Me ordena el inventor y muñidor de este tinglado que escriba algo acerca de esta añeja fotografía y no me queda otra que obedecer, de modo que lo siento por los asiduos, pero tengo que empezar a juntar letras y palabras, y saldrá lo que tenga que salir.
Me informo, para empezar, de que la Virgen del Camino es Regidora Perpetua de la ciudad de León, título que le fue concedido el 19 de mayo de 1938, durante la Guerra Civil española. Dado que el año coincide con el que data la fotografía que nos ocupa, ¿se corresponderá, tal vez, el desfile procesional con el acto del otorgamiento? Así, sin más datos, es difícil saberlo, pero en la imagen la primavera se muestra aún demasiado temprana para esa fecha, pues las hojas de los árboles no han acabado todavía de poblar las ramas y el personal se cubre con prendas de abrigo.
Por cierto, no es el mencionado el único título que ostenta la Patrona Leonesa, dado que también le fue concedida la Medalla de oro y brillantes de la Diputación de León (30 de junio de 1954) y es, asimismo, Regidora Honoraria y Perpetua del ayuntamiento de Valverde de la Virgen desde el 30 de junio de 2005, amén de patrona de las carreteras (algo tendría que aportar el nombre). A nuestra Virgen del Camino, ya de por sí Reina de los Cielos, nos la han convertido en todo un personaje terrenal.
Es notable la tradición patria de conceder titulaciones de alto grado militar o regidurías civiles a las advocaciones religiosas. Ha sucedido tradicionalmente en épocas de acerados conflictos bélicos, de lucha entre el bien (nosotros) y el mal (el enemigo), con tantas y tanta veneradas imágenes de vírgenes, cristos, santos e incluso reliquias y otros objetos de culto. Ese empeño de otorgar al sentimiento religioso un espíritu militante, incluso belicista… Y este afán se vuelca especialmente con la dulce María, a la que quieren presentarnos como una Atenea helénica o como una Ishtar mesopotámica… Dejó una explicación más por extenso de la atribución de semejante e injustificado ardor guerrero a la sabiduría de más de uno de los compañeros que aparecen de vez en cuando por este foro, por si alguno de ellos tiene a bien ilustrarnos al respecto.
Y ahora, me vais a permitir un inciso para ofreceros algunos datos sobre los orígenes y antecedentes de esta tan española costumbre. Lo siento, pero la cosa me está saliendo así, de modo que, si os aburre, os lo saltáis.*
Parece ser que ya durante la Reconquista se atribuía la victoria en ciertas batallas contra el moro infiel a la intervención de mediadores divinos: la Virgen de Covadonga, Santiago el “matamoros”, la Virgen de la Mayor de Sigüenza, considerada, allá por el siglo XII, nada menos que efigie socia belli (‘compañera de batalla’) del obispo Bernardo…
Cuando en el siglo XVI se inventa el grado de capitán general, muy pronto comenzó a ser otorgado a advocaciones de la Madre de Dios. La primera en recibirlo fue, según se documenta, Nuestra Señora de Butarque, en la villa madrileña de Leganés.
Pasan los años, y aún los siglos, y el enemigo gabacho, puñetero e imperialista, nos invade, y toda ayuda es poca para intentar echarlo de aquí. Y ahí aparece la más belicosa _no por culpa suya, claro_ de nuestras vírgenes: la del Pilar, la que no quería ser francesa, sino capitana de la tropa aragonesa. La siguieron, en aquellos años de hierro y miseria, la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, nombrada por el el Consell de la Ciutat “generala y aun generalísima de la ciudad y Reyno de Valencia, y siempre que salga en procesión que le rindan honores militares y se dispare la artillería del Baluarte”. Y la Virgen de Zocueca, a la que se atribuyó una intervención decisiva en la batalla de Bailén, debido a la cual, en agradecimiento con más de un siglo de retraso, el rey Alfonso XIII le otorgó el rango de capitana general. Y, ya puesto, este monarca hizo lo propio con la del Rocío y la del Pino (patrona de Gran Canaria), aunque a estas dos últimas no se les atribuían hazañas bélicas reseñables.
