Sería bonito saber quién se preocupó de que en el colegio hubiera pianos, cómo y dónde los consiguió. ¡Y tantos!
Si no recuerdo mal, en cada uno de los grandes estudios había una pianola. Y, aunque el complicado mecanismo de las mismas, y sus pedales para accionarlo, o faltaban por completo o estaban inservibles, podían aún ser tocadas,si no como pianos mecánicos sí como pianos normales. Además en casi todas las clases, si no en todas - al menos en la escuela mayor- había un piano más pequeño, incluso alguno con ornados candelabros dorados a los dos lados del atril y curvadas ménsulas en forma de eses roleadas desde el teclado a los pies, y perfiles moldurados en las tapas, y con la firma del fabricante miniada bajo el atril en complicadas caligrafías ornamentales taraceadas en metales dorados...
En esta foto demoledora -sólo ese sol radiante sigue siendo aquel sol reconfortante del invierno o abrasador del verano leonés- reconozco junto a la pared de la izquierda la tercera pianola. Al verla ultrajada de este modo se me ha encogido el corazón, tantos recuerdos guarda para mí. La he identificado por su color de chocolate de hacer -como el de aquellas gruesas pastillas, duras y ásperas que nos daban muchos días para merendar, a la puerta de la recreación, junto a aquellos enormes cestos de pan que traían "los servidores" de turno...- pero la he reconocido, sobre todo, por esas dos pequeñas pilastras con basa y capitel talladas en la madera, a los dos lados del panel frontal sobre el teclado, donde se abre -ya sin sus puertecillas correderas que tanto nos gustaba explorar- la ventana del mecanismo.
Esta tercera pianola era la que estaba en Pantalla, contra la pared derecha según se miraba a aquellos inmensos ventanales que daban a la depuradora de la piscina e iluminaban las altas y enormes mesas de dibujante en las que Javier Serrano -hoy magistral ilustrador de cuentos infantiles, a los que vuelve oníricamente hipnóticos e inolvidables- con sus inconfundibles gafas y su aire de artista despistado; y Clemente, con su pirógrafo -que desprendía, mientras pirogrababa, aquel intenso olor inconfundible a madera quemada bajo su punta de hierro candente como recién salida de una fragua-; y Jesús Herrero -hoy gran especialista en el Románico- con su rubio flequillo volador; y Pedro Trapiello -hoy escritor emblema de León- con su denso flequillo negro intenso; y Jesús Reyero, pulcro y ensimismado; e Ilzarbe -hoy gran artista plástico- que tenía los labios más rojos del colegio y, quizá, los más risueños... y tantos otros redactores y dibujantes expresaron durante décadas su ingenio en aquellos murales y revistas inundados de nuestras vidas bullidoras, lo poco que podíamos expresar entonces con tanto tabú y tanto anatema... En esta pianola de Pantalla recuerdo haber espiado embelesado, a través de aquellas ventanitas de cristal que tenían las puertas, a Rueda, aquel estupendo músico, menudo y ágil (una vez que me colé en la escuela mayor por la puerta cercana a las capillas), tocando aquellas alegrísimas Fuguettas de Haendel que luego nos tocaba a los pequeños en aquel organito de tubos, los domingos en la misa de la mañana; y, estando yo ya en quinto, recuerdo a mi querido Tejo el mayor tocando con mucho sentimiento los cantos regionales asturianos ("El mió Xuan miróme, "Fui al Cristu y enamoréme"...) y alguna de los Beatles ("Yesterday") e improvisaciones suyas, que dábansele muy bien; y al incipiente filósofo Esteban Sánchez tocando "Caballería ligera" y "Poeta y aldeano" de Franz von Suppé; y al timidísimo Matías Gañán -muerto luego en extrañas circunstancias de tremendo suicidio rural- tocar muy lentamente y como un robot, levantando los dedos hasta lo inverosímil, sin despegar la mano del teclado ni contraerla casi, una de aquellas Sonatinas de primero o segundo; y al alegre Molleda, y a Palacín ,y a Andrés Trapiello -hoy gran escritor, tipógrafo, historiador de "las armas y las letras", penetrante poeta...