Queridos compañeros; dispongámonos a saborear, degustar, paladear y relamernos de gusto con las escrituras de Isidro Cícero. Un consejo: por favor Isidrín, no se te ocurra coger la bicicleta, por si no te frena.
Tardó en salirme la palabra cardenillo. A veces las palabras – a que nos pasa- se esconden como las culebras en los bardales, te salen al sendero cuando menos las esperas. Te asustan. Otras veces las andas buscando, con urgencia, como cuando se te extravían las llaves, las gafas o el monedero. Sabes que tienen que andar por ahí, distraídas, pero tú no acabas de dar con ellas.
Cardenillo es para mi una de esas “palabras – culebra”, por lo inesperada; pero también es un poco palabra-gafas, por las vueltas que di hasta toparme con ella. Cardenillo yo lo habré oído decir, a todo tirar, media docena de veces en mi vida, una vida tan alejada del bronce como del puercoespín. De mi boca, cardenillo puede que haya salido un par de veces; que haya salido de mi pluma, creo que nunca jamás hasta el día de hoy. Pero era exactamente cardenillo el nombre que anduve buscando en los recovecos de mi mente, desde la mañana del sábado 21, cuando fui a León respondiendo a la convocatoria tribal de Mariano Estrada. Fue esa mañana cuando me topé por sorpresa con el cardenillo, montones de cardenillo sin acertara a ponerle nombre.
Cuando este nombre me vino de repente, me pilló dubitativo, inseguro y desconfiado, pero para eso están los diccionarios. Ocurrido el milagro de la unión del nombre difícil con la cosa, eso también os pasa a vosotros, una sensación de gozo y gratitud me inundó. Digo lo de vosotros porque pienso que a medida que cumplimos años, y ya son muchos los que cumplimos, nos sentimos más felices y más agradecidos por conservar aún estas habilidades para juntar cada cosa con su nombre. Por eso nos atrevemos a decir, fieles a la recomendación de Juan Ramón y siguiendo sus divinas sugerencias un tanto panteístas:
“Intelijencia,
dame el nombre exacto de las cosas”
Había ido a León -he dicho- convocado por Mariano Estrada, uno de mis tres poetas zamoranos preferidos: A Hilario Tundidor, y si me apuras incluso a León Felipe les tengo menos apego yo que a Mariano, , pese a que los dos son fabulosos, porque ninguno de ellos fue de mi curso en la paramera. Mariano no sólo fue de mi curso, si no de mi misma clase. A otro poeta zamorano que tengo bastante tratado, Octavio Uña Juárez, le adoro más que a los tres citados, pero sólo como guía privado a través de los misterios iniciáticos que se encierran en El Escorial. En mayo le di envidia a Carrizo con esa visita iluminada en la que tanto eché en falta a este amigo del corazón. En agosto, el 21, me dijo Carrizo: La interpretación que me sugeriste de El Escorial me pareció emparentada con la que tú mismo nos has ofrecido del Santuario (de la Virgen del Camino, se sobreentiende).
Mariano quería vernos en León con motivo de su venida al Norte después de tres años ausente del norte y ausente del blog. Mariano, lo mismo que otros compañeros que viven habitualmente por ahí abajo, llaman Norte a todo lo que esté por encima de los 40 grados, tres minutos de latitud en esta dirección.. Empiezan por Madrid., y ya incluyen Bilbao, Muelas de los Caballeros, León y mi pueblo. Yo los comprendo, porque una vez allá en 1976 cuando pasé una temporada en América, me dijeron unos de Ohio: Conocemos bien su country, es muy interesting. ¿Y dónde han estado en concreto?. Londres, Madrid, Roma, Atenas y Lisboa...
Claro, mi tierra.
Hay una querencia de norte. Lo de Mariano con el Norte era descriptivo, pero hay otros que se refieren a él de una manera más inquietante. Cuando dicen que alguien se ha ido al Norte, o está ya en el Norte, etc, a mime entra vértigo. Ya no puedo vivir más al norte. Si doy un paso más en esa dirección, andando, en coche, en bicicleta, me caigo al agua. Al abismo frío y azul del mar así que se me ponen los pelos como escarpias. He pensado que cuando estos admirados compañeros se refieren al norte, no hablan de este norte en el que estoy y que me envuelve, sino que lo dicen en un sentido diferente, alegórico, poético, si me apuráis incluso religioso. Entiendo que dicen Norte por no emplear aquellos sustantivos tan manidos que usábamos antiguamente, como cielo, paraíso, eternidad.
