No se me ocurre cómo encabezar esta quinta parte de la crónica que Isidro está redactando con motivo de su visita a León del pasado mes de Octubre. Simplemente, disfrutemos con su lectura que encierra la sabiduria, técnica, emoción y cariño de Isidro Cícero. Extraordinaria lectura para este puente. Magnífica oportunidad para aprender.
Gracias amigo Isidro, pero ya estamos esperando los GLORIOSOS.
B) MISTERIOS DOLOROSOS
Me han dicho que era gallego -y no tengo por qué ponerlo en duda- uno que siempre había oído repetir en la su parroquia, en la su aldea, que Castilla era ancha. Venía al volante del barreiros renqueante por aquella carretera descarnada de más acá del Manzanal, rumbo a León. No lo mencionan los autores, pero es probable que aquella tarde, como muchas otras tardes, contuviera el silencio abismal de la llanura; es probable que el cielo resonara con el eco morado de las rañas y con el estertor de las hectáreas, según el memorable esquema para captar el paisaje leonés que hizo una vez Luis Mateo Díez y que yo sigo al pie de la letra. Al gallego le daba igual: El gallego no percibía el resonar, ni el silencio, ni el estertor. El gallego entraba en el secarral, como quien dice, pasando de aquellas grandiosidades, sólo que con una gran tensión en la bragueta y siempre pensando en lo único.
Igual que muchos de nosotros entonces. Por la debilidad de nuestra carne, pensando en lo único nos quedábamos cantidad de veces, delante de cada uno de los tres retablos que frecuentábamos en aquel templo extendido sin reparar en sus silencios ni en sus estertores. Hablo del retablo repleto de angelitos que nos entregaron Antonio y Pedro, de Valladolid, el día de San Juan de 1730; hablo del Supercristo eucarístico, hecho de teselas café con leche, que ensambló Iturgáiz en la capilla de la Escuela Mayor y en cuya base izquierda siempre nos quedábamos mirando la copa caída que representaba la de Judas Iscariote, el traidor, y algunas de las treinta monedas de su contrato, creo que Iturgáiz no puso las treinta. “Lo único” nos hacía traicionar, de pensamiento y de obra, demasiadas veces nuestra santa vocación; de palabra bastante menos y creo que pecados de omisión en esta materia no se cometieron nunca allí, a lo mejor me confundo. Y hablo, cómo no, del retablo que el mismo Iturgáiz compuso para la Escuela Menor, cuyas teselas de oro y azules representan una virgen con la cabeza demasiado voluminosa pero muy joven, prácticamente de nuestra misma edad, llevando un pesado manto, más amplio que el de Isis, bajo el cual cobijaba a las glorias negras y blancas de la Orden. Ellos a la izquierda del espectador, ellas a la derecha.
Era mozo el camionero y andaba salido, ya digo. Con el traquiteo del camión, la mucha calor y las hormonas explotándosele, llegaba al páramo apretado de ingles. Los gallegos decían “anchaescastilla”, cuando se querían referir a cierta ampliación de las expansiones individuales, como beberse todo o porrón, meterse mano en octubre aprovechando las sombras al salir del rosario o acabarse los figos do hortiño da veciña. O a llevarse por delante todo lo que se meneara. Por eso, cuando, ya en la paramera, tropezó el camionero un grupo de muchachas que iban al pozo a buscar agua, detuvo la marcha, bajó con la manivela el cristal de la ventanilla izquierda, la de su lado y dio las buenas tardes muy educadamente sin apagar el motor y sin apear o acentiño. “Oigan, buenas tardes, ¿molesto si pregunto?”. El barreiros runfaba por lo bajo, al ralentí. “No, hombre no; pregunte pregunte, faltaría más”, contestaron a una ascasurriñas. Pero el camionero gallego, ruboroso, prudente, un punto tímido, no acababa de decidirse y hasta dos veces más formuló la cuestión previa a la cuestión: “¿Molesto si pregunto?” “Que no, que no, que no, pregunte pregunte, faltaría más ”, repetían ellas también por triplicado, ay aquella xenofilia del mundo rural, cuando aún no se había iniciado el desvirgue turístico. Mentalmente, cada moza adivinaba la respuesta que debería dar a la pregunta aún no formulada, para ser la primera en contestar al rubio mozo del camión. Si preguntara cuánto queda para La Bañeza, queda tanto; si preguntara dónde está la próxima gasolinera, descontando la de Astorga, en Trobajo; si dice de una fonda, (entonces aún los camioneros no preguntaban por restaurantes), en la Virgen... ”Pregunte, pregunte, pregunte”, insistían las mozas a coro. Cuando al final se decidió, al gallego los ojos se le llenaron de picardías mientras bajaba la voz hasta confundírsele con el rum rum del motor:
- ¿Son ustedes putas?
