Nuestro compañero Luis Carrizo ha conseguido recomponer este globo que nos transcribe para, presumido él aunque todavía con cara de niño, le reconozcamos públicamente su esfuerzo. Un abrazo, amigo.
Feliz día de San Juanín y felicidades a todos nuestros Juanes.
Así empieza su relato:
Estaba yo en la Feria del libro hace un par de semanas, comprando unos números atrasados de Ecclesia y el último número de Literaturnaya Gazeta, cuando, a punto ya de salir, y tras haber sobrepasado una de las últimas casetas, volví precipitadamente sobre mis pasos, por comprobar que el título que creía haber leído a vuelaojo, era realmente aquél, que no se trataba de un lapsus de mi subconsciente. Retrocedí, tomé entre mis manos una carpeta en cuyo interior se adivinaban un buen puñado de folios, y comprobé que, en efecto, no estaba sufriendo ninguna alucinación: sobre la cubierta, en caracteres que no ofrecían lugar a equívocos, pude entonces volver a leer con toda nitidez “La vendedora de globos. 2ª parte”.
¡Cágate, lorito! –exclamé sin comedimiento alguno, por la perentoria necesidad de liberar tensiones–, y pensé “este Cicero se ha venido arriba y se ha dicho: el que hace treinta y seis globos, hace ciento”.
Pero es lo malo que, o bien por estar constituido por textos bajados de Internet, o bien por la premura del tiempo, constreñido para tenerlo listo en esas fechas, o bien –como sospecho– por ambas razones de consuno, cuando, en fin, me decidí a abrir el cartapacio para examinar su contenido, me hallé, creedme que en medio de una más que mediana decepción, ante un verdadero revoltijo de páginas inconexas, repetidas o incompletas, del que, con tanta ciencia como paciencia, cortando aquí, pegando allá y añadiendo acullá, he conseguido recomponer este globo, que os transcribo para público reconocimiento de mi esfuerzo, y por saber, como sé, con qué desusada curiosidad y devoción nos entregamos a la lectura de todas estas rememoraciones.
Me resta preveniros que tengo para mi que se trata de escritos apócrifos; y baso esta hipótesis en dos supuestos que juzgo definitivos: en primer lugar se da la circunstancia de que en ningún sitio aparece o se hace mención al nombre del autor; y en segundo lugar, llego a esta conclusión tras comparar el enrevesado estilo de este autor con el más perspicuo, llano y elegante de Cicero
64. MÚSICA CALLADA
Ya tenía yo ganas de dedicarle un globo a otro de los habibi, a quien pondría un piso en mi corazón si él se dejase. Como no se deja, porque dice que no le acaban de convencer algunos de los vecinos que tendría, me ha prometido, a modo de compensación, que en el cielo nos sentaremos juntos. ¡Loado sea Dios!
Quiero que sepáis, antes de que entremos en mayores profundidades, que esa pía expresión que tan acertadamente signifiqué al hablar del cielo, constituía para mi, en aquel tiempo en que aún no nos habíamos hecho un pasado, motivo de chanza y cachondeo. Espero que mis biógrafos tomen también buena nota de estos extremos a fin de poder documentar que mi iconoclastia es de larga data.
Por aquellas calendas, como vosotros muy bien ignorabais, mis-queridos-apostólicos, hacía furor en el siglo (no me extrañaría que incluso en el barbiponiente rubito holandés) el L.S.D., una droga nefanda y perniciosa como corresponde a toda droga que se precie. Pues bien, cuando la ocasión lo permitía y estaba a tiro alguna anovenaria, devota o transeúnte sin mayor filiación, susceptible de ser escandalizado, yo pronunciaba la jaculatoria “ele-ese-de” de forma clara y distinta, guardaba un calculado silencio, siguiendo la técnica de Arcilla, que muy ut supra os he explicado, y solo cuando en el rostro del deuteragonista se empezaban a manifestar los desaforados rasgos del escándalo, solo entonces , yo acababa añadiendo, con la más impostada y jesuítica voz de que era capaz “Loado sea Dios”. Las experiencias resultaban todas muy enriquecedoras e hilarantes, te lo juro por Snoopy; y el habibi a quien dedico este globo, y que participaba como colaborador necesario, no me dejará mentir.
Pero yo de lo que venía a hablaros era del silencio.
Ha habido algún globo, que, por cierto, debe de estar ya precisamente por esas sidéreas, silenciosas, soledades (te lo regalo, Vibot), en que creo que se me calentó la pluma y arremetí, excesivo e inmisericorde, contra él, contra el silencio, digo. Quisiera volver sobre el tema y, permitidme esta transición: a partir de aquí voy a dirigirme directamente a mi invitado.
Sí, supongo, porque conozco tu infinita aversión al ruido, que no te habrán gustado la retahíla de epítetos y andanadas que endosé a, y arrojé contra el silencio. Injustas hasta para el silencio de los corderos; no aceptables siquiera para un silencio de lechazos. Ya sé que podrìa haber evitado escribir “costra de silencio”, de la misma manera que nunca se me ocurrirá escribir “encajar una victoria”. El silencio es siempre perfecto, lo admito, incluso hasta cuando representa la pura privación, pues nada hay tan perfecto como lo que nunca ha existido.
Sí, ya sé que a ti te gusta imaginar ese cielo que me tienes prometido, con la música y la letra de Bécaud, imperceptiblemente adaptada a tu idea: Souvent je pense / que dans ton immense / palais de silence / on doit être bien. (Ya veremos como les explicamos esto a Olóriz, a Seque y a Vibot).
