SI ESTÁS EN BARCELONA Y QUIERES IR A ESPAÑA (Por Isidro Cicero)
SI ESTÁS EN BARCELONA Y QUIERES IR A ESPAÑA…
(Ilustraciones Jesús Herrero)
Cuando Martín pidió su ingreso en la Orden de los dominicos, el Prior de Palencia se lo dijo al Capítulo y allí mismo acordaron elegir tres examinadores para tantear las intenciones de Martín. Había que averiguar si era apto o no para formar parte de la Orden; indagar sobre su ingenio, averiguar sus habilidades y su instrucción en letras. Especialmente, había asegurarse hasta los límites humanamente posibles desde cuándo viene sintiendo esta inclinación hacia la vida religiosa; cuáles son los motivos reales por los que quiere hacerse fraile: si es por devoción, si es para no trabajar, si es por necesidad; si -como tantas veces ocurre con los jóvenes- es por huir de la rigidez de unos padres duros e intransigentes.
En presencia del Capítulo conventual, el prior, fray Tomás Bermúdez de Paredes, mandó a los examinadores que se cercioraran sobre si Martín de la Escalera Martínez estaba casado. Este encargo lo hizo leyéndolo con especial énfasis directamente de un libro en latín. Qué edad tenía el joven peticionario en realidad. Si era esclavo, siervo o libre. Si tenía la vida amarrada a alguna situación de cualquier modo invalidante. Si pendía sobre él alguna causa penal o administrativa. Si tenía alguna deuda. Si era profeso de otra orden, si tenía alguna enfermedad oculta. En fin, si era Martín hijo ilegítimo.
Pasados unos días cada uno de los tres examinadores por separado hizo su indagación y emitió su informe al prior y al Capítulo. Ninguno de los tres encontró impedimentos reglamentarios serios para que Martín fuera admitido al noviciado. Ni Francisco Beranga, ni Pedro Leizaola, ni José de León pusieron el más mínimo inconveniente. El padre Tomás, como prior, pidió el consentimiento de los frailes y una amplia mayoría relativa de ellos se lo concedió. Como Martín había pedido ingresar para ser clérigo, con estos requisitos bastaba. Si los examinadores, el prior y el capítulo le hubieran admitido para ser hermano converso, hermano de obediencia o simplemente hermano donado, habría hecho falta un requisito más: tendría que haber dado la autorización el padre provincial y haber logrado el consentimiento de dos tercios de los votos de los vocales, es decir la mayoría absoluta de los mismos. Como se sabe, no todos los religiosos son vocales, solo los clérigos que han hecho la profesión perpetua.
Entretanto, el maestro de novicios había estado ya desarrollando su oficio con Martín. Le había dado las pertinentes instrucciones formales: Cómo debía prosternarse para la toma de hábito, cómo debía formular la petición ritual al prior, cómo había que contestar cuando éste le preguntara.
El maestro de novicios de Palencia, un hombre serio, huesudo, de rostro seco, pocas palabras y cara en general también de pocos amigos, había impresionado a Martín desde el primer momento por su seguridad en lo que hacía y por su claridad respecto a todo lo que había que hacer.
Llegado el momento, el maestro condujo a Martín al centro de la sala capitular. Martín vio los ojos de todos los religiosos fijos en él. El maestro le señaló el lugar exacto donde tenía que postrarse. La forma ya la tenían Martín y el maestro bien ensayada. Todo el cuerpo de Martín tenía que estar postrado en el suelo, con los brazos y las manos extendidos formando una cruz. Cuando el prior fray Tomás, le preguntó en latín “qué pides”, Martín respondió en latín también “la misericordia de Dios y la vuestra”.
El prior le mandó levantarse, carraspeó y le dijo así:
Queridísimo hijo mío. Dos cosas nos pides: Una, la misericordia de Dios, y otra, la nuestra. Pero por desgracia, la misericordia de Dios, nosotros no te la podemos dar. Bien es verdad que a lo mejor ya la tienes, a lo mejor ya has sido bendecido por la misericordia del Señor. Fíjate en que ha sido Él, quien te ha inspirado ingresar en esta Orden. A lo mejor es así, pero no lo sabemos.