Supongamos que las jóvenes no lo eran y le dicen la verdad (que no) y que el joven camionero gallego llega a la ciudad de León con las mismas apreturas; que detiene el barreiros a la entrada junto a la plaza de toros; que se acerca a un taxista y le pide que le lleve inmediatamente al burdel más cercano, porque ya no aguanta más. ¿Qué debería hacer el taxista cristiano en un caso como éste? Pues si el taxista ha escuchado en San Marcelo el sermón que acaba de predicar el famoso padre dominico fray Antonio Royo Marín, no tendría duda alguna. “¡No, no es lícito a un taxista llevar a un prostíbulo a un viajero que se lo pida¡ A no ser por causa grave, no es lícito. Si lo hace, si el taxista lleva al prostíbulo al viajero, peca mortalmente, porque colabora al pecado del otro de forma próxima, aunque no necesaria”.
Pero al menos, aunque no le llevara y para no pecar ¿el taxista podría indicarle al camionero gallego, pongamos por caso, hacía dónde caía el lupanar leonés? ¡Ni hablar!, contestaría Royo Marín. El taxista no puede en ningún caso indicarle al viajero dónde se encuentra el prostíbulo. ¿Por qué? Pues porque eso sería una colaboración voluntaria en pecado ajeno. Lo más probable es que (abro llave), en los apuntes de moral de San Esteban habría además de la colaboración voluntaria en pecado ajeno, colaboración involuntaria en pecado ajeno, parece lo mismo pero qué va, colaboración involuntaria pero ajena en pecado propio y colaboración voluntaria pero ajena en pecado propio. Esto no lo sé, que no llegué a Salamanca, ni a Caldas llegué, esto lo deduzco yo.
Viene a cuento lo anterior porque el sermón, el camionero, las mozas y el taxista eran de la misma época en la que se hizo un pequeño agujero en el páramo para meter en él la primer piedra del Santuario, un ejemplar de Proa, otro del Diario, algunas perras, y un certificado del obispo. El agujero debieron de hacerlo en el mismo sitio en el que hoy está radicada la torre de la estrella colorá y visto lo visto, voy a acabar creyendo con el propio arquitecto y el padre procurador de aquella magna procuración especial - un tal Blázquez- que el Santuario fue lo que es un milagro: La Santa Iglesia católica de España no estaba entonces en la onda del discurso de este Santuario, el primer Discurso Ecuménico, Conciliar, Moderno y –diré más - el primer Discurso Espiritual del siglo XX que ocurrió - ya quedamos el otro día en que este tipo e arte “ocurre” en vez de hacerse - en esta península de nuestros pecados.
Ya que tenemos que referirnos al contexto social, religioso y político de aquel milagro sobre el páramo, hay que reconocer, como digo, que la santa Iglesia católica se hallaba en las antípodas del Discurso del Santuario. Ensoberbecida por su reciente victoria, la Iglesia se entretenía cuando entonces en una dura pontificación contra el cine, contra el baile agarrado, contra las playas, contra la moda y contra las piscinas. Los dominicos, ya lo siento mis queridos maestros, estaban en primera fila de esa pontificación. Lo que decía de los taxistas de León, la escuela de Salamanca lo aplicaba también a los “dueños de hoteles y a los taberneros” de todo el país, si en vez de vigilarlo y combatirlo daban cobijo al vicio. El padre Pedro Lumbreras, en esto, iba aún más lejos que el padre Royo Marín y señalaba el grave pecado que también cometían los músicos por “tocar y tañer” en los bailes. O el que cometían los propietarios que tenían locales y los alquilaban para bailar.
