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Antiguos alumnos dominicos VIRGEN DEL CAMINO - LEON

RECTIFICACIÓN Y VÍDEO (Por Marcelino Iglesias)

RECTIFICACIÓN Y VÍDEO (Por Marcelino Iglesias)

Nuestro Marcelino Iglesias me envía esta rectificación a su entrada “Cojos y tullidos, unos; caballeros mutilados, los otros” en el blog de fecha 17/4/2020 respecto al escrito “Reflexión contextualizada” de Ramón Hernández Martín.

Me parece de interés insertarlo en el blog con un precioso vídeo de animación que estos días ha recorrido Internet con motivo del Día del libro.

Este es el enlace al vídeo.

https://drive.google.com/file/d/1KKEEdBD53iLeEDLd6tF1sZjEAGRAitn7/view

 


 

Esta memoria desfalleciente atribuyó la vivencia y palabras de un jesuita (Padre Jaime Garralda) a otro (Padre Llanos). Casualmente (tal vez de nuevo, una jugada del azar objetivo) revisando notas para otro cometido me encontré con el autor original y sus palabras, que ahora —y con petición de indulgencia— reproduzco en su literalidad: “Cuando llegué a las chabolas, descubrí que los rojos también eran hijos de Dios, pero cojos en vez de caballeros mutilados”.

Resalto —escarmentado una vez más— la  necesidad de acudir siempre a la fuente original.

Saludos

Marcelino

 

 

DE LADRILLO A LADRILLO (Por Javier Cirauqui)

DE LADRILLO A LADRILLO (Por Javier Cirauqui)

 

Querido Baldo, en principio, mi intención era leer con detenimiento tu escrito y según lo leía lo he traducido al verso, aunque al principio no tenía ninguna idea de hacerlo, pero poco a poco lo he traducido completo. Hay que ver que facilidad tienes para disertar sobre cualquier cosa.

Pensaba no mandártelo pero como ya lo he escrito, aquí te mando el sofrito. Espero no te moleste.

Aquí te mando unos versos, versos enladrillados,
más prosáícos que poéticos para hacerte un comentario de este texto de la foto,
que a petición del furriel a nuestro blog has mandado.

De foto minimalista
Baldo nos la convierte
en algún test proyectivo,
de los que aplicaba “El Pitu”, de la Aldea Global Sabio,
en sus tiempos de enseñanza. !!!Y Baldo va y se desnuda!!! -en sentido metafórico-
para empaparse de luz
y arrimarse a la farola,
que destaca en primer plano, que abraza todo el conjunto
e ilumina el flaco izquierdo
y que intrépidos alumnos escalan con entusiasmo: Ministro mal equipado, Maestro Evelio Pesquera
y el forzudo Antonio Argüeso se ha subido al campanario. Encima de estos trapecios, como si fueran Pinitos, recuerdo a la gran Pinito,
y por más señas del Oro, famosa en aquellos tiempos del paso por el Colegio.
¿A qué suben los citados
a lo alto de la farola
y a la cumbre de la torre?
¿A qué suben denodados

los alpinistas intrépidos
con tanto ardor y entusiasmo? A cambiar las luminarias
por tecnología led
y para poner una pica
en lo alto de la torre,
y no en las tierras de Flandes, que los junkers de la Base
no se rompan las narices
y queden crucificados.
Así que queda muy claro,
que el comentario de Baldo sobre esta fotografía,
se basa y se fundamenta
en una simbología fundamentada en la luz.

A la una, las dos y las tres, unas voces infantiles,
que nos cantan a tres voces
la estrofa “Oh luz de la Iglesia” compuesta por Don Joaquín

y por apellido Hernández. ¿Dónde está la partitura? ¿Dónde está, mas quien lo sabe? ¿Máximo Oloriz quizás?

¿O será Santos Vibot
el que posea el tesoro?
Pero no son solo los niños
los que cantan a la luz, también los frailes entonan
el día de Las Candelas, antífonas luminosas
del anciano Simeón.
El Padre Pedro dirige,
y según las malas lenguas, Padre Tascón desafina,
Padre Morán desentona
Y el Padre Lanz les imita.
El Padre Eulalio con fuerza va vibrando en los finales, para que quede muy claro quien manda en estos lugares.

Ladrillo a ladrillo vamos avanzando el comentario. Agua y luz se utilizan
en todas las religiones
para expresar sus misterios, pero yo no he comprendido quien se llevó el agua cloro que había en nuestra piscina,

puesto que la luz y el agua, según nos dice La Biblia, eran la felicidad,
la vida y la salvación,

la paz y la bendición
de la seca paramera.
¿Do está el agua salvadora? ¿Quién resecó la piscina?

Pero en la Biblia también tenemos contravalores, como la negra tiniebla, negación de toda luz,

del dolor y enfermedad, del peligro y de la muerte, de la ceguera y la noche. Como esto se pone negro volvamos a los valores
y hágase pronto la luz,
no la luz de la farola,
sino luz del Santuario, decimocuarta estación, sepulcro que el P, Coello, construyó para Jesús, cundo expiró el Redentor las tinieblas se extendieron y con la resurrección
se recuperó la luz,
que se ve en el Santuario por esquinas y rincones.
Y el aleluya de Haendel suene con plenitud, cantando la Escolanía,
al órgano el P. Uría,
con fuerza de juventud.

Y como dice Echavarri, -iba tardando la cita-
con aportación magnífica, la luz guía nuestras vidas y todos los movimientos más vitales para el hombre en primitivos tiempos,

la aclimatación al medio, el sustento y protección dependía del espacio, como nosotros del sueldo o también de la pensión, por lo que era necesario el tener bien orientados todos los movimientos con sentidos espaciales,

para encontrarse en la vida muy feliz y muy lucido.
El oriente y occidente,
el norte y sur se convierten en el baile de la yenka, delante atrás, un dos tres.

Y una tormenta de rayos nos ataca por doquier, los tenebrosos del mal, los luminosos del bien, y algunas actividades

de los sabios y los brujos, hechiceros y chamanes
y hasta los mismos reyes reciben orientación
y sentido de las fuentes,

y con tanta explicación, exegética de Baldo
yo sigo estando en el limbo, que parece que no existe 
y nos hemos decantadopor buscar vida en las cartas, en las estrellas y astros. Baldo nos sigue citando, valores, contravalores, epistémicos, estéticos, económicos y éticos, productivos, consumistas, todos somos mercancías.

Para no liarme más
termino con mi ladrillo,
que es traducción del de Baldo, ladrillo versificado
en el momento final,
en el que “El Pitu” analiza,
la proyección de tu foto, psicoanálisis freudiano
de un negro que es argentino que llenaba los informes
del “Pitu”en el instituto.
Entre el falo y la farola,
los falos y Rafaeles,
los fálicos y neuróticos, Escalada y el ministro subiendo a la luminarias
y Antonio Argüeso agarrado
a la cruz del campanario,
me has hecho la picha un lío
y me he comido un ladrillo, que te devuelvo sobrado, 
con versos surrealistas que de tu escrito he tomado.

Un fuerte abrazo. Javier.

LA FAROLA (Por Baldomero)

LA FAROLA (Por Baldomero)

Querido y admirado Josemari. Me has enviado, para comentar, una lámina del test de Rorschach. No está confeccionada con manchas, pero tiene el mismo efecto: sirve para que uno “proyecte” en ella y desembuche lo que lleva dentro. Por eso EL PITU, sabio de la Aldea Global, que es también un psicólogo de pro, acuñó con gran acierto el nombre de “test proyectivos” para designar este tipo de pruebas. Acepto el reto de “desnudarme” y digo que lo primero e inmediato que vi en la foto nada más abrir tu correo fue la simbología de la luz. Mi “proyección” la desencadenó esa farola que destaca en primer plano y que, inclinada, abraza en actitud protectora todo el conjunto, dando destacada luz al lateral izquierdo y al camarín del santuario y dejando en la oscuridad lo que está fuera de su radio. Por eso, las personas que recorren el cubierto atrio lateral “caminan en la oscuridad”. Pues vayamos a la luz. Pero no la enfocaré desde el punto de vista del docto Fernando Box, especialista físico en teoría óptica; ni desde la perspectiva del Ministro y de su maestro, nuestro añorado y querido Evelio Pesquera, que, pertrechados de un equipamiento rudimentario y con la ayuda del forzudo Antonio Argüeso, subirían a la farola a cambiar sus “luminarias” por las de tecnología LED y, de paso, escalarían a lo más alto de la torre–cruz para arreglar el piloto rojo que, cuando se esconde la “luz” del sol, avisa a los navegantes del aire para que no se estrellen contra ella; ni tampoco mi visión será la de un fotógrafo avezado en el uso del Photoshop, el cual, posiblemente, corregiría la aberración del objetivo de la añeja cámara que hizo la foto enderezando la farola y equilibrando la “luminosidad” de algunas zonas. Mi enfoque será la simbología de la luz, porque veo la foto expuesta en el espacio “O Lumen” de Madrid, que, con acierto y mucho éxito, dirige pJavi Carballo.

Y, ya dentro de la foto, oigo que salen del santuario–basílica las voces blancas de unos niños que cantan a tres voces el hermoso “Oh, luz de la Iglesia” de D. Joaquín, cuyo acompañamiento guardarán como oro en paño Maxi Olóriz o Santines Vibot y que me haría feliz si lo compartieran conmigo. Desde el lado izquierdo, y ya fuera de la foto, me llegan los sones gregorianos de unos frailes, que, en procesión, glorifican gorjeando a su fundador con la antífona “O lumen ecclesiae”. Por la mañana, como era el día de las Candelas, habían procesionado cantando el hermoso “Lumen ad revelationem gentium”, del “Nunc dimittis” del anciano Simeón. Eso sí, con pPedro dirigiendo y llamando al orden interpretativo a pMorán y a pTascón porque desafinaban y no hacían suave los finales. También a pLanz. Con pCalzón no se atrevía a reprocharle el excesivo vibrato de su voz, porque para eso era el jefe soberano. 

 

         Creo que la luz, junto con el agua, son los símbolos más utilizados por las religiones para expresar sus misterios. La Biblia se abre con la luz de la creación en el Génesis, 1-2 y se cierra con el esplendor de la luz de una nueva creación y de una nueva Jerusalén en el Apocalipsis, 21. Entre estos dos polos se pueden encuadrar los diversos textos y los diversos significados que el tema de la luz expresa y desarrolla a través de su propio campo semántico: la vida, la felicidad, la salvación, la paz, la bendición, la presencia divina, el día del Señor. Incluso el nombre y la realidad de Dios se expresa a través de elementos de nuestro mundo ricos y densos de simbolismo, entre los cuales está la luz.

 

Pero al lado del valor luz, la Biblia expone también el tema del contravalor tiniebla, o tinieblas, que es la negación de todo el contenido polisémico del simbolismo luz.  Las tinieblas son el símbolo del peligro, de la enfermedad, del dolor y de la muerte, de la amenaza y del miedo, de la mentira, de la oscuridad, de la ceguera, de la muerte y de la noche. Para la Biblia, la luz y las tinieblas son un símbolo de todo lo que existe de positivo o de negativo en el ser humano y su mundo. El hombre que prefiere las tinieblas pierde la orientación más conveniente para él y arrastra una existencia orientada hacia la perdición. La salvación más allá de la muerte se describe como el triunfo de la luz y como una transformación de las tinieblas de la muerte en luz de la vida.

 

En la foto, sería desacertado contraponer la luz de la farola al símbolo de muerte y de tiniebla que significan la cruz y el sepulcro que componen la decimocuarta estación del viacrucis de pCoello de Portugal. Ciertamente, cuando Jesús expiró, las tinieblas se extendieron por toda la tierra, pero el autor del evangelio de Juan relata que la entronización (resurrección) tuvo lugar en la elevación de Jesús en la cruz. Nuestro santuario rezuma simbología de la luz en todos sus rincones.

 

         Y ahora entra Eladio Chávarri con una aportación magnífica sobre la luz como orientadora de nuestras vidas: los horizontes de sentido.

 

1.       ¿Qué se quiere decir en realidad cuando se atribuye a una actividad algún horizonte de sentido? Es muy probable que las primeras actividades humanas que recibieron tal atribución fueran los movimientos en el espacio vital humano. Las implicaciones con el medio, el sustento diario, la protección, la comunicación con otros grupos más próximos y lejanos eran de mucha estima para la existencia del nómada. El hombre primitivo dependía de los lugares no menos que nosotros del contrato de trabajo o de la pensión. Su vida se desenvolvía en redes de relaciones espaciales con muchas cosas. A aquellos hombres les era intrínsecamente necesario tener bien orientados sus movimientos en sentidos espaciales varios y precisos. Como es obvio, la orientación y el sentido espacial de sus movimientos eran al mismo tiempo orientación y sentido de la vida. Hallarse perdido en el espacio vital casi equivalía a hallarse perdido en la vida.      

 

         Sabemos, por otra parte, que las direcciones espaciales oriente–occidente, norte–sur, delante–detrás, izquierda–derecha, arriba–centro–abajo imprimieron caracteres decisivos a la vida de muchos grupos humanos estabilizados. Dicho sea de paso, el parentesco común inmediato de los vocablos ‘orientar’ y ‘orientación’ parece ser oriens = oriente. La aldea o la ciudad se constituyen en centro y símbolo del mundo. Las actividades adquieren en gran parte orientación y sentido de la carga significativa que se atribuye a las direcciones y sentidos espaciales. La región de arriba, el cielo, se halla henchida de los valores supremos de la existencia; en las partes de abajo, en los infiernos, habitan los agentes enemigos y destructores del hombre. El oriente es la región de la luz y de la vida; el occidente, la de las tinieblas y la muerte. Energías poderosas que llenaban las diversas orientaciones y sentidos espaciales –concentradas muchas de ellas en espíritus y dioses– regían las actividades de los hombres, otorgándoles sus correspondientes orientaciones y sentidos. Los rayos luminosos del bien, y los tenebrosos del mal, atravesaban de parte a parte todas las obras del hombre. Nada escapaba a su penetrante influjo. Las propias actividades de los sabios brujos, hechiceros, chamanes, místicos, sacerdotes y reyes, a pesar de su específica dignidad, recibían orientación y sentido de las fuentes espaciales. 

 

         Así pues, para muchos hombres, el espacio cargado de energía vital y mortífera ha sido punto de referencia de numerosos horizontes de sentido de sus propias vidas. Por supuesto, no ha ocurrido siempre así, y no ocurre en concreto para la mayoría de nosotros. ¡Hemos desencantado el espacio en todas sus direcciones!, aunque no pocos aún tratan de leer sus vidas en las cartas y en las estrellas. Quizás no estemos tan alejados unos hombres de otros en este asunto del sentido. 