Nos pides también la misericordia nuestra. Tampoco podemos dártela aunque bien quisiéramos, si no cumples ciertas condiciones. Si no te propones cumplirlas, o si no prometes cumplirlas no podrás obtener nuestra misericordia.
Martín tuvo la impresión de que el padre prior, que le hablaba mientras sus ojos permanecían fijos en un libro, en realidad estaba leyéndole aquellas palabras. A lo mejor estaban escritas no para él, sino para todos los frailes que habían entrado antes que él en la Orden.
En primer lugar, seguía diciendo el prior, si por ejemplo estuvieras casado, si hubieras consumado matrimonio con una mujer, no podríamos admitirte entre nosotros, ya que estarías obligado con ella. En segundo lugar, si eres un siervo, si hubieras sido comprado por un señor, tampoco te podríamos admitir porque te deberías a tu amo. En tercer lugar, si tuvieras deudas cuantiosas a las que no puedas hacer frente, si estuvieras obligado a responder de algún asunto realizado por encargo de otra persona, nosotros no podríamos admitirte hasta que te libraras de esos impedimentos. Porque ten en cuenta que nuestra orden es muy pobre y no podría hacer frente a deudas ajenas.
Si fueses profeso de otra orden, y esta es la cuarta condición, no podríamos aceptarte nosotros, porque estarías obligado con la otra. Por parecidas razones, tampoco podríamos recibirte si tuvieras alguna enfermedad oculta, ni siquiera si la enfermedad estuviera a la vista de todos. Nuestra orden trabaja mucho, nuestros cuerpos se consumen y no se recuperan. Los frailes tenemos mucho que hacer. Si tuviéramos que dedicarnos de continuo a cuidar enfermos, no podríamos hacer lo que tenemos que hacer, ¿comprendes? ¿Comprendes, hijo mío? ¿Tienes tú alguna enfermedad oculta? ¿Incumples alguna de estas condiciones que te digo?
Martín contestó, como le había instruido el maestro de novicios: “No padre”.
El prior hizo una pausa, le miró fijamente y siguió:
Pues verás. Para conseguir nuestra misericordia no basta con el no. Con no tener los impedimentos antedichos, que son condiciones negativas, no basta. Conviene que comprendas también las condiciones positivas y del sí. Las cosas que sí debes cumplir en la Orden. Tienes que saber esas condiciones y tienes que manifestarnos afirmativamente tu voluntad de cumplirlas, No sea que luego - andando los años- nos vengas diciendo que te engañamos y que no sabías que hubiera en nuestra vida común obligación de hacer unas cosas tan difíciles de realizar.
En primer lugar, debes comprometerte a cumplir los tres votos principales de la Orden, obediencia, pobreza y castidad. En cuanto a la obediencia debes saber que estarás obligado a cumplir nuestra Regla y constituciones y a obedecer a tus mayores. Piensa que ya no tendrás ninguna libertad; que quedas completamente sujetado y privado de voluntad propia. Así por ejemplo, no podrás comer o beber sin permiso; ni ir a ningún sitio sin permiso, ni hacer nada que te apetezca sin que te lo permita tu superior. Si estás en Barcelona, pero tus superiores dicen que tienes que ir a España, a Roma, a Florencia, a Milán, a Francia, tienes que obedecerlos a ellos, para nada importa tu voluntad.
En cuanto a la pobreza, lo mismo, hijo mío. No podrás tener nada, absolutamente nada. Por poco que sea, no podrás considerar nada como tuyo, nada de lo que puedas decir “esto es mío”. Nada. Las cosas que se te conceden para usarlas, siguen sujetas a la voluntad de tu superior. Él te las podrá quitar siempre que quiera, sin que tú tengas nada que objetar ni qué preguntar. No podrás tener dinero. Si alguien te diera dinero no lo podrás gastar, ni dárselo a nadie, ni enajenarlo, ni cambiarlo. En caso de que alguien te diera dinero tienes que ponerlo inmediatamente a disposición de tu superior aunque sean unos céntimos.