El dominico asturiano Antonio García Figar, autor de la biografía del primer obispo de Madrid Alcalá, asesinado a tiros en el siglo XIX por un sacerdote andaluz loco y amancebado, no perdía de vista los materiales con los que se fabricaban las ropas interiores de las chicas, concluyendo, qué listo, que jamás debían ser de seda ni de otras materias suaves o acariciadoras: “Sublevan las sensaciones”, dictaminó. Esto a nosotros no nos pilla de sorpresa porque a nosotros ya nos decía el obispo húngaro Tihamer Toth: “Que tu pantalón sea ancho, que no te apriete, porque eso te puede excitar. También puede ser muy peligroso que cruces las piernas cuando te sientas, que metas las manos en el bolsillo, o que estés sentado largo rato, sobre todo si el sillón es blando”.
La Iglesia, día es hoy que aún no se ha arrepentido de su victoria, acabará condenándose por ello, pero sí nos conminaba a tener cuidado con la ropa peligrosa que podría provocarnos el gravísimo pecado de la masturbación, que el dominico García Figar te averiguaba por sus signos externos incluso sin necesidad de confesárselo. Nada más echarle la vista encima a un chico, Figar descubría si era un pecador solitario o no. Si tenías languidez en los ojos, si tenías pereza para el trabajo intelectual, si te parabas demasiado al andar, si caminabas a pasos cortos, si tenías ojeras y palidez, no me digas más, no me digas más, no me digas más.
Hasta siete eran las señales del aficionado al manubrio, según Figar. Cela, en la Mazurca para dos muertos, dice que también las señales del hijoputa eran siete. Una: tiene las manos blandas; dos: no te mira a los ojos, tres... ¿cuál era la tres? No recuerdo, sólo me acuerdo de las dos primeras porque conozco a uno que coincide plenamente con ellas. Además tengo la ventaja de que si algún día, por casualidad, necesitara recordar alguna de las otras cinco, puedo enviar un correo a mi querido amigo Luis Carrizo Medina, a quien he llamado Pílades en algún momento, y se sabe todo el Cela del derecho y del revés y me lo dirá. Para que os hagáis una idea de lo que sabe, el otro día - y porque venía muy a consonante- me remitió un correo con esta cita del Nóbel gallego: “¡Cuán flaca es la memoria de los supervivientes, Santísima Virgen de los Cuchillos, venerada en Valladolid, cuán flaca es la memoria de los supervivientes!”
Para una mujer, decía Figar, un vestido decente no debe tener más de cuatro dedos de escote del arranque del cuello hacia abajo; las mangas en invierno deben ser largas y todo lo más hasta medio brazo en verano; y la falda debe llegar hasta media pierna. Los dominicos como García Figar, sobre la moda de los cincuenta tenían una opinión bien formada: No era una moda para vestir ni para desnudar, sino para semidesnudar. Y semidesnudar tenía más delito que desnudar del todo. ¿Porqué? Aaaa-migo. Pues porque el semidesnudo provoca más que el propio desnudo. ¿Y porqué? Mi sobrino Alberto, el de León, me encanta por muchas cosas, pero esta forma suya de concatenar porqués me dejó fascinado. Respondo que son sutilezas y a la mayor parte de los que no hemos ido a Salamanca lo más probable es que nos pasen desapercibidas a lo largo de nuestra vida, pero cuando lo piensas te das cuenta de que tienen razón, la semidesnudez excita insidiosamente el morbo de la curiosidad, acordaos de la malvada curiositas que dimos el curso pasado; mientras que la desnudez entera puede, bueno la desnudez entera es tan evidente, es tan directa, es tan sincera, es tan frágil en el fondo que puede llegar a ser inocua. Al padre Figar, le provocaba “asco, le provocaba rechazo, le provocaba ganas de huir”.
Lo cual que había otro cura (no uni-ver-si-ta-rio), de allí, de cerca de donde yo vengo que para amenizar un poco la vida al acojonado personal y para que, cuando él muriera, ya cumplió con este trámite hace tiempo, recordáramos como recordamos largos años sus celebridades, también clamaba contra la moda en aquellas iglesiucas a las que la gente todavía llegaba en albarcas: “¡Esas faldas tan altas¡”, predicaba. “¡Esos escotes tan bajos¡”, sonreía para adentro, aunque manteniendo por fuera un gesto de suma indignación: “¡Ahí, ahí es donde el señor obispo nos ha encomendado a los sacerdotes y a los misioneros que empecemos a fijarnos; por ahí es por donde el señor obispo nos ordena meter mano con la mayor firmeza¡”
Dobles sentidos cazurros, ambigüedades de pueblo, de pueblo de alta montaña –se había criado en Portilla de la Reina- que aún perduran, sonrientes, en nuestra memoria colectiva.