Llegados a la desdichada Guerra Civil, época a la que corresponde el retrato que nos ocupa, la cosa se dispara (perdón, no es un juego de palabras). El caudillo triunfador decide otorgar los máximos honores militares a todas estas advocaciones marianas, que se suponía que habían estado de su parte: Virgen de Covadonga (1939); la Fuencisla, patrona de Segovia (1941); del Rosario de Cádiz (1947); la Esperanza de Toledo (1952); de África, en Ceuta (1954); la Caridad de Cartagena (1955); Virgen de los Remedios de Fregenal de la Sierra (1956); la Fuensanta de Murcia (1958); del Puy de Estella, Navarra (1958), y del Rosario, Granada (1962). También, algo después, a la madrileña Virgen de la Almudena, a la que, al poco de la muerte de Franco, le fue ofrecido el fajín del victorioso general por parte de su viuda, si bien he de confesar que, cuando he ido por la catedral que lleva su nombre, nunca he reparado en que lo luciera.
Pasado el furor militarista, los nombramientos se orientaron hacia el poder civil y, de este modo, se constata la existencia de al menos 84 regidoras perpetuas, la mayoría vírgenes, muchas de ellas recientes, puesto que la investidura corresponde a los años del gobierno de Rajoy. Sorprendente, ¿no?
Y aquí vuelvo _que ya está bien de digresión_ a retomar el hilo del comienzo. En la fotografía, nuestra Dolorosa aparece en el centro de una procesión, rodeada de fusiles, los contundentes máuseres o mosquetones de entonces, con la bayoneta calada _espeluznante visión_, combinando, tal vez, protección frente a un enemigo ausente y rendición de honores. Seguramente el acto tuviera condición de rogativa, una más de las que por entonces se efectuaban en cualquier ciudad o pueblo de la llamada Zona Nacional para impetrar la victoria sobre los enemigos de la religión.
Centrémonos ahora en la instantánea, recorte puntual, como cualquier otra, en el devenir del tiempo del tiempo y el espacio de la vida humana. Al sumergirnos en ella, todo lo demás queda fuera: el tiempo se paró ahí y el espacio se redujo a lo que cabía en el enfoque de la cámara. En este momento, la comitiva pasa ante las puertas de un establecimiento, en cuya anodina fachada puede leerse, echándole un poco de imaginación, FERRETERÍA EL CRUCERO, y algo más abajo, a los lados de las puertas “semillas” y “herramientas de todas clases”; y algo más que ya no soy capaz de adivinar. Semillas y herramientas, buena conjunción de elementos imprescindibles para la subsistencia en tiempos tan difíciles y tan revueltos. Y todo, como decía, muy sobrio, muy sepia, con los anuncios a modo de grafitis desvaídos, lacónicos y sin gracia. No habían llegado aún los neones ni estaban los tiempos para luminarias.
La imagen de la Virgen domina, como no podía ser de otro modo, la escena. Ahí está, en su baldaquino ambulante, elevada sobre los mortales. Pero no demasiado, no sé si por ser los costaleros algo enclenques o por haberla sorprendido la instantánea en un momento en el que estos llevaban a cabo algún movimiento elevación o de descendimiento. Pero la veo muy sola: los componentes del cortejo procesional parecen estar a lo suyo, apenas se ve a nadie que le muestre fervor o, al menos, atención. Apenas puedo distinguir una mujer cubierta con pañuelo, justo detrás de las andas, que parece mirar fervorosamente hacia arriba y un par de personas, en la parte delantera, que se vuelven para dedicarle un saludo romano.
La foto, tomada en picado suave, muestra sobre todo un conglomerado de cabezas, si bien en algunos casos se puede ver también parte del tronco que las sostiene. No son pocas las que están peladas, las que muestran el esplendor de la calvicie, ese sol tan humano que a veces reluce con el reflejo del de allá arriba. Y es que se trata, en su mayoría de gente de edad, y en la época no se habían inventado los injertos de pelo, y el champú seguramente tampoco abundaba. Las mujeres se cubren con el velo negro a que obligaban los actos de devoción, el hiyab cristiano de por entonces, de uso obligado en los actos religiosos y lugares sagrados. ¡Qué discriminación, Señor! Si hubiera sido ahora…
Ahí van los soldaditos, portadores de los fusiles, desfilando con el garbo propio de los esbeltos gastadores, con el gorro “de plátano” echado hacia un lado y la borla colorada balanceándose sobre la frente, todo con su punto de chulería: como debe ser. Puedo contar siete u ocho, flanqueando a la Virgen por los cuatro costados. Son los más jóvenes, lo más guapos, a la par que importantes en tiempo de guerra. Seguro que más de un piropo disimulado habrán recibido de las parroquianas que los rodean. Fijaos, si no, en ese que, casi en primer plano, comparte una sonrisa cómplice y pillina con la compañera de al lado. No sería de extrañar que, momentos antes, se hayan dicho algo solapadamente. A lo mejor hasta han quedado para ir al baile. O la mejor ya tenían algo que ver. Otros van más serios, más marciales, muy en su papel, pero luciendo palmito igualmente.
