Y la vida sigue ...
Querido Josemary. El tema de los valores y de los contravalores es el tema estrella del pensamiento de Eladio Chávarri y el eje donde se resuelve toda la vida del ser humano, desde el nacimiento hasta la muerte. Aunque he adelantado algo de los valores en los otros temas que has publicado en este blog, aquí vienen explicados con más precisión y amplitud. No conozco nada de la hondura de su pensamiento al respecto. Aunque casi todo el mundo habla de los valores, sobre todo el clero y las monjas católicos, creo que no saben ni de lejos lo que se traen entre manos.
Baldo
1. Los valores y los contravalores
son el alimento del ser humano
¿De qué se alimenta el viviente Homo? De seres. Tales seres, en cuanto que son su alimento, le resultan valiosos (valores) o disvaliosos (contravalores). Por tanto, el ser humano se alimenta de valores y de de contravalores. Ahora bien, si, como decía FEUERBACH, cada uno es lo que come, los valores/contravalores tendrán que ser uno de los ejes sobre los que gire nuestra reflexión sobre el ser humano. Antes de abordar algunas reflexiones sobre los valores, necesitamos decir algo sobre el ser, pues los valores son los seres.
0. “Ser” o “ente”
0.1. Entendemos por “ser” o “ente” todo lo que ha existido, existe o puede existir de cualquier modo
“De cualquier modo” quiere decir que el ser puede existir fuera del pensamiento o dentro de él. Un perro, Juan Carlos I o las rosas del jardín existen fuera de nuestro pensamiento; pero el amor que Calixto profesó a Melibea, el teorema de Tales, un complemento directo, el feminismo, etc., son seres que existen sólo cuando los pensamos. “De cualquier modo” significa también que los seres pueden existir de forma independiente o bien existir en otros. A los primeros los llamó Aristóteles “sustancias”; a los segundos, “accidentes”. Un ejemplo de sustancia es la manzana. El color, el sabor, la forma de la manzana son, sin embargo, accidentes.
Así pues, “ser”, o “ente”, tiene un campo de aplicación muchísimo más amplio que el de “cosa”, que el de ser que existe fuera de nuestro pensamiento y que el de “ser autónomo” (sustancia), puesto que hay “seres” que ni son “cosas” (el amor, la paternidad, un saludo, por ejemplo), ni existen por sí mismos (porque son accidentes), ni están fuera de nuestro pensamiento (porque son ideas).
0.2. En el amplio “dominio” del ser podemos distinguir a su vez tres “subdominios”
0.2.1. El subdominio de los seres hechos por nosotros
El vestido y el papel, los automóviles, el habla y los números, las teorías científicas, las fiestas y las ciudades, las obras de arte, los juegos y los vinos, los ordenadores y las carreteras, los libros y las cloacas son seres hechos por nosotros. Probablemente este subdominio es el que está más implicado en nuestra vida.
0.2.2. El subdominio de los seres transformados por nosotros
Gran parte de los seres de los reinos mineral, vegetal y animal han sido modificados por nosotros para que intervengan en nuestra existencia. A este subdominio lo denominamos también “antroposfera”. Así pues, pertenece a ella cuanto recibe la impronta del ser humano, sean mares, ríos, espacios atmosféricos y estratosféricos, bosques, campos, compuestos químicos, animales y plantas. En el último siglo la expansión de la antroposfera no cesa de crecer –y también de preocupar, por sus efectos negativos–. Hemos de señalar que el ser más transformado entre los transformados por nosotros, a la vez que el más implicado en nuestro desarrollo vital, es el propio hombre.
0.2.3. El subdominio de los seres no hechos ni transformados por nosotros
A este subdominio pertenecen, por ejemplo, la gigantesca cantidad de energía que vierte el sol sobre los planetas, las galaxias o la densa esfera de hierro que llena el espacio interior. Veremos, sin embargo, que estos seres no son del todo “no–hechos” por nosotros, puesto que desde el momento en que se relacionan con el ser humano, éste los transforma, al menos con su conocimiento.
1. LA VIDA DEL ser humano COMO unidad y PLURALIDAD diferenciada
1.1. El quid de todo el planteamiento que va a seguir radica en la afirmación de que la vida humana no es monolítica y uniforme, sino que se ramifica en grandes y DIFERENCIADAS VERTIENTES VITALES
Las podemos llamarlas vertientes porque a través de ellas fluye la variada vida humana y, como veremos, también a través de ellas penetran los seres que alimentan al ser humano. Pues bien, cada una de estas vertientes se diversifica a su vez en sus propias variaciones vitales. Y éstas, como último eslabón de la cadena de la vida, se concretan y encarnan en sus también propias vitalidades concretas. La vertiente vital cognitiva, por ejemplo, se ha manifestado a lo largo de la evolución humana en muchas variaciones vitales cognitivas: saberes ordinario –el más amplio e importante–, científico, filosófico y teológico. Cada una de estas variaciones se ha concretado a su vez en multitud de conocimientos concretos, de vitalidades cognitivas concretas. Así pues, la vida se manifiesta como una inmensa red unida y, al mismo tiempo, diferenciada en vertientes vitales, sus variaciones vitales y sus vitalidades concretas. No podemos hablar de la vida del hombre como si fuera un magma indiferenciado, pues estaríamos pasando por alto las infinitas vitalidades de las que se compone, es decir, la vida específica que se produce en cada una de las vertientes vitales, en sus variaciones y en sus vitalidades concretas. Así pues, la vida se manifiesta como una inmensa red unida y, al mismo tiempo, diferenciada en vertientes vitales, sus variaciones vitales y sus vitalidades concretas. Pues bien, cada vertiente vital es realmente vida y con todo derecho, pero ninguna de ellas por sí sola no es toda la vida humana. ¡Cuántos errores se siguen produciendo en las reflexiones sobre la vida humana cuando ésta se la reduce previamente a unas pocas vertientes vitales y se ignoran por completo las demás, que son tan vida humana como las escogidas!
