Efectivamente Luis no echó en saco sin culo mi petición de poner digno pie a esta fotografía. ¡Y mira que le costó profundizar en sus recuerdos!
Hoy os invito a la lectura del relato que suscita a nuestro querido compañero Luis Carrizo el descubrimiento de esta fotografía. Hasta los escarabajos de Liverpool llegaron a temblar ante el empuje musico-innovador de este cuarteto imperecedero.
¿Quién se aventuraba en aquellos años a enfrentarse ante los virtuosos de la tiorba, el figle, el fiscorno y el archilaúd?
Leed sus cuitas, Luis me asegura que todo es verídicamente improbable.
Gracias, amigo Luis. Feliz fin de semana y reiros un rato.
Nota.- Lo de la fotografía son gestos, no es que fuesen así, ¿estamos?
Pie de foto
No quisiera defraudar tus expectativas, querido Josemari, pero los recuerdos que esta foto me evocan, dada su antigüedad, se me presentan de manera algo confusa en mi imaginación, por lo que, te prevengo, solo encontrarás aquí la crónica deshilvanada de mi vaga memoria
En la época en que fue tomada la instantánea, los componentes de lo que acabaría convirtiéndose en el cuarteto Ácueos Senderos estaban aún en los primeros compases de su carrera artística, y muy lejos por tanto de imaginar siquiera, que la fortuna, con sus vueltas y revueltas, y sus idas y venidas, acabaría conduciéndolos por otros muy diferentes e inesperados caminos.
Por aquellas fechas – quiero recordar–, llegaron a alcanzar cierta notoriedad entre el público de internados, asilos y sociedades benéficas, interpretando country alternativo con una estética un tanto irreverente, tributo inevitable a la influencia de los de Liverpool. De allí, y degenerando (como el banderillero aquél que llegó a Gobernador Civil), pasaron al rock psicodélico, para acabar desembocando, sin solución de continuidad, en la música acuática. Pero, como un abismo llama a otro abismo, tras advertir que algunos otros colegas comenzaban a experimentar con el dodecafonismo y otras músicas aleatorias y desconcertantes, y no eran apedreados, decidieron por su parte cambiar también de registro y navegar las aguas de lo que ciertos especialistas calificaban como música minimalista.
Fue a raíz de esta aventura cuando juzgaron muy pertinente adoptar el nombre que arriba quedó dicho, así como renovar su instrumental, por considerarlo más acorde con su nueva imagen. En consecuencia, Ximo se pertrechó de un figle en el que soplaba con esmero; Medarde pulsaba la tiorba; José Luis chiflaba en el fiscorno; y, el cuarto en discordia, de quien solo recuerdo que era de Golpejar de la Sobarriba, tañía el archilaúd. “Cuatro poco usitados instrumentos”, solían informar con intención, en los programas de mano.
No podría darte excesivos ni más precisos detalles de este período, porque, la verdad sea dicha, su música, contrariamente a lo que sucedía a sus colegas de Liverpool, nunca llegó a calar entre el gran público, y sus actuaciones siempre discurrieron con infinita más pena que gloria.
Fue durante aquella larga época de penalidades cuando quiso la caprichosa fortuna que, todos al unísono, después de tantos años de disonancias, sintieran despertar en su interior la irrefrenable llamada del arte culinaria (misterios del insondable corazón humano). Y, como si de una obra bien ensayada se tratase, un buen día, casi sin darse explicaciones, casi en silencio, como en los grandes dramas, abandonaron el mezquino patrocinio de Euterpe, se dijeron adiós, y se adentraron en la jurisdicción de la desconocida musa de los fogones.
Aunque sé, amigo Cortés, que tu curiosidad por los cuatro protagonistas de la fotografía, se circunscribía a su exclusivo período musical, no quiero dejar de apuntarte, siquiera brevemente, las últimas noticias que, sobre ellos, han llegado a mi conocimiento.
De Ximo alcancé a saber que, tras unos difíciles y finalmente fallidos intentos con la marisquería ¡Ah, Coruña!, con que abrió el fuego en la capital de La Rioja, optó por buscar nuevas oportunidades, esta vez en Valencia del Cid, con la hamburguesería ¡Oh, qué sabroso!, de cuyo buen suceso vive cómodamente, una vez enjuagadas las deudas de la marisquería.
Medarde –por lo que han llegado a contarme – se está hartando de palear duros, gracias a un restaurante para exquisitos y gente cultivada, al que intituló Amicus plato, sito en Carretera de Barañaín, 26, Pamplona. Su clientela, para que te hagas una idea, come siempre el croasán con cuchillo y tenedor.
El de Golpejar –según me dijeron– tuvo peor suerte al dejarse engañar con el señuelo del ecologismo. Regentó, en sus inicios, el restaurante semi-vegetariano Biotipo, pero las poco apasionadas reacciones que desataban entre su target objetivo las ensaladas de diente de león y los yogures desnatados, le obligaron a echar el cierre y probar nueva fortuna en Viloria de la Jurisdicción, donde abrió con nuevas ínfulas (¡nuca lo hiciera!) la casa de comidas New Gandi.
José Luis, sin embargo, ha sido un águila para los negocios (todo esto lo conozco a raíz de una entrevista que le hicieron en el periódico, con ocasión de ser nombrado empresario ejemplar). Leyó varios libros de márketing –según sus propias declaraciones–, antes de definir sus estrategias; y, desde el principio, tuvo muy claro que tenía que segmentar el mercado y focalizar su oferta en dos nichos de clientes potenciales. Empujado seguramente por antiguas querencias, bautizó sus boyantes locales como El templo del café, y La catedral del jamón. Significaba el periodista, a modo de anécdota, que es norma preceptiva y marca de la casa, tener siempre, como fondo, en todos sus establecimientos, música de la Escolanía de la Virgen del Camino.
Luis Carrizo