 

2.       Para nosotros, los que pertenecemos al mundo de la producción y del consumo, el horizonte de sentido de todas nuestras vidas es nuestro modo de ser hombre, que no es otro que el del ser Humano Productor Consumidor. Esta luz u horizonte de sentido “productivo–consumista” marca a fuego la orientación de todas nuestras acciones. Nuestras conductas ante la vida y la muerte, ante las demás personas, ante la Naturaleza y ante uno mismo son iluminadas –y ensombrecidas, no lo olvidemos– por el LED del consumismo. Nuestros valores y contravalores biopsíquicos, económicos, epistémicos, estéticos, éticos, lúdicos religiosos y sociopolíticos tienen la tonalidad y el revirado de la “mercancía”. 

 

         Y ahora espero que el Pitu de Casorvía haga el diagnóstico de mi “proyección” sobre la foto. Sé por fuentes fidedignas que siempre tuvo un “negro” argentino, de profesión psicoanalista freudiano, que era el que le llenaba de verborrea los informes que mandaba a los padres de los alumnos. Que no caiga en la tentación de valerse del susodicho psicoanalista argentino, porque sé a ciencia cierta que me iba a tildar de “neurótico fálico”, porque lo primero que he visto en la foto fue la farola y he señalado a Pesquera y a su aventajado discípulo el Ministro escalando por la torre–cruz hasta llegar a la cumbre. Y también, la alusión al “erguido gigante” Argüeso. Los únicos Falos que conozco a mi edad son los asturianos que se llaman Rafael.

TV DE LEÓN

Un poco atrasado pero...bueno.

Declarado Bien de Interés Cultural en el Boletín de Castilla y León:23-7-2018

Declarado Bien de Interés Cultural en el Boletín Oficial del Estado:6-8-2018

Feliz fin de semana.

Memorial de un viaje en tres secuencias y un apéndice (Por Marcelino Iglesias) 2ª parte

Memorial de un viaje en tres secuencias y un apéndice (Por Marcelino Iglesias) 2ª parte

II. Atardecer de otoño en Berceo (23 de octubre de 2013)

 

Dos días antes del encuentro en Pamplona, el viajero había dedicado la jornada a visitar los monasterios de San Millán de la Cogolla. Y fui tomando notas sobre el terreno con las que después elaboré el siguiente fragmento al que ahora doy forma definitiva.

 

Cansado por día tan intenso en la visita a los monasterios de Suso y de Yuso en San Millán de la Cogolla, espero en este rincón del mundo en que nació Gonzalo de Berceo la llegada del bus que me devolverá a Logroño. Languidece el día. En la quietud de la penumbra encendida de ocres y malvas, Venus asoma luminoso en el fondo azul intenso. Y me acuerdo del primer poeta conocido en la lengua gestada en estos territorios, ese “latín estropeado” en acertada expresión de ya no recuerdo quién. Beata mirada en el tiempo: Yo Maestro Gonzalo de Berceo nomnado, yendo en romería caecí en un prado, recito al silencio del atardecer en llamas.

Y pienso en el asombro del poeta si estuviera viendo cómo ahora tecleo apresuradamente en este artilugio. Escribo:

Caminaba de Suso a Yuso distraído, respirando con agrado la placidez del atardecer de otoño. Iba mirando nubes que se deshilaban a capricho cuando tropecé con otro viandante, un muchacho todavía, supongo que no menos abstraído que yo, porque de lo contrario me hubiera esquivado. Perdón nos pedimos por ello. Antes de seguir camino, le rogué consejo sobre mesón del entorno en que el viajero pudiera reponer fuerzas. Al darle las gracias por su ayuda y amables consejos, le pregunté curioso por su nombre.

Gonzalo — me respondió—, ahí en Berceo nacido, poco allá del monasterio de abajo hacia el que vuesa merced encamina sus pasos. Y como el día declinaba sin la ayuda de la prestada luz lunar, desapareció entre las sombras.

En la contemplación de los robustos muros de piedra del monasterio de abajo, intento en vano oír el silencio de los siglos. El silencio actual, no obstante, sobrecoge en su milenaria quietud. 

Y recordé entonces haber leído que tal vez solo el silencio sea digno de ser escuchado. Y pensé en que aquel hubiera sido lugar propicio en que refugiarse el buscador de silencio que un día soñaste con ser. 

Y ya inmerso en el territorio fértil de la ensoñación, me gustaría poder captar todos los matices del silencio que sutilmente pueblan estos parajes y ser capaz de oír el susurro de mil recuerdos, delicados como la seda, que aquí perviven enclaustrados. Y, de no ser así, al menos me gustaría apreciar, con la ayuda de la brisa de otoño, la caída apenas sonora de las hojas. Y después, ya en el reinado cíclico de la noche, me tumbaría de cara a esa oscura claridad que cae de las estrellas —según feliz expresión de Pierre Corneille— y contemplaría abismado, evocando al gran poeta latino Lucrecio, el severo silencio de la noche que reina, si bien moteado de puntos de luz, en la inmensidad oscura del firmamento. Y gozaría después, en la plenitud de la noche, del concierto de arpa que interpreta la partitura del silencio, esa delicada música que no suena.

Exhausto ya por sensaciones tan intensas, me retiraría a descansar a mi celda y, a la luz titubeante de una vela, imaginaría cómo pudo ser aquella primera noche luminosa de hace ya algo más de mil años, en que un monje prepara su sermón del domingo y, acuciado por la necesidad de hacer inteligible el mensaje a sus fieles, anota en los márgenes de su santoral en latín, feliz huella que nos permitirá siglos después datar el primer testimonio escrito de dos de nuestras lenguas peninsulares.

 Y ya en el hotel, con las notas allí tomadas, escribí este homenaje que ahora reproduzco a continuación.

 

III. Elogio

 

Silencio en el silencio, aquí en la cuna de los monasterios, del de arriba y del de abajo. Silencio y frío en el valle en sombra. Frío también en la celda alumbrada por el tembloroso pabilo de un cabo de vela. Faltan muchas horas para el alba; el sol saldrá tarde. Un monje prepara su sermón del domingo. Anota en los márgenes de su santoral. Él no sabe, ni nunca sabrá, que está elaborando el primer testimonio escrito que se conoce de esa lengua de rústicos campesinos y labradores (“la más antigua aparición escrita —por ahora— de algo que no es latín y parece castellano”, en palabras de Emilio Alarcos Llorach en 1982 con motivo precisamente del milenario de las Glosas Emilianenses) a quienes la palabra en que les predica les resulta ya ininteligible. Rasga en los márgenes del pergamino con pulso firme el estilete de su pluma, música de la letra al ser plasmada, glosa el contenido que utilizará en su homilía: 

Cono aiutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore, e qual duenno tienet ela mandatione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos sieculos de losieculos. Faca nos Deus omnipotes tal serbitio fere ke denante ela sua conface gaudioso segamus. Amen. 

 Se detiene de pronto, se levanta y, pensativo como indica esa mano derecha con que mesa la barba mientras la otra se apoya en su ijar correspondiente, da vueltas por el reducido espacio de su celda: una mesa y una silla, un camastro y la cruz en la pared de la cabecera. 

Se sienta de nuevo y se entrega a su interrumpida tarea. ¿Y para esos otros feligreses en este cruce de caminos cuya lengua en nada es latín? Sufre el buen monje y decide anotar también para ellos, todos hijos de Dios, pobres pecadores todos: izioqui dugu guec aiutuezdugu.

Amén.

                                                                            Marcelino Iglesias

Memorial de un viaje en tres secuencias y un apéndice (Por Marcelino Iglesias) 1ª parte

Memorial de un viaje en tres secuencias y un apéndice (Por Marcelino Iglesias) 1ª parte

 

I. Encuentro casual en Pamplona (25 de octubre de 2013)

Jubilauta reciente, en el otoño de 2013 me dio por viajar —la mayor parte del recorrido en tren y, cuando esto no fue posible, en bus— por  la Rioja y el País Vasco con la intención de hacer escalas sin prisa en lugares a los que o bien hacía años que no visitaba o bien algún otro en que no había estado nunca (Durango, por ejemplo). En el tránsito entre comunidades, me paré en Pamplona, ciudad en que solamente había estado —en visita fugaz y de paso— en otra ocasión. Y ahí fue donde el viajero pudo confirmar en vivo la extraña presencia del “azar objetivo”*, el poderoso oxímoron del patriarca del surrealismo, André Breton.

Proveniente de Logroño, una vez acomodado y habiendo dejado en el hotel mi frasciscano equipaje –tanto, que cabía en una mochila–  al mediodía enfilé la Calle Nueva con la intención de callejear por el centro de la ciudad. Me acordé distraídamente de que no  habían sido pocos los navarros con quienes había convivido en el colegio y en qué haría si me encontraba con alguna cara conocida. Y fue entonces cuando, en la calle a la altura de un hotel, una figura, que me pareció conocida, hablaba con otras dos personas. Ya más cerca confirmé que, en efecto, se trataba de Helio Pedregal (como supe poco después, estaban allí porque aquella noche representaban El Diccionario). Dudé en qué hacer. Pero, tras vacilar, me dirigí decididamente hacia él. Pronuncié su nombre y me presenté. A él le resultaba familiar el mío, más que un recuerdo difuso de cuando convivimos en el colegio, precisamente por mi colaboración en este blog. Y allí conversamos brevemente; antes de la despedida, le propuse hacernos una foto y le comuniqué, si él no tenía inconveniente, mi intención de enviársela a Josemari. Y así hasta hoy: diligente, pues, no he sido. 

Apelo, por ello, a la indulgencia de Helio Pedregal para con este procrastinador pertinaz por haber postergado, durante estos ya largos seis años, el envío a esta ventana abierta de esta foto, que solícitamente Vicky Peña —a quien desde aquí doy las gracias por su amabilidad— se ofreció a hacérnosla ella viendo cómo yo alargaba el brazo para ejecutarla con la cámara de mi telefonino.

*Con “azar objetivo” se refiere André Breton a que lo improbable, una vez ocurrido, tiene siempre una razón de ser, por muy ilógica que parezca.

 

Apéndice: Fragmentos de una entrevista a Helio Pedregal

 

Recordando hoy —día en que preparo el texto para mandárselo a nuestro Furriel en Jefe— aquella mañana otoñal de domingo, rescato una entrevista que le hicieron en 2015 en un periódico de ámbito estatal (cujum nomen non volo recordare per non calentare cascos: escribo en macarrónico y, al leerlo, me suena en interior con la voz del P. Felipe Lanz) con motivo del regreso al Teatro Fígaro de Madrid (después de la gira por España y de haberla estrenado y mantenido primero en escena durante un tiempo en el Teatro Español) de La sesión final de Freud en que Helio encarna a la figura del padre del psicoanálisis en el memorable encuentro y enfrentamiento intelectual e ideológico con C. S. Lewis, el autor de Las  crónicas de Narnia. De esa entrevista selecciono una parte —precisamente aquella en que empatizo con sus respuestas— reveladora de su manera de ser y estar en el mundo. Y ahí me enteré también, como comprobaréis, de la operación en las cuerdas vocales a que iba a ser sometido.

 

Decía Machado: «Quien habla, solo espera hablar con Dios un día». ¿Usted es hombre de hacerse preguntas?

—Sí, lo soy. Lo hago porque confío poco en mi especie. No le deseo ningún mal, por lo que no me caería bien el término «misántropo». Pero se me plantea un problema al comprobar la diferencia entre aquello de lo que somos capaces y aquello que estamos haciendo. Nos obliga a revisar definiciones como la de «ser inteligente». Somos unos seres que deambulan por aquí destrozando todo aquello que encuentran a su paso. En ese sentido soy pesimista.

Me ha recordado la frase de Primo Levi: «Existe Auschwitz, luego no existe Dios». ¿Eso inclina la balanza a favor de Freud?

—Sin duda. Freud hace en este debate algunas afirmaciones que se asemejan muchísimo. Su historia familiar es terrible, un drama permanente. Él habla de los «Planes de Dios» refiriéndose a los hijos y nietos que perdió. Al final, viene a decir que no hay un Dios culpable. Simplemente, no lo hay.

Por eso Trueba le dedicó su Oscar a Billy Wilder. ¿A quién le agradecería Helio Pedregal el suyo?

—A mí mismo. Soy una persona ya en edad de jubilación, y me ha costado muchísimo llegar hasta aquí. Hay anécdotas que podría engordar... Pero lo poco o mucho que tengo y que sé me lo debo a mí mismo.

Parece un tipo serio, un «gentleman» nacido en Oviedo, un hombre cabal y, como reza el epitafio de John Wayne, «feo, fuerte y formal». Si dejamos aparte lo de feo, ¿me he equivocado?

—No, no mucho. Sí, soy un tipo serio, entre otras razones porque encuentro pocas excusas para pasármelo bien y divertirme. Una de mis peleas en los últimos veinte o treinta años ha sido contra esa frase que dice que el humor es lo último que nos queda. Yo no lo comparto. En muchas ocasiones, no nos sirve más que como excusa para no entrarle al asunto como merece. No puedo entender a la gente que dice que es feliz. No sé cómo se puede serlo si tienes que compartir la injusticia, el robo, el atropello, el desprecio que padecen millones de seres humanos.

¿Y lo de «gentleman»?

—No. Yo soy muy de pueblo. Tengo una doble personalidad: soy actor, me he dedicado a esto desde que tenía 18 años, pero tengo otra profesión, que es el campo. La naturaleza me ha enseñado tanto o más que todas las personas a mi alrededor. Te da lecciones impagables y puede afectar a tu posición intelectual, moral y existencial. Tengo una tierra con miles de árboles, que me ha costado muchísimo conseguir. Los conozco personalmente a cada unosigo su trayectoria, su vida...

Lo de «feo, fuerte y formal» lo decía como contraposición al actor joven, de moda...

—Yo nunca he sido eso. En la época más joven de mi trayectoria profesional, trabajaba para cambiar las cosas. De hecho, estuve con un grupo independiente, al que algún día habrá que darle el lugar que merece, y no tenía ni siquiera nombre. No buscaba una trayectoria profesional. Entonces pensaba que el teatro y la vida eran la misma cosa. No soy un actor popular, pero no ha sido culpa de nadie. Reconozco que la responsabilidad es mía por no haber favorecido el marketing sobre mi propia persona.

(…)

Vivimos en un país que hasta hace cuatro días tenía un altísimo porcentaje de analfabetismo. Ahora ya no hablamos de eso, pero sí de falta de cultura: éste no es un país culto.

(…)

Y este verano, cuando acabe la función ¿se IVA a algún sitio? 

—No: el 15 de julio me opero de una gravísima lesión en una cuerda vocal. De modo que tendré que estar 30 días como mínimo sin decir nada. Voy a dedicar mis vacaciones, con IVA, a callarme. Con mis árboles hablo sin necesidad de emitir sonido. 


Marcelino Iglesias

SE NOS FUE EL PAJARÍN

SE NOS FUE EL PAJARÍN

Permitidme hoy recordar a Pedro, Perico, Pedrules, Pajarín en el primer aniversario de su cruce al otro lado del río.