1.2. La muerte es el anverso, la negación de la vida, y por tanto, sigue el mismo proceso de diferenciación que ésta
En los humanos no existe la muerte en general, sino muchas muertes diferenciadas: en cada vertiente vital, en sus respectivas variaciones vitales o en las vitalidades concretas se da un tipo de muerte específico y apropiado. No solemos darnos cuenta de que a lo largo de nuestra historia morimos o estamos muertos a muchas y variadas vitalidades, no a una sola.
2. Los valores y contravalores como alimento de la vida humana
2.1. La vida humana, a través de sus vertientes vitales, variaciones y vitalidades concretas se alimenta de seres
Estos seres son estimados por la persona como beneficiosos si fomentan el desarrollo de su vida en sus vertientes vitales, o como perjudiciales si la deterioran o destruyen. En el primer caso, esos seres son denominados valores; en el segundo, disvalores o contravalores.
2.2. La relación que se da entre esos seres valores/contravalores y las vertientes vitales humanas es una relación de mutua constitución o co–implicación
Los seres valiosos y disvaliosos se hallan implicados, como su alimento, en la constitución y desarrollo de las vertientes vitales, en sus variaciones y en las vitalidades concretas. El oído, por ejemplo, no existiría si no hubiera seres sonoros. Y también sucede al revés: no habría seres sonoros si no existieran vertientes vitales auditivas. Es decir, que las vertientes vitales, sus variaciones y vitalidades entran en la constitución y desarrollo de los seres como valiosos y disvaliosos. Y, recíprocamente, los entes o seres valiosos y disvaliososo intervienen en las formación de las vertientes vitales.
2.3. Por consiguiente, los valores son simétricamente y a la vez manifestación de vida humana y de ser; los contravalores, por el contrario, de no–ser y de muerte humana
Muchos autores sitúan a los valores y los contravalores en los seres: tal ser es valioso o disvalioso. Otros muchos autores ubican los valores y los contravalores en la persona, en los estados vitales que producen los seres. Eladio Chávarri considera a los valores como constituidos de ser y de vida a la vez. Y en mutua relación. La manzana que comemos es valiosa porque desarrolla algunas vertientes vitales del ser humano. Al mismo tiempo dichas vertientes vitales no se desarrollarían si no existiese es ser que llamamos manzana. Tomemos, por ejemplo, la experiencia artística de la pintura. En ella se crean nuevos entes, como estudios, cuadros, bocetos, lienzos, pinturas, pinceles y demás utensilios pictóricos; la luz, el espacio y los colores adquieren matices entitativos peculiares; se manifiestan a la vez en el hombre hasta entonces desconocidos aspectos vitales. Aparecen, en efecto, nuevas visiones del ojo, nuevas actualizaciones de la inteligencia relacional, nuevas habilidades manuales, nueva imaginación, nuevas afecciones, emociones y pasiones, nuevas preocupaciones, nuevas decisiones, nuevas libertades, nuevas relaciones con los demás. La obra pintada, por tanto, es un valor que está constituido al mismo tiempo por ser, por vitalidades humanas y por la relación valorativa entre ambos.. Pero esto no es privativo del arte, como muchos teóricos quieren hacernos ver, sino que es constitutivo de todos los valores y contravalores. ¡Que uno coma una buen plato de chorizo de la Alberca (Salamanca) –un valor excelente, sin duda– y verá cuántas vitalidades valiosas de desarrollan en él por la relación con el chorizo. Así, pues, los tres constitutivos del valor –ser, vida y relación valorativa entre ambos– son esenciales y se dan siempre a la vez. Por eso Chávarri entiende los valores como relaciones, cuyos componentes son la vida humana, los seres y el enlace entre los seres con aspectos vitales del ser humano.
A esta relación de mutua implicación la llama relación valorativa. Es preciso tomar conciencia desde ahora de que sin seres, sin vitalidades humanas y sin enlaces entre unos y otras no pueden darse las relaciones valorativas, y, por consiguiente, tampoco lo valioso y disvalioso.
Así pues, cuando hablemos de valores y de contravalores incluimos necesariamente y a la vez a sus tres componentes: vertientes vitales, seres y relaciones entre unas y otras. Nunca nos referiremos a uno solo, aunque, para no fatigar al lector, no siempre explicitaremos los tres. También usaremos indistintamente valores/contravalores y dimensiones valorativas
3. LOS CONTRAVALORES
3.1. El contravalor es el ser en cuanto que deteriora o suprime alguna vertiente vital humana
El agua, por ejemplo, es un valor cuando desarrolla una vertiente vital del ser humano, cuando satisface nuestras necesidades, cuando es la solución correcta a un problema vital; pero resulta un contravalor cuando nos ahoga, inunda nuestras casas, nos moja un traje, huele mal o está contaminada. El contravalor deteriora alguna vertiente vital humana; es, por tanto, la solución errónea a un problema vital, por lo que no desarrolla nuestro ser humano, sino que nos deshumaniza (zapato incómodo, feo y caro, por ejemplo). Los seres contienen centenares de aspectos capaces de enriquecernos, pero también de deteriorarnos o de destruirnos; por consiguiente, entran en relación con nosotros como valores unas veces, y como contravalores, otras.