¿Y la moda masculina? “El hombre que vaya desnudo de cintura para arriba”, decía Figar, “va deshonesto y escandaloso. ¿Por qué? Porque su desnudez invita a los niños y a los jóvenes a la imitación, les afecta. Esos desahogados inmorales tientan a las mujeres y, además, lucen a veces sobre su desnudez, Dios mío bendito, ¡una medalla¡” Este García Fígar era un exegeta de la Teología de la Ropa y había descubierto además que el Cine estaba en manos de los judíos y que “al judío” lo que le interesaba era “la corrupción de las costumbres, porque era la manera más sencilla de hacernos a nosotros la guerra”.
Aún así lo que más fritos tenía a los padres predicadores eran las playas. Aquí era donde la Orden de Santo Domingo tenía una honda y hasta peligrosa desavenencia con el Régimen, aunque no llevaron a ninguno de ellos esposado. Bien claro lo denunciaba el Padre Royo Marín con pasión: “En las playas se practica un desnudismo procaz y desvergonzado. Habría que imponer la separación absoluta de sexos, acotando un lugar para los hombres y otro para las mujeres. La autoridad pública incurre en gravísima responsabilidad ante Dios al permitir esas promiscuidades”.
No me consta qué remordimientos le entrarían al camionero gallego con el que empezamos esta crónica cuando pasaba todo empecatado ante la cruz imponente de la Virgen del Camino que entonces empezaba a encofrarse. Tampoco me consta, aunque ya me gustaría, qué le preguntaría Franco a su ayudante, cuando regresaban del Pazo en el coche que le regaló Hitler, aquellos dos veraneos del 58 al 60 por la misma carretera que el camionero rijoso, al ver también, cómo iba creciendo esta torre que se preparaba para albergar en su top point una estrella colorá. Supongo yo que se interesó más que nada por la altura y supongo que el ayudante le dijo que no se preocupara su excelencia porque no llegaba a los 150 de la de Cuelgamuros. Ahora bien, como sí pasa de los 150 metros, como incluso llega a los 153 y como a Franco no le gustaba nada que nadie le hiciera sombra, menos en cuestión de cruces, es posible que el ayudante le repitiera que no se preocupara su excelencia porque ésta de la paramera leonesa estaba en una planicie y la de su excelencia, subida a una cumbre de Somosierra, con lo cual la de León no le haría ninguna competencia.
La Santísima Virgen de los Cuchillos, venerada en Valladolid, también se llama de las Angustias, también se llama de los Dolores, también se llama de la Piedad. “Perdolentes”, por otra parte, es como denomina a esta clase de vírgenes la liturgia del 15 de septiembre, puede que también la del Viernes de Dolores. La secuencia Stabat Mater Dolorosa iuxta Crucem lacrimosa para estos días la compuso probablemente Santiagón el de Todi, aunque hay quien sostiene que no, que la inventaron aquellos polémicos creyentes de Albi que tanto dieron que hacer al Fundador de todo este negociado.