Hace ya un año se nos fue el Pajarín de nuestro grupo de León.

En la fotografía, en un día de paseo por Oviedo en medio de alguno de nosotros.

Reflexión contextualizada (Por Ramón Hernández Martín) 2ª parte

2ª Parte: “reflexión”

 

Por todo lo dicho, pienso que es un serio error pretender rebobinar el tiempo para, alcanzado el momento deseado, empecinarse en ganar hoy la guerra a Franco, un individuo que admite todos los calificativos que quieran ponérsele, sea para elevarlo a la santidad como algunos pretenden, sea para despellejarlo como el más cruel de los criminales que en este mundo han sido, pero que yo prefiero dejar en un simple nombre anodino, el de alguien que pasó por allí encumbrando a unos y haciendo la puñeta a otros. 

Los rebobinadores del tiempo deben tener en cuenta la advertencia tan irónica del refrán “a moro muerto, gran lanzada” o aquello otro, tan despectivo, de “a toro pasado, gran faena”. Mi postura, de ahora y de cuando ese personaje organizaba referendos para justificarse, es que no le debo nada y que nada espero ni de él ni de su legado. Me quedé completamente frío cuando en San Esteban de Salamanca se intentó hacer una caza de brujas a causa de los dos o tres votos negativos que allí se habían emitido en un referendo de apoyo al dictador, justo cuando cuatro de sus más ilustres teólogos habían sacado un manifiesto de apoyo a Franco que fue muy jaleado por el régimen y vituperado por todos los demás.

Con lo anterior quiero expresar que, cuando miro al pasado o lo critico de alguna manera, lo hago únicamente con el ánimo de sacar de él algo provechoso, sea para evitar las barbaridades entonces cometidas, sea para potenciar sus logros. Seguramente esa es la razón honda de por qué me he sentido un poco fuera de juego en todo lo que se ha venido publicando últimamente en este blog, publicaciones hechas ciertamente con gran maestría y con no menor entusiasmo. Sin duda, fue una gran osadía mía salir al paso con el comentario que hice, aunque lo hiciera con el propósito de conseguir mayor ecuanimidad en el juicio para hacerlo fructífero. Confieso que todas mis inquietudes actuales se ciñen al presente y al futuro. A fin de cuentas, de nada sirve preocuparse por un pasado que ya no existe, ni “rematar al moro muerto”, ni “capotear la nada”.  

Desde luego, cada uno es libre de situarse en la onda que quiera o mirar desde el ángulo que prefiera, pero nadie debería olvidar que cuanto hace y dice le carga de responsabilidad. De ahí que me parezca improcedente mirar el pasado para poner a caldo a sus protagonistas, por muy legítimo que pueda ser desahogarse. Lo peor de todo, como sucede en algunos casos, es adoptar una postura totalmente negativa frente a él para eludir las propias responsabilidades en los errores cometidos, cargando en hombros ajenos las propias culpas. A veces pienso que yo debo de ser una “rara avis”, un anormal, un subnormal, un deficiente mental e incluso un disminuido físico (adjetivos que me son aplicables así, sin edulcoración alguna), porque tengo la fea costumbre de que, cuando algo me sale mal o fracaso en un proyecto, cosa que ocurre con bastante frecuencia, solo me revuelvo contra mí mismo y me pongo a caldo perejil por ser un idiota. 

De cebarse en la crítica que descarga la propia responsabilidad, pienso que lo mejor sería dirigirla contra los líderes y gentes de alcurnia del presente, es decir, contra los realmente responsables de los muchos desaguisados que padecemos (por ejemplo, las muertes de este dichoso coronavirus y otras muchas calamidades), ya que en ese caso la crítica destructiva tendría alguna posibilidad de llegar a sus oídos para afear sus comportamientos y obligarlos a rectificar. Ciertamente, en nuestro tiempo también ocurren cosas que claman justicia a gritos. 

En mi caso, como no tengo ningún interés por la política como tal, a la hora de fijar mi propio campo de batalla, excavo mis trincheras frente a una teología obsoleta que no es válida para nuestro tiempo, por parecerme que es la que todavía domina el panorama eclesial, y, sobre todo, frente a una jerarquía eclesiástica, por parecerme que sigue todavía demasiado empoderada, sin prestar la atención debida a su labor pastoral. Sé que, obrando así, me estoy enfrentando a mis propios molinos de viento, pero esa es una lid en la que seguiré hasta que me derriben sus aspas, sostenido por la efímera esperanza de que mi ilusa lucha de francotirador solitario ayude al cristianismo a cumplir mejor su misión.

Llevo eneste blogl poco tiempo, tan poco que todavía me siento un advenedizo inestable. No recuerdo si aparecí por aquí tras el homenaje a Pedro Rey en Vegaquemada, en el que participé y en el tuve la enorme suerte de conocer a ”Alberto”, o si fue el haber aparecido aquí lo que me llevó a participar en dicho homenaje.  De un modo o de otro, yo no puedo celebrar su décimo tercer aniversario, sino solo su tercero o cuarto. Aunque sea poco tiempo, es sobrado para me produzca la impresión de que en él no se aborda el pasado con el tacto y la delicadeza que su calidad y su altura de miras requieren.

Insisto en que hace ya muchos años que deseché por completo la crítica vengativa, convencido de su absoluta inutilidad, para adoptar de lleno una postura eminentemente positiva y constructiva. No se trata de un buenismo melifluo ni de las componendas necesarias para quedar a bien con todo el mundo, sino de saber que el tiempo pasa rápido y de que eso es lo mejor para no tener que lamentar su paso. No en vano pertenezco a una familia de “constructores”. 

Para mejor entenderlo, séame permitido volver a mi propia circunstancia. Desde luego, es obvio que he sufrido o padecido las mismas carencias o desaciertos en la educación que todos los demás seguidores de este blog, e incluso puede que más por haber estudiado antes y vivido cinco años en un viejo y casi destartalado monasterio.

Y en cuanto a mi singular fractura con los dominicos, mi abandono se fraguó a finales de 1970 por asfixia mental y afectiva, como si entonces me hubiera atrapado un destructivo virus. Llevaba cuatro años estudiando fuera de España y, al volver obligado truncando un hermoso porvenir en Alemania, no se me ofreció ni el más rudimentario respirador artificial para salir a flote. En esos momentos, muchos de los seguidores de este blog eran solo adolescentes. Lo de ser un apóstata y estar condenado al infierno era el pan nuestro de cada día para los “cobardes” que, en aquellos tiempos, nos lanzábamos de golpe a un mundo desconocido, sin más bagaje que una mano delante y otra detrás. Claro que, en aquellos momentos, gobernaba la provincia un guardia civil (pido sincero perdón a la Benemérita). De golpe, me vi en la calle con el mayor desprecio y desamparo de la Orden que uno pueda imaginar. 

He dicho cuanto precede como contraste que realza mi actitud actual, cuidadosamente positiva, al pasear mi mirada por Corias, Palencia, Las Caldas, Montesclaros, Salamanca y la Peña de Francia. Es una mirada que no elude lo acontecido y que encara incluso el rostro de tantos profesores y compañeros. Todo lo anormal y destructivo ha desaparecido de ella como si lo hubiera succionado un tornado. En cuanto a los profesores, por ejemplo, nada tengo que reprocharles, pues estoy convencido de que todos ellos hicieron su trabajo lo mejor que pudieron y supieron y de que todo lo hicieron en mi propio bien, incluso cuando me soplaron alguna hostia o me dieron un capón que me dejó la cabeza dolorida tres días o fui objeto de tratos claramente crueles, inhumanos y degradantes. Lejos de revolverme contra ellos, se apodera de mi un sincero sentimiento de agradecimiento, porque es muy probable que, de no haber sido por las facilidades que los dominicos me dieron para estudiar, ni siquiera habría podido hacerlo. Después de todo, en el mundo exterior también se cocían habas. 

Nada tiene, pues, de particular que hoy les tenga gran respeto, los mire con simpatía y les ofrezca sin reservas mi afecto y mi amistad. Lo demuestran la implicación que tengo con el proceder de “los cursarios”, un grupo tan excepcional; los compromisos que tengo con el grupo que mensualmente nos reunimos en la Casa del Dago y también, no sería necesario decirlo, la empatía y la franca amistad que, escribiendo en este blog, ofrezco a todos y cada uno de sus seguidores. Que algunos se nieguen a aceptarlas no es óbice para que mi sincero ofrecimiento sea firme. 

A quien haya tenido la valentía de leer cuanto precede, en caso de que haya sido publicado por Josemari en el blog, de sentirse incómodo por algo de lo dicho, le pido que lo olvide de inmediato y lo dé por no escrito ni leído. No pasa nada. Aun así, le ruego que al menos crea en mi intención de que, al escribirlo, solo he pretendido enriquecer este blog con un granito de arena. Es más, que nadie albergue la más mínima duda de que me causaría gran alegría descubrir, o que alguien me ayude a descubrirlo, que todo lo borroso que he visto en este blog se ha debido solo a mi propia miopía. 

Al concluir esta reflexión, me viene a la cabeza aquello de que “se atrapan más moscas con una gota de miel que con un tonel de vinagre”.

 

Ramón Hernández Martín

 (Escrito el Viernes Santo de 2020)

Reflexión contextualizada (Por Ramón Hdez. Martín)

Reflexión contextualizada (Por Ramón Hdez. Martín)

Os dejo la primera parte de un texto que me ha enviado nuestro compañero Ramón Hernández Martín, sobre el que el propio Ramón me confiesa y reconoce sus dudas al enviármelo. 

Esta furrielería no es quién para considerar la procedencia de su publicación en el blog, aunque podría desentonar y hasta incomodar a algunos. Hasta el día de hoy, pocas cosas están archivadas en la papelera.

 

Este es un blog que nos ha permitido mirar y aceptar el pasado común a todos nosotros, pues sobre ese pasado se sustenta una comunidad virtual como esta, tan propicia para fomentar simpatías, amistades y fraternidades, nunca desprecios ni condenas. 

 


 

 

 1ª) Parte: “contextualizada”

 

El hecho de que este blog se haya animado tanto estos días de reclusión, cosa que es muy de agradecer, con temáticas casi monocordes, sinceras y emotivas, muy bien aderezadas literariamente, para reavivar la memoria sobre nuestro inmediato pasado, todavía tan sensible y doliente, me anima a exponer la “reflexión contextualizada” que sigue. No pretendo poner en solfa nada de lo que aquí se ha dicho tan bien y tan justificadamente, sino complementarlo, si fuera posible, con mi particular aporte, tratando de sacarle partido. Ante todo, pido disculpas por un texto que ha de ser forzosamente largo y muy ceñido a lo personal, al tiempo que ofrezco a nuestro querido furriel, Josemari, completa libertad para que, a su buen criterio, lo publique o lo archive en la papelera.

Cuando se mira a un pasado tan turbio como el nuestro, ningún acontecimiento debe descontextualizarse, igual que no debe entresacarse una frase de un párrafo o de un texto, pues se corre el peligro de distorsionar el acontecimiento o de, cuando menos, enturbiar lo dicho. En ese endiablado pasado nuestro, sin embargo, hubo millones de cosas de magnífica factura, de una parte y de la otra, en caso de seguir hablando todavía de dos Españas, cosa que yo me niego a aceptar, pero también ambas Españas fueron responsables de otros millones de acciones vituperables, de bajezas morales y de crueldades inasumibles.

 

1.- Hechos pertinentes de mi propio entorno

Primero:  mi padre estuvo tres años en la guerra civil como voluntario, en el “bando” nacional. Digo “voluntario” porque en el tallaje de la quinta del 30, a la que pertenecía, le faltó un centímetro de altura para ser apto para el servicio militar. Aunque pequeño, era un hombre muy fornido, con músculos de acero, y tenía un carácter endiabladamente fuerte. A este respecto, baste decir que, en cierta ocasión, siendo yo niño, subió por una empinada escalera, cargada a la espalda, una piedra de unos doscientos kilos (los presentes temían que quedara aplastado), y que su marcha a la guerra se debió a un cabreo monumental con su padre, mi abuelo, cuando en el 36 estaban construyendo un puente en Miranda del Castañar (mi familia paterna era constructora, sobre todo de carreteras). 

Tras el cabreo con el abuelo, cogió su petate y se marchó andando a Salamanca (85 kms), donde se alistó en el bando nacional, el único de la zona. Estuvo en la guerra todo el tiempo que duró, primero en las avanzadillas de Brunete, luego en El Ebro y finalmente en Madrid. En su primer destino fue uno de los cinco supervivientes de un batallón de setecientos hombres. A la voz de “sálvese quien pueda”, cuando llevaban cinco días sin comer ni beber, saltaron sus propias alambradas y huyeron. En una escaramuza o golpe de mano, había perdido el conocimiento. Sus compañeros lo dieron por muerto. Al recobrarse a media noche, apercibiéndose de que estaba en campo enemigo, reptó más de un kilómetro para llegar hasta sus propias trincheras. 

Tras el fin de la guerra, retornó a casa ileso, y como único botín se trajo de Madrid un viejo gabán que usaba para protegerse del frío y una enciclopedia de un tomo. Le vi manejar aquella vieja enciclopedia muchas veces. Realmente era un hombre ávido de saber.  De inmediato, le ofrecieron la alcaldía de Mogarraz, pero la rechazó de plano, argumentando que tenía bastante con gobernar su casa. 

Solo tras su muerte, acaecida en 2001, sus hijos supimos que tenía una cartilla militar en la que se le reconocía su valor y su ejemplar comportamiento y se lo premiaba con algunas medallas. Nunca se sirvió de ella, aunque podía haberle sacado mucho partido. 

Todo lo dicho no fue óbice para que, en algunas elecciones, votara a Felipe González. (Seguro que Baldo se alegra de saber todo esto debido a la empatía que tenía con mi hermano Sebastián, compañero suyo en La Virgen del Camino, que murió hace ya casi siete años debido a un cáncer de próstata).

Solo como curiosidad interesante, diré que en los años 42-43, muy poquito después del fin de la guerra, mi padre y sus hermanos, bajo la supervisión del abuelo, construyeron la carretera que va de Mogarraz a Monforte de la Sierra, un panorámico trazado que hoy se ha convertido en paseo muy frecuentado por los habitantes de ambos pueblos. Una parte de ella está integrada en la senda peatonal “Camino del agua”, la primera ruta senderista de la Sierra de Francia y, todavía hoy, una de las más bonitas. Se trata de una carretera de dos kilómetros, a lo largo de los cuales hay dos magníficos puentes de cantería y dos grandes muros de contención. La obra se hizo por 63.000 ptas. La pagó el pueblo de Monforte con la venta de una corta de castaños en el Monte Egido de su término municipal, ladera orientada al nordeste que ofrece una panorámica espectacular de Mogarraz. Los dos mejores castaños de esa corta se regalaron a la Peña de Francia para la construcción del monasterio.