3.2. NO nos atraen los contravalores, sino sólo los valores
Parece que nos atraen los contravalores, pues vemos que hay muchas personas que se drogan, que son injustas, que matan, que se suicidan, que no quieren estudiar, comer o dormir, etc. Hemos de afirmar, sin embargo, que sólo buscamos los valores. Lo que sucede es que en todo ser se dan juntos los valores y los contravalores, y no es fácil separarlos. Por eso quien desee los valores, tendrá que cargar con los contravalores que están asociados a ellos. En el consumo de drogas, por ejemplo, se desean estados placenteros, euforia, huida de dificultades, superación de la timidez, no sentir cansancio, etc., todos ellos maravillosos valores. La degradación del organismo, las conductas antisociales y otros contravalores no son queridos directamente, sino que –en el caso de las drogas– vienen inseparablemente unidos a los valores que ellas proporcionan.
3.3. Los contravalores forman parte de nuestra vida a igual los valores
Las utopías y la mayoría de los diseños que se hacen del ser humano se construyen a base de valores y están ausentes los contravalores. Pero en el ser humano tal como ha existido, existe y existirá, los contravalores y los respectivos valores forman parte de la entraña del mismo. Junto a los variados tipos de esperanza existen otros tantos de desesperanza; la ignorancia acompaña a todo saber. Por eso, para entender los valores y los contravalores es preciso tomarlos correlativamente, en relación mutua. No cabe comprender esperanzas, enfermedades, mansedumbres e infelicidades separadas y al margen de sus correspondientes desesperanzas, saludes (permítase), violencias y felicidades.
4. Una muestra de ocho vertientes vitales y de sus correspondientes dimensiones valorativas
Hay millones de vertientes vitales, pero aquí escogemos una muestra de ocho.
a) Si nuestra vida se ramifica en una diversidad de vertientes vitales, entonces también hemos de afirmar que se alimenta de una correspondiente diversidad de dimensiones valorativas, que incluye, como hemos repetido, los seres, las vertientes vitales y la relación de enriquecimiento o deterioro (relación valorativa)
Las manifestaciones específicas y diferenciadas de ser –los entes– nutren, conservan y desarrollan vertientes de la vida humana también específicas y diferenciadas. ¿Cuántas son esas vertientes vitales específicas y sus correspondientes dimensiones valorativas? Aquí escogemos una muestra de ocho. Estas ocho grandes relaciones simétricas entre vertientes vitales y dimensiones valorativas son las siguientes, a las que podemos dar los nombres de dimensiones valorativas biopsíquica, cognitiva, económica, estética, ética, lúdica, religiosa y sociopolítica. Como –volvemos a repetir– las presencias de lo valioso y disvalioso se dan a la vez en las vertientes de la vida humana y en los entes, esas ocho grandes dimensiones valorativas son a la vez profundas y específicas manifestaciones de ser valioso y de vida humana valiosa.
b). Axioma protector de la diversidad valorativa
Cada dimensión valorativa contiene un tipo de diversidad y afinidad de presencias de lo valioso y disvalioso. Por eso, las dimensiones valorativas y sus variaciones son irreductibles entre sí; son, asimismo, insustituibles unos por otros; y el cultivo de los pares valorativos es intransferible de un marco específico a otro.
4.1. Los seres son valores/contravalores biopsíquicos cuando desarrollan/deterioran la vertiente biopsíquica del ser humano
La vertiente vital biopsíquica del ser humano se refiere al funcionamiento del cuerpo y de su psiquismo. Tal vertiente biopsíquica comprende a su vez cinco ámbitos:
a) La conservación y deterioro del individuo o de la especie. Los seres son considerados valiosos o disvaliosos porque contribuyen a nuestras «vida–muerte», «salud–enfermedad», «vigor–decrepitud», etc. Tal sucede con medicamentos, ordenadores, alimentos, viviendas, ropas, climas, ejercicio físico, edad, Dioses o políticos. Todos pueden recibir de los humanos esta valoración biopsíquica.
b) El placer–displacer de los sentidos. Los seres pueden ser valiosos o disvaliosos para nuestros sentidos. De ahí resultan los pares valorativos relativos al «gusto» (sabroso–insípido, exquisito–vulgar), al «olfato» (perfumado–fétido), al «tacto» (suave–áspero), al «aseo personal» (limpio–sucio).
c) La «relación sexual». Los seres son valiosos o disvaliosos porque contribuyen o no a la existencia, placentera o displacentera, de las relaciones sexuales. De este modo, personas, árboles, plantas, objetos, habitáculos, ropas, etc. pueden ser considerados valiosos–disvaliosos bajo esta modalización biopsíquica.
d) Los estados psíquicos anímicos. Los seres pueden ser valorados por su contribución a que nuestro estado anímico sea «optimista–pesimista», «valiente–tímido», «alegre–triste», «eufórico–deprimido», «tranquilo–nervioso», etc. En este caso, son valiosos–disvaliosos desde el punto de vista biopsíquico.
e) La limpieza y la suciedad. Este par valorativo es muy notable y ha constituido sin duda un gigantesco salto evolutivo en el constante progreso de la vida humana. Mucha gente goza de los modos más diversos con las distintas experiencias de la limpieza, al mismo tiempo que padece otros tantos tormentos con las respectivas suciedades. Por ejemplo, las presencias relativas al aseo personal, a las prendas de vestir, a enseres de todo tipo y a espacios de cualquier índole. Fijémonos la infinita variedad de medios y técnicas inventados para el cultivo de estos valores.