- con su negro flequillo brillante, menos denso que el de su hermano Pedro pero aún más volador que el de Jesús; y a Jesús Antonio -que tenía casi siempre, como todos nosotros en algún momento del día, aquel aire de "a mí dejadme solo con mis sueños"; y al pálido y delicado solista Víctor-Pablo Pérez -hoy director de orquesta- que parecía un elfo de biscuit, y que tocaba y cantaba como un ángel... También tocaba Joseramón Tejo -y yo luego muchas veces en ese mismo piano- la Obertura de Semíramis, de Rossini, que habíamos encontrado en un viejo álbum de transcripciones de ópera que había en el asiento del órgano del santuario... Y me viene muy nítida ahora la imagen de Fernando Allén, una tarde de sol en una clase de la escuela mayor, enseñándome a tocar, en un piano viejito de teclado amarillento (que podría muy bien ser ese despojo que está delante de la pianola, y que duele hasta el alma mirar en ese estado) un encantador y glamuroso bailable como de los años veinte -"Laura"- que tocaba una tía abuela suya, allá en Asturias, creo, y que él había aprendido con ella. A Fernando -incluso antes que al P.Torrellas- le debo la certeza de que el piano podía ser divertido y exultante: mientras los demás necesitábamos meses de arduos y aburridos ejercicios de posición fija para llegar a permitirnos tocar algo bonito -es verdad que eran los cimientos de la técnica que luego nos permitiría volar- Fernandito Allén tocaba de oído y con un desparpajo envidiable, pequeñas piezas chispeantes de alegría, como talismanes de felicidad, sonriendo al tendido y brindándonos guiños imborrables, sin sentarse siquiera en la banqueta... Con él aprendí, entre bromas y chuflas, "La chocolatera", que se tocaba sólo sobre las teclas negras, y tenía en su segunda parte la gracia -y el alarde para un completo principiante que nunca había puesto las manos sobre un teclado- de que la mano izquierda tocaba los agudos cruzando por encima de la mano derecha, todo cada vez más aprisa... y aquella "Laura", a la vez elegante y melancólica, que me hacía imaginar mundos más blandos y amorosos y cálidas caricias de preciosas mujeres perfumadas y afectuosos muchachos relajados en sofás de brocados otomanos -no era así, o entonces no hubiera podido expresarlo así, pero era, lo sabéis, debía haber otro mundo más alto, afectuoso y sensual lejos de aquella ruda y seca soledad... Fernando era simpatiquísimo, buen mozo, con unos rizos rubios siempre alborotados y unos ojos azules y pillos siempre a punto de romper a reír. Tenía los dos dientes frontales superiores un poco separados y esto le volvía aún mucho más gracioso. Era terrible: ya he contado en otra parte -pero siempre me regocija volverlo a recordar- que Allén hacía una versión muy suya de un número musical (que luego descubrí que aparecía en "La bella durmiente" de Walt Disney -aunque él, que la había visto antes que yo, con su familia, me hacía creer que era invención propia-) que era de partirse de risa, con todo tipo de muecas inverosímiles, torsiones corporales y coreografía enloquecida de adolescente desatado...: "Tula-katula, Bari-babula... tulakatú baribá..." parece que le estoy viendo y oyendo enseñármela en el pasillo de las clases y practicarla juntos, tras sesudas, minuciosas y tronchantes correcciones de estilo, en la zona de La Rondalla. Otra de sus fechorías (también le gustaba imitar a Harpo Marx, a quien de hecho conseguía parecerse mucho cuando lo hacía) era meter en la esfera de su reloj de pulsera una o dos hormigas y perseguirlas con la manilla grande mientras ponía caras de Harpo...terrible, ya digo. Gracias, Fernandito, por tantas risas como me regalaste -no hay regalo mejor- para olvidar lo otro y ser feliz a ratos deliciosos de amistad y cariño. Sé que estás en América, y que le contaste no hace mucho, cuando el Reencuentro, a Iturriaga, que habías tenido muchas bodas, "y muchas suegras"... ¡genio y figura!
¡Ah, si las paredes -y los espejos- pudieran devolvernos los sonidos de nuestras voces, todas aquellas piezas que nuestros frescos dedos trinadores desgranaron entonces, las exultantes o dolientes imágenes que vieron de nosotros entre aquellos azules azulejos helados de nuestras camarillas y caldearon de apasionada vida infantil y adolescente sus gélidos azogues tantos y tantos días...!
Cada piano tenía su color peculiar en el sonido, su timbre inconfundible, todos distintos, todos un poco parecidos en una especie de afonía dulce como de casa de una abuela muy dulce que los hubiera tocado mucho desde su juventud. Otros traían el cine entre sus cuerdas tan desafinadas, pianos como del oeste americano que hubieran cruzado océanos y desiertos sin volverse a afinar... A todos les fallaba alguna nota, o les faltaba la cobertura blanca de una tecla, o estaba despegada y se movía. Casi todos tenían las teclas desgastadas, o con muchos bordes rotos, o amarillentas como viejos harmoniums olvidados...
¡Y el olor! En los más viejecitos, ya al abrir la tapa del teclado desprendían como un olor de ermita que sólo abriera en día de romería... pero, si levantábais la tapa superior, de su oscura espelunca de intricados secretos ascendía un aroma de inciensos orientales y aceites olorosos, secos y hasta un poco mohosos, como de flor marchita, de tanto tiempo ido y tantas armonías prodigadas...