Segundo: en el bando contrario, aunque ni él ni mi padre tuvieran una definición ideológica determinada, estaba un tío mío, o mejor un primo carnal de mi madre, que fue capturado en los inicios de la guerra por un grupo de falangistas. Una vendetta cuyos detalles conozco. Una noche, los falangistas lo subieron a él y a un amigo suyo a un camión y los sacaron fuera del pueblo para fusilarlos.  Por fortuna para ellos, los falangistas iban borrachos como una cuba, circunstancia que aprovecharon para lanzarse del camión en marcha y escabullirse entre las vides.

Al amigo lo hirieron de un tiro en una pierna, lo capturaron días después y lo metieron en la cárcel, de donde fue rescatado por buenos avalistas. Al primo de mi madre lo ocultó en el monte un pastor de cabras, un hombre de izquierdas y, a la sazón, más pobre que una rata, aunque después hizo fortuna y tuvo 6 hijos, con todos los cuales mantengo muy buenas relaciones. Era un buen hombre y, con el tiempo, mi padre trabó amistad con él, tanta que fue él quien lo convenció fácilmente para que votara los “cien años de honradez” que predicaba Felipe González. Digo “fácilmente” porque la honradez era sacrosanta para mi padre.

El bueno del pastor solo confió su secreto del monte a un abogado de Mogarraz, un bondadoso hombre de derechas, muy religioso y de posibles, que fue quien proveyó todo lo necesario para el sustento del huido durante los largos meses que duró su ocultamiento.  

Tercero: tras ese fusilamiento frustrado, los falangistas no tardaron en volver por Mogarraz para capturar a otros cuatro mogarreños, entre ellos al abuelo de Gerardo Barrado. En esta ocasión, los maniataron antes de subirlos al camión para que no pudieran escaparse. Ya en Ciudad Rodrigo, un capitán del ejército reconoció a uno de ellos por haber sido jornalero de su padre y lo liberó. El pobre hombre retornó caminando a su casa (45 kms) y llegó cuando ya sus familiares y vecinos estaban velando su muerte. Los otros tres fueron fusilados y enterrados en alguna cuneta del campo de Salamanca. 

 

 

2.- Actuaciones mías con ese trasfondo

 

Lo expuesto explica que, desde muy pequeño, yo comenzara a hacerme a la idea de que la guerra civil había sido una salvajada entre españoles, cuyo odio los había llevado a matarse unos a otros sin contemplaciones. Ello explica también, posiblemente, la razón de porqué después yo emprendiera las dos actuaciones a que me refiero a continuación.

Primera: recién iniciado este siglo, mucho antes de que en España nadie pensara ni remotamente en una Ley de Memoria Histórica, un tío de Gerardo Barrado, en una de las conversaciones que solíamos tener, me contó que le gustaría localizar los restos de su padre para honrarlo y enterrarlo dignamente en el cementerio de Mogarraz. Sin dudarlo ni un segundo, me ofrecí a apoyarlo en todo lo que pudiera, más en lo emocional que en la logística requerida para ello. Como por aquel entonces yo publicaba un artículo en cada número de un periódico mensual gratuito de la Sierra de Francia (aún sigo haciéndolo), difundí a su través el intento y expuse que era un derecho incuestionable de los familiares de todos los muertos en la guerra poder localizar a sus seres queridos para honrarlos como era debido y enterrarlos como Dios manda. La cosa no prosperó debido a las dificultades insalvables para localizar el cuerpo. Seguro que hoy habría sido más fácil. Decepcionado, el tío de Gerardo me dijo un día que desistía del intento. Resignados, ambos coincidimos en que, después de todo, la mejor sepultura para nuestros seres queridos son nuestra memoria para recodarlos y nuestro corazón para seguir amándolos. 

Segunda: por esa misma época, año antes o año después, me decidí a dar el primer paso para tratar de conseguir algo que hacía tiempo me bullía en la cabeza. Me estomagaba que los españoles siguieran odiándose y enfrentándose de la manera en que lo hacían, después de tanto tiempo, y me ilusionaba conseguir que mi pueblo fuera pionero al llevar a efecto una concordia nacional definitiva, profunda y fraterna. Me propuse, ni más ni menos, transformar el hermoso “monumento a los caídos por Dios y por España”, situado a la entrada de Mogarraz, en un “monumento a la concordia nacional”. Aquel monumento se había construido, tras la guerra, con la piedra testigo de la condición de villa de Mogarraz, que siempre había estado en la plaza mayor, utilizada en él como base a la que se añadió una cruz de hormigón. En esa cruz se grabaron los nombres de los tres mogarreños del bando ganador que habían “caído” en la contienda. 

Pues bien, en una conversación con el pintor y escultor mogarreño Florencio Maíllo, el que le ha dado al pueblo un realce mundial con los más de setecientos retratos de mogarreños que ha colgado en las paredes de las casas, le propuse que estudiara la mejor forma de realizar dicha transformación. La conversación tuvo lugar en la terraza de su casa, anexa al restaurante Mirasierra, justo frente al monumento en cuestión. Se sorprendió y opinó que sí que se podría intentar. Al amigo Florencio le dije también que, de respetarse la inscripción con el nombre de los “caídos”, sería preciso añadir el de los otros cuatro mogarreños que habían muerto con motivo de la contienda: los tres fusilados por los falangistas a que me he referido y un mogarreño más, emigrado a Asturias, que había muerto en el cerco de Oviedo. 

Lamentablemente, la propuesta no prosperó debido a que entonces gobernaba el pueblo un hombre muy primario y muy extremista, con enormes veleidades ultraderechistas en la cabeza, alguna de las cuales tuvo resonancia nacional (tocar el himno nacional en la iglesia). Cuando una buena amiga mía socialista lo remplazó en la alcaldía de Mogarraz, volví a la carga y le comenté esa posibilidad. Ella me pidió que tuviera paciencia, que algo se haría en ese sentido. Aprovechando que en torno a dicho monumento se construyó el “Museo de lo ibérico”, otro excelente establecimiento hostelero de Mogarraz junto con el Restaurante Mirasierra y el Hotel Villa de Mogarraz, todos apiñados a la entrada del pueblo, quitó la cruz con los nombres, dejó la piedra base y puso una placa metálica con un poema del libro “La herida absurda”, elegido para la ocasión por su autora, Francisca Aguirre, que era muy buena amiga suya. 

Se trata de un poema in crescendo con la sangre como leitmotiv, que emociona tanto como asusta: “Detrás del miedo siempre está la sangre. / Y detrás de la sangre siempre hay un abismo. / Y detrás del abismo siempre hay una herida. / Y detrás de la herida siempre hay una historia. / Y detrás de la historia siempre hay una vida. / Y detrás de la vida siempre hay un espanto. / Y detrás del espanto siempre hay mucha sangre”. El monumento sigue ahí, pero ya no en honor de los “caídos nacionales”, sino de cuantos murieron en nuestra infausta guerra. Ingenuo de mí, la primera vez que lo leí le dije a la alcaldesa que, aunque rompiera el ritmo, merecía la pena añadirle un último verso que me parecía necesario y apaciguador: “Y detrás de la mucha sangre tiene que haber mucha fraternidad”. No se hizo, pero su razón va de suyo.

(Ramón Hernández Martin

Escrito el Jueves Santo de 2020)

La historia del acuerdo que hace 40 años logró conectar León con Galicia con una carretera entre pallozas

La historia del acuerdo que hace 40 años logró conectar León con Galicia con una carretera entre pallozas

Por cierto, ya puestos... Esto le mandó la cuña -ay, los cuñas!- hace ya unos días a Javi del Vigo. Por si alguno de nosotros conocía al fraile que aparece en el relato. 


https://www.eldiario.es/cyl/Carretera-pallozas_0_1010699010.html   

 Una improvisada comisión de negociadores logró al principio de la democracia, no sin vencer alguna reticencia, la firma de los vecinos del valle de Ancares para renunciar a las expropiaciones y conectar la esquina noroeste de la provincia de León con la vecina Galicia

España tenía la democracia, y algunas de sus conexiones interiores, por hacer. Una expedición urgente, un acuerdo fulgurante con una pequeña dosis de incertidumbre y unas obras que se complicaron por momentos por la orografía permitieron convertir un camino carretal en una de las últimas carreteras de la periferia de la provincia, la que permitió trazar en 1979 la vía principal que une la localidad leonesa de Vega de Espinareda con el límite de la vecina comunidad gallega a través del imponente corredor de Ancares, un ejemplo de implicación de la sociedad civil en un bien común y de celeridad ahora que los trámites administrativos ralentizan hasta la desesperación algunos proyectos.

Florencio Martínez ’Chencho’ era comunista y de los pocos que se atrevían con su Land Rover a transitar por los lugares cercanos a Fabero donde las carreteras perdían su nombre para convertirse en caminos de tierra; Manuel Pérez Álvarez venía del otro lado de las dos Españas y tenía contactos con el Gobierno formado por los reformistas y aperturistas del Régimen como uno de sus entonces hombres fuertes, el leonés Rodolfo Martín Villa, varias veces ministro y hasta vicepresidente del Ejecutivo. Martínez y Pérez Álvarez, "inseparables" según recuerdan sus hijas, iban a aplicar el espíritu de la Transición a las necesidades más básicas.

A las seis de la mañana de un sábado de finales de los setenta, sonó en León el teléfono en casa de los padres de Nino Fernández, ahora presidente de la Asociación de Amigos del Patrimonio Cultural de León Promonumenta y entonces encargado en la zona de la firma Seguros La Estrella. "Pasa a buscar al padre Javier y os venís los dos para Fabero", le dijo Pérez Álvarez. El padre Javier era Javier Palacín, por entonces fraile en La Virgen del Camino. Las fuerzas vivas les esperaban en la plaza de la localidad minera. Había que subir el puerto de Ancares y llegar a Suárbol y Balouta (las últimas localidades del municipio de Candín). De eso se encargaba ’Chencho’, ya fallecido y padre de la actual alcaldesa de Fabero, Mari Paz Martínez Ramón.3

 

"Recuerdo que llegamos a bajarnos del Land Rover por miedo a volcar", dice más de cuatro décadas después, con buena memoria, Nino Fernández, a quien Manuel Pérez Álvarez todavía a esa altura no le había confiado el plan. Pero este último, que había empezado en la mina en Fabero como barrenista para ser luego delineante y que sería célebre entre varias generaciones de bercianos por cerrar sus crónicas radiofónicas con el consabido "desde Fabero y su cuenca minera habló, como siempre, para ustedes Manuel Pérez Álvarez", ya había arrancado de Martín Villa, por entonces ministro del Interior, un compromiso: el de facilitar la construcción de la carretera de Ancares si todos los vecinos de los terrenos afectados aceptaban dejar paso sin cobrar expropiación.

Llegar, tocar las campanas y cerrar el trato

Los ’mediadores’ llegaron a Balouta, por entonces preñada de pallozas todavía habitadas. José María González ’Joselo’ era el pedáneo. Y su madre, la señora Carmen, les sirvió un café. Fue entonces cuando Manuel Pérez Álvarez transmitió el encargo. Nino Fernández y Javier Palacín, que frecuentaban la zona, fueron con la señora Carmen a Suárbol, primera parada de la negociación por la carretera. "Llegamos a Suárbol, tocamos las campanas y se reunió todo el pueblo", dice Fernández. No tardaron en arrancar el ’sí’. A la vuelta repitieron el mismo ’modus operandi’ en Balouta. "Y firmó todo el mundo sin problema ninguno", añade. Llegó el mediodía. "Y comimos en la palloza unos pollos guisados buenísimos". La señora Carmen los había preparado. Y, de sobremesa, tocó la pandereta antes de retomar la tarea.

Pasada la hora de las faenas agrícolas ya con buen tiempo en un mes de verano, la negociación se reanudó a media tarde en Pereda de Ancares. Tocaron las campanas en Tejedo de Ancares, del otro lado del puerto. "Y ahí hubo más batalla. Eran más duros. Y algunos se quejaban de que les iban a coger los mejores prados. Hasta tal punto que un matrimonio se negó a firmar", rememora Fernández, que intentaba convencerlos apelando a la revalorización de las tierras y a la facilidad que la construcción de la carretera supondría para que los descendientes emigrados visitaran a los lugareños.

 

"Ustedes no se preocupen, que esas tierras de las que hablan no son suyas", terció otra vecina, según el testimonio de Javier Palacín, ahora secularizado, que vincula la anécdota al "matriarcado" del momento en la zona y recuerda a otros habitantes decir que firmarían siempre y cuando el trazado de la carretera no pasara por sus tierras. La propia firma también resultaba curiosa. "El secretario del pueblo llevaba un tampón. Se hacía una cruz y muchos de ellos ponían el dedo", recuerda como otra reminiscencia del pasado ya bien entrada la segunda mitad del siglo XX en la España rural.

El caso es que al otro lado de la frontera, en la provincia de Lugo, se vivió un proceso paralelo que dejó secuencias todavía más dramáticas. "Allí una señora se llegó a poner delante las máquinas cuando iban a empezar las obras", cuenta Palacín antes de reconocer que, llegada ya la madrugada, en Tejedo de Ancares se apuraban los argumentos para alcanzar el consenso que resultaba condición sine qua non para iniciar la tramitación del diseño de la carretera. "Y les decíamos a los vecinos que qué pasaría si un señor se ponía enfermo...", cuenta.

Con un importante enfado ("en mi pueblo dicen que por un garbanzo no se estropea un cocido", llegó a decir), Nino Fernández declinó la invitación para dormir en Fabero y marchó "chutando" con Javier Palacín para llegar a León ya avanzada la madrugada. Y a las nueve de la mañana su madre volvió a coger el teléfono. El que llamaba era "el señor de Fabero". El matrimonio que se había negado en Tejedo lo había consultado con la almohada y había cambiado de opinión. Dieron su visto bueno. Y así se lo trasladaban a Manuel Pérez Álvarez. "Mi padre siempre ayudaba al más débil. Era como un muelle. Tenía amigos como Fraga o Martín Villa, pero luego ayudaba al fontanero, al jardinero o al minero", cuenta su hija Loli Fernández.

 

El ’campamento base’ de Balouta para ejecutar las obras

Las obras comenzaron en 1979. "Lo recuerdo porque marché ese año a la mili", cuenta el actual propietario del Centro de Turismo Rural Miravalles de Balouta José Barrero, que conserva en su establecimiento una fotografía con la panorámica de la localidad todavía llena de pallozas al comienzo de unas obras que iban a comunicarla con el pico del puerto.