4.2. Los seres son valores/contravalores económicos cuando desarrollan/deterioran la vertiente económica del ser humano
La vertiente vital económica se refiere a “saber administrar la casa”. (La palabra “economía” proviene de dos términos griegos: oikos = casa, y nomos = gobierno, administración) Realmente, los entes son valiosos para el Homo bajo la modalización económica cuando contribuyen a la producción, comercio y consumo de los seres. La relación crucial económica se concentra en la demanda y oferta de mercancías. Mercancía es algo que se obtiene o se traspasa a cambio de una cantidad convenida de dinero. Ya sean los entes generados en las fábricas o cultivados en el campo, como los zapatos y los automóviles, los melones y los cereales han adquirido su identidad de mercancía al ser marcados con un precio.
Puesto que muchas de las vertientes vitales del ser humano están implicados en las mercancías, las relaciones valorativas económicas, en su doble sentido positivo y negativo, se manifiestan abundantemente en ellas. Podemos considerar a las mercancías como el centro de esta dimensión valorativa, y en ella distinguiremos tres variaciones valorativas: creación, asignación y distribución de mercancías.
Los entes reciben según esta modalización las valoraciones de «caros–baratos», «necesarios–superfluos», «útiles–inútiles»; las personas se dicen «ricas–pobres», «en activo–en paro», «consumistas–austeras», «trabajadoras–vagas»; las clases sociales, «proletarias–burguesas», «altas–bajas»; los países, «desarrollados–subdesarrollados».
4.3. Los seres son valores/contravalores cognitivos cuando desarrollan/deterioran nuestra curiosidad, o lo que es lo mismo, la vertiente vital humana llamada conocimiento
Los seres pueden ser tomados como objeto de conocimiento, de saber, de investigación por parte del Homo. Y en este aspecto resultan valiosos o disvaliosos para su desarrollo en su vertiente de conocedor. Los seres en cuanto que satisfacen nuestra curiosidad son valores cognitivos. Así, por ejemplo, el científico puede sentir curiosidad por saber la estructura, funcionamiento y propiedades de la célula. En este caso, está valorando la célula desde una perspectiva cognitiva. La curiosidad puede dirigirse a saber cuántos años tiene Messi o a cómo se llama el último acompañante de una artista famosa.
Uno de los motivos por los que el hombre tiende a desarrollar sus vertientes vitales cognitivas es el de desvelar la escondida y enigmática estructura entitativa de los seres. Y esto acontece porque los entes conocidos se muestran menos extraños, más cercanos a nosotros, y hasta familiares a nuestra propia sustancia.
Por otra parte, el conocer proyecta a la vez que arranca rayos de luz de cada ente que enfoca, de modo que nos permite orientarnos en el medio vital que habitamos. La ignorancia, en cambio, ha sido siempre identificada con las tinieblas.
Todos los saberes de cualquier tipo (común, científico, filosófico, teológico) son, pues, valoraciones de los seres bajo la perspectiva cognitiva.
4.4. Los seres son valores/contravalores estéticos cuando desarrollan/deterioran la vertiente estética del ser humano
Cuando los seres son valorados por su belleza–fealdad es que están desarrollando nuestra vertiente estética. La mayor parte de los seres, ya se trate de un cielo estrellado, una flor, una escultura, un poema, el alcalde de Oviedo, una muchacha o un olmo seco pueden ser valorados bajo el par bello–feo.
Lo bello y lo feo se muestran en una inmensa diversidad y afinidad de formas: en los seres naturales (humanos y no humanos), en las diversas artes y sus variaciones (la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, el cine, etc.); en la técnica (las demandas del mercado exigen que los aviones, los coches, las pinturas, los muebles, las servilletas, las ventanas y los salones sean bellos, si bien no pocas veces caen en los dominios de lo feo. El hecho de que los entes adopten el ser propio de la mercancía favorece mucho la difusión de lo bello por el mundo: las mercancías tienen que ser bellas para ser vendidas)
4.5. Los seres son valores/contravalores lúdicos cuando desarrollan/deterioran la vertiente lúdica del ser humano
Lúdico viene de “ludus” = juego. El ser humano jugó siempre, como también juegan los chimpancés, los perros o los gatos. Pues bien, todos los seres en cuanto que desarrollen/deterioren la vertiente jugadora del ser humano son valores lúdicos.
Cada día está más extendida la idea de calificar de lúdicas todas las actividades que no estén sujetas a un salario o a un horario laboral y son placenteras. Es un error. Tocar el piano para divertirse no es una actividad lúdica, sino artística o estética. La diversión pueden producirla todos los valores, no sólo los lúdicos. Por el contrario, hay gente que se aburre soberanamente cuando no le queda más remedio que jugar al fútbol con sus hijos.
Podemos distinguir tres variaciones de la dimensión valorativa lúdica: de acción (saltar, correr, nadar, gimnasia, esconderse, lucha de cuerpo a cuerpo, etc.); con tablero y con pelota.
