena de los testigos de la Palabra de Dios se extiende desde Moisés hasta los profetas y los apóstoles, y de estos llega justo a los obispos y los presbíteros del presente. Esta impresionante continuidad histórica constituye otra prueba más de la autenticidad de la Iglesia, además de su incuestionable apostolicidad. Quien llega a los apóstoles posee la verdad. Habría que preguntarle a san Ireneo si la curia vaticana, con su poder, sus riquezas y su boato ya estaban en los escritos de los apóstoles.
Hay que decirle a Ireneo que la tradición y el magisterio están fuertemente condicionados en cada momento por su respectiva cultura. Y es imprescindible y necesario descubrir en qué están condicionados. El establecimiento de lo que es ortodoxo está condicionado por la historia y reviste formas distintas, en respuesta a las necesidades y desafíos de cada época.
Por consiguiente, la dilucidación de la ortodoxia de la fe cristiana en la Escritura, en la tradición y en el magisterio de la iglesia no es nunca evidente ni sencilla, sino que requiere un trabajo arduo de interpretación.
Sin embargo, una de las pruebas decisivas de la ortodoxia cristiana es un estilo de vida genuinamente cristiano. La puesta en práctica del Evangelio en nuestro mundo actual debe ser uno de los criterios para establecer qué es lo ortodoxo y qué lo heterodoxo.
En ese evangelio juega el papel de núcleo central el amor tal como lo vivió Jesús. A lo mejor muchas actuaciones en nombre de la ortodoxia cristiana no han tenido en cuenta este supremo valor y han excluido a los herejes o heterodoxos sin mucho miramiento, con poco amor. Para san Agustín el amor ofrece el mejor acercamiento a las cuestiones de la ortodoxia.
Así pues, la ortodoxia necesita acompañarse de una correspondiente vida práctica de fidelidad al Evangelio y al sendero de Jesús de Nazaret: la ortopraxis.
Mateo, en el capítulo 25 dice:
37 Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? 38 ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? 39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” 40 Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” 41 Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. 42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; 43 era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.” 44 Entonces dirán también éstos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” 45 Y él entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.”
Mateo sostiene con firmeza que lo correcto de las creencias no es lo que cuenta en última instancia ni principalmente para definir la identidad cristiana. Lo que tiene más importancia son las acciones correctas de amor y justicia hacia los marginados, los pobres, los oprimidos, los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. (Últimamente, los clérigos cristianos –y muchas personas arrastrados por ellos– han valorado más la ortodoxia de los partidos políticos que su ortopraxis cristiana.)
Además, el evangelio de Mateo, que se asemeja a un manual de creencias y leyes correctas para los nuevos líderes de la comunidad cristiana emergente, presenta también de forma sorprendente la nueva ética radical más específicamente cristiana del amor ilimitado en el Sermón del Monte (Mt 5–7).
León Tolstói sostenía con todo acierto que las exigencias ético-políticas del amor evangélico radical que aparece en el Sermón del Monte de Jesús constituyen permanentemente la crítica más fuerte del cristianismo a todos los sistemas mundiales y también a la propia Iglesia cristiana.
Dios revela su identidad divina especialmente en las historias del sufrimiento. La memoria peligrosa del sufrimiento, de la crucifixión y de la resurrección, se encuentra en el núcleo de una interpretación cristiana de la ortodoxia.
La cultura, en gran medida inconsciente pero sistemáticamente eficaz, siempre se ha incorporado en las expresiones históricas de ortodoxia. Y eso hay que saberlo. Por ejemplo, las ideas que nosotros tenemos sobre la situación marginal de la mujer, sobre otras razas, sobre las clases sociales, sobre el eurocentrismo, el colonialismo, etc. son a menudo probablemente inconscientes, pero, a pesar de ello, ejercen una distorsión fuerte sobre la percepción de lo que es ortodoxo. No hay una cultura inocente, ni una tradición inocente, ni una ortodoxia inocentes.
La religión ha dejado de ser la instancia determinadora de lo ortodoxo, función que había ejercido durante muchísimo tiempo y hasta hace bien poco. Ahora son los valores económicos y los biopsíquicos los que definen la ortodoxia y la heterodoxia absolutamente de todo. Es el modelo humano del consumo el que configura hoy la ortodoxia. Hay conflicto con los demás ámbitos de vida, pero el económico y el biopsíquico no respetan la autonomía de los demás ámbitos. Todo lo referente al dinero tiene pretensiones de verdad absolutamente segura e incuestionable en todos los campos. La ciencia investiga sólo aquello que da dinero. La validez de todos los valores se mide por el dinero.
Ninguna herejía es hoy tan grande y tan dañina. ¿Cómo combatir esta herejía? ¿Por qué la teología de la liberación fue calumniada, perseguida y declarada casi una herejía? ¿No habrán sido los poderosos del dinero los que han “engañado” al Vaticano para que paralizara a unos teólogos tan comprometidos con la causa de los muy pobres? Traigo a colación un texto del dominico Edward Shillebeeckx. La influencia de Schillebeeckx ha sido notoria y extensa desde el Vaticano II. Siempre se ha movido en el filo de la navaja entre la ortodoxia y la heterodoxia, inclinándose más bien hacia el lado de esta última. El texto fue publicado ya en 1977, y sobre POR QUÉ LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA NO SE IMPLICA EN LA LIBERACIÓN DEL «SISTEMA SOCIAL EN EL QUE VIVIMOS» PARA SALVAR A LOS MÁS NECESITADOS, Schillebeeckx dice lo siguiente:
«Es un hecho que las Iglesias y sus instituciones constituyen un elemento integrante de la sociedad burguesa, a la que las unen innumerables nexos. Estas Iglesias no pueden subsistir económicamente, en unas circunstancias históricas dadas, si no se adhieren de hecho a la sociedad burguesa (capitalista). Por consiguiente, se adaptan al sistema económico y político dominante. En tal situación, el desarrollo de las instituciones eclesiásticas, aunque se inspiren en el más puro espíritu evangélico, depende concretamente del desarrollo del capitalismo y va unido a él. Así lo demuestra también la aportación económica de los medios financieros en apoyo de las actividades «no progresistas» de las Iglesias. Como consecuencia de tal situación, las Iglesias no podrán decir una palabra de liberación en los momentos de crisis. Aunque internamente se distancien de un sistema que hace a los pobres cada vez más pobres y a los ricos cada vez más ricos, están tan ligadas a él institucionalmente, que han de mantener la boca cerrada. Para poder anunciar su mensaje deben guardar silencio, con lo cual se encuentran en un círculo vicioso. Para subsistir como Iglesias se ven obligadas a silenciar las exigencias del evangelio. ¿Será que las Iglesias han olvidado que el seguimiento de Jesús puede costarles la vida?»