El camino original era mucho más abrupto. "El trazado original era diferente. No tenía en cuenta la pendiente. Llegaba llano hasta la base y las cuestas eran más fuertes", señala Miguel Yuma, que todavía entonces no había llegado al Bierzo y que luego sería célebre por otros ’milagros’ como el de recuperar el pueblo de Villarbón, también en el municipio de Candín. Sí tiene otro recuerdo de la carretera de Ancares, en este caso a través del testimonio de terceras personas que contaban cómo, en un momento dado, las obras se detuvieron en el entorno de Sorbeira hasta dejar un salto abrupto del asfalto a la tierra, rescata Yuma, que en su libro ’Visita Ancares, Cervantes e Ibias’ señala que el puerto se llamó de La Magdalena y "equivocadamente" Viejo de Antero antes de adoptar la actual denominación de Ancares.

Los trabajos duraron tres años, hasta 1982. Una de las que más los ’sufrió’ fue precisamente una de sus artífices, la señora Carmen. Con el obstáculo del puerto de Ancares agudizado por las nevadas recurrentes, la empresa adjudicataria no estaba en condiciones de alojar a los trabajadores en Vega de Espinareda, a más de 35 kilómetros de distancia de Balouta. "Y el contratista ’presionaba’ a mi madre diciéndole que, si no le cogía a los obreros, no podía hacer la obra", recuerda su hijo. La señora Carmen se las arregló para darles alojamiento. "Unos estuvieron en la casa de la escuela (el actual consultorio médico), otros en nuestra casa y otros en casa de vecinos", cuenta ’Joselo’, muy implicado junto a su mujer, Cruz María Martínez Llamas, en diversas gestiones ante la Diputación de León, titular de la nueva carretera. "Cuando llegábamos allí, ya nos conocían", recuerda sobre las reivindicaciones de un pueblo que por entonces no tenía ni carretera ni luz.

 

Las conexiones originales llegaban en relativas buenas condiciones hasta el puerto de Lumeras, desde donde empezaba a imperar la tierra hasta convertirse en camino carretal a partir de Pereda y Tejedo de Ancares, la última localidad anterior al ascenso al puerto de Ancares, popularizado hace unos años por ser lugar de paso y hasta de meta de varias ediciones de la Vuelta Ciclista a España. Nino Fernández, que se recuerda rompiendo recurrentemente el cárter de su coche cuando se separaba en sus viajes de trabajo del triángulo Ponferrada-Vega de Espinareda-Fabero y transitaba por otras localidades como Anllarinos, visitó unos años después de este episodio Tejedo de Ancares.

La señora del matrimonio que se había negado en primera instancia a firmar el acuerdo para renunciar al cobro de las expropiaciones apareció por el sitio. "¿Sabe a lo que venimos? Esto se va a declarar parque nacional y venimos a recoger firmas para quitar la carretera", bromeó. "Eso por encima de mi cadáver", respondió la señora. Y así se cerró el círculo de la intrahistoria de la carretera de Ancares.

AVISO

Queridos compis, he tenido que borrar del blog la anterior entrada MÚSICA pra la Semana Santa que nos había enviado el amigo Baldo., pues me "descolocaba" varias cosas internas en el blog.

Lo siento.

A quien me lo pida, os lo puedo enviar a vuestro email.

UNA HISTORIA DE Semana Santa (Por Lalo F. Mayo)

UNA HISTORIA DE Semana Santa (Por Lalo F. Mayo)

Ahora que entramos en la Semana Santa, una Semana Santa tan particular que ni lo parece, recuerdo —ya que estamos de recuerdos— una historia que ocurrió en un pueblo de este sur tan peculiarmente religioso en el que ahora vivo. La contó hace muchísimos años, como cuarenta, un periodista del diario Sur, donde yo la leí. Allí encontré la anécdota; los adornos los pongo yo.

Entre la ciudad de Málaga y la provincia de Granada, con las aguas del Mediterráneo al sur y las montañas al norte, se extiende —sería mejor decir se amontona— la comarca de la Axarquía. Y es lógico que la hayan llamado Axarquía porque esta palabra árabe quiere decir «que está al este de una gran ciudad y depende de ella». No podría haberse llamado de otra manera.

La frontera norte, como decía, es muy abrupta. Los montes de Málaga y las sierras de Alhama, Almijara y Tejeda cierran esta difícil geografía de carreteras retorcidas entre valles minúsculos y lomas que forman una inacabable montaña rusa que solo se aplana al bajar a la costa entre la fronda intensa de frutales con nombres llegados del otro mundo, del nuevo: aguacates, chirimoyas, mangos… que bordean las fincas donde brillan al sol de esta costa las uvas de moscatel, declaradas patrimonio agrícola mundial por la FAO, dice la Wikipedia.

Pero allá arriba hablaba de la Semana Santa y de una historia que ocurrió en uno de los treinta pueblos que conforman esta comarca, poblada por gente de campo que, en contraste con el cosmopolitismo de la vecina Málaga, se han hecho acreedores al epíteto de catetos. Ayuda al calificativo la difícil comprensión de su habla, en la que desaparecen las consonantes y las frases más largas se exprimen en un par de palabras interminables con multitud de acentos e inflexiones vocales que harían las delicias de nuestro querido Maxi Trapero.

Semana Santa en un pueblo de la Axarquía. Ya no me vuelvo a ir. Pongamos que fue en Macharaviaya, o en Algarrobo, o en Benamocarra, o en Canillas de Aceituno, o en Alfarnatejo. Sí, Alfarnatejo puede valer, pero ya digo que podría ser en cualquier otra localidad axarquiana.

Pues por Alfarnatejo, por sus calles empinadas y estrechas, deambulan habitualmente cuatrocientos vecinos que integran dos grandes —es un decir— facciones cuasi familiares. Una es la de los Maníos[1] y otra la de los Empasaos[2], váyase a saber por qué; y así debía venir siendo desde que los cristianos empujaron a los perdedores musulmanes desde la gran ciudad hacia las montañas de al lado.

Tras una breve etapa como mudéjares y seguramente que para demostrar a los veedores de la Santa Inquisición que aquellos musulmanes iban virando a moriscos y —más pronto que tarde— se acogían con fervor bajo las alas de la verdadera religión, se esforzaron por demostrar su fervor católico, apostólico y romano. Y qué mejor demostración que en los primaverales días santos de cada año en que todo se vestía de morado y penitencia, el pueblo escenificase la Pasión de Jesucristo. Al menos hasta la expulsión definitiva aguas abajo, hacia la Berbería. Después quedarían las costumbres y los nuevos pobladores llegados desde el norte las seguirían manteniendo. O quizás no fue del todo así, que lo digan los historiadores. Yo me atengo a contar una historia; o, mejor aún, un sucedido. Eso sí, aquí lo digo, con alguna que otra licencia creativa.

 

Quedamos en que todo el pueblo intervenía de una u otra forma. Unos montando el atrezo, otros ensayando los coros, los elegidos interpretando a los protagonistas evangélicos y el resto de la población, como extras de romanos o judíos, lo cual, viniendo de donde venían, ya era ostentación fervorosa de sus nuevas creencias.

Es decir, que a grandes rasgos, había romanos y judíos. Y buenos y malos. Había Pilatos, escribas, fariseos, Caifás, Marías, Nicodemos, legionarios y, claro, Jesucristo y apóstoles, once más uno. Y como por primer sorteo le tocó a la facción de los Empasaos inaugurar la representación bíblica representando a los buenos, los Maníos exigieron que al año siguiente les tocara a ellos ser Jesucristo y apóstoles y Marías.

En un momento de lucidez y tregua así se acordó y año tras año fue respetándose mal que bien la tradición hasta llegar a aquella Semana Santa de la década de los cincuenta. Quedaba claro que ese año los santos varones —y santas mujeres— iban a ser del clan de los Maníos, pero las relaciones con la otra mitad del pueblo, nunca suavizadas tras el paso de los siglos, estaban por aquellos días especialmente tensas por una historia como sacada del Romeo y Julieta de aquel inglés. Sucedió que a un manío le tocó el corazón una empasá y viceversa y un buen día de agosto en que había terral y todo el mundo buscaba algo de frescor a la sombra de sus patios, las puertas bien cerradas, los dos jóvenes alfarnatejeños salieron cuesta abajo camino de Badalona.

Después de aquella huida tuvieron lugar numerosos enganchones que saltaban por la mínima excusa: en la almazara, por ser quien primero estrujara sus olivas; en el río, por el derecho a lavar aguas arriba; en el bar, por un sitio en la partida y hasta en las calles, ya dije que estrechas, por la prioridad en el paso. Hubo gritos, hubo tortas y en algunas ocasiones, entre los más exaltados, después de empujones de tanteo hubo hasta brillo de navajas abiertas que volvieron a cerrarse, por fortuna, sin necesidad de limpiarlas.

Pues así estaban las cosas en aquellos días en Alfarnatejo y la Semana Santa no parecía que fuera a arrancar con el recogimiento y fervor religioso que se debía suponer. 

No lo parecía y no lo hizo. Ya en la mañana del viernes de Dolores aparecieron pinchadas las ruedas de los coches de los miembros del apostolario que disfrutaban de vehículo propio. Y como los apóstoles eran maníos, los que pincharon no podían ser otros que empasaos. La venganza se disfrutó en la procesión del domingo por la mañana: solo los maníosostentaban esbeltas palmas recién llegadas de los palmerales de Elche, mientras que los empasaos se tuvieron que conformar con raquíticas ramas cortadas apresuradamente de los olivos que rodeaban el pueblo mientras miraban con el entrecejo arrugado y un rictus de labios apretados cómo sus palmas amontonadas aparecieron consumidas por el fuego en el solar detrás de la iglesia. Tampoco en este caso hubo dudas de quiénes habían encendido la cerilla.

La Pasión de aquel año, la más apasionada en décadas, fue avanzando día tras día con pequeños sobresaltos que no llevaron la sangre al río. Hasta el jueves, cuando se escenificaba la función principal de la Semana Santa, la más intensa, la más larga y la que a más vecinos (y hasta visitantes) congregaba. No se habían olvidado los pinchazos, ni las palmas quemadas, ni siquiera el agravio por el rapto de la empasá por el manío o la seducción de la empasá al manío, según de donde llegara el punto de vista.

La creación popular había transformado, ortodoxamente, claro, el relato evangélico y lo había ido adecuando a la geografía del pueblo, con lo cual el monte de los olivos se había encerrado en un céntrico huerto enmurado y cerrado tras una vieja puerta de madera para evitar la incómoda peregrinación de actores y espectadores de la función a alguno de los olivares monte arriba o monte abajo.

Y llegamos al núcleo de esta historia. Por fin, diréis. Pues sí. Tenemos a Jesucristo, apóstoles, alguna María y figurantes sin voz —todos ellos maníos— tras la puerta del huerto. Y fuera a los empasaos, varias decenas de romanos y judíos, sin contar vecinos de ambas confesiones y espectadores sin ninguna. Es el momento en que se adelanta de una perfecta formación un robusto romano, se supone que el centurión, aderezado con un brillante uniforme de cuero y metal bruñido, calzado con sandalias ensebadas y tocado con un espectacular casco con desmesurado penacho de plumones rojos que lo hacían todavía más impresionante. Tras un ostentoso contoneo a derecha e izquierda para que el respetable pudiera ver su espectacularidad vestuario, desenfunda su espada, afortunadamente de madera aunque dura y golpea con la empuñadura la puerta tras la que se encuentran los santos de la representación. 

Tantos años repitiendo la función han alambicado la dramatización de los gestos: una primera sesión de golpes; no hay respuesta; el centurión, muy en su papel, provoca un sobreactuado silencio mientras mira con altanería a la audiencia; levanta la espada y repite los golpes; tras un breve silencio se oye una voz tras la puerta:

—¿Quién llama? 

—¿Vive aquí Jesús, a quien llaman el Manío? —exclama, casi grita, el centurión ignorando la pregunta que le llega desde el huerto.

—Sí. ¿Quién llama? —contestan de nuevo desde dentro.

—Pues daite preso —vuelve a responder el romano, que tampoco ahora hace caso a la pregunta.

Tras la puerta entreabierta se asoman en primer término el vecino actor que interpreta a Jesús y su primo, otro manío de pura cepa al que este año le ha tocado hacer de Pedro. El Evangelio dice que en estas mismas circunstancias Pedro le cortó la oreja a un romano, así que el vestuario del personaje incluye una espada, también de madera y esta también dura. Pedro echa su mano izquierda al hombreo de Jesús y le pregunta:

—¿Le endiño, Maestro?

Y como si la interpretación de tan alto personaje le hubiera imbuido del más digno y soberano carácter, Jesús da un paso para salir del huerto y se muestra en todo su esplendor (espléndida túnica, falsa cabellera a juego con barba propia y cuidada y actitud altanera). Mira detenidamente a la derecha y se detiene como si estuviera contando a todos los presentes; gira lentamente la cabeza hacia la izquierda y repite el gesto; luego eleva la vista al cielo, abre los brazos con solemnidad e, impasible ante lo inevitable, sentencia:

—Efarátalos, Pedro.

Este brusco cambio de guion sorprende al centurión, que no puede esquivar el primer espadazo, dirigido precisamente a su oreja izquierda. Su respuesta, tan inmediata que aún no ha comenzado a salir sangre del lóbulo sobre el que ha caído el golpe de Pedro, se encuentra con la avalancha de los Maníos, que salen del huerto atropellándose y armados, unos con los tallos pelados de las palmas del domingo, otros con las espadas de su vestuario y los más a manos desnudas. Enfrente, las huestes empasás, con una primera línea nutrida de soldados romanos, desenfundan sus armas de madera y se lanzan a frenar la embestida manía

Como hacía sus buenos cuarenta minutos que el sol había caído tras la línea del horizonte del mar y varios de los primeros golpes fueron dirigidos a las pocas bombillas que colgaban en las esquinas del escenario, la negrura de una noche sin luna cubrió la escena y el desenlace solo se pudo establecer a la mañana siguiente —y con la consiguiente posibilidad de error— en el abundante número de palos, espadas, pelucas y atrezo romano-judío que quedó salpicado sobre las piedras de la plaza. Y algo de sangre, que también la hubo.

 

***

 

Desde aquella, ya no hubo en Alfarnatejo más representaciones de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pero dos años después, también era verano y también había terral en toda la ladera sur de la Axarquía, regresaron al pueblo los amantes manío y empasá que habían huido a Badalona. Pero no eran dos los que volvieron, sino ya tres. Sobre las dos maletas que el conductor del autobús de Málaga había depositado en la acera a la sombra del soportal del ayuntamiento que hacía de marquesina de la parada de la línea desde la capital, brillaba un capazo de esparto en el que se adivinaba la silueta de un recién nacido que pateaba el tul que le protegía de las moscas. 

Y fue en la Navidad de aquel mismo año, con aquel bebé ya de siete meses como protagonista principal, cuando Alfarnatejo instauró la ahora brillante tradición de una representación popular titulada «El Nacimiento del Niño Jesús», en la que interviene todo el pueblo y en la que los todos vecinos solo hacen de judíos.

 

Lalo F. Mayo

 



[1] Del latín manere (permanecer), de donde procede manido (podrido, a punto de pudrirse o pasado de sazón).