Detrás de la imagen se ven los que parecen ser los próceres, tres señores bien maqueados, con prestancia. Dos de ellos lucen la consabida calva, mientras que el de la izquierda exhibe un tupido y lustroso peinado hacia atrás, seguramente fijado con brillantina, y unas gafas oscuras que lo convierten en un personaje prototípico de la época, miembro del movimiento político dominante en el bando nacional, o tal vez de la policía política, o algo así. El del centro parece llevar la voz cantante en ese momento, mientras que los otros dos inclinan la cabeza hacia él, en actitud de atenta escucha. ¿Qué estarán tramando?
El resto es puro pueblo, de apariencia humilde en su mayoría, aunque también se ven algunos encorbatados, sobre todo los que siguen a los presuntos mandamases: tal vez sean miembros de la corporación municipal o funcionarios de algún rango. Reparad en esos dos hombres de la parte delantera, alineados en breve fila, ambos con profundas entradas y apariencia rural o menestral. Uno de ellos porta un largo cirio, tal vez en cumplimiento de una manda personal emanada de algún favor que ha recibido o espera recibir de la Patrona. Los dos miran, al unísono, hacia la izquierda, quizá porque se han dado cuenta de la presencia del retratista que, de algún modo, los va a perpetuar. Observad también a ese cargador delantero que, aunque con atuendo más de ciudad, lleva guardado en el bolsillo lo que parece ser una boina, el tocado masculino rural y popular por excelencia en las tierras mesetarias.
Pero, como comentaba más arriba, la procesión se muestra en esos momentos un tanto descontrolada. La mayoría ofrece la impresión de estar charlando de sus cosas, incluso formando corrillos y dando la espalda a la venerada imagen. Hay expresiones, gestos, complicidades, sonrisas, conversaciones, cotilleos. Esas dos señoras que se desmarcan junto a la fachada…; y las que aparecen apoyadas en una de las puertas…; y el alegre círculo que se ha formado detrás de los importantes…; y aquellos que se limitan a mirar pasar… ¡Será posible! ¿No hay nadie que ponga orden aquí? Pero es que el clero no está, no se ven sacerdotes revestidos para la ocasión, cuando debería estar presente el propio obispo; ni siquiera monjas orantes y cantoras. Y eso que estamos en la zona nacional y católica ¿Dónde se han metido? Puede que vayan un poco más adelante, o más atrás, y que el fotógrafo, irreverente él, haya decidido por su cuenta excluirlos del plano. Pero, sea como sea, no tienen disculpa, ¡hombre! Su obligación es estar al lado de la imagen. Y poner orden en este cortejo tan desmadrado, antes de que lo haga, a grito pelado, algún jefe político o militar. ¡Con las broncas que nos echaban a nosotros en cuanto rebullíamos lo más mínimo!
Pero, de uno u otro modo, mejor o peor organizada, contamos con que la comitiva seguiría avanzando hasta finalizar el trayecto marcado, probablemente con un acto solemne postrero y una arenga de alguien importante. Después, cada uno de los participantes se marcharía a su casa, o a sus obligaciones, y continuaría, día tras día hasta agotarlo, el camino de su vida. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde entonces! Quizá ninguno de los humanos que aparecen en la instantánea deambule ya por los andurriales de este mundo, pues quedó fijada antes de que cualquiera de nosotros (nuestro padre Pedro y algunos más de nuestros frailes aparte) hubiera asomado por él. Y ya todos nosotros vamos tan de vencida…
Eugenio Cascón
* Por si alguien quiere ampliar datos, y para no caer en la tentación de atribuirme erudiciones ajenas, esta es la fuente de donde procede en su mayor parte lo que aquí expongo en relación con el tema:
Religión y poder. Las Vírgenes capitanas generales y alcaldesas, por: Demetrio E. Brisset Martín · Gazeta de Antropología · 8 jul