4.6. Los seres son valores/contravalores religiosos cuando desarrollan/deterioran la vertiente religiosa del ser humano
Los humanos pueden considerar como valiosa o disvaliosa para sus vidas la relación con la divinidad. Pues bien, todos los seres que contribuyan al desarrollo o mengua de esta vertiente de relación con la divinidad recibirán el calificativo de valores o contravalores religiosos. El diablo, el cielo, los sacerdotes, las iglesias, mezquitas, la oración, la semana santa, etc. son valoraciones religiosas de seres suprahumanos, de estados, de personas, de lugares, de acciones, de tiempos, etc. La valoración religiosa da lugar a que se estimen los seres bajo el par «sagrado–profano». Los hombres se dividen, bajo la valoración religiosa, en «creyentes–incrédulos».
4.7. Los seres son valores/contravalores socio–políticos cuando desarrollan/deterioran la vertiente sociopolítica del ser humano
Hay socialidad cuando el otro es indispensable para conservar, aumentar o disminuir en algo vitalidades mías; cuando, asimismo, yo soy imprescindible para conservar, aumentar o disminuir en algo vitalidades del otro; y, por supuesto, cuando nos necesitamos mutuamente para conservar, aumentar o disminuir en algo esas respectivas vitalidades. Cuando se mira a los seres como valiosos o disvaliosos por la función que desempeñan en las relaciones sociales del hombre con los demás seres humanos, estamos haciendo de dichos seres una valoración sociopolítica. La valoración del ámbito de las relaciones sociales puede subdividirse a su vez en tres áreas: el de las relaciones sociales propiamente dichas, el de las relaciones legales y el del tono general de la convivencia social.
El área de las relaciones sociales propiamente dichas se refiere a las personas en cuanto son miembros de un grupo valioso, sea éste la familia, el pueblo, la fábrica, el club, la nación, etc. Desde esta modalización, los seres humanos son valorados como «cariñosos–hoscos», «accesibles–inaccesibles», «educados–ineducados», «simpáticos–antipáticos», «acogedores–inhospitalarios», «pacíficos–leñeros», «dialogantes–avasalladores», «amigos–enemigos» «patriotas–antipatriotas».
El área de las relaciones legales valiosas se refiere a las relaciones sociales que están reguladas por leyes y normas de convivencia. Desde este tipo de valoración, los seres, las conductas, los objetos pueden recibir las valoraciones de «legal–ilegal», «obligatorio–libre», «permitido–prohibido». Las propias leyes se ven como grandes valores o contravalores según que fomenten o no una convivencia aceptable.
El tono general de la convivencia social puede dar lugar a muchos pares valorativos, tales como «seguridad–inseguridad», «pacífico–guerrero», «organizado–desorganizado», «liberal–opresor», «tradicional–revolucionario», «feminista–machista», etc.
4.8. Los seres son valores/contravalores morales cuando desarrollan/deterioran la vertiente ética o moral del ser humano
Los seres humanos reciben una valoración ética o moral cuando se los considera como buenas o malas personas. A los humanos no nos da igual que los otros sean justos o no, sino que consideramos valioso para nosotros que sí lo sean. Esa necesidad que tenemos de que haya justicia, honestidad, veracidad en nuestras relaciones con los demás es lo que constituye nuestra vertiente vital moral o ética. Y todo lo que contribuye al desarrollo de dicha vertiente vital moral o ética es estimado por nosotros como valioso: son los valores morales. Por el contrario, los seres que deterioran dicha vertiente moral –las malas personas– se constituyen en contravalores morales. Los valores/contravalores morales se refieren, en definitiva, a la consideración de las personas como buenas–malas, justas–injustas, generosas–egoístas, veraces–mentirosas, etc. en sus relaciones con los demás. ¿Son, entonces, los valores morales igual que los valores sociopolíticos? No; lo moral va más allá de lo puramente sociopolítico. Y así, por ejemplo, algo puede ser perfectamente legal, cívico y aprobado socialmente y, sin embargo, resultar moralmente injusto y malo (el nazismo, por ejemplo).
5. Características de los valores
5.1. Hay tantos seres o modos de ser cuantas son las valoraciones desde nuestras vertientes vitales que los humanos hacemos de cualquier ente
Una flor no es el mismo ser para la enamorada que la recibe como regalo, para el pintor que la pone en sus cuadros, para la florista que la vende, para el agricultor que la cultiva, para la botánica que la estudia, para el que la ofrece como adorno de una iglesia, para la ecologista que lucha por espacios verdes en la ciudad, para el que juega con ella, etc. La flor satisface vertientes vitales humanas diferentes en las personas que hemos enumerado; es, por tanto, un valor distinto para cada una de ellas. Pues bien, se puede decir que hay tantos seres o modos de ser en la flor cuantas son las valoraciones desde nuestras vertientes vitales que los humanos hacemos de la misma. Los aspectos valiosos diferentes que las personas descubrimos en la flor hacen, pues, que esa flor adquiera para nosotros también un modo de ser diferente al que tiene para otros seres humanos.