 

[2] Palabra inventada. Teniendo en cuenta la producción de uvas moscatel en la comarca y su transformación por secado natural en pasas, podría definir a personas adustas y poco dicharacheras.

 

 

 

 

LOS 13 AÑOS DEL BLOG

Con estos recordatorios hemos celebrado cada uno de los cumpleaños del blog. No ha faltado la felicitación anual de mi querido Jesusito Herrero, gloria del 61.

 

Cuando recibo estos dibujos...

Los podéis ver en el álbum LOS DIBUJANTES de Ver fotos/documentos.

Entrevista a Chema Sarmiento, director de LOS MONTES (1981) en Vimeo

Entrevista a Chema Sarmiento, director de LOS MONTES (1981) en Vimeo

Conversación entre Carlos Reviriego (Director Artístico de Filmoteca Española) y Jose María Martín Sarmiento, director del mediometraje LOS MONTES (1981), editado en DVD por la Filmoteca de Castilla La Mancha y que puede verse estos días en el canal #DoréEnCasa.

Pinchad en este enlace:

https://vimeo.com/channels/1546070/402674872

LOS MONTES - Ópera prima de Chema Sarmiento 1981 (Por Javi del Vigo)

LOS MONTES - Ópera prima de Chema Sarmiento 1981 (Por Javi del Vigo)

A mi cuñado Josu esto de la alarma nacional le ha convertido en un águila que investiga las redes revoloteando desde las alturas. Todo lo que se mueve, lo investiga con espíritu  y ojos mecánicos de dron alado. Pero enjaulado, que es como un jardín sin flores. O como un búho con ojos virtuales escudriñando las redes.

Desconocía yo que Chema Sarmiento, nuestro Chema de cuando aquello, fue nominado al premio César del cine francés en 1983. Lo he aprendido esta tarde de invierno (con los montes próximos, junto al mar, blancos) de esta primavera malnacida en la que medio mundo, sobre todo, el medio mundo senior, teme por el futuro porque un virus chino acecha con su guadaña.

Pues Josu, mi cuñado, me ha enviado enlace a VIMEO. Y me he entretenido media hora larga con la historia de muerte y cuentos de viejas con la que Chema se estrenó en el cine hace casi medio siglo, cuando en Albares y sus proximidades había vacas y ovejas con nombres propios. Cuando en Albares las campanas tañían a difuntos antes de dar tierra al último varón.

https://vimeo.com/channels/1546070

Espero que Chema, nuestro Chema, esté bien, recuperado de sus males, los físicos y los espirituales. Que el encierro os sea leve y que la guadaña no se atreva a acercarse a menos de dos metros de todos y cada uno de vosotros. 

Javi del Vigo

UN SEÑOR, LLAMÉMOSLO JUAN (Por Antonio Argüeso)

UN SEÑOR, LLAMÉMOSLO JUAN (Por Antonio Argüeso)

Me econtré esta fotografía, fisgando, como otras tantas veces, en los mundos de Internet. Y pensé, y lo hice,  pedir al muy querido Antonio Argüeso un comentario sobre lo que pudiera sugerirle.

Y me he quedado impactado con su relato.

el furriel.

 


 

La época, la situación vivida maltrata y cambia a las personas. Esto lo constatamos a poco que miremos de cerca momentos convulsos de la historia. Y nosotros hemos vivido y hasta estamos viviendo tiempos convulsos. 


Voy a intentar demostrar esto que para mí tan bien se plasma en la foto que abre el portillo contándoos algo de mi historia pues, como todos los que esto leéis, también tengo una.

A la Paramera fui, ahora que lo analizo, por enchufe. Nunca lo hubiera pensado, pero así fue. He oído que había que pasar un examen; creo que nunca lo hubiera superado: ni sé cómo aprendí a leer ni cómo asimilé "las cuatro reglas". A la escuela de mi pueblo íbamos todos juntos desde 5 o 6 años hasta 14 o 15. Eso sí, bien separados los niños de las niñas. Y el maestro era de "aquella época" de los de "la letra, con sangre entra" o de "la letra con sangre, entra". 


¿Y el enchufe? Por razones que no vienen al caso a los 10 años recabé en Reinosa y allí un señor, llamémoslo Juan, pues no quiero dar su nombre real ya que alguno que esto lea pudiera conocerlo, se interesó por mí. Fue él quien me metió el gusanillo de andar por la montaña, el que me abrió horizontes, el que azuzó mi curiosidad. Y fue él quien me enchufó. Porque Juan tenía entradas, influencia.

Curioso personaje, Juan. Muy dado a ayudar, a echar una mano a quien lo necesitase; y en mi caso a abrirme horizontes insospechados. Siempre guardé un recuerdo cariñoso de él.

Pero hará ahora 10 años, es decir ¡más de 50 años después de lo que voy a contar! tuve como una aparición, un momento de terror, de angustia, de incertidumbre. 

 

Estaba en clase de interpretación de conferencias; trabajaba con grupos muy reducidos, de entre tres y seis alumnos. Ignoro la causa, pero había comentado algo de la Guerra Civil y, al terminar la clase mantuve la siguiente conversación con una alumna: 

 

-¿No recuerda nada personal de esos momentos?

- No, no, que no soy tan viejo

- Ya, ya, (continuó no sé si por disculparse o porque realmente le interesaba) pero usted (en francés el “usted” es de rigor) seguro que padeció directamente alguna consecuencia.

 

Y recordé, de golpe, en su totalidad algo que el subconsciente, el reflejo de supervivencia, lo que sea, había mantenido “olvidado”, pero presente. Dije a la estudiante, de forma muy imprecisa que sí, que sí recordaba, que a la semana siguiente le comentaría.

 

Y es que Juan, el señor con los que tantos paseos había dado por las montañas de los alrededores, había sido uno de los que, terminada ya la guerra, fusilaba, a los “ajusticiados”, algo que a veces me lo contaba. No olvidemos que en Reinosa, como en la zona minera asturiana, como en tantos otros lugares, la posguerra llegó hasta los años cincuenta. Todavía ahora, cuando esto escribo, cuando pienso en ello, se me revuelven las tripas.

 

No voy a entrar en detalles, solo repetir algunas de las frases que él repitió en varias ocasiones: 

-“los hombres, en general, lo aceptaban, no reaccionaban”

-“las mujeres, las muy putas, nos insultaban”

-“algunas mujeres querían ‘arresquilar’ la tapia para salir; otras echaban a correr y había que matarlas como a conejos”. 

 

No sigo, no puedo seguir.

 

Y ¿qué tiene que ver esto con la foto? Pues que Juan podía ser uno de esos bravos hombres que levantan el brazo, la mayoría con decisión, que llevan a la Virgen. Sigo pensando, quiero pensar que no, que no era malo, que lo hicieron malo, perverso. 

 

Juan cometió las atrocidades que cometió porque hicieron de él una persona incapaz de reflexionar, porque la religión que le inculcaron (sea religión ‘religiosa’, ‘ideológica’ o simplemente ‘vivencial’) le abocaron a ello. 

 

Él ni siquiera sacó beneficio económico: muchos fueron los que gracias a sus “hazañas” obtuvieron una gasolinera, un estanco, la dirección de una estación de Renfe… él no: aún recuerdo alguna tarde en las que me aburría e iba a hablar con él y a ver cómo, tras salir del trabajo, Juan, para poder sobrevivir, para sacar a sus hijos adelante, lavaba botellas en una empresa que las rellenaba de mala gaseosa.

 

No sé qué pensar, la verdad pues, a pesar del terror que me traen estos recuerdos, no puedo aborrecer de Juan.

Antonio Argüeso

CONFINAMIENTOS (Por Jesusito el Herrero)

CONFINAMIENTOS (Por Jesusito el Herrero)

 

Querido (bastante, que conste) Furriel, me he cogido una depre brutal a raíz del último ladrillo de Baldo porque, además de la reclusión obligatoria por las circunstancias de todos conocidas, hay que sumar, como le ha pasado al Pitu, el hecho de no haber conseguido entender nada, y por lo tanto tener la sensación de carecer de altura intelectual suficiente, es decir, que soy un ignorante, yo, que me creía tan listo.

Tengo que reconocer, no obstante, que siempre he sido, más que de ladrillos, de bocadillos de jamón, o en su defecto calamares. Y claro, eso pasa factura.

Para paliar las consecuencias de este estado mental tan catastrófico no he tenido más remedio que recurrir a la tele, lo cual recomiendo vivamente a todo el que esté en la misma situación. Ayer, por ejemplo, vi esa famosa película –que muchos ya habréis visto– que se titula “Radiator” y que, por si alguien no la ha visto aun, paso a narrar sinópticamente a grandes trazos:

Un abuelete, en una residencia de ancianos de una gran ciudad, se encuentra un radiador abandonado en un pasillo. Como tiene frío se lo lleva a su habitación y lo enchufa. Un par de horas más tarde entra en la habitación una enfermera para ver si todo está en orden y nota el calorcillo. La enfermera le dice al abuelete: «Uyuyuuiiiii don Nicolás, aquí hace mucho calor, ¿qué está pasando?». El abuelete se hace el despistado, como que no sabe nada, y le contesta: «Bueno, es que ya casi estamos en verano y las temperaturas suben, y más aun con lo del cambio climático…». Pero en ese momento entra en la habitación la sobrina del abuelete, que es como una hija (pero eso no lo sabe ninguno de los dos todavía). La sobrina descubre detrás de las cortinas el radiador encendido a todo meter, pero sabiendo lo friolero que es don Nicolás (su tío y verdadero padre, para que ocultarlo por más tiempo) se lo calla y disimula como puede, pero la enfermera ya se ha mosqueado del todo y frunce el ceño. Entonces la sobrina/hija se ve obligada a desviar la atención de la enfermera regalándole la caja de bombones que le llevaba a don Nicolás que, además de friolero, tenía ese vicio a pesar de tener el azúcar y el colesterol por las nubes (lo mismo que la tensión).

En ese momento entra en el cuarto otra enfermera en prácticas con la merienda y, aprovechando el desbarajuste, y al tiempo que deja el vaso de leche con galletas sobre la mesilla, se hace con la caja de bombones y se la lleva disimuladamente debajo de la bata. Pero al salir del cuarto la pilla la directora de la residencia, que andaba por allí de inspección rutinaria y le conmina a devolver los bombones a su propietario. Entran las dos de nuevo en la habitación y la directora nota también el calorcillo y comenta: «Uyuyuuiiii, aquí hace mucho calor, y que nadie me venga con historias de que es casi verano además de lo del cambio climático ni demás puñetas…». Pero entonces la sobrina/hija de don Nicolás, más que nada para distraerla, le declara su amor a la directora de la residencia, (se supone que subyugada por ese poderío de jefa dominante, o “dominatrix”, pero eso es otra película). La directora, vivamente emocionada por la declaración abraza a la sobrina y se besan. 

A continuación, contenida ya la turbación pasional desatada, deciden organizar una manifestación feminista para el día siguiente. La “mani” partirá desde el comedor, recorrerá los pasillos de la residencia y concluirá en la capilla donde, por supuesto, se pronunciarán discursos alusivos. Se rechaza la idea de sacar la “mani” por el jardín por amenaza de fuertes lluvias. También se decide hacer pancartas reivindicando derechos y tal, pero finalmente las que se hacen son demasiado grandes y no caben por los pasillos, que son demasiado estrechos, así que en días sucesivos la directora decidirá confeccionar con ellas un centenar de “mascarillas” para el personal, pero como salen muy caras decide confeccionar “masbaratillas”.

El final, como era de esperar, es dramático pero no quiero destriparlo para no estropeárselo a quien no lo haya visto. No obstante quiero dejar en el aire varias preguntas inquietantes: 1ª: ¿Qué pasará con la caja de bombones?; 2ª ¿El repentino amor de la sobrina hacia la directora es sincero o un simple subterfugio para desviar la atención del radiador?; 3ª ¿La manifestación programada para el día siguiente terminará como el rosario de la aurora con un contagio masivo y descontrolado de viruela loca por no respetar las debidas distancias entre personas?; 4ª ¿La directora de la residencia estaba casada a pesar de lo cual decidió salir del armario en ese momento?; 5ª ¿Se enterará la sobrina de que en realidad es “hija” de don Nicolás gracias a la información que le pasa una vecina que había sido testigo de los líos entre éste y su cuñada Delfina, la auténtica madre de la sobrina?; 6ª ¿Qué pasa al final con el radiador?

Como ahora tenemos tiempo por delante el que quiera puede hacer una lista de valores y contravalores a la taza (o con almendra) que se pueden extrapolar del argumento. Yo me siento incapaz, lo juro. Si no tenéis folios en casa tirar de rollo de papel higiénico, pero no escribáis con estilográfica que os quedáis sin tinta porque se la chupa toda la celulosa. Hacerlo con bolígrafo. Mandarle al Furri las listas para que él os las publique. Que os divirtáis. Abrazos.

PD.: Esta noche ponen otra peli. Se titula “Los diez mondamientos” y va de un especialista en pelar fruta variada y luego licuarla. Ya os contaré.

Jesús Herrero

EJERCICIO ESPIRITUAL (Por Pedro Trapiello)

EJERCICIO ESPIRITUAL (Por Pedro Trapiello)

Todo confinamiento domiciliario tiene algo de retiro espiritual, aquella epidemia en una España franca con Casas de Ejercicios por doquier como lo eran las de Observación en tiempos de Quevedo. Durante tres días paraba tu mundo y entrabas en otro con dormitorio o celda, capilla y comedor, te daban jabón místico unas horas al día y en las inútiles meditaciones contabas los lamparones del techo agrupándolos por categorías. A veces las horas no pasaban de puro plomizas y el silencio apenas se rompía o se volvía temible. Pero en todo caso nadie protestaba de aquella minivacación piadosa, vida contemplativa donde tenían su buen rato las sapas bardas, las musarañas y a veces la poesía vieja.

Por eso el confinamiento, este acuartelarnos, es una inédita oportunidad para convertirlo en ejercicio y aprovechamiento, aunque tiene su jodía gracia el slogan YoMeQuedoEnCasa apelando a que saques renta del infortunio... ¿casa?, quien la tenga, señora mía, que aquí lo común es un piso, y más común el piso enano, de modo que quince días en él pueden hacerlo calabozo donde cabe la guerra de nervios, la chispa incendiaria o el disparate afilado. Sin embargo, confinado en una casa como la de Pablo Iglesias, valga el ejemplo, la cosa y la casa son otro caso; ahí cualquiera se lo puede tomar como unos largos y holgados ejercicios espirituales, quincena sabática o mes sabaticón, y organizarse excursión interior al tuétano de la vagancia, después masaje lírico-intelectual, reposo, pedaleo, piscinita, hamaca en el porche, sermón-tuit en las redes, tele selecta... y cervecita fría brindando para que nos sea leve este castigo divino bien merecido por una humanidad que peca contra el planeta, la Bolsa y la vida, castigo de Dios cuya parábola incendiaria aún no ha subido a púlpitos ni a discursos (salvo el de atorrantes torras, requetés revox y jefes de somatén que no dejan de joderla en cuanto ven un micro con condón), aunque subirá a voces en cuanto la gente vuelva a las iglesias o a los mítines sin espantarles el bulto o las miasmas... o sea, sin haber aprendido nada.