En cuanto a la castidad, no solo tendrás que mantenerla con el cuerpo sino con la mente. Es decir: No podrás pensar en cosas impuras ni deleitarte con ellas. Y aparte de eso, no podrás decir groserías, torpezas, ni hacer actos indecentes, lúbricos. No podrás desnudarte, ni fijar los ojos en las mujeres. En esto tienes que considerarte a ti mismo como si no fueras hombre. Como si fueras una piedra. Como si fueras una madera.
Es difícil, Martín, hijo mío. Muy difícil. Pero para poder cumplir estas cosas, tenemos una Regla y unas Constituciones que establecieron algunas técnicas para la maceración del cuerpo. Por ejemplo, tenemos las vigilias. Cuando a ti te apetezca dormir, tendrás que levantarte para ir a maitines o para cumplir otras ordenes que se te den. Tenemos los ayunos, que deberás cumplir todos los viernes del año sin excepción y todos los demás días desde la fiesta de la Santa Cruz de septiembre hasta la de la Pascua. Los domingos, están exceptuados.
No podrás jamás comer carne sin necesidad, enfermedad o licencia del superior. Pero como nuestra Orden es razonable y sólo exige al religioso lo que el religioso sea capaz de dar, debes saber que en caso de que surja alguna necesidad, el prior podría ejercer contigo algunas dispensas de cuando en cuanto respecto a estas austeridades, sobre todo en lo que respecta a vigilias y ayunos.
Los viajes largos tendrás que hacerlos a pie y de vez en cuando sin dinero, pidiendo limosna para mantenerte. También será bueno que vayas por las ciudades y villas pidiendo trigo, vino y otras cosas para el sustento de los frailes de tu convento. Debes salir a pedir pan con un saco. Tendrás que llevar, querido Martin, ropas harapientas, vulgares y padecer muchas incomodidades y muchos trabajos. Incluso, fíjate Martín, incluso haciendo todo esto así, todavía tendrás que padecer críticas, tribulaciones, incomprensiones y burlas de la gente. Y todo ello deberás soportarlo con paciencia. Cuando más graves sean estos sufrimientos mayor recompensa tendrás, incluso la vida eterna. La cual te prometo en nombre de Dios, si cumples firmemente todo lo que te acabo de decir.
Así pues, ¿quieres cumplir todo lo que te he dicho?
Martín respondió:” Sí quiero” Y el prior: “Pues el Señor que empezó en ti esta buena obra, que la lleve a su término”.
Amén, dijo a una voz el Convento al completo.
Entonces el maestro que había permanecido inmóvil a escasa distancia de la escena, acompañó a Martín hasta el asiento del padre prior y le mandó que se arrodillara. Llegó el hermano vestiario, trayendo las nuevas ropas que tenía preparadas, se las acercó al prior y este se las fue poniendo a Martín, empezando por la túnica. Después le ciñó el cíngulo, y a continuación el escapulario, la capucha y la capa. Por este orden.
Ya vestido Martín con el hábito de la orden, todos los frailes se pusieron de rodillas. El hermano cantor comenzó a entonar el himno “Veni Creator Spiritus” y todos los religiosos, de dos en dos, desfilaron lentamente cantándolo camino del coro. Detrás del prior iba el padre maestro conduciendo al ya novicio Martín hasta la grada del altar mayor. Llegado a ese lugar el maestro le indicó que volviera a postrarse en el suelo en venia mayor hasta que el coro concluyera el himno al Espíritu Santo.

Cuando esto ocurrió, dijeron los kiries rituales, el paternóster, el emite spiritum tuum, etc. El maestro llevó a Martín otra vez ante el prior y le ordenó que se descubriese la capucha. El prior asperjó a Martin con agua bendita, y a continuación le recibió para el abrazo de la paz. Después del prior, hicieron lo mismo todos los frailes, primero los del coro derecho, luego los del izquierdo.
Por última vez el maestro de novicios llevó a Martín delante del prior y este le dijo para finalizar el acto: Martín de la Escalera Martínez, desde hoy te llamarás Beltrán de Paredes.







tres reyes magos y un camello