5.2. Desarrollo del ser humano y desarrollo de los valores están en relación directa, corren a la par
Vamos descubriendo el ser de los entes en la medida en que ese ser va desarrollando o deteriorando alguna vertiente humana. Pensemos, por ejemplo, en el vestido. Los primeros seres humanos fueron descubriendo en las pieles de los animales un valor biopsíquico: que protegía a su cuerpo de las inclemencias del tiempo. Con el tiempo fueron viendo que, además de lo anterior, el vestido podía resultar para ellos cómodo o incómodo, hermoso o feo, nuevo o viejo, caro o barato, signo de alto o de bajo estatus social, auténtico o falso, sano o insalubre, propio o ajeno. Los humanos fueron descubriendo estos valores del vestido a medida que aparecían en ellos las vertientes vitales humanas respectivas a las que el vestido podía contribuir a desarrollar o a deteriorar (biopsíquica, estética, económica, etc.); no antes ni después. Posiblemente, la vertiente estética (bello/feo) fuera la última en aparecer en el ser humano; por eso antes de esa aparición, ningún ser era bello o feo para esos humanos. Por consiguiente, las dimensiones humanas van desarrollándose o deteriorándose a medida que adquirimos valores apropiados de mayor calidad. Y, recíprocamente, el desarrollo de las dimensiones humanas es el que hace que descubramos en los seres valores de mayor calidad. Por ejemplo, el adolescente desarrolla su vertiente estética en el contacto con las obras maestras del arte; recíprocamente, va descubriendo valores estéticos en estas obras de arte a medida que se desarrolla en él su propia vertiente estética. En resumen: hay una influencia mutua entre el desarrollo del ser humano y el desarrollo de los valores de los seres.
5.3. Los dos polos de todo valor
Todo valor tiene, como ya dijimos, dos zonas: la positiva (valor propiamente dicho) y la negativa (contravalor). Los valores siempre se presentan, pues, en pares: valor–contravalor. Así pues, cada contravalor lo es de un respectivo valor y no de todos en general.
La razón de que haya contravalores está en la condición humana: ningún Homo ha conseguido la plenitud de un valor; y por eso cualquier valor humano tiene como compañero inseparable el respectivo contravalor: el amor apasionado de un joven está lleno de contravalores de egoísmo; los conocimientos del sabio encierran multitud de verdades y también de falsedades.
La relación del valor con su respectivo contravalor cumple una función importante en nuestro conocimiento, pues no se puede entender qué es el frío si no existiera el calor, la enfermedad sin la salud, la riqueza sin la pobreza, la sabiduría sin la ignorancia, la justicia sin la injusticia, etc.
Los contravalores son, además, un estímulo para crear y desarrollar nuevos valores. Una enfermedad nueva desata miles de acciones de todo tipo para encontrar la salud para ella.
5.4. La función humanizadora/deshumanizadora que ejerce un valor/contravalor es específica e insustituible, por lo que no puede ser desempeñada por otro u otros valores/contravalores
Cada valor contribuye al desarrollo de una porción específica del ser humano, y en esta función es insustituible por otro u otros valores. Los comportamientos justos no dan salud, ni el dinero amor, ni la belleza comodidad, ni el cariño materno conocimientos matemáticos.
Esto mismo sucede también con los contravalores: cada uno tiene un efecto deshumanizador específico. Tal efecto deshumanizador sólo puede ser contrarrestado por el valor respectivo, y no por otro. El hambre, por ejemplo, no se combate con belleza, con conocimientos o con oraciones, sino con comida.
5.4.1. Por tanto, no sólo de un tipo de valores/contravalores se alimenta el Homo, sino de los ocho
La evolución valorativa que ha ido conquistando el Homo a lo largo de la Historia le ha ido dotando de ocho grandes vertientes vitales (biopsíquica, económica, cognitiva, estética, lúdica, moral, religiosa y sociopolítica). Ello significa que el ser humano, para mantenerse y enriquecerse como “humano”, necesita desarrollarlas todas, por lo que tendrá que alimentarse no sólo de pan, hamburguesas, lentejas o chorizo, sino también de ciencia, belleza, justicia, libertad, tolerancia, autenticidad, oraciones a los dioses y agradables compañías. Si deja alguna sin el alimento apropiado, estará menguado como ser humano. (Los vocablos “nutrición” y “alimentos” tienen, como todo lector ha visto, un sentido amplio, no restringido al ámbito biótico).
5.4.2. Ningún valor/contravalor, por consiguiente, expresa por sí solo la totalidad de lo que es humano o inhumano, sino sólo una parte
Cada valor contribuye a desarrollar una faceta o parcela específica del ser humano; nada más. Sin embargo, a lo largo de la historia ha sido frecuente hacer consistir lo humano–inhumano en la posesión o carencia de valores-contravalores de una determinada clase. Unas veces estos valores fueron los religiosos, y se consideró que la conversión de infieles era el principal acto “humanitario” que se podía hacer por ellos; otras, los socio–políticos; otras, los morales; otras, los cognitivos. En el último siglo se han utilizado los valores económicos como indicadores de la humanidad–inhumanidad que hay en las personas y en los pueblos.