Pedro Trapiello (DARIO DE LEÓN 21-3-2020)

UNO DE TANTOS PERIPLOS DE LA DOLOROSA DEL CAMINO (Por Santos Suárez Santamaría)

UNO DE TANTOS PERIPLOS DE LA DOLOROSA DEL CAMINO (Por Santos Suárez Santamaría)

Y cómo lo voy a hacer  / -me preguntaba a mi mismo-

al leer en un correo /  lo que allí veía escrito

Lo que tenía delante /  era un documento antiguo, 

una foto en blanco y negro, /   y con un ruego conciso

en el que se me invitaba /  a glosar su contenido

tal como me pareciese /  y según mi propio juicio.

Así que no puse excusas / al amable desafío  

de Josemari quien lleva  /  el timón de este navío. 

La exégesis no me va  /  y en  glosar no soy perito

como lo son, por ejemplo, /  Carrizo, Vibot e Isidro.

Vamos, sin embargo a ello  /  a ver si puedo y consigo,

aclarar someramente, / algo de sus entresijos.

 

Lo primero que destaca  /  -lo apreciáis todos conmigo-

es la venerada imagen  /  de la Virgen del Camino, 

esa imagen dolorosa  /  que siendo tan solo niños

se nos grabó en las pupilas  /   y con ella hemos crecido. 

La efigie que tantas veces  /  nuestros cantos cristalinos 

sonorizaron su templo  /   cuando colegiales fuimos.

Verla en esta foto ahora  /  fue contener un suspiro

y volver en el recuerdo  /  a lejanos tiempos idos.

A los tiempos cuaresmales, /  al canto de los oficios

y al turbador “O vos omnes”  /   punzándome los oídos.

Me fue duro alzar los ojos  /  por primera vez, de niño,

y ver una madre rota  /  sosteniendo muerto al hijo.

Aquí vista a campo abierto /  sobre rastrojos de trigos                        

dibujada contra el cielo  /  a hombros de peregrinos

no pareciera su rostro  /  tan doliente y afligido

como entonces en su templo  /  iluminada por cirios.  

 

Refiriéndome a la foto  /  que tengo delante y miro

me hubiera gustado hacer  / un apunte más  preciso. 

No sé cuándo se ha tomado  /  ni el lugar en que se hizo

no sé de sus circunstancias /  ni su autor, ni sus motivos. 

Por lo que en ella se muestra  /  y analizándola opino

que de su toma ha pasado   /  más de tres cuartos de siglo. 

Anterior, sin duda, al tiempo  /   que en Colegio estuvimos

y tal vez bastante antes /   de que hubiéramos nacido.

Determinar por ejemplo /  la estación sin ser testigo

no es fácil, aunque presumo  / que fuera en tiempo de estío.

O quizás fuera en otoño  /  antes que llegase el frío

por no ser la que aparece /  indumentaria de abrigo.

Podrían decirme algo  /  tal vez esos arbolillos

acerca del cuándo y dónde  /  pero yo no lo percibo

Nada me dice ese cielo  /  que me parece plomizo

y poco me dice el fondo  /  nebuloso e impreciso

Sí podría presumir   / que lo que lejano atisbo

es la ciudad de León,  /  aunque sólo por indicios. 

 

Respecto al grupo de hombres  / del primer plano adivino

que pudieran ser alcaldes   / de pueblos circunvecinos  

pues hay algunos que llevan  /  bastón de mando consigo

y otros colgado del cuello  / análogo distintivo.

La mayor parte de ellos  /  lucen atuendo festivo:

traje oscuro con corbata  /  sobre camisa de lino,

o de algodón, o de seda  /   que esos eran los tejidos

de aquel tiempo con que hacían  /  las camisas los modistos.   

Y entre tanto traje oscuro  /  seguro que ya habéis visto

parte del habito blanco   /  que advierte de un dominico. 

Su presencia se revela  /  por ese talar vestido 

blanco y por calzar sandalias  / como mendicante antiguo.    

Por qué estaba ahí lo ignoro. /  No sé desde cuando ha habido              

en el pueblo de La Virgen  /  frailes de Santo Domingo.

 

El fotógrafo nos muestra  /  sólo el plano del principio

sin saber si hay multitud  /  o el cortejo es reducido

Aunque a la vista aparece  /  poca gente yo imagino

que tras ellos sí que hubiera  /  muchísimos peregrinos

como en aquella ocasión   /  en la que nosotros fuimos

partícipes preferentes  / en trayecto parecido.

Me sorprende sin embargo  /  no ver jóvenes ni niños  

sólo personas mayores  /  con un semblante sombrío. 

 

Observo más elementos /  que por ser algo distinto  

de lo que es común al resto  /  es por lo que aquí los cito,

como el señor desgreñado /  sin corbata y distraído 

que con extraño semblante /  va de su boina provisto.

Otro más, allá en el fondo,  /  que ha de ser, según opino, 

el párroco, ya que exhibe  /  bonete presbiterino.

Recordaréis esta prenda   /  que tenía cuatro picos

con pompón negro y brillante  /  como el plumaje de un mirlo.

Ved también esas mujeres  /  que yo en principio no he visto

y hube de fijarme más  / porque no están en su sitio.

Ninguna está en primer plano  /  ni van abriendo camino

sino que están orilladas   /  y ajenas al objetivo.

Es una muestra sin duda  /  de ese proceder antiguo

de apartar a las mujeres  /  o dejarlas en olvido.

Si tal cortejo se diera  /  por ejemplo ahora mismo

con igual itinerario  /  y por los mismos motivos 

muy probablemente hubiera  /  en este andar peregrino,

en vez de tantos varones,  /  más elenco femenino. 

 

Pareciendo procesión  /  me resulta llamativo

no ver ni cruz ni faroles  / ni un incensario, ni cirios…             

No hay siquiera un estandarte  / como siempre hay al principio;

ni ningún otro elemento   / que se prescribe en los ritos        

Y si tampoco preside   /  este cortejo un ministro

de la Iglesia conjeturo  /  que tampoco hay monaguillos.

Así pues lo que supongo   / tras lo que ya llevo dicho

y por las informaciones   / de otras fuentes que he leído

ha de tratarse sin duda  /   de uno de tantos periplos

que la venerada imagen /  dolorosa del Camino

realizó desde su sede  / a hombros de peregrinos

en su traslado a León,  / al templo catedralicio.

 

Fueron muchos los traslados  /  -el último en dos mil cinco- 

en distintas circunstancias   /  y por diversos motivos. 

De todas ellas al menos  /  unas veintidós han sido                

por causa de las sequías  /  que asolaban los cultivos.

En fervientes rogativas  /  se pedía al cielo auxilio

para que los campos dieran  /  cosecha de uvas y trigo

Otras veces los traslados  /  eran por otros motivos:

en general religiosos  /  o bien conmemorativos.

Y en el año treinta y ocho   /  cuando el bélico conflicto

entre españoles causaba   / miles de muertos y heridos

también la querida imagen  /  la sacaron sus vecinos

para pedirle la paz  /  y el fin de tal sinsentido. 

Esta foto quizás diera  /  cuenta de aquel recorrido

de regreso y fuese hecha  /  en el Alto del Portillo

una vez que ya dejado  /  el templo catedralicio

la despidiera en San Marcos  /  el poder capitalino

después de que en San Marcelo  /   lo hubiera hecho El Cabildo.

 

A hombros de sus paisanos, /  hombres des rostros curtidos,

por el sol, vedla de vuelta  /  a su lugar de destino,

a su viejo santuario   /  que luego fue destruido

por otorgarle a la Reina  /   de León, mejor cobijo.

Volviendo a ver esta imagen  /  he vuelto a verme de niño

y a escuchar aquel lamento   /  que olvidar nunca consigo:

“Oh, vosotros los que ahora   /  transitáis por el camino

de la vida, ved si hay alguien   /  con igual dolor que el mío”

 

                                   ***


 

Efectos del Covid–19 en la envergadura vital humana (Por Baldomer0)

Efectos del Covid–19 en la envergadura vital humana (Por Baldomer0)

Una reflexión chavarriana a propósito de la pandemia del Covid–19 aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y para prevenir posibles trastornos por oír machaconamente las mismas noticias

 Baldomero

 


 

 Un precedente secular de la envergadura vital humana, y que todavía es seguido por una gran parte de los moralistas y de los iusnaturalistas, es el concepto de naturaleza humana. Nosotros no lo utilizaremos, porque consideramos que, para comprender al ser humano, su contenido es restrictivo e incompleto con relación al de envergadura vital. Además, el significado de naturaleza humana ha adquirido tal polivalencia a lo largo de su historia, que está sirviendo para defender y fundamentar las posiciones más encontradas. No obstante, recordaremos muy resumidamente algunas de las características que la tradición viene asignando a la naturaleza humana y a su derivación, la ley natural. Nos servirá de contraste de lo que aquí vamos a entender por envergadura vital humana

 

1.      LA NATURALEZA HUMANA Y LA LEY NATURAL 

 

1.1.      Tanto el derecho natural desde sus comienzos estoicos como las declaraciones de los derechos humanos se remiten al concepto de naturaleza humana como último fundamento

 

El derecho natural formula en leyes las ideas universales y fijas sobre el bien y el mal morales y sociopolíticos tal como están contenidas en la naturaleza racional del ser humano. Los enfoques antropológicos cristiano–primitivos y medievales se mantienen en el marco de las reflexiones estoicas, sobre todo de las ciceronianas, si bien se les añade a estas la idea de la semejanza del hombre con Dios. Pero esta peculiaridad no enriquece ni amplía ni transforma el concepto estoico de naturaleza humana.

 

 

 

1.2. Seguir defendiendo la naturaleza humana como fundamento y referente definitivos, firmes y claros de todo el actuar humano –aunque los autores se refieren casi en exclusividad al actuar ético y al sociopolítico, porque lo identifican con todo el obrar del hombre– se ha convertido en un asunto más que problemático 

 

      La afirmación de una naturaleza inalterable y estable ya fue puesta seriamente en cuestión por la teoría de la evolución de Darwin, quien socavó la idea de que la naturaleza consiste en una jerarquía inmutable de especies directamente creada por Dios. Este mismo efecto han producido las innovaciones en las ciencias de la vida como, por ejemplo, la mejora genética. La biología sintética muestra, de una manera más radical incluso, lo inexacto de pensar en una naturaleza con perfiles inalterables, porque, por primera vez, podemos llegar a cambiar los elementos constitutivos de la vida (incluyendo la vida humana). Por tanto, a la vista de estos hechos, ya no se puede partir de la idea de naturaleza como si fuera clara y distinta, inmutable y universal, de la que, por deducción, se infieren normas seguras y concretas de actuación. Para resolver estas objeciones, muchos pensadores proponen dar un nuevo contenido a la doctrina sobre la naturaleza humana, para que tenga en cuenta la constante evolución y la pluralidad de esta. 

 

1.3.      Si el concepto de naturaleza ha entrado en crisis, nos enfrentamos a un nuevo problema: ¿cómo fundamentar las normas más allá del voluntarismo y del positivismo legal? 

 

      ¿Existe algo “digno según la naturaleza humana”, que sea fundamento de las normas legales y democráticas, sobre todo cuando vivimos conflictos morales o de cualquier otro tipo? Hasta ahora, esa función la ejercía la “naturaleza”, que tenía la capacidad de crear una “ley natural”, estructura con funciones normativas y críticas universales y seguras. Pero, la ley natural, tal como la ha entendido la tradición, es desde hace tiempo blanco de críticas por su condición estática, por su universalismo insensible a las diferencias culturales e individuales y por su carácter formal y abstracto incapaz de llegar a lo fáctico concreto. Las teorías clásicas sobre la naturaleza y sobre la ley natural desconocen la historicidad y la limitación del conocimiento y, por ello, la humildad epistémica.

 

1.4.      Además, en las teorías sobre la “naturaleza” no están conformadas las dinámicas que se producen dentro de ella 

 

       Hoy es moneda corriente entre los pensadores cristianos hablar, por ejemplo, de un “pecado estructural”, que permea y da una nueva entidad a los pecados individuales, y también de que el poder de la cultura influye en las identidades, en las creencias, en las visiones y en las instituciones. Ello solo es posible si se admite la influencia de un todopoderoso “sistema” social sobre la naturaleza individual de las personas. Pero este hecho, ya señalado, no tiene una articulación y una explicación convincentes en el iusnaturalismo ni en los que hablan de él.

 

1.5.      La naturaleza humana es solo un esquema transhistórico que ha ser llenado de contenido

 

      Pero aquí han sido las diversas culturas de la historia las que, en cada momento y con arreglo a sus patrones, han suministrado ese contenido. Eso sí: los iusnaturalistas en general no reconocen que el contenido es cultural y específico, sino que se mantienen en que pertenece a la propia naturaleza humana. Pero la evidencia puede con los planteamientos a priori iusnaturalistas. La “vida conforme a la naturaleza” puede servir a comportamientos contrapuestos. Y así, los estoicos rechazaron, en nombre de la naturaleza, justamente aquello que los filósofos epicúreos recomendaban como el modo de vida natural, favorable al bienestar corporal y anímico. 

 

1.6.      Uso ideológico de la interpretación de la naturaleza humana como una realidad fija, inamovible, segura y universal

 

       El descrédito en que cayó el iusnaturalismo rígido entre los filósofos ilustrados ingleses –beligerantes contra el carácter estamental e impermeable de los grupos en el Antiguo Régimen– provino en parte del derrumbe de la legitimación de un orden social jerárquico por la invocación de su supuesta correspondencia con el orden ideológico de la naturaleza y la jerarquía de los seres vivientes. Los filósofos ilustrados, sin embargo, pronto cayeron en el mismo vicio que denunciaban. Después del triunfo en las Revoluciones, fueron los burgueses los que utilizaron sus conquistas en beneficio propio, dando a la libertad, a la fraternidad y a la igualdad un alcance muy restringido. La libertad fue reducida a la libertad de mercado, que paradójicamente ha creado las mayores desigualdades y esclavitudes de la historia.

 

       Pero también han hecho un uso ideológico las teorías contrarias al fijismo de la naturaleza, las que se basan en la evolución. Hubo quienes utilizaron la evolución darwiniana para legitimar políticas sociales reaccionarias. Antes que Darwin, el clérigo anglicano Thomas Malthus afirmaba que las condiciones de escasez tienden a “seleccionar" a los miembros más débiles de una población (“variaciones desfavorables”, en términos de Darwin). Lógicamente, para su muerte. Los darwinianos sociales enseñaron que impedir la eliminación natural de los ineptos contribuía a la larga a aumentar la miseria humana y tomaron la impiedad de la naturaleza como modelo normativo para la política social, aunque el mismo Darwin creía que la “simpatía” humana no podía tolerar el cruel desprecio de los más débiles.