La cita de Mariano era precisa: A las 13 horas, en el Gambrinus, que como todo el mundo sabe está frente al Corte Inglés. No llegué el primero a la cita, podría haberlo hecho, porque me ganaron por la mano Centeno y señora. Ahora bien, después de este matrimonio, yo.
Me levanté pronto aquí en Santander para que me diera tiempo a revisitar el Santuario. José Mari creía que yo sé la tira sobre el Santuario, aunque la verdad casi todo lo que sabía os lo conté ya el año pasado en una exposición tan larga y trabajosa como improductiva. Fue como uno de esos accesos de tos que casi te revientan, pero que no consiguen limpiarte el bronquio. José Mari, el autor de esta fresca y fragante entrada sobre la cubrición de la cruz de la estrella colorá, y yo nunca hemos comentado qué sentido le da él al verbo saber cuando decía aquello de Cícero sabe del Santuario más que .... Cuando nos encontramos hay demasiadas cosas de las que hablar, pero estoy seguro de que, para este caso y efectos, Cortés le da al verbo saber el mismo sentido que le doy yo: el que se deriva del latino “sapere”, que significa saborear, degustar, paladear. Relamerse de gusto. Y yo me he relamido tanto como el primero con, por, ante , de, y todas las preposiciones esta obra de arte de la paramera. Por lo que escribe aquí arriba, Heredia es de los que siguen pensando que aquel catarro mío del año pasado mereció la pena.
O sea que el sábado 21 volví al Santuario. Y confirmé la impresión de su humillación, que ya percibí el año pasado y dejé constatada en aquella serie de artículos titulada Crónica de León, serie que si tuviera que rescribirla hoy llevaría un rótulo diferente, probablemente La Cabeza de la Cobra, los lectores saben bien por qué.
El Santuario ya no es lo que en nuestros tiempos era. Ha perdido su espectacularidad señera desde la lejanía, la teatralidad de pancarta publicitaria de propaganda popular católica que tuvo. Forma parte ahora de la hilera de edificios que, como Porcelanosa, alinean su prestancia a lo largo de la carretera. Es uno más. No me extraña, Luis Heredia, amigo querido, que te hayas pasado de largo. Lo de menos es que la cruz esté tapada, es que está emboscado en medio del paisaje urbano el santuario total, mermando a medida que ha crecido a su alrededor la foresta y la población.
Aquel sábado temprano pasaban constantemente peregrinos a Compostela. Sacaban fotos al apostolado de la fachada y le tocaban las narices a San Froilan Había cuando llegué una excursión visitando le templo por dentro, y el paso de los minutos ponía nervioso al guía que miraba sin parar su reloj de muñeca: Llevamos aquí ya media hora, luego que no se quejen. Las prisas. Con prisas no se puede sapere el santuario, no se puede saber, José Mari, hay que dedicarle tiempo.
Unos señores con cara de frailes viejos y ropa de veraneantes preguntaban por su salud a unas señoras con aspecto de monjas dominicas vestidas de calle. Pues no te quejes, mientras vayas aguantando, les oí. Dentro del recinto, frailes con hábito confesaban a destajo en los confesonarios que, en nuestros tiempos, sólo estaban indicados con una lucecita y hoy se exhiben con nombres y apellidos de padres confesores, afeando a mi entender la intención geométrica de la madera del gran zócalo. Ahora ellos le vuelven a dar una importancia tremenda a estas cosas antiguas. Al pasar por delante de uno de los cajones sacramentales vi a un dominico confesando a voces a una peregrina. No me enteré de los pecados de ella, sí de las ritualizadas recomendaciones de él.