Pues bien, la reducción del número de las clases de valores es un error porque va contra la naturaleza del ser humano tal como ha sido alumbrada por la Naturaleza, cuya identidad tiene muchas vertientes vitales y muchas dimensiones valorativas. La identidad moral, por ejemplo, no expresa toda la identidad de la persona, sino sólo una parte. Es cierto que el ser humano es esencialmente moral, es decir, que ha de valorar siempre cómo le afectan a su vertiente moral los seres que le rodean, sean guerras, amores, distribución de la riqueza, ciencias o dioses. Pero no es menos cierto que también ha de valorar en esos seres cómo desarrollan o deterioran sus dimensiones estética, económica, cognitiva, sociopolítica, lúdica, biopsíquica y religiosa. Porque no sólo es inhumano padecer injusticias, sino también no tener para comer, adorar a dioses falsos o crueles, tener profesores incompetentes, carecer de amor familiar, estar rodeados de fealdad, ser gobernados por políticos mediocres, no acertar a encajar la muerte, sufrir la incomprensión, padecer ignorancia, dolor de barriga o desesperanza, no poder ejercer la libertad, y muchas cosas más. La valiosa salud de nuestras células no es un valor moral; tampoco el arte de la cocina, el placer estético, el saber científico, los tecnofactos, la organización económica, la gracia de Dios, o gran parte de la regulación de las comunidades humanas.
5.4.3. Por eso, es necesario recalcar que el término “valor/contravalor” no se aplica sólo a los morales, estéticos y religiosos, como frecuentemente se cree, sino a todos los seres que enriquecen al Homo en cualquiera de sus ocho dimensiones
Tan valioso–o más– para el ser humano es defecar o divertirse que el ser tratado con justicia. La “vida buena” no se consigue sólo con valores morales –como suele afirmar una gran mayoría de filósofos–, sino con todos los valores.
5.5. Nivel actual y nivel horizonte de los valores
5.5.1. El Homo conquista los valores a través de un proceso histórico que no acabará nunca
Toda la inmensa gama de seres valiosos han ido conquistándose paulatinamente y uno a uno en la Historia. Pensemos, por ejemplo, en el valor salud: desde los primeros modos de curar las enfermedades hasta los actuales hay un abismo; y es inimaginable lo que nos queda aún por evolucionar en este valor. Por eso, podemos distinguir en los valores dos niveles o planos: "lo que actualmente son" (nivel actual o factual. Aristóteles lo llama “acto”) y "lo que pueden o deben llegar a ser" (nivel horizonte, dignificador o axiológico. Aristóteles lo denomina “potencia”). Marta, por ejemplo, es querida, sabe Filosofía, tiene salud, es justa, alegre y guapa. La adornan ya, actualmente (en acto), esos valores. Pero en cada uno de ellos tiene “potencia” para ir a más: ser más justa, más guapa, más querida, etc. A este nivel –que todavía no ha alcanzado, pero que puede y desea conseguir– lo llamaremos indistintamente “horizonte”, “dignificador” o “axiológico”. “Horizonte”, porque es una meta que nunca se conquista definitivamente; cuando se ha llegado a ella, siempre aparece más allá un nuevo horizonte por conquistar. “Axiológico” proviene del término griego “axios”, que significa “digno de aprecio”, “de gran valor”, “estimable”. Y nada hay más digno de estima y más dignificador que este nivel de los valores. Cuando pedimos a nuestros padres que nos valoren no por los suspensos que hemos sacado en una evaluación, sino por los aprobados que vamos a conseguir a final de curso, estamos fijándonos en el nivel dignificador de nuestros conocimientos, no en el nivel fáctico o actual.
El nivel–horizonte de los valores suele ser denominado por los autores nivel ideal. Nosotros preferimos usar los nombres de “horizonte”, “axiológico” o “dignificador”, porque los “ideales” están hoy muy devaluados. NIETZSCHE, por ejemplo, decía de ellos que son “el aguardiente del espíritu”, porque emborrachan de repente, pero después no tienen ninguna fuerza.
El nivel dignificador forma parte constitutiva esencial de los valores, porque si no existiera esa tendencia de desarrollo hacia una relación valorativa más valiosa que la anterior –eso es la dignificación–, no se hubiera producido ni la más mínima evolución en el ser humano Cromagnon desde hace cuarenta mil años. Pero como en ese mismo ser humano no todo ha sido progreso, sino que es frecuente el estancamiento y el retroceso, hemos de hablar también de su contravalor, la indignificación, cuando el proceso va hacia una relación valorativa menos valiosa o más disvaliosa que la anterior. Así pues, las dimensiones o relaciones valorativas humanas son impulsadas indefectiblemente a procesos de dignificación o de indignificación a lo largo, ancho y profundo de toda la vida humana.
5.5.2. No habría habido evolución valorativa si no existiera el nivel dignificador de los valores
Desde que el ser humano es humano, las calificaciones de “el mejor y el peor”, “el más y el menos”, “lo bueno y lo malo”, y otras por el estilo, las aplicó continuamente a todos los valores adquiridos. Así, por ejemplo, es posible que los primeros humanos hicieran valoraciones tales como: “el otro grupo organiza la caza mucho mejor”, “este dios nuestro ya no nos escucha”, “fulano tendría que haberse comportado de otra manera”, “se ha castigado excesivamente a zutano”, “es un maestro entrenando a los niños a manejar el hacha”. Poco a poco iría apareciendo el prototipo, el héroe, la búsqueda del placer más intenso o del arte más depurado, el gusto por lo mejor en tal o cual sector de la vida. Pues bien: juzgar que algo es bueno, malo, menos malo o menos bueno requiere compararlo previamente con un modelo de bondad. Dicho modelo no pertenece al orden de lo fáctico, de lo que ya ha aparecido, sino al nivel dignificador o axiológico, es decir, del ser que está por venir, por aparecer.