(Schillebeeckx, Cristo y los cristianos, Cristiandad, Madrid, 1982, pp. 773–774)
Especialmente en los períodos de cambio radical, como es el nuestro, muchas personas pueden sentirse amenazadas y no están dispuestas a abandonar la manera que tuvieron siempre de vivir su fe, que es para ellas como un puerto seguro en el que esperan proteger sus vidas cada vez más vulnerables ante las perturbadoras fuerzas del cambio. Aunque sea doloroso reconocerlo, resulta innegable que en los últimos tiempos se ha impuesto un talante de ortodoxia a la antigua: excluyente, que ha creado una desconfianza crónica y una actuación condenatoria para toda diferencia y contra todo intento de renovación. Pero si hubiéramos pensado siempre así, estaríamos anclados en la edad de piedra. Y el Apocalipsis, en 21, 5 nos dice: "Y el que está sentado en el trono dijo: He aquí que yo hago nuevas todas las cosas". Y no se pueden hacer nuevas todas las cosas si los cristianos nos aferramos a la ortodoxia de siempre, a no ver la riqueza que aportan las diferencias, a no movernos de donde estamos.
Oviedo, 18 de abril de 2016
Quiero haceros partícipes de un artículo que publicó en su día un compañero que lo fue en La Voz y, en el momento de la publicación, en Diario 16. Era 1998, allá por agosto. Se llamó, porque ya falleció, Luis Alvite. Por la mañana trabajaba en una sucursal bancaria, por la tarde hacía sucesos de Santiago para la redacción de La Voz de Galicia y por la noche vivía. Nunca se supo cuándo y dónde dormía.
Cuando el Grupo Voz compró la cabecera de Diario 16 quiso hacer un periódico joven, atrevido, de izquierdas (si es que algún empresario criado en el capitalismo puede permitirse ese lujo), pero no lo consiguió. Sí que fuera bastante de izquierdas y progre; pero no que fuera un periódico, porque el poco éxito en las ventas lo hizo desaparecer pronto.
Pero mientras salió a los quioscos, brilló entre la mediocridad que lo rodeaba. Y una de sus páginas más brillantes era la última, en la que José Luis Alvite, sorprendentemente para los que lo conocíamos, firmaba todos los días: el artículo casi nunca llegaba a tiempo, pero siempre llegó.
Los textos de Alvite, acogidos en una sección que tituló "Almas del 9 largo" estaban llenos de referencias al cine y la novela, especialmente negros, y disparaba sus frases y metáforas con una precisión sobrecogedora que creó lectores seguidores próximos al fanatismo literario. Uno de ellos fue Carlos Herrera, que también le hizo sitio en su programa cuando andaba por Onda Cero y le apoyó en la edición de algún libro. Recuerdo que en las mañanas en que Herrera anunciaba a Alvite siempre decía: "Hoy tendremos a Alvite, pero ni nos ha llamado todavía, ni nos coge el teléfono, así que a lo peor no lo tenemos".
He de decir que soy feliz poseedor de todos los artículos que firmó entre el 5 de mayo de 1988 y el 7 de noviembre del 2001 (todos los publicados en Diario 16, ya que después de esa fecha publicó, ya traumáticamente alejado de La Voz, en La Región y Faro de Vigo). Y para mi particular solaz y disfrute (solo para eso) los estoy montando en una maqueta que quizás algún día será una edición de un solo ejemplar copiado en mi modesta impresora. Solo por el placer de tenerlo y ojearlo. Ahora mismo no sé de quién son los derechos de esos textos, (del periódico, supongo; o de la familia; o de algún otro editor) ni me apetece buscar al dueño porque estoy jubilosamente jubilado, como sabéis, y si quiero conservar mi pensión (¡qué sea por mucho tiempo!!) no puedo trabajar, o al menos cobrar por ello, ni aunque le dé su parte a la Hacienda Pública y a la Seguridad Social.
Y tras esta larga introducción, que al iniciarla no pretendía al que lo fuera tanto, os dejo una muestra, algo atípica, de su estilo más popular, pero que os ilustrará su manera de ver las cosas. Pensad que cuando escribió esto tenía la misma edad que nosotros ahora, lustro arriba, lustro abajo.
Si hay interés, otro día colgaré un ejemplo más fiel de su literatura, acorde con lo que por ahí arriba os he dicho. Espero que me deis la razón a la vista del artículo que abre esta entrada del blog, un pdf del primer artículo que publicó y que es una declaración de intenciones, y de este otro que más abajo os transcribo.
Que los disfrutéis con salud.
lalo Mayo
Nota del furriel.- os dejo el artículo en PRENSA de Ver Fotos/Doicumentos.