Leí también, en una de tus entradas al blog, que negabas la mayor, que te desconcertaba que “un poeta” hubiera querido pintar un noviciado con tan sombríos tintes, que, a un noviciado, por necesidad física y metafísica le eran consustanciales la risa y la alegría, y que, aquel de Charleroi, y que ¡vivían los cielos donde más altos estaban!, no había sido nunca una excepción.
Como no quiero acabar como el del safari del chiste, que, acuciado por sus contertulios, terminó confesando que había un fuerte olor a leones, donde comenzó asegurando haber matado dos impresionantes machos, voy a llegar hasta admitir, con el poeta, que aquel silencio fuese música callada. Sea. Pero voy a añadir, a renglón seguido, que lo que pretendí, haciendo uso de las prerrogativas y licencias que se le conceden al escritor, fue convertir el silencio en un chivo expiatorio, personificando en él, real o imaginario, todo el cúmulo de injurias a que fuimos sometidos, y que yo, lanzado en plan maldito a decir la espantosa verdad (esto es de Umbral), me he tomado el trabajo de ir consignando con la indeleble tinta almagre con que apuntamos los nombres de los deudores a quienes no vamos a perdonar, porque, maldita sea (como dice mi amigo Alvite), mi problemática es que tengo penas en el alma, que no las mata el alcohol.
Te cuento esto, y lo que te voy a contar continuación, que es peor, porque sé que tú me comprendes y vas seguir amándome, incluso más que éstos.
No, a mi, como a uno de mis conmilitones, ya exento, ex ovo, de catequización, como se verá por la cita, a mi no vais a hacerme confesar con ruedas de molino. A mi no vais a poder volverme a echar dado falso. Yo tengo muy bien apuntadas, ya te dije, las misas a que asistí, los rosarios en que participé, los oficios, los triduos y las novenas que tuve que soportar. Yo he levantado acta de cada agravio para que no se me olvide; mi memoria tiene grandes lagunas, aunque la alabéis. Por ejemplo, si se me preguntase a bote pronto nombres de cristianos, desde el minuto uno hasta nowadays, no creáis que me saldrían tantos: dos, tres, cuatro posiblemente: Videla, Pinochet… no sé, el predicador compulsivo y …Franco, quizá. Es por esto por lo que me tomo mis precauciones. De esta guisa tengo también muy cuidadosamente registradas todas las virtudes que se me impidieron practicar; entre otras, trabajar en trabajos de la realidad real (en Caldas hubiéramos dicho trabajos del yo-en-el-hoy), siempre a extramuros, claro, a saber: minería, agricultura, ganadería, alquitranado de carreteras y vías públicas…
Y tengo, por último, perfectamente catalogados, los nuevos pecados que “a la luz del Vaticano II” me obligaron a cometer: estar siempre pidiendo, estar siempre agradeciendo, estar siempre alabando, pero no al jefe político, como sería lo adecuado, sino a Dios, genitori genitoque, para más inri, burla, mofa, escarnio y recochineo. ¡Y el nefando pecado de rezar (y en latín) el Libro de los salmos, ¡oh, corruptio optimi, tan pessima!, ¡oh, madre de todas las corrupciones! Aquellas terribles imágenes que aquellos terribles e incivilizados poetas del neolítico proponían a nuestras tábulas, tan rasas aún, tan incivilizadas por falta del debido adoctrinamiento en lo políticamente correcto. “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”. ¡Oh, aquellos paralelismos antitéticos, cuánto daño, ya irreparable, nos hicieron!
Cuando termine Los capítulos que sí destruyó Virgilio, libro que tengo entre manos y en el que un nieto de Eneas, que llama imperialista a Agamenón, vuelve a Troya a desenterrar los cadáveres de sus antepasados, voy a meterme, para desengrasar, con Oraciones y letanías laicas. Ya tengo algunas fichas: San Sonite, ruega por los fabricantes de maletas; San Chichón, ruega por los charcuteros; San Son, ruega por los músicos; San wich, ruega por los hambrientos; San Setbulevar, ruega por los turistas; Santa Ovulación, Santa Penetración, Santa Dilatación, San Plebiscito, Santa Base lmponible, Santa Mayoría Suficiente, Santísimas Vacaciones, rogad por nosotros. En el apartado Oraciones solo tengo redactada una, pero, aun a riesgo de hacerlo excesivamente largo, la dejo aquí a vuestra disposición, porque los tiempos que corren pueden ser muy propicios a este tipo de rogativas. Oración: Señor, yo sé que, en tu Divina Providencia, nunca llegarás a ahogarme, aunque me aprietes; pero, no por mis exiguos merecimientos, sino por tu Infinita Bondad y Misericordia, te suplico que dejes, incluso, de apretarme.
Quería decirte, como colofón, que in illo tempore, cuando ni nuestros recuerdos ni nuestros años se habían trocado aún en fieras que acechaban el momento de mordernos, nosotros ya éramos infelices, pero no lo sabíamos; nos pasaba casi al revés que a los pastores de mi colega Virgilio. Bien sé que es un muy deslucido el papel de quien predica la desgracia con efecto retroactivo, pero mucho me malicio que hasta que no consiga hacer la digestión de esa puta vaca que tengo en la barriga, no voy a poder cambiar de registro. Encomiéndame a San Sísifo, patrón de las digestiones lentas
Hablábamos del silencio. Ya sé que tú hubieras preferido que el Padre Torrellas continuase en La Virgen del Camino, con la Escolanía, en vez de ir a México, pero es que tu problemática es otra que la mía; tú padeces una dolencia en el alma, creo que irreversible, que se llama eternititis, id est, inflamación de todo lo relativo a la eternidad. Qué cabrón saliste, humanamente hablando, querido amigo Luis.