5.6. Grados de calidad de los valores/contravalores
El Homo ha ido arrancando poco a poco a los seres su riqueza humanizadora/deshumanizadora, sus valores/contravalores. Por eso decimos que esos seres–valores o contravalores tienen grados de calidad, que van desde lo más mediocre hasta lo más sublime. La gama de intensidades que pueden alcanzar los valores/contravalores no tiene límites, y nunca llegaremos a descubrir toda la riqueza humanizadora/deshumanizadora que encierran los seres. Una vez que los valores aparecen en la historia, su riqueza valorativa aumenta a medida que van siendo sometidos a procesos dignificadores más intensos. Evidentemente, también son posibles movimientos regresivos en los valores.
Los humanos no percibimos los valores/contravalores en su estado “básico”, sino siempre con la “graduación” que tienen. Los pasteles, por ejemplo, no son simples pasteles, sino ricos, muy ricos, sosos o repugnantes. El ser humano, en consecuencia, se humaniza/deshumaniza en los mismos grados de los valores y contravalores que adquiere. Y así, una persona es “fina” si la ropa que viste o los modales que practica son también finos; basta u ordinaria, en caso contrario.
5.7. Dentro de cada una de las ocho categorías de valores es posible citar docenas y docenas de pares valorativos, además de otros muchos que no tienen nombre
Hemos hablado, por ejemplo, de valores cognitivos cuando los seres alimentan o desarrollan el conocimiento del ser humano. Pero los conocimientos son al menos de cuatro tipos: conocimiento común, ciencia, filosofía y teología. Y cada uno de estos cuatro tipos tiene mil variantes. Pensemos, por ejemplo, en las especialidades científicas (biología, geología, botánica, historia, geografía, sociología, psicología, etc.); y en los apartados de cada una de estas especialidades. Ciertamente todos pertenecen a la clase de los valores cognitivos, pero cada uno tiene matices muy peculiares y diferentes a los del resto de los valores cognitivos. Y, lo que es más importante, cada uno tiene funciones humanizadoras/deshumanizadoras insustituibles por otros valores/contravalores cognitivos. La belleza, por poner otro ejemplo, se ha concretado en mil maneras a lo largo de la historia; y así, bellos son los bisontes de la cueva de Altamira, las pinturas de san Isidoro en León, las Meninas de Velázquez y el Guernica de Picasso; bella es la noche y bello es el caminar de unos jóvenes; bellas son las Cantigas, la Divina Comedia o el Quijote. Ninguna de esas obras o seres representa en plenitud el valor belleza, sino que cada una lo hace de manera parcial e incompleta; pero también de modo peculiar e insustituible: la belleza de un soneto no puede ser suplida por la belleza de la mujer que lo recita.
5.8. “Valioso” (o valor) y “válido” no son sinónimos, sino que “válido” es un estado de lo “valioso” (o valor): el estado que ha de tener lo valioso para ser aceptado por los humanos
5.8.1. La validez establece el grado y la forma que ha de tener el valor en cada una de sus manifestaciones para ser aceptado
Cada valor puede tener muchos grados y formas. La comida, por ejemplo, tiene multitud de variaciones en cantidad, contenido, estado, presentación, temperatura, tiempo para comerla, etc. Pues bien, la validez viene a fijar qué grado y qué formas ha de tener lo valioso (un valor concreto) para el desarrollo de la vida humana en un momento concreto. En el valor limpieza, por ejemplo, la validez precisa, en una determinada circunstancia, cuál ha de ser el grado de limpieza del cuerpo, de las calles de una ciudad, del aire que respiramos, de las habitaciones, de los zapatos, de los vasos y platos o del instrumental quirúrgico. En la libertad, por poner otro ejemplo, la validez establece, después del proceso que acaba en el "vale" o en el “no vale”, el grado y las formas que han de tener las libertades individual, laboral, de expresión y asociación, de viajar y de pensar, política y artística en cada caso concreto. El ser humano, por consiguiente, no se alimenta de valores sin más, sino que estos valores han de tener unos determinados grados y formas.
5.8.2. La validez, por tanto, establece el “deber ser” de cada uno de los valores
No pocos pensadores reducen el “deber ser” al ámbito de los valores morales. Y es cierto que cada persona “debe ser” justa en la medida establecida. Pero no es menos cierto que también se le marca el grado y la forma que “deben tener” el resto de sus dimensiones valorativas: sus diversiones, amores, conocimientos, comidas, compras o ventas, elegancia o relaciones con los Dioses.
5.8.3. Al establecer la validez de los valores, estamos fijando al mismo tiempo el grado de desarrollo humano que ha de tener el ser humano que posee dicho valor
Esto no es más que la consecuencia de la necesaria conexión que hay entre los valores y el proceso de humanización: uno se humaniza en la medida en que asimila valores. Un ejemplo: cuando el profesor de filosofía aplica al examen de un alumno el calificativo de “vale”, no sólo está dando precisión al valor del examen, sino que, al mismo tiempo, le está fijando al alumno que su grado de humanización en una parcela como es su saber filosófico es el adecuado.
5.8.4. La validez no es un estabilizador definitivo de los valores, sino que está en continua renovación
Un ordenador, un traje, un saber, una forma de amar, una cantidad de dinero, una organización, etc. son válidos en un determinado momento; al cabo de algún tiempo, dejan de ser válidos. La razón de ello está en que el ser humano nunca se da por satisfecho con lo que va consiguiendo, pues su ser está a medio hacer y en continuo proceso de evolución.