Jacopone o Santiagón fue un personaje un poco cómodiríayo. Con indicaros que pertenecía al PESC, ya os explico bastante. Los del PESC eran unos exagerados, eran unos radicales. Se pasaban. El Papa tuvo que disolverlos de sus estados y excomulgar a bastantes de ellos con toda razón, porque le tenían frito con aquellas denuncias sobre lo fastuosamente que vivía el vicario del hijo del carpintero y sus parientes (los del vicario, los del hijo del carpintero y el carpintero mismo, con qué fastuosidades iban a vivir ellos, los inocentes): Los del PESC eran los Pobres Ermitaños del Señor de los Cielos, mira tú que nombre, mira tú qué indirectas, mira tú qué provocación. Otros que tal bailaban en aquella época de exaltados que no dejaban vivir al sucesor de Pedro, que no respetaban que había heredado de él las llaves, pero no sólo las llaves, sino el freno y la palanca de cambios. La motora no podía navegar si a el no le daba la gana. Tantas paparruchas sobre la santa pobreza, hombre, ya hartaban. Como si la pobreza fuera un mérito, como si los pobres fueran un lugar teológico, Pedro, como si a los pobres no los tuviéramos siempre con nosotros, ahí, a nuestra santa disposición unas veces para darles sopa, otras para darles pena a las beatas y otras para mostrárselos a los nuestros para que ganaran el cielo con la santa limosna de las que nosotros somos los intermediarios naturales. Aquellos Pobres Ermitaños del Señor de los Cielos (PESC) pensaban que podían machacar ellos la cabeza del Picaporte de bronce. Ingenuos. Peligrosos.
A raíz del Stabat Mater, me ataca otra vez la tentación de la curiosidad. Vaya clase de tentaciones que nos atacan ahora. Quisiera yo saber si la Escolanía nuestra tenía en el repertorio esta poesía medieval del siglo XIV y si la cantábamos con la música de Pergolesi o no, me temo que no. Esta polifonía en nuestro templo dedicado a los dolores de la Dolorosa del Camino habría sido muy coherente. Habría sido muy bien acogida por los cultos burgueses de León cuando subían a aquellos cultos. Tengo que preguntárselo a Olóriz, a Vibot, a José Luis, a Baldomero, o mismamente a Bañugues. Lo saben seguro.
Tienes razón en matizarme lo de la coherencia que acabo de mencionar: Stabat no es sedebat, y esta Perdolente nuestra, claramente se ve que sedet y que no stat. Así que tienes razón: la secuencia de Jacopone y Pergolesi en cuanto al dolor casa muy bien en la escenografía del páramo, pero en cuanto a la postura, no. Sin embargo, supongo que estarás de acuerdo conmigo en que tampoco los cultos fieles leoneses iban a cogérsela con papel de fumar hasta ese punto y habrían admitido de buen grado la secuencia entera. Además a esta Mater Dolorosa, mírala al pie de la cruz que plantó allí Coello; lacrimosa, no dum filius pendet, sino lo siguiente: cuando ya Nicodemo y compañía han subido a la escalera con las tenazas de herrar en las manos (no he visto tenazas como las del tímpano de la capilla del castillo del conde de Tirol) con las que han arrancado los clavos y han descolgado al Filius, poniéndolo en brazos de su Santísima Madre, doloroso misterio del rosario y del vía crucis que tanto nos ha conmovido a todos siempre y tantos motivos nos ha dado para la compasión, Vibot, y también para la misericordia.
La esencia de la estampa de la Virgen del Camino es esa foto. Es la crónica de ese instante inmediato al descendimiento; es ese momentum en el que la madre tiene que sentarse (sedet, non stat) porque ya no se tiene de pie y porque ha llegado la ocasión de acoger por última vez en su regazo el cadáver del ejecutado y aún no ha dado tiempo ni siquiera a quitarle del todo el suplicio, ni las huellas del suplicio: Ahí sigue la corona de espinas, ahí siguen las heridas sin limpiar, ahí sigue la avería de la lanza, ahí siguen los destrozos de los clavos. A lo único que le ha dado tiempo a nuestra señora es a mirar y a acariciar con la mano derecha lo más dulcemente que le permite su congoja un bucle de la cabellera del rabí ajusticiado. Y, con la mano izquierda, a subirle un poco el paño de la castidad para que, con el movimiento o el trajín, no se le quedaran al descubierto al hijo, sus divinas vergüenzas delante de todos. Se ve que esta preocupación por el desnudo integral es profunda, supera a muchas otras y nos vienen de bastante lejos.
Esta es la estampa que los leoneses y asimilados llevamos en el corazón desde el siglo XVII para acá; a la que invocamos en las anovenas con jaculatorias que antes empezaban con las palabras “tristísima y dolorosísima Virgen Maria”; la que ponemos en grandes cuadros y estampas en nuestros negocios de baños, zapaterías y abarrotes en México; la que ponemos en las salas de juntas de nuestras florecientes fábricas de cerveza; a la que desde siempre venimos a ofrecerle nuestros hijos cuando nacen. A la que volvemos para consolarnos con ella, cuando a sus brazos nos los lleva la muerte.