 

2.      LA ENVERGADURA VITAL HUMANA

 

       Por el contenido tan restrictivo que dan al ser del hombre las teorías filosóficas, teológicas y jurídicas sobre la naturaleza humana, utilizaremos una nueva expresión, no contaminada por una larga tradición, para designar la rica, extensa y variada entidad del ser humano: envergadura vital humana.

 

2.1.      Denominamos “envergadura” a las determinadas y diferenciadas cantidades y densidades de ser que tiene cada ente, sea viviente o inerte

 

       La envergadura vital del ser humano está constituida por las impresionantes cantidades y magnitudes de vitalidades que el hombre ha adquirido después de recorrer un largo camino por los sinuosos itinerarios de su propia evolución. Ese conjunto de vitalidades se encuentra, en principio, en el “espacio interior” del ser humano, una expresión que en este ensayo tiene un sentido estrictamente espacial, y significa simplemente “lo que no es exterior” al cuerpo. En el espacio interior se desencadenan los impulsos, los sentires, los deseos, las huidas, los gozos, los sufrimientos, la euforia y la depresión, la simpatía y la antipatía, el amor y el odio, la esperanza y la desesperanza, las confianzas y desconfianzas, los pensamientos, las imaginaciones, los recuerdos y las voluntades. Todos ellos, y muchísimos más, generan valores y contravalores. Probablemente, la concepción clásica reduzca la naturaleza humana solamente a lo que está contenido en el interior de nuestro cuerpo, que, ciertamente, es cuantioso e inabarcable, pero no es el único constitutivo de la envergadura vital humana. 

 

2.2.      Todo viviente desarrolla sus vitalidades, su espacio interior, en relación con su hábitat 

 

       Pero eso que acabamos de afirmar sobre la envergadura vital humana como el conjunto de las vitalidades de su espacio interior es solo un primer acercamiento cognitivo a ella, pues cada viviente desarrolla sus múltiples y específicas vitalidades en estrecha “relación” con su propio hábitat. Y esa relación implica que entre la vida y su hábitat correspondiente se da una mutua implicación, lo cual hace que el hábitat no sea ajeno en ningún viviente a su envergadura vital, sino que necesariamente forma parte de ella. En efecto, el propio hábitat es el que proporciona al viviente el alimento necesario y adecuado, y, en el caso del ser humano, ese alimento son los valores y los contravalores, es decir, los seres de su hábitat –y de su espacio interior– en cuanto que desarrollan o deterioran sus vertientes vitales humanas Y, como ya sabemos, en las relaciones valorativas hay una mutua constitución de las vitalidades humanas y de los seres, una vez que ambos entran en relación valorativa. Vale decir que el conjunto de las vitalidades humanas y su correspondiente hábitat, por constituir una relación valorativa, nacen y se desarrollan en mutua implicación. Como acabamos de señalar en el apartado anterior, la mayoría de los autores reducen la “naturaleza” del viviente humano a lo que circunda su cuerpo (espacio interior). La concepción de las relaciones valorativas como correlativa y mutua constitución de sus dos términos no permite la exclusión del hábitat de la envergadura vital del ser humano. Esta nueva aportación del profesor Chávarri tiene un interés y una profundidad epistémicos de mucho calado. “Envergadura vital humana” amplía y enriquece enormemente el campo de lo que viene siendo considerado por los autores como “naturaleza humana”, limitada solo a los constitutivos de su espacio interior, sobre todo a su razón. 

 

       Últimamente, voces renovadoras de la filosofía de la naturaleza humana, sobre todo en el ámbito de los derechos humanos, hacen gran hincapié, siguiendo la tradición de la escuela de Salamanca, en nuestra “naturaleza social”, con lo que la vida buena se consigue también en la consecución del bien común y no solamente en el logro de un bien privado. También han surgido con fuerza las éticas y las teologías “ecológicas”. En el momento de su invención, el mito judío de la creación expresaba el dominio y el control absolutos que el hombre ejercía de hecho sobre la naturaleza. El orden natural, tal como es querido por Dios en ese mito, se convirtió de este modo en la justificación de la actitud depredadora de los humanos sobre la naturaleza, hoy infinitamente más que nunca. El nuevo énfasis en la ecología nos ofrece, desde la ley natural, el argumento para poder criticar el enorme abuso de la naturaleza e insistir en que aceptemos el pleno alcance y la profundidad de nuestras responsabilidades ecológicas. 

 

       Pero todos estos nuevos intentos no encajan en un “sistema” nuevo sus propuestas, sino que son como añadidos o ampliaciones de la clásica teoría sobre la “naturaleza” humana. La concepción del profesor Chávarri sobre la envergadura vital humana sí lo hace, porque ha creado un sistema filosófico nuevo, basado en las interrelaciones, por lo que no hay lugar en él para la estabilidad definitiva de ningún ser.

 

2.3.      Chávarri divide el hábitat humano en tres medios: el histórico social, el natural cósmico y el metahistórico 

 

a)      El medio histórico social engloba la multitud de relaciones que van surgiendo de persona a persona, de persona a grupo y de los grupos entre sí a lo largo de la historia 

 

       Pero que nadie imagine que semejantes tejidos de relaciones son fijos y estáticos, sino sumamente dinámicos, por lo que este ámbito de la envergadura vital del viviente hombre, al igual que los otros tres, no apareció hecho desde el principio, sino que se ha ido conquistando y modificando poco a poco a través del tiempo evolutivo. A algunos de esos entramados de relaciones podemos darles nombres concretos: grupos familiares, de vecinos, docentes, laborales, lúdicos, religiosos, festivos, políticos, gubernamentales, musicales, artísticos, científicos, comarcales, provinciales, nacionales, internacionales, etc. El medio social-histórico se muestra incluso más rico si lo contemplamos desde las infinitas modalidades que adquieren sus numerosas relaciones. Las relaciones de noviazgo, por ejemplo, revisten caracteres vitales distintos en cada pareja. La amistad y la enemistad se muestran de maneras diferentes entre hermanos, entre vecinos, entre pueblos, entre investigadores, entre naciones, entre razas o entre grupos religiosos. En el medio histórico hay relaciones circunstanciales, superficiales, profundas, comprehensivas y restringidas. Nadie puede determinar los matices diversos de las pertenencias a un mismo grupo. La gente cambia mucho sus modalidades de relacionarse; tan pronto adoptan posturas dominantes, egoístas, agresivas o engañadoras como se inclinan por actitudes serviciales, generosas, pacíficas o pletóricas de autenticidad.

 

b)      El medio natural cósmico se refiere a las relaciones del viviente humano con los seres de la naturaleza y del cosmos

 

       En el medio natural cósmico nos hallamos inmersos en densos haces de nuevas relaciones: espacios, tiempos y posiciones vitales; alternancias constantes de la luz del día y de la oscuridad de la noche, las de presencia y las de ausencia de entes naturales y cósmicos, las del nacer, crecer y morir de los vivientes y las de los estados líquidos, sólidos y gaseosos del agua. Mantenemos lazos profundos con plantas y con animales. Hemos invertido energías de todo tipo para extender por todas partes el cultivo de muchos vegetales y para adoptar, criar, reproducir, mejorar, proteger o explotar muchas especies de animales. Nuestras relaciones con virus (“coronavirus Cobid–19), bacterias, lechugas, geranios, tigres, gallinas, conejos, cerdos y caballos no pueden ser más diversas. Y no digamos las que hemos mantenido con montañas, valles, ríos, selvas, bosques, playas, llanuras, estepas, sabanas y desiertos. Las chozas, las casas, los pueblos y las ciudades, por otra parte, pertenecen al medio natural cósmico y nos sirven al mismo tiempo de protección, de defensa y de privacidad. El planeta, contemplado en su conjunto, nos ha servido hasta ahora para satisfacer nuestra rebeldía natural contra la tiranía del ecosistema, a la vez que ha alimentado los aspectos vitales de la aventura y de la conquista. A partir de ahora, en cambio, parece que la especie solo va a poder desarrollar este tipo de creatividad ampliando el espacio, es decir, viajando en los satélites hacia otros planetas.

 

c)      El medio metahistórico comprende los procesos del morir y del estar muerto y las relaciones que surgen de estos dos procesos

 

       Los procesos que constituyen el morir pueden resultar violentos o connaturales, rápidos o lentos, acompañados de cuidados íntimos y sociales exquisitos o cargados de soledad y de brutalidad. La conciencia del estar muerto está presente con más o menos fuerza a lo largo de la vida, pero adquiere sin duda más intensidad cuando entramos de lleno en las vivencias del morir.

 

       Así pues, configuran la envergadura del viviente hombre no solo su espacio interior sino también sus medios histórico social, natural cósmico y metahistórico.  

 

2.4    Semejantes mallas o trenzados de relaciones no son en absoluto fijos y estáticos, sino sumamente dinámicos y relacionándose entre sí continuadamente

 

       Ello hace que esta múltiple implicación entre los cuatro ámbitos vitales hace que la envergadura vital del viviente hombre no sea una entidad definitiva e inmutable, cosa que sí lo es la “naturaleza humana” para los iusnaturalistas. Veamos un solo ejemplo, actual (marzo de 2020), doloroso y preocupante: la pandemia que padecemos por la actividad del Corbid–19. Un virus, nuevo ente del medio natural–cósmico (desconozco su historia pasada), está afectando al propio medio natural–cósmico, a nuestro espacio interior, a nuestro medio social–histórico y también a nuestro medio metahistórico. En el espacio interior han aparecido vitalidades y mortandades nuevas –valores y contravalores– (impulsos, sentires, deseos, gozos, sufrimientos, euforias y depresiones, simpatías y antipatías, amores y odios, esperanzas y desesperanzas, confianzas y desconfianzas, investigaciones científicas, imaginaciones, recuerdos y voluntades, etc.). Con el pánico y la confinación en las casas, han surgido tipos de relaciones sociales desconocidas hasta ahora y han desaparecido otras, de las que no sabemos si se quedarán largo tiempo o desaparecerán pronto (familiares, de vecinos, docentes, laborales, lúdicas, religiosas, festivas, políticas, gubernamentales, musicales, artísticas, científicas, comarcales, provinciales, nacionales, internacionales, etc.). También el medio metahistórico se ha visto inundado de novedades (nuevas actitudes ante el morir y sus procesos, ante Dios o ante los dioses, nuevas creencias, nuevos agnosticismos y nuevos ateísmos, novedades en las prácticas religiosas sin asambleas eclesiales y sin la presencia de clérigos, etc.).

 

       Así pues, la envergadura vital del ser humano no es una entidad fija, sino que está en continuo movimiento, fruto de las interacciones entre sus cuatro ámbitos (espacio interior, medio natural–cósmico, medio social–histórico y medio metahistórico).

 

2.5.      Tanto “naturaleza humana” como “envergadura vital humana” son entidades formales

 

a)      La aparición de las razones formales representó un gran avance en la humanización, en la dignificación humana

 

       Casi todos los conceptos son formas; así, perro, casa, soldado, abrelatas, mujer, teléfono, etc. no representan a ningún ser en concreto, sino a todos los de su respectiva clase o especie. Posiblemente el uso del concepto vaya unido a la aparición del Homo, de tal modo que no puede darse lo uno sin lo otro. El concepto nos libera de la necesidad de la presencia concreta del ser para conocerlo. Sabemos mucho de Begoña, Marta, Juan o Ramón antes de verlos, pues el conocimiento del concepto “hombre” nos lo ha proporcionado. Los animales sólo conocen a los seres concretos que tienen en su presencia. En otros casos, la razón formalfacilita el trabajo y aumenta el desarrollo de una experiencia, sea ésta de construcción de casas, educación de alumnos, seguridad ciudadana u oraciones a los dioses. El uso de la razón formal, por tanto, es indicador de un gran paso evolutivo y contribuye a la humanización. Pero también estas razones formales generan grandes dosis de inhumanidad, de indignidad. La razón formal produce con frecuencia igualitarismos y estandarización, ya que no tiene en cuenta las diferencias biográficas. Andrés, María, Julia y Miguel sentirían que habían perdido su respectiva identidad si los conociéramos sólo con la forma genérica de “seres humanos”. Por otra parte, la razón formal puede caer en el “formalismo”, que consiste en cultivar la forma sin el contenido que le daba vida. Así sucede, por ejemplo, cuando detrás de educadas formas matrimoniales no hay amor; o cuando discursos muy hermosos en su forma no tienen contenido. Muchos símbolos están ya muertos porque son puras formas sin un contenido que les dé vida; y, sin embargo, seguimos manteniéndolos.

 

b)      Tanto la naturaleza humana como la envergadura vital humana son formas porque se refieren a una especie de sustrato común, universal y transhistórico, vacío de contenido concreto, que se atribuye unívocamente a los seres humanos de todos los tiempos

 

       Y es bueno que así lo sean ambas, pues el ser humano no está determinado a seguir un camino de humanización, sino que, a diferencia de los animales, puede tomar muchos igualmente humanizadores. Pero las formas no son directamente operativas, sino que lo son cuando se llenan de sus apropiados contenidos. Los de la ley natural son proporcionados, según los iusnaturalistas, por medio de la “razón práctica”, sin que especifiquen cómo lo hace. La envergadura vital humana es llenada de contenido con pares valorativos. Y ya sabemos que la gestación y la encarnación fáctica y concreta de estos valores y contravalores se lleva a cabo en las experiencias valorativas y, sobre todo, en sus cuatro estructuras. Y, en último término, son las biografías las que viven a pie de obra las experiencias valorativas y las que aceptan, rechazan o cambian los pares valorativos que se originan en ellas.

 

2.6.      Además, la envergadura vital humana, con ese “despiece” que hemos hecho en ella en cuatro ámbitos, nos es muy útil 

 

       Ventajosa para establecer que cualquier modelo de ser hombre que se construya no puede desconocer o prescindir de algún ámbito de esa envergadura vital, sino que ha de ser respetada en toda su integridad y complejidad. La envergadura vital es una pauta general, abierta, orientativa y crítica de lo que se debe hacer y de lo que se debe evitar, de lo digno y de lo indigno. Por ejemplo, se dice que atenta contra la envergadura vital humana y, por ello, contra la dignidad humana el poco desarrollo de la dimensión comunitaria, como proponía Hobbes. 

 

2.7.      Según esta concepción de la envergadura vital del ser humano, resulta infundado afirmar que solo los hombres tienen dignidad o que la dignidad es lo que nos distingue de los demás seres 

 

       ¿Cómo puede tener dignidad una vitalidad humana si se alimenta de seres indignos? Imposible. Cuanto más dignos sean los seres del hábitat humano o de su espacio interior, mayor es la dignidad humana que el hombre alcanza en la relación con dichos seres.