Los viejos con cara de frailes de vacaciones se despidieron de las señoras con cara de monjas: bueno pues hala, hasta la próxima, vamos a ver si rezamos un poco. En mitad del gran rectángulo que los leoneses de mi tiempo llamaban la caja de cerillas, un señor de rodillas rezaba ostentosamente con gesto degollado un santo rosario de cuentas blancas, la cabeza caída hacia la derecha, las manos adelantadas desde los codos, los ojos casi en blanco. Una pareja hacía fotos a sus niños delante del manto. Con los dedos de las manos derechas, mujeres de mediana edad le tocaban los pies al Cristo del Salmo 21 y a continuación se santiguaban con los mismos dedos.
La madera de guinea del área del presbiterio mantiene bien el color que yo recuerdo, pero el resto del suelo lo encontré mate y sobado. Las veinte ventanas del sur no ambareaban lo suficiente a aquellas horas para convertirse en el hachón de grandes cirios metafóricos que en otras ocasiones hemos visto, Tenían luz, pero no toda la luz esplendorosa de los significados místicos de otras veces. Cada cosa tiene su momento.
Aparecí en el Santuario sin plan preconcebido y con la cabeza ocupada por un pensamiento político en vez de un pensamiento religioso como quizá sería de desear. Había salido del Norte, de Santander exactamente, hacía un poco más de dos horas, y había llegado a la Virgen del Camino, oh milagro, sin encontrarme por el camino ni un solo semáforo, sin desayunar y sin pagar un céntimo de euro en peajes. El sentimiento con el que llegué al Santuario era de reafirmación en la satisfacción por lo que hemos hecho en todos estos años, trabajando, cotizando para el bienestar de la gente en esta vida. Yo valoro mucho estas cosas del bienestar, a lo mejor porque cuando entonces, ya lo he relatado, yo tardaba dos días en hacer este recorrido, con gastos para fondas y comidas, que había que sacar de donde no había.
En el Santuario saboreé varias novedades cuyo sentido me había pasado desapercibido en anteriores ocasiones. Por ejemplo otra culebra de Subirachs además de la que nos colocó en el picaporte de la puerta principal. La culebra número dos, más pequeña que la primera tiene la misma hechura y aspecto que la grande y está a los pies de San Pablo en la puerta que lleva su nombre. El faraón – os lo he recordado en uno de los capítulos de la Crónica- llevaba la serpiente en la cabeza para amenazar con su espanto. Sin embargo, en los santuarios griegos, la serpiente se paseaba libre, pacífica y benéfica. Traía buena suerte, devoraba las ratas que socababan los cimientos y su simiente no tenía juramentada una enemistad eterna con la simiente humana. En este Santuario, la serpiente de bronce se enrosca sobre si misma y nos sugiere que se renueva sin cesar, en un ciclo eterno de muerte y resurrección.
Otras novedades que han puesto en el Santuario no las saboreé porque, con todo respeto, para mi son bastante insípidas. De sapere, poco. Pasé por delante de una lápida negra en latín que han colocado en alguna parte de la entrada que ahora no recuerdo. contra mi costumbre No la leí. No la traduje. Vi de reojo que hacía referencia a que han ascendido al santuario. Si antes era cabo, ahora es sargento o algo así.
Mientras hacía este recorrido, buscaba en el diccionario de mi mente una palabra para designar aquello que había fijado mi atención desde que entré. Pero me fui sin encontrarla. La novedad que yo no aceptaba a nombrar era ese manto nuevo que cubre a los apóstoles de la fachada y no a la virgen maría. El color del manto está entre el verde y el azul. No es el color bronceado que estos moais tenían en los sesenta. Una pátina posiblemente de corrosión los ha estado envejeciendo por fueras mientras tú y yo nos estábamos haciendo mayores por dentro. Por fuera también, pero sobre todo por dentro.
Todavía no tienen cincuenta años, José Mari, y ya están enfermos de cardenillo, un óxido que dicen que es venenoso y que aún no ha tocado a la Virgen, me pareció. No vamos a ser nosotros los únicos que envejecemos y nos morimos. También envejece el bronce, y, como tengo dicho, incluso al material luminoso de la vidriera le llegará un día su San Martín.
No estaremos ya aquí para verlo.
Isidro Cícero 04/09/2010 01:45.