Pero fíjate que he dicho, ya te habrás dado cuenta, “mirar y acariciar dulcemente”. ¿Estoy atreviéndome a clasificar a esta Virgen como una Glikofilusa? Porque ciertamente tiene a su hijo en los brazos y le está mirando. Ah ya. Pero esa mirada no es de dulzura, sino de angustia. En sus ojos no hay una premonición sino una constatación.. No adivina como las Glikofilusas el futuro del niño, sino que el futuro que dijo Simeón, un cuchillo de dolor te atravesará el alma, ya se ha pasado. No hay diálogo de miradas entre madre y niño como en las Glikofilusas en las que la mamá mira al niño pensando en su terrible pasión y muerte, y la dulce criatura se enternece al notar la preocupación de la mamá y trata de distraerla con un pajarín, con una caricia, con un libro, con un clavel. Nada más acabar este viaje de placer a León tuve que ir a Innsbruck por motivos de trabajo y vi en el retablo de la catedral un ejemplo fascinante de esta Ternura, una madona con el niño pintada por Lucas Cranach el Viejo que los tiroleses adoran y llaman reina y madre del pueblo del Tirol. En las iglesias de los pueblos de mis condiscípulos hay algunas glicofilusas; en el mío no, porque había una y se quemó. O mejor dicho, la quemaron a su debido tiempo.
A su debido tiempo quemaron también casi todas las Galactotrofusas que había en Europa y había muchas. Las que se salvaron fue porque estaban en parroquias remotas, a donde no llegaba fácilmente la ira de los parabolianos de Trento - en su mayoría jesuitas y dominicos- a quienes molestaba profundamente que una virgen santísima se sacara un pecho en el altar mayor para, sin recato alguno, ni pudor, ni vergüenza, dar de mamar al niño delante de toda la concurrencia. Era un escándalo. Pura pornografía era. Una irreverencia. Y mandaron quemarlas sin contemplaciones. Al quedar tan pocas Galactotrofusas, (el vulgo, vosotros y yo no, las llama Vírgenes de la Leche) alcanzan hoy día cifras astronómicas en el mercado negro de arte robado. Cuando yo era un periodista en activo, le seguí la pista a una Galactotrofusa robada en mi tierra, que al cabo de ocho años recuperó en Alicante la Guardia Civil en una brillante operación. Conservo el expediente.
Bueno pues, cuando con bastante éxito de público y miles de muertos por los dos bandos, celebramos en Bizancio aquellas guerras tan divertidas de las imágenes y ganamos por goleada a los iconoclastas, - esos sí que quemaron theotocos y eleusas- , ya dejamos bien establecidas las características que en adelante tenían que tener nuestras Theotocos, en castellano Madres de Dios, en portugués Madredeus, en catalán la Mare de Deu. Por eso, la del Camino no puede clasificarse así como así entre las Theotocos. Para que la del Camino fuera una Theotocos, tendría que mostrarnos a su hijo vivo y glorioso como Dios en su majestad suprema, no en forma de guiñapo humano como aquí en el páramo.
Yo comprendo que me enrollo mucho y que con temas como estos se me va un poco la olla. Por eso esta vez no me ha molestado que me interrumpieras parándome en seco la clasificación de vírgenes, cuando ya iba yo por las kyriotisas, las blajerniotisas y las platyteras. Me tiraste de la manga para detenerme.
- ¿Molesto si pregunto?
Y yo.
- No, hija, no. Pregunta, pregunta.
- ¿Cuántos eran los cuchillos de la Santísima Virgen de los Cuchillos venerada en Valladolid?
- Siete.
- Y los de ésta.
- Siete también:
- Los siete Dolores, que dicen.
- Xacto. Y, fíjate, para anunciar que este santuario está dedicado a los Siete Dolores del Camino, para que desde el primer momento nadie albergara la menor duda, Coello, como los grandes artífices de los templos de la antigüedad, va y pone el número 7 en la fachada.
- ¿Dónde?
- Ahí.
- Sigo sin verlo.
- Cuenta las ventanas, ¿Cuántas son?