También había pianos especiales en las salas aquellas de visita, camino del teatro: uno negro de cola, otro marrón de mesa, los dos casi inservibles y un poco derrengados, aunque decorativos en aquellas desangeladas y rígidas estancias apenas amuebladas con aquellos -ya entonces- inverosímiles tresillos de skay modelo "Mon oncle" de Tati (¡película que era del 58: quién eligió aquello, por Dios, qué rabiosa modernez tan divertida!). En una de aquellas frías salas, abarrotada de pianos abiertos en canal, pasó una larga temporada de meses, quizá un curso entero, o varios, un extraño refugiado alemán que los reparaba y del que habla con mucho detalle y evocación Andrés Trapiello en uno de sus Diarios o "Salón de pasos perdidos".
Y un último piano, en una de las celdas de los padres, la última celda del pasillo justo encima de éste del teatro. En la celda adyacente era donde guardaba Torrellas todo el archivo de las partituras, la cámara de las maravillas de nuestra inolvidable Escolanía. Era también una flamante pianola sin mecanismo ya, pero impecable, con su barniz intacto de un caoba casi negro, con el teclado inmaculado de blancura y lisura y un sonido como de gotas de cristal en cada nota y simas de harmonía en cada acorde... Llegó al colegio cuando yo estaba en la escuela mayor y Torrellas me subió un día allí para que la pudiera ver y la probara, pues él mismo estaba entusiasmado con ella. Era allí, en aquel hall sombrío y poco más grande que el propio instrumento, donde D. Joaquín le daba a él las clases de piano, que luego nos transmitía a nosotros con aquella pasión tan juvenil que ponía en todo... Años más tarde, en mis breves estancias veraniegas en La Virgen como filósofo o teólogo, cuando venía a examinarme al Conservatorio de León, recuerdo haber repasado muchas veces en aquel piano cristalino mis piezas para exámen...y también, casi en lágrimas -tanto me conmovía su letra-, aquella canción de entonces, que allí sonaba punzantemente melancólica: "Pensé dejar de amarte de una vez..." y, a veces, también "Something" de Los Beatles y "Misis Róbinson" -así lo pronunciábamos- de Simon y Garfunkel... nostalgias imposibles en el claustro, perdida juventud...
Hiere la sensibilidad esta foto después de la batalla. Se escandaliza uno al descubrir en ella también -incrédulo y con doloroso estremecimiento- otro precioso piano de cola descerrajado contra el rincón, con una delicada y elegante banda que lo recorre longitudinalmente incrustada en dos tonos de madera distintos. Es sin duda el más antiguo de todos. No sé dónde estaría en aquel tiempo, no lo ubico, pero, por su cola cuadrada muy Art Decó, podría provenir de los locos años veinte, con sus "Aromas de nardo indiano que mata y de ovonia que enloquece"... o hasta de la última década del siglo XIX o primera del XX, con su rumor de miriñaques y apasionadas piezas de salón, y sus kentias y sus balsámicos y ardientes bouquets de violetas, y lirios, y gardenias... aquella alta y dorada Belle Époque de las vidrieras Tiffany y el lánguido e incendiado Art Nouveau... ¡cómo iría a parar a aquel Colegio de Palestrina y nieve! ¿Y qué sueños traería prendidos en su arpa?
Y ese otro pobre piano devastado, con todas sus entrañas masacradas con saña, que se inclina hacia adelante a punto de rendirse... Y, junto a la ventana, bajo el sol inclemente del olvido, los dos modelos de pupitre individual que tuvimos -tantas horas sintiéndonos vivir, haciendo sobre ellos los deberes, traduciendo a los clásicos griegos y latinos, estudiando las ciencias, escanciando en suspiros nuestros primeros versos amorosos -ay, tan amordazados- escribiendo con aprendido tacto (demasiado pronto aprendido el fingimiento, qué mala influencia) a nuestros lejanos padres aquellas vigiladas cartas (en sobre abierto, que luego podían ser leídas e inspeccionadas antes de ser expedidas, como también las que recibíamos -me escribe hoy mismo mi querido amigo Manuel Alonso Herrero a quien había enviado este artículo por si él recordaba otros dibujantes o pianistas para nombrarlos aquí y me da el testimonio incalificable de que su madre recordaba cartas suyas, escritas desde el colegio, con párrafos tachados por otra mano: ¡qué abuso de poder y qué perfidia: podían hacer de nosotros casi lo que quisieran y no teníamos ni la libertad no ya de protestar, sino de expresárselo a nuestros propios padres, dónde quedaba la libertad de expresión, imponiéndose por la fuerza la versión oficial de todo!... ¡¿de qué me suena esto?!- No era sólo el colegio ni el convento, España negra que ojalá no vuelva.
Desidia, indiferencia... y colchonetas dobladas contra los cadáveres, y los cristales sucios con escurriduras calcificadas de décadas de lluvias desoladas, y las cuerdas de las persianas enredadas y rotas... y polvo, polvo, polvo... y cardenillo -Cícero- en las cuerdas del arpa... "de su sueño tal vez olvidada", en las cuerdas del alma.
Santos Vibot