- Cuatro cuadradas a la derecha de la puerta y tres rectangulares a la izquierda. Siete.
- ¿Lo ves? Antes ponían cuchillos reales, afilados. Es muy moderno abrir ventanas en la fachada a la altura de los ojos y que sean 7, como quien no quiere la cosa.
Es un quiño que te hace el genio. Si te das cuenta tú solín bien; si no, no pasa nada. Magistral sencillez de este arquitecto que concentra el mensaje, usa símbolos, pocos, para decir mucho y, sobre todo, no da puntada sin hilo. Por fuera, da la impresión de que Coello sólo abrió unas funcionales ventanas que podían haber sido más y podían haber sido menos, pero son siete. Ah, pero hay que verlas por dentro. Ven adentro, mira. Aquí Albert Ràfols Casamada, (que no se le vuelva a ocurrir a Windows tacharme Ràfols y poner Rafael sin contar conmigo) cubrió estos huecos con vidrieras. En la ventana rectangular de la izquierda, mira, la corona de espinas, con el sudario quizá, con el paño de Verónica acaso. Mira la ventana del centro: Ahí puso la cruz del Calvario y la sombra de un cristo en la misma posición que el de Velázquez, con la melena tapándole la faz. Ahí se adivinan los lienzos blancos para descolgar el cadáver del patíbulo, el lienzo blanco para cubrir las partes pudendas del señor e incluso el rectángulo blanco del INRI. Es un Calvario tradicional ¿Lo ves? No, lo adivino, más bien. Ese es precisamente el arte de Casamada, no te muestra los objetos en sí, sino la huella de color y de luz que ha dejado la presencia de los objetos, una vez que la anécdota de los clavos, del sudario, del INRI se ha evaporado. Es maravillosamente irreal, pero está ahí, o mejor dicho, ha estado. Desde luego, el juego de colores me encanta. A mi también.
Mira ahora el rectángulo de la derecha, míralo. Ràfols Casamada muestra ahí las huellas que han dejado en el cristal los tres clavos - rojos-, la lanza que le abrió el costado, un redondel que tanto pudiera ser el reflejo de la luna de la Parasceve, que fue anoche, o la cara de aquel centurión del pelotón de ajusticiamiento que dijo que estaba feo matar a los hijos de Dios.
- Maravilloso, la verdad.
Creo que si le dejan a Coello a su aire, me sigo enrollando, su obra habría resultado un desnudo total como las ultramodernas iglesias católicas, ortodoxas y protestantes que había visto construir en Alemania. Como las sinagogas que después del Holocausto había visto construir en Alemania. Pero los leoneses no entendían por entonces tanta sencillez para su patrona y reina y protestaron a don Pablo de tanta desnudez integral. Le pidieron un poquito de por favor, aunque no fuera demasiado. Condescendió don Pablo, condescendió fray Curro y ese poquito de por favor dio origen al milagro de la intervención de Casamada. También al de Subirachs. Entre todos ellos concibieron una imaginería imponente en la que, como decíamos ayer, están contenidos todos los misterios dolorosos del rosario. La oración en el huerto no la he encontrado, pero en compensación, Jesús es crucificado lo hacen dos veces: Casamada aquí en la vidriera del centro de la capilla de Guadalupe, (donde José María Cortés nos explica lo del Dainos), y Subirach en el Camarín, donde está el Cristo del Salmo 21.
Jose Mari nos dice que le llaman el Dainos porque una estrofa que se cantaba aquí empezaba con “Dadnos, Señor” pero la gente decía: “Dainos, señor”. Pienso yo que esta estrofa será la del Rosario de la Buena Muerte, que mi admirado amigo Maximiano Trapero me trajo este verano en un precioso disco titulado “La tradición musical en España. Semana Santa. Gusendos de los Oteros. León”. Trapero, lo sabéis, es catedrático de la Universidad de la Palma de Gran Canaria, Medalla de Oro de la Comunidad de las Islas Canarias y Medalla de Oro José Vasconcelos, entre otros méritos mucho más deslumbrantes. Explica Trapero que este Rosario de la Buena Muerte lo cantaban los quintos de cada año, cuando todavía había quintos. En Gusendos la estrofa era: “Dadnos Señor buena muerte/ y tu santa bendición”. En otros pueblos, el mío entre ellos, cantaban: “Dadnos Señor buena muerte/ por tu santísima muerte”. Trapero, como José Mari, no se olvida de señalar que “en muchos otros lugares de la provincia leonesa, Dadnos se ha identificado con el dialectismo “Dainos”.
Respecto al Cristo del Salmo 21, es un crucificado en bronce, tan metalúrgico y retorcido que quita la devoción, como me decían a mi los visitantes del año 65, aquel verano que hice prácticas de esto. Me ha conmovido sin embargo que cuando lo he visto de nuevo, tantos años después, he visto a gente silenciosa delante de él, con devoción. Y no sólo eso, he visto sus pies brillar de oro, de tanto besarlos y tocarlos los visitantes. Bien es verdad que brillan más el escudo de León, la calavera de San Atilano, le O de León que parece una moneda y sobre todo las napias de San Froilán en las puertas del sur.
Para nosotros, el dolor profundo de este Cristo era lo que él decía en ese Salmo. Berreábamos a gritos nosotros aquellas pendejadas de Pemán, que tanto le gustan otra vez al clero de hoy procedente de la fábrica rouco: “Diosestaaaaaquívenidadoradoresadoremos...”. Mientras, el Cristo de Subirach, más viejo, más sabio, más auténtico, más honrado, como podría decir yo, como podrías decir tú:
“Te grito de día y de noche y no me haces caso.
Y eso que dicen que vives aquí, en el Santuario
Y que eres la esperanza de Israel”.
O sea, que como nosotros. Vivíamos per ipsum, cum ipso et in ipso, pero no nos hacía ni caso. Pasaba. Y eso duele la de Dios, según dicen.
El 7 de los dolores lo repitió Coello dos veces más. Contad las ventanas de la hilera superior en la fachada sur, la que da a la carretera: Son 7. Contad ahora las de la hilera inferior: Son 7. Ya sé, ya sé que algunos de vosotros estáis pensando en posibles casualidades, yo os respeto, pero creo poco en casualidades y menos en las casualidades de los artistas.
Dos veces siete, además de ser catorce, ¿no te recuerda algo? Si, pero no sé qué. ¿Te imaginas aquí una serie que se completara con 7 veces 7?. Sí. ¿Cabría más intensidad en un poema simbólico sobre el dolor de los dolores? Cabría, sería bellísimo.
- Supongo que te habrás dado cuenta de que entre la fila de ventanas de arriba y la de abajo con 7 cada una, hay otra de 6. ¿Son 7 y 7 o son 20?
- Son 7 y 7, que dan 14. Y el 14 no es tampoco manco. En los arcanos mayores del Tarot representa al genio humano. Y para la simbología cristiana recuerda que Jesucristo fue crucificado en la 14 luna del primer mes.
- Ya pero, el 20...
- 20 es la letra hebrea Kaph, llena de significados cabalísticos, talmúdicos, taróticos. 20 en Tarot es el despertar de los muertos y significa Resurrección, así que el mensaje del sepulcro-caja de zapatos y cruz de sepultura vuelve a apuntar a la vida. Pero te diré algo todavía más fantástico. 20 para la Cábala significa la Verdad.
- ¿Y?
- Pues que el dominico Coello sin poner escudos ni nada por el estilo, sin llamar la atención de nadie, excepto la de los buenos entendedores pudo poner ahí, quizá puso ahí, con estos materiales simbólicos y nada zafios de apertura y luz, que el Santuario de la Virgen del Camino estaba atendido por una Orden cuyo lema era Veritas, la Verdad.
Si tengo tiempo y salud, José Mari, cualquier día de éstos terminaré de rezar el rosario recitando por fin los misterios gloriosos, que son ni más ni menos que los misterios del cristal. Aunque sólo sea para corresponder a esos cariños que me expresan nuestros queridos compañeros cada vez que te mando unas reflexiones de las mías, caracterizadas no por la sabiduría ni la técnica, sino por la emoción y el cariño. Y como me dicen aquí, te diré, os diré cuáles son las reflexiones que me han llevado a expresiones tales como las de un templo extendido, o las de calificar nuestro Santuario como el primer Discurso Ecuménico, Conciliar, Moderno. Más aún, el primer Discurso Espiritual del siglo XX.